Los primeros humanos que habitaron la tierra no relacionaron los encuentros sexuales, aquellos placenteros encuentros que solían tener mujeres y hombres, con la maternidad.
Por eso la mujer era una diosa; de su vientre salía la vida. Y los artistas de las cavernas la homenajeaban con sus estatuillas -hay cientos de éstas rescatadas por los arqueólogos, quienes las llamaron “Venus de…” (los tres puntos son ocupados por el nombre del lugar donde fue hallada la escultura).
Como diosa, la mujer tenía el poder, por lo que en esas épocas el poder se llamaba matriarcado. (Los invito a leer “La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo”, de la argentina Adriana Sosa. Copio de allí: “La Humanidad era en aquella época tan diferente que su mismo nombre se traduciría por el de ‘Feminidad’”.)
No duró mucho. Cuando el varón comprendió su secreta participación en la génesis de los hijos, la mujer dejó de ser misteriosa y sagrada. Y cuando comprendió también que la aventajaba en una cosa –aunque realmente se trataba de una sola, diminuta ventaja, es decir, en la fuerza física, que no es la fortaleza psicológica precisamente- decidió hacer uso de este detalle que siendo tan pequeño como cualidad es tan útil para atacar, defender, poseer y tomar el poder. Este poder se llamaba y se llama “patriarcado”. (En uno de nuestros trabajos, “Violencia intrafamiliar: El Salvador” -cuyo autor sólo da una dirección de correo electrónico-, un extenso Capítulo, el primero, explica claramente la Teoría del Género.)
Cuando la historia comenzó a escribirse, los varones ya se sentían seguros y superiores. En esos principios, la mujer fue insertada en crónicas y relatos, pero a ella poco se le permitió escribir o escribirse.
Los hombres iban alegremente a la guerra, recorrían mundo en expediciones y cruzadas y, como ellos sí estaban autorizados para aprender a leer y dibujar signos caligráficos, contaban batallas, daban reglas morales y hasta redactaban diarios en donde la mujer nunca dejaba de estar presente, al modo en que suelen aparecer en la actualidad las graciosas mascotas familiares en los papeles íntimos y cartas.
De vez en cuando se mencionaba la existencia de alguna fémina singular; toda una excepción. A esas mujeres excepcionales podría equiparárselas a los animales domésticos de quienes sus dueños aseguran que “sólo les falta hablar”.
A la mujer no le faltaba el habla, siempre que se lo permitieran. Sólo le faltaba tener alma, y algunos buenos hombres aseguraban que casi la tenía, y otros, los menos, que la tenía completamente, lo que dio lugar a concienzudas y famosas polémicas, y famosos concilios.
Tenían argumentos notables quienes sostenían la carencia de alma y atributos intelectuales en la mujer: ella no producía grandes cosas, en absoluto, ni en ciencia, ni en arte. Tampoco creaba religiones.
Dejando de lado que toda obra femenina (a menos que se tratara de un rosado bebé, al que ni siquiera lo hacía la mujer sola) era rechazada por la comunidad bien pensante (integrada en su totalidad por representantes masculinos), hay que decir que es verdad que era imposible que la mujer se pusiera a la par del hombre en el Conocimiento. Así como un niño desnutrido no podría ganar una carrera frente a otro de su misma edad pero perfectamente alimentado, a la dama le habían escondido todos los víveres del intelecto y no podía participar en ninguna competencia.
Y así como la pobreza y la desnutrición vienen desde tan lejos en la historia, aún hoy la mujer tiene carencias de otro tipo. Aunque ya haya escrito, pintado y esculpido obras maestras. Aunque ya haya sido filósofa, psicoanalista y pedagoga.
