Una mas de poetas
Jueves, Abril 24th, 2008Estoy enferma, en cama, malhumorada, dolorida (Dolor).
A punto de pedir a mis amigos una “cadena de oración” o algo parecido para ayudar a reponerme, busco otros refugios (Lo religioso según Freud).
Encuentro uno bastante confortable en rememorar lo más antiguo (Oriente y Occidente en la Antigüedad: bases para la civilización actual).
En el altillo de mi memoria tengo guardados enormes tesoros (Ciudades y tesoros perdidos) y álbumes de fotografías que brotan con la fiebre (no más de 38 grados centígrados, pero para mi fragilidad es demasiado).
También guardo juguetes del país de la infancia:
un caballito de madera;
una muñeca llamada Marilú;
una pelota que al ser apretada saca la lengua y, con mis dos o tres años de edad, muero de risa.
La pelota y el tiempo
La pelota me saca la lengua desde tierras remotas en el tiempo (La estructura del tiempo y los viajes temporales).
Al fin, consigo acordarme del gracioso o festivo nombre con que la había bautizado: “Toribio”.
La pelota está como girando o pasando de arco en arco del tiempo; desde mi infancia a ahora, desde ahora a mi infancia.
De pronto encuentro lo que buscaba, pero no tan lejos. Algo para compartir con ustedes que moviliza todas mis imágenes (Imágenes en torno a la mujer).
Hoy pronuncio el nombre de Olga Orozco
Un día me enamoré de los poemas de Olga Orozco (Literatura argentina: entrevistas); le escribí una carta enigmática (Principio de incertidumbre), y ella me contestó.
Le escribí otra, doblemente enigmática (sólo con la intención de llamar la atención procedí de esa forma) y ella volvió a contestarme.
Extraigo algunos párrafos de esa esquela:
“Querida Morita (con este sobrenombre me llamó siempre, luego): Realmente no te entiendo, ¿de qué te estás disfrazando? Dímelo, porque a veces me encanta ponerme una cabeza de oso o salir con unas botas con las que me llamo Paquita, por no hablar de la enmascarada circense haciendo equilibrio sobre un melón azul (Circo contemporáneo). Dame las claves, por favor. No sé de qué ambigüedades me hablas. (…)
Claro que me gustaría conocerte, pero me asusta un poco que me lo propongas como una amenaza, como diciéndome “a ver si eres capaz”, como si fuéramos a encontrarnos en un pasillo oscuro con un cuchillo en cada mano, o a correr por el bosque en una noche de lobos. Me asusta, además, tanta exaltación. Soy una antigua dama o una dama antigua, con anteojos para mirar de lejos y de cerca, con muchas arrugas en el alma y la esperanza sin planchar, un delicioso marido que pasa actualmente por una horrible depresión a pesar de que yo haga la malvaloca todo el día, una olla a presión que me silba a cada rato desde la cocina y un ropero lleno de cartas. ¿Qué hacer?
De modo que si tu papel (con niña que despide a caballero andante en solo sitio y niña que junto a rueca y flores apaga una bujía) era alusivo -¡ah, tu edad juvenil, es lo único claro- comprenderás cuán alusivo es este que mirado entre líneas dibuja el final de una alameda.
Bueno, a todo esto, ¿cuándo vienes a Buenos Aires? ¿Cuándo leo otros poemas tuyos, nuevos? (…) Si vienes, si los traes, si los veo (…), te diré cuáles, aunque no me escuches ni te importe.
Te mando piedrecitas de todos colores, una para cada hora del día, y una transparente para los sábados. Un abrazo con plumas doradas y una canción que haga retroceder las sombras y los males.
Olga”
No es ficción, fui a verla y me quedé
Por ese entonces yo vivía donde había nacido, en la ciudad de Santa Fe, en la República Argentina, y ella en Buenos Aires, la hermosa capital.
Aunque parezca una fantasía, al recibir la respuesta que transcribo, tomé mis valijas… y hoy Buenos Aires es el lugar adonde vivo desde hace veinte años.
La llamé por teléfono desde la estación
Apenas me bajé del micro, fui a visitarla.
Parecía muy alta y no lo era, y muy bajo su marido, que era más alto que ella y que estaba a su lado, en la puerta de ese departamento del último piso, cuando me recibieron.
