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El nacimiento de la filosofía: La verdad de la vida

Enviado por latiniando



La verdad de la Vida

 

 

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El nacimiento de la Filosofía, basado desde una óptica realísta y dialéctica, desde su concepción, con las características epistemológicas, ontológica, deontológico, genealógica, gnoseológica. Llevándolo a una apertura sobre la concepción de la vida humana, y en ella se esboza una síntesis sobre la historia de la Filosofía, en una visión responsable, con las preguntas radicales, de ésta manera podemos conocer el verdadero sentido de "La Verdad de la Vida".

Los Padres, los amigos, los maestros, la gente de la calle, nos van mostrando el mundo desde que nacemos. La madre pone el pecho en la boca del recién nacido, y éste chupa, se alimenta, y recibe al mismo tiempo una caricia. Lo viste, lo arropa, y el niño vive esas prendas como abrigo. Agitan ante él el juguete. Le impiden acercar la mano a una llama, o se quema con ella, y entran en el horizonte de su vida la prohibición, el dolor, el peligro. Intenta el niño levantar una mesa, y descubre el peso –y la impotencia-. Se da un golpe contra la pared y cuenta con la resistencia de las cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a distinguir entre lo serio y la broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes que él había otros, y sucesos que no eran suyos. Le prometen algo, y se pone a esperar en el futuro. Lo elogian o le regañan, y el niño empieza a darse cuenta de que hay lo bueno y lo malo, la aprobación y la desaprobación. Le reprochan haber hecho algo que no ha hecho, y tropieza con la injusticia. Lo engañan, y ve que junto a la verdad, en la cual vivía sin saberlo, hay la falsedad o la mentira. Empieza a explorar la casa, el jardín, las calles del pueblo o de la ciudad, el campo, y ve que hay "más allá", que el mundo es abierto, dilatado, desconocido, atractivo, peligroso, hermoso o feo. Distingue muy pronto dos formas de los "otros": hombres, mujeres; y muy poco después una tercera forma: los "semejantes", los niños, a diferencia de los "mayores".

Le hablan y oye hablar. Distingue voces, y los tonos, y sabe cuándo se dirigen a él o no. Le gustan más o menos: se siente atendido, acariciado, mimado, reprendido, olvidado. Va entendiendo "de qué se trata"; luego, lo que se dice. Conoce algunas palabras, y otras que no; adivina su significado unas veces, otras quedan oscuras. Empiezan a "enseñarle" cosas: a andar, a comer, a vestirse, a pronunciar, a mover las manos, a jugar, a hacer las cosas "bien", a saludar, a contar, luego a leer, a escribir, a rezar, a callarse, a esperar, a obedecer, a resignarse. Y luego, noticias, informaciones, ritos, ciencias.

Casi toda la vida va regida por esas formas que nos han sido "inyectadas" por los demás, conocidos o desconocidos, sobre todo al verlos vivir ante nosotros. Estamos en la creencia de que las cosas son "así", de que hay que hacer tales o cuales cosas, de que podemos contar con ellas de cierta manera. Nuestros deseos, nuestros proyectos, nos llevan a hacer algo de acuerdo con esas líneas de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo imprevisto, cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando alguien se enfrenta con nosotros, no podemos seguir viviendo espontáneamente. Nos paramos. ¿A qué? A pensar.

Lo primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que hacer. Si no lo encontramos, recordamos lo que sabemos, lo que hemos aprendido, los conocimientos adquiridos, para ver si nos sirven, si nos permiten salir del apuro. Un tercer paso es tratar de conseguir más conocimientos, preguntar a otros maestros, otros libros, otras ciencias.

Pero puede ocurrir que, entre tantos saberes, nos encontremos perdidos, en la duda. No sabemos qué hacer, no sabemos qué pensar. Ha aparecido ante nosotros algo nuevo, con lo cual no contábamos. O lo que creíamos o pensábamos choca con lo que vemos; ¿cómo decidir? O, finalmente, sabemos muchas cosas, estamos rodeados de objetos, recursos, aparatos, pero nos preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta cuándo? ¿Y después, que podemos esperar?

