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Juan Peron -Desclasificado-

Enviado por Carlos Blanco



Partes: 1, 2, 3
Monografía destacada
  1. Prefacio
  2. Su verdadera filiación y sus primeros años
  3. El gou y las dos primeras presidencias
  4. Las coimas, los premios y las persecuciones
  5. Nace el mito

Prefacio

Sobre este curioso e inédito personaje, se ha escrito en favor y en contra, más que sobre cualquier otro protagonista de la historia argentina.

Es a consecuencia, precisamente de los destellos más fugaces y encriptados que, su enorme estatura ha despertado en los Argentinos, visceralmente, en un sector de odios y rencores y en su némesis, de una adoración, casi de una naturaleza litúrgica.

Ni unos, ni los otros empero, han decodificado adecuadamente, sus fuentes de adhesión mística y de aversión con idéntica fuerza centrípeta y brutal.

Sus detractores contemporáneos, en su gran mayoría han desaparecido junto con él.

Sus adeptos, en cambio, han subsistido, transfiriéndose como una mutación, mayoritariamente entre padres e hijos, como una suerte de corriente religiosa, más que política, ya que esa transmisión generacional, carece de antecedentes.

He de procurar, en el desarrollo de este modesto Ensayo, analizar aspectos, para acólitos y adversarios, infiero que desconocidos en su gran espectro.

Pero hago votos, para que sean de alguna utilidad promedio, para los analistas de mi generación, que padeció esta suerte de enfrentamiento ideológico que, en conjunto lleva todavía, siete décadas de existencia.

Durante las cuales, ni a sus seguidores ni a sus repudiadores, les ha sido posible, en ambos extremos, delimitar, estadios tan diametralmente contrapuestos.

Han sido demasiados años, estos setenta transcurridos, en los que quienes levantaron las banderas justicialistas, encontraron un cómodo y apacible refugio, para hacerse de un futuro, en general de naturaleza crematística, por esa picaresca criolla que, la incorporación a ese movimiento ha implicado, para quienes han abrevado de esa inajustadamente, llamada ideología.

Es por ello que encuentro en esta entrega que ahora principia, todo un enigma por resolver y varios otros acertijos, hasta ahora irresolutos, a los efectos que el Lector -confío que desapasionado- pueda arribar a una explicación más conclusiva.

Que tal vez, supere y/o lo coadyuve, para interpretar sin pasiones ni cortapisas, el episodio del Peronismo que en su momento, cuando sus últimos efluvios desaparezcan, por el simple paso del tiempo, sea un material didáctico y no participativo, como hasta ahora acontece.

Pero que de todas maneras, será apasionante para los futuros estudiantes que deban de aprender y a dirimir conceptos deductivos que, extractaran de los libros de texto, en las escuelas primarias, secundarias y sobre todo, en los claustros universitarios.

Porque el Peronismo, en un contexto químicamente puro, carece de los aspectos lineales de otros acontecimientos pretéritos, como las reyertas entre Unitarios y Federales, Caudillos versus Estado Nacional y Conservadores contra Radicales.

Toda vez que su morfología, los excede a todos ellos sobradamente, por, entre otros ponderativos, la inexplicabilidad de su surgimiento y su potenciamiento durante un periodo demasiado extenso y contradictorio, a diferencia de los precitados.

Juan Domingo Perón, estoy seguro de ello, no tuvo, tiene, ni tendrá, rivales protagónicos de su relieve, porque su presencia en nuestra, hasta ahora, breve historia, es el epifenómeno más excelso e insuperable de las contradicciones argentinas.

Y es precisamente en ello, donde radica el interés que ha despertado y de seguro despertara, cuando se compile e inserte su periodo.

Espero que por sobre toda otra reacción, quien hojee estas líneas, cuanto menos, sepa algo más, de lo que hasta ahora, se haya redactado, sobre este ineluctable y más que interesante sujeto. Y que al menos esta contribución, desinteresada como lo es, pues sea, un acicate alternativo, para quienes estén enderezados en estudiar nuestro pasado inmediato que, por obra y gracia de tantos eufemismos de bajo costo, curiosamente están atrapando también nuestro presente.

Siguiendo el método del genial Fernando Pessoa y su "Geometría del Alma", les revelare algunos aspectos que, según mi humilde criterio fueron, uno tras otro, los auténticos detonantes y cimientes de un populismo que no termina de extinguirse, aunque no exceda hoy, el mero plano del expresionismo más intestino y vacío de contenido como lo está.

Porque al Justicialismo se lo ha repudiado y devocionado, acaso con la misma miopía y virulencia, por detractores y admiradores, sin que unos y otros hayan arribado a la ecuanimidad de una sana crítica sobre el mismo y la relevancia de este conductor de conciencias, que para bien y para mal, fue el determinismo dialectico, del que no podemos desprendernos, aun después de tantos amañados años.

Estas páginas que pongo a continuación a consideración del lector, contienen una relevancia distinta y bastante ecléctica, respecto a tomar o no partido por un capitulo demasiado extenso de una historia mal redactada y peor interpretada, por los que se han situado en ambos extremos de esta cuerda sinuosa y áspera de los acontecimientos nacionales. CAPITULO PRIMERO

Su verdadera filiación y sus primeros años

Todos los biógrafos del General, desde el más acreditado y antiguo -Enrique Pavón Pereyra-, pasando por José María Rosa, Tomas Eloy Martínez, y hasta el mayor de los ignotos, han procurado establecer una cosmética y maquillaje literarios, sobre sus orígenes genealógicos.

