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Metapsicología de la vejez

Enviado por Dr Jose Cukier



Partes: 1, 2

  1. La madurescencia en el mito del héroe
  2. ¿La madurescencia de Edipo?
  3. El cuerpo y la revuelta psíquica madurescente
  4. La sexualidad y la muerte
  5. De los climaterios a la madurescencia partiendo de Freud
  6. ?Resistencias? para una verdadera comprensión de la madurescencia
  7. Elementos para una metapsicología de la madurescencia
  8. Las vicisitudes de transformación de la moratoria madurescente
  9. Diferenciación entre la transición madurescente y la crisis madurescente
  10. Psicopatología de la transición madurescente y de la crisis madurescente
  11. Los universales (invariantes) en la madurescencia
  12. Elementos para una clínica de la incertidumbre
  13. Bibliografía

Freud (1914c) (1915c) (1916-1917 [1915-1917]) (1920g) (1933a [1932]) sostiene que el individuo tiene una existencia doble: constituye un fin para sí mismo a la vez que es un eslabón en la cadena de transmisión del plasma germinal. La primera parte de esta afirmación implica un propósito que abarca diacrónicamente todo el ciclo vital, mientras que la segunda afecta sincrónicamente un período preciso, y es la que motiva este paper.

Propongo denominar madurescencia al resultado del trabajo psíquico específico que se activa una vez que el individuo ha dejado de ser necesario para el plan de la especie e inicia su envejecimiento.

Elijo la voz madurescencia para referirme a la mediana edad porque el concepto transmite una idea del proceso de transformación hacia la madurez, análogamente a como la palabra adolescencia promueve, en su caso, el significado de transformación hacia la adultez.1

1 La palabra madurescencia constuituiría un neologismo y un barbarismo filogógico en castellano, a pesar de que en latín existe maturescentia y maturescens con el significado de madurar (de maturitas-atis: madurez de la edad). La palabra adolescencia, por su parte, deriva del latín adolescens-ntis (de tercera conjugación) significando el que está creciendo. La palabra está compuesta por el prefijo ad (hacia) y el verbo alescere (crecer o desarrollarse). Adopto madurescencia, por las razones a las que aludí en el párrafo y porque ya

Postulo la madurescencia centrándome en la inextricable trabazón entre los procesos biológicos y psicológicos que se expresan a través de la vida pulsional —un proceso que tiene un origen y diferentes decursos posibles que dan cuenta de esta transformación— para proponer una exégesis metapsicológica psicoanalítica.

La madurescencia en el mito del héroe

Resulta una paradoja extraña el hecho de que la palabra mito suela ser

tiene una cierta difusión en la medicina. Nótese que existe el equivalente inglés de la expresión en middlescence y middlescent, de utilización reciente.

comprendida y utilizada vulgarmente como mentira o engaño, puesto que el estudio de los mitos ha demostrado que éstos transmiten una verdad profunda, ancestral, trascendente: lo más auténtico y verdadero de una cultura. ¿Por qué razón sucede este deslizamiento semántico si los mitos fueron lo que permitió la transmisión de gran parte de la sabiduría que atesora la humanidad?

Las verdades míticas se expresan a través de un proceso equivalente al del trabajo del sueño. De la misma manera que el contenido manifiesto de los sueños se vale de algún resto diurno (aparentemente) indiferente para disfrazar y expresar el verdadero contenido latente —que siempre es inasible, incomprensible, tan desgarrador como para hundirse en su propio ombligo—, los mitos funcionan desde idéntica lógica, aunque en este caso a la manera de los «sueños de la humanidad». Un esfuerzo de enmascaramiento tan extremo evidencia que los mitos transmiten verdades que desafían la capacidad representacional.

La producción de mitos de la humanidad permite algunas clasificaciones. Entre éstos pueden considerarse los mitos de la creación del mundo —que intentan responder la pregunta acerca de los orígenes de la creación del mundo y su destino— y los mitos del héroe—que aluden al misterio de la vida y de la muerte.

La especificidad del mito del héroe ofrece un modelo paradigmático para una representación del ciclo vital humano. El articulador que los vertebra alude a las vicisitudes de las diferentes etapas de la vida humana, entre éstas, el nacimiento, la adolescencia, la madurescencia, la vejez y la muerte (Montero 2005) (Montero 2009). Dado que el psicoanálisis reconoce que los fenómenos psíquicos universales tienen un equiivalente mítico, por ejemplo Edipo y Narciso, resulta tentador inquirir cómo estarían expresadas las características de la madurescencia en el mito del héroe, aportando así otra perspectiva para su definición.

