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La Religión Crística a la luz de las enseñanzas originales de Jesús El Cristo (Parte V)



Partes: 1, 2

  1. ¿De dónde venimos y para dónde vamos?
  2. La principal responsabilidad del ser humano
  3. ¿En qué dirección está evolucionando el ser humano?
  4. ¿Cuál es la misión del ser humano en este planeta?
  5. La gran utopía involucra un impulso cósmico
  6. Preguntas importantes sobre el impulso cósmico
  7. Bibliografía

UN NUEVO IMPULSO CÓSMICO ESTÁ LLEGANDO

¿De dónde venimos y para dónde vamos?

La Sabiduría Antigua nos habla de que el Universo es eterno; aún así si le puede atribuir un principio y un fin. En el lenguaje común, esto es contradictorio o hasta absurdo, pero – en realidad – se trata de una gran verdad y tal vez no sea muy difícil explicar su significado más profundo.

De la misma forma que el hombre se compone de una parte visible y de otra invisible, también eso ocurre con el Universo, de modo que él aparece cíclicamente en la forma de "Manvántara" (en sánscrito, significa los períodos de actividad del Universo, en los cuales manifiesta su grandiosa magnificencia en forma física) y de "Pralaya" (los períodos en los cuales el Universo se encuentra en reposo, como algo invisible a los sentidos).

Los períodos de tiempo que estos ciclos envuelven son fantásticos, del orden de billones de años, por lo que el actual "Manvántara" implica en una extensión de tiempo incomprensible. Con estas informaciones, ahora es posible responder a la anterior duda.

En efecto, el Universo es eterno si lo consideramos en su totalidad física y extra-física; pero puede ser considerado como teniendo un principio y un fin, si él fuese encarado apenas como un "Manvántara", o sea, el Universo manifestado físicamente. Aún en esta interpretación más estricta, su duración es muy larga y tanto la Ciencia como el misticismo, consideran que ya pasaron muchos miles de millones de años desde que comenzó la condensación de la materia y pasarán otros tantos, antes que esa materia se desintegre totalmente. O sea, estaríamos – mas o menos – en la mitad de un Gran Ciclo Cósmico(*).

Dentro de ese margen referencial general, es necesario situar el hombre. La propia Ciencia reconoce que hubo en el Universo, y en especial en la Tierra un gradual enfriamiento, que fue transformando los gases sutiles de la nebulosa original en gases más pesados, en agua y finalmente en formas sólidas, tales como rocas y depósitos minerales, hasta alcanzar un punto en el que se comenzó a desarrollar la materia orgánica y finalmente la Vida, primero vegetal, después animal y como coronación a todo, surgió el reino humano.

La aparición del hombre en la Tierra es un enorme misterio, principalmente para la Ciencia, que le atribuye apenas el carácter del último eslabón de la corriente de especies en evolución; o sea seríamos el animal más desarrollado que existe. Pero en las cosmogonías antiguas, con base en la Sabiduría Eterna, había otra visión del asunto, por la cual el hombre era reconocido como un ser especial, parecido físicamente con algunos animales, pero con una naturaleza interior completamente diferente, o sea, compartiendo con los animales ciertas características físicas, pero él era de otro reino en su configuración interna, extra-física.

Según esta interpretación, el hombre tiene como base su naturaleza interna espiritual e intangible, siendo su cuerpo apenas una vestidura especial, como el traje de amianto que protege los bomberos de las llamas.

O sea: seres de naturaleza espiritual, los hombres, necesitaron encarnar para aprender a lidiar con la materia física, como parte de un Plan Cósmico. En un cierto planeta, la Tierra, las condiciones son lentamente preparadas para que en ella pueda aparecer y desarrollarse la vida orgánica. Después de muchísimos millones de años, la evolución fisiológica lleva a los seres unicelulares originales a transformarse en pluricelulares, primero vegetales y después animales, culminando este proceso con las especies más evolucionadas: los mamíferos.

Es importante subrayar aquí que esta evolución no puede haber acontecido aleatoriamente, como exponentes de la ciencia moderna nos pretenden convencer de una forma totalmente ingenua.

Esa evolución debe haber sido organizada y ejecutada por una Inteligencia Superior, expresada a través de Seres Radiantes, que según el lenguaje cabalístico(*), constituyen el Árbol Sefírotal, integrado por diez Safiras.

Cada rama del Árbol, los Sefirot, está dirigida, según la cábala judaica, por un Ser espiritual elevadísimo, un Arcángel, a cuyo comando existe una infinidad de seres extra-físicos, a través de los cuales es que se procesó aquella condensación de la materia y hoy en día se procesa la construcción de las formas; ningún cuerpo físico, sea de una bacteria o de un hombre, se desarrolla espontáneamente: hay Seres que tienen como función realizar ese trabajo, y lo hacen, impregnados de amor.

Retornando al hombre, él estuvo en condiciones de encarnarse físicamente cuando los Conductores del proceso evolutivo consiguieron desarrollar seres con sistema nervioso bien estructurado, y capaces de adaptarse al medio ambiente terreno. El hecho es que una vez ocurrida la encarnación física, el fuego espiritual que lo ligaba al reino de la Luz se apagó (aunque siempre quedó prendida una brasa en su corazón: el Cristo Interno o Ser Crístico).

