Alberto Lista
(Sevilla 1775-1848)
Poemas (v1.0)
A Elisa
La razón inútil
La esperanza
A un árbol
Al amor
La duda
La amistad
A Baco
La primavera
A Elisa
En vano, Elisa, describir intento
el dulce afecto que tu nombre inspira;
y aunque Apolo me dé su acorde lira,
lo que pienso diré, no lo que siento.
Puede pintarse el invisible viento,
la veloz llama que ante el trueno gira,
del cielo el esplendor, del mar la ira;
mas no alcanza al amor
pincel ni acento.
De la amistad
la plácida sonrisa,
y el puro fuego, que en las almas prende,
ni al labio, ni a la cítara confío.
Mas podrás conocerlo, bella Elisa,
si ese tu hermoso corazón
entiende
la muda voz que le dirige el mío.
La razón inútil
Es tarde ya para que amor
me prenda
en su lazo halagüeño y fementido;
que aunque tal vez de la razón me olvido,
el hielo de la edad ¿quién hay que encienda?
Es tiempo
¡ay! triste que a su voz atienda
mi juvenil esfuerzo ya perdido,
después de haberla insano desoído,
cuando ser pudo de mi esfuerzo rienda.
Así va; los humanos corazones
sufren en la verdad y en el engaño;
y sin gozar de sí ni un solo día,
venden la juventud
a las pasiones,
la edad madura al triste desengaño,
y la vejez
a la razón tardía.
La esperanza
Dulce esperanza, del prestigio amado
pródiga siempre, que el mortal adora,
ven, disipa piadosa y bienhechora
las penas de mi pecho acongojado.
Vuelve a mi mano el plectro ya olvidado,
y al seno la amistad
consoladora;
y tu voz, oh divina encantadora,
mitigue o venza la crueldad del hado.
Mas ¡ay! no me presentes lisonjera
aquellas flores que cogiste en Gnido,
cuyo jugo es mortal, aunque es sabroso.
Pasó el delirio de la edad primera,
y ya temo el placer, y cauto pido,
no la felicidad, sino el reposo.
A un árbol
Tronco infeliz, desnudo y sin verdura,
imagen
fiel de mi mortal dolor,
si marchitó el invierno tu hermosura,
¡ay! yo probé las iras del amor
Mas tú, al reír la dulce primavera,
gloria serás del plácido vergel;
mi corazón
ningún alivio espera,
ni mayo habrá para mi mal cruel.
No des jamás tu sombra o tu corteza
a infiel beldad, a pérfido amador;
y el que a engañar se atreva la terneza,
conserve en ti renombre de traidor.
Yo huiré de ti, de tu enramada umbrosa,
que un tiempo
dio su asilo a mi placer.
mas al morir tu primavera hermosa
tú me verás contigo padecer.
Al amor
Tal vez, amor,
bajo el sagrado velo
de la amistad
encubres tu furor;
el corazón
se entrega sin recelo,
y en él clavas la flecha a tu sabor.
Tirano dios, cuya perfidia 1loro,
el infortunio me enseñó a temer.
mas ¡ay de mí!, si mi peligro adoro,
¿qué vale, amor
tu astucia conocer?
La duda
¿Si será de amistad,
Filis hermosa,
la grata llama que en el pecho siento;
que como propio tu dolor lamento,
y soy feliz, cuando eres venturosa?
¿O será amor?
Tu imagen
deliciosa
grabada está en el alma, y el momento,
que obligado la deja el pensamiento,
me es ingrato el pensar, la vida odiosa.
Amor es. Este ardor de verte, este
inefable placer cuando te veo,
¿quién sino el dulce amor puede inspirarlo?
Mas ¡ay! es como tú puro y celeste;
e ignorando los fuegos del deseo,
halaga el corazón
sin abrasarlo.
La amistad
Filis, tu amistad
hiciera
mi tierno pecho feliz,
si al fuego suave, que sientes e inspiras,
amor no mezclara su llama sutil.
¡Cuán gallardo crece el lirio,
gala del templado abril,
si el soplo del Euro conmueve sus hojas,
y riega la fuente su verde raíz!
Mas si ardiente el
sol de junio
sobre él comienza a blandir
el férvido rayo, que abrasa los campos,
y trueca en incendios
el claro cenit;
lánguido y mustio fallece,
e inclinada la cerviz,
el vástago seco, marchitas las hojas,
de tristes ruinas alfombra el pensil.
Amor, tiránico dueño,
me ha condenado a gemir
la dicha, que logro, gozando tu afecto;
que tú amas tranquila, y yo ardo por ti.
Si miro tus bellos ojos
a los míos sonreír,
y el beso apacible de amiga me ofreces,
yo loco el de amante quisiera imprimir.
Tus miradas, tus caricias,
tus juegos,
toda tú en fin
la imagen
me ofreces del puro cariño;
y yo suspirando lo gozo infeliz.
Cese ya el engaño; o ama
como yo, o huye de mí;
que humanas venturas las mide el deseo,
y gozo no entero no es gozo, es morir.
A Baco
Vi a Baco, sí (generación futura,
tú lo creerás), que en ásperas guaridas
cánticos a las ninfas enseñaba;
por la densa espesura
sus orejas erguidas
el caprípede sátiro mostraba.
¡Evah! aún tiemblo del pavor reciente;
mas temblando palpita complacido
mi corazón,
que el Dios ha subyugado.
Piedad, Baco potente,
piedad, ya estoy rendido;
temible, ¡oh tú!, del grave tirso armado.
¡Ah! Puedo ya las tiadas salaces
cantar, del vino la escondida fuente,
la dulce leche
en abundosos ríos,
y las mieles fugaces,
que el tronco refulgente
destiló de sus cóncavos vacíos. Cantaré de tu esposa
afortunada
la corona nupcial, que lucir veo,
gloria añadida a la mansión divina;
y a tu voz asolada
la casa de Penteo,
y del tracio Licurgo la ruina.
Tú el golfo, tú las bárbaras riberas
domaste; tú beodo en apartadas
cumbres de las bistónides sañudas
las densas cabelleras,
al hombro derramadas,
con inocentes víboras anudas.
Tú, cuando por montañas eminentes
el bando de terrígenas impío
el Olimpo escaló, de garra armado
y de leoninos dientes,
en el Cocito umbrío
a Reco el fiero derribaste osado.
Aunque no de guerrero esclarecido
renombre hubieses, Dios de los placeres,
de la festiva danza
y los solaces,
no en combates temido;
mas tú, glorioso, eres
árbitro de la guerra
y de las paces.
De áurea punta la frente coronando
te vio el Cerbero en la tartárea roca;
muere el ladrido en su feroz garganta,
y manso coleando
con la trilingüe boca
halagó al irte tu divina planta.
La primavera
Huyó el sañudo invierno,
y en la templada esfera
sobre las alas del Favonio tierno
brilla la primavera.
Y su guirnalda hermosa
risueña deshojando,
de blanco lirio y encendida rosa
las vegas va sembrando.
No ya de nieve helada
yace el prado cubierto,
ni de amores la selva despojada,
ni el monte triste y yerto.
Que es delicia del cielo,
cuando nace, la aurora,
y ámbares vierte, y el fecundo suelo
de blanda luz
colora.
Ya pulsa el arpa de oro
la bella Citerea,
y en tiernas danzas su festivo coro
los oteros rodea.
De mirto, pues, y flores
la frente coronemos,
oh Dalmiro, y al dios de los amores
dulces himnos cantemos.
La juventud
convida,
y entre clavel y rosa
brinda la ilusión vana de la vida,
aunque vana, gozosa.
Que luego, edad tirana,
las dichas desvaneces;
y del mortal la plácida mañana
no brillará dos veces.
¡Ay!, huye la alegría
tu rostro macilento,
y entre tus densas sombras, parca impía,
se pierde en un momento.
De la fatal guadaña
no hay abrigo seguro;
que así hiere la mísera cabaña
como el soberbio muro.
Juan Arolas
(Barcelona 1805 - Valencia 1849)
Poemas (v1.0)
Un cabello blanco
La favorita del Sultán
El navegante
Sé más feliz que yo
La hermosa Halewa
Un cabello blanco
En la sublime Estambul,
ciudad del adusto moro,
la más rica en perlas y oro
que acaricia el mar azul,
reciben con el reflejo
de sol luminoso baño
ricas cúpulas de estaño,
que hay en el serrallo viejo.
Vive en cada rosa abierta
de odorífero rosal,
pura brisa matinal,
que de su sopor despierta
corre el pensil, y después
que besó las flores que ama,
murmura en flexible rama
de piramidal ciprés.
