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Postmodernidad y compromiso social de la juventud

Enviado por cforerof



INTRODUCCIÓN

1.- PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

1.1.- SITUACIÓN PROBLEMÁTICA:

1.2.- ENUNCIADO DEL PROBLEMA:

1.3.- ELEMENTOS DEL PROBLEMA.

1.4.- RELACIÓN ENTRE LOS ELEMENTOS:

1.5.- ANTECEDENTES DEL PROBLEMA:

1.6.- JUSTIFICACIÓN DEL PROBLEMA:

1.7.- FORMULACIÓN DEL PROBLEMA:

1.8.- OBJETIVOS:

1.8.1.- OBJETIVO GENERAL:

1.8.2.- OBJETIVO ESPECÍFICO:

1.8.2.1.- Objetivos Específicos Internos:

1.8.2.2.- Objetivos Específicos Externos.

2.- PRESENTACIÓN DEL TEMA:

2.1.- DESCRIPCIÓN:

2.2.- IMPORTANCIA:

2.3.- INTERÉS:

2.4.- NOVEDAD:

2.5.- DELIMITACIÓN:

5.- MARCO REFERENCIAL:

3.1.- MARCO HISTÓRICO SITUACIONAL:

3.2.- MARCO CONCEPTUAL:

1.- LA POSTMODERNIDAD: UNA NUEVA FORMA DE VER LA VIDA.

1.1.- LOS NUEVOS ÉNFASIS.

1.1.1.- LAS ÉTICAS

1.1.2.- LAS ESTÉTICAS:

1.1.3.- LO ECOLÓGICO.

1.1.4.- LO RELIGIOSO.

1.1.5.- LO POLÍTICO.

1.1.6.- LO SOCIAL.

2.- LA AUTÉNTICA VIDA CRISTIANA.

2.1- LAS DIMENSIONES DE LA FE.

2.1.1.- LAS IMPLICACIONES PERSONALES DE LA FE: EL CONCEPTO DE SALVACIÓN.

2.1.1.1.- LA VIDA ESPIRITUAL.

2.1.1.2.- LA VIDA LITÚRGICA.

2.1.2.- LAS IMPLICACIONES COMUNITARIAS. EL CARÁCTER ECLESIAL DE LA FE.

2.1.2.1.- LA VIDA DE LA COMUNIDAD: TENÍAN TODO EN COMÚN.

2.1.2.2.- LA MISIÓN DE LA COMUNIDAD: A LOS POBRES SE LES ANUNCIA LA BUENA NUEVA.

2.1.3. LAS IMPLICACIONES SOCIALES: PORQUE TUVE HAMBRE Y ME DISTE DE COMER

3.- POSTMODERNIDAD Y VIDA CRISTIANA.

3.1.- LOS APORTES DE LA POSTMODERNIDAD A LA VIDA DE LA IGLESIA.

3.2.- LOS APORTES DE LA VIDA CRISTIANA A LA POSTMODERNIDAD.

3.3.- RETOS DE LA ACTUAL CONDICIÓN POSTMODERNA A LA PASTORAL JUVENIL.

*Una Religiosidad Abierta a la Experiencia Vital del Joven.

*Una Religiosidad de lo Místico.

*Recurso a la Sagrada Escritura, como Fuente Fundante de la Vida Cristiana.

*El que tenga oídos que oiga.

3.4.- RETOS QUE LA IGLESIA DEBE PLANTEAR A LA JUVENTUD POSTMODERNA.

* Evangelizar la Religiosidad Emocional.

* Evangelizar el Fanatismo Fundamentalista.

* Evangelizar la "religión" del sistema.

CONCLUSION: LA VERDADERA RELIGIÓN CRISTIANA

ANEXO: LOS JOVENES ENTRISTECIDOS - RADIOGRAFIA DE LA JUVENTUD ACTUAL

BILIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

"Estamos en crisis". Esta es una de las frases que se han vuelto comunes por estos días y desde hace ya bastantes años. Todo el mundo

habla de crisis. Crisis de valores dicen los dedicados a la juventud, crisis del espíritu hablan los responsables de las parroquias y de comunidades religiosas, crisis social, hablan políticos y demagogos – o políticos demagogos –, hasta de crisis económica se habla hoy, a finales del siglo capitalista.

Hay quienes ya están cansados de escuchar hablar sobre crisis, aunque saben de ella. Pero como son conscientes de que esta crisis, especialmente es bastante compleja, y muy difícil de caracterizar, entonces la mejor la salida es el silencio.