Así, el hombre debió comenzar una nueva vida desde cero y ahora sólo contando con los recursos que le podían proporcionar sus cinco sentidos físicos y una mente racional incipiente. Esa es la visión que tenemos hoy día del hombre primitivo, apenas ligeramente superior a los animales en inteligencia y comprensión.

En este momento, nace la personalidad en la historia humana; ella tiene un espejo en el cual verse, el Alma, el Ser Crístico que vive en el corazón del hombre, pero aquella no lo sabe, preocupada en sobrevivir en el caos del mundo exterior. Ese esfuerzo le demanda largos milenios (aún estamos – en gran parte – en esa fase).

De vez en cuando, el Creador envía un Mensajero para que, a través de su antorcha de Luz, ella se propague en un pueblo determinado. Mas tarde, algunos seres humanos comienzan a comprender la naturaleza del "Camino" a recorrer y empiezan a hacerlo; los más inspirados y esforzados alcanzan gradualmente la Conciencia Cósmica, apareciendo en el mundo como Iluminados.

Esta rápida revisión muestra de dónde venimos. La propia Biblia dice: "Sois dioses, todos hijos del Altísimo, pero como hombres moriréis" (Salmos 82:6).

En este Salmo, aparece hasta literalmente, la doble condición humana: somos dioses (espiritualmente) y por lo tanto, creados antes de que nada se manifieste en la Tierra, pero, al mismo tiempo somos dotados de un cuerpo material sujeto a la evolución física. En el medio de estos dos polos, se desarrolla lentamente el tercero: la personalidad en evolución. El Maestro habla claramente de la naturaleza esencial del hombre: "Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo" (Mateo 5: 13-14).

Resumiendo, digamos que el hombre encarnado surgió en la faz de la Tierra hace un millón de años completamente polarizado: en un extremo, su naturaleza animal; en el otro su naturaleza cósmica. En el medio, la personalidad como diamante bruto, sometida a dos atracciones opuestas, que acabaron siendo comprendidas por la incipiente mente humana como el Bien y el Mal, como Dios y el Diablo, como la Virtud y el Pecado, así como de otras maneras.

Aquí entramos en un campo muy difícil de abordar, porque el lenguaje es lineal y no acepta referencias aparentemente contradictorias. Elegimos la forma siguiente para tentar clarificar el asunto: el Mal, el Diablo, el Pecado no existen; en su lugar, tal vez existan el mal, el diablo, el pecado. Expliquemos: la letra mayúscula inicial es usada para indicar cosas Reales, la minúscula, para las cosas aparentes o "reales". Por ejemplo, si el Creador es Todo-Poderoso, Omnisapiente y Perfecto, siendo su propia Naturaleza el Bien, lo Bello y la Verdad, y además siendo Él todo lo que realmente existe, no puede tener un rival (el Diablo), ni puede desintegrar su Naturaleza, creando el Mal y el Pecado. Él es la Unidad, es la Gran Realidad, es el Uno Único.

A pesar de este raciocinio ser satisfactorio, desde un punto de vista lógico, nos encontramos – paralelamente – con el hecho indiscutible y cotidiano de que la ruindad, el egoísmo y la malignidad existen. ¿Cómo explicarlos entonces? Véase que no fue negada la existencia del "mal", del "diablo", del "pecado" etc. ¿Qué significa esto? Significa que el hombre, colocado entre la luz y la sombra, precisa clasificar los acontecimientos que él percibe, en una u otra categoría y allí es que crea conceptos en pares de opuestos, tales como el "bien" y el "mal". Esto le resulta muy útil en su proceso evolutivo, pues en la medida en que elige el camino del "bien", su sendero se lucifica, progresando rápidamente y en la medida en que elige el "mal" su crecimiento espiritual se paraliza, se atrofia.

O sea: el "bien" y el "mal" son productos de la mente humana, que como tales adquieren consistencia propia, visible y tangible a partir de acontecimientos específicos. Mientras tanto, en las Altas Esferas, sólo existe el Bien, la Luz, el Amor.

El hombre, no percibiendo la naturaleza de este Plan y estando acostumbrado a moverse entre luces y sombras, proclama la existencia de dos Principios (el Bien y el Mal), donde en realidad hay uno solo (el Bien). Pero como él dispone de libre albedrío acaba creando el mal (así como el diablo, el pecado y otras ruindades).

De una cosa debemos tener seguridad: el Ser Supremo es inexpugnable; Lucifer (o cualquier otro nombre que se le dé) es apenas un "ángel caído", a servicio de aquel para burilar la personalidad de la Humanidad, nunca su enemigo u opositor. En la mitad del camino entre ¿de dónde venimos? y ¿para dónde vamos? está el presente y en él gozamos de libre albedrío.

