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Repensar la educación desde el paradigma de la complejidad por Raúl Jáuregui Mercado




  1. Introducción
  2. Referencias

Introducción

Se trata de un ensayo conceptual y crítico de los retos de la educación en perspectiva, desde la propuesta Moriniana, la teoría de la complejidad. Los argumentos citados se aúnan al debate que se viene suscitando en los diferentes espacios de la academia en los que como regularmente ocurre, las nuevas emergencias encuentran resistencia en el paradigma vigente. Una comprensión del devenir educativo suscita incorporar tanto en su construcción y socialización un tratamiento multidimensional en el que el conocimiento encasillado escape de la disciplina para ligarse con todos los conocimientos que le permitan al estudiante recrear y crear una intersubjetividad con otros y con su propio contexto. Un escenario marcado por la teoría de la complejidad debería permitir modelar un sistema educativo que sea capaz de integrarse, desintegrarse y volverse a integrar, y a su vez pueda reconocer las nuevas situaciones emergentes, tal como se describen en los siete principios guías de conectividad e interconectividad propuestos por Morín.

La ciencia contemporánea se encuentra en proceso de transición entre los ideales de conocimientos propios de la racionalidad clásica –surgida a la luz de la modernidad–, y una emergente racionalidad que desde diversas teorías científicas viene desplazando la simplificación desde la cual las disciplinas científicas creyeron desentrañar los enigmas del mundo. Hoy esta propuesta epistemológica es expresada bajo el concepto de complejidad [1].

Las reacciones de la comunidad académica de ciencias sociales ante la teoría de la complejidad y su introducción en estas disciplinas han sido variadas y va desde los que consideran que abre un camino innovador que contribuiría a resolver viejas limitaciones del pensamiento social, hasta el escepticismo y la negación más absoluta.

En la primera posición los ejemplos más conocidos serían Luhman (1982), con su teoría de los sistemas complejos y el uso en ella de la noción de autopoiesis para explicar lo social como sistema que aprende, se autogenera y autoorganiza, y Edgar Morin (1990, 1996), quien ha asumido la complejidad en su sentido más fundamental, de método.

Entre los opositores [2] los argumentos más extendidos son los de que esta corriente solo representa una moda pasajera, el uso de nuevos términos para denominar fenómenos y procesos ya conocidos y adecuadamente conceptualizados por otras matrices teóricas, que solo es un intento ilegítimo de extrapolar un modelo construido para otros ámbitos de la vida (como lo fue en su momento el uso de modelos mecánicos o evolucionistas) que se quiere convertir forzadamente en un nuevo paradigma y que, lejos de esclarecer nuevas realidades, oscurece la comprensión de lo ya conocido, como una especie de impostura científica. Un peligro que se atribuye a la acogida de las nociones de complejidad en el pensamiento social es que enmascaran un posicionamiento agnóstico de nuevo tipo, que socava la legitimidad del saber científico, al debilitar la certeza de que es posible alcanzar un conocimiento acabado de un orden sometido a leyes invariables, dado el énfasis que colocan en lo emergente, lo imprevisible, lo autoorganizativo, lo azaroso, lo acausal, cualidades obviamente mucho más difíciles de discernir y de someter a un patrón de comportamiento preestablecido, con leyes con un ámbito de vigencia espacio-temporal suficientemente amplio como para dotarlas de cierta universalidad.

Ahora bien, mientras que el principio del determinismo causal que mandaba a la ciencia clásica no cesaba de flexibilizarse convirtiéndose en causalidad probabilística de carácter estadístico, la idea misma de causalidad seguía siendo rígida, lineal, estable, cerrada, imperativa: en todas partes, siempre, en las mismas condiciones, las mismas causas producen los mismos efectos; no podía darse el caso de que un efecto desobedeciera a la causa ; no podía ser cuestión de que un efecto retroactuando hiciera efecto sobre la causa y, si dejar de ser efecto, deviniera causal sobre la causa que deviene efecto suyo, aún permaneciendo causa.

