De una a otra jaula
Jueves, Enero 31st, 2008Es cierto que las mujeres (”Mujeres, globalización y reciprocidad“) nos hemos liberado de variados tabúes e inhibiciones (”¿Tapas Triple XXX?“).
Empezamos sacándonos el corset a principios del siglo XX; estudiamos; fuimos profesionales; nos despojamos hasta del corpiño en los sesenta (”La utopía ética: universidad y sociedad“), justo cuando, junto a los hombres, propiciamos la revolución sexual.
Ya no nos seducía ser la Virgen ni el Ángel (”El errante Ángelus Novus“) del Hogar, tiramos la virginidad (”La virginidad: reconstrucción o deconstrucción“) -lo que es bueno- por la borda, junto con algunos otros detalles -a estos detalles habría que revisarlos.
Una de las cuestiones con las que más orgullosas estamos es la moda (”Moda femenina y sexualidad: un enfoque psicosexual“): ya no nos interesa vestirnos y peinarnos igual o usar los mismos zapatos de las actrices y modelos (”Lolita“).
Nos rapamos o nos dejamos el pelo larguísimo; usamos faldas o pantalones, y ya no parecemos uniformadas.
Algunas de nosotras se pintan y otras no, y hemos logrado que nadie se escandalice por el exceso o por la falta.
Pero la jaula permanece allí
Sin embargo, no nos hemos librado de las rejas.
Hemos pasado de una a otra prisión (”Criminología de la mujer costarricense“), y la nueva es tal vez más insoportable.
No importa cubierta de qué telas (”Hilados“), u ornada de cabellos rubios o negros, cortos o largos, nuestra triste celda es una idea, una tendencia, una exigencia mucho mayor que taparse los tobillos.
Estamos presas de la necesidad, de la urgencia (a nuestro parecer) de un cuerpo perfecto, según la perfección de nuestro tiempo.
La “perfección” de nuestro tiempo es extrema delgadez, sin olvidar unir a ella un busto amplio y una cola notable.
Casi, un imposible. ¿No es injusto?
Sueños, y sólo sueños, de libertad
Estamos expuestas a presiones tan fuertes en materia estética (”Estética“) que pocas son las que pueden ser tan libres (”La libertad“) como todas nos proclamamos.
Levantarse, ducharse, ponerse un vestidito y salir a la calle sin mirarse al espejo es un sueño de muchas pero una realidad de muy pocas.
En general, es la realidad de las que nacieron bellas y delgadas según el modelo estándar.
En poquísimos casos, de aquellas a quienes no les importa entrar en el estándar de bellas y delgadas.
La belleza es relax
¡Y son tan lindas las mujeres despreocupadas, relajadas!
¿Algo mejor que una auténtica sonrisa, sin cirugías (”Los mutantes de la cirugía estética. El credo de las apariencias“) que “tiren” y roben expresión?
¿Algo más fresco que la risa de las mujeres que no tienen la angustia de contar calorías, y que se muestran como son, con el aliento suave de las que, además, no usan edulcorantes que dejan la boca con un gusto amargo y resentido?
Tal vez esté exagerando; a veces es necesario tomar edulcorante (”Diabetes“) y contar calorías, por salud… Pero sólo por eso es encomiable.
Propongo una revolución
A las naturalmente delgadas, gorditas, flacas, obesas, narigonas, ñatas, bizcas, ojiazules, de ojos grandes o chicos, negras, rubias, les hago un llamado a la sensatez y a la alegría.
Que cada una encuentre su propia estética y sea linda a su modo.
La belleza no es más que un patrón, un molde, tan convencional como la virginidad o la costumbre antigua de endomingarse.
Sin embargo, claro que existe, y especialmente en las mujeres, la belleza.
Es como un aura, una luz que llevamos o no, según sepamos encenderla.
Más comunmente está presente en las que son “felices” o están enamoradas; pero suele aparecer de pronto en la alegría, como un relámpago, y aun quedarse cuando al fin estamos conformes con nosotras mismas.
Extrañamente, la belleza a veces llega en la vejez, cuando hemos depuesto las armas y nos abandonan el estrés y el sufrimiento de no ser “perfectas”.
¡Todas seríamos tan hermosas si no tuviéramos que pensar en la belleza!
Nos alumbraría la aurora de los libros que leeríamos en el tiempo en que nos “producimos”; la benevolencia de la gente a la que amaríamos sin reservas, sin tener antes presente -y ante todo- nuestro reflejo.
Ésta es la revolución: brillar, más allá de toda mancha (llámesele a esta mancha obesidad, flaccidez, vejez, cansancio, asimetría).
Alumbrar el camino.
Sentir ternura de verdad.
Y, por supuesto, seguir luchando por el lugar en el mundo que debemos ocupar las mujeres.
Todo esto es bello, como la claridad y la inteligencia.
Mora Torres