Es importante, pues, evaluar la naturaleza de éste. Realmente, el libre albedrío es un instrumento vital para nuestra evolución; ejerciéndolo podemos separar lo cierto de lo errado; el "bien" del "mal"; la "virtud" del "pecado" etc. Es a través del uso continuo de esa poderosa herramienta que podremos tallar la piedra bruta de la personalidad. De esta manera, el libre albedrío se presenta como el gran recurso a disposición del aprendiz, del discípulo.

Con todo, en la medida en que una persona se acerca a la Maestría, aquel instrumento va perdiendo gradualmente su utilidad, pues solo existe el Bien, la armonización con el Ser Supremo.

Esto nos conduce a ¿para dónde vamos? Como vimos, el libre arbitrio, indispensable en las fases iniciales de nuestro desarrollo espiritual, empieza a perder su importancia en la medida que se inicia el tránsito por etapas más avanzadas del mismo. Paralelamente, la armonización con el Plan Cósmico comienza a tomar preponderancia dentro de nosotros; eso significa que nuestra personalidad, aunque esté todavía presa en los lazos materiales, siente claramente el perfume que emana del Ser Crístico(*) y anhela cada vez más la fusión con Él, lo que místicamente se conoce como "casamiento alquímico".

En todo ese proceso, la personalidad acaba percibiendo en todo su esplendor, su verdadera Misión: ser un vehículo, un canal, por donde la Energía Cósmica pueda bajar hasta la Tierra ("Vosotros sois dioses". Salmo 82:6).

Como la Energía Cósmica – comparable a la electricidad generada en una usina hidroeléctrica – tiene un altísimo voltaje, si fuese aplicada directamente sobre una persona, la fulminaría. Por lo tanto, son necesarios transformadores que reduzcan sus frecuencias vibratorias; algunos de ellos – los más potentes – existen en los mundos espirituales, pero es tarea del hombre, su principal tarea, refinar su cuerpo, su mente y su corazón para poder actuar como un transformador, capaz de derramar aquellas sublimes energías en forma aprovechable (aunque sea parcialmente) por sus congéneres.

La llegada de Cristo tiene un papel fundamental en este asunto(**). Como ya vimos, la materia se fue condensando gradualmente hasta convertirse en roca sólida. Después de un cierto tiempo, ya no era necesario el impulso cósmico inicial, para que esta condensación ocurriese también al nivel del corazón y de la mente humana. Simplemente, por aplicación de un principio que la Física llama de inercia, el mundo y los hombres – por decirlo metafóricamente – respiraban materia por todos sus poros.

Sin embargo, el Plan Cósmico marcaba un punto en el cual la pequeña brasa guardada en el corazón humano debía ser reavivada y mostrarse al mundo. Esto significa que la personalidad, tanto tiempo distraída con la atracción por la materia, debería comenzar a sentir la nostalgia de su verdadera naturaleza: el Ser Crístico (o sea su propia alma).

Los mensajeros Cósmicos habían llegado y preparado el camino, pero era necesaria ahora una figura mayor, un Principio Cósmico, que viniendo desde las Altas Esferas, pudiese cambiar el curso de los acontecimientos, transformando la curva descendente (de la espiritualidad a la materia) en curva ascendente (de la materia a la espiritualidad).

Esa fue – entre otras – una de las grandes Misiones de Cristo: a través de su Presencia en la Tierra, iniciar una Nueva Era, donde la Ley Suprema sea el Amor. Es claro que el efecto inercial mencionado anteriormente, se mantuvo por cierto tiempo (dos mil años) y tanto, que el burbujear en el pantano de la materia hasta se agudizó después de la venida de Cristo y en los tiempos actuales, resurge con fuerza inusitada, bajo las poderosas alas del terrorismo económico y del consumismo. Pero, ellos son los estertores de algo que está interiormente muerto (un muerto insepulto).

Estamos ya en el Tercer Milenio y es aquí donde el verdadero impulso del Cristo va a tocar profundamente el corazón humano, electrizando la Personalidad y arrancándola de las futilidades en la cual hoy se desgasta. Este choque magnético llevará a las personas a una intensa procura de su Cristo Interno (su propia alma), de modo que ésta sirva de modelo para la Personalidad, la cual podría así evolucionar en un tiempo reducido más de lo que ha conseguido en innúmeras generaciones. Es exactamente esa la dirección para dónde vamos.

La principal responsabilidad del ser humano

La mayoría de los seres humanos no saben cuál es el sentido
oculto de sus vidas. Ellos viven apenas porque nacieron y siguen ciegamente,
costumbres, culturas y religiones propias de las sociedades en las que viven,
sin preocuparse del objetivo que existe detrás de sus existencias. Sin
embargo, ellas no están satisfechas con este tipo de vida, pero la sociedad
de consumo en la que estamos empantanados, les ofrece gratificaciones de las
más variadas, usando potentes recursos mediáticos y de esta forma
la agonía se prolonga.

La quiebra de esta situación ocurre a partir del momento en el que el ser humano se comienza a indagar acerca de su responsabilidad frente a sí, a los otros, al planeta, etc. Algunas personas, especialmente académicos, imbuidos del rígido cientificismo moderno, tienden a ignorar las fuerzas que emanan de los sentimientos y de los pensamientos, ya que ellos no pueden ser directamente estudiados a través de medidas estandarizadas y de análisis estadísticos, más o menos sofisticados.