Y nadie, al menos del que tenga yo noticias, ha escudriñado un linaje de distinta Raigambre, al que por todos es conocido.

La historia oficial y popular consigna que "Pocho", nació en el Partido de Lobos, el 1 de octubre de 1895.

Que era hijo biológico de Mario Tomas Perón y de Juana Salvadora Sosa.

Que fue criado en Buenos Aires, por su abuela paterna Dominga Dutey, y que por influencia de esta última, ante un Coronel del mismo apellido, consiguió una beca para su nieto que, le facilito el acceso como cadete en el Colegio Militar de la Nación.

Y a partir de esta sucinta data, nadie por temor reverencial y/o por devoción a su figura, ha expresado nada, muy diferente a esta sinopsis.

La realidad, para decepción de sus seguidores, fue muy distinta a esa inmortalizada versión , trucada muy convenientemente.

Sin embargo, está refrendado, incluso por todos estos iconoclastas que, la partida de nacimiento del susodicho, fue extendida por el Registro Civil, de esa localidad bonaerense, con fecha ocho de octubre de ese año, y peticionada por el supuesto progenitor, en la que dejaba constancia que el recién nacido era hijo "de madre desconocida".

Que fue ella, quien consigno el nacimiento ante la Parroquia local, tres meses más tarde, indicando que era hijo de "padre desconocido".

Y es a partir de esas considerables contradicciones, donde surge el "primer armado ficto de los orígenes de Juan Domingo Perón.

Que, bajo distintas circunstancias de modo, tiempo y lugar, nadie dedujo, serían relevantes.

Pero lo fueron, y mucho en su caso.

Toda vez que la verdad que, se ha ocultado durante tantos años, fue impeditiva, para que bajo el tenor de una simple patraña, se escondiese, la verdadera personalidad de este indiscutido líder de masas.

Responsable directo de casi todo lo anómalo que la argentinidad toda, ha vivido desde 1945 hasta nuestros días. Lo cierto es que el padre biológico de Perón, no fue a quien se atribuye haberlo sido.

Perón fue el producto de un desliz, entre una desvalida y desdichada cocinera de origen Tehuelche, y asignada, luego de la Campaña al Desierto de Roca, como muchas otras de su condición a la familia Del Carril, en 1885, cuando era una criatura de apenas siete años de edad. Criada por estos aristócratas, fue bautizada y cristianizado su apellido, con uno de los Puesteros de la estancia.

Cuando contaba con diecisiete años, como era la costumbre de la época, sin adquirir el infamante grado de manceba, fue producto de una fugaz aventura de alcoba, con un hijo de la Patrona del Establecimiento –Tiburcia Domínguez López Camelo-, tan frecuente, como indigno por aquellos años.

El verdadero padre de Juan Domingo, fue Benigno José del Carril, quien había enviudado de su consorte Juana Ignacia Cieza en 1889.

Y que fallecería en Paris el siete de diciembre de 1913.

Quien, quizás, prisionero de la nostalgia, en ese bucólico ambiente rural, encontró algo de sosiego con su circunstancial compañera de desvelos y soledad.

En realidad, el General, por una parte al menos, resulto ser el nieto de Salvador María del Carril que había sido vicepresidente de Justo José de Urquiza, e ideólogo del fusilamiento de Manuel Dorrego, por parte de Juan Galo de Lavalle.

Por lo que en sus venas, confluían, corrientes sanguíneas, tan disimiles como ser descendiente de algún Capitanejo tribal, de una raza muy bravía e indómita y de otra de la más rancia jerarquía porteña.

Perón fue una contradicción en sí mismo, como apuntare más adelante, precisamente, por sus tan traumáticos orígenes.

Los mismos que generarían en él, esa vulcanización, merced a la cual se fue gestando desde su juventud, una rarísima mezcla de sentimientos encontrados, respecto a la división de clases.

Pero su caso, se distinguió por la circunstancia que se crio con un extraño, que nunca traspaso la categoría de "borrachín de pulpería".

Y que fue escogido al azar, entre los lugareños Lobenses, precisamente por su desapego familiar y la complacencia, a ejercer de hecho una paternidad que le era totalmente ajena.

Fue Doña Tiburcia, conteste de la trapisonda de uno de sus hijos, quien se encargo de encomendar a la novel familia, de la que también formaba parte el medio hermano del General -Mario Avelino-, de misma madre y de padre desconocido, a la orden de los Hermanos Salesianos.

Merced a un pedido especial que le hizo al por entonces Vicario de la Orden -Monseñor José Magnano- que, destino al grupo, a un asentamiento contiguo al por entonces, "caserío" de Rawson, donde se les asigno una parcela de cinco hectáreas, reservada para nuevos colonos y labriegos, en su mayoría inmigrantes, convenientemente para el anonimato de esos nuevos asentados.

