Precisamente los rasgos más característicos de la condición
humana –por ejemplo el miedo a la muerte, la aversión hacia el
propio cuerpo, el deseo de moralidad o de liberarse de los
errores– unidos a un deseo de dominio evolutivo sobre el mundo
natural constituyen las fuerzas fundamentales que, de forma
creciente, empujan a los humanos para crear máquinas.
B. Mazlish, La cuarta discontinuidad, pp. 308-9.
La posibilidad de crear máquinas con una inteligencia igual o superior a la humana ha dejado de ser desde hace unos años un tema exclusivo de la ciencia-ficción para convertirse en un asunto bajo el escrutinio de la ciencia. El campo de la Inteligencia Artificial (IA) se basa en la aspiración razonada de obtener en un plazo no demasiado lejano tales máquinas inteligentes. O mejor sería decir máquinas con procesos mentales inteligentes, evitando de este modo asumir que la inteligencia sea una propiedad única y homogénea.
Hay ciertamente quienes piensan que esta posibilidad debe ser descartada de antemano, al menos si por inteligencia (o por procesos mentales inteligentes) entendemos algo que no está sometido a reglas predeterminadas, algo que faculta a los seres humanos para reconocer rápidamente lo relevante y lo accesorio en un entorno cambiante, que les permite ser intuitivos y creativos tanto en el terreno de la teoría como en el del arte, algo que incluye la capacidad para comprender significados (contenidos semánticos) y para usar el lenguaje haciendo referencia con él al mundo real; algo, en fin, que tiene como manifestaciones singulares la consciencia y lo que habitualmente llamamos 'sentido común'. Los críticos de la IA insisten en que éstas son características sin las cuales no cabe hablar de inteligencia, y ponen en cuestión que las máquinas puedan desplegar alguna vez tales características (cf. Dreyfus 1993, Weizenbaum 1984 y Searle 1980; para un análisis, véase Martínez Freire 1995, cap. 8).
Estas voces discrepantes –hay que decirlo– no son tenidas muy en cuenta por los científicos e ingenieros implicados directamente en proyectos de IA, y por el momento sus argumentos no son definitivos contra los que presentan los defensores de las máquinas inteligentes, aunque desde luego no carezcan de plausibilidad inicial en muchos aspectos. Es cierto que los avances realizados en el campo de la IA –de los que los sistemas expertos y las redes neuronales artificiales son la mejor muestra– no han sido tan rápidos ni tan espectaculares como todavía se esperaba a principios de los 80, pero han sido lo suficientemente importantes como para que las expectativas creadas en torno a dicho campo se mantengan en alza (cf. Martínez Freire 1996).
No es mi intención, sin embargo, entrar aquí en el debate sobre la posibilidad real de crear máquinas superinteligentes, ni en el de la diferencia entre simular la inteligencia y tener inteligencia. Para seguir hasta el final la línea de la argumentación que me interesa desarrollar en estas páginas, supondré que las máquinas inteligentes con capacidades superiores a las humanas estarán a nuestro lado en un futuro más o menos lejano, si bien soy consciente de lo problemática y controvertida que es una suposición como ésta. Lo que haré a continuación será exponer en primer lugar algunas de las implicaciones sociales más radicales que destacados investigadores en IA han extraído de esa posibilidad, e intentaré mostrar después que, incluso aceptando tal suposición, las previsiones que efectúan sobre el mundo que se avecina están muy deficientemente fundadas y deben ser tenidas como posibilidades muy remotas, cuando no como meras fantasías milenaristas.
Antonio Diéguez
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