Sin embargo, todo el mundo sabe que un sentimiento de rabia, de miedo o de deseo sexual – por ejemplo – provoca, de forma instantánea, cambios físicos perfectamente comprobables a través de las batidas cardíacas, del color del rostro, del ritmo respiratorio, etc.

Esta desconsideración de los pensamientos y sentimientos, se debe, por lo menos en parte, al hecho de que ellos pertenecen a un mundo no perceptible por la visión física normal, objetiva. Pero algunos autores como Besant y Leadbeater (1), que habrían tenido una capacidad de visión más desarrollada, supra normal, nos dicen que tanto los pensamientos como los sentimientos tienen colores y formas específicas, de acuerdo con su naturaleza. No se desea, en el contexto de este libro, polemizar sobre el significado de los colores y de las formas de pensamientos y sentimientos. Quien desee conocer más acerca de este fascinante asunto, podrá consultar los autores mencionados.

Lo que interesa comprender ahora, es este hecho importantísimo: aquello que pensamos y sentimos no nos pertenece con exclusividad, porque estamos colocando a cada instante de nuestra vida, en el ambiente a nuestro alrededor "ángeles" de luz y amor, o "demonios" de tinieblas y odio.

Y somos responsables – únicos responsables – por los "ángeles" o "demonios" que generamos, pues ellos crean un saldo, positivo o negativo, en nuestro balance cósmico o cuenta vital.

Lo afirmado anteriormente significa que no solo los actos generan compensaciones en aquella cuenta vital, y sí también, los pensamientos y sentimientos. Ese es el sentido profundo de la frase del Maestro "Oísteis que fue dicho: no cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:27-28).

O sea: precisamos armonizar nuestras mentes y nuestros corazones con las energías cósmicas superiores, y no trabajar apenas con actos aparentemente constructivos, pues el mismo acto puede tener motivaciones diferentes y es esto lo que cuenta.

La armonización antemencionada, sólo podrá ser realizada a través de un riguroso control de nuestros actos, pero acompañado de la percepción de las intenciones que los animan, representados por nuestros pensamientos y nuestros sentimientos.

Él hecho es que pensamientos, sentimientos y actitudes negativas, irradiadas por millones de mentes y corazones se conglomeran, contribuyendo para la formación de un terrible océano de dolor, tristeza, guerra y odios. Pero este océano fue creado a partir de las gotas individuales, y estas gotas no se forman al azar, por casualidad o por capricho divino (o diabólico). Ellas son producidas por cada uno de nosotros, seres humanos, debido a nuestra inmadurez espiritual.

El cambio para valer de la sociedad humana, la Gran Utopía (ver Bonilla,2), implica entonces en la reformulación de nuestro modo de pensar, sentir y actuar, transformándonos así en auxiliares de las Altas Energías Cósmicas, permitiendo que a través de nuestros cuerpos, mentes y corazones, se desarrollen canales intangibles por los cuales Aquellas puedan derramar sus energías inefables, capaces de equilibrar las cargas negativas que emanan de la Humanidad en general, en estado incipiente de evolución espiritual.

En realidad, no existe otra forma de mejorar realmente la esencia de nuestra vida que asumir esa responsabilidad. Conscientizarnos de esta idea fue una de las varias tareas que el Maestro nos trajo para que la implantemos en la mente y en el corazón.

Dice Annie Besant (3): "Ninguna existencia está aislada, cada vida es el fruto de todas las que la precedieron y el germen de todas las que van a seguir. No existe ni el azar ni accidentes; cada acontecimiento está ligado a las causas antecedentes y a los efectos siguientes: pensamientos, acciones, circunstancias proceden del pasado e influyen en el futuro. Envueltos en un velo de espesa ignorancia que, simultáneamente nos oculta el pasado y el futuro, los acontecimientos parecen salir de repente de la nada y ser "accidentales", pero esta apariencia es ilusoria y se debe, exclusivamente, a nuestro limitado saber.

Especialmente la frase subrayada expresa con total claridad la situación prevaleciente en la mayoría de los seres humanos. Es como si alguien viese en la mitad de una película, algunas escenas durante cinco minutos y después pretendiese deducir cual es el papel de cada personaje, el desarrollo del "script" y el desenlace final, a partir de aquella información fragmentaria.

En la vida cotidiana, ocurre la misma cosa. Por ejemplo, una mujer es abandonada por el marido, lo que implica en un desenlace para ambas personas, oriundo de acontecimientos pasados.

Pero lo que se percibe exteriormente es otra cosa: una mujer buena, dedicada al hogar, al marido y a los hijos, es abandonada por un hombre fascinado por las lindas piernas de la "otra". Se critica la irresponsabilidad del marido, se tiene compasión por la abandonada y se atribuye todo a la mala suerte, al destino o a una inevitable infidelidad masculina.