Y es precisamente en la carta que la viuda de Del Carril, le envía al clérigo, en la que detalladamente le explica, la necesidad extrema que ella tenía para acomodar a la "familia", por los dimes y diretes que las lógicas y previsibles habladurías en Lobos, ya comenzaban a extenderse fuera del ejido urbano, con las incomodidades que ello le estaba acarreando a los suyos, particularmente a sus nietos.

En uno de los últimos párrafos de la misiva, la Señora amplia un poco más su congoja, al indicarle al Presbítero que su hijo, incluso no tenía planes de amancebarse con la madre de Perón, y ella no veía con buenos ojos, que uno de su prole y de avanzada edad –ya que Benigno, tenía por entonces sesenta y un años, y ella con sus ochenta y dos, dejara abandonada a esa pobre indígena con dos hijos a cuestas, y era de la firme idea de dejar todo encausado antes de partir de este plano. Ese testimonio epistolar que me lo exhibió uno de sus descendientes, hace más de cuarenta años, permanece en poder de los Del Carril, que ya sea por temor a represalias y/o por no desear que se ventilen indignidades familiares, nunca salió a la luz, más que tangencialmente por algunos prestigiados genealogistas, que también han tenido a la vista esa suplica.

Toda vez que el linaje de Perón, siempre fue atribuido, tras bastidores, a esa línea de sangre; una de las más patricias, de finales del siglo XIX. Pero debe advertir el Lector que existe una concomitancia fáctica que se dio por doble vínculo a través de los años y que acreditaría la veracidad del documento, por otras circunstancias, sin relación aparente entre ellas, a saber:

La familia Del Carril, nunca fue azuzada, cuando las expropiaciones forzosas que Perón dispuso en su Ley de Latifundios, instrumentada en su primer Plan Quinquenal de 1946, el cual determinaba como tal, a toda superficie, superior a las setecientas hectáreas, teniendo muy especialmente en cuenta que la estancia familiar, contaba con una grosera superficie de ciento treinta mil.

Y la circunstancia que Perón, cuya madre falleció en 1953, siempre mantuvo un hermético mutismo, en esa relación materno filial que, la extendió a su medio hermano mayor, Mario Avelino, fallecido en Comodoro Rivadavia en 1955, a quien designo en un oscuro y secundario cargo, como director del zoológico porteño.

Y más aún, respecto de su aparente padre que se dice, pereció en 1928, y de cuyo deceso, no existe, ninguna referencia grafica de Perón, e incluso mucho se duda que haya asistido a su funeral. La folletinesca historieta del paso por Camarones de toda esa familia, y el carácter de Juez de Paz de Mario Tomas Perón, es apenas un maquillaje y conveniente cosmética, pergeñados por sus biógrafos, entre otros por "Pepe" Rosa. Resulta cuanto menos, bastante suspicaz, que sus lazos filiales, siempre se hayan constituido en una gran incógnita, en su base natal.

Surgiendo como las más plausible de las deducciones que, se esmeró y con denuedo, en mantener ese enorme acertijo sobre sus orígenes.

Como sea, el caso es que no es mi propósito, el develar estos aspectos silenciados por la historia clásica, con propósitos sardónicos, sino muy por el contrario, que ellos sean los vectores, para entender un poco mejor a este Perón, tan odiado y amado con idéntica pasión.

Pero retornado al periplo patagónico, no eligió esta señora, al azar a dicho Sacerdote, ya que el destinatario de sus ruegos, era un embravecido defensor de los indígenas oprimidos del Sur, de dónde provenía la progenitora de Perón.

Y al hacerlo, puso en manos de un Beato, la suerte de este abigarrado consorcio humano improvisado, a caballo de las circunstancias ominosas de su formación.

Pero la primera ayuda a ese curioso clan, no fue la única, ni se agotó con el conveniente alejamiento de la zona de Polvaredas. El ingreso de Perón en una Academia de tanto prestigio, como el Colegio Militar, estuvo también validado por la viuda de Del Carril, quien antes de morir, en una de sus decenas de cartas y solicitudes de última voluntad en 1909, le escribió una al General Gregorio Vélez -ministro de Guerra de Roque Sáenz Peña- que era amigo íntimo de la señora y el resto de los Del Carril, para que patrocinara al joven becario, quien lo favoreció en la incorporación, dos años después. Ya que después de todo, se trataba del futuro de su nieto natural.

De no haber contado con tremendo "cañonazo ministerial", jamás hubiese podido acceder Perón a la carrera de las armas y mucho menos con sus antecedentes natales, que en esa elitista y rancia época, lo tornaban como imposible.

Luego de su egreso, como Subteniente de Infantería en 1914, nada relevante se registra sobre su vida, salvo una supuesta participación, en la represión a los obreros huelguistas de los talleres de la familia Vasena, en el barrio de San Cristóbal.

Donde algunas fuentes, señalan que el General Dellepiane, a cargo de las fuerzas de choque, según lo señalan sus memorias, cito a Perón, en el orden del día, por su desempeño al frente de un nido de ametralladoras, emplazado en las inmediaciones de la Plaza Martin Fierro -núcleo de los anarquistas que lideraron el levantamiento- .

Convenientemente, esos documentos, junto a otros tantos de ese luctuoso asunto, se han extraviado, y apenas se conservan algunas añejas fotostáticas a las que tuve acceso.

