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El trabajo se centra en el estudio del cuento literario en muy diversos aspectos: etimología y diversos significados, diferencias entre el cuento popular y el literario; el cuento y la novela, el cuento y el poema lírico. Etimológicamente, cuento proviene del vocablo latino computum, cuenta o cálculo, que, por un fenómeno de traslación y deslizamiento semántico, pasó de la enumeración de objetos a la de hechos sucedidos, sucesos o acontecimientos fingidos; como dice E. Ánderson Ímbert, el cómputo se hizo cuento. De una manera muy sencilla y general, el cuento podría definirse como la narración de una acción ficticia, de carácter sencillo y breve extensión, hecha con fines morales o recreativos, de muy variadas tendencias a través de una rica tradición popular y literaria. La palabra cuento se ha empleado en la literatura española con distintos significados que resumimos muy por encima, sin demasiadas precisiones. Las antiguas narraciones breves castellanas se denominaban fábulas, enxiemplos, apólogos, proverbios, etc. El término cuento aparece en el Renacimiento junto con la palabra novela, diminutivo del latín nova, en italiano nuova y novella, con el significado de breve noticia, pequeña historia. Novela llegará a designar las narraciones “escritas” cortas y se empezará a emplear cuento para las narraciones cortas de tono popular y carácter “oral”, y también para los chistes, anécdotas, refranes, etc. En épocas ya posteriores, la palabra novela se reservará definitivamente para las narraciones literarias extensas. En el Romanticismo, la denominación cuento se emplea para las narraciones, versificadas o en prosa, de carácter popular, legendario o fantásticas, aun cuando para estas últimas también se utilizan los términos leyenda, balada, etc. La situación actual es la siguiente: la narración corta se designa con dos términos diferenciados, cuento popular y cuento literario, y se reserva la denominación novela corta para la narración intermedia en cuanto a extensión entre cuento literario y novela La diferencia entre el cuento popular y el literario es fácil de establecer. Frente a la tradición y transmisión oral, la anonimia, el carácter de bien de todos, la universalidad, las variantes, la simplicidad, esquematización y uniformidad del cuento popular, el cuento literario presenta una marcada voluntad de estilo, o sea, una forma literaria cuidada y específica, esa y no otra -sin ninguna posibilidad de variantes o cambios-, creada por un autor con nombre y apellidos, enmarcado en un “aquí” y “ahora” concretos, que, mediante esa narración tan breve y en apariencia tan frágil, intenta transmitir lo que, con libre imaginación y consciente de su originalidad, ha querido fabular o ficcionar; es decir, las vivencias, los sentimiento y las ideas, la alegría y el dolor -“los gozos y las sombras”- del complejo mundo que habita. Un narrador es alguien que mira el mundo y a los hombres, y carga con toda la memoria de ellos, para que nada del hombre se pierda. [...] una especie de sabueso, que se recorre infierno, tierra y cielo para dar con un rastro de hombre, una historia de hombre, pero quizás es sobre todo alguien que recoge las confidencias de voces y personajes, y las cuenta1. Las diferencias entre cuento y novela -el género mayor de la narrativa moderna, el más complejo y el más importante- estriban en que aquel, como se explicará profusamente más adelante, actúa con rapidez, concentración e intensidad para expresar una instantánea de la realidad; al contrario que la novela que lo hace por acumulación y extensión al implicar la creación de un mundo completo. Como se verá en un texto posterior, Juan Bosch decía que la novela es extensa, el cuento intenso y Julio Cortázar opinaba que la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía 2. En el cine aparecen multitud de escenarios, acciones, personajes, con variedad de planos, como en la novela. En cambio, la fotografía eterniza el instante de unos personajes en un escenario y tiempo únicos; y su belleza radica en la intensidad y en el acierto con que se capte ese instante. Pero hay que precisar que el cuento, esa instantánea de la realidad, a diferencia de la fotografía, siempre posee transcurso temporal, aunque resulte apenas perceptible. Y, desde luego, el cuento deberá presentar una marcada densidad significativa y una extremada concentración en su economía de hechos, personajes y palabras que impidan que el lector “se distraiga”. La acción de la novela se complica, al contrario, con mayor número de episodios y personajes, con mayor complejidad psicológica y de planos temporales, además de detalladas descripciones de ambientes, objetos y personas. Una novela –cuanto más si es extensa- admite cualquier planteamiento, cualquier objetivo que se le ocurra al novelista. Tal es su amplitud, su diversidad, su ―cosmopolitismo literario‖ podríamos decir. Debido a estas razones, en una novela es imposible esa perfección que puede lograrse en un cuento. Por su pequeñez espacio-temporal, este no sólo admite sino que exige precisión, armonía y exactitud. Lo principal en él es el suceso y adónde nos conduce. Suceso único y hermético, sin ningún intersticio que permita penetrar la menor partícula del mundo real o que no sea del presentado por el cuentista y que, simultáneamente, no permita la menor distracción del lector. Este se halla, de pronto, prisionero en una estrecha celda completamente oscura y tan desmantelada que no puede prestar atención más que a las mágicas palabras que a sus oídos o a su corazón le dicta o le sugiere ese mago invisible que se ha apoderado de él. ¡Y pobre del cuentista que tolere que la más insignificante ventana o mirilla o agujero en la pared distraiga a su prisionero, o que este se fugue de la celda! La diferencia principal, pues, entre narración larga y narración corta radica probablemente en que, en el género breve, el lector u oyente tiene la posibilidad de controlar con la memoria, de forma total o casi total, los elementos narrativos presentados -un cuento se recuerda entero o no se recuerda-, mientras que eso no puede producirse ni por asomo en el caso de la novela, que puede incluir vastas digresiones, elementos accesorios y redundantes, etc. Pero también se da una diferencia en la modalidad de la recepción: es posible -y diríamos que necesario, según se ha indicado- leer un cuento de una tirada; en cambio, leer una novela normalmente requiere, por su extensión, efectuar pausas.
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