En fin, parafraseando a José Ortega y Gasset, podemos decir que en esta crisis evidente y a la vez poco clara, lo único que sabemos es no sabemos que es lo que está pasando, sólo sabemos que hay crisis. Muchos atribuyen las causas de la crisis al desarrollo desigual e injusto, otros a la falta de patrones normativos claros y estrictos, otros a la fragilidad inherente al hombre – ¿concupiscencia? –. Lo que nos lleva a concluir que algo está pasando, no sabemos a ciencia cierta qué es, pero a la vez sabemos que es una crisis.

Y en el amplio marco de esta profunda crisis, presenciamos preocupados una crisis de la Iglesia, de la religión institucional, de los derroteros seguros de la tradición católica. La fe tradicional entra en crisis y con ella la acción solidaria de la Iglesia a favor de los más necesitados, dejando sin su única esperanza a aquellos que de Dios todo lo esperan.

Y en la Iglesia también es claro que se presenta esta crisis, sin tener claro, de nuevo en la onda paradójica que predomina en estos tiempos, cuál es con precisión la crisis. Por ello se presenta como un gran desafío para todos los que, con fidelidad crítica, hacemos parte de esta Iglesia que debe cada vez con mayor profundidad y tenacidad, buscar la coherencia de vida a favor de Jesús y del Reino de Dios.

Ahora bien, si es cierto que hay confusión y falta de claridad ante la crisis, también es imprescindible que se trabaje por analizar con "cabeza fría" las situaciones que vivimos, y que, en medio de la confusión emerjan faros que orienten en el convulsionado mar que es la vida a finales del Siglo XX e inicios del tercer milenio de la vida cristiana. Y para ello tendremos que recurrir a un término polémico: Postmodernidad.

Este término que ha hecho correr bastante tinta en los últimos tiempos, y que definitivamente no puede pasara inadvertido para nadie, sobre todo para los católicos –por lo menos los que asumen con seriedad y responsabilidad el aggiornamiento–, si bien es cierto que es un término que produce las más variadas y disímiles reacciones. Pero por ello mismo la Iglesia debe pronunciarse al respecto, como se ha pronunciado sobre el marxismo, sobre la cuestión obrera, y sobre los temas que tienen que ver con la actualidad siempre nueva de la historia de la humanidad.

Esta Postmodernidad controvertida y controvertible, es definida por muchos como una nueva era o edad, una nueva generación. Otros prefieren hablar de la condición postmoderna para no hablar de un estado generalizado, lo que sería contrario a sus pretensiones de desvirtuar

metarelatos y sentencias universales. También se habla de la modernidad tardía o de la crisis de la modernidad, criterio este que puede facilitar el análisis desde el punto de vista cristiano. Y un último elemento que nos puede ayudar en el juicio sobre la época actual de crisis que vivimos es la interpretación de la crisis como la transmodernidad, término que utiliza Hans Küng, para enunciar una transición hacia un nuevo paradigma y no hablar de Postmodernidad en el sentido de Lyotard o Vattimo y que "acuñó" ya desde 1993, plasmándolo en su libro "Cristianismo: esencia e historia". Esta acepción también es tratada por Dussel, quien profundiza sobre el tema, a propósito del Quinto Centenario de la llegada a América.

Con todo esto lo único, nuevamente, que nos queda claro es que estamos ante algo que, si bien es cierto se ha tratado de vislumbrar, aún no sabemos a ciencia cierta de qué se trata y cómo va a terminar este proceso de tránsito.

Por ello es necesario que profundicemos en la reflexión sobre el tema; que caractericemos la postmodernidad y la forma como el proyecto de la condición Postmoderna puede ser compatible o no con el proyecto antiguo, tradicional y a la vez siempre nuevo y renovador del cristianismo; que tratemos de hallar alternativas ante los desafíos que esta condición nos plantea, para trabajar siempre con ardor renovado, en la tarea evangelizadora que se nos ha encomendado.

1.- PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

1.1.- SITUACIÓN PROBLEMÁTICA:

Los estudiosos han establecido que nuestra actual condición presenta unas características particulares, diferentes de las condiciones que vivieron las generaciones anteriores. En el marco de esta condición, llamada postmoderna, hallamos una cantidad variada de características típicas, que le dan un tinte particular con virtudes y defectos que se nos presentan como un reto para asumir, y proponer salidas con el fin de lograr que, desde el punto de vista de la fe cristiana, esta condición "postmoderna", que nos ha correspondido vivir, llegue, con sus características propias a comprometerse con el Reino de Dios y con el Proyecto de Jesús.