No se distinguen aspectos muy destacables, luego de esa puntual reyerta de la Semana Trágica, salvo unas cuantas misceláneas, de las que he decidido rescatar dos en lo particular.

La primera que ante una rápida lectura, no debería despertar mayor interés, pero que seria trascendente en los años por venir, se circunscribe a un pequeño accidente.

Que se presentó a consecuencia de un desafortunado movimiento, durante un ejercicio de calistenia, precisamente en la Escuela Superior de Guerra, en el que con grado de Capitán, Perón, revistaba, en carácter de profesor de historia militar, para los cadetes del segundo año lectivo.

Una mala maniobra, mientras hacía paralelas, le provoco una inesperada caída, y una severa contusión, devenida en un achatamiento testicular, resultas de lo cual, sumado a una pésima y muy deficiente, atención medica en la enfermería de esa Academia, le produjo algo así, como una lesión en su canal espérmico, que le ocasiono una irreversible esterilidad, que no advertiría hasta mucho tiempo después.

Pero que sería uno de los estigmas más traumáticos de su vida.

Y el otro, más de tipo político, se presentó cuando, como agregado militar en la embajada Argentina en Santiago de Chile, fueron apresados varios espías trasandinos que trabajaban bajo sus órdenes, provocando no solo su salida del país apresuradamente, sino además, un serio incidente diplomático; el más grave desde la presidencia de Roca. Provocándole al entonces presidente Agustín P. Justo, un severo dolor de cabeza.

Y uno de mayor magnitud a su sucesor en Chile, un desconocido Mayor de Artillería, que sería el artífice de su derrocamiento, dieciocho años después.

Eduardo Lonardi.

Quien se encargaría de tomar la debida revancha, por esa ignominiosa herencia, de la que se tuvo que hacer cargo, el 16 de septiembre de 1955.

A fuer de no perder la objetividad, en el análisis del sujeto más contradictorio de la historia Argentina, no debo pasar por alto que el resultado de su espionaje, fue asentado por la Superioridad, como un acto sobresaliente en su hoja de servicios.

Y coincido en ello.

Poco tiempo antes, había contraído enlace con Amelia Tizón, de profesión, concertista de guitarra, cuya familia era de origen radical; apodada "Potota" y de una salud extremadamente frágil, que lo convertiría en viudo, poco tiempo después de su estrepitoso e intempestivo regreso de Chile.

La causa del deceso de su cónyuge fue un avanzado cáncer de útero, con el que muy curiosamente coincidiría, su segunda consorte María Eva Duarte, catorce años después.

Se desconoce si la primera fallecida, podía o no procrear, pero los que frecuentaron a Perón, en esos tiempos, sobre todo sus camaradas y particularmente Roberto Galán, un incipiente maestro de ceremonias, quien me lo confió, a principios de los setenta, todos fueron contestes que el General, maldecía de continuo, aquel desafortunado accidente físico, sufrido a principio de los treinta.

No hay constancias de esas viejas anécdotas, que sarcásticas e infamantes, le atribuían la un "miembro infantil"; versión lanzada por "los Gorilas", luego de su destitución.

En cualquier otro individuo que no marco, como el, su talla en la conciencia de un pueblo, quizás, ambos episodios, pudiesen resultar de una total intrascendencia.

Pero su infertilidad y temprana viudez, darían, sin concatenarse, un vertiginoso vuelco, en los episodios por venir, pero más aún, en la naciente morfología del Movimiento.

Porque serian, ambos, esto es, la ausencia de un hijo carnal y la galvanización de una colosal mujer de una estatura incalculable, los antígenos facilitadores, de la perdurabilidad de esa vibrante estirpe política, algún tiempo después.

Pero aún es prematuro abordar a ambos en su núcleo específico, aunque no resta mucho.

CAPITULO SEGUNDO

El gou y las dos primeras presidencias

Ya con el grado de Teniente Coronel en 1939, y por la empatía que había despertado en el entonces Ministro de Guerra, General Carlos Márquez, al que luego de un affaire que relatare más adelante, lo apodarían como "Palomarquez", fue premiado con un interesante tour por la Europa más apasionante del siglo XX.

Se asienta en un regimiento alpino en los Abruzzos italianos, y toma conocimiento directo de la disciplina fascista.

Aprende mucho de la gestualidad e inmanencia que Mussolini despierta en las masas.

Decodifica con gran agudeza que al pueblo no hay que hablarle, sino gritarle.

Retorna en 1941, en plena enfermedad de uno de los presidentes de lujo que la Argentina tuvo: Roberto Marcelino Ortiz.

Quien, prisionero de una diabetes que a su vez le produjo una inexorable ceguera, había hipotecado una estancia de su propiedad en Ayacucho, para solventar los gastos del personal que prestaba servicios en la residencia presidencial.

Por entonces con asiento en la calle Suipacha, ya que conforme sus propios dichos, levantados por Félix Luna, "Un Presidente invidente e incapacitado, nunca debe ser una carga para el Estado".

Al año siguiente, cuando el escandalo legislativo por el sobre precio, -léase "coima"- abonada por el gobierno, en la compra de los terrenos donde se erigiría el edificio del Colegio Militar de la Nación, el Primer Mandatario, agobiado por un soborno, en el que no había tenido la más mínima participación, renuncia.

