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Judeocristianismo y sexualidad: Que tiene de malo el sexo?

Enviado por extrem



¿que tiene de malo el sexo?

El impulso sexual tiene como fin primario la obtención de placer, el placer sensual, el placer del cuerpo compartido y que automáticamente tiende a ser cada vez mas compartido.

Sin embargo, en la experiencia cotidiana de cada uno, la sexualidad no siempre nos conduce al placer, ni aun en el terreno de la fantasía. Contrariamente a esto, es usualmente fuente de frustración, angustia, culpa, sufrimiento y soledad.

Uno de los argumentos que se ha esgrimido para explicar esto -por lo menos desde un buen sector de autores progresistas-, es nuestra herencia judeocristiana. El argumento se basa en la represión de la sexualidad no reproductiva que estableció el pueblo judío en el comienzo de su historia.

Esta represión de la libre sexualidad no tenia para los judíos un fin moral, sino primariamente un fin de diferenciación ideológica y religiosa. También una utilidad política y militar.

Los pueblos del Asia Menor invadidos por los judíos consideraban el placer sexual como un regalo de los dioses, y los ritos de fertilidad, las orgías, los bacanales, la mal llamada prostitución sagrada (de ambos sexos), formaban parte integral de las religiones no monoteístas. Por lo tanto, la lucha contra las demás religiones (fundamento del carácter nacional de los judíos), adquirió características de combate contra el placer sexual. Es decir, la lucha contra la llamada idolatría se convirtió en lucha contra el cuerpo, propio y ajeno.

Esto no costó demasiado a los judíos, puesto que fueron los representantes de las primeras sociedades totalmente patriarcales de la historia. Para ellos la obediencia, la confianza en la autoridad, era la máxima virtud.

Para mantener un pueblo disciplinado, guerrero, imperialista, una de las condiciones necesarias es liquidar el libre juego de la sexualidad. Para imponer el poder del padre en contra del poder natural de la madre, hace falta un rígido control social, constantemente presente en todas las esferas de la vida.

Por ello no debe sorprendernos que fueran justamente los judíos los que necesitaran establecer (a través de la mítica figura de Moisés), las prohibiciones mas severas que conocemos contra la sexualidad, el cuerpo y la mujer. En el Libro Levítico, el tercero de Moisés, dice: « La mujer, cuando concibiere y pariere un varón, será inmunda siete días; conforme a los días que esté separada por su menstruación, sera inmunda... Y si pariere una mujer, será inmunda dos semanas... La mujer que tuviera con el varón ayuntamiento de semen, será inmunda hasta la tarde... Y si alguno durmiera con ella y su menstruación fuera sobre él, será inmundo por siete días... La desnudez de tu padre o de tu madre, no descubrirás... No te hecharás con varón como con mujer: es abominación... El hombre que adulterare con mujer de otro, el que cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, indefectiblemente se hará morir al adultero y a la adultera... Cualquiera que durmiere con su nuera, ambos han de morir... Cualquiera que tuviere ayuntamiento con varón y mujer, abominación hicieron: todos deben ser muertos...»

Como vemos, muchas manifestaciones sexuales quedan prohibidas y son castigadas con la muerte. Estas son solo un ejemplo, pero hay muchas más.

Quiero llamar la atención aquí sobre dos cosas:

La primera -esto es algo que ha sido marcado por muchos autores-, es que se castiga básicamente a la sexualidad no reproductiva. La explicación que se da usualmente a esta actitud es que funciona como manera indirecta de fomentar la reproducción, que era el objetivo realmente perseguido por todas las tribus de guerreros nómades.

Sobre este lugar común hay varias cosas que decir. Por un lado, es totalmente cierto que para los judíos (como para todos los pastores semitas), las políticas de fomento a la reproducción (las políticas conocidas usualmente como «de control de vientres»), eran necesarias para su supervivencia y expansión, tanto religiosa como política y militar. Para ello establecieron legislaciones y normas positivas.

Pero si el objetivo de la represión de la sexualidad no reproductiva hubiera sido sólo fomentar la reproducción, habría sido contraindicada o por lo menos superflua. Es evidente que con fomentar el libre intercambio sexual, los hijos llegan necesariamente (y no precisamente por falta de métodos anticonceptivos), sino porque no necesitamos estar obligados a tener hijos para querer tenerlos. Al plantear la reproducción como una obligación social, el deseo personal de descendencia deja de ser personal para convertirse en obediencia a la ley. De esta manera se despoja a la gente de su deseo. Mecanismo totalmente coherente en una sociedad cuyos fines primordiales son total e inmediatamente políticos, es decir, una organización anti-deseo.