En estos tiempos, "la realidad del mundo, del hombre, de mí mismo, se muestra en lo más profundo de su ambivalencia: éxito y fracaso, hermosura y fealdad, suerte y desgracia, salvación y ruina, sentido y sinsentido."

Entre las características de la condición postmoderna encontramos la desconfianza en un tipo de razón, así como el no aceptar las grandes visiones explicativas de la realidad, o lo que ellos llaman los metarelatos (Vattimo), al igual que una preocupación por recuperar el sentido de lo estético y de la experiencia sensorial subjetiva, en respuesta al régimen de la razón que predominó en la modernidad.

Como respuesta ante la destrucción del planeta por parte de la razón estratégica e instrumental y su industria, que puso en peligro la vida en el planeta y por ende la vida humana, aquí se presenta una acentuada preocupación por lo ecológico y lo natural, de donde se explica, por ejemplo, el auge de la medicina homeopática, la cienciología, la bioenergética, las medicinas alternativas, los movimientos verdes y muchos otros; algunos de ellos llegan a concebir al planeta tierra como un todo vivo en el cual el

hombre es la última expresión de su conciencia.

En el plano religioso, en esta época, se despierta una sensibilidad profunda por lo trascendente y lo simbólico, lo que explica el auge de sectas y "nuevas ofertas religiosas" de tinte carismático, de renovación espiritual, con trasfondo fundamentalista e intenciones, político–económicas (implícitas o explícitas) y el impulso definitivo que toman experiencias "espirituales" y esotéricas de corte o pseudo–orientalista y pseudo–hinduista, tales como "New Age", quienes afirman que: "No existe algo llamado verdad objetiva. Nosotros mismos hacemos nuestra propia verdad. No existe una realidad objetiva. Nosotros hacemos nuestra propia realidad. Hay caminos de conocimiento espiritual, místico o interior que son superiores a nuestros caminos de conocimientos ordinarios. Si una experiencia parece real, lo es. Si una idea parece correcta, lo es. Somos incapaces de adquirir conocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad. La propia ciencia es irracional o mística. No es más que otra fe o sistema de creencia o mito, sin más justificación que cualquier otra. No importan que las creencias sean ciertas o no, siempre que sean significativas para uno".

Y dentro de este mismo ámbito hallamos una cierta despreocupación por lo político institucionalizado, por el compromiso social, por lo menos como clásicamente se ha entendido. Se establece, como extrapolación al imperio de la razón una cultura egoísta y hedonista, que hace que la persona se centre en sí misma, ignorando no sólo su dimensión de "animal racional", que le diferencia, entre otras cosas de las demás especies - al decir de Aristóteles–; sino que también parece querer ignorar una categoría inherente a la persona humana, tal cual es su dimensión social: "El hombre es un ser con los otros, ser es co–ser", como dirían los filósofos existencialistas, o como afirma Adam Schaaf: "el hombre es un individuo social".

Esta ausencia marca todo un desafío a la vida cristiana y su expresión en el pensamiento teológico, entendiendo el cristianismo, no sólo como una experiencia espiritual, o como algo esotérico o meramente psicológico, sino también como un compromiso con el hombre encarnado que se abre a la trascendencia, a partir de la inmanencia, y con la sociedad en que éste vive.

"Sólo podrá ser una teología para nuestra época actual la que se enfrente de un modo crítico - constructivo con las experiencias del hombre de hoy".

De esta manera queda claro que el cristianismo está fundado sobre la base de que tiene que reconocerse "en la historia, un tejido vivo de contrastes y tensiones, de creatividad y movimiento, de confirmaciones y superaciones, de donde emerge siempre el mismo hilo conductor que es la sensibilidad por el hombre".

1.2.- ENUNCIADO DEL PROBLEMA:

Lo que hasta ahora se ha planteado, son sólo algunas de las características (eso sí, las más notables), que según los expertos, definen la Era Postmoderna. Así, no sólo definimos los rasgos notables, sino que se proponen algunos ejemplos que justifican las afirmaciones que se hacen.

Todo se puede sistematizar en el siguiente esquema:

Con esto que hemos planteado hasta ahora, y teniendo en cuenta que desde el punto de vista cristiano, es preciso enfrentar los retos que esta cultura nos presenta, sobre todo con vista a la acción en la sociedad, podemos preguntarnos ¿de qué manera podemos colaborar y propender para que la juventud de esta condición, opte por un proyecto de vida comprometido con el prójimo, especialmente el más necesitado, y que está sumido en la miseria y la marginación humana a causa de injusticias sociales y estructurales?

