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Importancia de la educación como centro de producción de conocimientos, ciencia y tecnología

Enviado por John R. Perez H.



  1. Universidad, conocimiento, ciencia, tecnología e innovación
  2. Referencias bibliográficas

La PRODUCCIÓN es el proceso por el cual se ejecuta el conjunto de componentes de notorios de una cosa natural, social o ideal. Supone, la determinación de los mecanismos que permiten el control y manipulación, intelectuales o empíricos, de la identidad de la cosa. Más: supone que tales mecanismos agotan la identidad de la cosa o que ésta es un sistema causal. Tomo la palabra "producción" en un sentido que abarca tanto lo que los griegos llamaban arte y técnica (techné), como fabricación o creación (poiesis) y curso natural de las cosas (physis). Se da por descontado que el concepto de "producción" es una categoría de nuestra inteligencia, una forma que posibilita y a la vez condiciona nuestro acceso a la realidad, y no una estructura de ésta tal como se revelaría si se la pudiera considerar con independencia de nuestro modo de comprenderla.

El CONOCIMIENTO es el proceso por el que se determinan los componentes definitorios de una cosa o, lo que es lo mismo, las reglas de su producción. La palabra "conocimiento" se refiere a veces al resultado de este proceso, es decir, al sistema normativo (eîdos o télos) con el que identificamos las cosas y que nos instruye sobre los mecanismos de su producción, control o manipulación. El conocimiento es siempre el establecimiento de sistemas normativos definitorios de procesos productivos.

La PRODUCCIÓN DE CONOCIMIENTO es un fenómeno ligado a la vida humana, y quizás a la vida en general. La primera frase de la Metafísica de Aristóteles dice: "Todos los hombres desean por naturaleza producir conocimiento". Por tanto, esta es de índole y estatuto diferente tanto de la producción como del conocimiento de un objeto. La producción de conocimiento se distingue de cualquier producción humana por el hecho de que no se conoce de antemano la naturaleza de la cosa que se desea producir y, por lo tanto, que debe guiar el proceso productivo. No sabemos qué será producido. De hecho, producir conocimiento es producir la identidad de una cosa por primera vez, engendrar un sistema normativo que puede luego convertirse, en el fin que guía un proceso productivo. Nada guía, al proceso productivo de conocimiento. En otras palabras, la producción de conocimiento no es objeto de conocimiento.

Por razones históricas y económicas de índole variada, las sociedades contemporáneas les encargan a sus universidades la implementación y el cultivo de sistemas de producción de conocimiento o investigación. La investigación es, sin embargo, sólo una parte del quehacer universitario, que en la práctica incluye formación de profesionales y capacitación técnica, ejecución de teorías sociales, emprendimiento económico privado, desarrollo de bienes públicos, y más. La discusión acerca de si esta parte es además necesaria para el desarrollo del todo o si al menos puede ser funcional a este desarrollo, y en cualquier caso no dificultarlo, es muy importante desde el punto de vista de la administración universitaria.

Es por esto que innegablemente existe un debate que se da fuera del recinto de la universidad, y que se relaciona con el reconocimiento social y las condiciones de posibilidad, tanto ideológicas como materiales, de la universidad misma como institución social, y su idoneidad para implementar los sistemas de producción de conocimiento requeridos por la sociedad. En general, vinculadas a la definición de conocimiento y la percepción de su utilidad, en particular el costo y beneficio de producirlo al interior de instituciones -las universidades- que mantienen, o al menos reclaman para sí, grados avanzados de autonomía respecto de la autoridad política y estatal y respecto de diversos actores económicos, pese a la existencia de mecanismos eficaces para controlar, estimular o inhibir de manera indirecta el desarrollo de la investigación y de formas determinadas de trabajo. Incluso, una vez admitida -por inercia o como resultado de una reflexión- la necesidad del conocimiento, y una vez aceptado su establecimiento en la universidad, subsisten preguntas relativas a las universidades mismas: qué son y para qué existen, si podrían existir solamente a nivel de docencia o si el conocimiento que en ellas se produce obedece a fines claros y relevantes para la sociedad.

