Profetizo, porque lo deseo mucho y los deseos intensos suelen cumplirse, que algunas personas serán recordadas por sus auténticos y más humanos méritos -como Miguel de Nostradamus, que antes que nada alivió a la humanidad de la enfermedad y el dolor en la medida de sus conocimientos.
Yo sigo en cama, “profetizando” y “delirando”…
Pero ya estoy mejor; no me atrevo a afirmar que ha llegado el “anochecer”, pero sí que los días dejan sentir su peso.
Este tiempo de reposo me sirvió para revisar el pasado, lo que siempre es de provecho; además, es abrir una caja con joyas que nunca dejan de estar allí; los ladrones no pueden tocarlas y tampoco les servirían de mucho, pero mis joyas no sólo son útiles sino resplandecientes, para siempre, para mí.
Además, tantas semanas de cama hicieron una obra perfecta en mi dormitorio: me empezó a disgustar el televisor y pedí que lo sacaran; y cambié los adornos que había sobre los muebles: los guardé a todos y ¡me hice comprar un cactus y lo puse allí! (le da el sol, que nadie se aflija).
Son tan exigentes los aportes que ustedes hacen, que me siento impulsada a buscar conocimientos por todos lados para entregárselos, aunque sé que nunca podré honrar del todo la confianza que tienen depositada en mí (Mujeres guerreras).
Digo “exigentes” porque -además de entregar sabiduría en deliciosas tajadas-, sin duda ciertas alabanzas están dirigidas a lo que escribiré en el futuro, a lo que ustedes creen que mi escritura “promete” -y mi futuro, según las estadísticas, no es un tiempo muy largo, digamos que atendiendo a las más bondadosas expectativas tengo veinte o veinticinco años de escritura (y un enorme optimismo), si antes no perdiera las ganas.
Y admitamos que las ganas pueden perderse, como cualquier objeto en el camino.
Pero mi futuro personal no importa mucho; en lo personal, y aunque sé que será motivo de polémica, insisto en las delicias del pasado.
Estoy absolutamente de acuerdo con Huyssman, que dice que los seres del pasado somos nosotros, no los de las Escrituras, no Buda, no los vedas ni quienes nos legaron los misterios eleusianos (La Biblia; Budismo. Un estilo de vida; Análisis comparativo de la visión de las religiones Católica, Musulmana e Hindú; Las Corrientes de Misterios).
Somos nosotros porque cargamos sobre nuestros hombros un gran peso de años y aconteceres, y ellos eran nuevitos, frescos, estaban listos para inventar el mundo.
No es que considere que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo que me hace aprovechar para la cita del bellísimo poema de Jorge Manrique, las “Coplas a la muerte de mi (su) padre” (Literatura. Jorge Manrique):
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
Pero el pasado es un lugar tan luminoso que, a riesgo de cometer otra de mis “perogrulladas” (De la fluencia vital argentina y del profundo argentinismo cultural), me atrevo a afirmar que si no existiera caminaríamos a ciegas por el presente.
El pasado es un lugar tan hermoso que allí están vivos Homero (Las primeras culturas de Grecia), Dante y Virgilio (El astrólogo, un chamán de los tiempos actuales), Cervantes y hasta Sancho y Don Quijote (Verdad, verosimilitud y realidad en el Cervantes de Don Quijote), Shakespeare, John Donne, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Sor Juana.
Hacer un listado sería lo mismo que pretender escribir todos los números…
En un artículo anterior me acordé de alguna gente del siglo veinte.
Y paso ahora, directamente, sin más preámbulo, al siglo XVI: hablemos -muy brevemente, pero ustedes, si pueden, hagan otros aportes- de Miguel de Nostradamus (Fenómenos psíquicos).
Nostradamus
Todos, en general, tenemos la idea de un caballero algo tenebroso y muy místico; de hechizos y entuertos, huevos filosofales y probetas rodeándolo (La Alquimia: El Arte Perdido).
Cada vez que un suceso mundial sacude intensamente nuestro aburrido concepto de la historia, salen a relucir “las profecías de Nostradamus”.
Ocurrió con antiguas y con nuevas muertes de papas, eclipses, meteoritos, guerras mundiales.
Se exacerbó el hecho en setiembre del 2001, cuando cayeron las Torres Gemélas de la isla de Manhattan de Nueva York.
A cada uno de estos acontecimientos -incluido, bastante antes, el asesinato de John Kennedy- Nostradamus, al parecer, lo había entrevisto.
Lo que creo que no se sabe mucho es que él fue un talentoso médico, valiente y solidario, que se aproximó muchas veces a la ciencia moderna en sus descubrimientos.
