Seamos princesas y principes felices
Jueves, Junio 5th, 2008Mis ojos devoran cuanto encuentran en busca de una idea para llevarles cada jueves, desde un ropero completamente blanco, un ropero que contiene papeles que pueden capturar toda mi historia, hasta estantes de libros de diversas encuadernaciones y tamaños (Función social de la Biblioteca Pública).
En los estantes de libros, de pronto se detienen en uno de donde sale una vocecilla como en los cuentos árabes sale un mago de una botella (La “Nación Árabe”).
Se trata de las obras completas de Oscar Wilde (Fidelidad y coherencia); entonces me detengo a escuchar una de las anécdotas; es en verdad no un cuento escrito sino una “anécdota” que contaba Wilde en los salones, como si hubiera sucedido:
Lloraban todas las flores, todos los árboles y piedras el día que Narciso se ahogó (Mitología griega).
Le pidieron entonces al río que les prestara agua.
El río preguntó para qué.
Le contestaron que sus lágrimas se habían secado pero querían seguir llorando por la pérdida de la hermosura increíble de Narciso, ya que por eso lo habían amado tanto.
El río contestó que él había amado mucho más que ellos a Narciso, y que gastaría su agua en sus propias lágrimas para llorarlo, pero que ignoraba que hubiera sido tan bello.
Le preguntaron –flores, árboles y piedras- si no lo había advertido cada vez que Narciso se asomaba a mirarse a su superficie.
Y el río contestó que no, que no lo había advertido, y que amaba a Narciso porque cada vez que se inclinaba sobre él para admirarse, él –el río- podía observar su propia hermosura en las pupila enormes, transparentes, límpidas de Narciso.
Mucho más que corbatas
Como asegura con encanto wildeano Jorge Luis Borges (Borges, el cuentista), Oscar Wilde no fue sólo un señor que se ocupaba de corbatas y de fiestas.
Aunque sea más conocido por lo que en su época se denominó “el gran escándalo” –que le costó la cárcel, la infamia (es decir, lo contrario de la “fama”), y finalmente la muerte a los 45 años-, Wilde poseía sentido de la estética, profundidad filosófica, gran capacidad como crítico literario, enorme talento como narrador y como poeta y un “charme” por encima de cualquier circunstancia –sus circunstancias no tuvieron tonos intermedios: fueron la felicidad o la desgracia (El retrato de Dorian Gray).
En sus últimas épocas, en sus años de tribulaciones e infortunios, se encontraba viviendo en París en un hotelito de los que todavía guarda esa ciudad –un miserable “aguantadero”- donde pasaba mucho frío y , algunas veces, hambre.
Sin embargo, dos o tres amigos solían invitarlo a sus veladas; uno de estos amigos era la gran Sara Bernhard (Historia y evolución del teatro universal) -quien lo fue hasta el final de la vida de nuestro autor.
Ella lo acercó cierta noche a una actriz cuya belleza había sido de gran fama en el mundo entero, ya bastante madura en ese momento, y Wilde dijo esta galantería como presentación: “Qué curioso… ¿puede decirme por qué tiñe su cabello de blanco?”.
Juegos de máscaras y de poesía
Parafraseando a Wilde, debo decir que creo que todos los que “peinamos canas” en este blog –según aseguran varios participantes, somos muchos-, lo hacemos porque tuvimos el capricho de teñirnos el cabello de blanco.
De otro modo no podrían explicarse nuestras pasiones juveniles, como el juego de máscaras, los juegos de artificio y el juego de “tomar el té con la poesía los jueves” que es este blog.
Hay diversas edades y ocupaciones aquí, pero en definitiva todos somos… jóvenes poetas, título resplandeciente por el que debemos considerarnos muy felices.
No soy yo en especial la musa o la más creativa o apasionada, ¡son ustedes!; basta leer los comentarios para asombrarse, ¿alguien pensó alguna vez que en Internet hubiera gente discutiendo tan acaloradamente por el bien, por el mal, por la religión, por la poesía, por “Itaca”?