1.3.- ELEMENTOS DEL PROBLEMA.

En este trabajo, que sólo pretende proporcionar algunos elementos de reflexión que ayuden para el trabajo con jóvenes, integra elementos como, el análisis de los elementos que distinguen la postmodernidad; los elementos fundamentales que constituyen la fe cristiana, sobre todo la dimensión social de la fe; los aportes de la Doctrina Social de la Iglesia, y el aporte que para la reflexión podemos hallar en las ciencias sociales y humanas, rescatando sobre todo los análisis de realidad de América Latina.

Estos elementos, dentro de la reflexión que el trabajo propone, juegan un rol importante, a la hora de enfrentar el reto de motivar el trabajo y el compromiso social de la juventud.

1.4.- RELACIÓN ENTRE LOS ELEMENTOS:

  1. En lo que se refiere a las características de la postmodernidad, no es conveniente extendernos en este apartado, ya que en la primera parte del presente trabajo, se ha hecho un esbozo general. Remito al cuadro gráfico de la Pág. 2.
  2. Respecto de los elementos constitutivos de la fe cristiana hallamos ante todo una relación profunda entre historia del pueblo y presencia de Dios en dicha historia. Posteriormente, la revelación de este Dios, en la historia del Pueblo de Israel, revelación que se plenifica en Jesucristo, revelación máxima de Dios como Padre. Consecuentemente con esto, llega la exigencia del seguimiento radical de Jesús, sobre todo en su dimensión oblativa hacia el Hombre.

    Aquí cabe mencionar, entre los más significativos documentos de la Doctrina Social de la Iglesia, la encíclica Rerum Novarum (R.N.) de León XIII, escrita en 1891, cuya trascendencia la confirman documentos posteriores que aluden siempre a ella, tales como Quadragesimo Anno (a los cuarenta años de la R.N.)de Pío Xi, Octogesimo Anno (a los ochenta años de la R.N.) de Pablo VI. La encíclica Laborem Exercens es otro pilar de la D.S.I. que se escribió en un momento importante de la historia de la humanidad, y con motivo de los 90 años de la R.N. y Centesimus Annus, al celebrar el centenario de la R.N. estas dos últimas de Juan Pablo II.

    En la misma línea de documentos sociales trascendentales, aunque ya no ligados a la R.N., hallamos la Populorum Progressio, de Pablo VI, como una muestra de la fecundidad del pensamiento social cristiano.

    En todo caso, y como se ha mencionado anteriormente, toda la producción de la Iglesia respecto al tema social, deja ver claramente el interés que este tema despierta, no sólo por su vigencia, sino también por la urgencia que existe cada vez mayor, de generar una conciencia del compromiso social, animado por la fe y desde la lectura escatológica del Evangelio.

  3. En relación con la Doctrina Social de la Iglesia no es otra cosa que la manera como la Iglesia, en un trabajo interdisciplinario con las ciencias ya mencionadas, elabora su discurso acerca del compromiso social y político del cristiano, no sólo propendiendo por un mundo mejor en un afán meramente filantrópico, sino procurando comprometerse con la construcción desde el aquí y el ahora, del Reino De Dios, según los propósitos de la Evangelización.
  4. Respecto de las ciencias sociales y humanas hallamos las categorías inherentes de la persona humana tales como su sentido de finitud, su inclinación al trascendente, y su dimensión afectiva, profesional y social.

1.5.- ANTECEDENTES DEL PROBLEMA:

Aunque este fenómeno cultural de la postmodernidad, es relativamente nuevo, existe una amplia gama de aportes y análisis que se han hecho, en este corto período de tiempo. Por esto mismo, se presenta una circunstancia que implica una dualidad en la situación. En primer lugar, es de gran ventaja el que se escriba del fenómeno mientras está ocurriendo, ya que se puede confiar en los datos, que están a la vista. Pero, en segundo lugar, se corre el riesgo de que estos datos, por su misma situación de ser recientes, carezcan de profundidad y de objetividad en su análisis.

Por lo anterior, existe bastante bibliografía que analiza las características de la postmodernidad, tanto positivas como negativas; y, en menor grado, la que propone estrategias para superar las dificultades planteadas por esta condición.

