Canto de Primavera
Miércoles, Septiembre 24th, 2008En mi país es primavera (Primavera roja), es decir que sentimos que vamos a nacer. El velado, el oscuro y, según cuentos de infancia (Cuentos de hadas; magia, fe y encanto), malhumorado invierno nos deja pasar hacia el sol (El Sol y su estructura).
Todo empieza a vestirse de inocencia: la primavera es naiff (Arte y diseño en discusión).
También la gente de Oriente lo considera así, y yo creo mucho en la sabiduría oriental: para ellos, las estaciones del año representan edades del desarrollo humano (Lilah).
Toda la vida preferí el invierno (¿quiere decir que toda la vida fui una anciana?) por lo privado, pero además porque me gusta afrontar el frío, la tempestad y las lluvias heladas como si estuviera dentro de una película de aventuras: siempre al final llego a mi casa entibiada por el fuego de la estufa con olor a eucalipto (Consumo y ahorro de energía en el hogar y la oficina). O elijo un atardecer ventoso para andar por un barrio de casas viejas (Rescate y conservación del patrimonio local) y siento que fui a dar con mi máquina del tiempo a la Edad Media.
Sin embargo, la primavera tiene más delicadezas y ha inspirado música como la de Vivaldi, cuadros como los de Boticelli; yo misma, modestamente, escribí un cuento - “Parece que están floreciendo las violetas”- sobre algo que le pasó a mi amigo Silvio cuando vino una vez a Buenos Aires en primavera.
Alguien que conozco hizo un cuadrito con un sentido parecido a ese cuento: copió con lápiz una antigua fotografía donde hay dos nenas jugando con un aro, y muebles oscuros y almohadones y flores claras: a una le pintó el camisón de negro, a la otra de blanco, hizo el fondo morado y las caritas inocentes rosa pálido, como si fueran niñas fúnebres.
Parece que están floreciendo con ganas las violetas
La mujer que entraba aquel domingo en el cementerio de la Recoleta no llevaba paraguas. Silvio acababa de abrir el suyo, porque la llovizna, que le permitió curiosear tranquilamente tumbas y mausoleos, inscripciones y lápidas, se había convertido en temporal. A tal punto había sido apenas húmeda la siesta dominguera, que Silvio pudo sentarse a observar largo rato muy cerca de un panteón, a un señor con termo en ristre, que golpeaba la puerta y llamaba en voz alta: “¡Ojeda, Ojeda!” El hombre persistía en su llamado, en el que se mezclaban cierta sorpresa y cierta preocupación. Al rato –Silvio me lo contó- apareció uno de los cuidadores del lugar, que le dijo: “Ojeda salió y no va a volver hasta la noche”. El cuidador, viendo que Silvio observaba la escena, se le acercó y le contó que esta persona solía venir venía todos los domingos a la tarde, con su termo y su taza de aluminio, y que cada vez debía encontrar una historia distinta: “Ojeda pidió que no lo despierten, porque anoche no consiguió pegar un ojo”, u, “Ojeda se quedó a dormir en lo del hermano, porque la mujer tuvo familia”, o bien, “Ojeda se fue al campo, porque tenía que vender unas vacas”. Lo curioso es que el amigo de Ojeda aceptaba siempre con simpatía estas excusas y se iba diciendo: “Dígale que el domingo que viene vuelvo a visitarlo”. Ojeda parecía tenerlo todo: hermana, hermano, hijos, nietos, sobrino, abuelos, padres, campos, insomnio. Ninguna excusa le sonaba incongruente sospechosa al visitante que, además, demostraba al marcharse algo de alivio. Pero nunca dejaba de volver.
Silvio vio que el panteón efectivamente era de los Ojeda y le sugirió al cuidador que la próxima vez dijera que Ojeda había tenido que ir al médico de urgencia, y otra vez, que estaba enfermo y el médico le había prohibido las visitas, y así, gradualmente, hasta llegar a la muerte de Ojeda, que habría sido enterrado el día anterior a la última visita de su amigo en ese mismo sitio. De esta manera el buen amigo aparecería con un digno ramito de flores en las manos, a cambio de aquel termo y esa taza que infamaban la dignidad de aquel lugar.
Pero la mujer que entraba aquel domingo al cementerio no llevaba paraguas, y esto ocurría precisamente cuando Silvio ya estaba saliendo se disponía a salir. La señora era alta, delgada, vestida enteramente de violeta, de los zapatos al sombrero, y llevaba un manejo de las flores que tienen por nombre ese color, que levantaba sobre el sombrero, como protección para la lluvia. Así, el sombrero se transformaba en muy antiguo, como aquellos con flores o con pájaros, y hasta algunos con nidos, del siglo diecinueve. En un momento se cruzaron, y la señora preguntó: “¿No conoce la sepultura de los Peña?”. Ella lo dijo así, dijo sepultura, como podría haber dicho sepulcro, nicho, tumba o más exactamente panteón, me comentaba Silvio cuando me lo contó, pero ella dijo “sepultura” de una manera absolutamente natural, que combinaba con ella, con su vestido y sus flores y con sus mismos ojos que eran también violeta, o que lo parecían, porque hay algunos ojos, reflexionaba Silvio, que se dice que son “del color del tiempo”, pero que en realidad son del color de los objetos más cercanos.
“No soy de acá, estoy visitando el cementerio por curiosidad, por hacer algo”, se sintió obligado a explicar él.
“Es que llueve, y no veo nada con la lluvia. Yo siempre me guío por la sepultura de los Peña para llegar a la de mi madre… ¿Usted podría acompañarme?”.