Ahora bien, la sola idea de retroacción afecta, y mucho más profundamente de lo que parece a primera vista, a la idea clásica simple, exterior, anterior, imperial de la causalidad. La retroacción remite a la idea de bucle, es decir, a la autonomía organizacional del ser-máquina. La autonomía organizacional determina una autonomía causal, es decir, crea una endo-causalidad, no reductible al juego normal de causas/efectos. En estas condiciones tenemos que considerar: La existencia de una causalidad que se genera en y por el proceso productor –de-sí, a la que podemos llamar causalidad generativa; el carácter a la vez disjunto y asociado, complementario y antagonista, de la exo-causalidad y de la endo-causalidad en un complejo de causalidad mutua interrelacionada; la introducción en la causalidad de una incertidumbre interna.

Esta primera reflexión pone en tela juicio todo un paradigma del pensamiento científico que oscila entre el reduccionismo y la complejidad, sin duda, el paradigma clásico ha sido una emergencia del sentido de libertad interior condicionada por la natural curiosidad del hombre de controlar y aprovechar su entorno interno y externo, sin embargo las respuestas inicialmente universales han devenido en argumentaciones parceladas e hiperespecializadas. De allí la necesidad de no abandonar el diálogo en torno a esta dicotomía que finalmente debe constituirse en un desafío para repensar el pensamiento, especialmente en los escenarios educativos en perspectiva.

La complejidad

El pensamiento complejo es un pensamiento que busca, al mismo tiempo, distinguir, pero sin desunir y religar. Por otra parte, hay que considerar la incertidumbre, pues el dogma de un determinismo universal se ha derrumbado, el universo no está sometido a la soberanía absoluta del orden, sino que es el juego y lo que está en juego de una dialógica (relación antagonista, competidora y complementaria al mismo tiempo) entre el orden, el desorden y la organización, es decir, complexus que significa "lo que está tejido en conjunto".

Desde una perspectiva semántica el término complejidad hace referencia a fenómenos u objetos que se componen de elementos diversos, los cuales establecen relaciones recíprocas entre sí y configuran un todo. Pero en esta configuración del todo –la ciencia física– ha puesto de manifiesto que se suceden eventos, acciones, interacciones, determinaciones y azares que le dan a nuestro mundo fenoménico rasgos de confusión, incertidumbre y desorden.

Esta apreciación de lo complejo que busca profundizar en los rasgos constitutivos del mundo real es precisamente producto del desarrollo que –en el último siglo– experimentase la ciencia física. Fundamentada sobre el átomo como materia simple primigenia de todo lo real, ha descubierto el principio de degradación y de desorden, además de la existencia microfísica de partículas cada vez más pequeñas y complejas, imprimiéndole a nuestra percepción del mundo una carga de caos e incertidumbre, ante la cual nos hemos hecho los indiferentes pretendiendo comprender el mundo desde una perspectiva rígida y simple que permite develar ante nuestros ojos las leyes que lo rigen.

Es aquí cuando lo complejo no puede resumirse en una palabra, no puede explicarse a través de la formulación de una ley, en fin no puede reducirse a una idea simple. Al mismo tiempo, la concepción del conocimiento científico surgido a raíz de la modernidad, le confiere a la ciencia, entre sus objetivos, la misión de disipar la aparente complejidad de los fenómenos, a fin de develar el orden simple al que se supone obedecen los fenómenos que se suceden.

En el marco de esta nueva propuesta teórica se busca articular los parcelamientos disciplinarios –quebrados por el pensamiento disgregador– a fin de construir un conocimiento multidimensional que se oponga a la supremacía de una ciencia sobre cualquier otra, a una omniracionalidad. Se trata, en principio, del reconocimiento de los lazos existentes entre las entidades que nuestro pensamiento debe necesariamente distinguir, pero no aislar, entre sí. En este sentido Edgar Morin [3] nos dice que el pensamiento complejo está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incompleto de todo conocimiento.

Desafíos para la Educación

Existe una falta de adecuación cada vez más grande, profunda y grave entre nuestros saberes discordes, troceados, encasillados en disciplinas, y por otra parte unas realidades o problemas cada vez más multidisciplinarios, transversales, multidimensionales, transnacionales, globales y planetarios. Dentro de esta situación se hacen invisibles los conjuntos complejos, las interacciones y retroacciones entre las partes y el todo, las entidades multidimensionales, y los problemas esenciales.

De hecho la hiperespecialización impide ver lo global (que fragmenta en parcelas), así como lo esencial (que disuelve), la partición de las disciplinas hace imposible captar "lo que está tejido junto", es decir, lo complejo, según el sentido original del término. El desafío de la globalidad es pues al mismo tiempo un desafío de complejidad.