Así como la salida exogámica que plantea la adolescencia suele ser figurada en los ciclos míticos del héroe en la serie de pruebas de iniciación que el héroe debe sortear para ser considerado miembro adulto de la sociedad (viaje de ida), las vicisitudes específicas de la madurescencia (viaje de vuelta) quedan figuradas en la etapa que se denomina retorno, catábasis, o más específicamente «descenso a los infiernos», momento en el que realiza una serie de pruebas que lo «humanizan». Hallo una noción similar en Zarathustra de Nietzche: el concepto de Untergung significa voluntad de ocaso, decadencia, descenso para profundizar, a manera de reencuentro con el principio o con los fundamentos. Durante el «descenso a los infiernos», el héroe suele confrontar con sus antepasados muertos, atravesar algún bosque insondable y oscuro, realizar un viaje nocturno, rescatar algún objeto simbólico que le posibilite la adquisición de un conocimiento nuevo, etc. El resultado de todo esto puede ser el retorno a la ciudad con una nueva sabiduría de la vida, algo valioso para compartir con las demás personas.

En el mito mesopotámico anónimo contenido en la epopeya Cantar de Gilgamesh, el héroe emprende su catábasis intentando hallar una fórmula para «su» inmortalidad.2 Por el lado de la tradición griega, alrededor del Siglo VIII a.C., Odiseo (Ulises) en Odisea también vive su «descenso a los infiernos» (Hades) (Canto XI), mientras realiza el viaje de vuelta desde Troya hasta Ítaca. Sigue las instrucciones de Circe para consultar a Tiresias acerca de su futuro. Atraviesa los peligros del estrecho de Escila y Caribdis, sobrevive con ingenio al canto de las sirenas: todo antes de llegar a Troya, su hogar, para reencontrarse con su esposa Penélope y con su hijo Telémaco, tal como lo había predicho Tiresias. ¿Por qué razón impacta su viaje heroico como lo hace? ¿Por qué quedó su aventura como paradigma del regreso y continúa conmoviendo después de tantos siglos?

2 Cuando entrecomillo la palabra «su» en la expresión «su» inmortalidad quiero enfatizar el carácter estrictamente narcisista de la búsqueda. No acuerdo con quienes aluden a la «hierba de la inmortalidad» porque el héroe que la busca trata de conquistarla para sí mismo, más que para toda la comunidad.

¿La madurescencia de Edipo?

¿Pero cuál es el «descenso a los infiernos» de Edipo? Considero que Edipo desciende a los infiernos cuando comienza a resolver su propio enigma de origen (Montero 2005) (Montero 2009). Edipo fue rey luego de asesinar a su padre, inmediatamente cohabitó y engendró hijos con su madre, pudo reinar en paz y armonía, obteniendo el reconocimiento de su pueblo hasta que estalla la peste en Tebas, y la ciudad se ve condenada a la hambruna, la enfermedad y la muerte, momento en que la última consulta al oráculo de Tiresias —el adivino oficial otra vez— facilitó que Edipo comenzara el descubrimiento de sus orígenes.

Pienso que la tragedia de Sófocles detecta algunos aspectos de la (re)elaboración imprescindible del trabajo psíquico que se activa en la madurescencia. ¿Por qué no pudo Edipo «des-cubrir» su origen con anterioridad? ¿Por qué sólo la consulta oracular por «la peste» es la que finalmente le aporta el conocimiento que necesitaba, cuando la tragedia describe algunas consultas anteriores al oráculo que fueron inmediatamente desestimadas por el héroe? La anagnórisis de Edipo implicaría su propio «descenso a los infiernos», el tipo de «peste» (¿retorno de lo reprimido?) que caracteriza a la madurescencia.

Tampoco puedo dejar de pensar aquí que el destino del propio Freud fue similar al de Edipo en mi interpretación del mito, puesto que «des-cubrió» el complejo de Edipo al inicio de su autoanálisis, configurando así su propio «descenso a los infiernos». Pienso que en el mito de los héroes Gilgamesh, Odiseo, Edipo, y en nuestro «héroe» Freud podemos hallar un «descenso a los infiernos» que evidencia aspectos del trabajo psíquico característico de la madurescencia, que «nos fuerza a ser otra vez héroes que no pueden creer en la muerte propia» (p. 300), al decir de Freud (1915b), y que a la vez obliga al esfuerzo de reconocerla. Por supuesto, esta conceptualización también integra el postulado que sostiene que el héroe es quien asesinó al padre (Freud 1921c), como la verdadera autorización subjetiva para una vida adulta y la consecuente madurescencia.

El cuerpo y la revuelta psíquica madurescente

¿Por qué razón la adolescencia y la madurescencia son los dos momentos más importantes del ciclo mítico del héroe? ¿Por qué están tan enfatizados como el nacimiento y la muerte? ¿Por qué la humanidad necesitó plasmar estas etapas en el mito?

Considero que la importancia de estos dos momentos se debe a que la exogamia coindice con la pubertad y el descenso a los infiernos con el climaterio masculino y la menopausia femenina,3 y que estos procesos del cuerpo y en el cuerpo (fisiológicos, metabólicos, hormonales) demandan una medida de trabajo psíquico extremo. A partir de este momento cada vez que aluda conjuntamente al climaterio masculino y a la menopausia femenina voy a hacerlo sólo con la palabra climaterios en plural. magnitud de estos procesos es lo que llevó a las civilizaciones a plasmar la revolución de la pubertad y la revolución de los climaterios en el ciclo mítico del héroe, alegoría del doble inmortal individual expresado como fantasía colectiva.

