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La otra biblioteca

Enviado por luis b martinez



La otra biblioteca. - Monografias.com

Aquí llegué no sé ni cómo. Ni con exactitud por qué razón. Tal vez me trajo un sentir del subconsciente ante la posible presencia de algo de suma importancia que he estado inútilmente buscando en mis sueños sin poder ubicarlo y sin orientación alguna para lograrlo. Y es muy factible que no llegué siguiendo una que otra señal por una ruta más o menos conocida, sino que de repente aparecí en escena surgiendo de un espacio colmado de múltiples ideas que se revuelven unas con otras y que llevo conmigo, como ilusiones volanderas que en todo momento me circundan en extraños giros alrededor de la cabeza y que serían las que pudieron percibir y comunicarme esos mensajes en apariencia estrictamente subliminales. Y que de manera muy extraña encajan y se complementan en sus figuraciones con los elementos de este relato y con este nuevo espacio al que he llegado y que sin lugar a dudas me fue de siempre desconocido.

Quizá en ello estuvo fijada la atracción para venir y aparecerme sin establecer contactos previos. Y que por tal ahora estoy más que convencido de que una causa ajena a mi voluntad, pero de seguro no ajena al núcleo de esta narración, ha prevalecido para lograr ponerme en este sitio en el que después de todo esto seguramente también habré llegado en el momento debido. Se haría necesario que fuese así para que al final todas las piezas encajasen hasta formar el extraño cuento que se persigue y que casi sin poderlo evitar, si no se aclara esto, pudiera llegar a ser más que confuso.

Pero aun habiendo sido de esa mágica y bella manera no estoy ni remotamente desubicado. Sé perfectamente cuál es la naturaleza del lugar donde me encuentro. Y lo sé porque el húmedo olor de este ambiente, sumado al espíritu de encierro del aire que apenas se mueve en él entre los enormes anaqueles repletos de libros que casi me ahogan con su presencia intimidante al colmar los corredores desde sus bases hasta las alturas. Libros, libros y más libros, y todos me son inconfundibles y más que familiares. Los libros, tanto estos como muchos más, de siempre han complementado mi más compleja interioridad.

Esta penumbra, que juega a luz y a sombra entre hilos y cartones, y papeles, y miles de filos de páginas sumados, y polvo, y mucha tinta, es única. Y siento como si las innumerables palabras que se mantienen ocultas, y constreñidas unas contra otras en esta atmósfera de grises y rojos y verdes y negros y marrones que aparecen en las tapas de todos estos libros que invitan a la búsqueda y a emprender un largo viaje, y que son latentes a mi alrededor y en mi sentir, también viviesen en mi cabeza. Estoy, para no perder la costumbre, en una Biblioteca. Y sé también, hasta el embrujo de la más fina alegría, que no puedo estar equivocado, aunque me encuentre confuso y a medias extraviado en este brusco despertar en un lugar nunca conocido de antes.

Y he de clarificar esta penumbra que reina sobre la nueva prisión de pretendida libertad que me encierra en este sitio. Porque estando entre miles y miles de libros que han surgido en mis recuerdos y en mi conciencia, igual que surgió de pronto frente a mí el extraño y velado bibliotecario que se ocupa de ellos y que ahora veo ahí parado en el vano de la puerta, y extrañamente duplicado, mirándome vacío, tal que quisiese penetrar mis pensamientos, enmarcado como si fuese un cuadro de una exposición, expectante y alerta, y que me parece conocerlo a través de una imagen de muchísimos años en el recuerdo de cientos de personajes que él mismo me fue presentando, no puedo estar sino contento. Simpatizo a más no poder con los silentes libros y los modestos y lentos bibliotecarios que a lo largo de cientos de años siempre han representado para nuestra imaginación a la máxima cultura y al más claro entender aun siendo ciegos.

Pero también sé que en la realidad de hoy, porque normalmente es así, que este hombrecillo que ahora es el archivero aquí, con su Otro de copia siempre a cuestas, ha actuado en muchas ocasiones a contracorriente y con gran terquedad y celo desde que en cierta manera formó parte del centro de atención de su mundo. Y es el mismo que dejando a un lado sus quehaceres se ocupó de administrar esta biblioteca, y que por supuesto eso le ha granjeado muchos enfrentamientos. Y que siendo más viejo, infinitamente más viejo que los anteriores bibliotecarios en el puesto, con sus idas y venidas y subidas y bajadas por los vericuetos y las largas escaleras de madera al estar intercambiando y removiendo libros en los diferentes entrepaños, a todos tiende a confundir con su innovador sistema de orden y aciertos. No existe quien lo pueda seguir.

