Archive for the ‘Editorial’ Category

Seamos princesas y principes felices

Jueves, Junio 5th, 2008

Mis ojos devoran cuanto encuentran en busca de una idea para llevarles cada jueves, desde un ropero completamente blanco, un ropero que contiene papeles que pueden capturar toda mi historia, hasta estantes de libros de diversas encuadernaciones y tamaños (Función social de la Biblioteca Pública).

En los estantes de libros, de pronto se detienen en uno de donde sale una vocecilla como en los cuentos árabes sale un mago de una botella (La “Nación Árabe”).

Se trata de las obras completas de Oscar Wilde (Fidelidad y coherencia); entonces me detengo a escuchar una de las anécdotas; es en verdad no un cuento escrito sino una “anécdota” que contaba Wilde en los salones, como si hubiera sucedido:

Lloraban todas las flores, todos los árboles y piedras el día que Narciso se ahogó (Mitología griega).

Le pidieron entonces al río que les prestara agua.

El río preguntó para qué.

Le contestaron que sus lágrimas se habían secado pero querían seguir llorando por la pérdida de la hermosura increíble de Narciso, ya que por eso lo habían amado tanto.

El río contestó que él había amado mucho más que ellos a Narciso, y que gastaría su agua en sus propias lágrimas para llorarlo, pero que ignoraba que hubiera sido tan bello.

Le preguntaron –flores, árboles y piedras- si no lo había advertido cada vez que Narciso se asomaba a mirarse a su superficie.

Y el río contestó que no, que no lo había advertido, y que amaba a Narciso porque cada vez que se inclinaba sobre él para admirarse, él –el río- podía observar su propia hermosura en las pupila enormes, transparentes, límpidas de Narciso.

Mucho más que corbatas

Como asegura con encanto wildeano Jorge Luis Borges (Borges, el cuentista), Oscar Wilde no fue sólo un señor que se ocupaba de corbatas y de fiestas.

Aunque sea más conocido por lo que en su época se denominó “el gran escándalo” –que le costó la cárcel, la infamia (es decir, lo contrario de la “fama”), y finalmente la muerte a los 45 años-, Wilde poseía sentido de la estética, profundidad filosófica, gran capacidad como crítico literario, enorme talento como narrador y como poeta y un “charme” por encima de cualquier circunstancia –sus circunstancias no tuvieron tonos intermedios: fueron la felicidad o la desgracia (El retrato de Dorian Gray).

En sus últimas épocas, en sus años de tribulaciones e infortunios, se encontraba viviendo en París en un hotelito de los que todavía guarda esa ciudad –un miserable “aguantadero”- donde pasaba mucho frío y , algunas veces, hambre.

Sin embargo, dos o tres amigos solían invitarlo a sus veladas; uno de estos amigos era la gran Sara Bernhard (Historia y evolución del teatro universal) -quien lo fue hasta el final de la vida de nuestro autor.

Ella lo acercó cierta noche a una actriz cuya belleza había sido de gran fama en el mundo entero, ya bastante madura en ese momento, y Wilde dijo esta galantería como presentación: “Qué curioso… ¿puede decirme por qué tiñe su cabello de blanco?”.

Juegos de máscaras y de poesía

Parafraseando a Wilde, debo decir que creo que todos los que “peinamos canas” en este blog –según aseguran varios participantes, somos muchos-, lo hacemos porque tuvimos el capricho de teñirnos el cabello de blanco.

De otro modo no podrían explicarse nuestras pasiones juveniles, como el juego de máscaras, los juegos de artificio y el juego de “tomar el té con la poesía los jueves” que es este blog.

Hay diversas edades y ocupaciones aquí, pero en definitiva todos somos…  jóvenes poetas, título resplandeciente por el que debemos considerarnos muy felices.

No soy yo en especial la musa o la más creativa o apasionada, ¡son ustedes!; basta leer los comentarios para asombrarse, ¿alguien pensó alguna vez que en Internet hubiera gente discutiendo tan acaloradamente por el bien, por el mal, por la religión, por la poesía, por “Itaca”?

Yo agradezco con… epitafios

En agradecimiento, les envío algunos pocos epitafios, atenta a la devolución que me llegará de vuelta, pero primero continúo con mi lista de poetas que hago representar a sus países (yo, caprichosamente, les confiero la representación):

Argentina

Ella es Alejandra Pizarnik:

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado

En mi mirada lo he perdido todo.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Él es Roberto Juarroz:

Segunda poesía vertical, 52

Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte,
feliz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
la primera copia.

Breve introducción para hablar de epitafios sin pecar de melancólica

No es triste hablar de epitafios; algunos son una celebración de la vida.

Los hay dramáticos, pero no siempre debemos huir de lo dramático (y que lo digan los autores de teatro, y algunos geniales autores de culebrones).

Los hay muy cómicos también, y siempre debemos correr hacia el humor y la risa, aunque ésta se produzca por contraste con la solemnidad consagrada de la muerte, que, a mi modo de ver, nada tiene de solemne sino de natural (en ese orden de ideas ¿acaso es solemne un nacimiento?).

Además, ninguno de ustedes ignora que va a morir y que, por lo tanto, es posible que donde descanse brille un bello, delirante, simple o mediocre epitafio de circunstancias.

Aunque se diga que hay dos cosas que los humanos no podemos mirar de frente, la muerte y el sol, les aseguro que si los miramos con los ojos bien abiertos no nos producen ceguera ni locura, sino calma y sensación de compañía: no estamos solos, la muerte y el sol nos acompañan y en la luz y en la muerte todos estamos juntos.

¿Por qué debería ser malo algo que está destinado a todo el mundo?

Trágicos y tristes son los dramas particulares, aquellos que asolan a individuos o grupos en particular y no a la especie (en este caso a todas las especies).

Epitafios notables

Una vez visité el viejo cementerio de Esperanza, una ciudad fundada en la provincia de Santa Fe, Argentina, por inmigrantes suizos, alemanes e italianos. Rescato, entre otras “notables”, las siguientes frases grabadas en la lápida:

“Aquí descansa J. S. (un nombre alemán), asesinado por la espalda una mañana de primavera mientras caminaba por las calles de Esperanza y el sol le bañaba la cara”.

Y frente a la tumba de un suizo-francés, E. D., esta inscripción, que quizá una esposa haya mandado colocar:

“¿Quién fue tu Amada?” (no he hallado después nada más enigmático en su brevedad que estas palabras sobre lápida).

Una jovencita conocida mía, Mercedes Tello, escribió algo que quiere que sea su epitafio –en un lejanísimo futuro- y que me parece digno y alegre:

“Hay algo que no destruirás: es la ceniza.
Trabajas
para que tu ceniza sea bella
y cuando todo se cierre se abrirá
una flor de cenizas cuyos pétalos
caerán suavemente
sobre lo que hayas sido”.

Ya transcribí alguna vez para ustedes el cruel epitafio que escribió Quevedo:

Aquí yace Estefanía/flaca y aguda mujer/que bien pudo aguja ser/pues sólo un ojo tenía… (y sigue todavía más “insolente”).

Y también el que escribió para don Quijote: “Aquí yace Don Quijote/el que en provincias diversas/los tuertos vengó, y los bizcos/a puro vivir a ciegas”.

Keats, el poeta que le cantaba al Ruiseñor, escribió su propio epitafio con estas bellas pero equivocadas palabras:

“Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua”.

Pedido:

¿Me mandan epitafios, ya sea célebres, o descubiertos en algún desolado o multitudinario cementerio, o, inclusive, el epitafio que escribirían para ustedes mismos?

Insisto en aventar toda tristeza o melancolía: la muerte nos recuerda que vivimos y, aparte, la verdad nunca es triste, “lo que no tiene es remedio”, según Serrat.

Seamos felices porque estamos vivos y porque lo estaremos después, si alguien tiene palabras que nos nombren y traigan al recuerdo.

Mora Torres

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca

Jueves, Mayo 29th, 2008

Hay un poema del griego Constantino Cavafis llamado Itaca que comienza con las palabras del título: “Si vas a emprender el viaje hacia Itaca”, y dice entre otras cosas que “Nunca a los lestrigones ni a los cíclopes/ni al fiero Poseidón encontrarás/si no los llevas dentro de tu alma…” (Alma y cuerpo. La conversión…).
Itaca es una isla que queda en el mar Jónico y es la patria de Ulises, según la Odisea (Odisea, de Homero).

Nada me vino tan de anillo (de oro) al dedo como la pregunta de María Celeste que me condujo a transcribir “Itaca” (Texto completo más abajo; ver La literatura: una vía hacia un despertar…) - aun para hablar brevísimamente de… la religión o la poesía.

No diferencio muy bien la vocación religiosa de la poética –desde el punto de vista psicológico, digo, o desde mis “cuadernos de hechizos” (Hechicería e imaginario social), donde dilucido para mi intimidad estas cuestiones (El vendedor profesional).

La religión de la poesía y la poesía de la religión

La religión es un camino parecido al de la poesía porque, en primer lugar, a ambas sendas hay que transitarlas creyendo (Filosofía y el porqué de la religión).

La religión tiene a Dios, o a dioses, y la poesía también, y es, o son, el mismo, los mismos (Teogonía).

¿Puede un poeta “no creer”?; me parece que su pluma –su lapicera o su teclado- se detendría (El poeta Juan Ojeda).