Peccei e Ikeda [4] señalan que el enfoque reduccionista que consiste en remitirse a una sola serie de factores para organizar la totalidad de los problemas planteados por la crisis multiforme por las que se atraviesa actualmente, es menos una solución que el problema mismo.

Efectivamente, la inteligencia que no sepa otra cosa que separar rompe la complejidad del mundo en fragmentos desunidos, fracciona los problemas, unidimensionaliza lo multidimensional, atrofia las posibilidades de comprensión y de reflexión, eliminando también las oportunidades de un juicio correctivo o de una visión a largo plazo. De este modo, cuanto más multidimensionales se vuelven los problemas, más se da la incapacidad de considerar su multidimensionalidad; cuanto más progresa la crisis, más progresa la incapacidad de pensar la crisis; cuanto más planetarios se hacen los problemas, más impensables se vuelven. Una inteligencia incapaz de considerar el contexto y el complejo planetarios nos hace ciegos, inconscientes e irresponsables.

De este modo, lo desarrollos disciplinarios de las ciencias no han aportado sólo las ventajas de la división del trabajo sino también los inconvenientes de la superespecialización, del encasillamiento y el fraccionamiento del saber. No sólo han producido el conocimiento y la elucidación sino también la ignorancia y la ceguera.

En lugar de oponer propuestas a estos desarrollos, nuestro sistema de enseñanza les presta acato. Nos enseña desde la escuela elemental a aislar los objetos (de su entorno), a separar las disciplinas (antes que reconocer sus solidaridades), a desunir los problemas, más que unir e integrar. Nos ordena reducir lo complejo a lo simple, es decir, a separar lo que está unido, a descomponer y no a recomponer, a eliminar todo aquello que aporta desórdenes o contradicciones en nuestro entendimiento.

En estas condiciones, los espíritus jóvenes pierden sus aptitudes naturales para contextualizar los saberes e integrarlos dentro de sus conjuntos. Se puede decir incluso que el conocimiento progresa principalmente, no por sofisticación, formalización y abstracción, sino por la capacidad de contextualizar y globalizar.

De este modo, por ejemplo, la ciencia económica es la ciencia humana más sofisticada y la más formalizada, sin embargo, los economistas son incapaces de ponerse de acuerdo sobre sus predicciones, que a menudo son erróneas. ¿Porqué? Porque la ciencia económica se ha aislado de las demás dimensiones humanas y sociales que son inseparables de ella. Como dice Jean Paul Fitoussi [5], gran parte de las disfunciones, en el día de hoy, proceden de una misma carencia de la política económica: el rechazo a enfrentarse con la complejidad . La ciencia económica es cada vez más incapaz de considerar lo que no es cuantificable, es decir, las pasiones y las necesidades humanas. De este modo la economía es a la vez ciencia más avanzada matemáticamente y la más atrasada humanamente. Hayek lo dijo "Nadie puede ser un gran economista si es sólo economista", incluso añadía que "…un economista que sólo es economista, pasa a ser jerjudicial y puede constituir un verdadero peligro".

Debemos pues pensar el problema de la enseñanza a partir de la consideración de los efectos cada vez más graves del encasillamiento de los saberes y de la incapacidad de articularlos unos con otros, y a partir de la consideración de que la aptitud de contextualizar e integrar es una cualidad fundamental del espíritu humano que conviene desarrollar más que atrofiar.

Por otra parte, la cultura no sólo está recortada ya en piezas sueltas sino también partida en dos bloques. La gran desunión que existe entre la cultura de las humanidades y la cultura científica, comenzada hace dos siglos y agravada incluso en el reciente iniciado siglo XXI, entraña graves consecuencias para ambas. La cultura humanista es una cultura genérica, que por medio de la filosofía, el ensayo, la novela, alimenta la inteligencia general, se enfrenta a los grandes interrogantes humanos, estimula la reflexión sobre el saber y favorece la integración personal de los conocimientos.

La cultura científica, de naturaleza totalmente distinta, separa los campos del conocimiento; suscita admirables descubrimientos, teorías geniales, pero no una reflexión sobre el destino humano y sobre el curso de la ciencia misma. La cultura de las humanidades tiende a volverse como un molino privado del grano de los logros científicos sobre el mundo y sobre la vida que debería alimentar sus grandes interrogantes; la cultura científica, privada de reflexibilidad sobre los problemas generales y globales, pasa a ser incapaz de pensarse ella misma y de pensar los problemas sociales y humanos que plantea.