Así llegamos al punto principal: LO QUE SE REPRIME NO ES LA SEXUALIDAD NO REPRODUCTIVA, SINO TODOS LOS ASPECTOS DESEANTES, PLACENTEROS DE LA SEXUALIDAD.

Porque fue así? Una revisión de las Escrituras nos da también una respuesta a eso. Y este es el segundo asunto sobre el que quería llamar la atención: La terminología utilizada. Todo lo sexual es inmundo y/o abominable, ambas palabras vinculadas teológicamente a lo endemoniado y lo maldito. Así, la Biblia establece de manera concluyente que la sexualidad es un espacio de exclusiva propiedad de Satanás.

Esto es algo tan sabido que no creo necesario multiplicar los ejemplos para convencer a nadie educado en la tradición cristiano occidental.

Sin embargo, a veces el sentido de las cosas se oculta en lo acostumbrado y lo obvio. Creo que con esto ocurre algo así.

Está tan introyectada la relación sexualidad-placer-demonio-pecado, que si preguntamos a la generalidad de la gente occidental sobre el sentido y el significado del pecado original, obtendremos respuestas ligadas al sexo. Y con la figura del demonio ocurre lo mismo. (Con el cuerpo de la mujer también, pero eso es otro tema).

El pecado original (y el principal pecado para el pueblo judío) fue la desobediencia. La desobediencia al padre y, por ende, a toda autoridad1. La desobediencia a aquel que les dio la vida (esta no era la madre, puesto que nadie sabía si quiso o no tenerlos -ya que el aborto y el infanticidio estaban prohibidos-, sino el estado, el gran patriarca que obliga a las mujeres a ser madres). Para los judíos la mujer no es dadora de vida, sino una simple incubadora para el deseo del varón, un ganado regido por la sociedad de padres, un mal necesario para perpetuar y expandir la familia y la tribu.

El pecado de Adán, como el de Satanás, fue la desobediencia, no un pecado carnal. Hasta San Agustín plantea esto claramente, haciendo notar, incluso, que el demonio no puede cometer pecados carnales puesto que no tiene cuerpo 2.

Por ser tan importante la obediencia y la disciplina para el pueblo judío, vemos alabar a los padres que mataban a sus hijos por desobedecerlos, como en el Deuteronomio, 20 : «Cuando alguno tuviere hijo contumaz y rebelde... Entonces han de tomarlo su padre y su madre... Y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo no obedece a nuestra voz... Entonces todos los hombres de la ciudad lo apedrearán y morirá: Así quitarás el mal de en medio de ti; y todo Israel oirá y temerá».

Tenemos otra muestra de la misma situación cuando leemos los castigos genocidas que Dios aplica a su «pueblo elegido», totalmente desproporcionados con ofensas que ahora consideraríamos mínimas. El Dios judío castiga con la misma severidad el encender incienso, el murmurar del trabajo, la fornicación con mujeres de otra tribu, la idolatría, la falta de hospitalidad o hacer el censo de la población en forma indebida3.

Basados en esto podemos entender porque la persecución de la libre sexualidad entre los judíos. No se hacía por fomentar la reproducción, sino por considerar que el impulso sexual es absorbente, desenfrenado, «no sujeto a razón» y, por lo tanto, fomenta la desobediencia y el desorden.

Una sociedad basada en la familia y en el respeto absoluto a la autoridad, no puede permitirse el libre juego del placer sexual. Incluso San Agustín lo reconoce claramente, cuando dice que la sexualidad no es mala per se, pero debe ser combatida y normada porque fomenta la desobediencia...

Ahora podemos entender, si estamos de acuerdo con la exposición anterior, porqué los judíos se dieron un código sexual represivo, pero que tiene que ver esto con las frustraciones, angustias, miedos, culpas e insatisfacciones que nos asaltan aquí y ahora cuando queremos hacer el amor con alguien o cuando no queremos? O cuando no sabemos exactamente que queremos de nuestro cuerpo o de los cuerpos ajenos?

Que tiene que ver lo que hacía un pueblo campesino, pobre, insignificante e ignorante, en las fronteras del imperio, con lo que nosotros vivimos todos los días tres mil años más tarde?

