Solamente con mirar
Julio 23rd, 2008En el mundo conviven cosas agradables, seductoras, con el dolor, la angustia, la desesperación; y casi podría decirse que unas no podrían vivir sin las otras: todo eso lo sé porque percibo, claro, y a veces porque trato de mirar (Guamán Poma, escritor por el dolor de su pueblo).
Para lo que no encuentro muchas explicaciones es para el aburrimiento -y el aburrimiento existe y está seguramente en quien tiene los ojos, los oídos, el olfato y el tacto dormidos, ya que los paisajes pueden aparecer y los objetos ser observados con cualquiera o con cada uno de nuestros sentidos (Nuestras percepciones).
Es más, aun no teniendo casi ninguno de ellos, hay seres extraordinarios que vivieron presentes en su tiempo y disfrutando de él -de la música y hasta de la pintura, como Hellen Keller (Herbert Marcuse. El lenguaje funcional).
Leí un libro de Diderot llamado Carta sobre los ciegos para uso de los que ven en el que el escritor explica -según el relato que ella misma le hace- cómo ve una muchacha ciega los contrastes y matices del color; y cómo un geómetra sin ojos (Sobre el Discurso del Método, la Dióptrica, el Meteoros y la Geometría) enseña su materia, en la cual parecería que nada puede librarse de la forma, y que la forma es percibida sólo con la vista.
Cuando era chica mi madre me fascinaba con un versito que terminaba así: “Cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.
Dije que no entendía el aburrimiento, y me fui por las ramas
Sí, me fui por las ramas.
Porque lo que quería decir es que quien mira, ve, observa, no puede jamás aburrirse en el mundo -aunque tal vez esto sólo me parezca a mí.
Para la filosofía oriental (La filosofía oriental en la concepción de hombre), el célebre “Despertar” no es un momento en que el mundo se convierte en milagroso y caen flores del cielo y uno las ve; el verdadero despertar es empezar a comprobar que el mundo es efectivamente un milagro -para cualquier camino de búsqueda, incluido el de los que no creen en nada.
Para abrir los regalos que la vida nos dio cuando nacimos, considero que basta observar y, observando, olvidar la manía de clasificar como quien deshoja margaritas: me gusta, no me gusta, e inaugurar el hábito de develar: ¿qué tienen para decirme esta fruta, este cielo, esta invención científica (Nivel de Invención), este error de la gente? ¿Por qué me deslumbra el anochecer en el río, con la luna reflejándose? ¿Porque es bello? ¿Y qué es lo bello, lo bueno, lo malo, lo feo, lo liviano, lo grotesco de los objetos? (Adorno, Theodor Wiesengrund).
Llevamos incorporada una máquina de percibir que es como un caleidoscopio no sólo de colores y formas sino de perfumes, de sensaciones táctiles y gustativas.
A los niños se los lleva a los museos y en el mejor de los casos se les explica un poco antes de salir del aula ciertas “técnicas” de observación; pero a observar no se aprende en rápidos resúmenes o manuales.
Sin embargo, tal vez haya una “técnica” que ayude: la de hacerse y contestarse preguntas (ante un cuadro o cualquier mínimo objeto o variación de temperatura), ya que, como escribe nuestro ya mencionado muchas veces Gaston Bachelard, “todo conocimiento es una respuesta a una pregunta”, y agrego humildemente que, si indagamos lo suficiente para dar nosotros mismos con la respuesta, la percepción es doble (es mariposa de cuatro pares de alas la percepción, lo sabían los antiguos).
Envío
Me gusta Pascal cuando se admira de “La diversidad que es tan amplia con todos los tonos de voz, todas las maneras de andar, de toser, de sonarse, de estornudar… Una ciudad, un campo, de lejos es una ciudad, un campo, pero a medida que me acerco son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormiga hasta el infinito; todo eso estaba dentro del campo”.
Y miro la pantalla de la computadora como Pascal miraba esa “ciudad-campo” (ciudad y campo estaban muy unidos en su época): hay rostros, manos, escrituras, pensares y cantares dignos de la mayor atención, y mis amigos del blog, que son los que mayor interés me despiertan (”la carne es flaca”).
Para ellos hoy busqué a mi poeta preferido entre todos, de origen lituano, que escribía en francés generalmente; los que transcribo son fragmentos de la traducción de Lysandro Z. D. Galtier de “La extranjera”, de Oscar de Lubicz Milosz:
Yo nada sé de tu pasado, has debido soñarlo;
sí, has debido soñarlo, de seguro.
Sólo vislumbro tu rostro en la irisación grisácea de la lluvia.
Noviembre sepulta el paisaje, y mi vida.
Nada sé y nada quiero saber de tu pasado.
Tus ojos me hablan de brumosas ciudades últimas
que no he de ver jamás
y cuyos nombres jamás oiré en tu voz.
Noviembre cae sobre mi alma, y también sobre la llanura.
Yo te veo, oh desconocida, a través de un tiempo Otro.
Son cosas desde hace mucho muertas,
irremediablemente muertas;
músicas sofocadas, ajadas lujurias.
Podría asegurar que noviembre aguarda tras la puerta.
Veo además vivir en tu pecho aquello que tu corazón olvida.
Yo reconozco en ti a seres misteriosos,
a viajeros con rumbo secreto
encontrados otrora en la bruma de las estaciones
donde todos los ruidos adquieren inflexiones de adioses.
(…)
Es algo triste a pesar de su belleza; en la obra de Milosz (les aclaro que no es el poeta que obtuvo el Premio Nobel aunque llevan el mismo apellido -es el tío del Nobel) hay una evolución muy sabia; llegan a ser místicos versos a la alegría, algo oscuros pero a la vez inolvidables; prometo hablar de él y de su historia alguna vez.
Abrazos: hoy son de mariposa cuadruplicada.
Mora Torres