El Libro de la Almohada
Miércoles, Agosto 27th, 2008Debajo de mi almohada siempre hay un libro o un cuaderno; hace unas noches que está allí Ingleses excéntricos, de Edith Sitwell, en cuya tapa hay una explicación: es una galería de hombres y mujeres raros y pasmosos (se me ocurre recomendarles, aunque no se trate de un inglés, Jim Morrison).
En la solapa, una noticia: “Dame Edith Sitwell, cuyos máximos placeres eran la música y el silencio, falleció en 1964″.
La Sitwell es -aunque haya muerto es- una gran poetisa inglesa (Lenguaje poético), pero los poetas no tienen una nacionalidad muy definida porque ocupan el mundo (De la visión sistémica en el mundo real) y el universo cuando tienen la estatura de Edith (La hipótesis del origen transdimensional del universo o el Big Bang múltiple).
El libro bajo mi almohada no es de poesía abiertamente; es prosa (Algunas cuestiones de teoría literaria. El problema del género literario), y hasta prosa biográfica, pero es poesía por su fraseo y su humor; me ha deparado inolvidables risas tenues y búsquedas sutiles (Filosofía; el hombre en búsqueda de un sentido absoluto).
Edith Sitwell me presentó por ejemplo al bello Brummell, y a “Vejestorios y ermitaños decorativos”, lugar del libro en que hace un recuento de célebres longevos:
“Entre otras voces ancianas y temblorosas semejantes al canto del ruiseñor, que se quejan desde las blancas casitas amodorradas en esta soporífera noche de luna llena, podemos oír a los esqueletos espectrales del señor John de la Smet; del señor George King; del señor William Beatie; del señor Robert MaCride, y del señor William Ellis, quien por la misma época de los anteriores, en 1780, sufrió las convulsiones que lo convirtieron en polvo. Todas esas personas alcanzaron los ciento treinta años de edad y se deshicieron en un polvo verdoso a la luz de la luna llena… La señora Elizabeth Merchant falleció a los ciento treinta y tres, en 1761; la señora Catherine Noon, pálida y fantasmal, se extinguió en 1763, a la edad de ciento treinta y seis. El señor William Leland y la condesa de Desmond murieron ambos en 1732 a los ciento cuarenta, y la vieja dama Louisa Tusco los superó a todos al deshacerse en polvo a los ciento setenta y cinco…”. “Me han dicho que el siglo XVIII fue notable por la edad y frondosidad de morales e higueras, y es posible que aquel siglo tuviera también la fortuna de dotar a sus ancianos de extraordinarias longevidades”. “No obstante en una época anterior existió Thomas Parr, que fue pintado por Rubens cuando contaba ciento cuarenta años, cuya edad y proezas fueron celebradas en famosos versos, y que murió a los ciento cincuenta y dos, a pesar de la inadecuada desenvoltura de sus últimos años…”.
La cita, como si fuera una fotografía (La fotografía), fue tomada con la intención de retratar la escritura de la autora, y para que ustedes tengan una idea de mis alegrías -y a veces penas- nocturnas.
Pero hay un texto que suele estar bajo mi almohada y que no es de Edith Sitwell sino de alguien “infinitamente” anterior, El Libro de la Almohada es precisamente el título.
Fue escrito por una de las fundadoras -sí, fundadoras- de la literatura japonesa, Sei Shonagon.
Es el diario íntimo de una cortesana de fines del siglo X, cuando reinaba la dinastía Heian (Breve historia de Japón), que estuvo en la corte de la emperatriz Sadako y era hija de un poeta conocido.
Aun a pesar de formar parte del “servicio”, Sei Shonagon proclama su libertad por medio de la escritura: se narra a sí misma y narra su época, hace listas de sus gustos y aversiones, y termina componiendo, tal como Edith Sitwell, un libro de alta poesía y entretenida historia.
Sei Shonagon observó todo lo que traía cada jornada y estación tras estación, y hay hasta informes que certifican que está nevando sobre los cerezos.
Copio pequeñas partes de dos listados y un relato:
“Cosas desagradables de ver:
“Alguien cuyo vestido tiene la costura de la espalda torcida.
“El carruaje de un noble de la alta corte cuyas cortinas están sucias.
“Los niños que calzan zapatos de madera con sus faldas de pantalón. Sé que es la moda, pero no me gusta.
“Cosas sórdidas:
“El revés de un bordado.
“El interior de la oreja de un gato.
“La oscuridad en un lugar que da la sensación de no estar demasiado limpio.
“Una diáfana noche de luna
…Yo me quedé aparte, apoyada contra uno de los pilares.
‘¿Por qué tan silenciosa’, me preguntó Su Majestad.
Le contesté: Estoy contemplando la luna.
Me respondió: Eso es exactamente lo que quería oír”.
Envío
Hoy elijo unos poemas de Ungaretti, el italiano.
Para Osvaldo: “Entre la flor que tomo y la que doy/ la inexpresable nada”.
Para Nachicésar: “Me ilumino/ de infinito”.
Para todos, aparte de mis besos y abrazos: “Aquí llega el poeta/ y después vuelve a la luz con sus cantos/ y los dispersa// De esta poesía/ me queda/ esa nada/ de inagotable secreto”.
Mora Torres
