El fuego del atardecer

En las edades más remotas, el viejo era el libro viviente que recogía la memoria de una humanidad todavía joven. Su muerte significaba la muerte de un fragmento de conocimiento que ya no se podría interrogar, como un libro perdido.

Pero la humanidad creció, e inventó otros instrumentos para guardar memorias y sabiduría, últimos descubrimientos y mundos pasados. Puede decirse que envejeció en detrimento del anciano. La escritura, la imprenta, luego las telecomunicaciones y, claro, la informática, constituyeron hitos. El conocimiento científico y tecnológico alcanzó para todo tipo de proyecto, menos para comprender lo más obvio: que la edad nos transforma a todos por más jóvenes, alegres y ágiles que seamos hoy. Y también que si bien la juventud nos abandona, no se lleva todos nuestros tesoros.

Es cierto que si llegamos a la vejez tendremos en nuestro haber muchas pérdidas. Nuestro cuerpo y mente serán menos flexibles, es probable que suframos enfermedades atribuibles a la edad y que veamos en el espejo una cara no del todo idéntica a la nuestra. Y nada de esto puede revertirse, más allá de retirar algunas arrugas y manchas estéticamente molestas por medio de la cirugía.

Lo que sí puede revertirse son los daños ocasionados no por la edad sino por la discriminación de los adultos jóvenes. La sociedad actual es en sí todo un monumento a esa adultez juvenil. Nada parece servir más que el hacer, trabajar, funcionar para acrecentar los bienes materiales y los avances  tecnológicos, entre otros, el de las medicinas que prolongan la vida (la tercera edad está a punto de convertirse en mayoría estadística en el mundo).

A la vez, esos adultos jóvenes parecen estar peleándole el espacio a los jóvenes jóvenes, y a los viejos. Aunque se lucha contra todo indicio de discriminación y de este modo adquieren poco a poco sus reales derechos los obesos, los homosexuales, las mujeres, los más frágiles, es decir, los adolescentes y los viejos, no tienen fuerza para reclamarlos y no hacen más que arrinconarse y esperar. Porque también ellos (los chicos y los ancianos), a menudo, tienen mala opinión de sí mismos.

En las edades más remotas se consideraba también que había un único fuego, el primer fuego que el hombre descubrió. Todas las antorchas provenían de él, y al fuego entonces se lo respetaba ante todo por su edad añeja. En algunas civilizaciones, además, existía una sola palabra para decir “viejo” y para decir “sabio”. Eran lo mismo.

Mora Torres

7 Respuestas to “El fuego del atardecer”

  1. S.E.M. Escribio:

    Desde el rincón de la esperanza, veo al tiempo de cada día, y me parece que circula como un

    miriápodo. Es cosa de prender alguna de sus patitas, aunque sea de las últimas, para así creer que no

    me salgo de la matriz cíclica de esa renovación diaria. Agarrado de la patita, voy con el día como un

    patito que adoptó el andar milípede como una guía tutoral. Fijado a ese instante lo fructifico y voy

    cambiando con él, para no cambiar de lugar, no sentirme segregado del tiempo de todas las voluntades

    multiplicadas.

  2. Ángel Escribio:

    Hay senecencias dignas que trascurrieron por una existencia tal vez no destacada, pero pudieron retener de su experiencia, mucha información, prudencia, tolerancia y sobre todo amor. Para otros la pérdida de la juventud solo ha significado, achaques canas y calvicie. Un anciano preservado por un sistema previsional, puede ser alegre en la medida que tiene cubiertas sus necesidades, pero hay de aquel que no pudo o no supo asegurar su tranquilidad para una vejez amable. Lo ideal es que se tenga un sistema de ocupación amplio y que ocupe el tiempo. Un médico naturista lo razonaba así:
    Poca cama, poco plato y mucho zapato.
    Los viejos que aprendimos a soñar, podemos seguir disfrutando de nuestras aventuras y logros imaginados y hasta forjar de ellos un proyecto de vida, si los ponemos en blanco y negro formando narraciones y poemas, que nos hacen esperar que algún día podremos publicar algo ¿Porque´no? Se vale soñar despiero y sobre todo si se logra separar esas aspiraciones de la cruda realidad, no nos dañan y es en justicia el ejercicio de esa memoria histórica esa que llegaba a los niños en boca del anciano de la tribu. En estos momentos en que el libro impreso empieza su despeñada decadencia, competiremos con Wikipedia en ser consultados y pregonar al viento que cuando no sabemos… le inventamos; que al fin haber vivido da autoridad moral.
    Saludos
    Ángel

  3. JNP Escribio:

    QUIEN PUDIERA TENER EL DON, DE TRANSMITIR ESTE SALTO A LOS INDICADOS EN EL MOMENTO PRECISO.

  4. MichelS. Escribio:

    Tengo apenas 15 años y me parece que es un articulo tan embellecedor , que lo voy a incluir en mi discurso de promociòn , simplemente los jovenes tratamos de ser adultos y olvidamos ser jovenes , por eso que cada uno de nosotros debemos tener un tiempo para todo … y un tiempo para vivir los que no toque .

  5. Blog de Monografias.com » Blog Archive » Escolopendra, Escolopendra… Escribio:

    [...] con la vejez, que ya hablé en parte de ella en una entrada de hace algún tiempo llamada “El fuego del atardecer“, y que volveré a tocar el tema, tal vez con más [...]

  6. Di Dio Vicente Escribio:

    Me parecen de una altura importante los temas tratados y con una profundidad filosófica admirable. Vicente Di Dio

  7. Di Dio Vicente Escribio:

    Los temas tratados me parecen de una altura importante y el aspecto filosófico de profundidad admirable. Vicente Di Dio

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