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El problema de lo general




El problema de lo general - Monografias.com

La categoría "lo general" ocupa un lugar central en el sistema de categorías de la filosofía. Este concepto es analizado desde la antigüedad y tratado durante toda la historia de distintas maneras. En la historia de la filosofía se observan interpretaciones que van desde las posiciones del nominalismo hasta las del realismo, desde las posiciones de la dialéctica hasta las posiciones de la antidialéctica, desde las posiciones de la lógica formal hasta las posiciones de la ciencia en general.

Las categorías filosóficas son los "objetos" sobre los cuales recae directamente la investigación que realiza el filósofo. Hacer filosofía implica "analizar" uno o varios de estos "objetos", objetos que -por demás- son trascendentales, es decir, que guardan una relación con el mundo real de forma indirecta, no dada de forma directa a los órganos de los sentidos. El filósofo puede analizar objetos tales como "la materia", "el ser", "el pensar", "la libertad", "la realidad", "la existencia", "el conocer", etc. Sólo indirectamente estas investigaciones guardan relación con el mundo concretó y sensible del hombre. Uno de estos objetos susceptibles de investigación es "lo general".

Una concepción muy divulgada de lo general es aquella que lo vincula a lo singular, lo particular y lo universal de forma abstracta. Esta concepción supone que un objeto (fenómeno, suceso, relación, etc.) es la integración de un sinnúmero de propiedades. Digamos que, para hacer comprensible lo dicho, se trata del objeto A, que tiene las propiedades "a", "d", "e" y "i". Por medio de estas propiedades, el objeto en cuestión, en este caso A, se relaciona con los otros objetos, digamos B y C, formando el género de susodichos objetos. Supongamos que se trata del género X formado por los objetos A, B y C. Supongamos, además, que, en función de hacer comprensible esta concepción, al objeto B le asignamos las propiedades "b", "e", "d" y "i"; y al objeto C le asignamos las propiedades "c", "e", "i" y "k". Desde el punto de vista de esta concepción, la propiedad "e" es lo general, pues es la que es común a los objetos A, B y C. Desde este mismo punto de vista, las propiedades "a", "b" y "c" serán singulares (lo singular) pues es lo irrepetible en el género de objetos A, B y C, es decir, lo peculiar e irrepetible de susodichos objetos. También, desde el punto de vista de esta concepción, la propiedad "d" es particular, pues es lo que es común a una parte sin serlo al todo. Si ahora formamos el género Z de objetos, formados por los objetos F, G y H, que tienen por general la propiedad "i", entonces susodicha propiedad (la propiedad "i") será lo universal, pues es lo común al grupo de géneros de objetos, en este caso los géneros X y Z.

Esta concepción de lo general es abstracta. Es abstracta porque para obtener la propiedad "e", lo general hay que hacer abstracción del resto de las propiedades que integran el objeto; es abstracta porque no se reconoce que lo general existe de forma singular y concreta en la realidad objetiva.

Cierto que, esta concepción, admite la dialéctica del trueque de lo general en lo singular y lo singular en lo general por medio de lo particular. En un objeto, como por ejemplo un espécimen de una especie de seres vivos, puede surgir una propiedad, digamos una mutación que queda en la descendencia, transformándose en particular y, con el tiempo, en general, y viceversa. El reconocimiento de este trueque es un paso hacia la dialéctica de lo general y lo singular.

Y cierto es que permite criticar al nominalismo y al realismo. Desde el punto de vista de esta concepción, lo general existe objetivamente en el objeto en forma de propiedad. Por tanto, no es "un nombre" con el cual designamos una abstracción que no existe en la realidad como afirma el nominalismo. Ni es un ente real que existe independientemente de las cosas como afirma el realismo. Desde este punto de vista, el objeto es la unidad de lo singular y lo general, como afirma la dialéctica.

Pero esta concepción hace una valoración formal de lo general. Por su forma, según este punto de vista, lo general no se diferencia de lo singular más que por el número, no por la calidad. Aquí, en esta concepción, lo general y lo singular son iguales por su forma. Se diferencian sólo por el contenido.