En el acto de crear, todo poeta (y poeta de otra materia que las palabras es el escultor, el pintor, el arquitecto, el músico) olvida que no cree.

Todo poeta cree, en Dios (Existencia de Dios).

Todo poeta crea a Dios, en última instancia.

Dios es el fuego, el agua, el cielo, las montañas y cualquiera de las metáforas que lo encubren.

Vuelvo a “Itaca”

Entonces, ¿qué es creer? ¿Creer es estar seguro porque uno vio, comprendió, recibió un mensaje celeste o escuchó?

A mí me parece que “creer” es el poema de Cavafis que transcribo más adelante: el viaje, no la llegada a Itaca.

Aún más: hacer los preparativos para algún día ir a Itaca ya es creer.

En el prólogo a sus traducciones de Cavafis, Lázaro Santana dice refiriéndose al poeta algo que puede extenderse más allá de otras prácticas o tradiciones que las puramente literarias: “Su propia vida, las experiencias que le proporcionan sus deseos, sus amores, el uniforme discurrir de sus etapas cotidianas- informan su poesía. Incluso en sus poemas elaborados sobre materia histórica no hace apenas más que trasvasar sus propias reflexiones e inquietudes a personajes y situaciones alejadas en el tiempo”.

¿Fantasmas?

Respecto de mis propias experiencias del más allá, ya sea del más allá de la historia o de la religión, o incluso de los “fantasmas”, que por la historia y por las religiones rondan, si tengo que presentar un currículum para aspirar a médium, creo que no sabría cómo hacerlo, y tendría pocas chances de ser seleccionada.

¿Los fantasmas existen, alguno de ustedes los vio? Y, si existen, ¿hay algo que temer?

Tan sutiles como los mismos fantasmas, pero con una sutileza que es más bien terrenal, me sucedieron dos cosas “extrañas”.

La segunda experiencia es de índole narrativa, y me la guardo para contárselas en otra ocasión, con más tiempo; es casi un cuento de hadas.

La primera no puede transmitirse; debería emplear un gran espacio para explicar por qué tiene sentido, al menos para mí; y después de haberlo explicado, detallado con mil argumentos, sentiría que no dije lo que debía decir: es “cuando todas las palabras retroceden”.

Quizá pueda compararse a ciertas películas en cuyas escenas casi no pasa nada, o no podemos ver bien lo que pasa: la cámara se extasía largamente en una mujer pensativa sentada en una silla, por ejemplo… mirando cómo un rayo de sol sobre las vetas de la madera de una mesa es milagroso inexplicablemente.

Continúo con la lista prometida de países y poetas

Chile

Él es Gonzalo Rojas:

Qué se ama cuando se ama

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Ella es Violeta Parra, y por supuesto que sus “coplas” son altos poemas:

Una copla me ha cantado

Una copla me ha cantado
la prenda que quiero yo,
con esa copla a cuchillo
me ha desangrado la voz.

Pensará que yo no entiendo
lo que en su copla cantó,
desde su primera nota
se me acostó en la razón.

Yo le pedí un vaso de agua,
no niego que me lo dio,
pero como se da al perro
el resto que le sobró.

Mil veces me ha repetido
la copla como un reloj,
cuando con una bastaba
pa silenciarme la voz.

Cuál será, dirán ustedes,
la copla que me cantó;
es igual que el estampido
que mata sin son ni ton.

A lestrigones, cíclopes o fiero Poseidón nunca temas…

La ya mencionada María Celeste, asidua concurrente a nuestro loco club -”Club de los jueves”, como apodamos jocosamente a este espacio (El estigma de la locura)- envió –creo haberlo anticipado ya- la siguiente pregunta en una de sus intervenciones:

“¿Conoces Itaca?”

Creo que se refiere al poema del griego Constantino Cavafis (1863-1933), al que copio directamente de mi libro de cabecera, aunque de todos modos tengo “siempre en mi memoria”:

Itaca

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y experiencias.
A lestrigones, cíclopes o fiero
Poseidón, nunca temas.

No hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
Nunca a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al fiero Poseidón encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo,
que numerosas sean las mañanas
de verano en que arribes a bahías
nunca vistas, con ánimo gozoso.

Detente en los emporios de Fenicia,
adquiere hermosos artículos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos
-cuanto puedas invierte en voluptuosos
y delicados perfumes.

Visita muchas ciudades egipcias y aprende,
con avidez aprende de los sabios.

A Itaca tenla siempre en la memoria.
Llegar allá es tu meta,
mas no apresures el regreso.

Mejor que se dilate largos años
y, en tu vejez, arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Un hermoso viaje te dio Itaca. Sin ella
el camino no hubieras emprendido.
Mas, ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no hubo engaño.
Rico en saber y en vida como has vuelto comprendes
qué significan las Itacas*.

Envío

Hoy salgo “con manto de estrellas y potencias en el sombrero” –copiando lo de Calderón enviado por Joise-; también, “al mundo por diversa puerta”.

Osvaldo: te mando jazmines santafesinos para que no sientas tanto frío…
Y a los más breves, y a los “nuevos”; y a aquellos que “concurrieron” con aclaraciones, correcciones y tal vez alguna oposición; a los que “estuvieron presentes” con sus poemas o los de otros poetas, y especialmente a Tex, “… de un pueblo maya, hablante de la lengua tsotsil de San Juan Chamela, Chiapas” que nos movió algo a todos con su idioma de pájaros, les mando mis abrazos ya antes de llegar al final, y les envío este regalo (parecería que estoy aprendiendo a hacer regalos…):

Ri tzijobal k’iche’

K’o ch’utina taq tzijobal
Ri kito’on utelexik wa ulew,

xane k’ut ri ch’abalil mayab-k’iche’
jun chikixol.

Es de Humberto Ak’abal, un poeta guatemalteco bilingüe (escribe en maya-k’iche’ y castellano); en castellano lo escribió así:

Lengua maya-k’iche’

Hay lenguas pequeñas
que han ayudado a sostener el mundo,

y la lengua maya-k’iche’
es una de ellas.

Y sean valientes… ¡nada de temer a lestrigones!

PD: Le agradezco en nombre de todo el Equipo de Monografias.com al Blogger Baalcebub por otorgarnos el premio “Blogger Sapiens Award, que es otorgado a aquellos blogs que tratan temas instructivos de una manera entretenida o con humor. Muchas gracias Baalcebub.

Mora Torres

Perdon por la poesia

Jueves, Mayo 22nd, 2008

Quiero pedir perdón, o dar excusas para después seguir pecando… (Sentido del mal y del pecado).

La idea de estos editoriales, con sus entradas en el Blog, no nació para hacer de la poesía una fiesta, una bacanal o un banquete (Ernest Hemingway y la generación perdida: un ensayo sobre “París era una fiesta”).

Nació para hablar de diferentes temas científicos y humanísticos, presentar a nuestros autores y recorrer sus trabajos aparecidos en Monografias.com antes de que ustedes los escogieran, o instándolos a escogerlos (Cómo escribir y publicar trabajos científicos y Anatomía de un escrito).

Pero ocurren dos cosas:

1. Estoy advirtiendo que todo, de una u otra forma, desemboca en ella, en la poesía (como los ríos de la vida en el mar de la muerte, en el verso de Jorge Manrique).

2. Ustedes me conducen a ese lugar sagrado (Giza, en Egipto; rostro humano enorme en foto aérea).

Lo segundo es todavía más comprobable que lo primero, mis lectores amigos alimentan el “vicio” por la poesía, hasta me instan a que lo continúe.

Alguien pidió que desentrañara los laberintos de El ajedrez, de Borges; otras personas, que hable de Darío.

Hubo hace un tiempo un maravillado por una transcripción de un poema de Octavio Paz; hay reiterados fervores por los poetas chinos de los cuales copié fragmentos.

Muchos mencionan a Bécquer o a Neruda, u otros me hacen hablar de la belleza -y yo, con escaso conocimiento de causa, hablo- y hablo, y hablo (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer: La ajorca de oro).

Sigamos entonces con lo mismo, cultivando nuestra huerta de versos e incorporándole de cuando en cuando conocimientos científicos, antropológicos, matemáticos, porque, como ya dije, todo, hasta el álgebra, conduce a la poesía -y me atrevería a arriesgar que aun más los números, ya que ellos nos llevan directo hacia la música, y de allí sí que volamos hacia las palabras sublimes (Origen de los números).

Los lectores que esperan algo “más serio” o “más técnico”, que no lo esperen porque no lo hallarán, pero hablaré de todo un poco hasta el fin de esta tarea que me encargaron, siempre mechándola con versos, o citas de filósofos y pensadores, o los propios envíos de los “comentaristas”, o hasta, como ya saben, anécdotas de mi cotidianidad personal, porque no creo en la “teoría del distanciamiento” -perdón, Brecht, pero nunca acá (Brecht y la Verdad…) - sino en reunirnos en nuestras historias individuales y saber así que somos de carne y hueso humanos.

Lo último -lo de “carne y hueso humanos”- lo escribí porque recibí un extraño (más extraño que cualquiera de mis bizarros escritos) comentario de un lector llamado Camilo Andrés. Transcribo una parte: “Espero no seas en realidad una computadora…. En esta época hay cosas que asustan a mi alma, y pensar que una máquina llegase a pensar de esa manera sí me asustaría”.