Yo agradezco con… epitafios
En agradecimiento, les envío algunos pocos epitafios, atenta a la devolución que me llegará de vuelta, pero primero continúo con mi lista de poetas que hago representar a sus países (yo, caprichosamente, les confiero la representación):
Argentina
Ella es Alejandra Pizarnik:
Mendiga voz
Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado
En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
Él es Roberto Juarroz:
Segunda poesía vertical, 52
Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte,
feliz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
la primera copia.
Breve introducción para hablar de epitafios sin pecar de melancólica
No es triste hablar de epitafios; algunos son una celebración de la vida.
Los hay dramáticos, pero no siempre debemos huir de lo dramático (y que lo digan los autores de teatro, y algunos geniales autores de culebrones).
Los hay muy cómicos también, y siempre debemos correr hacia el humor y la risa, aunque ésta se produzca por contraste con la solemnidad consagrada de la muerte, que, a mi modo de ver, nada tiene de solemne sino de natural (en ese orden de ideas ¿acaso es solemne un nacimiento?).
Además, ninguno de ustedes ignora que va a morir y que, por lo tanto, es posible que donde descanse brille un bello, delirante, simple o mediocre epitafio de circunstancias.
Aunque se diga que hay dos cosas que los humanos no podemos mirar de frente, la muerte y el sol, les aseguro que si los miramos con los ojos bien abiertos no nos producen ceguera ni locura, sino calma y sensación de compañía: no estamos solos, la muerte y el sol nos acompañan y en la luz y en la muerte todos estamos juntos.
¿Por qué debería ser malo algo que está destinado a todo el mundo?
Trágicos y tristes son los dramas particulares, aquellos que asolan a individuos o grupos en particular y no a la especie (en este caso a todas las especies).
Epitafios notables
Una vez visité el viejo cementerio de Esperanza, una ciudad fundada en la provincia de Santa Fe, Argentina, por inmigrantes suizos, alemanes e italianos. Rescato, entre otras “notables”, las siguientes frases grabadas en la lápida:
“Aquí descansa J. S. (un nombre alemán), asesinado por la espalda una mañana de primavera mientras caminaba por las calles de Esperanza y el sol le bañaba la cara”.
Y frente a la tumba de un suizo-francés, E. D., esta inscripción, que quizá una esposa haya mandado colocar:
“¿Quién fue tu Amada?” (no he hallado después nada más enigmático en su brevedad que estas palabras sobre lápida).
Una jovencita conocida mía, Mercedes Tello, escribió algo que quiere que sea su epitafio –en un lejanísimo futuro- y que me parece digno y alegre:
“Hay algo que no destruirás: es la ceniza.
Trabajas
para que tu ceniza sea bella
y cuando todo se cierre se abrirá
una flor de cenizas cuyos pétalos
caerán suavemente
sobre lo que hayas sido”.
Ya transcribí alguna vez para ustedes el cruel epitafio que escribió Quevedo:
Aquí yace Estefanía/flaca y aguda mujer/que bien pudo aguja ser/pues sólo un ojo tenía… (y sigue todavía más “insolente”).
Y también el que escribió para don Quijote: “Aquí yace Don Quijote/el que en provincias diversas/los tuertos vengó, y los bizcos/a puro vivir a ciegas”.
Keats, el poeta que le cantaba al Ruiseñor, escribió su propio epitafio con estas bellas pero equivocadas palabras:
“Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua”.
Pedido:
¿Me mandan epitafios, ya sea célebres, o descubiertos en algún desolado o multitudinario cementerio, o, inclusive, el epitafio que escribirían para ustedes mismos?
Insisto en aventar toda tristeza o melancolía: la muerte nos recuerda que vivimos y, aparte, la verdad nunca es triste, “lo que no tiene es remedio”, según Serrat.
Seamos felices porque estamos vivos y porque lo estaremos después, si alguien tiene palabras que nos nombren y traigan al recuerdo.
Mora Torres