Desde este punto de vista, la definición de Platón de hombre, que declara que el hombre es el bípedo implume, es de igual valor que la de Benjamín Franklin, que declara que el hombre es el animal que fabrica instrumentos de trabajo. Según esta concepción de lo general, la definición platónica es irreprochable.

Existen muchas definiciones de lo que es el hombre, tantas como filósofos pueden haber. Pero sólo una es la correcta, pues sólo una destaca lo general que hay en el objeto "hombre". Lo general determina lo singular, es la ley que mueve lo singular. Lo singular es la manifestación de lo general. La propiedad del hombre de ser bípedo e implume es un "general abstracto", es un "general formal". Esta propiedad no es "la substancia" del género "hombre". Cuentan que un alumno de Platón muy maldito desplumó un gallo y lo tiro al medio del aula y exclamó: "!He aquí el hombre de Platón!". Y cuentan que Platón dijo: "Corrijo mi definición. Es el bípedo implume de las uñas planas". Esta anécdota, que se le atribuye a Protágoras, puede ser no cierta, pero nos da una lección: lo general no es lo común, pues por principio se puede encontrar una excepción a este común y, de paso, corregir el indicio que marca lo común, y así sucesivamente. El problema estriba en que la definición platónica no es substanciosa, no se define al hombre por la ley que mueve el objeto.

La definición de Franklin, por el contrario a la de Platón, es substanciosa. Es la ley por la cual nuestros antepasados se separaron del reino animal y se transformaron en hombres. El trabajo, es decir, la actividad material con ayuda de instrumento dice F. Engels, siguiendo las ideas de B. Franklin, hizo al hombre. El hombre se eleva sobre el reino animal con la fabricación de instrumentos. Incluso, la posición bípeda al caminar es un producto del trabajo: obedece a la necesidad de liberar las manos para el trabajo, para el uso de instrumentos.

En la actualidad, no todos los hombres fabrican instrumentos de trabajo. Sólo un subgrupo de obreros, los se dedican a la producción de instrumentos de trabajo, entra en el volumen de esta definición. Por eso, esta definición de Franklin, desde el punto de vista formal, puede ser considerada incorrecta. Pero el indicio de esta definición destaca el elemento que es ley del surgimiento y desarrollo del objeto. Es, por tanto, la definición correcta. Lo general no es, entonces, la comunidad abstracta de propiedades de una clase de objetos. Es, más bien, la ley que une en un todo y hace la clase en cuestión.

La concepción de lo general como la ley es la que sigue Carlos Marx en su definición de la esencia del hombre. Según él, la esencia del hombre no es algo abstracto inherente a cada individuo; es, en su realidad, el conjunto de relaciones sociales. Esta definición, como la de B. Franklin y la de F. Engels, es substanciosa. Lo general, aquí, no es algo abstracto, algo inherente a cada hombre; es una determinación concreta. El conjunto de las relaciones sociales, lo que conforma la sociedad, es un objeto concreto. Por eso, para Marx lo general es concreto.

Hegel fue uno de los precursores en la comprensión dialéctica correcta de lo general, y pone en alta estima las valoraciones al respecto de Aristóteles. Las consideraciones aristotélicas y hegelianas al respecto se pueden comprender mejor en el caso de las figuras geométricas. Según Hegel, toda figura geométrica (el cuadrado, el pentágono, etc.) puede ser reducido a un conjunto de triángulos. Por ello, según él, el triángulo es la figura verdadera, es decir, la figura general. Así pues, de una parte, el triángulo está junto con el cuadrado; pero de la otra -y en esto se pone de manifiesto la gran inteligencia de Aristóteles- es la figura en general. Desde este punto de vista, lo general es real. Existe, de por sí como un singular, al lado de los otros singulares. Aristóteles, y con él Hegel, descubre la realidad, en este caso concreta y objetiva, de lo general.