Coincido parcialmente con Blos (1979) cuando sostiene que «la pubertad es un acto de la naturaleza y la adolescencia es un acto humano» (p. 328). Creo que se comprende el sentido de lo que quiere transmitir, a pesar de que disiento con el concepto de «acto humano», porque lo humano es también parte de la naturaleza. Creo que resulta conveniente aclarar que —en el contexto en el que Blos sostiene su afirmación— habría sido más claro postular que la pubertad es un acto preponderantemente biológico y la adolescencia su consecuencia preponderantemente psicológica, formulando en ambos casos una especie de biología extendida, tal como pueden comprenderse los planteos de Freud acerca del continuum entre biología y psicología humana, razón por la que siempre consideró el psicoanálisis como una de las ciencias naturales. O quizás proponer, como prefiero, que la pubertad es un acto pautado por la filogenia y la adolescencia por la ontogenia.

Similarmente, extiendo esta afirmación para sostener que los climaterios son preponderantemente biológicos y que la madurescencia es su consecuencia preponderantemente psicológica, o que los climaterios tienen que ver con la filogenia y la madurescencia con la ontogenia.

Así como Blos plantea que «la iniciación de la adolescencia coincide con hitos somáticos mensurables» (p. 327), propongo considerar que la madurescencia también coincide con hitos somáticos mensurables, que originarán procesos psíquicos específicos.

Es tan significativa la revolución que se produce en el cuerpo —a nivel metabólico, fisiológico y hormonal— en estas dos etapas de la vida, que promueven un desequilibrio subjetivo que puede derivar en una respuesta extrema, como consecuencia de la medida de trabajo psíquico que originan. Esto es lo que el mito del héroe pareciera graficar tan bien con el «descenso a los infiernos», un intento de representar los procesos que provienen del cuerpo al inicio de la madurescencia. Así como puede figurarse al adolescente escrutando la «explosión» del cuerpo frente al espejo, puede también figurarse al individuo madurescente ante la «implosión» del mismo, en idéntica pose de incertidumbre y temor a una irrupción siniestra de la vejez y la muerte.

La sexualidad y la muerte

Pero, ¿por qué razón la pubertad y los climaterios generan esta vivencia de una emergencia importante de trabajo psíquico, si son momentos o procesos propios del ciclo vital humano, si es algo que viene sucediendo en todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales? ¿No podría suponerse que aquello que nos constituye esencialmente como seres humanos debiera ser vivenciado como algo «natural» en lugar de promover tamaña revuelta psíquica?

El aspecto psíquico de la biología extendida demanda un reacomodamiento porque el ser humano está condicionado por dos grandes moratorias. La primera, que Erikson (1951) denominó moratoria adolescente, y la segunda que propongo denominar moratoria madurescente. Estas moratorias humanas (¿antinaturales?) son las que generan la vida psíquica específica tanto de la adolescencia como de la madurescencia.

Considero que para la sociedad occidental contemporánea, la moratoria adolescente obliga a la postergación de la procreación, algo que el mandato biológico reclamaría perentoriamente. La frustración de esta demanda post-puberal es lo que genera el trabajo psíquico aludido, dando inicio al aspecto psíquico del fenómeno de la adolescencia.

Algo equivalente sucede con los climaterios, porque también inician una moratoria que posterga lo que la biología reclamaría: la muerte. El madurescente ya no resulta útil para el plan de la naturaleza porque ya no puede seguir procreando, a pesar de que se resiste a morir. La moratoria post-climatérica de postergación de la muerte es lo que generará la medida de trabajo psíquico que caracteriza a la madurescencia y su consecuencia natural: el envejecimiento.

Aquí podría aclarar otro aspecto que hace a la naturaleza humana, que tiene que ver con estas moratorias, porque ambas no son sólo una dilación de un mandato de la especie —no sólo se trata de procrear y morir para el ser humano. Durante la moratoria adolescente el individuo decide disfrutar de la sexualidad sin procrear; mientras que en la moratoria madurescente, en lugar de entregarse a la muerte, el individuo decide prolongar su vida lo máximo posible, obligándose a confrontar así con el asedio crónico de la vivencia de incertidumbre. La mantención de la sexualidad por placer en la madurescencia podría llevar también a otra pregunta: ¿Existiría un tercer tiempo para la sexualidad en la madurescencia?

Precisamente, la enorme demanda de trabajo psíquico que generan la sexualidad (primera moratoria) y la muerte (segunda moratoria) es lo que llevó al descubrimiento del psicoanálisis. La trascendencia de esta temática —algo que confirma los postulados psicoanalíticos nucleares— no sólo puede hallarse figurada en el ciclo mítico del héroe, sino que también se la encuentra en los eufemismos. En efecto, los eufemismos son palabras alternativas o deformaciones de contenidos inconscientes que en todos los casos tienen que ver con la sexualidad y la muerte: algo que no debiera sorprender al psicoanalista, pero que no deja de llamar la atención cuando se revisa algún diccionario específico o se busca la confirmación correspondiente directamente en el habla coloquial (Rawson 1995).