El mundo técnico y científico no ve la cultura de las humanidades más que como un ornato o lujo estético mientras que ésta favorece lo que Simon llama el general problem solving , es decir, la inteligencia general que el espíritu humano aplica a los casos particulares. El mundo de las humanidades no ve en la ciencia otra cosa que un agregado de saberes abstractos o amenazadores.

Un problema crucial de nuestro tiempo es la necesidad de afrontar todos los desafíos interdependientes en los diversos planos y espacios del contexto. Como decía Morín [6], la reforma del pensamiento permitiría el pleno empleo de la inteligencia para responder a estos desafíos y facilitaría la unión de las dos culturas separadas. Se trata de una reforma, no programática, sino paradigmática, que concierne a nuestra aptitud para organizar el conocimiento.

Ordenar la mente

La primera finalidad de la enseñanza fue formulada por Montaigne: es mejor una mente bien ordenada que otra muy llena. Está claro lo que significa "una cabeza muy llena": es una cabeza donde el saber está acumulado, apilado, y no dispone de un principio de selección y de organización que le dé sentido. "Una mente bien ordenada" significa que, más que acumular el saber, es mucho más importante disponer a la vez de una aptitud general para plantear y tratar los problemas, de principios organizativos que permitan unir los saberes y darles sentido.

Contrariamente a la opinión común, hoy, el desarrollo de aptitudes generales del espíritu permite un mejor desarrollo de competencias particulares o especializadas. Cuanto más poderosa es la inteligencia general, más grande es su facultad de tratar los problemas particulares. La educación debe favorecer la aptitud natural del espíritu para plantear y resolver los problemas y correlativamente estimular el pleno empleo de la inteligencia general. Este pleno empleo necesita el libre ejercicio de la facultad más común y viva de la infancia y la adolescencia, la curiosidad, que la educación apaga demasiado a menudo y por el contrario que conviene estimular o despertar si está dormida. A partir de ahí se trata de animar, de aguijonear la aptitud interrogativa, y orientarla hacia los problemas fundamentales de nuestra condición y de nuestro tiempo. Evidentemente, eso no puede ser inscrito en un programa, sólo puede ser animado por el fervor educador.

El desarrollo de la inteligencia general requiere ligar su ejercicio a la duda, levadura de toda actividad crítica que, como indica Juan de Mairena, permite "repensar lo pensado" pero también comporta "la duda de su propia duda". Dado que el buen uso de la inteligencia general es necesaria en todos los dominios de la cultura de las humanidades, así como de la cultura científica , y por supuesto en la vida, en todos los dominios es donde se ha de poner de relieve el "pensar bien" que de ningún modo conduce a nadie a convertirse en bien-pensante. Un mente bien formada es una mente apta para organizar los conocimientos y de este modo evitar su acumulación estéril.

Todo conocimiento constituye a la vez una traducción y una reconstrucción, a partir de señales, signos, símbolos, bajo forma de representaciones, ideas, teorías, discursos. La organización del conocimiento, que se efectúa en función de principios y reglas, comporta operaciones de unión (conjunción, inclusión, implicación) y de separación (diferenciación, oposición, selección, exclusión). El proceso es circular, pasando de la separación a la unión, de la unión a la separación y, más allá, del análisis a la síntesis, de la síntesis al análisis. Dicho de otro modo, el conocimiento comporta a la vez separación y unión, análisis y síntesis.

Nuestra civilización y, por consiguiente, nuestra enseñanza, han privilegiado la separación en detrimento de la unión, el análisis en detrimento de la síntesis. Unión y síntesis permanecen subdesarrollados en ellas. Por eso, tanto la separación como la acumulación sin nexo de los conocimientos resultan privilegiadas en detrimento de la organización que une a los conocimientos. En fin, un pensamiento unificador se abre de por sí sobre el contexto de los contextos: el contexto planetario. Para seguir este camino, el problema no consiste tanto en abrir las fronteras entre las disciplinas como en transformar aquello que genera esas fronteras: los principios organizadores del conocimiento.