En realidad, como dice Besant (3) estamos envueltos en un "velo de espesa ignorancia" que nos impide ver las causas, los motivos reales de porqué aquel hecho ocurrió. Incapaces – por desconocimiento – de definir la dinámica de aquel acontecimiento, colocamos todo en la cuenta del "destino" o la "suerte"; por lo tanto sólo cabe la resignación. Así condenamos y absolvemos. Nos sentimos jueces de los dramas humanos, atribuyendo valores, méritos, honras y deshonras. Se acaba por proclamar que un dios injusto privilegia los ruines y castiga los inocentes, pareciendo que el Príncipe de las Sombras es más poderoso que el Príncipe de la Luz.

Pero, afortunadamente, esos son apenas juicios humanos, pobres y desvanecidos, porque no llevan en cuenta que encima de todas las apariencias humanas, se levanta con su incomparable brillo luminoso, la Justicia Superior y ella tiene el siguiente lema: "Cada uno tiene aquello que merece". El único y fundamental detalle, olvidado o ignorado por el ser humano es que esos méritos (o falta de ellos), no vienen de hoy o de ayer y sí de la noche de los tiempos, que es la que genera el balance cósmico o cuenta vital(*).

Sin embargo, no es necesario saber cual es nuestro exacto balance cósmico en este momento, siendo suficiente con preocuparnos, exclusivamente, en aumentar al máximo sus componentes positivos y reducir al mínimo los negativos. Haciendo así – necesariamente – el balance será cada vez más y más favorable, y eso será el pasaporte más seguro para cumplir con nuestras responsabilidades. Una vez más, "Este es el camino" (Isaías 30:21).

Annie Besant (3) resume esta situación en dos líneas memorables: "Todos somos señores de nuestro futuro, por más obstáculos que encontremos en el presente, fruto del pasado".

Antes de avanzar en este tema, es necesario reconsiderar el siempre importante tema relativo al Bien y al Mal. ¿Será que ellos pueden ser entendidos según el libre albedrío de cada persona? ¿O tendrán algún contexto, algún fondo, alguna confirmación que permita diferenciarlos claramente, independiente de las interpretaciones humanas, muchas veces erradas?

Los mayores Maestros Espirituales de la Humanidad respondieron esas dudas con total claridad: Bien es lo que está armonizado con la Voluntad Suprema, expresada a través del Plan Cósmico; es aquello que contribuye para que la personalidad refleje más y más la belleza del Yo Interior o Ser Crístico; es aquello que tiende a subordinar la naturaleza inferior del hombre, impregnada de deseos materiales y emocionales, a la naturaleza superior, plena de armonía universal.

Por su vez, mal (Mal con mayúscula no existe) es aquello que retarda la evolución de la personalidad, reteniéndola en los niveles inferiores, donde no puede aspirar el fragante perfume del Alma, ni sentir su suave y cálida luz; es aquello que la dirige para lo superficial, lo efímero y lo transitorio, apartando la atención de lo profundo, de lo eterno, de lo cósmico, de lo divino; es aquello que se organiza en las tinieblas; aquello que se combina con lo ruin; lo que ajusta con los aspectos inferiores de la naturaleza humana.

Sin embargo, para que el hombre pueda diferenciar entre el Bien y
el mal, precisa hacer experiencias, usando su prerrogativa de libre albedrío.
Justamente, esas experiencias, referentes a los asuntos más diversos,
demandan muchas pruebas, muchas repeticiones, en contextos y situaciones diferentes,
lo que implica en tiempo, mucho tiempo, bastante más que los setenta
años, de que, en media, disponemos en la vida presente. Ese tiempo solo
podrá ser conseguido a través de vidas sucesivas, pues el hombre
precisa encontrar y experimentar criterios para distinguir entre el Bien
y el mal. Dicho de otra forma, él precisará descubrir
las leyes cósmicas en todo su vasto significado y en toda su vasta manifestación.

Esto significa que el hombre distinguirá el Bien del mal, comiendo la agridulce manzana del árbol del conocimiento. Probando, acertando, errando y volviendo a experimentar, irá descubriendo aquellas leyes. Todo este proceso es, en verdad, el desarrollo de la llamada compensación cósmica (Ver Bonilla, 4), o carma por los hindúes.

Por lo tanto, debe quedar muy claro el hecho de que cada vida humana no es un relámpago atravesando el cielo. En lugar de eso, es el manto de estrellas que lo acompaña todas las noches, ocultándose durante el día. En ese sentido, cada uno de nosotros es el Adán o la Eva que vivieron en el principio de los tiempos; en vidas sucesivas, la personalidad se fue enriqueciendo y evolucionando, cada vez más armonizada con la centella cósmica que es su Ser Interior (o se fue empobreciendo, según se haya usado, correctamente o no, el libre albedrío).

Así, el Paraíso y el Infierno, en vez de ser lugares extraterrenos, son condiciones psicológicas en las cuales vive la personalidad humana. Si el corazón y la mente están repletos de amor, de armonía, de paz y de pensamientos altruistas, viviremos en el Paraíso; es eso lo que pretendemos transmitir – de una manera u otra – a través de este libro.

