El olor del café - Editorial

Nuestros cinco sentidos físicos son una caja de herramientas delicada y preciosa para mirar el mundo (5 Sentidos).
También, para vivir sin tedio ni aburrimiento, si somos precavidos en su uso (Remedio contra el tedio y ahorro de recursos humanos).
Una de esas herramientas, la más sutil y quizá la que menos apreciamos, es el olfato (Los sentidos del gusto y del olfato).
La mayoría de las veces trae a su amigo, el sentido del gusto.
Mas cuando está sin compañía es cuando nos conduce a la intuición que, en el plano emocional o espiritual, como quieran llamarlo, es su correspondiente hermana melliza (La intuición animal y sus aplicaciones en la adaptación humana).
Basta recordar expresiones tan simples y comunes como “¡qué olfato!”, aplicadas por ejemplo a un detective, para entender lo que quiero señalar (Sherlock Holmes).
Pero lo anterior es una digresión, o a lo mejor un preámbulo, para empezar a hablar de un tema que me agrada mucho: el olor del café (El Café).
La búsqueda y la decepción
Me encandila el olor del café.
Cuando quiero mimarme a mí misma, pongo sobre la mesa un mantel azul y la taza blanca con su azucarera y con su plato de delicias: una masa perfecta, llena de crema pastelera y una guinda barnizada de almíbar.
O, inclusive, algunos bocadillos salados y hasta platos muy bien preparados (Historia de la Gastronomía).
Luego llevo al rey a quien está destinado este homenaje; lo llevo en una pieza de porcelana y plata, heredada: ¡es el café!
Siempre ando buscando alguna cosa nueva en el café; su aroma me promete tanto.
Lo preparo pensando en que beberlo es una fiesta, lo hago con cuidado, con ritos, con infinitas obsesiones.
Pero al probarlo, cada vez, la decepción es fuerte: no es posible beberse el olor, y el olor se diluye en el líquido.
Nada me hace apetecerlo más que sentir su perfume, cuando abro un paquete de una marca nueva y tal vez muy cara y me digo:
“Aquí está el café que yo andaba buscando”.
Y siempre resulta más o menos lo mismo; un líquido marrón adonde flota una vaga estela, un rastro, un recuerdo, un rasguño, de aquel increíble aroma.
Balzac y Proust, que no es poco
Pero no soy yo sola la hechizada por vahos tan placenteros.
Como ejemplo, Balzac amó el café y escribió sobre él.
Y también pudo darnos las poderosas novelas que conformaron su inigualable Comedia humana (Análisis literario de Eugenia Grandet) gracias a que pasaba sus días y sus noches encerrado en su cuarto, con una bata oriental bastante cómoda y bebiendo por día ¡cincuenta tazas de café!
El procedimiento no es muy sano ni tampoco lo recomiendo excepto, claro, que alguno de ustedes ya sepa, ya esté seguro, que es Balzac, o al menos alguien con su talento.
Otro escritor, Marcel Proust (El ensayo como búsqueda y creación) –también amante de la mágica cafeína- extrajo toda su obra (es decir, los siete tomos de su novela En busca del tiempo perdido) no ya de la infusión que adoraba sino de otra: el té de tilo.
De la memoria de un sorbo de tilo.