Como una de las paradojas más importantes que plantea la vida humana, estos dos períodos de moratoria que postulo, son los momentos del ciclo vital humano en los que es posible promover un verdadero crecimiento y a un cambio subjetivo trascendente, tanto como el encuentro con la autenticidad (subjetiva y vincular). Por supuesto, esto es lo que sucede en los mejores casos, porque siempre la psicopatología se encarga de mostrar magnificados los procesos que en el desarrollo normal están disimulados.

Por esta razón, sostuve que la madurescencia es una oportunidad que ofrece el ciclo vital para promover, continuar y profundizar el desarrollo individual en el ámbito de la propia subjetividad, del vínculo con los objetos y del intercambio entre las generaciones (Montero 2005) (Montero 2009) (Montero 2013).

Quisiera aclarar algo que recurrentemente surge como cuestionamiento para esta manera de pensar el tema: el climaterio masculino es muy diferente del violento final que plantea la menopausia para las mujeres. Si bien es cierto que el inicio del climaterio masculino no impide la actividad procreativa hasta muy avanzada la edad madura, la biología natural, específicamente los estudios etológicos dentro de ésta, demuestran que en las especies superiores las crías generadas a partir de machos mayores pueden nacer con malformaciones o dificultades para la supervivencia, algo que pareciera que el ser humano también pretende desmentir porque los climaterios poseen una manifestación esencialmente diferente, aunque son funcionalmente equivalentes.

De los climaterios a la madurescencia partiendo de Freud

Cuando hablo de la filogenia y su transformación en ontogenia durante los climaterios, quiero postular una serie de estratos que influyen para el trabajo de la madurescencia. El mandato filogenético (instinto) impacta en el cuerpo generando un trabajo de decodificación que alerta tanto del programa de la especie como del inicio del envejecimiento. La especificidad de la transformación continua del instinto en pulsión durante los climaterios es lo que denomino «ombligo de la madurescencia».

Quiero citar cronológicamente cuatro frases en las que Freud alude al tema: «En la cúspide de su vida, durante los primeros años después de cumplidos los cincuenta, en una época en que los caracteres sexuales ya han involucionado en la mujer, no es raro que en el hombre la libido aventure todavía un enérgico empuje»4 (1910c) (p. 124). Puede hallarse aquí al Freud más empírico, porque, como anticipé, por esa época no se conocía lo que se denomina climaterio masculino ni su impronta pulsional, pero Freud encontró estos efectos en su clínica, razón por la que puede adjudicar este «enérgico empuje» también a los hombres.

4 Aquí y en las citas siguientes el resaltado es mío.

El segundo ejemplo: «Vemos enfermarse a individuos hasta entonces sanos, a quienes no se les presentó ninguna vivencia nueva y cuya relación con el mundo exterior no ha experimentado alteración, de suerte que su caer enfermo impresiona por fuerza como algo espontáneo. Sin embargo, un abordaje más ceñido muestra que también en estos casos se ha consumado una alteración que debemos estimar en extremo sustantiva para la causación patológica en general. Por haberse alcanzado cierto tramo de la vida, y a raíz de procesos biológicos que obedecen a una ley, la cantidad de libido ha experimentado un acrecentamiento en su economía anímica, y este basta por sí sólo para romper el equilibrio de la salud y establecer las condiciones de la neurosis. Según se sabe, tales acrecentamientos libidinales, más bien repentinos, se conectan de una manera regular con la pubertad y la menopausia, con ciertas edades en la mujer; además, en muchos seres humanos pueden exteriorizarse unas periodicidades todavía desconocidas.» (1912c) (p. 243)

Este párrafo resulta esclarecedor porque sienta las bases para la metapsicología que pretendo explicitar. Alude a la aparente espontaneidad de la enfermedad, correlaciona «procesos biológicos» sincrónicos con «cierto tramo de la vida», indica cómo el acrecentamiento libidinal rompe el equilibrio de la salud promoviendo la neurosis, y habla explícitamente de la pubertad y de la menopausia.

En el tercer ejemplo, Freud sostiene: «Lejos estoy de haberles comunicado todas las observaciones que abonan nuestra tesis del vínculo genético entre libido y angustia. Entre ellas se cuenta, todavía, la influencia que sobre la contracción de angustia ejercen ciertas fases de la vida, como la pubertad y la menopausia, a las que es lícito atribuir un considerable incremento en la producción de libido.» (1916-17 [1915-1917]) (p. 367)

En la cita, Freud está hablando del incremento libidinal que se origina en la pubertad y la menopausia, deteniéndose en la angustia como la evidencia clínica del trabajo psíquico que demanda dicho incremento cuando no puede ser tramitado.