Es interesante observar como nuevos paradigmas, impregnados una visión holística, acordes a los tiempos que transcurren, y con un marco tintado de globalización, tecnología y comunicación han definido lo que hoy conocemos como «La Sociedad de la información / La Sociedad del Conocimiento», cuya fundamento no está sustentado en la producción física de bienes (economía industrial) sino en la distribución y utilización de información y conocimiento. 

En el marco de este escenario de la Sociedad del Conocimiento, surgen nuevas demandas para los distintos grupos e instituciones sociales, y de manera particular para la universidad. Ésta, como generadora de conocimientos, debe asumir el reto que le imponen los acelerados cambios científicos y tecnológicos que ocurren en el mundo. Esto significa deslastrar, como dice Schavino (2002), la antigua imagen de la institución universitaria cerrada al contexto social por el temor falso de ver perdida su autonomía intelectual y valores éticos científicos, dando paso a una universidad que responda efectivamente a las múltiples demandas, desafíos y circunstancias sociales actuales.

Es evidente el papel de la Universidad como la institución en la cual se desarrollan los procesos relacionados con la producción del conocimiento. Los procesos de innovación, descubrimientos y producción de conocimientos e información, están localizados fundamentalmente en las instituciones universitarias pues es en éstas en la que la productividad académica está asociada no sólo a la búsqueda de saberes sino además a la formación de productores cognitivos identificados con las necesidades del desarrollo nacional y local.

Es interesante acotar que, inicialmente, la producción del conocimiento no era misión de las universidades en su origen. El auge de las universidades se remonta al siglo XII de la Edad Media y su principal y única misión estaba alrededor de la enseñanza. La primera fase de la revolución científica se realizó fuera de las universidades. La incorporación de la producción del conocimiento se ubica al principio del Siglo XIX promovida por Guillermo de Humboltd, "para quien la ciencia constituía el principio fundamental de la Universidad" (Picón, 1994).

Las universidades son espacios de formación intelectual, moral, profesional y política de las personas. Por principio, han de estar profundamente implicadas en el cometido del desarrollo humano integral. El carácter social y público de la educación impone a sus instituciones un rol también social y público: la formación y los conocimientos han de tener un valor social, o sea, de mejoramiento de las condiciones de realización del bienestar colectivo, y no de instrumentación del egotismo e individualismo posesivo y excluidor. 

El debate sobre el objetivo neurálgico de la universidad en estos nuevos tiempos es de naturaleza cognitiva, no sólo por que intenta conceptualizar y entender la universidad y su función en la sociedad del siglo XXI, sino además por intentar definir, o de ser necesario REDEFINIR, lo que es el proceso de enseñanza. ¿Será que enseñar puede ser entendido hoy en día como la reproducción de conocimientos sin crítica frente a los alumnos, o sea, la transmisión de información sin producción de conocimiento y de saberes? En teoría, no es posible, en la actualidad, con la abundancia de informaciones y su fácil acceso, el papel del profesor es encontrar un camino transformador. Se apuesta a que él sea capaz de enseñar a sus alumnos la transformación permanente sólo si él mismo es un estudioso permanente, un investigador. Si tomamos en cuenta el paradigma de la universidad de este siglo, ese profesor debe ser un productor de conocimiento científico, un investigador y un formador de investigadores, el único que tiene condiciones de sustentarse y cumplir el papel social que se espera de la universidad, su misión en la sociedad del conocimiento.

Significa en este orden de ideas, la consagración en las instituciones Universitarias de la vocación de servidora social, al contribuir con su producción intelectual a la solución de problemas y dar respuesta a las necesidades sociales que la acecha (Vallota, 1995; Macaya, 1993). Así es como la producción de conocimiento, sin lugar a dudas, se ha convertido en el pilar fundamental de los sistemas universitarios actuales.