Mis regalos

Hoy quiero empezar a devolver ofrendas, quiero hacerles pequeños regalos “personalizados”.

Y justamente porque tantos de ustedes me inducen, alimentan, sugestionan y hechizan con las “cuestiones poéticas”, empezaré por ellas mis obsequios -pequeños trozos de poesía, no ninguna otra cosa-, dedicados a quienes los pidieron o a quienes participan “poética o filosóficamente” desde distintos países que, junto con el mío, constituyen lo que Rubén Darío llamaba “la América que aún habla en español”.

Por supuesto que la lista que sigue continuará en próximas entregas.

Una lista de nombres y de versos

Como preludio del listado de países con algunos de sus poetas -hoy comenzaré con Bolivia-, transcribo este verso, precolombino y anónimo, escrito en una de las que se llamaron Casas del Canto, donde la poesía era danzada o cantada; Miguel Ángel Asturias lo recogió en su “Antología de Poesía Precolombina”:

Todo esto pasó con nosotros

Todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos,
nosotros lo admiramos.
Con suerte lamentosa nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas
y en las paredes están salpicados los huesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas
y cuando las bebimos, fue como si hubiéramos bebido agua de salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
En los escudos fue su resguardo:
¡pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad!
Hemos comido palos de eritrina,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, ratones, tierra en polvo, gusanos.
Todo esto pasó con nosotros.

Bolivia

Para Bolivia tengo un poeta de tema singular, Nicomedes Suárez Araúz, y una poeta de alto vuelo nocturno, Blanca Wiethüchter, que me recomendó un amigo llamado Diego Rojas, periodista de la “Revista Veintitrés”, de Argentina, a quien agradezco su envío.

De Nicomedes Suárez Araúz

Salsa de ají

Se añaden sal y pimienta
a una cucharada de ají amarillo molido
con una cucharada rasa de pesares.

Se pone sobre el sueño
como se pone mantequilla al pan.

Después se saca del sartén
a las fragatas invasoras
se pone caldo o agua.

Se hace dar un hervor
y se vacía como un grito
entre los vivos y los muertos.

De Blanca Wiethüchter

La Lagarta (fragmentos)

Yo que soy profunda
lóbrega
como la tierra
húmeda y caliente.

Yo que soy nocturna mirada como ella
aunque ciega de los pies
voy girando en otro tiempo
tenazmente hacia la muerte.

Yo que soy como ella
la amo
planetariamente
como si fuera mi sombra.

Este es mi cuerpo
nido de ojos furtivos
acostumbrados al miedo
-esa manera de pensar el mundo
en la penumbra
(umbral que ella crea
para engendrar la piedra.
Oscuridad que nos queda
después del inaudible grito).

Este mi cuerpo subterráneo
envuelto en sedas de innumerables fuegos
es mi cuerpo profundo que se está yendo
y sin embargo pregunto
¿quién es, quién es la que se queda y mira
cómo se va, cómo se está yendo
este mi cuerpo llorado por otro cuerpo
de la tierra amado y sombra?

Ilustraciones con anécdota - “Firmas paralelas”

Me llegaron (del kiosco) las obras completas de Bécquer y Darío.

Ambos son libros de tapas rojas y de mil o más páginas.

En esa tapa roja del libro está grabada la firma del poeta en “oro” (en dorado).

Hice la acotación anterior porque -extrañamente- la de Bécquer se parece muchísimo a la firma de Borges, al menos a la que tengo yo en un ejemplar rubricado por él: los detalles del dibujo de las letras, los trazos…

(¡Qué agradable es mirar libros por afuera también, no sólo leerlos!)

Envío

A quienes esperan trate temas específicos, sugeridos en sus comentarios: esperénme, necesito documentarme un poco para encararlos.

A Camilo Andrés, que sospecha que soy una computadora: me pegué el susto de mi vida, me pusiste los pelos de punta, no sé bien por qué. Tan luego yo, tan negada para estos menesteres tecnológicos, ¡parecerme a una computadora! De cualquier modo, gracias porque me hiciste sonreír.

A Joise: te tengo como a mi caballero andante, defendiéndome a capa y espada, pero siempre muy culto y elegante, por los caminos internáuticos.

A Osvaldo: ¿qué más puedo decirte que Gracias, y qué menos? Aparte, abriste un tema tan importante como el de la cuestión de géneros en el siglo veintiuno (y etcéteras los demás temas que abriste…).

A Diana: eres muy sabia, y sí, tienes razón, estoy quizá especulando con mi enfermedad de puro aburrida de estar en cama, y buscando el consuelo de todos… bastante triste, no lo dudo, más aún cuando mi mal no es muy grave sino sólo que lleva mucho reposo, pero, como dije en el post de Nostradamus, ahora me siento libre… hasta de llorar y quedar tan patética.

A Rosaelen: toma unas hojas -ya sea de papel o de pantalla- y escribe sin parar todo lo que te surja; luego revisa, corrige, vuelve a revisar, busca referencias en diccionarios o enciclopedias virtuales o no, vuelve a corregir, trata de mirar tu escrito como si no fueras la autora, con sentido crítico. También puedes leer lo que escribiste y, si no te gusta, seguir leyendo hasta encontrar en una de tus frases o párrafos aquello que merece ser el comienzo de tu libro, aunque dejes mucho en el recipiente de residuos.

A todos: el “consejo” anterior está dirigido a Rosaelen exclusivamente, porque me lo pidió en su comentario, respecto a la redacción de un futuro libro; no vayan a tomarlo como norma, dioses de la expresividad escrita, que todo me lo transmiten por medio de ella…, y si alguna errata se les escapa, la correctora de Monografias.com hace su tarea, sin cambiar nada, por supuesto.

Abrazos de escolopendra…

Mora Torres

Una profecia (o Nostradamus sin profecias)

Jueves, Mayo 15th, 2008

Profetizo, porque lo deseo mucho y los deseos intensos suelen cumplirse, que algunas personas serán recordadas por sus auténticos y más humanos méritos -como Miguel de Nostradamus, que antes que nada alivió a la humanidad de la enfermedad y el dolor en la medida de sus conocimientos.

Yo sigo en cama, “profetizando” y “delirando”…

Pero ya estoy mejor; no me atrevo a afirmar que ha llegado el “anochecer”, pero sí que los días dejan sentir su peso.

Este tiempo de reposo me sirvió para revisar el pasado, lo que siempre es de provecho; además, es abrir una caja con joyas que nunca dejan de estar allí; los ladrones no pueden tocarlas y tampoco les servirían de mucho, pero mis joyas no sólo son útiles sino resplandecientes, para siempre, para mí.

Además, tantas semanas de cama hicieron una obra perfecta en mi dormitorio: me empezó a disgustar el televisor y pedí que lo sacaran; y cambié los adornos que había sobre los muebles: los guardé a todos y ¡me hice comprar un cactus y lo puse allí! (le da el sol, que nadie se aflija).

Son tan exigentes los aportes que ustedes hacen, que me siento impulsada a buscar conocimientos por todos lados para entregárselos, aunque sé que nunca podré honrar del todo la confianza que tienen depositada en mí (Mujeres guerreras).

Digo “exigentes” porque -además de entregar sabiduría en deliciosas tajadas-, sin duda ciertas alabanzas están dirigidas a lo que escribiré en el futuro, a lo que ustedes creen que mi escritura “promete” -y mi futuro, según las estadísticas, no es un tiempo muy largo, digamos que atendiendo a las más bondadosas expectativas tengo veinte o veinticinco años de escritura (y un enorme optimismo), si antes no perdiera las ganas.

Y admitamos que las ganas pueden perderse, como cualquier objeto en el camino.

Pero mi futuro personal no importa mucho; en lo personal, y aunque sé que será motivo de polémica, insisto en las delicias del pasado.

Estoy absolutamente de acuerdo con Huyssman, que dice que los seres del pasado somos nosotros, no los de las Escrituras, no Buda, no los vedas ni quienes nos legaron los misterios eleusianos (La Biblia; Budismo. Un estilo de vida; Análisis comparativo de la visión de las religiones Católica, Musulmana e Hindú; Las Corrientes de Misterios).

Somos nosotros porque cargamos sobre nuestros hombros un gran peso de años y aconteceres, y ellos eran nuevitos, frescos, estaban listos para inventar el mundo.

No es que considere que “todo tiempo pasado fue mejor”, lo que me hace aprovechar para la cita del bellísimo poema de Jorge Manrique, las “Coplas a la muerte de mi (su) padre” (Literatura. Jorge Manrique):

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.

Pero el pasado es un lugar tan luminoso que, a riesgo de cometer otra de mis “perogrulladas” (De la fluencia vital argentina y del profundo argentinismo cultural), me atrevo a afirmar que si no existiera caminaríamos a ciegas por el presente.

El pasado es un lugar tan hermoso que allí están vivos Homero (Las primeras culturas de Grecia), Dante y Virgilio (El astrólogo, un chamán de los tiempos actuales), Cervantes y hasta Sancho y Don Quijote (Verdad, verosimilitud y realidad en el Cervantes de Don Quijote), Shakespeare, John Donne, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Sor Juana.

Hacer un listado sería lo mismo que pretender escribir todos los números…

En un artículo anterior me acordé de alguna gente del siglo veinte.