Silvio, que es un joven amable, colocó a la señora con su mano con su ramito sobre el sombrero bajo el paraguas, trató también de colocarse a sí mismo y acomodar el paso al paso lento y soñador de la señora, y emprendió nuevamente el camino de entrada.
“El diecisiete es el aniversario”, dijo la dama, refiriéndose seguramente a la muerte de su madre, “y yo vengo todos los diecisiete. Sí, ya sé que hoy es quince, pero salí a la calle, vivo a dos cuadras de aquí, usted vio, es un lugar tan lindo, y vi todos los puestos de flores llenos de violetas, parece que están floreciendo con ganas las violetas este año, y como eran las flores que más le gustaban a mi madre –en realidad ella murió hace cincuenta años, cuando yo era muy chica, esto me lo contaron familiares- compré un ramito y vine a traérselo.”
Silvio pensó que, por la urgencia de comprarlas, las violetas iban a desaparecer en dos días de la tierra, y lo consideró una catástrofe. Pero antes pensó que la señora le había mentido en cierto modo, porque representaba más de setenta años, bien llevados, elegantes, espléndidos, pero no menos de más de setenta, y entonces debía tener veintitantos cuando murió su madre.
La desaparición de las violetas y la mentira de la dama elegante se convirtieron de pronto para él en un mismo problema. Sintió miedo, un terrible e inexplicable miedo que, transformado en sudor, resbalaba por su cara junto con las salpicaduras de la lluvia. Y la iluminación era pálida, de día gris y de otoño aunque estuviera llegando la primavera, y la mujer seguía parloteando charlando mientras caminaban despacio.
Ya había avanzado mucho seguramente en la charla que él no escuchaba o escuchaba apenas, porque cuando Silvio le preguntó: “¿Así que en estos días van a desaparecer las violetas?”, ella se hizo repetir la pregunta y un chisporroteo de espanto pasó por sus ojos con un brillo de fuego:
“Está loco”, pensó seguramente.
“Como un incendio de violetas”, respondió Silvio tácitamente al recibir su mirada.
“¿Por qué lo dice?”, dijo ella, reponiéndose con una dignidad más grande que la de la misma Recoleta.
“Por sus ojos”, contestó Silvio, que ya estaba perdido, extraviado, definitivamente, entre el terror, la mentira, la charla, las tumbas, la lluvia, el paraguas que ya no protegía, la mano que permanecía en el sombrero definitivamente ociosa e incapaz de ayudar.
“¿Es por mis ojos que en dos días van a desaparecer?”
“No, no sus ojos, las violetas.” Silvio había remontado finalmente la corriente de imágenes y palabras y estaba a punto de ubicarse entre las cosas reales.
“Pero usted dijo algo de mis ojos… Sí, era por mis ojos que le gustaban las violetas… Mamá siempre decía… -y en este punto recordó que ella casi no había conocido a su madre-… decían que mamá siempre decía…”
Silvio la interrumpió: “Ésta es la tumba de Eva Perón”.
“Sí, ah, sí, claro, y allí está la de los Peña. Yo no me fijo en la de la Perón sino en la de los Peña… Entonces está allá la de mi madre…”
Se detuvieron en medio del diluvio y Silvio comprobó que el sombrero, el ramito y la mano no estaban pegados entre sí por una extrañeza anatómica sino por una voluntad extrema: la señora dejó el ramillete entre las rejas del panteón de su madre.
Silvio había creído que abriría la puerta, lo invitaría a pasar y, aunque fuera en ese lugar tétrico, se sentiría unos instantes protegido, pero la señora le avisó lo previno: “Sólo voy a rezar un Padrenuestro, para que usted no espere tanto”.
Silvio se sintió obligado a animarla a que rezara un poco más, al menos un Ave María más y un Gloria, por el modo como ella había dicho “para que usted no espere tanto”.
Ya no experimentaba ese miedo inexplicable, pero estaba empapado y temblaba de frío, de desprotección, de metafísica, como él mismo me dijo.
Cuando la señora terminó de rezar ya era bastante tarde –“y ahora hay que volver”, pensaba Silvio.
Y volvieron del brazo, para que ella no se resbalara, pero no debajo del paraguas, porque de éste llovía más que de la lluvia.
Ya cerca de la salida, o de la entrada, se despidieron.
Parada frente a la puerta de la Recoleta, Silvio dice cuenta que hizo un gesto de vieja mariposa, y hasta asegura que remontó vuelo.
Envío
Fragmentos de un poema de Dylan Thomas, traducido por Félix Della Paolera, para todos mis amigos y amigas del blog:
La colina de los helechos
Cuando era libre y joven bajo las ramas del manzano
próximo a la casa cantarina y feliz porque la hierba
estaba verde,
la noche encima de la estelar cañada,
el tiempo me dejaba celebrarle y ascender
dorado en el colmo de sus ojos,
y honrado entre los carros era príncipe en los pueblos
manzaneros
y señorial tuve en un tiempo el rastro de árboles y hojas
con margaritas y cebada
hacia los ríos de la luz legada.
Y mientras era verde y sin cuidados, célebre entre los
graneros
próximos al corral dichoso y cantaba porque la granja
era mi casa,
en el sol que sólo es joven una vez,
el tiempo me dejaba jugar y ser
dorado por merced de sus arbitrios,
y siendo verde y dorado era mantero y pastor de los
becerros
respondían a mi cuerno, claro y frío ladraban los zorros
por las lomas
y el domingo replicaba lentamente
en los guijarros de los arroyos sacros.
Los saludo con la misma alegría con que comienza el poema de Dylan…
Mora Torres