Muchos años después, ya en el marco de la segunda teoría pulsional, vuelve a considerar lo mismo. «Por dos veces en el curso del desarrollo inidividual emergen refuerzos considerables de ciertas pulsiones: durante la pubertad y, en la mujer, cerca de la menopausia. En nada nos sorprende que personas que antes no eran neuróticas devengan tales hacia esas épocas. El domeñamiento de las pulsiones, que habían logrado cuando éstas eran de menor intensidad, fracasa ahora con su refuerzo.» (1937c) (p. 229) Propongo que esto sucede cuando el apremio de la naturaleza —otra característica del apremio de la vida o Ananké— deriva en los incrementos pulsionales característicos de la segunda moratoria, algo que puede decantar en resultados tan diferentes como una transición madurescente o una crisis madurescente.

«Resistencias» para una verdadera comprensión de la madurescencia

Es común aludir al trabajo de duelo que genera el envejecimiento, la enfermedad o la muerte de los propios padres; o el que genera lo que se denomina «síndrome del nido vacío», cuando los hijos adolescentes inician la exogamia; tanto como lo que puede generar alguna enfermedad crónica o incurable en un individuo madurescente; cuando muere algún coetáneo, etc. Suele considerarse que estos son procesos propios de la madurescencia, pero considero que no es así. Creo que son situaciones que pueden ocurrir durante la madurescencia y que sirven como pantalla para aludir indirectamente a lo que verdaderamente importa y es esencialmente inconsciente: «el ombligo de la madurescencia», el proceso biológico ocasionado por la segunda moratoria y la demanda de trabajo psíquico que genera.

Todas las situaciones que detallo activan procesos de duelo, pero no promueven el crecimiento y el desarrollo a través de su tramitación. Creo que pueden ser consideradas de la misma manera que se considera el resto diurno indiferente para el sueño, a través del que podemos llegar al verdadero deseo inconsciente, tanto como puede accederse al verdadero trabajo demandado por la madurescencia a partir de lo que se genera en cada persona cuando atraviesa cualquiera de las situaciones aludidas.

Reafirmo mi hipótesis también por el hecho de que una persona madurescente puede haber perdido a sus padres en su infancia, puede no haber tenido hijos o tenerlos y que permanezcan en su casa, puede mantenerse sana e idealmente podría no haber perdido a ningún coetáneo importante, pero vivirá igual su madurescencia a consecuencia de la segunda moratoria porque es una ley que proviene del mandato de la especie, aunque utilizará en este caso otros «restos diurnos» para expresarla. Algo equivalente sucedería con la percepción consciente del propio envejecimiento (canas, arrugas, pérdida de tonicidad muscular, etc.). En este caso éste sería el problema consciente, mientras que lo que asedia inconscientemente es lo que proviene del mandato filogenético, el verdadero «ombligo de la madurescencia».

Considero, asimismo, que no puede teorizarse con fenómenos particulares, porque el valor heurístico lo aportan precisamente los fenómenos universales que legitiman la comprensión de los procesos, en este caso aquello que proviene de la naturaleza biológica e instintiva, por un lado; y el cuerpo también como universal, por el otro, cuando comienza a expresar señales del envejecimiento, a pesar de que el tipo de envejecimiento ligado a la segunda moratoria no puede llegar a hacerse consciente.

Podría pensarse que siendo tan importante la pérdida de la capacidad fértil en la activación de todo este proceso, quien haya tenido hijos se hallaría en una posición ventajosa respecto de quien no los haya tenido, algo con lo que tampoco coincido. Al respecto quiero detenerme en la tragedia Macbeth, tal como Freud mismo lo señala, porque el matrimonio Macbeth llega a una desmezcla pulsional extrema a consecuencia de la infertilidad. En este contexto suele sorprender la frase de Freud (1916d) cuando considera que lo que le sucede al matrimonio es «un testimonio de la maldición de la esterilidad y de la bendición de una generación continuada». Al no haber podido cumplir con el plan de la naturaleza, los Macbeth llegan a la orgía de sangre y asesinatos en serie que cometieran para intentar tramitar la moratoria madurescente que les esperaba desde el momento en que el rey Macbeth se entera de que no tendrá descendencia y que su trono no será heredado por un hijo suyo porque no lo tendrá jamás. Considero que los Macbeth asesinaron porque estaban condenados a muerte, pero no porque la transmisión del plasma germinal quedaría interrumpida sin «la bendición de una generación continuada», sino porque carecían de recursos psíquicos para procesar lo que promueve la moratoria madurescente. Sostengo que si el matrimonio hubiera tenido hijos habría vivido la misma desesperación y violencia, quizás desplazada a alguna otra situación que mostrara ser lo suficientemente indiferente como para disfrazar el verdadero .dolor. A mayor disponibilidad de recursos psíquicos, mejor posibilidad de tramitar esta moratoria en ausencia de hijos biológicos o simbólicos, pero la carencia de estos recursos promueve un tipo de desmezcla pulsional equivalente a la que expresan los Macbeth.

Finalmente, quiero señalar que estoy en desacuerdo con quienes suponen que la madurescencia se habría retrasado cronológicamente en el último siglo, porque la expectativa de vida humana aumentó. Esta puede ser una verdad estadística, pero no es una verdad psicoanalítica, porque el verdadero «ombligo de la madurescencia» proviene de la fuerza del instinto, algo que no podría cambiar en el transcurso de tan pocos años.