Pero en este punto Hegel retrocede. Como siempre: destruye un prejuicio para luego rehacerlo en su sistema idealista. Según Hegel, lo general como tal, en su significación rigurosa y exacta, existe únicamente en el éter del pensamiento; en ningún caso existe en el espacio y el tiempo. En esta última esfera tenemos que vérnoslas sólo con enajenaciones particulares de personificaciones, de hipóstasis de lo "auténticamente general", es decir, El Concepto (escrito con mayúscula).

C. Marx es el primero en interpretar de forma materialista la dialéctica de lo general. Para él lo general, lo general, además de existir en el pensamiento una vez que es captado por el análisis, existe de forma objetiva en la materia, en el ser, es decir, en los objetos materiales. Hegel, por ser idealista, ve sólo un movimiento: el trueque de lo general en singular (o como el diría: a lo único). No puede ver el movimiento inverso: el trueque de lo singular (lo único) en general. C. Marx es el primero en ver que a lo general le antecede en el tiempo lo singular, y que sólo en el movimiento de la realidad deviene en general.

Al analizar la forma general del valor descubre que en la historia real esta forma (la general del valor) le antecede en el tiempo su forma singular. Sólo después que lo general se ha estatuido como tal es que puede devenir una vez más en lo singular (en lo único). Por eso, para el materialismo hay un trueque de lo singular en general y de lo general en singular.

La forma general del valor es aquella en que todas las mercancías acusan su valor en una mercancía que hace la función de equivalente de todas las primeras, es decir, todas las mercancías reconocen a una mercancía en especial como equivalente suyas. En calidad de este equivalente general puede servir una mercancía cualquiera, pero se necesita que esta mercancía que funge como equivalente general tenga determinados atributos que faciliten su papel. Por eso, en determinado momento del desarrollo social este equivalente general lo viene a ocupar el oro, pero puede ser el lienzo, digamos.

La forma corpórea, digamos, del lienzo -según Marx- es considerada como encarnación visible, como el ropaje general que reviste dentro de la sociedad humana todo el trabajo humano. Aquí, el trabajo textil, o sea, el trabajo privado que produce el lienzo, se haya enlazado al mismo tiempo en una forma social de carácter general, en una forma de igualdad con todos los demás trabajos. Según Marx, las innumerables ecuaciones que integran la forma general del valor van equiparando por turno el trabajo realizado en el lienzo a cada uno de los trabajos contenidos en las demás mercancías, convirtiendo así el trabajo textil en forma general de manifestación del trabajo humano, cualquiera que él sea.

Desde este punto de vista, lo general no sólo es real, concreto y objetivo; sino que es, al mismo tiempo, singular, es decir, tiene sus peculiaridades. El lienzo es equivalente general, es decir, trabajo humano en general; pero es, al mismo tiempo, trabajo textil, es decir, trabajo humano singular, peculiar. Lo singular es la forma peculiar que reviste lo general, es la manifestación de esto (lo general). Lo singular, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es "lo único, sólo y sin par". La forma general de valor, la forma en la que todas las mercancías acusan a una como equivalente general, es única. Por tanto, es singular.

Desde este punto de vista, todos los objetos son la unidad de lo general y lo singular, lo que en su contraposición uno aparece como general y el resto como singulares. Desde este análisis, lo general no es una propiedad del objeto, sino un objeto más. Por eso, en la lucha entre el nominalismo y el realismo, este último estaba más cerca de la verdad que el primero, pues admitía la existencia objetiva de lo general en calidad de objeto. Por otra parte, la concepción abstracta de lo general es en su base equívoca: reduce la general a una propiedad común (abstracta) e inherente a cada objeto.

Un análisis similar se puede hacer con el número. La forma general del número, según la teoría de los números complejos, es "a+b.i". Todo número concreto es una manifestación de esta forma. Tomemos, por ejemplo, el número "4". El número "4" es una manifestación de la forma general "a+b.i". Aquí "a" es "4" y "b.i" es cero. El "4" es un singular, pero contiene la forma general. De igual forma, la forma general "a+b.i", siendo lo general, es un singular más: tiene la forma concreta y específica o forma única "a+b.i". La expresión "a+b.i" es un número más, es decir, es un singular.