Acaban su largo sueño
bajo bóvedas moriscas
las hermosas odaliscas
y su enamorado dueño:
mientras vagan desvelados
por el plácido recinto,
con las dagas en el cinto
los eunucos atezados,
sombras feas y horrorosas
que debieron a los celos
vivir en aquellos cielos
do respiran las hermosas.
Del harem sólo un balcón,
quitada la celosía,
mece al soplo de aura fría
su purpúreo pabellón:
y detrás está Gulnara,
la orgullosa favorita,
luz
del alba, flor bendita,
luna llena, piedra rara;
querida de Noredín,
cuya singular belleza
la formó naturaleza
de rocío y de jazmín.
Diez esclavas a su vez,
todas lindas, todas fieles,
la engalanan con joyeles,
y ella dice a todas diez:
"Dadme velos, plumas gualdas,
y esmeraldas
que reflejan verde luz,
del Tíbet los leves chales,
y corales
del profundo mar de Ormuz.
Diamantes de cien quilates,
y granates
de purpúrea brillantez,
adornen con sus destellos
los cabellos
que desmayan en mi tez.
Reina soy de las huríes;
dad rubíes
a mi cuello de marfil:
soy bella y encantadora;
¿quién no adora
mis ojos, mi pie infantil?
Más perlas que formen lazos
en mis brazos...
Dadme mi turbante azul
cuajado de estrellas de oro,
que es tesoro
de la reina de Estambul.
Cubridme de muselina
leve y fina,
que a mi talle sienta bien,
que sus pliegues nebulosos
son hermosos
en la reina del harem.
Acercadme los espejos
que están lejos:
quiero ver mi perfección;
contemplar si con mi encanto
puedo tanto,
que doy muerte
a un corazón."
Calló; se miró al cristal,
mas turbóse de repente
su serena y alba frente
con palidez funeral;
porque a llena luz
miró,
y en sus trenzas desmayadas,
puras, frescas y aromadas,
un cabello blanco vio.
Cual si un áspid enroscado,
viese en su nevada sien,
con iras y con desdén
descompuso su tocado.
Fue arrojando por el suelo
collares, plumas, anillos,
gasas, broches y cintillos,
perlas, y turbante, y velo.
Y el cabello maldecía,
y aun es cierto que lloró
cuando airada lo arrancó,
y en los dedos lo tenía.
Mas Noredín, su señor,
que en el cuarto oculto estaba,
mientras ella se quejaba,
respondía a su dolor:
"--Sultana, si en la flor leve
cayó nieve,
se helará la flor gentil;
ya no puede ser amada,
ni llamada
reina hermosa del pensil.
Me sobran ángeles bellos
con cabellos
sin ninguna imperfección:
contempla, pues, si es tan pura,
tu hermosura,
que dé muerte
al corazón."
Dijo: le volvió la espalda;
recorrió su harem o cielo,
vio una bella con guirnalda,
y arrojóle su pañuelo
sobre la ondulante falda.
La favorita del Sultán
Marcha, despiadada y cruda,
pues me quemas con tus besos,
al lucir casi desnuda
tantas gracias y embelesos.
Sol que en el cenit me abrasas
sin una nube en tu cielo,
yo te pondré dobles gasas,
y no te veré sin velo:
sobre un lecho encubertado
te he hacer cubrir de flores,
y serás vergel cerrado,
do se oculten mis amores.
¡Judía, que por fortuna
de mi ser eres sirena,
como tú no vi ninguna,
ni cristiana ni agarena!
Tú te ríes y te alegras
cuando en mí los bríos faltan,
mientras tus pupilas negras
ebrias de placer te saltan.
¿Quién ha de romper tus lazos?
Enamoras, avasallas,
y un día de tus abrazos
rinde más que cien batallas.
¡Deja tu delirio ciego!...
Mientras en tu seno hermoso
me adormeces con el ruego,
mientras cantas y reposo,
febles sufren mis soldados
la ignominia en sus derrotas;
y en los mares agitados
pierdo mis avaras flotas:
pierdo a Egipto
y sus llanuras,
do las auras regaladas
mecen las espigas puras
en las cañas encorvadas;
do las moles eternales
donde el orgullo está escrito,
se alzan en los arenales
con la esfinge de granito;
cuyo párpado despierto
jamás una vez cerraron
ni los vientos del desierto,
ni los siglos que pasaron.
Tú me encantas, y consientes
que amenacen mis dos mares
las águilas de dos frentes
de los ambiciosos zares.
¡Guay el autócrata un día
no venga a tomar mi harem,
y por ser esclava mía
conmigo mueras también!
No desnudes por mi amor
ese tu seno hechicero,
y deja que tu señor
vaya a desnudar su acero.
Que tiña en sangre
su filo,
que levante en sus furores
pirámides junto al Nilo
de cabezas de traidores.
Mas ¡ah!... ¡mis votos fallidos
dejarás con ilusiones,
rémora de los
sentidos,
imán de los corazones!
Porque el más adusto moro
que a las lides se partiera,
puesto a contemplar tu lloro,
riendas al corcel volviera.
Yo caricias he probado
de unas hermosas de nieve,
cuyo beso regalado
con grata emoción conmueve.
Pero tu beso, sultana,
dulce beso humedecido
de esos tus labios de grana,
me enloquece, me ha perdido.
Desprecio, pues, mis riquezas,
y cual vanos oropeles,
mis títulos y grandezas,
mis tropas y mis bajeles.
Mis palacios no deseo
con dilatados confines,
ni mis casas de recreo,
con estanques y jardines
ni del Arabia dichosa
los más exquisitos dones,
ni frescos baños de rosa,
ni púrpuras, ni bridones;
ni el nombre que se me da,
de señor de mar y tierra,
de sombra augusta de Alá,
príncipe de paz y guerra.
Desprecio las dignidades
de mis bélicas proezas,
y mis pueblos y ciudades
con torres y fortalezas.
Y haré decir al diván
que no tengo más estados,
que mi pipa, mi atagán,
y tus ojos adorados.
El navegante
Apartado de ti surco los
mares,
¡oh cándida mujer!
Triste víctima he sido en tus altares,
¿y mía no has de ser?
¡Qué terrible en sus tétricos horrores
se muestra
el mar, mi bien!
Pues yo temo más que sus rigores,
tu enfado o tu desdén.
El bramido de recios vendavales
no me intimida a mí;
no temo todo el peso de los males;
tu olvido, hermosa, sí.
Tú sobre leves plumas reclinada
no sientes aflicción;
sostiene mi cabeza acalorada
la dura tablazón.
Si de volverte a ver tengo el consuelo,
te juro, por mi fe,
que tú serás mis glorias y mi cielo,
y al mar no volveré.
Si Dios me da que pueda coronarte
la sien de albo jazmín,
y un ósculo tomar al despertarte
del labio de carmín;
que en cambio
de una 1ágrima muy pura
me des tus alegrías,
y cubras con un velo de ventura
mis noches y mis días,
jamás será que fíe en la bonanza
del mar y sus arenas,
ni cuelgue el sutil lienzo de esperanza
de débiles antenas.
Sé más feliz que yo
Sobre pupila azul, con sueño
leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanda nieve
que sobre las violetas reposó:
yo el sueño del placer nunca he dormido:
sé más feliz que yo.
Se asemeja tu voz en la
plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró:
yo sólo esta oración dirijo al cielo:
sé más feliz que yo.
Es tu aliento la esencia
más fragante
de los lirios de Arno caudaloso
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció:
yo no gozo su aroma delicioso:
sé más feliz que yo.
El amor, que es espíritu
de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego
en tus purpúreos labios se escondió:
él te guarde el placer y a mí la queja;
sé más feliz que yo.
Bella es tu juventud
en tus albores
como un campo de rosas
del Oriente;
al ángel de recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio;
yo decía al ponerlas en tu frente:
sé más feliz que yo.
Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto
causas dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó:
mi suerte es dura, mi destino incierto:
sé más feliz que yo.
La hermosa Halewa
El prudente Almanzor, emir
glorioso,
el cordobés imperio dirigía,
Hixén su rey en el harem dichoso
los blandos sueños del placer dormía.
Cisnes de oro purísimo labrados,
sobre conchas de pórfido en las fuentes,
en medio de jardines regalados,
derramaban las linfas transparentes.
Los limpios baños de marmóreas pilas,
do el
agua pura mil esencias toma,
cercaban lirios y agrupadas lilas
de tintas bellas y profuso aroma.
Damascos y alcatifas tunecinas,
del palacio adornaban los salones,
perlas en colgaduras purpurinas,
perlas en recamados almohadones.
Olores del Arabia respiraban
lechos de blanda pluma en los retretes,
y las fuentes
de plata reflejaban
del alcázar los altos minaretes.
