Librandola
Jueves, Agosto 23rd, 2007No, el título de esta nota no se refiere a que estamos “librando” ninguna batalla, la cual, aplicada a este escrito, podría tratarse de la que gira entre los libros de papel y los libros virtuales. Ése es un viejo debate ya resuelto entre ustedes y yo… aunque a pesar de mi amor por el “físico” de los libros, continúo pensando que, mientras se lea, poco importa la mayor o menor calidad del soporte. Siempre habrá –en el caso de falta de papel- algún libro guardado, como en mi estante los viejos cuentos de hadas ilustrados, o, quizá, antes de la demolición de las bibliotecas públicas rematarán para los ricos La divina comedia o El Quijote ilustrados por Doré (un día voy a contarles algo de este artista, Gustavo Doré).
Esta nota y su título se refieren a que los libros nos libran vaya a saber de qué, pero seguro que lo hacen (más adelante encontrarán algunas razones que hallé al respecto). Se refieren, en pocas y muy usadas palabras, al placer de la lectura y a cómo tratar de difundirlo para felicidad de todos.
Un ensayo muy recomendable referente al tema, y para quienes quieran con placer participar, por supuesto, es “Descripción métodos de iniciación a la lectura y escritura“, enviado por Cecilia Ayala desde México.
Otro que aporta mucho -de los que he leído en este sitio, hay varios más- es “La lectura y sus procesos“, que viene de Colombia, con varias firmas.
La falta de afición a la lectura no parece asunto de primera necesidad a tratar en un universo que se desangra: nadie parece haber muerto por esa carencia. Y sin embargo no es así.
Conozco gente que ha muerto de depresión y que hubiera podido salvarse con sólo encontrar (a veces reencontrar) el impulso necesario para abrir un libro, empezar a leerlo y continuar mientras las desgracias personales se apagan más y más y se vuelve a sentir de verdad, en las calles, encrucijadas y laberintos de la literatura. Ya que allí las desgracias temporales se convierten en gracia, y a la alegría de una página que agrada puede llamársele felicidad.
El olvido de sí mismo y de su condición puede salvar al melancólico, porque frente a él –en las páginas o en la pantalla de la computadora, es lo de menos- se concentran hombres, mujeres y reflexiones no más interesantes que su propia vida, pero que, con el ardor singular de la letra de molde la vuelven, a esa vida, otra vez a su cauce: la belleza de la tierra y el cielo, la inteligencia humana y hasta la tragedia de su inseguridad, de no saber quién es. Cobran sentido viejas preguntas (¿para qué estoy, adónde voy, cuál es el sentido de la existencia?) y se originan otras, nuevas, que renuevan. Y estas interrogaciones, cuando el libro se cierra, devuelven la intensidad (o sea la vida, que no es otra cosa que el soñar y el pensar, el vuelo del pensar).
“Fomentan títeres placer de la lectura en niños“, se me atraviesa el título de un diario mexicano dentro de mis búsquedas por Internet: “A través de música, baile y títeres, la obra infantil Librándola busca fomentar en el público infantil el gusto por la lectura, en un juego en que los protagonistas adentran a los niños en mundos mágicos, donde se encuentra el placer de leer”.
Sí, es en el mundo “mágico” “donde se encuentra el placer de leer”, no en otra parte.
Y el mundo es mágico. Si no lo fuera, no se hubieran escrito libros y sinfonías, levantado catedrales y pintado cuadros durante miles de años.
Por otra parte me admira el acierto del breve título de la obra infantil. Librándola habla de libros y de libertad al mismo tiempo, y es esto lo que intento decir.
Los libros nos hacen libres, no sólo porque nos traen ideas de liberación y desapego. Mientras los niños leen, por ejemplo, “la última” de Harry Potter, y acá conviene incursionar en “Harry Potter“, el cuerpo deja de molestarles. Ese cuerpo infantil que necesita saltar, correr, ir de uno a otro lado entre gritos, risas y descubrimientos, se acalla y deja que la mente lo sustituya en sus aventuras mientras él reposa por unas horas (ver “Cuentos infantiles del Puerto de la Alegría“, del cubano Gilberto Darcy Herrera López).
Y en las lecturas de los adultos, el cuerpo también deja de molestar con sus urgencias, o de doler, o de tener antiguas marcas, y toma el aire de la inmortalidad.
Mora Torres