Las personas se encuentran en niveles bastante diferentes de evolución, por lo que si una persona específica – por ejemplo, usted – aprovechó los mensajes y principios aquí presentados, sí persevera en los altos ideales de amor y armonía, es probable que ya tenga comenzado a sentir algún cambio importante en su vida, vislumbrando los auténticos caminos de la plenitud.

En esos caminos se encuentran – entre otros – los magníficos jardines de la realización afectiva, del suceso, de la prosperidad, de la comprensión global (holística) de los problemas humanos. Si así está ocurriendo, lo felicitamos sinceramente, pues usted fue bendecido por un toque de su propio Ser Crístico.

También puede ocurrir que aún esté en la mitad del camino y en su corazón surjan dudas pesadas acerca de si podrá llegar al local soñado. Su duda es lógica, humana, pues usted se esforzó y no vio – aún – los resultados.

Algunos de los elementos aquí expuestos, sin embargo, ya lo ayudan a comprender lo que, con seguridad, le está ocurriendo: simplemente, usted está compensando deudas de vidas anteriores y de las cuales no tiene conciencia. Hay en esto un hecho real: el camino que está siguiendo es el correcto, pero debido a aquella causa, puede ser un poco más largo de lo que imaginaba. Pero si persiste, si persevera – como sin duda lo hará – también recibirá un toque de su Ser Crístico y será invitado a comer el fruto del árbol del paraíso: la auto-realización plena y armoniosa. Recuerde siempre que la perseverancia es fundamental para que sus proyectos de vida se manifiesten

¿En qué dirección está evolucionando el ser humano?

Dice Ferguson (5): "las crisis de nuestro tiempo son los impulsos que necesita la revolución en marcha. Nuestra patología es nuestra esperanza". ¿Pero que revolución es esa? ¿Nuevos movimientos guerrilleros? No, la revolución en marcha es interior, es una revolución de conciencia y su destino es manifestar la Gran Utopía.

Theilhard de Chardin (6) agrega: "La sociedad humana se viene sometiendo a sucesivas reorganizaciones durante toda la historia de su evolución, hasta que ahora alcanzó un punto crucial: la descubierta de su propia evolución. Esta nueva comprensión es la historia futura del mundo y se volverá colectiva. Somos los hijos de la transición, todavía no plenamente concientes de los nuevos poderes que fueron libertados". Precisamente, estos poderes serán los cimientos sobre los que se construirá la nueva utopía.

El sentimiento de autonomía – dentro de un conjunto mayor: la solidaridad social – está en pleno desarrollo dentro del interior del ser humano. Y estos sentimientos son capaces de producir una transformación radical en el modo de vivir.

Según Mac Loughlin, en los años 60 ocurrió uno de los "despertares periódicos" de la civilización humana, los cuales no implican – a pesar de su apariencia, por ejemplo el movimiento "hippie" – en neurosis y sí en revitalización, pues son terapéuticos y no patológicos. En efecto, la conciencia humana sometida a la presión de su propio desarrollo, precisa romper con lo tradicional (la organización política, económica, cultural y religiosa existente). Como aún no se condensó un nivel de madurez suficiente, la semilla precisará más tiempo para germinar, pero este se está agotando, visto la destrucción del planeta, el consumismo, la irracionalidad vestida de Ciencia, el terrorismo económico, etc.

Por lo tanto, el proceso evolutivo previsto no ocurrirá sin tensiones, luchas y sufrimiento. La ropa vieja e inútil adora agarrarse al cuerpo, tentando impedir la separación y su sustitución por otra, más nueva y más adecuada. La misma cosa acontece con la mente humana, en la cual el hemisferio izquierdo, ávido de auto-afirmación, va a repetir mecánica e irracionalmente su padrón usual de comportamiento, no percibiendo que él "ya era", por haberse vuelto insuficiente, obsoleto y lo que es peor… antihumano.

Por encima de todo, se ve cada vez con más claridad un hecho irreversible: la Humanidad tomada como conjunto, se encamina para un punto de madurez, autonomía y desarrollo interior(*), lo que hace que un viejo proverbio escandinavo sea hoy más actual que cuando fue formulado: "En cada uno de nosotros existe un Rey. Diríjase a él y él aparecerá" (En este libro este Rey es designado como Ser Crístico, Cristo Interno, Alma etc.).

Este proceso evolutivo, que se está procesando en el interior de las personas, es por su naturaleza invisible y no puede ser mostrado por la televisión ni por las medios de comunicación, por eso no se habla de él. Pero, lentamente, el ser humano comienza a cambiar su escala de valores, generalmente centrada en el nivel de vida para otra, centrada en la calidad de vida.

La expansión de la conciencia humana, hasta ahora intangible, está comenzando a provocar una nueva manera de percibir, de sentir, de pensar y de actuar, o sea un nuevo modo de vivir. En la medida en que cada década pasa, el proceso se acelera, aumentando la presión sobre el modo actual de vivir (mecanicista, reduccionista, lucrativista, egoísta). Estamos acercándonos velozmente al vértice del cambio, al "punto de mutación"(Capra.7)

La primera década del siglo XXI se arrastró penosamente, pero es muy probable que en la segunda, o a más tardar en la tercera, cambios transcendentales comiencen a ocurrir, incentivados no por el ineficiente raciocinio humano y sí por un impulso cósmico (Ver más adelante). .