Y paso ahora, directamente, sin más preámbulo, al siglo XVI: hablemos -muy brevemente, pero ustedes, si pueden, hagan otros aportes- de Miguel de Nostradamus (Fenómenos psíquicos).

Nostradamus

Todos, en general, tenemos la idea de un caballero algo tenebroso y muy místico; de hechizos y entuertos, huevos filosofales y probetas rodeándolo (La Alquimia: El Arte Perdido).

Cada vez que un suceso mundial sacude intensamente nuestro aburrido concepto de la historia, salen a relucir “las profecías de Nostradamus”.

Ocurrió con antiguas y con nuevas muertes de papas, eclipses, meteoritos, guerras mundiales.

Se exacerbó el hecho en setiembre del 2001, cuando cayeron las Torres Gemélas de la isla de Manhattan de Nueva York.

A cada uno de estos acontecimientos -incluido, bastante antes, el asesinato de John Kennedy- Nostradamus, al parecer, lo había entrevisto.

Lo que creo que no se sabe mucho es que él fue un talentoso médico, valiente y solidario, que se aproximó muchas veces a la ciencia moderna en sus descubrimientos.

Curó a miles de enfermos en época de peste con bien estudiadas proporciones de hierbas y embelleció a las mujeres con diversos cosméticos de su invención, y mereció de un escritor como el italiano Alberto Savinio muchos párrafos inolvidables, pero copio apenas dos, muy extractados:

“Dos hombres convivían en Nostradamus: el diurno y el nocturno. Sobre el nocturno pesaban graves sospechas de brujería y de comercio con espíritus; el diurno era un probo ciudadano que cuando no estaba (…) de pie junto a la cabecera de los enfermos, estaba inclinado sobre las frutas que los campesinos le llevaban del campo, las escrutaba con ojo sabio, las palpaba con las manos acostumbradas a estrujar tumores y a tamborilear barrigas, las olía, se las pegaba al oído para escuchar su volumen acuoso (…). La piel de la mujer, ese sérico revestimiento del cuerpo femenino jubiloso a la vista y dulce al tacto, es la constante preocupación del Nostradamus diurno. Nacen de él esos ‘productos de belleza’ que tan glorioso desarrollo y tan elevado destino alcanzarán más tarde. La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos, como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, sin las enseñanzas de Nostradamus?”

“La peste es fanática y caprichosa. A algunas ciudades les aprieta la garganta, a otras las vacía, las extingue y enmudece, o las remueve como si fueran una ensalada, las hace chillar como a cerdos en el matadero (…). Como buzos que mueven en los horrores submarinos, los buzos de la salud se movían en los hospitales, entre las camas que se hundían bajo el peso de los enfermos. En cada cama hecha para una persona había seis atravesadas de lado (…). Nostradamus era el único que se desplazaba sin escafandra, sin ajo en la boca ni esponjas en la nariz ni lentes en los ojos. ¿De qué medios ocultos disponía este hombre para afrontar impunemente el flagelo? ¿De qué remedios era autor para repartir por donde pasaba el milagro de la salud?”

Además, no escribió profecías sino poemas, versículos, con la misma estrategia con que los escribe un poeta cualquiera: las musas, mal o bien, le dictaban.

Algunos encontraron que sus versos se convertían en reales, ¡vaya descubrimiento!

Quien haya leído a Blake, a Whitman, inclusive al criollo Almafuerte, sabe que los poetas “ven”, y además que cualquier verso o escrito puede aplicarse a cualquier caso con una hábil maniobra de la imaginación.

¿Qué se profetizará en este escrito, hoy?

Con toda seguridad, vendrá algún suceso al que se aplique, hay tiempo para que todo lo “profetizado” ocurra; le restan muchos años de vida a este planeta, si cuidamos el bosque y sus encantos, las fuentes y su júbilo.

La noche trae consejo…

Una de las ventajas que tiene cruzar la línea de los 40 o los 50 años es que comienza a abrírsenos el mundo de aquello a lo que no nos atrevíamos.

Parece contradictorio, porque a la juventud se le atribuye entre otras cosas intrepidez y valentía.

Es posible que la intrepidez y la valentía físicas sí sean atributos exclusivos de los jóvenes, ya que estas virtudes dependen del estado de fuerza y de salud del organismo.

Pero los más adultos nos atrevemos singularmente en un aspecto que revela horizontes en perspectiva, aun cuando nuestros horizontes personales estén ya un poco demasiado cerca: nos preocupa cada vez menos que nos juzguen, cuando la conciencia está tranquila, es claro.

Yo, por ejemplo, soy ahora tan osada que sin ser versada en nada en particular y sin ningún estudio, arranco temas y cuestiones cuando las considero interesantes para que los analicemos entre todos, y así aprendamos juntos hasta… la mayor sabiduría, que nada tiene que ver con la “cultura”.

Mea culpa

Después de escribir esta nota, la releí y anoté al costado: “Poner todos los párrafos en orden y terminar (NO empezar) con ‘Profetizo…’“.

Y no me hice caso, la copié como la había escrito originariamente para ustedes, “profetizando” desde el principio.

Creo que para entrar en la vejez con felicidad se necesita eso, ser dulce y complaciente no sólo con los otros sino con uno mismo, aunque lo de “complaciente” produzca algún escándalo.

Después de todo esta nota se refiere -entre “miles” de cosas- a que no debe importarnos que nos juzguen, o lo que piensen los que no nos comprenden (casi, casi, estoy de regreso en mi más rebelde adolescencia…).

Sólo una cosa más, aparte de mis más cálidos abrazos, para que sea bien comprendida mi “nueva libertad”:

antes les temía a los tres puntos, a los dos puntos, a repetir palabras, a poner frases y palabras entre comillas, a excederme en los signos de interrogación, a empezar las frases con gerundios, al exceso de metáforas ya muy utilizadas (como escribir “anochecer” para decir que uno está envejeciendo), a poner signos de exclamación…

¡Qué soberanas tonterías!

Envío

Roel Escobar escribió para “Escolopendra, escolopendra…“, lo siguiente:
“Pues yo no sé tanto de poesía ni de historia pero sí sé que las palabras escritas perduran mucho y si se leen con el corazón más”.

Respecto del “acertijo” referido a “Escolopendra”, algunos fueron tan creativos -como quien atribuyó el sustantivo a Julio Cortázar- y para otros resultó un enigma tan interesante, que apenas me atrevo a darles la tonta solución: le puse así al artículo porque es el título de un libro del poeta Aimé Cesaire, que acaba de morir, centenario (le puse así, además, lo confieso, porque suena muy bien).

Mora Torres

Escolopendra, Escolopendra

Jueves, Mayo 8th, 2008

Poetas mayores y menores, regalos inolvidables y otro festín de versos

Hace algunos años había en esta ciudad -es decir, en cualquier ciudad latinoamericana (El impacto de las tecnologías de información y comunicación en las sociedades latinoamericanas)- una casa con patio grande, árboles rodeándolo, sillas y una tarima iluminada desde donde se leían poemas por la noche.

Siempre ocurría en verano, o en los días más cálidos de la primavera, y a veces una gran luna nos acompañaba y nos hacía pensar en Li Po: “…bebo e invito a beber a la luna, con ella y con mi sombra seremos tres” (Cultura China).

Allí se bebía poesía buena, mala, antigua, romántica, surrealista, moderna o posmoderna; no importaba mucho la etiqueta, ni siquiera la calidad (Las Islas de Chiloé en el Mundo Global).

Era la voz de alguien que bajo luces fantasmales y entre el perfume de rosas y hortensias (Ikebana: El camino de las flores) leía sus escritos de papel, nos hipnotizaba con palabras que sonaban a música (Impacto de la Música sobre los adolescentes).

También se bebía un poco de vino: algunos tenían en la mano un vasito de plástico blanco (desde acá y ahora mismo brindo con Carlos Esquivel Zapata, quien escribió en el post anterior: “…sabrá usted que yo soy un chacarero del vino que por esas cosas de los nietos, me introdujeron en esta caja, donde como usted bien dice echo a volar los pájaros y además leo y admiro las cosas contadas por otros (…) me producen una incontable cantidad de sensaciones que me acompañan en las madrugadas o en las oraciones de la tarde entre mis parrales…”).

El vino (Los vinos) no era precisamente el mejor, pero estaba mezclado con amigos, lecturas y miradas en éxtasis (Los efectos extraños de las endorfinas).

Y esa era toda la fiesta que tiene guardada mi memoria; escuché leer bajo la luna y entre los árboles a poetas grandes, medianos y mínimos, y entendí que lo “mínimo” también hace magia, y que por algo “J. L. B.” tiene un poema llamado “A un poeta menor de la antología” y otro titulado sencillamente “Un poeta menor”.

Yéndonos de los versos -pero relacionado con ellos, ya van a ver por qué- contaré una de mis historias.

Anécdota muy ilustrativa

Un día me sucedió regalar un libro al que, de fábrica, le faltaban palabras.

No era un defecto demasiado importante; el nombre de un poema estaba en blanco por esos accidentes inevitables, en ocasiones, de la tinta y la imprenta.

Intenté reparar el error, aunque sabía que mi amigo Enrique se daría cuenta de inmediato, pero yo no quería ocultarle el parche.