Universidad, conocimiento, ciencia, tecnología e innovación

La universidad, según hace mención Azagra (2004), es una institución nacida en el siglo XII en Francia e Italia, con la función de efectuar docencia para transmitir conocimiento de profesores a alumnos. Hasta el siglo XIV experimenta una etapa de auge, durante la que se extiende por toda Europa, debido a que se convierte en un foco de atractivo para la región en que se inserta y un centro de atención para los monarcas y nobles, interesados en la formación de su elite. Durante los siglos XV y XVI, entra en una etapa de declive debida a un conservadurismo de oposición, que se acentúa en los siglos XVII y XVIII, durante los que el protagonismo en la generación de ideas se desplaza hacia sociedades y academias con la función de desarrollar la investigación científica de acuerdo con las necesidades de una sociedad cada vez más tecnificada. Sin embargo, la deficiencia de estas Universidades Medievales para organizarse de forma especializada da pie a un resurgir de la universidad en el siglo XIX. El paradigma universitario medieval demostró su agotamiento definitivo en el siglo XVIII. Sólo en torno al cambio de siglo XVIII-XIX, como producto de la Revolución Industrial, se produce el renacimiento universitario con tres modelos: la universidad napoleónica (la Universidad de París, 1806), la universidad inspirada por Wilhelm von Humboldt (la Universidad de Berlín, 1809) y la universidad técnica (la Escuela Politécnica de París, 1794). La primera puso énfasis en la formación profesional, la segunda centró sus esfuerzos en la investigación4 y la tercera, en el desarrollo de las disciplinas que apoyaran el desarrollo industrial. Los tres modelos supieron adecuar la universidad a los requerimientos del desarrollo material y cultural de la sociedad (el surgimiento del capitalismo industrial). De ellos derivan la universidad moderna (Cifuentes, 2003).

La universidad moderna, en cumplimiento de los objetivos de los tres modelos de los que proviene, es multifuncional y multiformica. La universidad está consagrada por su naturaleza a la búsqueda de la excelencia a través de la plena libertad del pensamiento del investigador, la independencia y la congruencia de las metodologías de investigación, el afinamiento sistemático y progresivo de las técnicas explorativas, la profundización inagotable de la investigación, la extensión ilimitada de los objetos de estudio, el nivel superior y más alto posible de la formación practicada, la destinación de la oferta formativa a los grupos culturales y profesionales más elevados de la sociedad (Orefice, 2004). La diversidad y las nuevas formas de organizar el conocimiento, el ritmo veloz de su producción, la pluralidad de la ciencia y la complejidad de los nuevos saberes ya no permite que la transmisión de conocimientos se haga como se venía haciendo tradicionalmente, por lo tanto, se hace necesario llevar a cabo cambios para lograr una enseñanza más integral, compartida y transdisciplinaria (García Guadilla, 1998)

Estas posiciones de vanguardia en el desarrollo científico y tecnológico se logran cuando el sistema educativo sea un instrumento clave para producir conocimientos a través de la investigación planificada y ejecutada en todos sus niveles y modalidades. El dominio del saber científico por parte de una sociedad constituye, en el mundo contemporáneo, una condición básica para afirmar la identidad y la independencia culturales de cada país para favorecer la participación de la población en la ejecución de acciones hacia el desarrollo y para permitir un mejor control nacional de los límites (UNESCO, 1990). Este proceso hace evidente que el desarrollo de la sociedad y del ser humano está cada día más en relación con la capacidad de los pueblos para crear, innovar, manejar información y conocimientos, investigar y aplicar los inventos y descubrimientos que la investigación produce, de modo que la riqueza y bienestar de las naciones estará condicionada ya no sólo por los recursos naturales o materiales que posean, sino por sus recursos y potencialidades intelectuales.