La forma de lo general se desarrolla. Cuando Marx nos dice que, en su forma simple, el valor se manifiesta como la relación en que una mercancía se relaciona a otra como a su equivalente, digamos en la forma "20 varas de lienzo valen una levita", se refiere a una forma que se desarrolla en el tiempo, con el intercambio entre los hombres, hasta la forma general de valor. Es decir, lo general tiene su origen.

Pero lo general, una vez consumado en el tiempo, también se desarrolla. Cuando decimos "una locomotora vale 20 onzas de oro", estamos haciendo referencia a una forma desarrollada de lo general. La ecuación anterior es una manifestación de la forma general de valor; un singular en que se manifiesta la forma desarrollada de lo general. Es decir, lo general se desarrolla.

En su relación con lo singular, lo general actúa en calidad de ley. Es la ley que rige la abigarrada forma en que se manifiesta la realidad. Todo número es manifestación de la forma "a+b.i". Toda figura geométrica es manifestación de la forma "triángulo". Toda relación de valor de una mercancía es manifestación de la forma general de valor. Estas formas generales son las leyes que rigen el nacimiento, desarrollo y muerte del conjunto de las formas singulares de las realidades en que estas formas existen.

También la física ha llegado al estudio de las formas de lo general. Al estudiar la radiación electromagnética en forma de calor, el físico ha descubierto que todos los cuerpos, en relación con esta radiación, son "grises", con excepción del cuerpo "negro", aproximación del cual es el hollín. Los cuerpos, en relación con la radiación electromagnética del calor, tienen una capacidad A de absorción de la radiación, que por definición no puede ser mayor que la unidad. Para los cuerpos grises, A es constante y menor que la unidad ("1"); para el cuerpo negro, A es igual a la unidad ("1"). Existe una relación entre la capacidad de adsorción y el poder de emisión B de esta radiación de los cuerpos: Mientras mayor sea el poder emisivo B del cuerpo, mayor será su capacidad de absorción A. De aquí resulta la relación:

(B1/A1)=(B2/A2)=(B3/A3)=…

Donde los números 1, 2, 3, … se refieren a los diferentes cuerpos.

La relación anterior se conoce como la ley de Kirhhoff, que reza de la siguiente forma: La relación entre el poder emisivo y la capacidad de adsorción no depende de la naturaleza del cuerpo, sino que para todos los cuerpos es una función universal de la frecuencia w (o longitud de onda) y la temperatura T. Es decir: B/A=f(w,T).

Para el cuerpo negro A=1 por definición. Por consiguiente, de la fórmula anterior se infiere que B, para este cuerpo, es igual a f(w,T). De esta manera, la función universal de Kirchhoff f(w,T) no es más que el poder emisivo del cuerpo negro. Notemos que después de un largo y tedioso proceso de investigación de muchos científicos, Planck dedujo la fórmula de la ecuación f(w,T).

Desde este punto de vista, la forma de lo general en la radiación electromagnética del calor no es más que el poder emisivo del cuerpo negro, es decir, la función f(w,T). Es la ley. Todos los otros poderes emisivos de los cuerpos grises son singularidades, son manifestaciones de esta ley, es decir, de lo general. Por tanto, la forma general del cuerpo es el negro; los cuerpos grises son singularidades.

Pero aquí, en la radiación electromagnética de calor, como en el número, la figura geométrica y la relación de valor, lo general, es decir, la función f(w,T), es un singular más. O sea, es algo único, peculiar. En otras palabras, es un objeto más. Lo general existe al lado de lo singular como un singular más. No es una comunidad abstracta de propiedades, sino que es real, concreto y objetivo. Llevado al lenguaje de los cuerpos, el cuerpo negro, que es el general, es a la vez único, es decir, singular.

