La historia de la humanidad presenta diversos rostros. Uno de ellos es el rostro frío e impasible de los hechos expuestos según su orden cronológico. Otro es la faz sonriente e irónica que oculta en su interior unos rasgos duros y a menudo crueles, como la realidad de las fuerzas políticas, de las guerras y de los abusos de poder por parte de individuos y estados.
Podemos contemplar también el semblante complacido y preocupado tras el cual se escudan las personalidades históricas, con sus hechos y sus gestos, sus deseos, su buena voluntad, y -desgraciadamente por su interminable reiteración– sus intrigas satánicas. Son los poderosos y gobernantes, dirigentes y juguetes a un tiempo de unas fuerzas que parecían y parecen dejarse dominar fácilmente, pero que en realidad obedecen a unas leyes diferentes a las creadas por el hombre.
Por último, aparece el rostro gigantesco y borroso que nos abarca a todos, a nuestros antepasados, a nuestros hijos, y que nos vincula al pasado por medio de nuestros genes, es decir, por la herencia física, psíquica y espiritual, y al futuro mediante el influjo sobre nuestros descendientes.
Pedro Sandrea
esther_y_jaime[arroba]hotmail.com
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