Pascal había formulado ya el imperativo de unión que conviene introducir hoy en toda nuestra enseñanza, comenzando por la primaria (mejor antes): "Dado que todas las cosas son causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas, y todas se entretejen por un lazo natural e insensible que une las más alejadas y las más diferentes, considero imposible conocer las partes sin conocer el todo, igual que conocer el todo sin conocer particularmente la partes…" (Pensées, ed. Brunschvicg, II, 72). Para pensar localmente hay que pensar globalmente, como para pensar globalmente hay que saber también localmente.

Queda el siguiente problema clave: ¿cuáles son los principios que podrían elucidar las relaciones de reciprocidad entre las partes y el todo, así como reconocer el lazo natural e insensible que une las cosas más alejadas y las más diferentes? ¿cuáles son los modos de pensar que permitirían concebir que una misma cosa pueda ser causada y causante, ayudada y ayudante, mediata e inmediata?.

La necesidad de una reforma del pensamiento

Cabe recordar el segundo y tercer principio del Discurso del método: "dividir cada una de las dificultades que examinaré en tantas parcelas como se pueda y sea necesario para resolverlas mejor…conducir por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más sencillos y los más fáciles de conocer, para subir poco a poco como por grados hasta el conocimiento de los más complejos…". Como se verá el segundo principio lleva en sí potencialmente el principio de la separación y el tercero el principio de reducción, los cuales dominarán el conocimiento científico.

El principio de reducción comporta dos ramas. La primera es la de reducción del conocimiento del todo al conocimiento aditivo de sus elementos. Hoy se admite cada vez más, como lo indica la frase de Pascal, el conocimiento de las partes depende del conocimiento del todo, así como el conocimiento del todo depende del conocimiento de las partes. Esta es la razón por la que numerosos frentes del conocimiento, emerge una concepción sistémica donde el todo no es reducible a las partes. La segunda rama del principio de reducción tiende a limitar lo conocible a lo que es mensurable, cuantificable, formalizable, según el axioma de Galileo: los fenómenos no deben ser descritos más que con la ayuda de cantidades mensurables.

A partir de aquí, la reducción a lo cuantificable condena todo concepto que no se traduzca por una medida. Ahora bien, ni el ser, ni la existencia, ni el sujeto conocedor pueden ser matematizados o formalizados. Lo que Heidegger llama "la esencia devoradora del cálculo" tritura los seres, las cualidades y las complejidades, a la vez conduce a la "cuantofrenia" (Sorokin) y a la "aritmomanía" (Georgescu-Roegen). Este principio continúa imponiéndose en la tecnociencia; pero resulta problematizado en profundidad en la medida en que la tecnociencia misma es problematizada en profundidad.

La reforma del pensamiento necesaria generará un pensamiento del contexto y de lo complejo. También generará un pensamiento que une y que hace frente a la incertidumbre. El pensamiento que une reemplazará a la causalidad unilineal y unidireccional por una causalidad en bucle y multirreferencial, corregirá la rigidez de la lógica clásica por medio de una dialógica capaz de concebir unas nociones a la vez complementarias y antagónicas, complementará el conocimiento de la integración de las partes en un todo, mediante el reconocimiento de la integración del todo en el interior de las partes.

La misma ligará, para todos los fenómenos humanos, la explicación con la comprensión. Repitamos aquí la diferencia entre explicar y comprender. Explicar es considerar al objeto de conocimiento sólo como un objeto y aplicarle todos los medios objetivos de elucidación. Existe así un conocimiento explicativo que es objetivo, es decir que considera objetos cuyas formas, cualidades y cantidades hay que determinar y cuyo comportamiento se conoce por causalidad mecánica y determinista. Por supuesto, la explicación es necesaria para la comprensión intelectual u objetiva, pero es insuficiente para la comprensión humana.

Existe un conocimiento que es comprehensivo, y que se funda sobre la comunicación, la empatía, incluso la simpatía intersubjetivas. De este modo se puede comprender las lágrimas, la sonrisa, la risa, el miedo, la cólera viendo el ego alter como alter ego , por mi capacidad de experimentar los mismos sentimientos que la otra persona. A partir de esto, comprender comporta un proceso de identificación y de proyección de sujeto a sujeto.