Y es precisamente la vacancia que ocuparía su vice, Ramón Castillo, férreo defensor de la neutralidad, en una guerra que no avizoraba posibles triunfadores, la oportunidad de Perón, para aspirar a algo más que el Generalato.

Castillo a poco de asumir, no solo hizo gala de su ajenidad al conflicto europeo, sino que fue un tanto más lejos, acaso por la marcada y decisiva influencia de su canciller Enrique Ruiz Guiñazu, consumado adherente al Nacionalsocialismo, quien en enero de 1943, cito en su despacho al embajador Británico, y sin mucho preámbulo le espeto "nosotros vamos a jugar la carta Alemana y ustedes van a perder la guerra".

Juan Perón, por esos mismos días, que contaba con un espertiz mucho más elevado que el ingenuo ministro de Relaciones Exteriores, presumía y con suficiente tino que el revés, seria para el eje, no para los aliados.

Advierte además que la cúpula de Ejercito, resulto severamente golpeada por el fraude en la reciente adquisición del solar, para la edificación del Colegio Militar, y que el Comandante en Jefe, fue destituido, por la venial falta de destinar "una partida de quince conscriptos y un suboficial, para que levantaran una medianera en su casa quinta de Pilar".

Y comienza a dar los primeros pasos para el más decisivo "fragote" que tendría consecuencias de mucha mayor envergadura al golpe contra Hipólito Yrigoyen, del que también había participado, sin la esteralidad y protagonismo decisivo que tendría en el que se avecinaba.

Convoca a una treintena de sus compañeros de promoción y otros tantos, más "modernos", pero igualmente entusiastas, como Agustín de la Vega, Emilio Ramírez (hijo del Ministro de Guerra), Aristóbulo Mittelbach, Arturo Saavedra, Miguel Montes, Alberto Gilbert, José Humberto Sosa Molina y Eduardo Avalos, e incluso a tres Generales en actividad –Luis Cesar Perlinger, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro J Farrell-, con más varios civiles, descollando entre este último grupo, Bonifacio Del Carril (primo hermano de ese ignoto Coronel).

Sin Perón, como el ideólogo entre las sombras, es probable que esta camándula, ni el golpe de 1943, hubiesen existido.

Toda vez que entre esa dispar membresía, no existía una unidad de criterio ideológico, por cuanto por entonces, salvo las excepciones de Enrique Mosconi y Manuel Savio, ningún militar se había destacado por contar con demasiadas luces.

Infortunadamente, tampoco después.

Se le debe de atribuir a un desatinado radical -Silvano Santander- el erróneo etiquetado de esos facciosos, como adherentes y simpatizantes de un Nazismo, por entonces en claro retroceso.

Ninguno de los sublevados era Nazi, ni por mucho, siquiera fascistoide.

Solo estaban imbuidos de un contagioso belicismo, por su contemporaneidad, con el teatro de operaciones europeo.

Y ello no es requirente certificarlo, de ningún documento altamente secreto y guardado bajo siete llaves, sino de la aplicación sana y lógica de ese raro y generalmente inasible sentido común.

Más bien, a instancias de Perón, el derrocamiento de Ramón Castillo, fue la definitiva consolidación y punta de lanza que los Gringos, necesitaban en el hemisferio sur.

La declaración de guerra a una devastada Alemania y a un Imperio Japonés, cuya inocente población civil, había sido radiada nuclearmente, con más el Acta de Chapultepec, todas rubricadas por el canciller de Farrell –Cesar Ameghino- a principios y mediados de 1945, no deberían arrojar ni un ápice de duda al respecto.

Pero no sería solo eso.

Puesto que los Yankees, por aquellos tiempos, sabían complacer a sus dependientes.

Como concluyente de esta parte del capítulo, baste señalar que la intervención militar contra un gobierno democrático, admitiendo que con su legitimidad, teñida un tanto por el fraude electoral que lo ungió, como a toda la saga conservadora, obedeció precisamente a la imperativa necesidad de desplazar a un Presidente "terco como una mula de Ancasti", según Ortiz, le confiaba a sus amigos íntimos cuando lo tenía como segundo de a bordo.

Fue ese mismo, digamos "germanófilo" Premier, quien al fallecer, poco después de su destitución, no había dejado patrimonio y una sola deuda impaga de "dos mil pesos" al Banco de la Nación Argentina.

Es por ello que el etiquetado de Nacionalista a ese golpe castrense que, a todas luces, fue el más oprobioso del que al menos tenga yo memoria, debe ser revisado, sobre todo por esta cáfila de autodenominados historiadores "progres" que tanta convocatoria reúnen en su derredor, por jóvenes que han estudiado menos historia que física cuántica.

Este vergonzante alzamiento, fue el detonador para extirparle al Pensamiento Nacional, precisamente, todos sus estandartes.

Fue Castillo, no Perón quien ordeno la creación de una industria siderúrgica de vanguardia como el complejo de Altos Hornos Zapla, la Dirección General de Fabricaciones Militares y la Flota Mercante, para romper con la dependencia de las navieras norteamericanas e inglesas, en el transporte de nuestras exportaciones cárnicas y granarias.

