El idealismo de George Berkeley, explicado de un modo que a nadie asusta

 

Pocas fueron las veces que tuve la oportunidad de disfrutar tan a mi gusto de una estrelladísima velada. Aquí en Buenos Aires es imposible, pues las estrellas, por más despejada de nubes que se presente la noche, se muestran a lo sumo en cantidades moderadas por culpa de las infinitas luces artificiales que lo enceguecen a uno toda vez que intenta levantar hacia el cielo la vista, y si uno se sitúa en un raro punto estratégico carente de luminosidad tampoco podrá ver demasiado debido al pútrido esmog que se cierne sobre nuestras cabezas. Fue así que me maravillé sobremanera cuando hace un par de meses, acampando con cuatro amigos en el Parque Nacional El Palmar, en la provincia de Entre Ríos, comenzó a caer la noche del primer día que allí pasamos, achonándose los cielos azulosos con millones de lucecitas adictivas que me obligaban a mirar hacia la bóveda con una placentera coacción similar a la que experimentan los drogadictos al intoxicarse. Era tal la magnificencia del espectáculo para quienes --como nosotros-- no estaban acostumbrados a presenciarlo, que hasta tres de mis amigos, negados como pocos para la contemplación emotiva de las bellezas de la naturaleza, no pudieron menos que adoptar una mueca de admiración y unas cuantas frases elogiosas referidas al firmamento que se desnudaba ante ellos, a la vez que comenzaban a sospechar que aquel viaje que les había yo propuesto no les sería después de todo tan deficitario en cuanto a sus tabulaciones hedonísticas. El cuarto de mis amigos no se admiró nada porque no quiso mirar hacia las estrellas, y no quiso mirarlas porque era perro y a los perros mayormente no les interesan las visiones cosmológicas.

El marco era casi perfecto: la noche estrellada, una temperatura no cálida pero tampoco desagradable, un fueguito crepitando, el bosque, el rumor del río... Sólo faltaba, como casi siempre que de mí se habla, la buena compañía. Me refiero a una mujer, por supuesto; la mujer amada es siempre la mejor de las compañías. Pero no apuntemos tan alto; conformémonos con un acompañamiento más modesto, con el que nos brinda, por ejemplo, un amigo o un grupo de amigos dispuestos a conversar amenamente sobre temas rascendentales: Dios, la inmortalidad, el infierno y el paraíso, el libre albedrío, la realidad o irrealidad del mundo que percibimos... Si alguien encontrase a una mujer ansiosa de tocar estos puntos junto a un fogón y bajo un cielo estrellado, yo le aconsejaría que se casase con ella; mas si no la encuentra, arrímese a una que lo atraiga por causa de otros considerandos y procúrese varias escapadas anuales junto a unos cuantos observadores de la naturaleza que sepan y quieran, además de observar, emitir opiniones acerca de sus observaciones y razonar pacientemente sobre los porqué y los para qué inmanentes a todo suceso.

 



 

Cornelio Cornejin
corneliocornejin[arroba]hotmail.com

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