Edgar Morin[3] sugiere los siguientes siete principios-guías para un pensamiento que conecte, principios que son complementarios e interdependientes:

1. El principio sistémico u organizativo, que liga el conocimiento de las partes con el conocimiento del todo. La idea sistémica que se opone a la reduccionista es que "el todo es más que la suma de las partes", la organización de un todo produce unas cualidades o propiedades nuevas con respecto a las partes consideradas aisladamente: las emergencias. Así , la organización del ser vivo produce nuevas cualidades desconocidas a un nivel de sus constituyentes físico-químicos; podemos añadir que el todo es igualmente menos que suma de sus partes, cuyas cualidades son inhibidas por la organización del conjunto.

2. El principio "hologramático", pone en evidencia la aparente paradoja de las organizaciones complejas donde no sólo la parte se encuentra en el todo sino donde el todo está inscrito en la parte. De este modo, es una parte de un todo – el organismo global – pero el todo está en sí mismo en la parte: la totalidad del patrimonio genético está presnete en cada célula individual; la sociedad está presente en cada individuo en tanto que un todo a través de su lenguaje, su cultura, sus normas.

3. El principio del bucle retroactivo, introducido por Norbert Wiener, permite el conocimiento de los procesos autorreguladores. Rompe con el principio de causalidad lineal: la causa actúa sobre el efecto, el efecto sobre la causa, como un sistema de calefacción donde el termostato regula la marcha de la caldera. Este mecanismo de regulación permite aquí la autonomía térmica de una habitación con respecto del frío exterior. De modo más complejo, la "homeoestasis" de un organismo vivo es un conjunto de procesos reguladores fundados en múltiples retroacciones. El bucle de retroacción permite, bajo su forma negativa, reducir la desviación y así estabilizar un sistema. Bajo su forma positiva es un mecanismo amplificador; así por ejemplo, la violencia puede generar una reacción de más violencia que a su vez arrastra una reacción todavía más violenta. Inflacionistas o estabilizadoras, las retroacciones son legión en los fenómenos económicos, sociales, políticos o psicológicos.

4. El principio del bucle recursivo, supera la noción de regulación por la de autoproducción y autoorganización. Es un bucle generador en el cual los productos y los efectos son ellos mismos productores y causantes de lo que los produce. De este modo, nosotros, individuos, somos los productos de un sistema de reproducción surgido del fondo de las edades, pero este sistema no puede reproducirse más que si nosotros mismos nos convertimos en productores emparejándonos. Los individuos humanos producen la sociedad en y por sus interacciones, pero la sociedad, en tanto que un todo emergente, produce la humanidad de estos individuos aportándoles el lenguaje y la cultura.

5. El principio de autonomía/dependencia (autoeco-organización): los seres vivos son seres autorganizadores que sin cesar se autoproducen y por lo mismo gastan energía para mantener su autonomía. Como tienen necesidad de extraer energía de su entorno, información y organización, su autonomía es inseparable de esta dependencia, y ésta es la razón por la que es necesario concebirlos como seres auto –eco-organizadores. El principio de auto-eco-organización vale evidentemente de modo específico para los humanos que desarrollan su autonomía mientras dependen de su cultura y para las sociedades que se desarrollan dependiendo de su entorno geo-ecológico. Un aspecto clave de la auto-eco-organización viva es que ésta se regenera permanentemente a partir de la muerte de sus células según la fórmula de Heráclito, "vivir de muerte, morir de vida", y que las dos ideas antagónicas de muerte y de vida son ahí a la vez complementarias y antagónicas.

6. El principio dialógico, acaba de ser ilustrado precisamente por la fórmula de Heráclito; une dos principios o nociones que deben excluirse mutuamente, pero que son indisociables en una misma realidad. Se debe concebir una dialógica orden/desorden/organización desde el nacimiento del universo, a partir de una agitación calorífica (desorden) donde, en ciertas condiciones (encuentros al azar), unos principios de orden van a permitir la constitución de núcleos, átomos, galaxias y estrellas. Bajo las formas más diversas, la dialógica entre el orden, el desorden y la organización, a través de innumerables interretroaccciones, está constantemente en acción en los mundos físico, biológico y humano. El pensamiento debe asumir dialógicamente los dos términos que tienden a excluirse mutuamente.

7. El principio de la reintroducción del conocedor en todo conocimiento. Este principio opera la restauración del sujeto, y descubre el problema cognitivo central: desde la percepción a la teoría científica, todo conocimiento es una reconstrucción/traducción por un espíritu/cerebro en una cultura y un tiempo dados.