Parecería como que en la historia, como en el caso de la forma de la relación de valor, lo general surge y se desarrolla, pero que en la naturaleza no. Existe el prejuicio arraigado de ver en el número y la figura geométrica, junto con los cuerpos físicos, formas eternas, dadas de una vez y para siempre.

Pero el universo en que vivimos -decimos nosotros- tiene un comienzo en una gran explotación de un punto singular. Por tanto, hay un surgimiento y desarrollo de lo general en la naturaleza. El número, la figura geométrica, junto con los cuerpos físicos, surgen y se desarrollan. Y con ellos surge y se desarrolla lo general.

No hay número ni figura geométrica sin los cuerpos físicos, y no hay cuerpos físicos sin el desarrollo de la materia. El número y la figura geométrica son atributos de los cuerpos físicos, y la corporeidad es un atributo de la materia. Por tanto, el desarrollo de la materia es la premisa básica del surgimiento y desarrollo de lo general en la naturaleza. Y la materia, como sabemos (según enseña la ciencia física actual), tiene un comienzo en lo singular, en el huevo primigenio del que surgió por una gran explosión el universo en que vivimos.

Pero es, se dirá, que los átomos no tienen nada de singulares. Aunque existe diversidad de átomos, un átomo de oxígeno, se dirá por ejemplo, es idéntico a otro átomo de oxígeno. No hay, se dirá, peculiaridad, singularidad entre los átomos de oxígeno. Pero los átomos, decimos nosotros, tienen su historia; surgieron y se desarrollaron. Por tanto, son singularidades. Aunque la humanidad no haya descubierto todavía la forma general de la materia (la materia general), es decir, de los átomos (y de las partículas elementales) eso no quiere decir que no exista esta forma general, forma general para la cual cada átomo de oxígeno será una forma singular, como lo es el cuadrado para con el triángulo.

Otro prejuicio arraigado en la conciencia es la tesis de que en la historia no hay repetición de los hechos, sin lo cual no existe lo general. Una guerra, se dirá, es totalmente distinta de otra cualquiera guerra. Lo peculiar de los hechos históricos -se nos dice- es su absoluta singularidad.

Cada fenómeno social, cada hecho histórico, tomado en toda su diversidad y abigarrada manifestación es inconfundible, es una singularidad. Comparemos, por ejemplo, la gran revolución burguesa francesa del siglo XVIII y la revolución burguesa inglesa del siglo XVII. La revolución francesa se vincula con la toma de la Bastilla, la ejecución del rey y la reina en la guillotina; con los nombres de Robespierre, Danton y Marat. La revolución inglesa se vincula al hacha del verdugo, bajo la cual cae la cabeza del rey; con el establecimiento de la dictadura de Cromwel; con que todo desemboca en un compromiso entre la nobleza y la burguesía, y la restauración de la monarquía.

Parece que son acontecimientos muy distintos. Son distintos los países. No se parecen el uno al otro por sus costumbres y caracteres. Pero pensemos en ¿qué es lo general? ¿Las canciones que entonaban los moradores de Londres o París? ¿Cómo se descabezó a los reyes? Claro que no. El contenido fundamental, esencial de la revolución inglesa fue el de suprimir el viejo régimen social feudal e instaurar el nuevo capitalista. ¿Y cuál es el contenido fundamental de la revolución francesa? El mismo: la supresión de las relaciones feudales de producción y la instauración del capitalismo. Por tanto, entre estos dos hechos históricos hay algo general.

Claro que lo general, aquí, se manifiesta como lo común, como la comunidad abstracta de rasgos inherentes a cada uno de los hechos. La dialéctica no niega que entre la clase de objetos que forman un género exista comunidad abstracta de caracteres, de propiedades. Sólo señala que la comunidad abstracta de caracteres es la expresión, la manifestación de lo general, de un general que existe de forma concreta, real y objetiva como un singular más. Señala que sólo mediante el análisis de la esencia de estos caracteres comunes es que se puede acceder a lo general, general que no es un rasgo abstracto común cualquiera, como el de bípedo implume del hombre de Platón, sino una relación substanciosa.