Del regio templo celebrada diosa,
Halewa fue en su plácida fortuna
ídolo del monarca por hermosa,
tierna como una lágrima en la cuna.
Feliz si de un esclavo que sabía
enamorar con trova cariñosa,
más amor no aprendiera que armonía
al son del arpa dulce y sonorosa.
Iba el docto mancebo modulando
los ayes del amor en vario tono,
la bella favorita suspirando
hizo el primer desprecio al regio trono.
Un día... nunca el
sol sur rayo activo
lanzó con más ardor, ni más hermoso
fue el pensil y la sombra del olivo
para gozar del celestial reposo.
Sediento del halago y del cariño,
buscaba Hixén los suspirados lazos,
y cual sus juegos
inocente niño,
apetecía el rey tiernos abrazos.
¡Infeliz! ¡ ah l repara aquella rosa
que el roedor insecto ha deshojado,
no muevas, no, la planta vagorosa:
la tumba del dolor está a tu lado.
Vio en la gruta que al fin de los andenes
se cubre con la hiedra trepadora,
dormir con frescas rosas
en las sienes
la inconstante beldad que el pecho adora.
Vio dormido al esclavo... frescas flores
coronaban su sien... su labio impuro
en sueño murmuraba sus amores,
y el desliz de otro labio más perjuro.
El arpa sobre el césped olvidada
con el viento sus fibras conmovía,
y de su docto dueño enamorada
parece que lloraba su agonía.
Ruge el león y silba la serpiente
por ofendido amor, la
mujer llora,
y el
hombre con la sangre
delincuente
lava el torpe baldón que le desdora.
Suspira Hixén; su corazón desgarra
una furia infernal; su mano lleva
al puño de la corva cimitarra,
y abre los ojos la infeliz Halewa.
Los abre para ver el golpe airado
contra el siervo que amaba su belleza,
el lívido cadáver a su lado,
y fuera de los hombros la cabeza.
Sangre
vio en su vestido y en su velo,
que en sangre
se tiñó la gruta y senda
al rodar la cabeza por el suelo
en temblor frío y convulsión horrenda.
A lóbrega mazmorra es arrastrada
por seis esclavos negros... ¡ah!... su lloro
de aljófar puro y tímida mirada
no puede doblegar a esquivo moro.
La nueva luz
de nebuloso día
vio en la punta de un palo, en los jardines,
la cabeza del siervo, horrenda y fría,
y con gotas de sangre
los jazmines.
Manuel del Cabral
(Santiago, República Dominicana 1907)
Poemas (v1.0)
Huésped
desenterrado
Oda escrita en la piedra
Donde la voz parece más del árbol
Sexo
cumpliendo
TONO CUARTO (de Carta a Rubén)
Huésped desenterrado
Toda la noche
la cotorra del brujo picoteando el silencio.
Toda la noche
estuvieron los hombres bregando con trozos de tinieblas.
Toda la noche
el farol casi humanos con su poco de día,
matando la mirada dulce-azul del cocuyo.
Y nada.
El sepultado ni siquiera hedía.
Todo aire
de muerto lo mataban las flores.
¿Es que se hundió como si fuera en agua?
Ayer, precisamente, se le vio en la bodega,
luchando entre penumbra con unos diosecillos
que saltaban sin tregua
desde el tonel del vino hasta la copa,
y corrían,
corrían,
como un grupo
caliente de cosquillas
por su cuerpo varón y su neblina.
Toda la noche
estuvieron los hombres cucuteando,
registrando la
tierra.
Sin embargo, mi perro está ladrando,
hoy a las siete de la mañana
mi perro está ladrando,
ladra junto a una mano que parece de náufrago fijo.
¡Creció el cadáver
igual que un árbol para dar su fruto!
Oda escrita en la piedra
Hay algo mas que el viento buscando ser instinto,
algo más que la ola
que quiere andar de pie como la sangre.
Hay algo más que aquello que rezaba a las piedras,
suave como la
muerte del cabello del indio,
simple como el secreto transparente del agua.
Hoy aquellos que fueron
siempre mudos,
los que siempre llevaron en la sombra
la dignidad del loto que crece sobre el cieno,
se acercan a la
tierra,
y echan voces por granos, como quien va regando
la conciencia.
Llegan horas que nacen para
la alondra insigne.
La
tierra tiene ahora la cualidad del ave.
Y el horizonte crece, crece en aquellas manos
que saquearon a sangre la esperanza.
Aquellas manos simples,
que traen en los filos de picas y hachas
el oro de las minas de los amaneceres.
Es la América
inédita,
la que estaba en el tacto,
la que estaba en la carne,
como aquello que a veces se nos queda
en el vientre materno que se revienta en vida.
La América
que un día se quedó entre los hombres
y creció entre sus manos como el río en el mar.
América también:
la que pinta de verde el aguacero,
la que suena en el fuerte como un tiro de paz,
la que muerde en la miga dura de tiempo
el negro,
la que un poco se duerme tirada en una esquina
mientras la sangre antigua moja aun las espadas,
mientras todos los siglos caben en la garganta,
mientras el indio andino no conoce a Bolívar,
mientras por los caminos de los Andes las llamas
bajan a paso manso sin que lo sepa el mundo
una pequeña caja de pino en donde viene
tal vez no un niño muerto, sino el sueño profundo
de toda la montaña.
Ya la mañana viene
sobre carretas pobres,
carretas que traen de lejos su catedral de fatiga.
Parece gente el aire
que da contra la frente.
Viene la sangre niña como el
agua primera.
Raíz de madrugada, canta el indio remoto.
La sonrisa se ha puesto de pie como una hazaña.
La mañana de ahora trae durezas de estatua.
Hoy la
tierra que sube municipal es cósmica.
Nadie fundó la urbe... Fueron antiguas rocas
que crecieron a fuerza
de pensar en las alas.
Hoy no lanza el hondero la piedra suelta al tiempo
sino que se levanta con ella misma el
hombre.
Mientras pasa la muerte resucitando espadas.
Donde la voz parece más del árbol
Donde la voz parece más del árbol.
Donde el
hombre es un árbol.
Aquí, donde los ojos de los niños...
Tal vez aquí no puedo decir nada.
Tan cerca estoy de cosas que están siempre desnudas.
Puede mi tiempo
ahora herir la tarde.
Yo vengo de tan lejos y de tantas palabras,
vengo de tantas manos y de carne con precio,
vengo de tantos vientres con inéditos gritos,
que me sube la voz igual que un ojo.
Aquí, donde este hombre
para decirme que no tiene ropa
desentierra los huesos
de su sonrisa:
su azucena valiente y definida,
su azucena harapienta.
Sexo cumpliendo
Digitales delicias gobiernan superficies.
El lecho cruje,
cruje de pueblo fabricado a besos.
De pronto un sudor blanco roba el futuro en gotas,
y un sabor hay de mar que busca no ser agua,
sabor de ropa derrotada a clima,
a ternura de plumas prisioneras,
a mañana que anda por su cuerpo,
por su aluvión de tibia nieve a sueldo:
censo precipitado, derretido,
pequeña muerte
desprendida viva.
Desprendida,
invadiendo dominios de líquidas raíces,
y a ocultos empujones azules, por sus venas:
nadadores extraños, materiales
secretos
que galopan cruzándose de vida;
un resbaloso mundo de minutos con siglos,
un semental tumulto que anónimo prepara
espacios dolorosos,
números obligados a levantarse como héroes...
Sin embargo, gomas hay ataúdes,
redes
para mariscos terrenales,
se coagulan sus ángeles sin puerta,
cielo de caucho eunuco los ahoga,
mata sus puros empujones blancos,
mata sus furias de humedad reunida.
Pero terca,
toda la zoología se le sube a su cuerpo,
por sus manos elásticas como palabras,
por el valiente oficio de pan que hay en los senos,
anda un blando, anda un suave,
anda un dulce silencio de leopardo.
Y la materia
tiembla,
tiembla sobre boticas y birretes,
sobre encuadernadores de siglos educados,
y como un dios que entra
apartando trigales enlutados,
sólo su clima
sólido de súbito
abre auroras profundas, vigiladas,
para poner de pie cada año a la
tierra.
TONO CUARTO
(de Carta a Rubén)
Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia,
yo decía estas cosas llenas de transparencia.
Estas mismas que ahora tienen otra fragancia,
a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia.
Mas por entre la niebla de mis barbas de loma
me salen los recuerdos, frescos como palomas.
Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo,
el pasado se cae de mis labios, y digo:
Era el tiempo
en que tenía
piececitos-aviones
ante el fantasma de la policía.