Segunda Parte:

Elementos para una metapsicología de la madurescencia

Metapsicología de la madurescencia

La moratoria madurescente tiene que ver con «el punto más espinoso del sistema narcisista, esa inmortalidad del yo que la fuerza de la realidad asedia duramente» (1914c) y que se presenta como un dolor ante la inevitabilidad del propio envejecimiento y la muerte eventual (Montero 2005) (Montero 2009) (Montero 2013).

La percepción del propio envejecimiento —desde la lógica del «ombligo de la madurescencia»— es algo que quiero presentar desde una perspectiva similar a lo que sucede en la caverna de Platón (República, VII). El individuo puede ver las sombras que se proyectan, pero desconociendo que están siendo proyectadas, de manera casi equivalente a como se gesta el trabajo del sueño. Es la percepción de un reflejo que evidencia lo que sucede, aunque sólo a través de esta manifestación indirecta. Con esto significo que el envejecimiento que preocupa al individuo madurescente es el que tiene que ver con la segunda moratoria, algo muy difícil de reconocer.

Aquí se abren dos posibilidades de comprensión. La primera podría denominarse la experiencia con la muerte futura, e implica la categorización de disruptiva (potencialmente traumática) para una experiencia como la muerte futura que (aun) no ha acaecido efectivamente, considerando que una de las definiciones de trauma comprende aquellos sucesos que amenazan o desbordan la capacidad representacional del aparato psíquico. Aquí enfatizo el adverbio «aun», que significa aquello que «todavía» y «hasta un momento determinado» no ha sucedido, pero implicando algo que inexorablemente se cumplirá. Aquello que «aun» no ha sucedido constituye una presencia psíquica que tiene valor de realidad, siempre presentida, generalmente amenazante, porque pertenece al plano de la segunda moratoria. En este caso el individuo madurescente podría trasladar al futuro la vivencia subjetiva que está sucediéndole en el presente.

Pienso así porque la moratoria madurescente tiene que ver especialmente con lo que le sucede al individuo en el presente, razón por la que propongo llamar este vértice la experiencia con la muerte presente, y no sólo con aquello que pueda proyectarse hacia el futuro. Lo que sucede durante la madurescencia es inasible, inadmisible, incomprensible e inefable, porque implica la presencia de una huella biológica imposible de ser representada en el presente madurescente, por eso su naturaleza disruptiva (potencialmente traumática).

La tensión entre la experiencia con la muerte futura y la experiencia con la muerte presente promueve una vivencia de incertidumbre que puede registrarse dolorosamente.

También considero que si se toman en cuenta las reacciones (transformaciones) extremas tan frecuentes que el aparato psíquico se ve precisado a emplear en el intento de tramitar la madurescencia, podrá acordarse que una defensa tan extrema sólo puede corresponderse con un dolor también extremo e inabarcable, posibilitando así inferir el efecto disruptivo (potencialmente traumático) a partir del tipo y de la magnitud de la defensa implementada.

También podría objetarse por qué preocuparía la muerte a una persona si Freud (1915b) (1919h) mismo se encargó de explicar la imposibilidad intrínseca del psiquismo humano para representar la propia muerte, «pues "muerte" es un concepto abstracto de contenido negativo para el cual no se descubre ningún correlato inconciente» (p. 58) (1923b) y «en lo inconsciente no hay nada que pueda dar contenido a nuestro concepto de la aniquilación de la vida» (p. 123) (1926d [1925]). Propongo que esta condición de imposibilidad representacional estaría agregando una nueva evidencia a la dimensión disruptiva (potencialmente traumática) que quiero resaltar para la segunda moratoria.

Las vicisitudes de transformación de la moratoria madurescente

Freud plantea en La transitoriedad (Vergänglichkeit) (1916a [1915]) que se activan tres disposiciones posibles como reacción ante lo transitorio (perecedero), ante aquello que está destinado a desaparecer. Estas disposiciones están en estrecha relación con la posibilidad, la dificultad o la imposibilidad de (re)significación de la moratoria .madurescente, constituyéndose en tres transformaciones que describen decursos diferentes (Montero 2005) (Montero 2009) (Montero 2013).

Una primera modalidad implicaría una serie de micro-procesos continuos de elaboración ([re]significación) que derivarían en un nuevo equilibrio («el valor de la transitoriedad es el de la escasez en el tiempo») (p. 309). Esta primera actitud ante lo transitorio de la existencia implica la activación de un trabajo de duelo que promueve el cambio psíquico y la (re)significación (relativa) de la moratoria madurescente.

Una segunda modalidad es el enlentecimiento (estancamiento) («el dolorido hastío del mundo») (p. 309), lo que implica una paulatina detención y la consecuente cronificación en ciertos estereotipos personales que derivan en alteraciones de la autoestima y en la imposibilidad de investir nuevos planes o proyectos, casi como si el tiempo se hubiera detenido. Esta segunda modalidad implica una tramitación psicopatológicamente melancólica de la transitoriedad que impide el cambio psíquico y la (re)significación, lo que lleva consecuentemente a la tramitación (relativa) precaria de la moratoria madurescente.

