Estremecimientos
Jueves, Septiembre 27th, 2007Una de las angustias que están a la vanguardia en estos días es la que toma cuerpo ante el anuncio de que -en el 2012- se producirá el fin del mundo.
La gente, para alentar esta predicción, no sólo recurre al siempre fascinante calendario maya, que fija un día preciso dentro del 2012: el 21 de diciembre.
Una buena manera de inaugurar la discusión sobre el tema es leer “Algunas miradas al calendario de Le Goff“, de Dimas Tomás Meneses Sánchez, de Colombia.
Pero además hay otro tipo de miradas actuales dirigidas a meteoritos, cometas de larga cola, estrellas en cadencia y decadencia, extraterrestres, la ley de la gravedad no del todo segura y, sobre todo, la falta de agua y el cambio climático, que afectará para siempre la vida sobre la tierra. Para interiorizarme de este fenómeno en especial me bastó poner en el buscador de Monografias.com “cambio climático”, con lo que pude hallar varios “recursos que coinciden”. A elegir. Algunos llevan títulos como: “El cambio climático: ¿principio y fin del hombre?“.
Pero lo que sorprende en esta época no es tanto la angustia y el temor, sino que nos agradan ambos.
¿Por qué nos gusta el miedo?
En un mundo donde nada podía explicarse naturalmente, o científicamente, lo sobrenatural era la argumentación, una argumentación cotidiana. Si alguien enfermaba de pronto, lo más posible es que hubiera bebido de un vaso con agua en la que flotaban pequeños demonios. En realidad, hoy es casi lo mismo, sólo que los pequeños demonios se denominan virus o bacterias.
Lo cotidiano de lo sobrenatural tenía como consecuencia que nadie temiera lo sobrenatural por lo sobrenatural mismo; se temían las consecuencias y no los entes que las provocaban. Es decir, a la peste y no al demonio de la peste, como hoy nadie aullaría al mirar por el microscopio una bacteria, pero sí teme lo que ella puede provocarle.
No se temía al Diablo, si bien nadie jamás negaba su existencia. Se temía al Inquisidor (y aquí también usé el buscador y aparecieron numerosos recursos que coinciden con “la inquisición”).
Y no sólo las enfermedades eran sacras; todo correspondía al esplendor del cielo o a la oscuridad del infierno. Del esplendor del cielo puede decirse que también se podía reflejar en el vaso con agua: un joven enamorado bebía de él y, si su amada lo hacía luego, quedaba prendada para la eternidad.
Con tanto entrenamiento en lo esotérico, nadie, supongo, sufriría un infarto en presencia de un espectro, ni siquiera la adrenalina se le inquietaría como en una probeta de alquimista que está siendo agitada, como sí nos sucede a nosotros tantas veces al día, por el estrés y la ansiedad más que por lo esotérico.
Hoy, que tenemos muchas explicaciones de los fenómenos que nos rodean, y estamos investigando para tenerlas todas, y que no sólo descreemos de los demonios y los dioses del mundo físico, sino que hemos decidido relegar la región espiritual a los tiempos antiguos, el aburrimiento ha empezado su obra destructiva.
Entonces buscamos cómo entretenernos otra vez, ya que además, para refresco, uno a uno todos los objetos que nos rodean han ido despojándose de su encanto.
Los libros, los relojes, los cuadros, los mapas, los telescopios, los calendarios, los adornos de la casa y las joyas de las mujeres (joyas convertidas en bijoux, pero da igual), las piedras, las plantas, los animales, ya no producen admiración ni arrobo, y nada tienen de precioso.
Están al alcance de la mano, o bien nos hemos fatigado tanto de poseerlos que los hemos extinguido como se apaga el fuego. Pero el fuego renace. Y las especies extinguidas de árboles y animales, no. Ni como fantasmas (”La fauna: vida para la vida, preservación y extinción“, de Juan Alberto Chunga Espinoza, de Perú).
Hay que reinventar el terror
Quizá para volver a sentir algo, reinventamos el miedo. A los fantasmas, a los aparecidos, a los hechizos, a los gnomos.
No nos lo creemos del todo, porque “del todo” no es una expresión actual. Nosotros estamos en el medio, en lo relativo, en lo cambiante.
Pero bien que nos estremecemos de vez en cuando al oír la voz del viento, es decir, al escuchar un sonido inexplicable o al observar algo todavía no explicado. Y de estos pequeños sucesos prontos a ser resueltos por los sabios extraemos un universo de macabras maravillas.
La tecnología “de punta” nos pone en contacto con el más allá, y de punta se nos ponen los cabellos, pero por poco rato. Visto, por ejemplo, el fantasma que queríamos ver aunque fuera en fotografía por Internet, ya nos acostumbramos a él y precisamos otras emociones. Grotescos personajes hechos de materia más densa que la nuestra pueden encontrarse en algún sitio virtual, y en busca de ellos vamos. Algunos tienen nombres remotos como ogros, zombies, gnomos. A otros que vienen de los más fieros abismos modernos les hemos puesto apelativos modernos.
Y otros no sólo son visualizados y escuchados por Internet, sino que nacen y se reproducen en la misma -en nuestra- computadora. Invasores temibles llamados SPAM, hoaxes, los atacantes tecnológicos no son como los orgánicos que los científicos ya han aprendido o están a punto de combatir. Están rodeados de misterios complicados.
Por ejemplo, “Los hoaxes (mistificación, broma o engaño) no son virus sino mensajes con falsas advertencias de virus, o de cualquier otro tipo de alerta o de cadena (incluso solidaria o que involucra a nuestra propia salud), o de algún tipo de denuncia, distribuida por correo electrónico” (”El SPAM que nos invade“, de José Manuel Huidobro). En este mismo trabajo encontraremos un subtítulo que viene como anillo al dedo (al dedo de mi nota): “Leyendas urbanas”.
Leyendas Urbanas
Debajo del mencionado subtítulo se lee: “Las leyendas urbanas son relatos que brotan por doquier, muy antiguos a veces, en continua transformación siempre, que se difunden imparablemente por el mundo a través del boca a boca, los medios de comunicación y la Red, que se presentan como sucesos ciertos, historias creíbles, a menudo referidas a un conocido de un conocido y que expresan narrativamente preocupaciones tan cotidianas como éstas: ¿Hay fantasmas en los espejos? ¿Hay tal vez una mujer tras cada curva peligrosa?”.
Tan atractiva afirmación me impele a buscar por diversos lugares la bella mitología de las leyendas urbanas.
Y encuentro un ensayo alucinante: “El señor de la oscuridad. La leyenda del TIO y otros seres de las profundidades“, de Fernando Jorge Soto Roland:
Acá encontrarán, por añadidura,
excelente literatura.
La rima es adrede, para poner una sonrisa final.
Mora Torres