El determinismo tecnológico: indicaciones para su interpretación

 

Se nos dice que “eso” aparece ante nosotros como una fuerza
irresistible, un dinamismo alterador del mundo que
transformará nuestros trabajos, revolucionará nuestras familias
y educará a nuestros hijos. También cambiará la agricultura y
la medicina de métodos tradicionales y modificará los genes
de organismos vivos, quizá incluso el organismo humano.
Enfrentados con “eso” no hay ninguna alternativa, no queda
sino aceptar lo inevitable y celebrar su venida. De ahora en
adelante “eso” decidirá nuestro futuro.
El “eso” de estas frases es, por supuesto, la tecnología.

Langdon Winner, “Dos visiones de la civilización
tecnológica”, p. 55.

RESUMEN

Tras el tópico “no se le pueden poner puertas al campo” y otros similares tan repetidos en los medios de comunicación cuando se anuncian avances tecnológicos preocupantes para la opinión pública se esconde un determinismo tecnológico popular cuyo sentido e intenciones intentaremos clarificar. Después de señalar algunas variantes del determinismo tecnológico y encajar en ellas esta versión popular, se revisarán algunos de los puntos débiles, tanto éticos como empíricos, de las tesis deterministas.

Finalmente se sugerirá que el florecimiento de actitudes anticientíficas en tiempos recientes está ligado en buena medida, como reacción radical, al auge del determinismo tecnológico.

La revista “Science” publicaba el 13 de febrero de 2004 un breve artículo de un equipo de científicos coreanos que había logrado obtener varios embriones humanos por la técnica de transferencia nuclear a partir del núcleo de una célula diferenciada de un adulto (la misma técnica que la utilizada con la oveja Dolly). No se trataba de un avance teórico importante. Esto mismo ya se había logrado con anterioridad. Pero sí constituyó un avance práctico muy destacable que situaba más cerca las esperanzas y también los temores que suscita la clonación en diferentes sectores de la población. Los embriones obtenidos hasta ese momento con esa técnica nunca habían pasado de unas pocas células. Se habían quedado en un estadio de desarrollo insuficiente para aislar las tan deseadas células madres, cuya obtención es el objetivo último de estos experimentos.

Como es sabido, las células madres tienen un gran potencial terapéutico por su capacidad para regenerar tejidos dañados. Su utilización podría permitir en un futuro el tratamiento de enfermedades muy comunes, como el Parkinson, el Alzheimer, la diabetes, las lesiones medulares o el infarto. Además, no se producirían rechazos inmunológicos en los transplantes de los tejidos logrados con su cultivo si fueran obtenidas a partir de embriones clónicos del individuo transplantado. En el trabajo realizado por el equipo coreano algunos embriones alcanzaron un estadio de desarrollo más avanzado, llegando a formar un grupo de un centenar de células conocido como blastocisto. En dicha fase es posible extraer del embrión células madres, y así lo consiguieron hacer con 20 de ellos, aunque sólo una línea celular de estas 20 fue estable.

Cuando, al día siguiente, se publicó la noticia en los medios de comunicación hubo comentarios para todos los gustos. Pero particularmente volvieron a airearse algunos tópicos que se manejan cansinamente siempre que una noticia relacionada con el poder de la tecnociencia alcanza al gran público. El primero de ellos (defendido por cuatro personas distintas durante esa mañana en la misma emisora de radio) es que, con independencia de lo que pensemos sobre esta cuestión, la ciencia seguirá su camino porque “no se le pueden poner puertas al campo”. En otra emisora, al día siguiente, un
prestigioso tertuliano sentenciaba: “todos los avances tienen aspectos buenos y aspectos malos”; con lo que venía a decir que sería absurda cualquier pretensión de levantar un debate ético sobre este asunto. Esta opinión era redondeada con un nuevo lugar común: “si no lo hacemos nosotros, lo harán otros y quedaremos de nuevo rezagados en la investigación científica”.

Todo el que haya paseado por algunas sierras andaluzas sabe que sí se le pueden poner puertas al campo; hasta el punto incluso de que, entre coto y coto, sólo quede para el paseante una estrecha vereda. Tras la idea de que controlar el desarrollo tecnocientífico es como intentar ponerle puertas al campo se esconde una idea que goza de enorme predicamento y que, sin embargo, como diremos después, no se justifica ni ética ni empíricamente. Se trata del determinismo tecnológico. En este trabajo me propongo aclarar cómo debe entenderse este concepto para recoger adecuadamente el modo en que suele presentarse la tecnología en esas proclamas de inevitabilidad del desarrollo tecnológico que tanto se repiten en los medios de comunicación. A continuación explicaré por qué el modo en que suele entenderse el concepto deja translucir una posición sumamente discutible desde un punto de vista ético y empírico.

Finalmente sugeriré una posible conexión entre la extensión de este determinismo popular y el crecimiento de las actitudes anticientíficas. Aclaro desde ahora que no es mi intención entrar en el fondo del debate ético sobre la clonación. Únicamente me interesa aquí la cuestión como caso que suscita de forma particularmente aguda tomas de posición deterministas.

 

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Antonio Diéguez
dieguez[arroba]uma.es

Departamento de Filosofía
Universidad de Málaga

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