Y madrugaba nuestra fantasía
para robar centavos,
antes que la mañana
tras la fragancia tibia de la panadería,
fuese de puerta en puerta
por la calle aldeana.
Blanca de mundo y de cuidados vanos
te me fugabas cuanto más crecía,
igual que el globo que se me rompía
si mucho le aventaba entre mis manos.
Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer.
Hoy ya no puedo, infancia,
correr como corría.
Me pesa tanto el
hombre que no puedo correr.
Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno:
corría con la lluvia, temblaba con el trueno.
¿Tú también lo recuerdas?
La barriga desnuda se chorreaba de miel,
mientras los astilleros dedotes del abuelo
a ratos fabricaban barquitos de papel.
Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa,
como tú ya lo sabes, le pusieron
más espina que rosa.
Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila,
pero tiene parientes... Los que ven mis pupilas.
¿No sientes un caballo, y la gran negra capa
de un jinete que corre pisoteando este mapa?
Esto pone a la infancia
a crecer de repente,
lo mismo que de súbito crece un agua
de fuente.
¿Y qué pueden los Sócrates?
¿Qué pueden los Darío,
cuando como temblores subterráneos
pasan patas equinas que hacen brotar un río
de venas de llantos sobre campos de cráneos?
Mientras en las esquinas, de una ciudad remota,
la
novela de un brazo que alza una mano rota,
dando cuerdas a un débil monótono organillo,
le regala a la infancia
su sonoro castillo,
algo que ya no tienen los hombres de la tierra,
hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra
Mañana pelearemos sin ir a la batalla,
pues es la que nos mata, la guerra
que se calla,
y sólo encontraremos -si algo encontramos hecho-,
a la
muerte perfecta como un odio en el lecho.
Pero ahora no quiero seguir estos detalles,
déjame que te hable de nuevo de mis cosas,
tal como si de pronto te hallaras por la calle
unos zapatos rotos...
donde un canario tiene su más cómodo nido
de poeta remoto...
Así, Rubén, ayer, y quizá con razón,
le dije cosas raras a mi Compadre Mon.
Por ejemplo:
Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta
el retazo de cielo de un viejo callejón,
que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón.
Limpio como los vientos del molino aldeano
he salido desnudo en carne de conciencia,
y parece que tengo la mañana en la mano.
Hoy puede verme el
hombre por mi abierta ventana.
Me hallará transparente como el
agua con cielo.
¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana!
Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo
sólo escribir la mano de una vida que tiene
aún todo desnudo.
¿Cómo me haré contigo, infancia,
que de nuevo,
como un traje ya viejo, pero querido, uso?
Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo.
Lloras un agua
tan clara,
que no parece dolor.
Hoy está triste tu cara.
Pero no tu corazón.
Mira un niño que
corre por la playa, parece
que el otro niño, el mar, habla con él, y crece.
Allí llena de cosmos su voz la caracola,
donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola.
Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer!
Porque al nacer tan grandes
no te vimos crecer.
Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo:
suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo.
Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte
que de pie ya te vemos, tú velando a la
Muerte.
José Iglesias de la Casa
(Salamanca 1748-1791)
Poemas (v1.0)
Oda en sáficos-adónicos
IDILIO II Los celos
IDILIO III Ilusiones de la tristeza
IDILIO IV Delirios de la desconfianza
IDILIO V La agitación
Oda en sáficos-adónicos
¿De qué me sirve,
Primavera hermosa,
que nueva vida a tus pensiles vuelvas,
y aquestas selvas llenas de frondosos
álamos verdes?
¿De qué me sirve que por estos valles
esparzas rosas,
siembres vïoletas,
tiernas mosquetas, azucenas blancas,
cárdenos lirios?
¿De qué me sirve que por sus orillas
vierta la fuente perlas orientales,
y en sus cristales el divino Febo
néctares beba?
¿De qué me sirve que por la campiña
salte tocando el dulce pastorcillo
el caramillo con que da a su ninfa
música
alegre?
¿De qué me sirve que los pajaritos
a coros trinen al romper del alba,
y en dulces salvas llamen al radiante
cándido Apolo?
¿De qué me sirve que mis corderillos
corran jugando tras la madre blanca,
y sin carlancas, sueltos mis mastines
júbilo muestren?
¿De qué me sirve cuando al mundo vuelvas
si no me vuelve mi Licori amada,
flor marchitada por la saña impía
de ábrego fiero?
¡Ay, cara esposa por mi mal difunta!
¡Ay, dulce prenda por mi mal perdida!
¡Ay, vida ida! ¿cómo no me has dado
trágica muerte?
¿Qué viste en Tirsis? Dime ¿en qué delito
pudo ofenderte? ¿cómo le dejaste
que no llevaste tras de ti al cuitado
su ánima triste?
Allá te has ido a la región más pura
ausente y lejos de tu Tirsis amado,
quien inundado en denegrido llanto
mísero muere.
¡Ay, queda, queda en sempiterno olvido
de estos cipreses lúgubres colgada,
y destemplada a los futuros siglos
cítara mía!
IDILIO
II
Los celos
Tú, ruiseñor
dulcísimo, cantando
entre las ramas de esmeraldas bellas,
ensordeces las selvas con querellas,
su gravísimo daño lamentando.
al Cielo y las Estrellas.
Pesados vientos lleven tu gemido
en las cuevas de amor bien aceptado,
y con pecho en tus penas lastimado,
bien es responda al canto dolorido
de tu picuelo harpado.
¿Quién te persigue? ¿Quién te aflige tanto?
Si acaso es del amor la tiranía,
consuélate con la desdicha mía,
que advirtiendo tu mísero quebranto,
busco tu compañía.
No me desprecies cuando te acompaño,
pensando que en dolor me aventajaras;
pues si mis desventuras vieras claras,
y al fin te persuadieras de mi daño,
quizá el tuyo aliviaras.
¡Triste de mí!, que en páramo apartado,
siendo alimento a pena tan esquiva,
hallé muerte
de celo, que derriba
el edificio amante, que hube alzado
sobre agua fugitiva.
IDILIO
III
Ilusiones de la tristeza
Descaminada, enferma y peregrina
la estéril tierra
piso:
ocúltase la luz que me encamina,
y tiemblo de improviso.
Airado el Aquilón tronca las plantas,
silbando en las cavernas:
suspenden sus dulcísimas gargantas
las avecillas tiernas.
Marchítanse estos prados cuando miran
el fuego de mis ojos;
las florecillas de ellos se retiran,
armándose de abrojos.
Copian mi rostro pálido las fuentes,
y enturbian sus cristales;
huyen de mí las fieras inclementes
con bramidos fatales.
¿Quién les dijo mi mal? ¿Quién les dio cuenta
de mi dolor callado,
cuando el ardor que el alma me atormenta
decir me está vedado?
¿No te basta, cuitada, el miedo extraño
que dentro el alma siente,
sin que todas las cosas en tu daño
se muestren inclementes?
Llora, ¡ay mísera!, llora, pues el llanto
sólo a tu mal conviene:
y ni en hombres y en fieras tu quebranto
remedio alguno tiene.
IDILIO
IV
Delirios de la desconfianza
Osé y temí;
y en este desvarío
por la alta frente de un escollo pardo
del precipicio donde no me guardo
sigo la senda, preso el albedrío
con pie dudoso y tardo.
Nuevo ardor me arrebata el pensamiento;
discurro por el yermo con pie errante;
la actividad de un fuego penetrante;
ni la inquietud que en mi interior sïento,
huyen de mí un instante;
por el hondo distrito y dilatado
del corazón en fuego enardecido
se explayó el gran raudal de mi gemido
y la dulce memoria
de mi amado
hundió en eterno olvido.
Soy ruinas toda, y toda soy destrozos,
escándalo funesto y escarmiento
a los tristes amantes, que sin tiento
levantaron de lágrimas sus gozos,
gozos de inútil viento.
Los que en la primavera de sus días
temieron el desdén de sus amores,
envidien el tesón de mis dolores,
y fuego aprendan de las ansias mías
los finos amadores.
IDILIO
V
La agitación
¡Ay! ¡Cómo ya la
alegre primavera,
a su felice estado
reducida,
torna a las plantas
nuevo aliento y vida
esmaltando las flores su ribera,
que antes se vio aterida!
Suelta el raudal su risa armonïosa;
y canta el ruiseñor con trino doble:
de púrpura se viste el clavel noble,
y enlaza al olmo con la vid hermosa,
y con la hiedra al roble.
¡Qué de veces me vio rosada Aurora
mustia y débil la flor de mi hermosura,
reclinada del monte en la espesura,
y en vela inquieta me encontró a deshora
llorando mi ventura!