Esta pregunta, que se le podría ocurrir a un hipopótamo recién nacido, a la mayoría de los estudiosos de la sexualidad no se les ha pasado por la cabeza. Se conforman hablando de nuestra herencia de represión judeocristiana, como si ese lastre explicara todas nuestra taras sexuales.

No sólo eso. Hablan de «judeocristianismo» como si fuera un concepto claro. Olvidan que la enseñanza de Cristo, si bien surge en Israel, es un contra-mensaje. Lo que tiene de revolucionario es su oposición a las leyes mosaicas. No es casualidad que los sacerdotes lo hayan condenado a muerte5. El código ético y sexual de Cristo es absolutamente contrario a la tradición judía. Basta recordar a María Magdalena, o el episodio de protección a la adúltera. Por algo los judíos no lo reconocieron -ni lo reconocen hasta el día de hoy- como su mesías

No voy a decir que la moral de Cristo fuera la de un hippie, pero evidentemente para los judíos ortodoxos parecía un engendro del demonio.

La confusión entre valores judíos y cristianos, su no diferenciación, como si fueran los mismos o consecuencia unos de los otros, exime a los estudiosos de analizar porqué una enseñanza permisiva -la de Jesús-, se convirtió en una moral represiva -la de la Iglesia-. E impide, simultáneamente, tomar conciencia de los cambios y vaivenes que ha tenido la moral sexual cristiana a lo largo de la historia.

Y esto si tiene que ver con lo que nosotros sentimos, con la forma en que vivimos nuestro cuerpo y el de los demás.

La Congregación del Santo Oficio, vulgarmente conocida como «la Inquisición», ha sido disuelta en 1966, pero la institución religiosa no puede renunciar a ciertas amenazas, a ciertas posiciones represivas. En 1976, el papa Pablo VI promueve la discusión en torno a la ética sexual cristiana, dada la «crisis evidente de valores que conmociona al mundo occidental». El dictamen es el siguiente: una vez más las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, la masturbación, el adulterio son condenados. El Concilio Vaticano II prorroga con bombos y platillos la vigencia de estos pecados. El cielo vuelve a quedarse vacío. Como dijo San Pablo: «No os llaméis a engaño: ni fornicadores, ni idólatras, ni adúlteros, ni invertidos, ni sodomitas... heredarán el reino de Dios»

Ahora bien, la Iglesia no es una institución estúpida, retrógrada y anquilosada, que sigue repitiendo tercamente estas «ingenuidades» porque alguna vez las dijo San Pablo, San Agustín, o Santo Tomás, mucho menos porque las haya dicho Moisés.

Si el discurso de la Iglesia sobre sexualidad es represivo actualmente, este fenómeno hay que explicarlo por las condiciones actuales, de la misma forma que entendemos la moral judía de hace tres mil años, por las condiciones sociopolíticas del pueblo judío de hace tres mil años.

Si el catolicismo y las demás religiones esgrimen en el presente un discurso sobre la sexualidad más cercano a Moisés que a Jesús, no es producto de un atavismo, sino una política inteligente de instituciones que quieren conservarse vigentes y que, evidentemente lo logran, puesto que la importancia actual de la religión es bastante clara6..

En otras palabras, si el discurso religioso asegura que el sexo es malo y para la generalidad de la gente esto es importante7, es porque nuestra sociedad espera específicamente ese discurso, ya que el sistema imperante necesita de una justificación religiosa para ayudar a mantener su dominio, el orden de sus privilegios, aunque tenga que buscar argumentos en escritos de hace tres mil años.

Con la afirmación religiosa y dogmática de que la libre sexualidad es intrínsecamente inhumana, animalizante y antisocial, queda justificado su control represivo como una necesidad humana, como una ineludible reacción de defensa e higiene social, para salvar la civilización y sus instituciones fundamentales.

Por eso se nos habla de la sexualidad como algo demoníaco, irracional, destructivo y caótico, como una especie de bestia negra que embrutece y animaliza al hombre que no se autocontrola, llevándolo a violar hasta las cosas más sagradas de la naturaleza humana.

En resumen, si queremos saber que tiene de malo el sexo, debemos olvidarnos de mirar azorados hacia arriba y sencillamente mirarnos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, cara a cara y sin tapujos.

Si hacemos esto, lo que vemos es que nuestra sexualidad, por lo general, no se expresa ni se realiza con espontaneidad; no se rige por las leyes del placer personal, sino que de hecho está casi siempre reprimida, controlada, manipulada y deformada por el poder social, por los distintos poderes que actúan, directa o indirectamente, sobre nosotros.