En este orden de ideas, y de manera alarmante, nos percatamos que existe un bajo compromiso social de la universidad venezolana hasta el momento con el resto de los sectores del país y la escasa visión para desarrollar grupos de investigación que aporten soluciones a las diferentes organizaciones, pues no sólo es el sector productivo, entendido como el hacedor de bienes naturales, el que requiere del aporte de la investigación producida en el ámbito universitario, sino también los sociales, culturales y políticos, porque en resumen, la investigación es una actividad destinada a satisfacer las demandas de la sociedad en cada una de sus manifestaciones. 

En la búsqueda de una universidad moderna y eficiente, se ha modificado la Ley de Universidades por tres veces, llevándola a replantearse la necesidad de organizar, coordinar y planificar la investigación sobre unas bases más acordes con sus propias necesidades y con las de su zona de influencia. No obstante, lo anterior implica modificar las principales actitudes prevalecientes (dogmatismo, autoritarismo y burocracia) y orientar efectivamente los programas hacia la producción intelectual dirigida a la transformación de las realidades concretas (locales, nacionales y regionales) que son competencia de dichos programas.

Uno de los desafíos de este llamado siglo XXI a nivel de relevancia de procesos de enseñanza que enfrentan las instituciones de educación superior es afrontar ese llamado de ser herramientas no solo de producción de conocimiento, sino de aplicación y vinculación hacia su contexto y sociedad circundante, como ente generador de aportes hacia las diferentes problemáticas y retos existentes en nuestras latitudes y aun fuera de ellas. Y para que este enunciado casi "utópico" cobre relevancia es necesario que este conocimiento se convierta en factor de crecimiento y progreso; para lo cual es necesario (incluso mas allá de los procesos cognitivos que conllevan su generación) que sea interiorizado por las personas, organizaciones, instituciones y sociedad en general, dando lugar a lo que podríamos llamar una apropiación de este conocimiento, llevándolo así a otro nivel de conciencia, que permita evolucionarlo y llevarlo hacia la innovación como respuesta eficaz a una problemática especifica.

Las universidades son las más importantes productoras de conocimientos y técnicas, por tanto, son consideradas el más fuerte impulso motor de las industrias ya que tienen enorme centralidad en los procesos técnico-científicos, que constituyen la base de la modernización socioeconómica de un país. El valor principal de los conocimientos está más y más vinculado a su capacidad de producir beneficios económicos en respuesta a demandas de empresas y en consonancia con políticas gubernamentales.

El conocimiento es un bien público a ser construido por todos los que pueden participar con sus respectivas capacidades de diferentes maneras y en beneficio social. La construcción social de conocimientos es parte esencial de la construcción de la sociedad democrática, integralmente desarrollada e incluyente.

En cuanto a la innovación, esta es mucho más que la introducción exitosa de un cambio técnico en el mercado. En ella, elementos culturales y educativos tienen un papel central. Davyt la define como «la resolución creativa de problemas en ambientes productivos. Esto incluye aspectos como la educación y la formación de la gente en general, la cultura de cambio y del emprendedurismo — en contraposición a la cultura conservadora —, todos aspectos que no tienen que adquirir solo algunos privilegiados, sea en ambientes académicos o productivos, sino toda la población»(Davyt, 2006: 106).

De esta manera, lo público y lo privado son dos anillos que tienen lógicas distintas en las políticas y procesos de innovación y producen efectos diferentes en cada uno. La racionalidad "privada" impone una innovación para la competitividad según determinaciones de las elites productoras, en muchos casos en acuerdo con los gobernantes. La racionalidad basada en valores públicos intenta construir una innovación para la inclusión social, con participación activa de amplios sectores de la población. La innovación para la competitividad fomenta el sector productivo y el crecimiento de las empresas, genera ganancias económicas al país, pero estos progresos no constituyen un verdadero desarrollo humano integral y justo, pues mantienen e incluso profundizan las brechas sociales. La innovación debe ser parte de las estrategias públicas de desarrollo humano integral, social y sustentable. Con valor público, habrá de servir a la solución de necesidades y problemas transformados en demandas concretas de la población.