El mismo que derogo la concesión del puerto de Rosario a un consorcio Francés, al que consideraba como enemigo de los intereses Nacionales.

Y con idéntico criterio, el monopolio de la Compañía Primitiva del Gas, a los capitales Británicos.

Castillo que aún no fue distinguido con el nombre de alguna arteria importante de ninguna gran ciudad, expresaba así, con esas medidas de gobierno, su sesgo Nacionalista sin necesidad de un coro tras de sí, de naturaleza populosa.

Trabajaba en silencio, como su único exegeta –Frondizi- lo haría quince años después.

Esa fracción del Partido Demócrata, al menos, no entretenía al pueblo con grandes anuncios ni las fanfarreas que sobrevendrían poco después, como la matriz del carnaval Peronista. La Argentina de ese principio de los cuarenta, lo que menos requería era de una asonada. Por cuanto la del treinta, había sentado las bases para hacer las cosas adecuadamente, sin consultar a la opinión pública que, por su parte de buen modo aceptaba los cambios. Estábamos exportando manufacturas a tambor batiente, había pleno empleo y ni por asomo, el bacilo de la discordancia social que, le inocularía Perón dos años después.

Como veremos a continuación, las Fuerzas Armadas de pronto se contagiaron de una guerra tan lejana como absurda.

Recuerdo una anécdota que me relato hace décadas, Pablo González Bergés –tío de Felipe Sola-.

Que por la época del golpe era con sus veintiún años, el diputado más joven de la Cámara Baja, como antes que él, lo había sido Alfredo Palacios.

Inquieto como todo muchacho de su edad, se anoticio que se estaba armando un pronunciamiento castrense.

Y decidió consultar al respecto a su mentor Rodolfo Moreno que, residía en una casa con forma de pagoda en City Bell.

Como había sido Embajador ante el Japón, muto en devoto del shintoismo y el budismo zen.

Cuando llego a su vivienda lo atendió con un colorido kimono y le pregunto por la sorpresa de su inesperado viaje.

Gonzales Bergés abrevio el alegato y le soltó la primicia.

Dice que Moreno lo miro fijamente a los ojos por unos segundos, tras lo cual, lo tomo del brazo y le dijo –dixit- "no te preocupes muchacho, porque el nivel más bajo al que descenderá nuestra Gran Argentina, será cuando nos gobierne un Sirio".

Curiosa, la profecía de este distinguido Penalista, que se haría realidad cuarenta y seis años después.

Antes de retirarse, advierte que en la antesala del living, estaba aguardando al dueño de casa, otro visitante y candidato oficialista para las elecciones, programadas para 1944: Robustiano Patrón Costas.

Decide quedarse con la anuencia de Moreno que, además de haber sido un tipo excepcional, era un tanto snob y con desapego a las formalidades.

Y en voz alta sin despedirse de su amigo, le dice "negro, estas serán las últimas elecciones en las que haremos fraude, ya tuvimos suficiente de esa mierdita".

Soy ya demasiado viejo para soñar y para ejercitar hipótesis pretéritas que siempre se guardan en algún rincón de la mesa de luz, de nosotros los Gerontes.

Pero cuando no lo era tanto, todavía me preguntaba que hubiese sido de esa Argentina de 1943, inmensamente rica sin problemas raciales ni religiosos, si en vez de ese ridículo golpe, se hubiesen celebrado las electorales con fraude y todo, al año siguiente.

Con un Presidente electo que venía de forjar su propio sueño; ése de mutar un pedazo de ese inhóspito y selvático chaco salteño, en un emporio como lo fue el San Martin del Tabacal.

A quien falsamente se lo acuso de sacar provecho de la plusvalía salarial de sus obreros, porque les abonaba el sueldo con tickets que, debían monetizar en almacenes de Ramos Generales, ubicados dentro del Establecimiento.

Esos detractores, nunca coligieron que, promediando la década de los Treinta, no existían en la zona, ni supermercados, ni rutas, ni medios de transporte, para gastar sus emolumentos, fuera de los dominios del Ingenio.

A diferencia de Perón y sus amigos que, ocuparon su lugar, los escándalos de peculado, jamás se hubieran presentado, porque estos Conservadores, habían aprendido que a la función pública, se ingresaba rico y se salía pobre.

Agustín P Justo, lo vivió en carne propia, cuando en 1939, le solicito a Ortiz, que lo comisionara a Edimburgo, para suscribir un crédito puente que el Banco de Escocia, le había otorgado a la Argentina, porque de tal forma podía ahorrar algo de los viáticos.

Y lejos de alcanzarle con ello, a su muerte, una de sus hijas tuvo que venderle a la Universidad de Lima, su fabulosa biblioteca, porque el padre había dejado a su familia en la bancarrota. Simón de Iriondo en Santa Fe, hizo lo propio con los suyos.

También Gabrielli en Mendoza.

Ya sabemos que el pobre de Castillo, lo único que dejo fue una deuda de dos mil pesos al Banco de la Nación, que solicito en su Sucesorio, ser desafectado como acreedor, porque así lo había dispuesto el Directorio, en cuya acta se asentó "que dicha Institución, no podía manchar la trayectoria de un hombre tan probo, por esa insignificante suma".