Podemos hallar en las librerías varios textos que hablan sobre postmodernidad, que ponen sobre el tapete las cuestiones y retos que éste implica, pero hay pocos que tratan sobre una manera eficaz y hasta didáctica de cómo solucionar un problema concreto de esta condición y es el de promover el compromiso social del joven, y en nuestro caso del joven cristiano.

1.6.- JUSTIFICACIÓN DEL PROBLEMA:

Por lo anterior, creo necesario establecer un medio de reflexión adecuado a los jóvenes, que les invite a participar de la labor que la Iglesia desempeña en la sociedad, trabajando por la construcción de un mundo mejor, más justo y más humano, como modo de anticipar el Reino de Dios que se empieza a construir aquí y ahora, aunque sabemos que tendrá su plenitud solo al final de los tiempos.

Parte importante de este proceso de reflexión, y casi que su objetivo es la concientización y sensibilización ante los problemas que aquejan a miles de hermanos. Para ello, fuera de la reflexión se requiere de experiencias significativas de contacto con dicha realidad, por una parte, y por la otra un proceso de análisis serio de las causas fundamentales y estructurales de dicha realidad. En relación profunda con lo anterior, podemos entonces hacer propias las indicaciones que se dan a los sacerdotes de "que se preparen, pues, con estudio profundo de la cuestión social, los que forman la esperanza de la Iglesia".

1.7.- FORMULACIÓN DEL PROBLEMA:

Ante las características de la postmodernidad, una de las cuales radica en el desinterés por lo político y la cuestión social, debemos lograr, por medio de un proceso de sensibilización, de estudio serio y de reflexión acerca de lo estudiado, que se supere esta apatía egoísta, para hacer que la juventud que se dice cristiana, se comprometa con la edificación de una sociedad más justa, en procura de una experiencia espiritual encarnada y de una respuesta ante la llamada que nos hace el Señor, por medio de sus rostros sufrientes.

1.8.- OBJETIVOS:

1.8.1.- OBJETIVO GENERAL:

Generar un espacio y un medio de reflexión, que profundice sobre la dimensión social y comunitaria de la fe en Cristo por parte de los jóvenes, y reflexionar acerca de la manera como algunas tendencias de la sociedad y de la cultura favorecen o entorpecen la verdadera vivencia de esta dimensión social.

1.8.2.- OBJETIVO ESPECÍFICO:

1.8.2.1.- Objetivos Específicos Internos:

Elaborar un análisis de las características de la condición postmoderna y de su nueva comprensión de la vida en general.

Establecer luego cuáles son los elementos constitutivos de la fe cristiana, haciendo énfasis en el carácter comunitario, eclesial y social de la fe.

Finalmente analizar de qué manera y hasta qué punto puede la fe cristiana ser compatible e incluso complementaria con la condición postmoderna y qué retos se le plantean a la Iglesia de cara a esta postmodernidad, o si se prefiere ver desde el anverso, cómo una cultura determinada puede o no ser compatible con la fe.

1.8.2.2.- Objetivos Específicos Externos.

Cumplir con el requisito de trabajo exigido por la Universidad para obtener el grado en licenciado en Ciencias de la Educación con Especialización en Estudios Religiosos.

Colocar a disposición de quienes trabajan con jóvenes un material de apoyo que les ayude a comprender sus motivaciones y sus comportamientos y así iniciar acciones más eficaces en su formación cristiana y social.

Propiciar una reflexión personal que me ayude a comprender hasta qué punto puedo yo mismo presentar, dentro de mi estructura interna, alguna o algunas características que no favorezcan el desarrollo armónico de todas las dimensiones de la fe cristiana.

2.- PRESENTACIÓN DEL TEMA:

2.1.- DESCRIPCIÓN:

El título: "Postmodernidad y compromiso social de la juventud", explicita la intención principal del trabajo que consiste en proponer algunas pautas de reflexión, que posibiliten la toma de conciencia de la necesidad que toda persona tiene de realizarse en su vida teniendo en cuenta su dimensión social, más aún si se dice cristiana, y sobre todo en estos tiempos de crisis de muchos valores e instituciones, que con su debilitamiento, se muestran impotentes en su tarea de dignificar la vida humana.

El factor postmodernidad, juega un papel trascendente, ya que impone un reto a la vida entera de la Iglesia, en cuanto pone en una de sus dimensiones fundamentales, tal como la dimensión política y social de la fe cristiana.