La universidad debe participar entonces en forma protagónica en el desarrollo de las condiciones necesarias para el fomento de la imaginación, la creatividad humana y la producción de conocimientos con sus vertiginosos y acelerados cambios de paradigmas, en una época en que el conocimiento es una de las principales fuentes de valor agregado, más allá de los tradicionales sectores productivos.

Hurtado (2.000), señala que en América Latina más de la mitad de los investigadores están en las universidades y en ellas se produce una proporción significativa de las actividades locales de investigación y desarrollo. Por tanto, la universidad está llamada a ser uno de los polos de crecimiento en un momento histórico en donde cobra mayor importancia la capacidad para generar, concentrar, asimilar y aplicar nuevos conocimientos que puedan traducirse en una mejor calidad de vida para la población. Esta generación del saber se logra esencialmente a través de la investigación. Al respecto, la Ley de Universidades (1970), establece en el artículo 3 que: "las universidades deben realizar una función rectora en la educación, la cultura y la ciencia. Para cumplir esta misión, sus actividades se dirigirán a crear, asimilar y difundir el saber mediante la investigación y la enseñanza"

Una de las principales responsabilidades de la universidad, es la formación integral de ciudadanos y ciudadanas profesionales por medio de los conocimientos; y si estos conocimientos, sobre todo los de base científico y tecnológico, son hoy considerados materia prima del desarrollo económico, mucho más habría que comprenderlos, junto con la carga de valores que portan, como contenidos de la formación humana: integral, social y ética. En tal sentido, la formación de los individuos guarda una interrelación esencial con la construcción de la sociedad, o sea, con el desarrollo general del país y con el bienestar de la población. La calidad de una universidad está en su capacidad de formar ciudadanos conscientes de sus responsabilidades en la construcción del bien común y en la producción y diseminación de conocimientos que, además de solidez científica, tengan gran valor público para alimentar los cambios económicos, sociales y éticos de la sociedad y alcanzar niveles más altos de realización de los sueños de felicidad, paz y libertad.

Referencias bibliográficas

  • Azagra C. Joaquín M., (2004). La contribución de las Universidades a la Innovación, Tesis de grado, Universitat de Valencia, Servei de Publicacions.

  • Cifuentes Seves, Luis (2003). Crisis y Rescate de la Universidad. http://firgoa.usc.es/drupal/node/12202.

  • Davyt, Amilcar (2006). «Políticas actuales para la investigación en ciencia y tecnología». En Vessuri, Hebe (ed.) Conocimiento y necesidades de las sociedades latinoamericanas. Altos de Pipe, Caracas: Ediciones IVIC.

  • García Guadilla, C. (1998). La Educación Superior en Venezuela: una perspectiva comparada en el contexto de la transición hacia la sociedad del conocimiento.  Dossier. La Educación Superior en Venezuela: debate en la transición. Cuadernos del CENDES. Año 15. No. 37. Caracas.

  • Hurtado de B, J. (2000). Retos y Alternativas en la Formación de investigadores. Fundación Sipal. Caracas.

  • Macaya, G. (1993). Vinculación de la Investigación Universitaria con el Sector Productivo. En Martínez E. Estrategias, Planificación y Gestión de Ciencia y Tecnología. CEPAL, ILPES, UNESCO, ONU, CYTED. Caracas: Nueva Sociedad.

  • Orefice, Paolo (2004). Educación Superior e Interculturalidad: La Universidad entre conocimiento científico, conocimiento global y conocimientos varios. Seminario Internacional "La Educación Superior en un Estado multiétnico" (Ciudad de Guatemala, 15-16 de abril 2004).

  • Picón, G. (1994). El proceso de convertirse en Universidad. UPEL-UNERS. Caracas.

  • Schavino, n. (2002). «Investigación Universitaria y Sector Productivo. Un Modelo de Correspondencia. Gerencia 2000. Vol. 3., año 3. Caracas: UNESR.

  • Vallota H.A. (1995). Conocimiento y Universidad. En Conocimiento y Universidad. Ediciones del Rectorado. Valencia: Universidad de Carabobo.

 

 

 

Autor:

John R.Perez H.


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