Quizá sea la sexualidad el campo donde más se manifiesta la estructura de poder en las relaciones sociales. Esta manipulación de la sexualidad se ha dado más claramente, sobre todo a partir del siglo XVIII, con el ascenso de la burguesía como clase en el poder.

En este momento, la familia conyugal monogámica (la familia nuclear) confisca la sexualidad, la intenta absorber monopólicamente en la función reproductiva y la convierte en cuestión absolutamente privada. Se deja un solo lugar para la sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: el dormitorio de los padres. Toda la sexualidad que se realiza o meramente se piensa fuera de este lugar, debe ser vivida en forma oculta, marginal, como algo pecaminoso, anormal, «antinatural», aberrante y sancionable a todo nivel.

La moral sexual imperante considera como oficialmente lícita tan sólo a la sexualidad restringida a la relación pene - vagina entre dos individuos adultos, sin violencia, que no tengan relación de parentesco, ambos de distinto sexo, en un ámbito privado, en una unión consagrada por el obligatorio vínculo del matrimonio, monogámica, basada en el amor y, dentro de lo óptimo, cuyas relaciones sexuales tengan como fin la procreación y no simplemente el placer. Fuera de este marco, cualquier actividad sexual, fantasía o deseo, es considerada como ilícita, pecaminosa, viciosa, «anormal», enfermiza, morbosa o perversa y, por lo tanto, condenable. No solamente por la sociedad, sino también por el propio individuo, que ya ha sido formado desde la infancia en este código moral.

Hay que apuntar que la represión sexual hubiera fracasado siempre, desde el momento que nunca ha logrado hacer desaparecer la sexualidad ilícita, si esa hubiera sido su única intención. En la realidad, las actividades y fantasías sexuales prohibidas han constituído siempre la mayor parte de la vida sexual de cualquier persona. Pero la eficacia del código moral represivo no se basa solamente en lo que prohibe, sino que, al prohibir muchas cosas - sabiendo que son humanamente imposibles de evitar -, crea una red de culpabilidad de la cual nadie se escapa, y que es mucho más efectiva que la misma represión directa.

Por otra parte, como el código moral nos lleva a vivir la sexualidad como competencia exclusiva de nuestra vida privada, estas conductas y sentimientos que avergüenzan y culpabilizan, las vivimos como problemas personales, como si fuéramos los únicos en violar los códigos, como si todos los demás llevaran una vida santa y beata, y los únicos «desviados» y «perversos» fuéramos nosotros8..

Pero eso no es todo. Al manejar nuestra sexualidad como íntima, como individual, como si cada cuerpo fuera una isla, se ataca y se aliena el fundamento mismo del Eros, que es por obligación y deseo el más social, comunitario y compartido de todos los impulsos humanos.

Esto es lo que tiene de malo nuestra vida sexual: en vez de estar al servicio del placer personal, automáticamente compartido entre los que libremente intervienen en el juego, está supeditada a los códigos que nos dicen lo que es bueno o malo sentir; lo que está bien o mal compartir e, incluso, comunicar; lo que está bien o está mal hacer, y con quien y en que circunstancias; y, sobre todo, con que fines. Hemos sido educados de tal manera, que la sexualidad la podemos aceptar si y sólo si nuestras conductas sexuales son un medio, un instrumento para alcanzar fines no sexuales: Formar parejas, establecer una familia, tener descendencia, prolongar el apellido, agredir, humillar, cazar un marido, sobrevivir económicamente, escapar de los roles, autoafirmarse, estar enamorado, pagar la ternura o la protección, establecer dependencias, pagar el «débito conyugal», demostrar nuestro poder, o nuestras técnicas, o nuestra capacidad de seducción, o nuestra hombría, o nuestro amor. La lista es, de hecho, interminable. Y si no, que cada uno se analice.

Y el núcleo de nuestro ser, lo que real y únicamente somos: NUESTROS DESEOS ¿Donde queda? En el submundo de lo reprimido, inconsciente, desconocido, oculto, culposo y patológico. En otras palabras, lo que realmente nos define como personas, como seres humanos únicos, irremplazables, lo hemos arrojado al lugar de lo no reconocido, y lo seguimos manteniendo firmemente ahí.