Cae del cielo la noche tenebrosa;
cubren sus alas negras todo el suelo:
mi dolor se acrecienta y desconsuelo,
y paz el blando sueño da engañosa
a mi triste recelo.
Que despierto asustada: y mi cuidado
me lleva a yerma orilla de ancho río:
vuelvo en vano a dormir, y desconfío
de poder
encontrar puente ni vado
al triste curso mío.
Triste de mí que sigo temerosa
la luz escasa del funesto fuego,
que el poder
de mis ojos deja ciego,
y émula de la incauta mariposa,
a su volcán me entrego.
José Martí
La Habana (Cuba), 1853 - Dos Ríos (Cuba), 1895
Poemas
CONTRA EL VERSO RETÓRICO
VINO EL AMOR MENTAL
¡OH, MARGARITA!
¡OH, NAVE...!
A LOS ESPACIOS
ÁRBOL DE MI ALMA
FUERA DEL MUNDO
Es rubia: el cabello suelto
¡NO MÚSICA TENAZ...!
SED DE BELLEZA
SIEMPRE QUE HUNDO LA MENTE
Yo soy un hombre sincero
CONTRA EL VERSO RETÓRICO
Contra el verso retórico y ornado
El verso natural. Acá un torrente:
Aquí una piedra seca. Allá un dorado
Pájaro, que en las ramas verdes brilla,
Como una marañuela entre esmeraldas -
Acá la huella fétida y viscosa
De un gusano: los ojos, dos burbujas
De fango, pardo el vientre, craso, inmundo.
Por sobre el árbol, más arriba, sola
En el cielo de acero
una segura
Estrella; y a los pies el horno,
El horno a cuyo ardor la tierra
cuece -
Llamas, llamas que luchan, con abiertos
Huecos como ojos, lenguas como brazos,
Savia como de hombre,
punta aguda
Cual de espada: ¡la espada de la vida
Que incendio a incendio gana al fin, la tierra!
Trepa: viene de adentro: ruge: aborta.
Empieza el hombre
en fuego y para en ala.
Y a su paso triunfal, los maculados,
Los viles, los cobardes, los vencidos,
Como serpientes, como gozques, como
Cocodrilos de doble dentadura,
De acá, de allá, del árbol que le ampara,
Del suelo
que le tiene, del arroyo
Donde apaga la sed, del yunque mismo
Donde se forja el pan, le ladran y echan
El diente al pie, al rostro el polvo y lodo,
Cuanto cegarle puede en su camino.
El, de un golpe de ala, barre el mundo
Y sube por la atmósfera
encendida
Muerto como hombre
y como sol sereno.
Así ha de ser la noble poesía:
Así como la vida: estrella y gozque;
La cueva dentellada por el fuego,
El pino en cuyas ramas olorosas
A la luz de la luna canta un nido
Canta un nido a la lumbre de la luna.
VINO EL
AMOR MENTAL
Vino el
amor mental: ese enfermizo
Febril, informe,
falso amor primero,
¡Ansia de amar que se consagra a un rizo,
Como, si a tiempo pasa, al bravo acero!
Vino el
amor social: ese alevoso
Puñal de mango de oro oculto en flores
Que donde clava, infama: ese espantoso
Amor de azar, preñado de dolores.
Vino el
amor del corazón: el vago
Y perfumado amor, que al alma asoma
Como el que en bosque duerme, eterno lago,
La que el vuelo aún no alzó, blanca paloma.
Y la púdica lira, al beso ardiente
Blanda jamás, rebosa a esta delicia,
Como entraña de flor, que al alba siente
De la luz no tocada la caricia.
¡OH, MARGARITA!
Una cita a la sombra de tu oscuro
Portal donde el friecillo nos convida
A apretarnos los dos, de tan estrecho
Modo, que un solo cuerpo los dos sean:
Deja que el aire
zumbador resbale,
Cargado de salud,
como travieso
Mozo que las corteja, entre las hojas,
Y en el pino
Rumor y majestad mi verso aprenda.
Sólo la noche del amor es digna.
La soledad, la oscuridad convienen.
Ya no se puede amar, ¡oh Margarita!
¡OH, NAVE...!
¡Oh, nave, oh pobre nave:
Pusiste al cielo el rumbo, engaño grave! -
¡Y andando por mar seco
Con estrépito horrendo, diste en hueco!
Castiga así la tierra a quien la olvida
Y a quien la vida burla, hunde en la vida:
¡Bien solitario estoy, y bien desnudo,
Pero en tu pecho, oh niño, está mi escudo!
A LOS ESPACIOS
A los espacios entregarme quiero
Donde se vive en paz y con un manto
De luz, en gozo embriagador henchido,
Sobre las nubes blancas se pasea,
Y donde Dante y las estrellas viven.
Yo sé, yo sé, porque lo tengo visto
En ciertas horas puras, cómo rompe
Su cáliz una flor, y no es diverso
Del modo, no, con que lo quiebra
el alma.
Escuchad, y os diré: - viene de pronto
Como una aurora inesperada, y como
A la primera luz de primavera
De flor se cubren las amables lilas...
¡Triste de mí! contároslo quería,
Y en espera del verso, las grandiosas
Imágenes
en fila ante mis ojos
Como águilas alegres vi sentadas.
Pero las voces de los hombres echan
De junto a mí las nobles aves
de oro.
Ya se van, ya se van. Ved cómo rueda
La sangre de mi herida.
Si me pedís un símbolo del mundo
En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
Se labra mucho el oro. ¡EI alma apenas!
Ved cómo sufro. Vive el alma mía
Cual cierva en una cueva acorralada.
¡Oh, no está bien; me vengaré, llorando!
ÁRBOL DE MI ALMA
Como un ave que cruza el aire
claro,
Siento hacia mí venir tu pensamiento
Y acá en mi corazón hacer su nido.
Abrese el alma en flor; tiemblan sus ramas
Como los labios frescos de un mancebo
En su primer abrazo a una hermosura;
Cuchichean las hojas; tal parecen
Lenguaraces obreras y envidiosas,
A la doncella de la casa rica
En preparar el tálamo ocupadas.
Ancho es mi corazón, y es todo tuyo.
¡Todo lo triste cabe en él, y todo
Cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, y derruidas
Ramas lo limpio; bruño con cuidado
Cada hoja, y los tallos; de las flores
Los gusanos y el pétalo comido
Separo; oreo el césped en contorno
Y a recibirte, oh pájaro sin mancha,
¡Apresto el corazón enajenado!
FUERA DEL MUNDO
Fuera del mundo que batalla y luce
Sin recordar a su infeliz cautivo,
A mi trabajo servil sujeto vivo
Que a la
muerte temprano me conduce.
Mas hay junto a mi mesa una ventana
Por donde entra la luz; ¡y no daría
Este rincón de la ventana mía
Por la mayor esplendidez humana!
Es rubia: el cabello
suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy, desde entonces, envuelto
En un torbellino de oro.
La abeja estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice, como antes, "tumba":
"Eva" dice: todo es "Eva".
Bajo, en lo oscuro, al temido
Raudal de la catarata:
¡Y brilla el iris, tendido
Sobre las hojas de plata!
Miro, ceñudo, la agreste
Pompa del monte irritado:
¡Y en el alma azul celeste
Brota un jacinto rosado!
Voy, por el bosque, a paseo
A la laguna vecina:
Y entre las ramas la veo,
Y por el
agua camina.
La serpiente del jardín
Silba, escupe, y se resbala
Por su agujero: el clarín
Me tiende, trinando, el ala.
¡Arpa soy, salterio soy
Donde vibra el
Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!
¡NO MÚSICA
TENAZ...!
¡No, música
tenaz, me hables del cielo!
¡Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasión el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire
puro
Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo...
¿Casa dije? ¡No hay casa en tierra ajena!...
¡Roto vuelvo en pedazos encendidos!
Me recojo del suelo:
alzo y amaso
Los restos de mí mismo; ávido y triste
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre
¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe...
Si no, estáos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores
De un jardín infernal se abren las llagas:
¡ Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fue flor la aterradora tumba!
¡No, música
tenaz, me hables del cielo!
SED DE BELLEZA
Solo, estoy solo: viene el verso amigo,
Como el esposo diligente acude
De la erizada tórtola al reclamo.
Cual de los altos montes en deshielo
Por breñas y por valles en copiosos
Hilos las nieves desatadas bajan -
Así por mis entrañas oprimidas
Un balsámico amor y una avaricia,
Celeste de hermosura se derraman.
Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,
Cual si de alma virgen la sombría
Humanidad sangrienta perfumasen,
Su luz benigna las estrellas vierten
¡Esposas del silencio! -y de las flores
Tal el aroma vago se levanta.
Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme
Un dibujo
de Angelo: una espada
Con puño de Cellini, más hermosa
Que las techumbres de marfil calado
Que se place en labrar Naturaleza.
El cráneo augusto dadme donde ardieron
El
universo Hamlet
y la furia
Tempestuosa del moro: -la manceba
India
que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.
Dadme mi cielo azul..., dadme la pura,
La inefable, la plácida, la eterna
Alma de mármol que al soberbio Louvre
Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.
SIEMPRE QUE HUNDO LA
MENTE
Siempre que hundo la mente en libros
graves
La saco con un haz de luz de aurora:
Yo percibo los hilos, la juntura,
La flor del Universo:
yo pronuncio
Pronta a nacer una inmortal poesía.
No de dioses de altar ni libros
viejos
No de flores de Grecia,
repintadas
Con menjurjes de moda,
no con rastros
De rastros, no con lívidos despojos
Se amansará de las edades muertas:
Sino de las entrañas exploradas
Del Universo,
surgirá radiante
Con la luz y las gracias de la vida.
Para vencer, combatirá primero:
E inundará de luz, como la aurora.
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte
soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez – en la reja,
A la entrada de la viña,–
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: – cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó
el alcalde llorando.
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro,– es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La vibora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto.
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
Manuel Reina
(Puente-Genil, Córdoba 1856-1905)
Poemas (v1.0)
Introducción
La Perla
Juventud
de Musset
El insecto y la estrella
Andalucía
En Mayo
La Diana
El corazón de una hermosa
Cantar
La catarata y el ruiseñor
La gota de sangre
Los rojos
A media noche
Baile de Máscaras
Introducción
Hijo soy
de mi siglo,
y no puedo olvidar que por el triunfo,
de la conciencia
humana,
desde mis años juveniles lucho.
NÚÑEZDE ARCE.
Soy poeta: yo siento en
mi cerebro
hervir la inspiración, vibrar la idea;
siento irradiar en mi exaltada mente
imágenes
brillantes como estrellas,
El fuego abrasador de los volcanes
en mi gigante corazón flamea;
escalo el cielo, bajo a los abismos,
rujo en el mar, cabalgo en la tormenta
Soy poeta: mi espíritu
se escapa
de la mezquina cárcel de la tierra,
y sobre otros espacios y otros mundos
tiende sus alas de águila altanera.
Bebe la luz en la mansión del rayo;
"atraviesa las órbitas etéreas",
y el penetrante arpón de sus pupilas
recorre el panorama de la esfera.
Soy poeta: al rumor de las
naciones
las cuerdas de mi cítara se templan.
lloro en el negro mundo de las tumbas,
río en la bacanal, trueno en la guerra.
El amor y la patria son mi vida;
el corazón humano, mi poema;
mi religión,
la caridad y el arte;
la libertad
sublime mi bandera.
Soy poeta: yo siento en
mi cerebro
hervir la inspiración, vibrar la idea;
siento irradiar en mi exaltada mente
imágenes
brillantes: ¡soy poeta!
La Perla
Contemplaban tus ojos centelleantes
la palma de cristal, la linfa pura
del surtidor que vierte en la espesura,
su polvo de zafiros y diamantes.
cuando enferma, con pasos vacilantes,
se acercó una mujer,
todo tristura,
y te pidió limosna con dulzura
fijando en ti miradas suplicantes.
La perla que en tu mano refulgía
diste a aquella mujer
pobre y doliente,
que se alejó, llorando de alegría.
Yo, entonces, conmovido y reverente,
no te besé en los labios cual solía,
¡sino en la noble y luminosa frente!
Juventud de Musset
A D. Manuel Cano y Cueto.
I
Mimí Pinsón, la griseta
seductora,
arrulla, dulce y coqueta,
con su risa trinadora,
la juventud
del poeta.
Junto a su amada, el cantor
da al olvido
toda amargura y dolor,
al pie de rosal florido
donde mora un ruiseñor.
Y ella, con vivos fulgores
en los ojos,
al vate de sus amores
ofrece sus labios rojos
y una corona de flores.
Y a la luz de astros radiantes
y entre notas argentinas
del ave, estallan triunfantes
las rotas frases divinas
y el beso de los amantes.
II
En tarde resplandeciente
y aromada,
reclina el genio la frente
sobre el cabello esplendente
de su gentil adorada;
cuando, envuelto en áurea bruma,
cruza el cielo
cisne blanco, cual la espuma,
que, herido, pierde en su vuelo,
una ensangrentada pluma.
Con rápida sacudida
se alza el vate,
y ase, el alma conmovida,
la pluma, en sangre teñida
cual lanza tras del combate.
Y arranca de ella el tesoro
de sus más tristes canciones,
bajo cuyas alas de oro
se anegan en dulce 11oro
los dolientes corazones.
El insecto y la estrella
Mirad aquel insecto
de transparentes alas
en los brillantes pétalos posado
de aquella rosa blanca.
El cielo contemplando
las largas noches pasa,
fija la vista en la hermosura y birlo
de cierta estrella pálida.
¡Amor de un pobre insecto!
¡amor sin esperanza!
la estrella no lo mira, es insensible;
las estrellas no aman.
En la nevada rosa
se ven, por las mañanas,
mil gotas cristalinas que parecen
abrasadoras lágrimas.
Andalucía
A José Vignote.
Cielo brillante, fuentes
rumorosas,
ojos negros, cantares y verbenas,
altares adornados de azucenas,
rostros tostados, perfumadas rosas.
Bellas noches de amor esplendorosas,
mares de plata y luz, brisas serenas,
rejas de nardos y claveles llenas,
serenatas, mujeres deliciosas.
Cancelas orientales, miradores,
la guitarra y su triste melodía,
vinos dorados, huertas, ruiseñores,
deslumbradora y plácida poesía...
He aquí al pueblo del sol y los amores,
la mañana del mundo: ¡Andalucía!
En Mayo
¡Ven al prado de lirios y claveles,
mi bello y dulce bien! El campo llena
de perfumes la atmósfera
serena
y el mes de mayo irradia en los vergeles.
¡Ven! Entre los rosales y laureles
flauta invisible melodiosa suena.
¡Ven! Que en 1a orilla del Genil amena
el amor es panal de ricas mieles.
¡Ven, mi alma! Las auras su frescura
nos ofrecen; las aves
su armonía
y recóndito nido la espesura.
¡Mas no, no vengas, adorada mía;
que el inmenso raudal de mi amargura
tu corazón feliz destrozaría.
La Diana
(DE HEINE.)
Toca, toca el tambor y pierde el miedo,
abraza a la preciosa cantinera;
este es el gran sentido de los libros,
esta es la
ciencia.
¡Que tu tambor al mundo
adormecido
de su sueño despierte!
¡Joven, toca con fuerza
la diana!
¡Siempre adelante y a tambor batiente!
Esta es de Hegel
la profunda ciencia,
este es el gran sentido de los libros.
Yo los he comprendido a maravilla;
soy buen tambor y aprovechado chico.
El corazón de una hermosa
PRÓLOGO
Manuel, en una noche del
estío,
en el sereno azul clavó los ojos;
encendió un aromático veguero,
y escribió esta novela.
Fin del prólogo.
I
RETRATO
Era el capitán don
Juan
joven bello y decidor;
apuesto, rico y galán,
y por su porte y valor
llamado El gran capitán.
Dorados vinos bebía,
con esplendidez jugaba
y lindos trajes vestía ;
y , calavera, pasaba
el tiempo en perenne orgía.
Como el héroe conocido,
que Espronceda nos pintó,
Don Juan nunca recordó
dinero
por él perdido
ni mujer
que abandonó .
Era nuestro capitán
en la esgrima gran maestro;
en los salones galán,
y en hacer saltar, muy diestro,
los tapones del champán.
En fin, por su corazón,
por su riqueza, hermosura
y ardiente imaginación,
era Don Juan la figura
de la misma seducción.
II
EN LA REJA
--¿Te vas, mi corazón,
mi amor primero?
--Me marcho ya, querida ;
mas antes, que me des un beso quiero.
--Con él toma mi vida.
--Adiós, adiós, mi gloria, mi alegría.
--¡Ay, Juan! ¿Me olvidarás?
¿Serás infiel a mi cariño, un día?
--Jamás, Rosa, jamás.
III
ROSA
Rosa, joven divina y vaporosa,
formada del aroma de las flores;
dulce como canción de ruiseñores;
cual noche de esponsales, deliciosa.
Era de honor encantadora marca
su pecho; en su pupila penetrante
fulguraba una página del Dante;
en su faz, un soneto de Petrarca.
Su cuerpo era conjunto primoroso
de estrellas y jazmines. ¿Quién diría
que bajo forma tal palpitaría
un corazón tan grande y poderoso?