Dibujé con tinta china, con mi mejor caligrafía, las palabras “Milibares de la tormenta”, que tal era el título faltante del escrito de Aimé Cesaire que figuraba en esa página y que copio para ilustrar la maravilla de este genio de la Martinica llamado “el poeta de la negritud”, surrealista por vocación y longevo por gracia de Dios (nació en 1912 y acabo de enterarme que murió hace unas pocas semanas; les prometo averiguar un poco más, ustedes también pueden hacerlo en Internet):

“No apacigüemos al día y salgamos a cara descubierta
cara a los países desconocidos que interrumpen el canto de los pájaros
la asechanza se instala a lo largo de un ruido de confines de planetas
no prestes atención a las orugas que tejen
una carne sutil con hombros y senos posibles
sino sólo a los milibares que se plantan en el ojo de una tormenta
para liberar el espacio donde se yerguen el corazón de las cosas y la llegada del hombre
Sueño no apacigüemos
entre los clavos enloquecidos
un rumor de lágrimas que se dirige a tientas hacia el ala inmensa de los párpados”.

(Busquen por mí en el diccionario la palabra “Milibar”, cuyo significado desconozco pero imagino en parte).

El arreglo que hice quedó bastante bien: se notaba que había intentado reparar un “error de fábrica”; el libro acababa de ser adquirido por mí, y, además, era hermoso (”física” y “espiritualmente”).

Pasó un año y medio y en un cumpleaños alguien me lo regaló, supe que era el mismo ejemplar precisamente por el arreglo que yo le había hecho al escribir en tinta china.

El obsequiante no era Enrique sino otra amiga, llamada Milita, de quien ni siquiera yo hubiera sospechado que conocía a Enrique, por lo que entré en averiguaciones, y era verdad, ¡no se conocían!

¡El libro había pasado por muchas manos antes de regresar a mí!

Estaba intacto, con un nuevo papel de celofán y un moño rojo con ribetes verdes.

Lo agradecí, y ahora lo tengo entre mis preferidos, a mi lado para siempre, imprestable por decisión mía.

Es la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, publicada por Editorial Argonauta, en cuya tapa hay una boca de espléndidos labios sobre fondo rojo, de Man Ray, el gran fotógrafo.

Me declaro incompetente

No sé hacer regalos, nunca lo supe.

Generalmente intento “gastar un poco más” para agradar a mi regalado agasajado.

Pero es precisamente ese “poco más” de dinero lo que convierte a mi ofrenda en fría, convencional y rápidamente olvidable.

Se mezcla con los perfumes que las damas ya tienen y da por resultado sólo olor a cálculo.

Se mezcla con los chalecos y suéteres de caballeros que, quizá, no comparten mi afición a los colores pastel, o si la comparten tienen ya suficientes y mis regalos pasan inadvertidos.

Se mezcla con mi gusto particular por cierta especie de literatura, y da por resultado un libro -Bella Durmiente- que reposará cien años en un estante o que, con mejor suerte, será obsequiado nuevamente.

Por eso, tengo el mayor respeto por aquellos cuya sabiduría se expresa -generalmente acompañada de otros talentos, por ejemplo el de hacer buena poesía en la persona que voy a retratar- al elegir lo que nos gustará.

María Magdalena, obsequiadora de lo inolvidable

Una María Magdalena que conozco es maestra en esas artes de escoger regalos, es decir, es de esos artistas de lo “para siempre” que tanta dicha y amor producen (otra María Magdalena, más antigua, obsequiaba perfumes a Jesús) .

Estoy rodeada de los objetos más preciosos imaginables que puedan conseguirse a la medida de mis deseos, y ella los consiguió para mí.

Haré una lista rápida e incompleta de sus mágicos aportes a mi bienestar y alegría:

Un libro con dibujos -no con pinturas, que son muy comunes- de Chagall.

Las Mil y Una Noches con letras doradas y tapas enteladas adquirida en una librería de viejo.

Un bastidor de pintor donde pongo todos los días una lámina diferente.

Un gato de madera sentado sobre la tabla de la biblioteca que sostiene una caña de pescar con un hilo en cuya punta hay un pescadito (minúsculo).

Un almohadón - edredón que parece un caramelo y que me es imprescindible para apoyar el hueco de la cabeza (ese que está entre el cuello y la nuca).

Un libro que da noticias y transcribe obras de poetas chinos, que cuenta, por ejemplo, con breves poemas de Tsa Chen Chi, quien expresa en una sola línea que su casa “está cerca del mar, la tuya en la otra orilla. Las lágrimas que te envío llegarán a ti con la marea”.
Y con esta increíble “travesura” llena de picardía de Wu Kieng llamada “Tormenta”:

“Maldije a la lluvia que, azotando mi techo, no me dejaba dormir.
Maldije al viento que robaba las flores de mis jardines.
Pero tú llegaste y alabé a la lluvia. La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tú llegaste y alabé al viento, lo alabé porque apagó la lámpara”.

Y:

Un ajedrez cuyo tablero es de cuadros azules y dorados lo mismo que sus piezas, que están labradas con el arte y la inocencia de los artistas - artesanos de la feria de Plaza Francia, en Buenos Aires.

Envío:

Ya que mencioné un ajedrez, quiero decirle a quien me pidió que hablara del poema de Borges así titulado, que pronto intentaré hacerlo.

A quien solicitó algo relacionado con la vejez, que ya hablé en parte de ella en una entrada de hace algún tiempo llamada “El fuego del atardecer“, y que volveré a tocar el tema, tal vez con más cuidado.

A todos: asegurarles que los recuerdo uno por uno, que es un verdadero placer conocerlos y leer sus historias y argumentos… ¿Con qué me “obsequiarán” esta vez? ¿Anécdotas, reflexiones, o un hacerse presentes que siento cada vez más cercano?.

Además, les preparé una “adivinanza”:

En lugar de aclararlo al final, ustedes, que serán leídos por otros “ustedes” aparte de por mí, intenten entre adivinar y descubrir por qué llamé a este artículo “Escolopendra, escolopendra”, teniendo en cuenta todas las cuestiones que al pasar rocé: la poesía china, Aimé Cesaire, María Magdalena (la amiga de Jesús, no mi hija), los artesanos de las plazas…

Y abrazos, y gracias por escribir conmigo - estamos llenando este blog ya no a cuatro sino a cientos de manos.

Mora Torres

Nostalgico repaso de obras inacabadas

Viernes, Mayo 2nd, 2008

De la mano con el recuerdo de mi tía

Ya que a lectores y participantes del blog les gusta tanto como a mí el café, propongo que nos tomemos uno y, mientras adoramos su perfume (El perfume), pongamos a funcionar nuestra “máquina de hacer pájaros” - ese artefacto es, para mí, abrir la caja de los recuerdos; para otros, la de la imaginación; para otros, la de las fantasías más ocultas- (El rock nacional durante la dictadura [Argentina])

Yo era una niñita y mi tía solía sacarme a pasear…

Era una de esas tías que “hacen época” para siempre en la vida de los privilegiados que pudimos disfrutarlas: un personaje que no se borra nunca de los días, aun de los que siguen a su vejez y a su muerte después de muchos años (Ciclo vital humano: ancianidad).

Linda, morochísima, con un humor muy dulce, había sido maestra (Imágenes en torno a la mujer).

Tenía un cuaderno en el que iba anotando a medida que su memoria se lo permitía graciosos relatos, y retratos, de los que habían sido sus alumnos (El abandono escolar desde la perspectiva de los propios alumnos)

Hablaba con tanto amor sobre las cosas y las personas que yo intuía desde mi breve edad que ella quería de veras a la humanidad entera con sus plantas, animales y piedras, lo que no es decir poco, ni es algo que se pueda asegurar de muchos (Naturaleza).

A veces tomaba una vieja guitarra y cantaba con toda la alegría que hay en el mundo (El cuatro en Venezuela)

Mi tía me llevó cuando yo era muy pequeña al teatro (El fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti), a conciertos, a espectáculos de todo tipo y hasta a conferencias cuyo contenido intentaba explicarme después.

También a misa, porque era muy católica, pero de esas católicas que exclaman, con una poeta que ella me enseñó a amar, Santa Teresa (Poesía de Santa Teresa. Del logocentrismo a la otra lógica):

“No me mueve mi Dios para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte”.

O con San Francisco de Asís:

“Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz”.

Y fue precisamente con esa tía adorable - mis hermanos y yo la llamábamos “Tata”- que fui al cine, una tarde, a ver una película sobre la vida de Schubert, el músico.

Vimos La Sinfonía Inconclusa.

Cuando salimos yo tenía un poco de angustia, un gusto dulce por la música y una sensación triste porque Schubert no hubiera podido terminar una obra tan bella (Música).

Mi tía me llevó a “tomar algo”, como decíamos de chicos con tanta ilusión por lo que íbamos a beber y comer de chocolate y otras golosinas, a una confitería donde un pianista alegraba la tarde, y me calmé.

Otras “sinfonías inconclusas”

Hay demasiadas obras de arte que no fueron terminadas porque sus autores se fueron antes del último acorde o acto o pincelada, o de la palabra “fin”.

Demasiadas… Quizás ustedes, mis lectores, puedan contribuir refrescándonos algunas de esas historias conmovedoras.