Tampoco confundamos este deseo del que hablo con el llamado deseo sexual, ya que eso sería hacer una burda caricatura del mismo y es otra trampa del sistema. El deseo es deseo de ser, de manifestarnos en el mundo real, de lograr que el entorno se ajuste a lo que queremos, de actuar como realmente somos, no es deseo de poseer a alguien o ser poseído por alguien.

Por eso, no importa que tan activa sea la vida sexual de cualquier persona, eso no lo enriquece. El deseo no busca multiplicar actos de acoplamiento más o menos mecánicos9. Lo que busca el deseo es el placer, la excitación, no sólo a nivel «carnal», sino como relación total -no en el sentido de imperialista, sino como ilimitada-, profunda y extensa a la vez. Y no con personajes obligados a seguir un libreto, sino con personas reales, que sean capaces de autoreconocerse como sujetos deseantes y actúen en consecuencia. Lo que busca el deseo es la comunión entre seres libres10.

Las relaciones cotidianas -públicas y privadas- a las que estamos acostumbrados, no tiene nada de esto. Nos relacionamos con los demás como actores amarrados a un personaje, y de los demás obtenemos exactamente lo mismo. Somos esposos con nuestras esposas, padres con nuestros hijos, hijos con nuestros padres, jefes con nuestros subordinados, subordinados con nuestros jefes, maestros con nuestros alumnos, amantes con nuestras amantes, y así hasta agotar todo el repertorio de figuras sociales.

La sexualidad vivida de esta manera es, por supuesto, destructiva para uno mismo y para todos. Pero es una destructividad fomentada socialmente. El sistema necesita que la gente se mueva, actúe, piense y sienta sólo como un soporte material para los distintos roles sociales. Un sujeto deseante es creativo y, por lo tanto, imprevisible y desordenado; en otras palabras, inadaptado socialmente.

Si la represión del deseo (y de la vida), genera frustración, agresividad y violencia, ésto se maneja de un modo socialmente útil, canalizándolo hacia el «deseo de superación», la competitividad, la «lucha por la vida», la búsqueda del éxito individual y egoísta. Y si la frustración deriva hacia la autodestrucción (sufrimiento, enfermedad, neurosis, alcoholismo, drogadicción, suicidio), tampoco es un grave problema para la sociedad -salvo que afecte la producción-, sino para los sujetos que lo viven y sufren individual y culpablemente.

Ahora bien, ¿cual es el mecanismo básico que utiliza nuestra sociedad para lograr que actuemos de esta manera? Ese instrumento de dominación es el amor. Por amor a los padres aceptamos toda la represión infantil, por miedo a perder su amor sufrimos la educación, por asegurar el amor establecemos parejas, aceptamos la dependencia, cumplimos con los roles, nos desgastamos persiguiendo perfecciones inalcanzables y sufrimos y nos culpabilizamos cuando los ideales fallan.

Corriendo el riesgo de parecer cínico, diría que esto es lo que tiene de malo el sexo: que, lamentablemente, está al servicio del amor y no del placer. Somos demasiado románticos cuando hablamos y pensamos en sexualidad. Exigimos a la sexualidad cosas que nada tienen que ver con ella: que nos devuelvan el amor de nuestra madre, que nuestra pareja sea todo para nosotros y nosotros todo para ella, que los orgasmos sean institucionales, hasta que nuestra sexualidad nos defina como personas.

Me atrevo a terminar esta exposición citando algunos puntos que considero necesarios para establecer una ética diferente:

* EROTIZAR LA VIDA

* DESCENTRAR EL PLACER SEXUAL, ENCERRADO AHORA EN LOS GENITALES.

* ACEPTAR Y DISFRUTAR EL CUERPO TOTAL, INCLUYENDO LOS GENITALES.

* DEJAR DE HACER UN DRAMA DE CADA ASUNTO SEXUAL.

* RECUPERAR EL JUEGO.

* HACER EL AMOR SIEMPRE QUE POR LO MENOS DOS PERSONAS QUIERAN, SIN IMPORTAR LAS CIRCUNSTANCIAS.

* NO HACER EL AMOR CUANDO ES OTRA COSA LO QUE SE QUIERE HACER.

* HACERLO SIEMPRE CON ALGUIEN, Y NUNCA CONTRA ALGUIEN.

* SABER «TECNICAS SEXUALES», PERO HABERLAS OLVIDADO COMO SE OLVIDA TODO AQUELLO QUE SABEMOS BIEN.