Rosa, joven divina y candorosa,
del bello capitán enamorada...
¡Cuán infeliz, vendida y desgraciada
fuiste por el amor... !. ¡Ay pobre Rosa!
IV
EN EL BAILE
En el soberbio palacio
del marqués de la Pradera,
arde el placer, vibra el gozo,
hierve, esta noche, la fiesta.
Ved: es un baile de máscaras
con que los dueños celebran
el próximo casamiento
de su angelical Eugenia.
Nuestro alegre capitán
es el prometido de ésta;
Don Juan, que hoy es objetivo
de los hombres y las bellas.
El salón está poblado
de máscaras pintorescas,
de hermosísimas mujeres
con vestiduras espléndidas.
Torrentes de luz se escapan
de las grandiosas lucernas;
brillan los limpios cristales;
los diamantes centellean;
se iluminan los tapices;
resplandecen las diademas,
y en todo el salón se aspiran
embriagadoras esencias.
El capitán va vestido
a lo Luis Catorce; lleva
un elegante sombrero
con rizada pluma negra,
traje de raso y encaje,
todo bordado de perlas,
y una reluciente espada
a la cintura sujeta.
Eugenia, más seductora
que nunca, viste de Ofelia:
corona de blancas flores
su frente preciosa ostenta,
y su cuerpo la sublime
túnica de nieve, aérea.
Risas , suspiros y voces
despide la concurrencia;
sólo una máscara grave
en un ángulo se observa.
Viste el traje de Pierrot;
gracioso antifaz de seda
cubre su rostro, y extraña
la multitud vocinglera,
que nuestro Pierrot sombrío
1leve una espada en la diestra.
Este ve al capitán solo
y le dice con voz seca:
«Sois un bandido, Don Juan;
y por Dios, que la existencia
he de quitaros.» «Villano,
calla o te arranco la lengua.
»
Así Don Juan le replica
y al mismo tiempo le muestra
del palacio suntuoso
la riquísima escalera.
V
LA MUERTE
Don Juan, Como buen soldado,
es gran tirador de espada;
y de una fiera estocada
al Pierrot ha atravesado.
Este exclama: «Feliz soy;
adiós, muero sin dolor.
me arrebataste el honor
ayer, y me matas hoy. »
El capitán con incierta
mano el antifaz le quita,
y, al verle el semblante, grita:
«¡Rosa ! ¡Infeliz! ¡Muerta, muerta! »
Cantar
Magnífica es la riqueza;
la libertad,
admirable;
la salud,
mucho mejor.
y mejor que ésta, mi madre.
La catarata y el ruiseñor
I
Desplómase la rauda catarata
envuelta en luz y plata,
rompiendo en mil pedazos su diadema;
al abismo se lanza y precipita,
y ruge, canta, grita,
formando con sus ritmos un poema.
Al ver sus vestiduras y
cendales
cubiertos de cristales
y de resplandeciente pedrería,
un ruiseñor contémplala extasiado,
y canta entusiasmado
sublime y amorosa melodía.
Y en torno
del torrente que flamea
el pájaro aletea;
moja en el
agua límpida su pluma,
y por la catarata arrebatado
el pájaro, asfixiado,
en el abismo rueda entre la espuma.
II
El vicio es una hirviente catarata
que rauda se desata
y en el oscuro abismo se despeña;
y al mirar su diadema de brillantes,
su luz y sus cambiantes,
el alma, alguna vez, suspira y sueña.
La gota de sangre
Sentados en la gótica ventana
estábamos tú y yo, mi antigua amante;
tú, de hermosura y de placer radiante;
yo, absorto en tu belleza soberana.
Al ver tu fresca juventud lozana,
una abeja lasciva y susurrante
clavó su oculto dardo penetrante
en tu seno gentil de nieve y grana.
Viva gota de sangre transparente
sobre tu piel
rosada y hechicera .
brilló como un rubí resplandeciente.
Mi ansioso labio en la pequeña herida
estampé con afán... ¡ Nunca lo hiciera,
que aquella gota envenenó mi vida!
Los rojos
Retruena el tambor; la turba avanza
terrible el rostro y la mirada fiera;
flota, teñida en sangre, la bandera;
silba el ronco fusil ; cruje la lanza.
La multitud, sedienta de venganza,
crímenes va sembrando por do quiera;
convierte al pueblo en colosal hoguera
y se entrega, iracunda, a la matanza.
--¡Viva la libertad!
la turba grita,
cuando, furiosa, al mar se precipita
y todo cuanto ve quema y destruye...
¡Oh libertad!
¡Oh libertad
sagrada!
¡Maldita sea la hueste degradada
que tu precioso nombre prostituye.
A media noche
¡Oh! permets,
charmante fille,
j'enveloppe mon cou avec tes bras.
HAFIZ.
Choca tu dulce boca con
la mía,
mujer
deslumbradora;
y brotará la ardiente poesía
que mi mente atesora.
Deja, deja que rompa ese
lujoso
traje de terciopelo
que oculta, como amante cariñoso,
de tu belleza el cielo,
Quiero una bacanal regia
y grandiosa;
que el dios de los amores
en ella cubra tu cabeza hermosa
de perfumadas flores.
Un banquete de dioses, una
orgía
tan rica y deslumbrante,
que exceda a la más bella fantasía
del genio más gigante.
Que esté el salón
cubierto de brocados,
y telas suntuosas;
la mesa, de manjares delicados
y de divinas rosas.
Y que haya esos licores
deliciosos
coronados de llamas,
que engendran en la mente luminosos
y bellos panoramas.
Los generosos vinos espumantes
dejemos al olvido;
¡quiero beber en copa de brillantes
el oro derretido!
Y cuando de estos goces
y delicias
esté mi pecho lleno,
expirar entre besos y caricias,
reclinado en tu seno.
Baile de Máscaras
El salón, por deliciosas
mujeres, se halla adornado;
parece estuche dorado
lleno de piedras preciosas.
¡Oh brillante diversión!
Notas, perfumes, colores,
gasas, diamantes y flores,
en lujosa confusión!
Los brilladores reflejos
de los ojos de las bellas;
la luz , salpicando estrellas
en los grandiosos espejos;
los tapices, las pinturas,
los elegantes tocados,
las alfombras, los brocados,
las correctas esculturas,
los cojines orientales,
las blondas, la gentileza
de las damas, la riqueza
de mármoles y cristales,
el raso, perlas y tul,
plumas, risas y fragancia,
forman de la hermosa estancia
un mundo de oro y azul.
Allí se ve al caballero
feudal, al cinto la espada,
ostentando la celada
y la cota del guerrero,
prodigando madrigales
a una linda jardinera
de rizada cabellera
y pupilas celestiales.
Allá, un alegre estudiante
baila con una sultana;
aquí, una lista aldeana
se burla de un almirante.
Allí, un grave capuchino
de mirada tenebrosa
y barba blanca y sedosa,
baila, en raudo torbellino,
con una bella gitana
que luce negra mantilla,
y exhibe la pantorrilla
bajo la falda de grana.
Mirad, mirad aquel clown
en brazos de alta señora,
ved aquí, esta labradora
bailar con un infanzón.
Allá, marcha un mosquetero
con una monja del brazo;
mirad, en estrecho lazo,
una reina y un torero.
Allí, un astrónomo gira
bordado el manto de estrellas;
en derredor de las bellas
aquel trovador suspira.
Y se encuentran confundidos
payasos, reyes, gitanos,
griegos, moros y cristianos,
guerreros, frailes, bandidos.
Monjas, magas, bailarinas,
labradoras y princesas,
rusas, gitanas, inglesas,
moras, gallegas y chinas.
Y en medio de ese ruido,
de esta locura y afán,
del espumante champán
se oye el báquico estampido.
Y vestido de escarlata,
y ceñida la tizona,
Mefistófeles entona
la sublime serenata.
Manuel Machado
(Sevilla 1874 - Madrid 1947)
Poemas (v1.0)
Adelfos
Otoño
Sé buena...
Retrato
Adelfos
Yo, soy como las gentes
que a mi tierra vinieron
-soy de la raza mora, vieja amiga del Sol-,
que todo lo ganaron y todo, lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer,
En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...,
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.
Besos, ¡pero no darlos! Gloria..., ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.
¡Ambición!, no la tengo, ¡Amor!, no lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte
tuve... Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud,
De mi alta aristocracia, dudar jamás se pudo,
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero el lema de casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano sol,
Nada es pido. Ni os amo, ni os odio, Con dejarme,
lo que hago por vosotros, hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!...
Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Da cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna,
¡El beso generoso que no he de devolver!
