Tres reyes mandan en el poquer
Jueves, Junio 26th, 2008No sé nada de póquer; tampoco sé jugar al truco; el título de esta nota fue extraído de la frase “Tres reyes mandan en el póquer y no significan nada en el truco”, para mí una de las más brillantemente resumidas alocuciones de Jorge Luis Borges.
Creo que el autor se refiere así específicamente a lo gratuito de la injuria, ya que, en efecto, el que agrede, en general, habla un lenguaje diferente al de su agredido; juega al truco con las cartas del póquer, o viceversa (El juego online: entre el ocio y el negocio).
El truco, para quienes acaso no lo conocen, es un juego de naipes de origen argentino, se juega con la baraja española (Inmigración a la Argentina 1830-1950).
Desde las tierras de los hombres antiguos
En las magníficas tierras de los hombres antiguos se reía con ferocidad (El hombre y el Universo).
El tiempo fue refinando las costumbres y la risa (y la burla) pasó a la literatura, a lo escrito, donde se convirtió en un torneo de habilidades tan cruel como los antiguos juegos de la guerra (Didáctica lúdica: jugando también se aprende).
Así Quevedo (La Ilusión. Su relación con sueño y proyecto de vida), dice -y describe para siempre, de un modo que ya no podrá ser superado, a un narigón:
“Érase un hombre a una nariz pegado…”
y todo lo que sigue en el soneto, por ejemplo la segunda frase: “Érase una nariz superlativa”, podría considerarse “predicado”, siendo el sujeto de tan eximia mofa sólo el “hombre a una nariz pegado”.
Maestro superado
Pero dejémonos de narigones que sólo por la gloria de los ingenios de Quevedo los menciono: mis más caros amigos tienen una enorme entrada al rostro que es su noble nariz, una puerta grande y bien labrada, como cualquier palacio (Arquitectura de Mesopotamia).
Dejemos a Quevedo, el enjuiciador de tantas formas, formalidades y narices para pasar a quien considero su heredero legítimo –aunque quizá superador- y que nombré al comenzar (no repliquen que no lo es, a menos que lo hagan con mucha gracia y donosura), Jorge Luis Borges, que dice en “Arte de injuriar” que al estudiar en profundidad los géneros literarios, se convenció de que “la vituperación y la burla valdrían necesariamente algo más”:
“El agresor (me dije) sabe que el agredido será él, y que cualquier palabra que pronuncie podrá ser invocada en su contra… Ese temor lo obligará a especiales desvelos”.
El arte de injuriar
La tragedia en todo su esplendor –la de los dioses, la de las emociones humanas- surge en cuanto puede, como crece la hierba entre las junturas de una baldosa o en las laderas de una montaña.
Sólo hace falta letra viva para que aparezca en el mundo toda la angustia, la alegría, la pasión, el fanatismo, el miedo y hasta el deseo de poner sobre la cabeza de alguien un enorme coturno –un coturno era una especie de zapato muy alto sobre el que se subían los actores griegos para representar detrás de sus máscaras, máscaras que a su vez eran llamadas “personas”, y de donde proviene nuestra palabra castellana para designarnos.
Basta para eso una carta escrita con letra infantil en un cuaderno tanto como un texto de Eurípides o Shakespeare.
Y la riqueza de las emociones que el arte o la ociosidad convocan es siempre conmovedora; nadie puede ponerle límites a esa vitalidad.
Sólo me gustaría que quien tenga ganas de insultar o insultarme –a mí o a mis amigos, por lo que aquí escribimos, ya sea que le produzca incomprensión, frío, duda o indignación ideológica- lea previamente el libro mencionado, Historia de la Eternidad, en su capítulo “Arte de injuriar”.
Ya saben que, así como otros siempre tienen un as en la manga, yo siempre tengo preparado “un Borges”.
Envío
La confortable sensación que da estar en este espacio es la de escribir juntos, la de reunirnos y opinar, la de hacer una fiesta también de las palabras y sobre todo saber que cada palabra escrita por ustedes o por mí llega comoquiera que llegue a los ojos y el corazón de otro alguien.
Todos estamos solos, pero no tanto.
Este momento de comunicación es como el antiguo sonido de tambores que convocan.
Tambores sagrados; siento que son sagrados por el estremecimiento que recorre todas las respuestas y la pasión por la poesía, es decir por la vida.
Gloria: como parte de la tragedia y la alegría, fuiste la gran protagonista de nuestro club el último jueves; ¡qué esfuerzo hicieron tantos amigos por ti y por mí!
Pero no es necesario que les agradezcas tanto, sino que los tengas presentes a todos en cualquier momento.
Y sigue leyendo y leyéndonos a Neruda (Dimensiones de la cultura en la obra de Pablo Neruda):
“Para que tú me oigas mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas…”
¡Hay que aprender a rezar hasta con los versos de Neruda!
Mora Torres