Y que su antecesor perdió su estancia de Ayacucho por idénticas razones.

El pobre de Fresco, quien tuvo notoriedad como "el riñón del fraude", habito hasta su muerte, en una modesta casa, en la punta sur de la Estación Haedo.

Apelando hasta entonces, a su magra jubilación como médico ferroviario.

Incluso, Alberto Barceló, indiscutido caudillo Conservador en Avellaneda, murió en altillo de la casa de una de sus hijas, reservada para la Servidumbre. Y antes que me olvide, una necesaria miscelánea sobre el "Tratado Roca Runciman".

Cuando se rubrico el mismo en 1933, Radicales y Demócratas Progresistas, conculcados en la persona de un buen hombre, aunque un tanto ingenuo como fue Don Lisandro de la Torre, hicieron estrepitar los hemiciclos del Senado, por tan ruinoso acuerdo, con los capitales Británicos. Lo que estos cronistas "revisionistas" nunca entendieron fue que para entonces, el mundo occidental todo, se encontraba en quiebra.

Y que si desistíamos de venderle nuestras carnes a Londres, pues nadie más las compraría.

Fue así de simple.

Ni antipatriótico, ni entreguista, solo pragmático.

Pero con un ingrediente adicional que, ha transcurrido como inadvertido, en su sentido laxo, pero que nos otorga una visión de conjunto de nuestras ingentes riquezas.

Mientras Occidente, no tenía como alimentar a sus Pueblos, incluyendo a los EE UU, nuestra gran aflicción, era no poder desprendernos de nuestros excedentes de consumo doméstico.

Esa fue y es la paradoja Argentina, esto es, la generación de una riqueza espontanea, con independencia de cualquier periodo de nuestra desastrada historia.

A punto tal que, en un contexto internacional de hambrunas extremas, el Gobierno Conservador, a través de Pinedo, tuvo que otorgar un subsidio especial a los Ganaderos, para que pudiesen implementar un "precio sostén", por la ausencia de demandas de faena. Para concluir esta viñeta, solo diré que los Conservadores, burlándose –si les parece correcto el vocablo- de la voluntad popular, dejaron tras su salida una Argentina prospera.

Y el populismo revolucionario que los sucedería, respetando la voz del Pueblo, solo dejo tras de sí, caos, vergüenza, desunión y pobreza.

Es más, a su sombra, el Departamento de Estado Norteamericano, sentaba las bases de su expansionismo, en desmedro de una Inglaterra famélica y pronta a ser forzada, en el abandono de casi todas sus colonias de ultramar, particularmente el Virreinato de la India; su más extensa y populosa posesión.

Y esos planes se cristalizarían, tan solo dos años después cuando detrás de la candidatura presidencial de Perón, los Gringos estarían en su esquina.

Pero para ello, es menester desarroparse de una versión oficial y poco o nada rebatida, sobre el soporte Norteamericano.

Decisivo en la unción de Perón, como el introductor de una nueva etapa política, con otros métodos, desconocidos hasta entonces.

Sorteare la breve e insustancial presidencia interina del imbécil General Ramírez, porque carece del interés más somero.

Y proseguiré con Farrell, tan hibrido como su predecesor, pero que hizo de factor esencial y facilitador para los planes de Perón y su vocación hegemónica.

Dicen que era un eximio guitarrista y que en las ceremonias oficiales, sorpresivamente la desenfundaba y tocaba solo con su instrumento el Himno Nacional, obligando a todos los presentes a ponerse inmediatamente de pie, muchas veces provocando en la concurrencia el chorreo de las empanadas entre sus pantalones que, tenían entre sus manos.

Se dice que todo triunfador tiene una estrella; Perón tuvo las cincuenta que por entonces, adornaban la bandera Yankee.

Para 1944, en su primer año de gestión participativa, y teniendo el respaldo del Ejercito, a diferencia de sus compañeros de ruta, encamina sus pasos a una desvencijada oficina, sobre la Avenida de Mayo, en la que funcionaba una desatendida Oficina de Asuntos Laborales. De inmediato se queja por el estado ruinoso de la misma, y hace incorporar sillones y una gran mesa rectangular, que utilizaría como mecenas de sindicalistas, con los puños llenos de reclamos.

Y aprovecha para interiorizarse de la legislación laborar en vigencia, merced a los oficios de un letrado que las conocía muy bien, apellidado Staforini.

Hace migas, sustancialmente con un veterano dirigente de los empleados frigoríficos, como Cipriano Reyes, al que le arrebataría, prontamente, las insignias del Partido Laborista, con el que se presentara a elecciones, dos años después y la vida de un levantisco hermano.

Pero no agota sus escarceos de agenda solo con los gremialistas, porque a través de un referente del Partido Socialista como Juan Atilio Bramuglia, incorpora rápidamente a los más jóvenes y sobresalientes de esa agrupación, como Francisco Capozzi y Ángel Borlengui.

Incluso al primero, lo designaría como sucesor en ese vetusto despacho, cuando se posiciono en la rampa de lanzamiento para su meteórica carrera.

Y llega el año más importante -1945- no por la consagración definitiva y el acendrado apoyo popular, sino por la intervención de un personaje ingratamente silenciado por la crónica y leyenda Peronistas.