* NO HACER DE LA MASTURBACION UN SUSTITUTO DE LA RELACION.

* NO HACER DE LA RELACION UN SUSTITUTO DE LA MASTURBACION.

* HACER UN LUGAR EN LA CAMA PARA EL HUMOR Y LA TERNURA.

* PROBAR HACER EL AMOR PARA CONOCERSE, PERO TAMBIEN PROBAR A CONOCERSE PARA HACER EL AMOR.

* OLVIDAR PARA SIEMPRE LAS INHIBICIONES Y LOS RECORDS.

* NEGARSE A ACEPTAR CUALQUIER TIPO DE ETIQUETA, CLASIFICACION O CALIFICACION.

* DESTRUIR TODO MODELO DE BELLEZA.

* HACER UNA POLITICA MILITANTE ANTI FAMILIA Y ANTI DEPENDENCIA.

* PERDER EL MIEDO AL CAMBIO.

* FOMENTAR Y DISFRUTAR LAS FANTASIAS, PERO NO CONFUNDIRLAS CON LA REALIDAD.

* ACERCARNOS CADA VEZ MAS A UNA POSTURA DIONISIACA ANTE LA VIDA; ES DECIR, PAULATINAMENTE, DESTERRAR EL NO DE NUESTRO VOCABULARIO, CAMBIANDOLO POR UN «¿POR QUÉ NO?»

NOTAS

1 : La asociación padre-autoridad es directa en estas sociedades, ya que la tribu es una asociación de familias patriarcales; el patriarca es jefe, padre y Dios.

2 : «La Ciudad de Dios», Sección xiv.

3 : Por diferentes motivos este padre cruel destruye Tiro, Sidón, Babilonia, Jerusalén, Judá y Nínive. En el Levítico, capitulo 10, narra que habiendo tomado los hijos de Aarón, fuego de los incensarios para ofrecérselo al Señor, cuando éste no se los había pedido, «salió fuego del Señor y los devoró». En el capitulo 11 de los Números, porque el pueblo se quejaba del trabajo, «...encendió contra ellos el fuego del Señor y devoró la última parte del campamento». En el capítulo 16, cuando el pueblo se rebeló contra Moisés y blasfemó de Dios, «...se abrió la tierra bajo los pies de ellos y abriendo su boca se los tragó». Más adelante, en el capítulo 25, castigó al pueblo de Israel por fornicar con las hijas del pueblo de Moab «...y murieron 24,000 hombres». El Deuteronomio, capítulo 7, dice que Dios mandó al pueblo Hebreo que destruyera los siguientes pueblos « al Heteheo, al Gergeseo, al Amorreo, al Cananeo, al Perezezeo, al Heveo y al Jebuseo». Les dice: «Los pasarás a cuchillo sin dejar uno solo. No tendrás alianza con ellos ni tendrás compasión de ellas». En Los Reyes, capítulo 24, enojado Dios con David por que mandó hacer un censo del pueblo israelita, le dio a escoger entre tres castigos: hambre por siete AÑOS, tres meses huyendo de sus enemigos, o la peste durante tres días. David elige la peste, y así murieron 60,000 hombres.

4 : San Agustín, op.cit., Sección xiv.

5 : Que lo hayan crucificado en vez de lapidarlo fue una cuestión romana, no judía.

6 : Aquí estamos hablando de la Iglesia Católica, pero las demás religiones occidentales plantean el mismo tipo de discurso represivo.

7 : Aunque les sirva nada más para frustrarse y sentirse culpables por no poderlo cumplir.

8 : Por supuesto, esto es una mentira ideológicamente cultivada. El sistema no cree realmente que la sexualidad sea una cuestión privada del individuo. Si así fuera, no se molestaría en legislar las conductas y preferencias sexuales, penalizando y prohibiendo acciones que, teóricamente, son íntimas y no afectan a nadie más que a las personas implicadas.

9 : Las variaciones técnicas en esto son bastante limitadas, a pesar de lo que diga el Kama Sutra, el Ananga Ranga, o los manuales sexuales modernos.

10 : No me gustaría que se tome esto como alguna forma de misticismo. De ninguna manera estoy negando el cuerpo y hablando de cuestiones supracarnales, sino todo lo contrario. Sólo somos cuerpo. Nuestros deseos son deseos corporales y, por lo tanto, deseamos con todo el cuerpo, pero también pensamos con todo el cuerpo.

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