También dijeron que mucho antes de presentarse y hacerse reconocido ya sabían de quién se trataba porque veladamente lo fueron retratando con lo que comentaban en los corrillos quienes lo conocían por los datos suministrados de la misma manera con anterioridad. Se trata de un recomendado muy cercano a Borges, demasiado cercano, y que ya había compartido mucho tiempo con él en todo lo relacionado a una anterior biblioteca. En todo, desde escribir los libros hasta finalmente organizarlos.

Y pensando en ese otro Gran Bibliotecario de Buenos Aires que se movió por años ignorado y casi desapercibido en los recovecos silenciosos de los pasillos de otra escasa biblioteca de segunda, y otra mucho más exquisita, la propia, que fue el número Uno por excelencia, hasta alcanzar la Biblioteca Nacional, escapando de las cadenas de la intriga y la envidia, no puedo evitar el cohibirme frente a las aristas y sutilezas de la empresa que aquí emprendo al redactar esta historia y estar ante la presencia de los personajes referidos, porque de seguro, haciendo dúo, se quedarán ambos observando, en absoluta complicidad y sin autorización de mi parte, y letra a letra, lo que suceda en este relato. Ya puedo imaginarlos en débil abrazo de hombro con hombro y cabeza con cabeza, viéndose con miradas ladinas y sobradas sonrisas maliciosas y suficientes, adivinando mi escritura al mirar por detrás y por encima de mi hombro mientras continúo en esta tarea.

Ciertamente que deben ser compinches o fratelos jurados de una privada cofradía que no trasciende a la calle, pero que muy eficientes se mueven escondidos del mirar público andando por las galerías internas de esta librería, que perfectamente podrían pasar a hundirse hasta transformarse en subterráneas sin que alguien desde la calle lo advirtiera. Los viandantes tan sólo notan tras los cristales, desde afuera, el amontonar de libros y el lento movimiento de las sombras de ellos dos. Y no puede ser casualidad que aparezcan juntos como original y copia en esta visita mía que tiene todas las características de ser transcendental para mi conciencia.

Pero igual tiene este bibliotecario de ahora cara de conocedor y de poder dar un sin número de sorpresas, igual al otro, a cualquier nivel. Y más siendo un camarada que quiere pasar desapercibido junto a ese otro a quien tanta pleitesía se le ha rendido a todos los niveles, y que ya nos llevó de sorpresa en sorpresa con sus relatos durante mucho tiempo por los caminos más tranquilos y cultos, o por los más procelosos del alma humana.

Al pensar en una biblioteca cualquiera, y específicamente en ésta en que estamos, y al desplazarme dentro de ella revisando títulos y autores en los lomos de los libros, me satisface siempre pensar, y no lo puedo negar por lo placentero que sería, en la posibilidad de que en cualquier momento aquel viejo ciego del cual tanto me satisface comentar, paciente y sabio, y certero, y que vigilante también debe rondar por aquí, quizá queriendo formar un trío de una sola persona, podría acercárseme y hablarme con su voz bien recordada, tartamuda y muy querida, para orientarme en lo que yo podría estar buscando aquí adentro, tanto entre los libros como en el tema que estuviese desarrollando en alguna aventurilla literaria, como ésta de ahora (por ejemplo) que no sé ciertamente adónde quiere llegar pero que recorro con el mayor regocijo.

Y esa posibilidad siempre estaría a la mano y sería muy factible por ser él, quizá antes que cualquier otro de los cientos que pueda ser, un insaciable ratón de bibliotecas y el mayor adicto a penetrar y desenmarañar los nudos y jeroglíficos que en estos relatos se puedan encontrar. Nada tendría de raro que se presentase. (Por cierto que ahora me doy cuenta del extremo parecido entre ellos, incluidas las voces). Así es. El eterno y concienzudo ciego de siempre, y éste de hoy, que quiere aparentar estar debutando, y no lo logra ni a medias, y que, seguramente y sumando a esa actitud, después querrá irse apagando de a poco en el oficio como hizo el primero. Y éste parece perseguirme por los senderos obligados entre los estantes y los muchos libros colocados en supuesto reguero, quizás repartidos por él mismo, dibujando caminos en el piso de esta nueva librería guiando mis pasos por donde andamos, que por cierto nunca antes había visitado. Siento su mirada ciega tras mi espalda penetrando mi cervical.

Y este desconocido segundo bibliotecario me debe considerar, y con razón, un atontado primerizo con la típica mirada vacía de los que entran en una librería sin saber dónde buscar y se sienten apenados por no ser conocedores de autores ni diligentes lectores para dar datos sobre lo que buscan y en base a ello preguntar. Y los dos poseen idénticos físicos e idénticas posturas en sus lentos movimientos. Son copias. Doblados ambos por el peso gris y abusivo del mucho tiempo de respirar sin sol las palabras gastadas y el polvo del refugio de la tinta y la humedad entre los misterios de un amontonar de libros y papeles, y revistas y mapas y textos milenarios de estos encerrados y a veces tenebrosos recintos donde descansa la Sabiduría.