Un caso contemporáneo es el del gran escritor latinoamericano (argentino) Juan José Saer, que murió en Francia antes de terminar La grande, que, según Wikipedia, es una “Summa literaria que cierra con increíble sentido anticipatorio la gran aventura de todas sus novelas, a pesar de ser un texto inconcluso”.

Todavía no leí La grande; está publicada así, “sin terminar”, porque su valor va más allá de cualquier anécdota de cierre.

Pero, “perfecta” y todo, es una obra de arte inacabada.

Otra historia, ya no contemporánea pero sí muy curiosa, remite a la novela El misterio de Edwin Drood, de Charles Dickens.

Dickens jamás había pensado en morirse, más bien se ocupaba de la muerte y la vida de sus personajes, y no hubiera gastado su tiempo en poner cláusulas previsoras de su posible deceso jamás, ya que hasta último momento se consideró muy sano, e incluso ¡aseguraba que era joven!

Sin embargo, cuando empezó a escribir en folletines para un diario inglés El misterio de Edwin Drood, exigió firmar un contrato con el editor que decía:

Si Charles Dickens fallece durante la composición de El misterio de Edwin Drood, o queda incapacitado para terminar dicha obra para su publicación en los doce números mensuales acordados, se llevará el caso ante el señor John Forster, uno de los comisarios de Su Majestad (…)

Y en efecto, Dickens murió legándonos el misterio final de su Edwin Drood.

Tal vez ese misterio –el de la obra de arte inacabada- las haga a éstas más interesantes.

Me fascina ponerme a imaginar cómo hubiera terminado la última novela de Charles Dickens y otras muchas obras que nunca se resolvieron por ausencia de sus autores.

¿Y a ustedes?

¿Conocen otros casos, ya sea en el arte, la ciencia, la literatura?

¿O van a enviarme sus recuerdos convocados por una taza de mágico café?

Mora Torres

Una mas de poetas

Jueves, Abril 24th, 2008

Estoy enferma, en cama, malhumorada, dolorida (Dolor).

A punto de pedir a mis amigos una “cadena de oración” o algo parecido para ayudar a reponerme, busco otros refugios (Lo religioso según Freud).

Encuentro uno bastante confortable en rememorar lo más antiguo (Oriente y Occidente en la Antigüedad: bases para la civilización actual).

En el altillo de mi memoria tengo guardados enormes tesoros (Ciudades y tesoros perdidos) y álbumes de fotografías que brotan con la fiebre (no más de 38 grados centígrados, pero para mi fragilidad es demasiado).

También guardo juguetes del país de la infancia:

un caballito de madera;

una muñeca llamada Marilú;

una pelota que al ser apretada saca la lengua y, con mis dos o tres años de edad, muero de risa.

La pelota y el tiempo

La pelota me saca la lengua desde tierras remotas en el tiempo (La estructura del tiempo y los viajes temporales).

Al fin, consigo acordarme del gracioso o festivo nombre con que la había bautizado: “Toribio”.

La pelota está como girando o pasando de arco en arco del tiempo; desde mi infancia a ahora, desde ahora a mi infancia.

De pronto encuentro lo que buscaba, pero no tan lejos. Algo para compartir con ustedes que moviliza todas mis imágenes (Imágenes en torno a la mujer).

Hoy pronuncio el nombre de Olga Orozco

Un día me enamoré de los poemas de Olga Orozco (Literatura argentina: entrevistas); le escribí una carta enigmática (Principio de incertidumbre), y ella me contestó.

Le escribí otra, doblemente enigmática (sólo con la intención de llamar la atención procedí de esa forma) y ella volvió a contestarme.

Extraigo algunos párrafos de esa esquela:

“Querida Morita (con este sobrenombre me llamó siempre, luego): Realmente no te entiendo, ¿de qué te estás disfrazando? Dímelo, porque a veces me encanta ponerme una cabeza de oso o salir con unas botas con las que me llamo Paquita, por no hablar de la enmascarada circense haciendo equilibrio sobre un melón azul (Circo contemporáneo). Dame las claves, por favor. No sé de qué ambigüedades me hablas. (…)

Claro que me gustaría conocerte, pero me asusta un poco que me lo propongas como una amenaza, como diciéndome “a ver si eres capaz”, como si fuéramos a encontrarnos en un pasillo oscuro con un cuchillo en cada mano, o a correr por el bosque en una noche de lobos. Me asusta, además, tanta exaltación. Soy una antigua dama o una dama antigua, con anteojos para mirar de lejos y de cerca, con muchas arrugas en el alma y la esperanza sin planchar, un delicioso marido que pasa actualmente por una horrible depresión a pesar de que yo haga la malvaloca todo el día, una olla a presión que me silba a cada rato desde la cocina y un ropero lleno de cartas. ¿Qué hacer?

De modo que si tu papel (con niña que despide a caballero andante en solo sitio y niña que junto a rueca y flores apaga una bujía) era alusivo -¡ah, tu edad juvenil, es lo único claro- comprenderás cuán alusivo es este que mirado entre líneas dibuja el final de una alameda.

Bueno, a todo esto, ¿cuándo vienes a Buenos Aires? ¿Cuándo leo otros poemas tuyos, nuevos? (…) Si vienes, si los traes, si los veo (…), te diré cuáles, aunque no me escuches ni te importe.

Te mando piedrecitas de todos colores, una para cada hora del día, y una transparente para los sábados. Un abrazo con plumas doradas y una canción que haga retroceder las sombras y los males.

Olga”

No es ficción, fui a verla y me quedé

Por ese entonces yo vivía donde había nacido, en la ciudad de Santa Fe, en la República Argentina, y ella en Buenos Aires, la hermosa capital.

Aunque parezca una fantasía, al recibir la respuesta que transcribo, tomé mis valijas… y hoy Buenos Aires es el lugar adonde vivo desde hace veinte años.

La llamé por teléfono desde la estación

Apenas me bajé del micro, fui a visitarla.

Parecía muy alta y no lo era, y muy bajo su marido, que era más alto que ella y que estaba a su lado, en la puerta de ese departamento del último piso, cuando me recibieron.

Bajé del ascensor y allí estaban los dos en el palier individual.

Yo tenía calculado pensar durante el viaje en ascensor -el encargado me había preguntado amablemente a qué piso iba, y al contestarle que a lo de Olga Orozco me dejó pasar sin mucha ceremonia, se veía que me estaban esperando-; yo quería pensar durante el viaje en ascensor y durante el tiempo que durara la espera en la puerta del departamento cómo comportarme, pero no pude.

Aunque era un décimo piso, el ascensor tenía velocidad de rayo, y la espera no existió. Así que me vi obligada a disimular mi falta de recursos sociales. ¿Darle un beso de visitante, y no la mano, acaso no era lo más adecuado? Y al marido también, eso se usaba.

Tenía taquicardia, síntoma que les confesé a Olga y a su marido, Valerio, pero pronto, por un detalle, me calmé, y la improvisación me salió bastante bien.

Olga, Valerio y yo nos sentamos en los sillones del living, unos de cuero verde, otros con tapizados con rosas sobrias, y pude observar al natural la cara de Olga. Bueno, no al natural, porque era evidente que se había arreglado para su admiradora epistolar y una porción de sombra celeste cubría todo el espacio de sus párpados, pero el brillar de sus ojos verdes, que fueron leyenda entre los artistas de los años cuarenta, estaba allí.

Olga era una señora mayor muy empolvada, muy fascinante y poderosa en clima de poesía, y una persona que contaba historias fantásticas más allá de todo límite.

Y yo era joven y estaba insegura, pero ella dijo, refiriéndose al suéter entre azul, violeta y uva que me había puesto para la ocasión:

-Te viniste vestida de tormenta…

-lo que me dio seguridad, más allá del manojo de poemas que llevaba arrugado entre mis manos.

Breve noticia sobre Olga

Para quienes no conocen a “mi” poeta, copio parte de una noticia aparecida en marzo de 1999 (a propósito, recuerdo que Olga murió en agosto de ese mismo año) en la revista de poesía La Guacha que les dará alguna precisión:

“Un hecho desencadena un alboroto: En diciembre Orozco se fue a buscar el Premio Rulfo a México. Se lo entregó Juan Gelman, que allá parece sentirse en tierra firme. El premio vino con (…) el reconocimiento que la llevó a ser considerada la escritora argentina más firme para el Premio Cervantes y para el Premio Nobel”.

(Puse en cursivas el nombre de Juan Gelman, porque precisamente ayer recibió el Premio Cervantes de manos de los reyes de España.)

De cualquier manera, lo único que puede hablar ahora de Olga son sus propios poemas; lo que debo hacer es, sin saber muy bien cómo seleccionarlo, pasarles uno:

El poema elegido

Lamentándolo no saben cuánto, debo fragmentar el poema de Orozco que elegí para ustedes, y mucho:

No han cambiado y son otros

Mi abuela fue una hechicera blanca que heredó en cada piedra el altar de los druidas donde oficiaba a medias con la luna sus ceremonias blancas.

Encendía las lámparas de un soplo, bordaba las historias más hermosas con las hebras más largas del invierno

y evaporaba brujas tan solo con mondar sin miedo una naranja (…)

Se fue por un jardín con su dócil cortejo de pájaros, de locos y de duendes (…)

Cuando llueve me deja una tisana hirviente y un ramito de espliego.