Sin la repetición, sin el análisis de lo común abstracto la humanidad no pude acceder a la ley. La ley es la forma de lo universal, universal por la forma (porque el juicio que enuncia la ley tiene la forma de lo universal) y universal por el contenido (porque la realidad que enuncia el juicio en cuestión es universal también). Es decir, la ley tiene la forma de lo común abstracto; se refiere a una propiedad inherente a cada individuo. Pero tiene la peregrina cualidad de ser no sólo formal sino también substanciosa.

Marx fue el primero en descubrir la forma de lo general en los hechos históricos. En su categoría "Formación Económico Social" nos da la clave para entender esta forma de lo general. Los hechos históricos -nos enseña- hay que analizarlos como singularidades, como manifestaciones de determinada formación económico-social. La consagración de una formación económico-social es el hecho histórico que tiene la forma de lo general; es el hecho histórico general. Todos los demás hechos son singularidades que tributan al desarrollo de este hecho histórico general.

La instauración y consagración de una formación económico-social, por ejemplo del capitalismo, es un hecho histórico singular más. Los hechos históricos son el contenido de la historia. Y entendemos por historia lo que les hacen los hombres los unos a los otros y lo que les hacen en comunión a la naturaleza. Como hecho histórico singular, la instauración y consagración del capitalismo tiene su historia. En otras palabras, tiene singularidad. Pero no es un hecho que exista independientemente de los otros hechos históricos singulares. Él es, al mismo tiempo, el general; lo que quiere decir que todos los demás hechos históricos tributan a él, son formas de realización de este hecho histórico general.

Por eso, las revoluciones burguesas inglesa y francesa son hechos históricos singulares que tributan al hecho histórico general de instauración del capitalismo. Tienen en común, por tanto, el elemento de lo general (el hecho de la instauración del capitalismo). A pesar de ser (estas revoluciones) singularidades, son la unidad de lo singular y lo general. Tienen, por tanto, la comunidad abstracta de lo general. Sólo en sus oposiciones al hecho histórico de la instauración del capitalismo, ellos aparecen como singulares. Y sólo en esta oposición el hecho histórico de la instauración del capitalismo aparece como general.

No hay razones, por tanto, para negar la existencia de lo general en la historia, para negar la existencia de la ley en los fenómenos sociales. La historia, como la naturaleza, se atiene a la dialéctica de lo general y lo singular.

También la esfera espiritual se atiene a esta dialéctica. Tomemos, por ejemplo, la esfera del arte. ¿Qué es una obra de arte? Es, en primer lugar, algo material. Una obra, por ejemplo, plástica (un cuadro de pintura) es lienzo, pintura y algunas cosas más materiales. Y es, en segundo lugar, algo ideal. La pintura en cuestión tiene plasmada una idea, un concepto; es, en general, la proyección de contenido de conciencia. Pero la obra plástica es, además, la interpretación del ideal estético (ideal de belleza, etc.) del artista. Como obra plástica, en tanto que materialidad en la cual se plasma contenido de conciencia, la obra de arte es un singular.

Es singular por su materialidad y es singular por su idealidad. Claro que en la obra de arte, digamos la pintura, lo que interesa es su idealidad. Su materialidad es sólo circunstancial, contingencial. Es su forma. El contenido de la obra de arte es su idealidad. Es lo determinante. La obra de arte interesa por su idealidad, pues juega una función espiritual. Al mismo tiempo, tomada en su unidad de contenido y forma, la obra de arte, la pintura digamos, es singular. Es algo único y peculiar.

Pero la obra de arte porta el elemento de lo general. La obra de arte, la pintura digamos, es la interpretación que hace el artista del ideal estético de la sociedad, al menos de los grupos y sectores sociales de los cuales él es parte o a los cuales representa. Este ideal de belleza, este estético existe como lo general.

