Girasoles y Cuervos
Jueves, Junio 28th, 2007De vez en cuando cambio de bolso, y a veces hasta cambio el contenido que llevo dentro -alguno tan inesperado-, pero hay un objeto que permanece.
Es una tarjeta con la reproducción de un autorretrato de Van Gogh, con la oreja vendada.
Me digo que el hombre primitivo utilizó el lenguaje pictórico para atrapar -o creer que atrapaba- animales. Que en el medioevo la pintura se transformó en ofrenda, sin duda exquisita, a Dios. Que las felicidades del Renacimiento fueron cantadas con vírgenes desnudas o clarooscuros donde el bien y el mal se apoyan el uno en el otro. Y luego el romanticismo, el naturalismo, el impresionismo, con su tributo al arte, diferente y complementario.
Pero Vincent Van Gogh, ¿qué pintó ademas de sus tormentos?
Si miro rápidamente una de sus naturalezas muertas -por ejemplo sus Girasoles- lo primero que creo ver es una composición que tiende a ser decorativa. Puede quedar muy bien en la pared de cualquier sala.
Si lo observo más detenidamente, cada girasol es dueño de un rostro parecido al de su pintor; la mayoría de las veces melancólico, otras retorcido y lúgubre. Si observo un campo, ¿qué mayor deleite que el de los sembrados de oro, que la cosecha a recoger? Y, también, ¿qué mayor alegría que descubrir que las franjas de color de ese campo están al borde de lo abstracto, al borde de un nuevo movimiento en el arte?
Pero siempre hay sombras en el sol más deslumbrante de Vincent, y esas sombras no pertenecen sólo al virtuosismo técnico, hasta escapan de él.
Sobre Van Gogh se ha escrito casi tanto como sobre Shakespeare, pero es precisamente un poeta -una- la que más acierta en su tono. Y en las tonalidades de su sensibilidad. Copio fragmentos de “Botines con lazos”, de Olga Orozco (será necesario buscar en algún lugar de la red o la biblioteca el cuadro de Vincent llamado de ese modo, para entender completamente):
“Son dos extraños fósiles,/emisarios sombríos de una fauna sepultada en un bosque de carbón,/que vienen a reclamar un óbolo de luz para sus muertos?//¿Son ídolos de piedra,/cascotes desprendidos del obraje de los más tristes sueños?/¿O son moldes de hierro/para fraguar los pasos a imagen del martirio y a semejanza de la penitencia?//Son tus viejos botines, infortunado Vincent,/hechos a la medida de tu abismo interior, como las ortopedias del exilio;/dos lonjas de tormento curtidas por el betún de la pobreza,/embalsamadas por lloviznas agrias,/con unos lazos sueltos que solamente trenzan el desamparo con la soledad,/pero con duros contrafuertes para que sea exiguo el juego del destino,/para que te acorrale contra el muro la ronda de los cuervos.//(…) Botines de trinchera, inermes en la batalla del vendaval y el alma:/…han caído en la trampa de tu hoguera oculta bajo el incendio de los campos/sin encontrar jamás una salida,/por más que pisoteen esas flores fanáticas que zumban como abejorros amarillos…”
Lo que Olga Orozco muestra de Van Gogh es cómo éste transformó cada objeto que pintaba y lo adaptó “a la medida” de su “abismo interior”.
La ofrenda de Vincent a la pintura es -más que en cualquier otra biografía de artista- su propia, horrenda vida transfigurada en arte. Aunque no utilizó demasiado los rojos intensos, se me ocurre que pintó con su sangre para un futuro de traficantes, especuladores e inversores que ganan fortunas con sus telas, pero, también, para ustedes y para mí, que lo admiramos en reproducciones y fotografías y que alguna vez, quizá, lo veremos de cuadro presente.
Mora Torres