Una tercera modalidad es la aceleración (cambio aparente) («una revuelta contra esa facticidad aseverada») (p. 309) implicando generalmente intentos de huida hacia el pasado con el propósito de «recuperar» vertiginosamente el tiempo perdido, y donde también puede observarse una deficiente regulación de la autoestima, aunque en este caso se invisten diferentes planes o proyectos en los que el único propósito pareciera ser una recuperación utópica de la juventud. Esta tercera modalidad implica una tramitación psicopatológicamente maníaca de la transitoriedad donde también está impedido el cambio psíquico y la (re)significación, y, así como en el caso anterior, también llevaría a una tramitación (relativa) precaria de la moratoria madurescente.

Diferenciación entre la transición madurescente y la crisis madurescente

La transición madurescente se correspondería con la primera modalidad de procesamiento (relativo) de la segunda moratoria. En este caso se jerarquiza la progresión y continuidad del decurso evolutivo propiamente dicho. La crisis madurescente, por su parte, se correspondería con la segunda y tercera modalidades de procesamiento de la moratoria madurescente.

Tomando en cuenta las consideraciones previas postulo un continuum entre transición y crisis patognomónico de la madurescencia, constituido por el polo de la transición y el polo de la crisis, en cada uno de sus extremos opuestos (Montero 2005) (Colarusso & Montero 2007). Desde la perspectiva de este continuum considero que toda persona atraviesa tanto por una transición como por una crisis madurescente en simultáneo, aunque en diferentes proporciones de mezcla. El continuum que propongo implica considerar entonces que la transición y la crisis madurescente mantienen entre sí una relación inversamente proporcional, considerando también que, si bien la libido y la agresión se manifiestan en simultáneo, la transición madurescente parecería aludir a una tendencia a la mezcla pulsional y la crisis madurescente a una mayor desmezcla.

Psicopatología de la transición madurescente y de la crisis madurescente

El tipo de trabajo psíquico que plantea la tramitación de la moratoria madurescente es un trabajo que apunta directamente a la recuperación del Selbstgefühl (Freud 1914c), el sentimiento de si, la autoestima. Tanto como los residuos omnipotentes del narcisismo infantil como la omnipotencia corroborada por la experiencia se ven alterados al inicio de la madurescencia puesto que se activa una crisis narcisista que puede tener diferentes alternativas. En todos los casos, inclusive cuando puede hacerse el procesamiento a través de micro-procesos continuos de elaboración [(re)significación], lo que se pone preponderantemente en primer plano es el funcionamiento del self, entendido éste como regulador de la autoestima, puesto que el reconocimiento de la finitud del propio self implica una herida narcisista que activa vivencias de profundo dolor, abandono y desvalorización personal.

En el caso de los micro-procesos continuos de elaboración [(re)significación] el yo evidencia la preponderancia de un tipo de funcionamiento de yo-realidad, mientras que el contenido de la fantasía suele tener connotaciones de tolerancia a lo que se torna transitorio, imperfecto o perecedero, expresando generalmente una integración entre aquello que se ha logrado con aquello que no ha podido serlo, especialmente en el terreno del ideal del yo. Si hiciera una presunción psicopatológica, este tipo de tramitación psíquica podría corresponderse con las psiconeurosis. Desde la perspectiva del self hallaríamos en este caso un tipo de funcionamiento cohesivo del self y una adecuada regulación de la autoestima.

En los casos de tramitación melancólica (enlentecimiento [estancamiento]) y de tramitación maníaca (aceleración [cambio aparente]) sucederían dos tipos de elaboración narcisista diferentes, en los que la modalidad de funcionamiento del yo preponderante coincidiría con los tipos de funcionamiento arcaicos del yo (yo-realidad inicial y yo-placer). La fantasía preponderante en el tipo de enlentecimiento (estancamiento) expresa que todo está perdido y que ya nada puede esperarse de la vida; mientras que en el tipo de aceleración (cambio aparente) la fantasía expresa un intento proustiano de «recuperación del tiempo perdido». Psicopatológicamente ambos decursos tendrían que ver con las patologías del narcisismo, especialmente por las limitaciones que impone el tipo de funcionamiento del yo-placer, y en lo fundamental con los trastornos borderline. Desde la perspectiva del self la tramitación melancólica tendría relación con los trastornos narcisistas vueltos hacia la personalidad y la tramitación maníaca se vincularía con los trastornos narcisistas vueltos hacia la conducta.

Estos intentos de recuperación de la autoestima también pueden comprenderse desde una perspectiva autoplástica y aloplástica. En el caso de la tramitación melancólica suceden modificaciones sintomáticas autoplásticas (Freud 1924e), expresión de las vivencias de desvalorización y sinsentido características (modificación del ambiente interno), dando forma a una especie de delirio de insignificancia (Freud 1917e [1915]); y en el caso de la tramitación maníaca suceden modificaciones sintomáticas aloplásticas (Freud 1924e) mediante intentos de recuperación de la autoestima a través de modificaciones evidentes en la conducta manifiesta (modificación del ambiente externo). Estas vicisitudes implican la presencia de los mecanismos narcisistas de desmentida e idealización.