Y no son este par de sombras que antes he mencionado dos simples granos de alpiste. Por un lado ambos están dentro de una Biblioteca pletórica y retadora que por instantes crece y crece, en este caso caótica y desordenada, y que por imágenes y semejanzas son los sugeridos Borges y su eterno y callado Otro al que nos acostumbró, pequeños y meticulosos ambos, como frente a un espejo, y débiles, casi esqueléticos, y temblorosos, con orden y rigor, con toda la torpeza de este mundo en sus andares donde sobresalen las manos indagando frente a ellos para ubicarse, necesitando tocarlo todo para ver con ellas, pero que aun así seguramente pudiendo navegar entre sus cosas por sus exquisitos olfatos y mejor orientación intelectual. Si pudiese los haría extraviarse por los vericuetos y múltiples salones de la misma, todos iguales, con el mismo olor y grado de humedad en su íntima atmósfera para que no puedan diferenciarse de idénticos accesos en esta absurda distribución que es mi nueva biblioteca a visitar. Pero inútil tarea sería ésa ante sus experiencias. Siempre saldrían airosos.

Aquí no existe un sistema a seguir, ni tan siquiera en el preciso desorden establecido. Ni siquiera existe una simple llamada relativa a una referencia a recordar. Los estantes y las paredes carecen de orientaciones para guiar a cualquier advenedizo. Y mucho menos a dos ciegos. Si estás en un punto insignificante de cualquier nivel dentro de la barahúnda de pasillos y anaqueles que se entrecruzan para posesionarse de todos los espacios, y en un momento dado bajas los tres escalones de una pequeña escalera que a veces es recta y otras es una pretensión del inicio de un caracol, y que siempre estará a tu lado, a tu alcance, ahí mismo, al descender un escalón apareces cinco o mil plantas más abajo, o diez mil, y al siguiente intento ya nada es ni remotamente parecido al sitio y la visión de donde antes estabas. Son los escalones de la variabilidad.

Y entonces los niveles pueden llegar a ser innumerables y decrecientes en las caprichosas panorámicas en que aparecen bajando hacia precipitados abismos ante tus sentidos y memorias, entretejiendo galerías y minuciosos laberintos, hasta hacerse microscópicamente indetectables en la distancia y profundidad desde tu altura. Y a partir de ahí, entonces descienden más y más, en imposibles y mágicas caídas hasta alcanzar el vértigo pavoroso y total que sigue a una espiral áurea invertida, de miedos y saltos no predecibles, que se pierden en rápido diminuendo y zambullida.

Y nada más que esto es esta Biblioteca, una bárbara espiral que no se detiene nunca ni se fundamenta en lo establecido para ellas, porque aquí no hay orden, ni ubicación, ni reglas, ni variación constante ni firmeza de ningún tipo. Se trata de Fibonacci llevado en retroceso al cero original de su serie. Y creo que tan sólo estos bibliotecarios y quizás yo, con estas experiencias que recorrimos juntos, la podríamos entender.

Y es casi imposible conseguir de primeras una obra cualquiera. Los libros están en todas y en cualquier parte y mañana estarán en cualquiera otra. Ése es el oficio del extraño bibliotecario que la "organiza" lentamente, cambiarlos de sitio rompiendo con todos los órdenes y esquemas preestablecidos y de alguna manera imaginables. Es decir, Bécquer estará lejos de Lope, y Miguel Hernández lejos de Machado y de García Lorca, y Camus lejos de Sartre, y Sócrates lejos de Platón y Aristóteles, y Pérez Galdós lejos de la Pardo Bazán que le fuera tan cercana y tan querida. Y además pueden esconderlos uno a uno con el mayor descaro, sin seguir esquemas, no dejando ninguna pista sobre sus nuevos espacios y ubicaciones. Y gozan con ello. Y se ríen.

Tal parece que más que una Biblioteca se trata de una conspiración bibliotecaria que cultivase lo absurdo. Y me imagino que sólo ellos, los dos, saben cuál es la última ubicación de cada pieza. Y que por eso en esta Biblioteca prácticamente hay una sola oportunidad de leer el libro que hayas elegido para disfrutarlo aquí dentro, siempre que lo hayas sabido escamotear cuando lo ubicaste y pudiste llevártelo contigo para que estos dos señores no lo desaparezcan. Es un asunto de "lo tomas o lo dejas". Y no queda de otra en esta confusión. Se trata de una librería de manejo impromptu, absolutamente mutable y libre para la improvisación.