Mi madre fue una reina que trocó sus dominios en la tierra por un lote en el cielo (…)

Era tan majestuosa como una catedral y más heroica que cualquier muralla,

pero cambiaba de estatura de acuerdo con la ocasión, tierna o solemne, igual que los arcángeles.

Mi padre fue un incrédulo rey mago que llegó a nuestro sur siguiendo la otra cara de su estrella.

Vino de mar en mar (…)

y era capaz de convertir de pronto un recinto enlutado en un salón de fiesta,

una roja manzana en el más codiciado trofeo del estío (…)

Ellos vuelven y ocupan sus lugares junto a estas ventanas, esta mesa, este lecho,

vuelven con grandes trozos de paredes y muebles y paisajes disueltos…

Envío

Hay sitios en Internet donde se puede leer a Olga Orozco y hasta escuchar su voz cuando ella lee.

Sus poemas siempre fueron extensos, cada una de sus líneas tiende al infinito…

Mora Torres

El olor del cafe

Viernes, Abril 18th, 2008

Nuestros cinco sentidos físicos son una caja de herramientas delicada y preciosa para mirar el mundo (5 Sentidos).

También, para vivir sin tedio ni aburrimiento, si somos precavidos en su uso (Remedio contra el tedio y ahorro de recursos humanos).

Una de esas herramientas, la más sutil y quizá la que menos apreciamos, es el olfato (Los sentidos del gusto y del olfato).

La mayoría de las veces trae a su amigo, el sentido del gusto.

Mas cuando está sin compañía es cuando nos conduce a la intuición que, en el plano emocional o espiritual, como quieran llamarlo, es su correspondiente hermana melliza (La intuición animal y sus aplicaciones en la adaptación humana).

Basta recordar expresiones tan simples y comunes como “¡qué olfato!”, aplicadas por ejemplo a un detective, para entender lo que quiero señalar (Sherlock Holmes).

Pero lo anterior es una digresión, o a lo mejor un preámbulo, para empezar a hablar de un tema que me agrada mucho: el olor del café (El Café).

La búsqueda y la decepción

Me encandila el olor del café.

Cuando quiero mimarme a mí misma, pongo sobre la mesa un mantel azul y la taza blanca con su azucarera y con su plato de delicias: una masa perfecta, llena de crema pastelera y una guinda barnizada de almíbar.

O, inclusive, algunos bocadillos salados y hasta platos muy bien preparados (Historia de la Gastronomía).

Luego llevo al rey a quien está destinado este homenaje; lo llevo en una pieza de porcelana y plata, heredada: ¡es el café!

Siempre ando buscando alguna cosa nueva en el café; su aroma me promete tanto.

Lo preparo pensando en que beberlo es una fiesta, lo hago con cuidado, con ritos, con infinitas obsesiones.

Pero al probarlo, cada vez, la decepción es fuerte: no es posible beberse el olor, y el olor se diluye en el líquido.

Nada me hace apetecerlo más que sentir su perfume, cuando abro un paquete de una marca nueva y tal vez muy cara y me digo:

“Aquí está el café que yo andaba buscando”.

Y siempre resulta más o menos lo mismo; un líquido marrón adonde flota una vaga estela, un rastro, un recuerdo, un rasguño, de aquel increíble aroma.

Balzac y Proust, que no es poco

Pero no soy yo sola la hechizada por vahos tan placenteros.

Como ejemplo, Balzac amó el café y escribió sobre él.

Y también pudo darnos las poderosas novelas que conformaron su inigualable Comedia humana (Análisis literario de Eugenia Grandet) gracias a que pasaba sus días y sus noches encerrado en su cuarto, con una bata oriental bastante cómoda y bebiendo por día ¡cincuenta tazas de café!

El procedimiento no es muy sano ni tampoco lo recomiendo excepto, claro, que alguno de ustedes ya sepa, ya esté seguro, que es Balzac, o al menos alguien con su talento.

Otro escritor, Marcel Proust (El ensayo como búsqueda y creación) -también amante de la mágica cafeína- extrajo toda su obra (es decir, los siete tomos de su novela En busca del tiempo perdido) no ya de la infusión que adoraba sino de otra: el té de tilo.

De la memoria de un sorbo de tilo.

Mejor dicho, del perfume -en el recuerdo- de un bollo de harina llamado “magdalena” sumergido en el recuerdo de esa infusión cuando era niño.

Los acontecimientos empezaron a aparecer: dio con la llave de la caja de trucos de la memoria.

De este modo lo relata el biógrafo de Proust, George D. Painter, a ese hecho que trascendió en la literatura como una leyenda:

Mientras leía sentado junto a una lámpara (le alcanzaron) una taza de té, bebida que rara vez tomaba el escritor, dado el vicio del café. Cuando perezosamente mojó un bizcocho en el líquido y se llevó el húmedo bocado a la boca, Proust quedó dominado una vez más por la misteriosa alegría que señalaba la llegada de un oleaje de recuerdos inconscientes. Percibió un vago aroma de geranios y de flores de naranjo (…) Sin osar moverse, procurando retener el gusto en el paladar, quedó en suspenso hasta que repentinamente se abrieron las puertas de la memoria (…) Pero no pudo comprender (en ese momento) que en aquel fenómeno se encontraba la llave que le abriría las puertas de la creación de su novela.

En la cita, las cursivas que enmarcan “dado el vicio del café” son mías, por supuesto…

Pedido que podría llamarse también súplica

Sólo los convoco a seguir escribiendo en este espacio, y a que quizá, entre los para mí invaluables envíos de sus “plumas”, intercalen una buena receta de café, de cualquier tipo y país, para que yo pueda seguir escribiendo…

no como Balzac ni como Proust, pero sí con extremo entusiasmo.

Mora Torres

La belleza y la risa

Jueves, Abril 10th, 2008

El club de los jueves

Este encuentro de los jueves no fue creado por mí (Individualismo).

Ustedes -a quienes pretenciosamente llamo “mis lectores”- lo inventaron (La fórmula periodística del mañana: noticias para el público y por el público).

Como mis compañeros de Monografias.com saben que me gusta escribir, hace unos cuantos meses me pidieron que interviniera de vez en cuando en este Newsletter y también en el Blog.

Empecé redactando en el vacío; luego hubo dos o tres “resonancias”.

Lo que conformó el valor de la página fueron las respuestas que comenzaron a llegar.

Mi modo de escribir es simple: cuando tengo ganas de decir algo, lo estampo en letras sobre la página (casi siempre en papel, muy pocas veces tecleando directamente).

Los aportes de mis lectores crearon algo que puede llamarse “sitio” de los jueves (o hasta tal vez “el club de los jueves”).

En este lugar la comunicación fluye y la gente está interesada en la belleza, la alegría o la nostalgia, la filosofía, el amor, el cine, el bienestar de todos, el arte, la poesía, la ciencia, la música, las coincidencias, el humor; ¡qué asombro! (La Comunicación).

Unas cuantas palabras sobre diversos temas que envío sin pensar demasiado disparan en ustedes preguntas, respuestas, perplejidades, asociaciones infinitas.

El camino del infierno está lleno de buenas intenciones

Bueno, el subtítulo es una broma, pero tiene que ver, sí, con mis buenas intenciones.

Intentaré, de cuando en cuando, contestar a quienes me piden diferentes temas.

Antes, debo aclarar que mi dominio es de muy poco alcance; que es posible, también, que de ninguno; que revuelvo en mi memoria bajo el impulso de mis hábitos de escritura; que no tengo Maestros ni Academia (Maestros del Siglo XXI a la Vanguardia de la Educación).

Mi “intención” es, posiblemente, que ustedes sean quienes hagan las revelaciones, como ha ocurrido casi siempre en este espacio (La paz del mundo no sólo es posible, sino también inevitable).

Dije “revelaciones” y se me ocurre de pronto que no estuve errada en absoluto, es eso: yo trato de obtener “fotografías” y mando los negativos para que ustedes los revelen (Historia de la enseñanza de la fotografía).

Primer pedido que “contesto”

Entre otras cosas, escribió Osvaldo:

“Me he referido anteriormente a “la belleza” (…) a su inspiración como encanto místico que regocija al alma, aunque sea en algo, a pesar de las hipocresías que la cachetean y ajan. ¿Será posible pedirte que te refieras a ella como tema?” (Belleza).

El tema de “la belleza”…

Siempre me preocupó, relacionándolo con el arte y la literatura, y hasta con la ética, puesto que en mi glotón peregrinar por uno y otro lado de lo escrito, llegué a saber que Sócrates opinaba que la belleza es la que nos conduce a las demás virtudes, algo así como que se sube en grados de perfección desde el amor a la belleza material (Naturaleza, arte) hasta la Belleza última.

A menudo siento que el arte y la literatura no son sino ideas expresadas con belleza, y cuyo encantamiento de belleza -tal como dicen que afirmaba Sócrates- lleva a la fuente de todos los bienes.

Y en referencia a los teóricos del arte que quieren expulsar a la belleza, suelo pensar que no se habla en realidad de expulsarla sino de desplazarla hacia otro lado, en especial en las obras más modernas.

Tomemos la poesía, por ejemplo.

En la poesía actual no hay imágenes “bellas”, no hay musicalidades ni conceptos que conduzcan a cuestiones estéticas como las conocemos en lo clásico.

Sin embargo, sé y puedo apreciar que existen poetas verdaderos en esa última generación, que sin hacer uso de la belleza explícitamente poseen algo así –algunos- como una belleza (no hablo de perfección) gramatical.

