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Nos detenemos a reflexionar a partir de Richard Rorty sobre la distinción entre filosofía sistemática y filosofía edificante, prosiguiendo así la indagación de una controversia que jalona toda la última parte del siglo XX y el principio del siglo XXI: la que opone modernidad y postmodernidad.
Según expone Richard Rorty en el que sin duda es su mejor libro en toda sociedad se impone un discurso normal (generalización de la idea de ciencia normal de Kuhn) que consiste en “todo discurso (científico, político, teológico, etc.) que encarne los criterios aceptados”, sobre unos discursos anormales que no se atienen a esos criterios. De ahí deriva la distinción entre una filosofía normal o sistemática, anclada en la matriz tradicional cartesiano-kantiana y una filosofía anormal o edificante que contaría con Wittgenstein, Heidegger y Dewey como los representantes que Rorty señala y recoge, pero en alusión a toda aquella filosofía que no se atendría a la tradición y que serviría de ayuda o impulso para su superación, revolución, transformación y cambio de paradigmas.
Tanto la edificación como el sistema son productivos y
creemos a diferencia de Rorty que ambos pueden ser discursos
normalizadores o revolucionarios, ya que el sistemático
Marx quizás haya sido uno de los que más
transformaciones reales del mundo generaron, pero se nos aclara
que: “La distinción entre filósofos
sistemáticos y edificantes no es la misma que la
distinción entre filósofos normales y
filósofos revolucionarios. Esta última
distinción pondría a Husserl, Russell, el segundo
Wittgenstein y el segundo Heidegger en el mismo lado de la
línea divisoria (el de los revolucionarios)”. El
discurso anormal resulta de la crítica del discurso normal
y constituye el motor (semejante al escepticismo en la Aufhebung
hegeliana, pero sin solución de continuidad ni
télos) de las revoluciones discursivas, revoluciones que a
nuestro juicio nada valen si no tienen implantación social
que incida en la modificación real del estado de cosas del
mundo, pero que implican algo más que una mera reforma.
Rorty afirma que hay “dos clases de filósofos
revolucionarios”, los filósofos sistemáticos
revolucionarios, que son los que revolucionan la normalidad
instituyendo una nueva norma (reforma), y los filósofos
revolucionarios edificantes, que son los que destruyen la
normalidad con la anormalidad (quiebra, ruptura). Pero con ello
condena a la edificación, paradójicamente, a no
poder ser productiva, constituyente, constructiva; de ahí
que nosotros defendamos las virtualidades reformistas,
revolucionarias o conservadoras para cualquiera de las tendencias
por él clasificadas.
Enviado por Simón Royo Hernández
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