El nacimiento de la filosofía

Cuando el hombre primitivo estaba agobiado por las dificultades, cuando le era difícil seguir viviendo, comer, beber, abrigarse, calentarse, defenderse de las intemperies, de las fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía respiro para hacerse preguntas. No solo cada día, cada hora tenía su afán. Y no sabía casi nada. Pero cuando, al cabo de los siglos, el hombre consiguió alguna riqueza, cierta seguridad, instrumentos que le permitieron desarrollar una técnica, noticias y conocimientos, cuando su memoria no fue sólo suya y la de sus padres, sino la de la tribu o la ciudad o el país –una memoria histórica-, cuando hubo autoridades y mando y alguna forma de derecho y estabilidad, consiguió el hombre holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar algún instrumento, bailar, componer versos, dibujar o esculpir, levantar edificios que no eran sólo cobijo, sino que debían ser hermosos, inventar historias, y a veces representarlas. Y entonces, en esa vida más compleja, mas atareada y a la vez con más calma, sintió sorpresa, la admiración, el asombro, la extrañeza: ante lo bello, lo magnífico, lo misterioso, lo horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una mirada abarcadora, que en lugar de fijarse en tal cosa particular contemplaba el conjunto: y al entrar en sí mismo, al ensimismarse como decimos con una maravillosa palabra en español, empezó a atender al conjunto de su vida y a preguntarse por ella. Así nació, seis o siete siglos antes de Cristo, en Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar, que vino a llamarse filosofía.

Hay un paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad entonces y lo que ocurre al hombre y a la mujer cuando llega a cierta altura de su vida. Todavía es mayor el paralelismo si se piensa que no todos los pueblos han cultivado la filosofía, y que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas. Los demás siguen viviendo sin claridad, o se contentan con la certidumbre que da la acción, o aquella otra en que se está por una creencia, o con otra distinta que dan los conocimientos, las ciencias particulares, que nos enseñan tantas cosas. Hoy, tantas que nadie las sabe, que, por tanto, funcionan para cada hombre como otra forma de creencia: creemos que se saben todas esas cosas, que las sabe la ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?

Para que alguien se haga las preguntas de la filosofía hace falta que se den varias condiciones. 1) Que se sienta perdido, que no sepa qué hacer o qué pensar, que no sepa a qué atenerse. 2) Que los conocimiento particulares no lo saquen de su duda, no le den una certeza suficiente, porque lo que necesita saber es qué es todo esto, quién soy yo, qué será de mí 3) Que tenga la esperanza de poder encontrar respuesta a esas preguntas, de poder salir él mismo de la duda. Lo cual quiere decir: 4) Que suponga que esas preguntas pueden tener respuesta, que tienen sentido. Y finalmente: 5) Que el hombre perdido y lleno de dudas tiene algún medio de interrogar a la realidad y obligarla a manifestarse y responder, a ponerse en claro, a manifestar la verdad. Ese medio es lo que se suele llamar pensamiento o razón.

La vida humana

" Ya se han escrito todas las buenas máximas, solo falta ponerlas en práctica.", lo decía Pascal.

Siempre mi vida ha girado en un constante aprendizaje de aplicación de la filosofía en la vida. Pero resulta que eso es tan extraño, complejo y misterioso que llamamos filosofía se parece mucho a lo que todos los hombres hacen todos los días desde el principio del mundo. Por lo cuál, tal vez no sea tan extraño, y desde luego es algo muy propio del hombre.

Yo me encuentro en el mundo, rodeado de cosas, haciendo algo con ellas, "viviendo". Cuándo caigo en la cuenta de eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es decir, que mi vida ha empezado ya, no he asistido a su comienzo. Entre las cosas que encuentro está mi propio cuerpo, que se presenta como una cosa más, que me gusta más o menos, que funciona bien o mal, que no he elegido. Es cierto que me acompaña siempre, que lo llevo siempre "puesto", que lo que le pasa me interesa y me afecta, que por medio de él veo, toco, me relaciono con todas las cosas; que por él esta aquí estoy yo aquí, y que gracias a él cambio de lugar.