El ideal estético existe objetivamente, concretamente y realmente. Existe plasmado en el entramado de las relaciones sociales, en el tejido social. El artista lo que hace es interpretarlo y plasmarlo en su obra de arte. Será una obra más y más perfecta en la medida que más y más se aproxime al ideal. Por eso, el artista realiza en su obra el ideal de belleza, el ideal estético, que es lo general.

Claro que el artista tiene que tener maestría, es decir, dominar a la perfección la técnica de su arte u oficio. Pero será un gran artista en la medida en que tenga sensibilidad para asimilar el ideal estético objetivamente, concretamente y realmente existente; y en la medida en que sepa plasmarlo en su obra. Es decir, en la medida en que realice lo general.

El ideal estético es la forma de lo general. Cierto es que cada época, cada sociedad tiene su ideal; paro, así y todo, es la forma de lo general. En el ideal de belleza, en el ideal estético se realiza la dialéctica de lo absoluto y lo relativo. El ideal estético a pesar de tener un momento relativo, contiene como momento importante el elemento de lo absoluto. Por ello, el ideal estético de una sociedad concreta es concreto también.

Esto quiere decir que el ideal estético existe como un singular más. No es una abstracción, un común abstracto de las distintas obras de arte (aunque no se excluye esta comunión), es un concepto "cocificado" en el tejido social, en el entramado de las relaciones sociales. No es una obra de arte singular (de este o aquel artista), sino una idea objetivada en el sistema de las relaciones sociales.

Desde este punto de vista, el arte es la dialéctica de lo singular y lo general. Lo general, es decir, el ideal estético, surge como un singular y se desarrolla hasta convertirse en la forma de lo general, y después se desarrolla (este general) en los distintos singulares, que son las obras de arte únicas. No hay porque excluir, entonces, esta dialéctica de alguna esfera de la realidad.

La dialéctica es una ciencia, no así la filosofía. No es lo mismo dialéctica materialista que materialismo dialéctico. La dialéctica puede ser materialista o idealista; y el materialismo, dialéctico o antidialéctico, o como diría Hegel "metafísico". No sobran los intentos en la historia de la filosofía de querer transformar a la filosofía en una ciencia, con lo que se le hace un feo favor a la filosofía. Todos ellos han acabado en un rotundo fracaso. La filosofía es una forma de actividad intelectual que se sitúa junto al arte, la ciencia y la religión. Y que generaliza estas formas de actividad intelectual, pudiendo ser la filosofía científica (si acepta las tesis de la ciencia como válidas y apela a ellas) o no científica (si reniega de la ciencia o no la toma en cuenta). Pero la filosofía necesita de un método, que no siempre en todas las filosofías es el mismo pero que puede ser la dialéctica.

En la historia de la filosofía han sido muchos los métodos que se han empleado, en particular la filosofía científica ha empleado y apelado a distintas ciencias. Se ha tomado la ciencia de la lógica formal como método (como en Aristóteles); se ha tomado las ciencias matemáticas como método (como en G. Leibniz); se ha tomado la ciencia de la mecánica (como el materialismo francés del siglo XVIII); y se ha tomado la ciencia de la dialéctica (como en Hegel y Marx). Todo depende, en esta filosofía científica, de qué ciencia se encuentra en la vanguardia del pensamiento científico del momento histórico que le toca, de cuál es la ciencia más desarrollada en su explicación del mundo para su momento. La filosofía científica siempre elije la ciencia de vanguardia como método.

Las investigaciones en el terreno de la dialéctica hoy por hoy corren a cargo de los filósofos, como en su tiempo corrieron a cargo de los filósofos las investigaciones en el terreno de la lógica formal. Pero al igual que en su momento la lógica formal se desgajó de la filosofía, se deshizo de la tutela de la filosofía; llegará el día en que la dialéctica se independice y que las investigaciones en su terreno corran a cargo de los científicos. Pero para esa época ya habrá aparecido otra ciencia, que sirva de método, como en este momento lo es la dialéctica, a la filosofía científica.

 

 

Autor:

Evelio A. Pérez Fardales

 


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