Otoño
En el parque, yo solo...
Han cerrado,
y olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.
La hoja seca,
vagamente
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...
Solo
en el parque me han dejado,
olvidado,
...y han cerrado.
Se buena...
I
Sé buena. Es el secreto.
Llora, o ríe de veras.
Que se asome a tus ojos y a tus labios de grana
la ternura de tu corazón, sin las hueras
flores de trapo de la retórica vana,
¡Oh la sabiduría en amor! ¡Si tú vieras!...
Es tan corta..., que linda con la tortura insana
de una pasión conceptuosa y sus maneras...
Sé buena. Es el secreto. Sé mi amante y mi hermana.
Con tus ojos azules y tu pelo de oro,
sé consecuente. El Ars Amandi da al olvido.
Quema tu alma en el ara del amor soberano.
No pretendas vencer. Ríndete. Y que el tesoro
de tu hermosura sea dulcemente ofrecido,
como al sediento un sorbo de agua pura en la mano.
II
Y en una dulce convalecencia,
una mañana
limpia y azul como tus ojos-, una
de esas mañanas de cristal y grana
que aun dejan ver el pulido semblante de la luna...
pasearemos la gloria -dulce paz sin victoria-
de nuestro amor tranquilo, bajo del claro cielo...
Y dirá el agua pura nuestra sencilla historia.
Y nuestras sombras débiles, juntas llevará el suelo.
El campo verde joven, fremente so la brisa,
movido como por una alocada risa
feliz, recorreremos. Y tu conmigo, sola,
en el paisaje inmenso, en el aire fragante,
divinamente mudo, me tenderás, amante,
tus rojos labios como una roja amapola.
Retrato
Esta es mi cara y ésta
es mi alma; leed:
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás... Nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...
Calaveradas, amoríos... Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...
¿Vicios? Todos. Ninguno... Jugador, no lo he sido:
no gozo lo ganado, ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla,
Las mujeres...--sin ser un Tenorio, ¡eso no!--
tengo una que me quiere, y otra a quien quiero yo.
Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente...
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza,
más que la voluntad, la fuerza
y la grandeza...
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero
a lo helénico y puro lo chic y lo torero.
Un destello de luz y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién --dice el vulgo--,
con Montmartre y con la Macarena comulgo...
Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.
Es tarde... Voy de prisa por la vida, Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.
Arístides Pongilioni
(Cádiz, 1835-1882)
Poemas (v1.0)
Mi pecho enciende en misterioso
fuego
Tiñe el rubor con sonrosadas tintas
Ah! Si al poeta concedió el Eterno
Despedida
Mi pecho enciende en misterioso fuego
plácida imagen,
que en mi mente vaga;
nombre, más dulce que la miel hiblea,
vibra en mi alma.
Do quiera tiendo la mirada ansiosa,
do quier leve murmullo se levanta,
sueño de amor, la imagen
me aparece,
y escucho esa palabra.
Nuca en sus alas la llevó a tu oído
la brisa al penetrar por tu ventana?
Es que en mis labios sin sonido
flota,
y espira en mi garganta.
Pero si un punto de tus negros ojos
brilla en los míos celestial mirada,
ellos dirán en su lenguaje
mudo
lo que mis labios callan.
Mírame! busca en mi semblante triste
ese secreto que mi pecho guarda,
y dime, ah! dime que alentar me es dado
siquiera una esperanza!
Tiñe
el rubor con sonrosadas tintas
tus mejillas de nácar,
como los tibios rayos de la aurora
las nubecillas blancas.
Tiembla en el fondo de tus negros ojos
húmeda tu mirada,
con el seno de las aguas tiembla
estrella solitaria.
Alza y deprime tu nevado seno
agitación extraña,
cual de la blanca tórtola en el nido
miro agitarse el ala.
Y, al peso de ignorado pensamiento,
doblas la frente cándida,
como el lirio, que inclina su corola
al beso de las auras.
Y de las flores con inquieta mano,
hoja tras hoja arrancas,
y alzas a mí los ojos un instante,
quieres hablar... y callas!
Ah! Si
al poeta concedió el Eterno
la inspiración, que a descifrar alcanza
ese confuso y vago y misterioso
lenguaje
de las almas;
Si veo tu rostro que el rubor colora,
si veo tu frente, que en silencio bajas,
a qué, luz de mis ojos, alma mía,
pregunto si me amas?
Despedida
En vano tu sentimiento
quisiste ocultarme, Elvira;
yo vi brotar una lágrima
sobre tu negra pupila.
Brillaba la luz en ella
de tu forzada sonrisa
cual sobre el agua el reflejo
de la estrella vespertina.
Como en las hojas del árbol
gota de rocío brilla,
sobre tus largas pestañas
brilló un punto suspendida,
luego, tersa, transparente
descendió por tu mejilla.
Bien así, cuando los euros
las gayas flores agitan,
del cáliz de la azucena
perfumadas se deslizan
las lágrimas de la aurora
sobre la yerba mullida.
Yo la recogí en mis labios
con inefable delicia;
nunca beso más ardiente
al fuego de amor dio vida.
Mis ojos puse en tus ojos,
tus manos entre las mías,
y absorto quedé, mirándote
con embriaguez infinita.
Nunca la luz de la luna,
de los amantes amiga,
vio rostro mas impregnado
de tierna melancolía.
Nunca el aura de la noche
agitó, fresca y lasciva,
más rizada cabellera
sobre frente más divina.
Nunca se alzaron al cielo
ojos de expresión mas viva,
ni más Virginal suspiro
llevó en sus alas la brisa.
Pasaban así las horas,
fugaces como la dicha;
ya en el cielo las estrellas
su vivo fulgor perdían.
Ya de luz en el oriente
brillaba pálida tinta,
dando forma y transparencia
a las vagas nubecillas.
Más fresco y ligero, el viento,
volando por la campiña,
sobre sus húmedas alas
confuso rumor traía.
Ya, en las copas de los árboles,
alzaban, tristes y unidas,
las aves
tímido canto,
vago murmullo la brisa.
Y al par que, de luz vestido,
avanzaba el nuevo día,
llegaba el tremendo instante,
de mi amarga despedida.
Triste llanto silencioso
rodaba por tus mejillas,
mientras de mis labios trémulos
estas palabras caían:
En vano el hombre, en su vagar incierto.
sobre el mar de la vida,
quiere abrigar en bonancible puerto
su nave combatida.
Que es en el mundo, por su triste suerte,
eterno peregrino;
Solo en tus brazos, implacable muerte,
concluye su camino.
Si un punto inclina su cabeza, ansiosa
de calma y de frescura,
"Anda!" inflexible, eterna, misteriosa
voz suena en el altura.
Y contra ella agitaráse en vano
rebelde el pensamiento:
él va como las olas de océano,
él va como va el viento.
Yo tengo aquí mi puerto de bonanza,
donde morir quisiera,
y otra vez, tras quiméricas esperanza,
comienza mi carrera.
Dejo el asilo de mis días felices,
tesoro de memorias,
suelo feliz do tiene sus raíces
el árbol de mis glorias.
Dejo el mar, que acompaña el canto mío
con su rumor eterno;
dejo, llorando, mi lugar vacío
junto al hogar paterno.
Dejo los seres cuyo amor perfuma
el aire que respiro,
que hacen suyo el pesar, cuando me abruma,
y lloran, si suspiro.
Dejo ese cielo, do broto la llama
que me abrasa y me inspira,
dejo cuanto amo yo, cuanto me ama!....
Te dejo a ti, mi Elvira!
Y, abandonando tanto bien seguro,
mirar solo anhelante,
ignorado, fatídico y oscuro,
un porvenir distante!
Qué busco lejos del bendito suelo
donde rodó mi cuna?
Un nombre acaso que me niega el cielo,
una varia fortuna!
Una lucha incesante, que atormente
mis más floridos años!
un desengaño acaso en mi creciente
serie de desengaños!
Y parto,
empero, como parte el ave,
cumpliendo mi destino.
Ah! sólo Dios lo que me aguarda sabe
al fin de mi camino!
Quizás al peso de mi amargo duelo
mi cuerpo al fin sucumba,
y tristes sauces, en extraño suelo,
sombra den a mi tumba.
Mas ay! cuando te tengo en mi presencia
y voy pronto a perderte,
qué he de temer? Acaso no es la ausencia
mas triste que la muerte?
Cuando del cuerpo, en rapto victorioso,
rompiendo las cadenas,
busca el alma, con vuelo majestoso
regiones más serenas;
Cuando en el cielo, en su inmortal asiento,
aura de Dios la halaga,
o entre los leves átomos del viento,
como un perfume, vaga;
Le es dado aún de los que amo en el mundo