Y también encuentro eso que llaman las "Facultades psíquicas": la inteligencia, la memoria, la voluntad, el carácter. A lo mejor mi inteligencia es buena para algo, pero mala para otras cosas; o recuerdo bien los versos y mal los números de teléfono; o tengo voluntad débil, o mal genio. Nada de eso he elegido, nada de eso soy yo, sino que es mío, como el país o la época en que he nacido, la familia a la que pertenezco, mi condición social, etc.

Con todo eso que encuentro a mi disposición, bueno o malo, tengo que hacer mi vida, tengo que elegir en cada momento lo que voy a hacer, quién voy a ser. Lo más grave es que la parte más interesante del mundo no está presente, no dispongo de ella, porque lo que elijo es quién voy a ser mañana, y el mañana no existe; existirá... mañana; es el futuro. Y el futuro es inseguro, incierto, está oculto.

¿Qué hacer?, ¿Que elegir?, ¿Que camino tomar?, no tengo más remedio que tratar de ver juntas todas mis posibilidades, para poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré? depende de quién quiero ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme primero como tal persona, como tal hombre o mujer, y ese proyecto imaginario es el que, ante las posibilidades que tengo ante mí, decide. Dicho con otras palabras, para vivir tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme a mi mismo y ver en su conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español José Ortega y Gasset hablaba de la razón vital, sin la cuál no puedo vivir porque solo puedo vivir pensando, razonando.

Vemos ahora que la filosofía no es más que hacer a fondo, con rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario para poder vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y las épocas que filosofan viven con mayor claridad, no se dejan arrastrar, saben lo que hacen, tienen una iluminación superior a los demás. Y tienen también la audacia de creer que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que puede conducir a ese descubrimiento. La consecuencia es que el que filosofa pretende ser más el mismo, más de verdad, ser lo que se llama más auténtico.

La historia de la filosofía

Es larga y compleja la historia de la filosofía. Iniciada en Grecia a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Sócrates), llevada a su perfección por Platón y Aristóteles, desarrollada luego, en Grecia y en Roma (Séneca, Marco Aurelio, Plotino), cristianizada luego, sobre todo en San Agustín, y en la Edad Media (San Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, Escoto, Ockam), sin olvidar a los judíos (Maimónides) o musulmanes (Avicena, Averroes, Ebenjaldún), continuada en el Renacimiento por Nicolás de Cusa, Luis Vives, Erasmo, Giordano Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes, Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke, Hume; Zubiri, Wittgenstein y tantos otros, esa historia ha sido vista a veces como una historia de errores de la mente humana; pero no es así.

Hay una continuidad y coherencia en la historia de la filosofía, que hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque cada uno tenga que formular el problema a su manera propia, desde su punto de vista personal, que no excluye forzosamente los otros, porque las perspectivas reales son muchas y complementarias. Un gran filósofo dijo: "Todo lo que un hombre ha visto es verdad". Quería decir que la falsedad viene sólo de lo que cada uno añade a lo que verdaderamente ha visto; y ahí es donde puede producirse la contradicción y la discordia. La historia entera de la filosofía es el camino de la mente humana para conocer la realidad, para aproximarse a ella y descubrirla, rectificar los errores e integrar la visión personal con las de los demás.

La visión responsable

Ante una cosa, el filósofo no se pregunta, como el científico, por sus propiedades particulares –mineral, vegetal, animal, cuerpo celeste, echo psíquico o histórico, forma social o política, ley, enfermedad, obra literaria o artística, etcétera-; se pregunta por lo que tiene de realidad, es decir, por el tipo de realidad que le corresponde. No es lo mismo una piedra o un pino o un caballo, o bien el número 7, o el triángulo isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una sirena o un centauro; o un soneto; o Don Quijote; o Cervantes; o Dios.

El filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la realidad tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles son sus atributos y su manera de comportarse y cómo se lo puede conocer. Y tiene que preguntarse igualmente por la realidad en su conjunto, por su estructura, las jerarquías o grados de realidad que hay dentro de ella, las relaciones o conexiones entre todas las cosas que son en un sentido o en otro, reales.