Este impulso debe llegar en la próxima década, pues será la última en la que el actual modo de vida podrá sobrevivir; si nada ocurrir hasta su finalización el colapso nos aguarda. Pero, el Creador que ha pasado largos milenios y larguísimos eones preparando su auxiliar en el mundo de la materia (el ser humano) seguramente no lo abandonará a su amenazante autodestrucción. Apenas un impulso cósmico enérgico será suficiente para que la Humanidad sienta en su corazón que no está todo perdido y que la vida y el planeta pueden transformarse en experiencias fascinantes.

En resumen, la dirección en que está evolucionando el ser humano, puede ser así colocada:

  • Reconocimiento de que la continuación del actual modo de vida llevará a la sociedad humana a un camino sin salida, pero que paralelamente, ese grave peligro esconde – como la otra cara de la moneda – la posibilidad positiva, la oportunidad del cambio constructivo, a favor del hombre. Para acelerar este proceso, de modo que se pueda manifestar en un momento adecuado, se cuenta con la irrupción de un impulso cósmico.

  • El sentido general del cambio está orientado por la expansión del hemisferio cerebral derecho, lo que significa una visión holística más solidaria, acerca de la vida, del mundo y de las relaciones humanas. Esto, involucra el deterioro gradual del paradigma actual, basado en las características predominantes del hemisferio izquierdo: raciocinio lineal, visión corta, inmediatismo, mecanicismo e individualismo. En el respectivo proceso de transformación será valorizada la honestidad, el respeto por los otros y por la Naturaleza, la frugalidad (en lugar del desperdicio y de lo superfluo), así como una percepción más espiritualizada de la vida.

  • Las relaciones humanas serán pautadas por el concepto de ecosistema social, el cual para mantenerse en equilibrio, necesita que los individuos componentes, actúen correctamente uno con los otros, aplicando las enseñanzas de Jesús El Cristo, a través de un intercambio rico y generoso de experiencias, pensamientos y sentimientos.

  • Está finalizando la época en que la tecnología estaba en la cumbre (aliada al poder económico) ejerciendo un poder casi dictatorial sobre las masas. En efecto, la sociedad humana – mismo que todavía parcialmente deslumbrada por el consumismo y el brillo de los envoltorios – es la más activa, concientizada y cuidadosa que existió en el mundo y a cada día que pasa, aquellos atributos se desarrollan con una rapidez considerable. Un impulso cósmico los cristalizará, manifestándolos en forma tangible.

  • Es fundamental percibir que primero debemos involucrarnos con aspectos conceptuales y filosóficos, y sólo después con las metodologías. Toda acción humana incluye una motivación básica; de ahora en adelante esto debe ser claramente explicitado, abandonando los contenidos implícitos, muy peligrosos porque como bien sabemos, una media verdad puede ser más peligrosa que una mentira. Coherencia y transparencia son referenciales fundamentales. Es importante llevar en cuenta el siguiente concepto contenido en un ejemplar de la revista americana The Journal of Appropriate Technology: "Antes que elijamos nuestras herramientas y técnicas, debemos escoger nuestros sueños y valores, pues algunas teorías los favorecen mientras otras los vuelven impracticables".

  • Finalmente, ¿que sueños y valores son esos? Simplificando al máximo, ellos podrían ser así colocados: el ser humano es una entidad de naturaleza cuádruple, simultáneamente física, mental, emocional y espiritual. Las cuatro dimensiones del ser humano deben ser igualmente estimuladas y satisfechas.

¿Cuál es la misión del ser humano en este planeta?

Estamos en una época crítica. La Humanidad se encuentra en una encrucijada. Los caminos del Bien y del mal (*) se están mostrando cada vez más nítidos y diferenciados, aunque los profetas del desastre visualicen sólo el mal. En efecto, la destrucción de la Naturaleza, la contaminación, el consumismo, el desajuste afectivo, el terrorismo físico y el económico, aumentan a cada día que pasa, llevando a muchos a aceptar la supuesta profecía de Nostradamus, de que – según la interpretación de algunos-el mundo acabaría en el ano 2000 (sin embargo, ya estamos en… ¡2017!).

Pero quien puede mirar con un poco más de cuidado y atención, percibirá que otro camino existe; es el camino del Bien. El ser humano, hecho a la imagen de su Creador, es realmente una imagen potencial de Aquel, sólo que para constituirse en una imagen real, precisa recorrer un largo camino, la avenida del Bien. Precisamente, el mal es percibido como el opuesto del Bien, y es por la diferenciación, por el contraste y por el conflicto, que el ser humano perfecciona su comprensión, que lo conduce a la senda correcta.

La divinidad del hombre es potencial ("Vosotros sois dioses"; Salmos 82:6). Ella se insinúa a través de su libre albedrío, de su libre voluntad. Pero sólo se manifestará plenamente si el ser humano transita el camino del Bien. Si él se hunde en el lodo del egoísmo, la codicia y el negativismo, su chispa cósmica quedará presa en su interior, aparentemente inexistente y por lo tanto impotente para operar en el mundo terreno.