En general lo ha sido después de parir, alimentar, limpiar la casa y atender marido y niños. También después de someterse a diferentes torturas para tratar de alcanzar el grado de belleza que a su hombre lo enamora. (Es obvio que los temas más recurrentes en la televisión son aquellos que más público atraen; en este momento los programas que van primero en el cable son los de “medicina y cirugía cosmética”. A propósito, y volviendo específicamente a nuestro asunto, conviene dar un paseo por el trabajo que enviaron Laura Buglione y María Eugenia Kremky: “La televisión argentina y el machismo“)
Se dirá que, si la mujer fuera sabia, habría dejado de lado la “frivolidad” de la belleza física y se ocuparía sólo de su mente y de la salud de su cuerpo. Pero es un juicio algo apresurado.
Si la mujer estuvo sometida durante miles de años al régimen de complacer al hombre y a la sociedad, ¿cómo exigirle que de la noche a la mañana y sin ninguna garantía de sobrevivir socialmente deponga sus armas? (Respecto a esta “misión” de la mujer, y acerca de los roles de género, se puede recurrir a interesantes trabajos masculinos, tales como “Noción de género para el estudio de las sociedades precolombinas”, de Pedro B. Quiroux, y “Machismo y psicología social”, de Boris Isla Molina, de Chile. También recomiendo, de Leticia Núñez, de Paraguay, “La mujer en el desarrollo de la cultura paraguaya a través de la historia”).
Escribe Celia Moreno Serrano en “Simone de Beauvoir”, una monografía que incluye además dos subtítulos tan importantes como “La mujer indígena. Rigoberta Menchú” y “Madre Teresa de Calcuta”:
“Guardo de Simone de Beauvoir dos legados importantes: primero, la lucha por la igualdad del género femenino y en esto nos queda todavía un camino largo para andar, sobre todo en nuestros países latinoamericanos (…) El segundo es el respeto a los derechos humanos, el derecho a la diferencia. Este respeto lo podemos medir en la capacidad que tenemos de aceptar al otro en su diferencia y aceptar significa entender al otro ser humano, no al que se nos parece, sino a aquel que por sus opiniones, valores u opciones está más alejado de nosotros…”.
Si de algo no relacionado con el físico se ha hablado entre hombres respecto a la mujer es de los movimientos feministas. Hasta célebres escritores de fines del siglo XIX y de la jerarquía de Henry James (en Las bostonianas, por ejemplo) se interesaron por el tema, aunque en sus escritos siempre se dibuja una sutil sonrisa de afecto y de ironía al mismo tiempo. Otros utilizaron el asunto francamente para la burla. Muy pocos escribieron en su apoyo.
En “El movimiento feminista hoy. Pasado, presente y futuro” de Ximena Briceño Olivera, de Chile, puede leerse que el feminismo nació junto con la Revolución Francesa y los demás movimientos independentistas de la época, pero que “pronto surgió la gran contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones liberales no afectaron a la mujer. Los Derechos del Hombre y del Ciudadano que proclamaba la revolución francesa se referían en exclusiva al ‘hombre’, no al conjunto de los seres humanos”.
Esto me recuerda que anteriormente los griegos, los hebreos, los romanos, Confucio y el propio Buda rechazaron a las mujeres como discípulas, Confucio señalando que la mujer era “como un hombre pequeño”. (Confucio fue rescatado de una cueva -adonde lo había abandonado su padre al nacer- por su madre, quien hizo tantos sacrificios para que nuestro sabio tuviera la oportunidad de estudiar que murió de fatiga y escasa alimentación en plena juventud.)
¿Qué haré, como mujer, con estas historias y otras semejantes? ¿Me perderé, por ejemplo, la luz que suele aportarme Confucio, aunque haya hablado para hombres solamente y no para todos los seres humanos? No, no dejaré de lado sus Analectas.
Creo que tal como empezó mi nota, todo se trata de poder. Y que del poder también es víctima el que lo ejerce, y que el poder tiene que ver con la libertad, o mejor dicho con su contracara, la esclavitud. En la nota anterior hablé de la libertad en referencia a un tema muy distinto: la lectura.
Me parece que todo es ella, la libertad; que todo empieza y termina con ella. Creo que seremos mejores cuando a la libertad pueda encontrársela en todos los lugares; que seremos personas, más que hombres y mujeres machistas o feministas.
Mora Torres