Se puede pensar que la filosofía es muy difícil, que no se puede comprender, que sólo muy pocas personas la entienden. No es así; hemos visto que en el fondo es lo que todos los hombres hacemos todo el tiempo; si es así, ¿cómo no vamos a comprender eso que sin darnos cuenta hacemos?

Cuando se es muy joven, no se comprende la filosofía, pero no porque sus razonamientos sean muy complicados –los de las matemáticas suelen ser más difíciles- sino porque el niño no ve el problema, no ve en que consiste la pregunta. Cuando se llega a la primera juventud se puede entender, y el joven que "ve" la filosofía suele entusiasmarse. Los discípulos de Sócrates y Platón eran muchachos muy jóvenes. Y es mejor acercarse a la filosofía con frescura, con inocencia, sin saber nada, dispuesto a abrir los ojos y mirar.

La única dificultad que tiene la filosofía es que tiene una estructura, un orden, distinto del que tienen otras ciencias, por ejemplo la matemática. Ésta tiene una estructura lineal: si un libro de matemáticas tiene veinte teoremas, necesito entender los tres primeros para entender el cuarto, pero no necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los anteriores, pero no en los posteriores, y se estudian y aprenden linealmente. En la filosofía, las verdades se apoyan unas en otras, mutuamente. Si se lee la primera página de un escrito filosófico, no se la comprende íntegramente; al leer la segunda la primera empieza a aclararse, y así sucesivamente; la comprensión total de la primera página no se logra hasta que se ha llegado a la última. Ésta estructura circular (o espiral) es lo que se llama sistema: un conjunto de verdades, cada una de las cuáles esta sostenida y probada por todos los demás.

Por esto es un error, cuando se lee un libro filosófico, no pasar del principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se entenderá nunca. Hay que seguir, recibiendo nuevas aclaraciones a medida que se avanza, hasta el final. Las iluminaciones se van sucediendo, se van viendo nuevas conexiones, se descubren relaciones inesperadas, y por eso la lectura de un libro filosófico es apasionante, como la de una buena novela.

Esta comparación no es justificada: la filosofía es una teoría dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa creadoramente o del lector que revive esa teoría. No se entiende nada humano más que contando una historia, y la filosofía tiene ese elemento dramático o novelesco, que la hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía reside en esa estructura: una vez reconocida y aceptada, resulta ser lo verdaderamente inteligible; lo que de verdad se comprende; a su lado, todas las demás formas de intelección carecen de última claridad.

A la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es filosóficamente entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de una comprensión filosófica. Supongamos que un profesor demuestra perfectamente en la pizarra que los tres ángulos de un triangulo valen dos rectos, o el teorema de Pitágoras, o la regla de la división. Si se nos pregunta porque es así, porque aquello es válido, contestaremos que "está demostrado", que un profesor nos lo demostró de manera concluyente cuando estudiábamos en el colegio o el instituto. No nos acordamos de la demostración, pero recordamos perfectamente que el profesor la dio de manera convincente. ¿Vale esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar renovándose en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de justificación; no se puede aceptar nada por autoridad –ni siquiera por el recuerdo de la evidencia, por la evidencia pasada-, sino por la evidencia actual.

Por eso la filosofía puede definirse como la visión responsable: es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero no basta; es una visión que se justifica, que muestra sus razones, que "responde" de lo que ve y responde a las preguntas.

Las preguntas radicales

La filosofía se hace las preguntas radicales, aquellas que necesitamos responder para estar en claro, para saber a qué atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo y de nuestra vida, para saber quiénes somos y qué tenemos que hacer y qué podemos esperar, qué será de nosotros. Entre muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres lúcidamente, y no a ciegas o como sonámbulos.

Se dirá: ¿Es que podemos alcanzar esa certidumbre? ¿Es posible ese saber superior y más profundo, ese núcleo del pensamiento filosófico que se llama metafísica? No sabemos si es posible: sabemos que es necesario, que lo necesitamos para vivir.

