Enviado por Raúl Trejo DelarbreEscándalos políticos, corrupciones en las cúpulas y desasosiegos en México, son conocidos en el mundo tanto o más que las reformas políticas o los avances económicos. México es hoy conocido por el Efecto Tequila que simbolizó nuestra inestabilidad financiera hipotecada a los vaivenes de un mundo exigente y desconfiado, lo mismo que por las emisiones de Televisa. México, desde luego, es mucho más que eso: una de las consecuencias de la globalización sujeta a las agendas de los medios, es la manera como subraya los estereotipos, perfilando descripciones maniqueas de realidades que suelen ser mucho más complejas.
Es harto sabida la paradoja con que este país se estrenó en su norteamericanización comercial: el día que entraba en vigor en NAFTA, estalló el conflicto armado en Chiapas. Fue, por así decirlo, una incursión extravagante que obligó al México en vías de modernización apresurada, a no ser desmemoriado con el otro México, el de la pobreza extrema y las desigualdades regionales, el del los 6 millones de adultos que no saben leer ni escribir (el 11% de la población mayor de 15 años) y de los 2 millones de niños de entre 6 y 14 años que no asisten a la escuela. Es decir, al mismo tiempo que los segmentos más desarrollados de la sociedad mexicana se han incorporado a un creciente intercambio de bienes de toda índole (entre ellos, de carácter cultural) la desigualdad social se ha incrementado. México tiene ahora más ricos inmensamente ricos, pero al mismo tiempo nuestros pobres siguen muy pobres.
Por mirar demasiado al Norte, una parte de México corría el riesgo de olvidarse de su propio Sur 3. Pero incluso los efectos públicos que tuvo el conflicto en Chiapas en su insólita simbiosis con los medios de comunicación han formado parte de la modernidad o, como han querido algunos, posmodernidad mexicana en su nueva e inacabada sintonía con el resto del mundo: de la rebelión chiapaneca, por encima de las carencias sociales de los indígenas del sureste del país, la imagen que ha prevalecido es la del subcomandante Marcos, a quien algunos han querido considerar como una suerte de fetiche político incluso sin tomar en cuenta, o desdeñando, su reivindicación de la lucha armada.
Raul Trejo Delarbre
rtrejo[arroba]servidor.unam.mx
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