En un principio creí que éste era el sitio perfecto a tener como madriguera para ocultar el Libro de arena que tantas horas de insomnio me ocasionó cuando estuve aprendiendo a leer a Borges en sus cuentos fantásticos. Y que, ahora lo puedo decir, fue lo que vine a buscar. Después de leer esta obra fue que nació mi propia obsesión por los libros y los relatos prodigiosos que podían entremezclar las letras y palabras todas sin que la lectura perdiera su sentido. De ahí pudo surgir Cortázar con su Rayuela.

Y ahí aprendí yo de las grandes bibliotecas que se hundían hasta el fondo del Tiempo y de la Historia, sin que se dañara libro alguno. Desde la casi leyenda de la Biblioteca Real de Alejandría y el precursor Zenódoto, hasta el expolio de la misma con la invasión romana; y de ahí nuevamente hasta la gran biblioteca de Pérgamo, en lo que hoy es Turquía, y que fue la gran rival de la anterior marcando pautas, pero de la cual ya nadie hace referencias ni menciona. Quedó hundida en los precipicios del Olvido. De ellas quizá vengan todas las historias que por inyectado respeto hemos tomado como ciertas y mantenidas intocables, referentes a originales y a manuscritos de esas épocas.

Y por suerte, superando todos los lapsos, antes de llegar aquí ya tuve mi reloj de arena, no similar al Libro en lo maravilloso, quizá porque lo tuve que crear yo mismo, pero en el que viví para poder aprender y saber de estas aventuras del soñar humano y del correr del tiempo. Y tuve mi mar. Y tuve mi espacio. Y vi el mundo tras un infinito cristal. Y hoy sé que este bibliotecario lo puede encontrar con facilidad para averiguar dónde fue que estuve en tales correrías. Y ese sitio tiene que aparecer en el mágico Libro. Y al develar su secreto, traicionándose a sí mismo al ubicarse, nos lo comunicaría. Nada está escondido ni escamoteado al sin igual compendio de arena cuyo texto no tiene principio ni fin ni acepta añadiduras.

Y ya estando aquí tan sólo me falta ese referido y escurridizo Libro de Arena que emocionalmente heredé del creador del Aleph, que alguna vez tuve en mis manos y que sueño no se haya vaciado de su magia pero no creo que en su egoísmo me orienten para hallarlo. Ese sorprendente libro que a pesar de los años aún vibra en mí y que creo que al final se logrará ubicar, y se hará si se sabe buscar, tiene que estar en alguna biblioteca, así sea en la más recóndita y oscura y anodina de este mundo. Y no me importaría que fuese así. Si los bibliotecarios me diesen una seña iría por él. Aunque no creo que lo hagan. Ni creo que de verdad pueda encontrarlo.

Era de esperar que ésa fuese la razón de esta visita mía a este lugar, inconsciente y no programada, y también de la posible aparición en escena de estos otros personajes que por siempre han pretendido que no les importó que el Libro de Arena se haya extraviado. Y que no les importa tampoco mi atravesada presencia entre ellos al estar indagando por el mismo sin que supuestamente me correspondiera. Definitivamente pareciera que gozan con ello.

En lo anterior queda Borges incluido, y hasta principalmente, con todos sus soslayados y mentidos disfraces de ocultamientos intelectuales de apenas mencionar este hecho y hacerlo como de paso en alguna conversación en que se le veía cómo intentando descifrar el aire que sentía rozándole la cara. Y todo eso a pesar de conocerse lo importante que había sido para él este relato en su trayectoria. No puedo imaginarlo en su conciencia sin su infinito Libro de Arena al alcance de la mano. Para mí que sería como para Huxley no tener el Contrapunto o para Lorca perder el Romancero Gitano. Sumarían una gran infamia (o para expresarlo de una manera más borgeana, dictando sobre sí mismo, "sería una atroz infamia").

Pero en un final seguramente el Libro aparecerá. Sólo es cuestión de vigilar a este par de candidatos noche y día, y seguirlos, porque alguien ya dijo que la última vez que vio el mágico libro estaba muy empolvado tirado en un rincón, disimulado y oscuro, 11,377 plantas más abajo del nivel de la calle en que se movía la vida. Y que estos dos lo rondaban cercanos y vigilantes, sin quitarle la atención, que puede verlo todo. Así que, seguramente, algunas manos caprichosas y comprometidas, y siempre más que certeras, ya lo estarán removiendo constantemente. Tan sólo habrá que tener paciencia y someterse a las leyes del accidente y de la casualidad para aparecer en el momento preciso y así evitar una nueva sustracción.

 

 

Autor:

Luis B Martinez

 


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