En otras palabras, según el ser humano use sus atributos de pensar, sentir y actuar, posibilita o no, que la imagen cósmica que está dentro de él, irradie su gloria inefable, iluminando así el camino de Bien, o entonces, bloqueará esa senda maravillosa y acabará perdiéndose en las peligrosas pero fascinantes vías expresas del mal.

Es esto, que con diferentes ropajes exteriores y rituales más o menos complicados, han enseñado todas las religiones del mundo, cada una adecuada para épocas y pueblos específicos. En el mundo actual, apenas cuatro o cinco religiones han sobrevivido. Y todas ellas, si fuéramos a beber en el manantial de sus principales maestros (Cristo, Buda, Moisés, Mahoma, etc, e independiente de las deformaciones dogmáticas y oportunistas que pueden haber sido introducidas posteriormente), muestran una matriz básica, un modelo esencial, un arquetipo común: el reconocimiento de la potencialidad cósmica del hombre.

Esa potencialidad cósmica es lo que le permite alcanzar aquello que en las palabras de Jesucristo es el Reino de los Cielos, durante la vida terrena, al cual en el lenguaje común, llamamos de Felicidad. El hecho es que todo ser humano, a través de un nivel de comprensión interior, tiene la Felicidad como su objetivo supremo.

Sin embargo, la inmensa mayoría, confunde Felicidad con Satisfacción, por lo tanto momentánea y es por eso que la procuran, trillando caminos errados, que muchas veces conducen a la seductora avenida del mal. Apenas unos pocos transitan con grandes esfuerzos las sendas del Bien, dejando con frecuencia la piel en las espinas del camino, pero siempre irradiando amor.

"Amaos los unos a los otros", fue la enseñanza mayor del Maestro. Aunque con avances, con retrocesos, con incertidumbres y con conflictos, precisamos corresponder lo más posible a su llamado. Precisamos abrir las ventanas de nuestra alma y dejar irradiar para el Yo Exterior y para el medio ambiente, su energía impar, su aroma perfumado, su gracia inefable.

Así haciendo, el mundo recibirá una onda de paz, de alivio, de armonía y de buena voluntad. Por la Ley de Compensación recibiremos de vuelta un efluvio magnífico, un soplo glorioso del propio Creador y así la Felicidad podrá derramarse por nuestros rincones más íntimos, transformando nuestra vida en un Océano radiante de luz.

Sabemos perfectamente que mucha gente piensa que lo anteriormente expuesto es demasiado lírico o soñador, que es una utopía (por lo tanto imposible), vista la "realidad" circundante. Nuestra visión es cristalina en este punto: todo depende de la opción que se elija, pues-a pesar de todo-conservamos lo principal: el libre albedrío. Si continuamos eligiendo lo ruin, lo negativo, lo errado, es evidente que ni deberíamos soñar con lo que fue afirmado en el párrafo anterior.

Sin embargo, existe otra posibilidad: conscientizarnos realmente de la gravedad de la situación y decidir, al precio que sea necesario pagar, comenzar a trabajar apenas con lo positivo, con lo constructivo, lo cierto, lo armonizado con las altísimas Energías Cósmicas.

Se trata, pues, de un momento crucial, un momento de decisión y para que la naturaleza de ella no ofrezca lugar a dudas, debemos retornar al punto esencial: ¿Cuál es la misión del hombre en el planeta Tierra? ¿Cuál será el motivo de estar viviendo aquí y ahora?

Pueden existir varias respuestas para esta pregunta, pero hay una que aflora por encima de todas. Ella dice, simplemente, que estamos aquí para llevar una vida más plena y más realizada, una vida impregnada de armonía, luz y belleza. O sea, surge siempre una respuesta fascinante: estamos aquí para expresar nuestras potencialidades en el grado más alto. En resumen: ¡estamos aquí para ser felices!

Pero, si el objetivo de la vida humana es alcanzar la felicidad, ¿por qué son tan pocos los que la obtienen, los que llegan a la meta soñada? Simplemente, porque la Felicidad no llueve del Cielo. El Creador dispuso que su perfume maravilloso sólo fuese aspirado por aquellos que la procuran antes que a todos los bienes y tentaciones de este mundo. Esto significa que la Felicidad no puede ser conquistada pasivamente; ella debe ser cautivada, seducida, poco a poco, y él único camino que conduce hasta allí es saturar la mente, y el corazón con lo que es bueno, bello y verdadero.

Este camino, que es el único que nos puede llevar al campo de la Felicidad, pasa por el reconocimiento de que dentro de nosotros, en el rincón más profundo, existe un depósito permanentemente asistido por las inagotables Energías Cósmicas. Es interesante analizar este raciocinio: todo lo que no podemos hacer con nuestras limitadas fuerzas humanas, de naturaleza finita, lo podremos hacer cuando estemos armonizados con aquellas Energías fantásticas. Entonces, el mundo se abre en una perspectiva fascinante, como una rosa recién abierta, surgiendo en el medio de una cruz.

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