El texto es materia y sustancia consciente. Ha nacido bajo un plan creativo y dialéctico en el cual los efectos del sentido comunicable prefiguran una atmósfera de confianza entre lector y autor, signado como un acto sagrado e inquebrantable.
Ambos actores prometen no mentir en su comunicación; sin embargo, ha sido siempre lo que no se dice lo más importante a la hora de un análisis. Bien, lo no dicho está guarnecido por muchas capas conscientes e inconscientes y son estas últimas el punto a escudriñar en un análisis de tipo psicocrítico. Por suerte, este recorrido no es sencillo y como toda incursión a un espacio textual desconocido hay que tomar los instrumentos adecuados y seguir las señales que nos ofrece la obra, pues sólo ella puede abrirnos un claro a lo que aquí llamaré zona transparente del sentido.
Señaló Freud hace algún tiempo que lo realmente pertinente para la interpretación de los sueños es el contenido latente implícito en el sueño manifiesto, ya que de alguna manera esos elementos que permanecían reprimidos en nuestro inconsciente, se han ocultado con formas más suavizadas de modo que puedan burlar la prudente vigilancia que efectúa el Yo (conciencia). Es decir, para que los recuerdos reprimidos pasen a ésta zona han debido cruzar por una fase en la cual los materiales inconscientes se hacen preconscientes, sufriendo un proceso de condensación (metáfora) y desplazamiento (metonimia) con el fin de evadir o disminuir el sistema de censura erigido por la conciencia. Ahora bien, ¿cómo basarnos en una teoría de la interpretación de los sueños si el producto a explorar son textos poéticos producidos conscientemente, y no sueños desordenados y deformados? Existe una analogía que nos puede ayudar a eludir distancias falsas: al igual que los sueños el lenguaje poético se sustenta principalmente de los procesos metafóricos y metonímicos, constituyendo de este modo un sistema de redes simbólicas que proyectan una realidad en apariencia independiente del mundo exterior, elemento que conduce al soñador–lector iniciado a concluir que todo lo soñado y leído es un absoluto dislate. Entonces, entendamos los textos poéticos de Gustavo Pereira como una sucesión y detención de sueños a los cuales me acercaré para hallar lo que ya he designado como la zona transparente del sentido, esto es, el centro de tensiones internas de su obra, el sueño latente, el pre–texto que se desplaza de modo subrepticio y al que hay que preguntar duramente para que nos hable.
Elennys Oliveros
elennysoliveros[arroba]yahoo.com
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