Cartas Muertas
Jueves, Octubre 25th, 2007¡Cuánto se esperaba una carta!
Y qué alegría daba recibirla, releerla y guardarla en la caja de madera donde empezaba a convivir con muchas como ella.
A los amantes parecía dibujársele el perfil del remitente al fondo del papel.
Los amigos se contaban aventuras, disparates, travesuras, hacían trabalenguas en sus cartas.
También estaban las cartas tristes, las chismosas, las malas noticias y los anónimos.
Y aun estos últimos tenían cierto encanto “humano”. Se olía, se percibía a su redactor.
Una cortesía
En la actualidad escribir a mano una carta es tan raro que se ha tornado un acto exquisito, como un ramo de rosas para la novia, o bombones, o un libro de poesía.
Porque las cartas no sólo eran lo escrito: eran el papel, el sobre, los sellos del correo, el lacre, las estampillas.
Cartas antiguas ahora se ven ennoblecidas porque se han vuelto de ese notable color amarillento indicador de tiempos bellos: las estampillas lucen admirables en este marco.
Por si quedan aún filatelistas
Para esa interesante y casi extinta especie, puedo recomendar “Las clasificaciones de los sellos“, un trabajo bastante completo enviado por Carlos González, y “La palabra escrita y la filatelia“, de Jorge Eduardo Padula Perkins
Cómo escribir hoy una carta. Y dos cartas de ayer
La monografía que a mi modo de ver será de ayuda en este caso está más dirigida a la escritura de cartas comerciales u oficiales, aunque también puede dar una idea para organizar una escritura personal.
Su nombre es “Correspondencia” y nos la envió José Avilez.
Hay unas cartas de “ayer” en nuestro sitio. En el trabajo enviado por la periodista Ana María Rouco, “Inmigración a la Argentina: cartas” se encuentran perlas como ésta: “Aquí, del más rico al más pobre, todos viven de carne, pan y minestra, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera”, de Girolamo Bonesso.
Y una particular y graciosa exclamación de un suizo llamado Luis Mettan: “¡Queridos hermanos, en esta carta os digo que si tenéis el coraje de venir, traed vuestra batería de cocina, panera, vajilla, tinajas, mantequera para fabricar manteca, dos pecheras de caballo, un buen carro… rastrillos de madera, garlopas y sierras a una y dos manos… toda clase de semillas para jardín, y de flores… y toda clase de semillas de árboles frutales”.
El escribiente
Un día leí el cuento “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville, y todas las cartas se envolvieron en melancolía.
El personaje se destruía, se desmayaba entre los ojos que leían y las letras dibujadas en la página, y en el final uno comprendía por qué. El narrador termina exclamando: “¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Conciban un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? (…) A veces el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo al que iba destinado tal vez ya se corrompe en la tumba (…) Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran a la muerte. ¡Oh, Bartleby! ¡Oh humanidad!” (pueden leer este cuento de Melville en traducción de Borges aquí).
Pero los ojos empezaron a brillar de nuevo cuando empecé a leer novelas escritas en forma de cartas. La primera fue “Boquitas pintadas” de Manuel Puig (”Manuel Puig“,de Cintia Musina).
La segunda, Las relaciones peligrosas. Redactada en 1780 por Choderlos de Laclos, un militar jacobino cuya única obra literaria fue ésta, no parece lectura para una adolescente: el autor habrá sido militar, habrá escrito sólo una vez en la vida, pero era un talento que pintaba la sordidez, las intrigas, la frivolidad, el materialismo del siglo XVIII como tal vez nadie lo haya hecho jamás, y por medio de cartas cruzadas entre nobles. Les recomiendo que concurran a Relaciones Peligrosas para informarse sobre el tema.
Van Gogh me hizo entrar por una rendija de su pobrísima habitación y conseguí leer las cartas que le escribió a su hermano Theo.
Una mujer llamada Mariquita Sánchez de Thompson, a quien yo sólo asociaba con la escuela primaria y con aburridas “fiestas patrias”, me mostró en una antología su epistolario. Vi su corazón, sus rencores, su inteligencia.
El duro Sarmiento me hizo llorar con una carta de amor de la cual ya no recuerdo a cuál de sus amores estaba dirigida.
Un día, yo misma escribí una carta a mi poeta más admirada. Y me la respondió. Decía: “¿Cuándo vienes a visitarme”, etc.
Y visité, conocí y admiré aun más la vida y obra de Olga Orozco (ver “Literatura argentina: entrevistas” y “Romanticismo, literatura romance“).
Creo que fue ella la que finalmente me enseñó que una carta tiene el poder de cambiar a la persona que la recibe y hacer de su oscuridad “otro sol” (”La oscuridad es otro sol” es uno de los pocos libros de narraciones que escribió Olga).
Me empecé a interesar en cartas privadas de reyes y escritores, y leí desde las que le mandó Napoleón a Josefina cuando realizaba sus conquistas territoriales hasta las profundas reflexiones estéticas que hace para sus amigos Pier Paolo Pasolini.
También encontré “ensayos-cartas”, como la iluminada Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Diderot, donde aprendí a mirar mejor todo lo que antes no veía.
Y finalmente di con una mina de oro puro: Cyrano de Bergerac , que era, para citar la gracia de Quevedo, “un hombre a una nariz pegado”, pero era mucho más que una nariz, y más que un escritor de cartas: un valiente militar filósofo, que cambiaba a menudo de armas, entre el sable manchado de sangre y la pluma de ganso mojándose en la tinta.
Tan feo era por aquello de la nariz -seguramente hoy sería un bello ejemplar de hombre, porque los gustos de las mujeres y las modas cambian- que debió contentarse con escribirles las cartas de amor a los demás, y enamorar muchachas a plumazos. Y siendo poeta, dramaturgo, alquimista, nos dejó además una Historia cómica de los imperios de la Luna.
Él, que confesó y repitió mil veces: “Esta carta de amor que yo mismo he escrito y reescrito cien veces, hasta quedar colgando mi alma al lado del papel… Este pliego es mi voz, esta tinta mi sangre, esta carta soy yo”.
Mora Torres