Curó a miles de enfermos en época de peste con bien estudiadas proporciones de hierbas y embelleció a las mujeres con diversos cosméticos de su invención, y mereció de un escritor como el italiano Alberto Savinio muchos párrafos inolvidables, pero copio apenas dos, muy extractados:
“Dos hombres convivían en Nostradamus: el diurno y el nocturno. Sobre el nocturno pesaban graves sospechas de brujería y de comercio con espíritus; el diurno era un probo ciudadano que cuando no estaba (…) de pie junto a la cabecera de los enfermos, estaba inclinado sobre las frutas que los campesinos le llevaban del campo, las escrutaba con ojo sabio, las palpaba con las manos acostumbradas a estrujar tumores y a tamborilear barrigas, las olía, se las pegaba al oído para escuchar su volumen acuoso (…). La piel de la mujer, ese sérico revestimiento del cuerpo femenino jubiloso a la vista y dulce al tacto, es la constante preocupación del Nostradamus diurno. Nacen de él esos ‘productos de belleza’ que tan glorioso desarrollo y tan elevado destino alcanzarán más tarde. La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos, como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, sin las enseñanzas de Nostradamus?”
“La peste es fanática y caprichosa. A algunas ciudades les aprieta la garganta, a otras las vacía, las extingue y enmudece, o las remueve como si fueran una ensalada, las hace chillar como a cerdos en el matadero (…). Como buzos que mueven en los horrores submarinos, los buzos de la salud se movían en los hospitales, entre las camas que se hundían bajo el peso de los enfermos. En cada cama hecha para una persona había seis atravesadas de lado (…). Nostradamus era el único que se desplazaba sin escafandra, sin ajo en la boca ni esponjas en la nariz ni lentes en los ojos. ¿De qué medios ocultos disponía este hombre para afrontar impunemente el flagelo? ¿De qué remedios era autor para repartir por donde pasaba el milagro de la salud?”
Además, no escribió profecías sino poemas, versículos, con la misma estrategia con que los escribe un poeta cualquiera: las musas, mal o bien, le dictaban.
Algunos encontraron que sus versos se convertían en reales, ¡vaya descubrimiento!
Quien haya leído a Blake, a Whitman, inclusive al criollo Almafuerte, sabe que los poetas “ven”, y además que cualquier verso o escrito puede aplicarse a cualquier caso con una hábil maniobra de la imaginación.
¿Qué se profetizará en este escrito, hoy?
Con toda seguridad, vendrá algún suceso al que se aplique, hay tiempo para que todo lo “profetizado” ocurra; le restan muchos años de vida a este planeta, si cuidamos el bosque y sus encantos, las fuentes y su júbilo.
La noche trae consejo…
Una de las ventajas que tiene cruzar la línea de los 40 o los 50 años es que comienza a abrírsenos el mundo de aquello a lo que no nos atrevíamos.
Parece contradictorio, porque a la juventud se le atribuye entre otras cosas intrepidez y valentía.
Es posible que la intrepidez y la valentía físicas sí sean atributos exclusivos de los jóvenes, ya que estas virtudes dependen del estado de fuerza y de salud del organismo.
Pero los más adultos nos atrevemos singularmente en un aspecto que revela horizontes en perspectiva, aun cuando nuestros horizontes personales estén ya un poco demasiado cerca: nos preocupa cada vez menos que nos juzguen, cuando la conciencia está tranquila, es claro.
Yo, por ejemplo, soy ahora tan osada que sin ser versada en nada en particular y sin ningún estudio, arranco temas y cuestiones cuando las considero interesantes para que los analicemos entre todos, y así aprendamos juntos hasta… la mayor sabiduría, que nada tiene que ver con la “cultura”.
Mea culpa
Después de escribir esta nota, la releí y anoté al costado: “Poner todos los párrafos en orden y terminar (NO empezar) con ‘Profetizo…’“.
Y no me hice caso, la copié como la había escrito originariamente para ustedes, “profetizando” desde el principio.
Creo que para entrar en la vejez con felicidad se necesita eso, ser dulce y complaciente no sólo con los otros sino con uno mismo, aunque lo de “complaciente” produzca algún escándalo.
Después de todo esta nota se refiere -entre “miles” de cosas- a que no debe importarnos que nos juzguen, o lo que piensen los que no nos comprenden (casi, casi, estoy de regreso en mi más rebelde adolescencia…).
Sólo una cosa más, aparte de mis más cálidos abrazos, para que sea bien comprendida mi “nueva libertad”:
antes les temía a los tres puntos, a los dos puntos, a repetir palabras, a poner frases y palabras entre comillas, a excederme en los signos de interrogación, a empezar las frases con gerundios, al exceso de metáforas ya muy utilizadas (como escribir “anochecer” para decir que uno está envejeciendo), a poner signos de exclamación…
¡Qué soberanas tonterías!
Envío
Roel Escobar escribió para “Escolopendra, escolopendra…“, lo siguiente:
“Pues yo no sé tanto de poesía ni de historia pero sí sé que las palabras escritas perduran mucho y si se leen con el corazón más”.
Respecto del “acertijo” referido a “Escolopendra”, algunos fueron tan creativos -como quien atribuyó el sustantivo a Julio Cortázar- y para otros resultó un enigma tan interesante, que apenas me atrevo a darles la tonta solución: le puse así al artículo porque es el título de un libro del poeta Aimé Cesaire, que acaba de morir, centenario (le puse así, además, lo confieso, porque suena muy bien).
Mora Torres