Las ciencias son diferentes. Un problema científico que no tiene solución no es un problema. En filosofía, no. En primer lugar, porque no se sabe si acaso pueda tener solución con otro método, planteado de otra manera mejor; en segundo lugar, porque la filosofía no necesita tener éxito: tiene que enfrentarse con sus problemas, no puede contenerse con eliminarlos. Es la condición de la vida humana; el hombre no necesita tener éxito, le basta con intentar hacer, lo mejor posible, lo que debe hacer. La filosofía no puede renunciar a sus problemas fundamentales, porque entonces renuncia a si misma, deja de ser filosofía (es lo que le pasa a gran parte de lo que hoy se llama filosofía).

No hace falta ser un filosofo creador, original, para tener acceso a la filosofía.

El que lee filosóficamente a un filósofo, o lo escucha, repiensa su filosofía, se la apropia, la hace suya. Repite dentro de sí mismo el movimiento mental que llevó al filósofo a preguntarse algunas cosas, que lo condujo con un método riguroso de evidencia en evidencia, a ciertas visiones: soluciones o un nuevo planteamiento más adecuado del problema.

El filósofo es un hombre audaz, que se atreve a enfrentarse con la realidad, interrogarla, levantar el velo que la cubre y tratar de ponerla de manifiesto, hacerla patente. Por eso, la tentación del filósofo es soberbia. Pero si es verdadero filósofo, tendrá que llegar a una profunda humildad: primero, porque tendrá conciencia de que la realidad es problemática, que ninguna verdad la agota que cuando dice "A es B", no quiere decir "A es B y nada más", sino que su propia visión se podrá y deberá integrar con otras, que no se excluyen forzosamente; segundo, porque lo que hace no es dictar a la realidad cómo es o debe ser, sino al contrario. Ver cómo es, reconocer que es así, aceptarlo. La filosofía requiere el valor de enfrentarse con la realidad –toda realidad, sin amputaciones ni exclusiones, en todo su problematismo-, pero significa la aceptación de la realidad, el sometimiento a una verdad que el filósofo no produce ni impone, sino descubre.

Los otros conocimientos, las otras ciencias, la experiencia de la vida, las crisis históricas, todo eso lleva al hombre a algunas preguntas esenciales que van más allá, que no tienen respuestas prácticas ni dentro de cada una de las ciencias positivas. Hay problemas que no tienen su lugar en la física, la psicología o la historia; pero son problemas para el físico, el psicólogo o el historiador, para el hombre que cada uno de ellos es (como para el hombre de la calle). Esas mismas ciencias plantean un problema que excede de ellas mismas: ¿cuál es su puesto en el conjunto del saber? Y ¿cuál es la realidad de su objeto? El físico estudia la naturaleza, la mide, descubre sus leyes; pero no se pregunta qué es la naturaleza o por qué hay naturaleza. La pregunta por la realidad histórica no es tema de la historia. Las ciencias particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias positivas), pero el hombre no puede dar nada por supuesto si quiere tener una ultima claridad. Esa es la función, la exigencia de la filosofía.

Por otra parte, la filosofía no empieza nunca en cero. No solo parte de innumerables noticias, experiencias, conocimientos, sino que descansa sobre un subsuelo de creencias, se inicia en una situación social, histórica, personal que condiciona el horizonte de los intereses, las curiosidades, las inquietudes; que hace que un filosofo mire en una u otra dirección, que eche de menos, claridad sobre unas cosa y no sobre otras. La filosofía tiene siempre, para emplear una expresión de Ortega, una "prefilosofía" que normalmente olvida y deja a su espalda.

Hay que aclarar este importante cuestión. La idea de una filosofía sin supuestos, que no parta de otros saberes, que empiecen en cero, como antes dije, es completamente ilusoria. Pero si la filosofía olvida todo eso, no tiene plena realidad, no se aclara sobre si misma, no es estrictamente filosófica. Tiene que contar con todo eso que es su punto de partida que la condiciona, pero tiene que dar razón de ello, es decir, justificar filosóficamente. Nada de eso será filosofía hasta que la filosofía lo absorba, lo ilumine, justifique, y así lo eleve hasta el nivel de la filosofía misma.