Por tanto, se reitera que la reforma del pensamiento es de naturaleza no programática sino paradigmática, porque concierne a nuestra aptitud para organizar el conocimiento. La misma permite conformarse con la finalidad de la cabeza bien organizada, es decir que facilitaría el pleno empleo de la inteligencia. Es necesario que comprendamos que nuestra lucidez depende de la complejidad del modo de organización de nuestras ideas.

La reforma del pensamiento integraría en las dos culturas las ideas capitales nacidas al margen de ambas, en el mundo de los matemáticos – ingenieros – pensadores a partir de Wiener, Von Neumann, Von Foerster. De este modo haría comunicar a estas dos culturas, que acabarían por constituir los dos polos de la cultura. Unas nuevas humanidades emergerían así del comercio entre los dos polos culturales. Estas humanidades revitalizarían la problematización, la cual permitiría la plena emergencia de los problemas globales y fundamentales. Y así, para cada futuro ciudadano, si es necesario ir a la especialización, será preciso pasar por la cultura. El humanismo se encontraría regenerado.

Esto nos indica que un modo de pensar capaz de unir y solidarizar (complexus) conocimientos separados es capaz de prolongarse en una ética de la interrelación y de la solidaridad entre humanos. Un pensamiento capaz de no quedarse encerrado en lo local y lo particular sino de concebir los conjuntos sería apto para favorecer el sentido de la responsabilidad y de la ciudadanía. La reforma del pensamiento tendría pues consecuencias existenciales, éticas y ciudadanas.

El pensamiento de la complejidad [7], como se ve, no es en ningún caso un pensamiento que rechace la certeza en beneficio de la incertidumbre, que rechace la separación en beneficio de la inseparabilidad, que rechace la lógica para autorizar todas las trasgresiones. El procedimiento consiste, por el contrario, en una ida y vuelta incesante entre certezas e incertidumbres, entre lo elemental y lo global, entre lo separable y lo inseparable. No se trata de abandonar los principios de la ciencia clásica – orden, separabilidad y lógica - , sino de integrarlos en un esquema que es, al mismo tiempo, más amplio y más rico. No se trata de oponer holismo global y vacío a un reduccionismo sistemático; se trata de incorporar lo concreto de las partes a la totalidad. Hay que articularlos principios de orden y de desorden, de separación y de unión, de autonomía y de dependencia, que son, al mismo tiempo, complementarios, competidores y antagonistas en el seno del universo.

El pensamiento complejo no es lo contrario del pensamiento simplificante; él integra este último, como diría Hegel, este opera la unión de la simplicidad y de la complejidad e, incluso, hace finalmente aparecer su propia simplicidad. En efecto, el paradigma de la complejidad puede ser enunciado tan simplemente como el de la simplicidad; mientras que este último impone desunir y reducir, el paradigma de la complejidad nos empuja a religar distinguiendo.

El pensamiento complejo es en esencia, el pensamiento que integra la incertidumbre y que es capaz de concebir la organización, que es capaz de religar, de contextualizar, de globalizar, pero al mismo tiempo, de reconocer lo singular y lo concreto.

Referencias

  • Lino Morán (2003). De la teoría de la complejidad a la filosofía intercultural: hacia un nuevo saber. Universidad de Zulia. Maracaibo.

  • Mayra Espina (2003) Pensamiento social y complejidad. Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de la Universidad de la Habana.

  • Edgar Morín (2004) Introducción al pensamiento complejo, Editorial Gedisa, México, p. 23

  • Crid"alarme pour le 21º siècle(1986). Dialogue entre Daisaku Ikeda et Aurelio Peccei, París, PUF.

  • Le Débat interdit: monnaie(1995) Europe, pauvreté, París, Arléa.

  • Morin, Edgar (2002). La mente bien ordenada. 1ªEdición. Seix Barral, S.A. Barcelona. Pág. 22.

  • Sergio Gonzáles (1995). Pensamiento complejo. (compilación). Universidad de La Salle, Santiago de Chile. Cooperativa Editorial MAGISTERIO. Pág. 21

Enviado por: Ing.+Lic. Yunior Andrés Castillo S.

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Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 2016.

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Autor:

Raúl Jáuregui Mercado.


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