También sé o creo saber que la verdadera poesía -la actual y la eterna- es la que desencadena, precisamente, tempestades, fervores en contra y a favor.

La “tempestad” es entonces, posiblemente, la belleza.

Y al hablar de poesía hablo de música, pintura, narrativa.

Cada materia lleva un arduo aprendizaje, hasta que nuestros ojos se acostumbran a ver bajo una nueva luz, nuestros oídos a escuchar un sonido o un silencio diferentes.

Por ahora -y hasta que ustedes, incluido Osvaldo, me contesten con algo que logre hacerme comprender del todo- para mí la mejor definición de “el hecho estético” es ésta:

La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético. (J. L. B.)

No me animo a darles el nombre sino las iniciales del autor, aunque muchos saben de quién se trata.

No me animo por haberme excedido en citas del mismo; es casi fanatismo, se dirán.

Y es cierto, lo leí mucho, pero siento que nunca es demasiado por todo lo que descubro una y otra vez en su obra.

J. L. B. son iniciales prístinas, clarísimas, pero, por si acaso alguno de ustedes se queda sin “pescarlo”, en un próximo post contaré algunas de sus anécdotas.

Tal vez lo que me hizo fanática de él fue su humor implacable.

Muchos de ustedes me hablaron del humor, de la risa…

En cuanto a la risa y el humor (La catarsis), el mismo J. L. B. recomienda leer a un genial francés del siglo diecinueve, muerto al comenzar el veinte: Marcel Schwob.

No es muy conocido pero sí extraordinario, y creo que de todos modos es posible conseguir algunos de sus libros traducidos al español.

Schwob dice -con suprema ironía- de la risa:

La risa está probablemente destinada a desaparecer. No se comprende bien por qué, entre tantas especies animales desaparecidas, persistiría el gesto de una de ellas. Esta grosera prueba física del sentido que se tiene de una cierta inarmonía en el mundo deberá borrarse frente al escepticismo completo, la ciencia absoluta, la piedad general y el respeto de todas las cosas.
Reír es dejarse sorprender por una negligencia de las leyes: ¿se creía pues en el orden universal y en una magnífica jerarquía de causas finales? Cuando se hayan enlazado todas las anomalías a un mecanismo cósmico, los hombres no reirán más. Sólo los individuos pueden reír. Las ideas generales no afectan la glotis.

Reír es sentirse superior (…) El reconocimiento de la igualdad entre todos los individuos del universo no hará levantar los labios sobre los colmillos.

Envío

El título de este artículo quedó, finalmente, como “La belleza y la risa”.

Observo que mirándolo desde otro ángulo, puede atraer a incautos/as en busca de recetas cosméticas, lo que me induce a compartir con ustedes ya no una carcajada sino una breve sonrisa de entendimiento.

Por ahora, en nuestro club de los jueves, pensamos en divertirnos con arte, aprender, disfrutar nuestros seis o siete sentidos virtuales, repartir percepciones y, valientemente, tocar el frío vidrio del monitor teniendo fe en que alguien esté detrás.

Mora Torres.

Dos carcajadas

Jueves, Abril 3rd, 2008

El siglo diecinueve me da algo de tristeza (Inmigración: museos y monumentos nacionales en la Argentina); el veinte, vértigo (El siglo XX y la producción armamentista mundial).

Si pudiera mirar la historia desde arriba (La historia frente a la globalización y la posmodernidad), como un gran mapa de gente que va y viene, imagino que los de andar pausado del 1800 empiezan a correr en el 1900.

Veo caras y figuras de todo tipo acá, rodeadas de objetos simbólicos: Einstein y una pizarra con números (Físicos notables - cap. 9); Freud junto a una lámpara y un diván (Una aproximación a la corriente psicoanalítica de Sigmund Freud).

Veo a Anais Nim bajando apresurada la escalera de una casa en París -en donde vive Henry Miller- para correr hacia el Sena, adonde tiene estacionado su bote, su vivienda (Anaïs Nin).

Y a Albert Schweitzer, médico y músico, curando almas y cuerpos en Lambarené (Relaciones Humanas).

Y en el siglo veinte, sobre todo para cuando me vuelvo niña que sueña, están Charlot y su galera.

Gracias a Einstein

Aunque el tiempo sea relativo, en especial gracias a Einstein, lo hemos dividido en horas, meses, siglos… (Viaje hasta los límites de la física clásica).

Cada siglo, mirado desde aquí, tuvo su gloria y su miseria.

Tal vez sea nostalgia -pero tampoco es que rechace este aún breve período que he vivido del veintiuno, años fragmentados y en apariencia apocalípticos.

Estoy dando razones para explicar que quiero rescatar algunas estampas y figuras del siglo veinte…

Pero, qué me hace explicar estos sentimientos conjugados con pensamientos melancólicos?

Y, además, ¿por qué o por quién comenzaría a revisar el siglo XX?

El cinematógrafo y un encantador representante

Empezaría por el cine, y dentro de él por una figura pequeña y melancólica.

Como muchos de los artistas y científicos que iluminaron el 20, Chaplin nació a fines del 19, también extraordinaria época en la cual, se diga lo que se diga, no sólo de romanticismo se vivía: también de descubrimientos científicos entre amores desmayados y valses, fantasmas y azucenas.

Podría decirse que Charlot -o Carlitos, “como gustéis”- nació en el vientre abierto de las calles de Londres, donde rondaban los fantasmas de las novelas de Dickens; podría decirse que el escenario de su nacimiento fue el de las páginas donde este escritor describe los lugares más sórdidos de la ciudad, donde también describe las infancias más lúgubres entre mendicidad, asilos, demencia y alcohol.

Chaplin miró desde niño el abismo, y a pesar de que los abismos son voraces, éste no devoró al niño extraordinario.

El siglo XX tuvo muchas guerras inexpresablemente crueles.

Dicen que fue al terminar la Primera Guerra Mundial que se inventó otro modo de honrar a los muertos: el modo anónimo, genérico.

Pero también tuvo figuras que -algunas desde su más profundo desampàro- transformaron benéficamente la vida, para siempre.

Gracias les doy, por ejemplo, a quienes hicieron y a quienes conservaron las películas mudas.

¿Por qué es tan atractiva la fotografía de aquellas películas, por qué tienen como un bruñido muy noble, muy estético, en blanco, grises, zepias, que no se encuentra hoy en ningun lado, o que acaso no quiere encontrarse?

Que un arte comience es más que un acontecimiento histórico, es una revolución en el cielo y en la tierra.

Y el cine realmente comenzó con el 1900.

Secretos

De la infancia traigo secretos.

El modo de mirar de los niños está hechizado y ellos ven mucho más.

No se lo cuenten a nadie, pero les aseguro que los niños no percibíamos -como creen percibir los adultos- la tristeza de las películas de Chaplin, porque esa tristeza no existía.

Chaplin inauguró la alegría de los pobres, los marginales, los burlados, y nadie sufre si sabe reírse de sí mismo.

Este secreto parece muy tonto, pero aseguro que no lo es, recuerdo la intuición poderosa con que lo formulé en mi niñez.

Lean, si no me creen, las lecciones que Chaplin supo dar:

Un sombrero que vuela

“El solo hecho de que un sombrero vuele, por ejemplo, no es risible. Sí lo es ver a su propietario correr detrás, con los cabellos al aire y los faldones de la levita flotando (…)
“Todavía más graciosa es la persona ridícula que se obstina en conservar su dignidad. (…) Por esto, todos mis films descansan en la idea de ocasionarme apuros, para aparecer terriblemente serio, en mi tentativa de comportarme como un caballero normal. Por eso es por lo que, al encontrarme en tan enojosa postura, mi preocupación consiste siempre en recoger inmediatamente mi bastón, enderezarme el sombrero hongo y ajustarme la corbata, aunque acabe de caer de cabeza (…) En “EL evadido” lo consigo colocándome en un balcón donde tomo un helado con una joven. En el piso de abajo hay una dama robusta, respetable y bien vestida, ante una mesa. Entonces, mientras me como el helado dejo caer una cucharada que se desliza a través de mi pantalón ydesde el balcón va a caer al cuello de la dama, que aúlla y se pone a saltar. Un solo hecho ha servido para poner en compromiso a dos personas y ha provocados dos carcajadas.”

Me pregunto si no fue algo que tuvo que ver con un ataque a la solemnidad lo que hizo que unos meses después de muerto Charles Chaplin alguien robara su cadáver y nunca más lo devolviera.

Tal vez el autor de ese delito interpretó algo mal las enseñanzas…

Envío

Lectores “comentaristas”: me alegraron de un modo inexpresable las opiniones que mandaron sobre el último post.

¿Deberé reconocer que me encantan los halagos, aunque no crea merecerlos a todos?

No siempre es eso; lo que me fascina son ustedes, las “huellas digitales” que dejan en sus comunicaciones, por las cuales aprendo a conocerlos.

Me sentiré igualmente feliz de recibir críticas adversas… tal vez no tanto, pero las necesito.

Lo que admiro es que los entusiasme escribir para solidarizarse, para halagar, para enmendar lo errado.

Eso se llama en verdad amor, y ojalá pudiera devolverlo de la misma manera desinteresada con que me lo dan ustedes.

Mora Torres