A quien no dudare un instante, en clasificarlo como el verdadero padre fundador del Justicialismo José Arce.

Eminente médico cirujano y escritor, veremos cómo será el nexo determinante, para aunar las voluntades de Perón y el gobierno Norteamericano, en el objetivo común de entronizar al segundo en la Casa Rosada.

En octubre de 1945, "Pepe" Arce, es designado por Farrell, como primer Embajador en la por entonces China Nacionalista de Chiang Kai Shek.

No suena como demasiado relevante, un episodio tan lejano, como asociado a la suerte de "Pocho".

Y así sería de no haber coincido el flamante diplomático, con otro compañero de destino.

Arce que además de cultísimo era muy hábil, fue invitado a una recepción en Pekín, que le brindo especialmente el General Edward Marshall -enviado especial por Harry Truman- como mediador entre Chiang y Mao Tse Tung, tras la cual ambos constituyeron un improvisado comité de trabajo.

Estados Unidos, luego de la conferencia de Potsdam, era el amo supremo de Occidente y todo cuanto aconteciera en su sector, seria vigilado con especial esmero y diría que con carácter policial.

Marshall que no conocía Argentina, ni siquiera américa latina, le pregunto a Arce, como podría ayudarnos, para preservar a nuestro hemisferio, de la sovietización de la clase obrera.

Que estaba ganando adeptos en todo el mundo y que el Departamento de Estado, se había empeñado en detener o al menos atemperar.

A lo que Arce le respondió asertivamente, brindando y abonándole detalles del comportamiento ejemplar que los sublevados del GOU, habían tenido contra el depuesto Castillo, abierto partidario de Berlín y particularmente de su amigo Juan Perón, que contaba con todo el respaldo castrense. Marshall, hizo con Washington, febriles y extensas consultas telefónicas, tras las cuales, volvió a reunirse con Arce, esta vez en la legación Argentina en Chongqing. Luego de lo cual, el operador responsable designado, sería el sucesor en Buenos Aires, de Spruillle Braden.

Alcanzado el objetivo y homologado el plan por Farrell y va de suyo, por el propio Perón, la consigna seria que Braden, a través del nuevo Embajador, se acercaría al establishment porteño, particularmente a los popes de la Sociedad Rural, quienes intuían que el advenimiento de un Populismo del tipo Mussoliniano, seria devastador para sus intereses.

La Argentina por entonces carecía de referentes de fuste, para enfrentar un embate de esas proporciones para peor, patrocinado por el propio Poder Ejecutivo, y encima con un Perón que ejercía de hecho la vice presidencia y se encontraba pletórico, después del zafarrancho masivo, telúrico y folclórico del digamos, bautismo de fuego, en ese inolvidable 17 de octubre.

Conservadores y Radicales, estaban demasiado contaminados por el fraude de la Concordancia. Y sus mejores espadas como Manuel Fresco y Rodolfo Moreno, habían optado por retirarse de la vida pública.

En síntesis, no había forma de enfrentar a un imbatible Perón, con un discurso no solo renovado, sino inédito.

Y ante las deserciones reiteradas de una dirigencia oxidada y poco actualizada, un "rejunte", inclusivo del Partido Comunista, se lanzó al ruedo como la Unión Democrática.

Porque no estaba en los planes de ningún político contemporáneo de esos días, la idea de un llamado a elecciones.

Y esa improvisación resulto un claro ejemplo práctico de los principios de la Ley de Murphy. Dos "antipersonalistas", uno más "pavo" que el otro -léase José Tamborini- que como único galardón, ostentaba, el de campeón indiscutido del "tute" en los salones del Jockey Club y otro ignoto como Enrique Mosca, hicieron de previsibles perdedores, para jaquear y desbaratar los planes del gobierno.

La muerte de un "armador" como el General Justo, también contribuyo en ese desbande y por sobre ello, el paradigma de una Segunda Guerra Mundial que, finalizada, indicaba nuevas reglas de juego, sobre todo para países muy ricos como el nuestro que no permitirían, cayera bajo la órbita de la Cortina de Hierro que, intentaba tender Moscú, en esta parte del Planeta.

Porque si las intromisiones de Stalin llegaban al Rio de la Plata, todo el cono sur, incluyendo muy especialmente a Brasil, sufrirían idéntico destino.

Por ello, la intervención norteamericana, se tornaba no solo oportuna, sino necesaria e inevitable, para sus planes expansionistas.

Nadie jamás, nos ha brindado alguna pauta certera que justificase un lema de campaña tan absurdo.

Pero con todo y ello, "Braden o Perón" gano las calles y por primera vez, el candidato de un gobierno de facto, se alzó con los votos requirentes para ser proclamado Presidente de la Nación y sin fraude en febrero de 1946, aprovechando ese sentimiento anti yankee que la Argentinidad tenía en sus entrañas, desde los tiempos de Manuel Quintana.

Los Gringos quedaron sumamente satisfechos con el trabajo de campo de su enviado, al que rápidamente sacaron de Buenos Aires, ese mismo año, para evitar suspicacias. Y al "zapador" Arce, en merito a su gestión, le otorgaron el premio de presidir la asamblea de las Naciones Unidas durante 1949.

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