En este sentido, toda filosofía es histórica, esta "a la altura del tiempo", es la propia de cada época. Y no puede olvidar que lleva dentro toda las demás del pasado, que a llegado a ese nivel, es un proceso sin el cual se la podría entender. La filosofía no es separable de su historia, pero esta remite al presente: nos obliga a hacer filosofía, por que todas las demás, de pretérito, no nos sirve, no son suficientes, porque están pensadas en situaciones distintas de la nuestra, porque no se enfrentan, al menos de manera adecuada, con nuestros problemas, aquellos que nos obligan a filosofar. La filosofía del pasado no queda arrumbada o rechazada: queda absorbida, incorporada en la actual; el filósofo filosofa con todos los demás que lo han precedido, y no puede reducirse a ninguno.

La verdad de la vida

"Una vida no examinada (es decir, sin filosofia) no es vividera para el hombre", decía Platón. "Todas las ciencias son más necesarias que la filosofía-decía Aristóteles-; superior, ninguna." La filosofía "no sirve para nada", y por eso no sirve a nadie: es la ciencia de los hombres libres. "Si la sabiduría es Dios, el verdadero filósofo es el amador de Dios", decía San Agustín. Y Spinoza la ve como amor Dei intellectualis. "amor intelectual a Dios". Y Ortega, en su primer libro. Definía la filosofía como la "ciencia general del amor".

Esa conexión entre amor y filosofía es esencial, porque la filosofía busca la conexión general de todas las cosas-eso es precisamene la razón-, y eso es obra del amor. Por eso la filosofía consistió, desde el principio, en la máxima dilatación del espíritu, hasta llegar a preguntarse por el todo. ¿Qué es todo esto? Por este camino se llegó a descubrir la naturaleza, más allá de cada cosa,y como principio de explicación de ellas (la naturaleza de las cosas). La idea cristiana de creación llevó a ver el mundo como criatura, con una realidad fundada en la de Dios creador. La evidencia del carácter único e irreductible de eso que llamamos "yo" llevó al pensamiento moderno (Descartes y sus continuadores) al idealismo, a la afirmación del yo pensante como la realidad primaria, de quién serían "ideas" todas las cosas. Pero nuestro tiempo ha visto que, si bien es verdad que nada puedo saber sin mí, sin ser yo testigo de los demás. Yo no me encuentro nunca solo, sino rodeado de cosas, en un mundo, haciendo algo con él, algo que se llama vivir. Y al vivir encuentro, de una manera o de otra, todo lo que hay, presente y manifiesto o latente y oculto, accesible o inaccesible, desde mi propio cuerpo y las cosas que me rodean hasta Dios, del cual encuentro en mi vida al menos la noticia o revelación.

La filosofía es el descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles. Volverse de espaldas a ellas es renunciar a ver, aceptar una ceguera parcial, contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un incalculable enriquecimiento del mundo. Es además una disciplina moral: la exigencia de no engañarse, de no aceptar como evidente lo que no lo es. (Sin que esto quiera decir que hay que rechazar lo que no es evidente, porque muy pocas cosas lo son.) Es sobre todo, una llamada a la lucidez, a ese "señorío de la luz sobre las cosas y sobre nosotros mismos", de que hablaba Ortega. Y con ello, una llamada a la autenticidad, a la verdad de la vida, a ser cada uno quien verdaderamente pretende ser.

El último fruto de la filosofía es la aceptación del destino libremente elegido, eso que se llama vocación.

Bibliografía consultada:

  1. Los estudios de un joven de hoy, de la Editorial Fundación Universidad-Empresa, Madrid 1982.
  2. Diccionario de la Lengua Española.
  3. El libro de la virtudes, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1995.
  4. Platón, Diálogos, Porrúa, México, 1976.
  5. Ser hombre, de Elías M. Zacarías.
  6. Fundamentos de Filosofía, Madrid 1986
  7. Las Virtudes Fundamentales, Josef Pieper, Ed. Rialp, Madrid, 1988.
  8. Filosofía Cristiana, José M. De Torre, Ediciones Palabra, S.A.,Madrid, 1982.

Trabajo enviado por:

Profesor José Luis Dell’Ordine

Estudioso de las ciencias de la Educación y de las Ciencias sagradas


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