Bajé del ascensor y allí estaban los dos en el palier individual.
Yo tenía calculado pensar durante el viaje en ascensor -el encargado me había preguntado amablemente a qué piso iba, y al contestarle que a lo de Olga Orozco me dejó pasar sin mucha ceremonia, se veía que me estaban esperando-; yo quería pensar durante el viaje en ascensor y durante el tiempo que durara la espera en la puerta del departamento cómo comportarme, pero no pude.
Aunque era un décimo piso, el ascensor tenía velocidad de rayo, y la espera no existió. Así que me vi obligada a disimular mi falta de recursos sociales. ¿Darle un beso de visitante, y no la mano, acaso no era lo más adecuado? Y al marido también, eso se usaba.
Tenía taquicardia, síntoma que les confesé a Olga y a su marido, Valerio, pero pronto, por un detalle, me calmé, y la improvisación me salió bastante bien.
Olga, Valerio y yo nos sentamos en los sillones del living, unos de cuero verde, otros con tapizados con rosas sobrias, y pude observar al natural la cara de Olga. Bueno, no al natural, porque era evidente que se había arreglado para su admiradora epistolar y una porción de sombra celeste cubría todo el espacio de sus párpados, pero el brillar de sus ojos verdes, que fueron leyenda entre los artistas de los años cuarenta, estaba allí.
Olga era una señora mayor muy empolvada, muy fascinante y poderosa en clima de poesía, y una persona que contaba historias fantásticas más allá de todo límite.
Y yo era joven y estaba insegura, pero ella dijo, refiriéndose al suéter entre azul, violeta y uva que me había puesto para la ocasión:
-Te viniste vestida de tormenta…
-lo que me dio seguridad, más allá del manojo de poemas que llevaba arrugado entre mis manos.
Breve noticia sobre Olga
Para quienes no conocen a “mi” poeta, copio parte de una noticia aparecida en marzo de 1999 (a propósito, recuerdo que Olga murió en agosto de ese mismo año) en la revista de poesía La Guacha que les dará alguna precisión:
“Un hecho desencadena un alboroto: En diciembre Orozco se fue a buscar el Premio Rulfo a México. Se lo entregó Juan Gelman, que allá parece sentirse en tierra firme. El premio vino con (…) el reconocimiento que la llevó a ser considerada la escritora argentina más firme para el Premio Cervantes y para el Premio Nobel”.
(Puse en cursivas el nombre de Juan Gelman, porque precisamente ayer recibió el Premio Cervantes de manos de los reyes de España.)
De cualquier manera, lo único que puede hablar ahora de Olga son sus propios poemas; lo que debo hacer es, sin saber muy bien cómo seleccionarlo, pasarles uno:
El poema elegido
Lamentándolo no saben cuánto, debo fragmentar el poema de Orozco que elegí para ustedes, y mucho:
No han cambiado y son otros
Mi abuela fue una hechicera blanca que heredó en cada piedra el altar de los druidas donde oficiaba a medias con la luna sus ceremonias blancas.
Encendía las lámparas de un soplo, bordaba las historias más hermosas con las hebras más largas del invierno
y evaporaba brujas tan solo con mondar sin miedo una naranja (…)
Se fue por un jardín con su dócil cortejo de pájaros, de locos y de duendes (…)
Cuando llueve me deja una tisana hirviente y un ramito de espliego.
Mi madre fue una reina que trocó sus dominios en la tierra por un lote en el cielo (…)
Era tan majestuosa como una catedral y más heroica que cualquier muralla,
pero cambiaba de estatura de acuerdo con la ocasión, tierna o solemne, igual que los arcángeles.
Mi padre fue un incrédulo rey mago que llegó a nuestro sur siguiendo la otra cara de su estrella.
Vino de mar en mar (…)
y era capaz de convertir de pronto un recinto enlutado en un salón de fiesta,
una roja manzana en el más codiciado trofeo del estío (…)
Ellos vuelven y ocupan sus lugares junto a estas ventanas, esta mesa, este lecho,
vuelven con grandes trozos de paredes y muebles y paisajes disueltos…
Envío
Hay sitios en Internet donde se puede leer a Olga Orozco y hasta escuchar su voz cuando ella lee.
Sus poemas siempre fueron extensos, cada una de sus líneas tiende al infinito…
Mora Torres