Quiero señalar también que la modalidad de tramitación maníaca (aceleración [cambio aparente]) se corresponde con las más clásicas y típicas crisis de la «mitad» de la vida o de mediana edad, también denominadas síndrome Gauguin, o popularmente «demonio del mediodía». Destaco también que aquello específicamente evolutivo que se activa durante la tramitación de la moratoria madurescente —en este caso el incremento pulsional— posee también una relativa independencia respecto de la psicopatología. Quiero decir que la psicopatología narcisista grave no es necesariamente determinante y condicionante de la dificultad o imposibilidad de tramitación de la moratoria, aunque es un factor a tener en cuenta. De cualquier manera el incremento pulsional agrega un vértice a la psicopatología que posibilita una lectura ampliada a la vez que profunda de la madurescencia.

Señalo también que el incremento pulsional aludido puede ser hallado generalmente en el material clínico sin que este planteo signifique una consideración especial del mismo durante la sesión, momento en que únicamente es preciso el trabajo en «presente absoluto», tal como se manifiesta el plan de la naturaleza que no tiene propósitos «humanos».

Los universales (invariantes) en la madurescencia

Si bien considero que el cuerpo es el invariante empírico por excelencia y la fuente principal de estímulos para el inicio de la madurescencia, quiero proponer también cuatro aspectos metapsicológicos a tener en cuenta para comprender el tipo de trabajo psíquico que demandan los procesos de (re)significación requeridos por la tramitación de la segunda moratoria. Estos aspectos están todos interconectados, y los describo separadamente sólo a efectos didácticos. Propongo estos cuatro aspectos como invariantes, algo que ofrece la ventaja de salvar las diferentes vicisitudes individuales que cada persona pudiera haber atravesado, para centralizar el análisis en procesos intrapsíquicos universales y en el estudio de sus transformaciones, los que necesariamente incluyen las innumerables variables de cada vida individual (Montero 2005) (Montero 2013).

Señalo en primer lugar que el individuo que tenga facilitados los procesos de duelo estará en mejores condiciones de tramitar el trabajo psíquico que demanda la madurescencia. Una evidencia del fracaso del trabajo de duelo es la adolentización de la función parental durante la madurescencia a través de la que se intentaría disolver la asimetría natural de la relación padre-hijo.

En línea directa con el tópico anterior, la madurescencia implica también una actualización de los ideales del yo. El ideal del yo como representante de los ideales simbólicos planifica «un estado de devenir» (p. 191) (Hanly 1983), siempre y cuando este devenir pueda ser aceptado por el sujeto. En caso contrario reemergerán aspectos del yo-ideal el que como representante de los ideales narcisistas demandará «un estado de ser» (p. 191) (Hanly 1983) en el que el paso del tiempo queda abolido. Entre el ideal del yo y el yo-ideal existe una relación equivalente a la que existe entre un hombre y un héroe: a la mansedumbre humana del ideal del yo que intenta una elaboración se le opondría la tiranía heroica del yo-ideal que demanda confirmar los crónicos anhelos de inmortalidad.

La madurescencia también implica una reactivación de la conflictiva pre-edípica y edípica. Las pérdidas reales y las amenazas de pérdidas son fuente de reactivación del conflicto esquizoide (ansiedades de abandono). Respecto del conflicto de Edipo (angustia de castración), la madurescencia facilita la (re)emergencia de fantasías parricidas e incestuosas. Ya anticipé en el acápite acerca de las «resistencias» que la (re)emergencia del conflicto edípico también sucede en aquellas personas que pudieron haber perdido a sus padres con antelación o que no hayan tenido hijos, puesto que aunque fuera posible imaginar que no estuvieran relacionados con equivalentes simbólicos de padres e hijos, igual acaecería el tipo de reacción que promueve la segunda moratoria. Finalmente, considero de importancia fundamental la revisión y elaboración de las identificaciones primarias y secundarias como parte de la tramitación de la moratoria madurescente. Las identificaciones están en directa relación con el yo-ideal y con el ideal del yo, y sufren las mismas vicisitudes de desidentificación y nuevas identificaciones que éstos puesto que quedan también sujetas a revisión. La desidentificación como proceso característico durante la madurescencia implica una toma de distancia y discriminación del discurso parental y social originario, y una reconsideración y conexión con el propio discurso, tanto como una tramitación eventual del telescopaje de las generaciones (Faimberg 1985).

Estos cuatro elementos detallados son los que permiten inferir metapsicológicamente el tipo de trabajo psíquico que demanda la madurescencia. «Esa inmortalidad del yo que la fuerza de la realidad asedia duramente» puede considerarse como una demanda de transformación del narcisismo.

Tercera parte:

Partes: 1, 2

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