Por otra parte, el compromiso social de la juventud es una alternativa que debe proponerse como posible solución, al grave conflicto por el que atraviesa la humanidad entera, y la Iglesia en particular, de desinterés por la misma persona humana, a la que se mira sin la misma intencionalidad sagrada de antes y que por ello ha perdido, parte importante de su humanidad y dignidad.

2.2.- IMPORTANCIA:

En una sociedad entre cuyas características más comunes hallamos el egoísmo como elemento constitutivo de la persona, y el desinterés por el sufrimiento y la desgracia ajena, es de suma importancia brindar elementos que ayuden a la persona a identificarse como ser social y solidario, y darle además algunos criterios que le permitan analizar de manera aguda y profunda su propia realidad, la realidad social de su contexto local y general, y la realidad cultural de toda una época, su época. Aquí, creo yo, radica la importancia del presente trabajo.

2.3.- INTERÉS:

Reviste especial interés personal, en cuanto me apasiona de manera profunda todo el tema social en relación profunda con la fe.

En el ámbito externo, creo que es de sumo interés en el campo pastoral contar con varios elementos que faciliten penetrar la conciencia del individuo, — tocar su corazón—, para poder proponerle y facilitarle los medios de trabajar por el bien de quienes lo necesitan.

2.4.- NOVEDAD:

En realidad el trabajo no es totalmente novedoso, sin embargo, y con referencia a lo tratado en la importancia del estudio, puede convertirse en un medio útil para favorecer la reflexión.

Por otra parte, puede ser útil en el momento de colaborar con el análisis crítico de la sociedad, y de la realidad que aún vivimos. Pienso importante decir, que sin caer en extremismos, no se puede crear un pesimismo crónico, diciendo que ya no hay ninguna esperanza con esta nueva condición de la que hacemos parte. Es más sano pensar en asumir la realidad histórica con "sus gozos y esperanzas, angustias y tristezas".

3.5.- FACTIBILIDAD:

Cuento ante todo con un especial recurso que es la motivación y el interés para realizar el estudio. También me he documentado suficiente por el mismo y poseo varios textos con los cuales se profundizará en el tema.

2.5.- DELIMITACIÓN:

Este tema de la postmodernidad es un tema que presenta alguna dificultad al momento de abordarlo, ya que, como se insinúa al comienzo, es algo relativamente nuevo y se puede caer en extremos al momento de analizarlo. Como se trata de poner algunos límites que faciliten el estudio, estimo conveniente, reducirnos a las consecuencias en el plano de la educación y de la fe.

3.- MARCO REFERENCIAL:

3.1.- MARCO HISTÓRICO SITUACIONAL:

En nuestro continente latinoamericano, continente de la esperanza, surge, a raíz de la lectura del Vaticano II, una nueva manera de entender la teología, la pastoral, la Iglesia, y en general todo lo relativo al cristianismo católico. Esta manera es nueva, no porque en realidad haya surgido como creación absolutamente original, sino más bien por el auge que logró alcanzar, y por la manera novedosa como se presentó.

En el ámbito mundial, a partir del Vaticano II, como ya se dijo, y en el ámbito local, (latinoamericano), a partir de las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla, se fueron generando varios movimientos de reflexión teológica, a los que se les denominó Teología de la Liberación, y que tenían como fundamento básico, la reflexión acerca del proceso narrado en el éxodo, según el cual el Pueblo de Israel, Pueblo de Dios, en profunda sintonía con su Padre Creador, y de la mano de Moisés, se consolida como nación y se une en torno a un ideal: "llegar a una tierra que mana leche y miel". Pero esta esperanza, este ideal colectivo, no es fruto de un capricho, (ni de Dios, ni de Israel), es fruto más bien del sufrimiento del pueblo y de la bondad misericordiosa de Dios, a cuyos oídos ha llegado el llanto y el clamor del pueblo. La interpretación que se hace del Éxodo, aplicada a la realidad de nuestro continente cada vez más empobrecido y estructuralmente oprimido, se resume entonces en la esperanza de que Dios mantiene sus ojos y oídos abiertos al clamor del pueblo que sufre.

Esta lectura fue llevando a teólogos y a la Iglesia latinoamericana en particular a tratar de descubrir las causas profundas de la pobreza de nuestro continente, para colaborar efectivamente con Dios en su designio amoroso de salvar a su pueblo de la opresión, luego de haber entendido que se puede llegar a la liberación última y final, a la salvación escatológica, a la parusía, a través de pequeñas y sucesivas liberaciones terrenales. Esta perspectiva de estudio crítico de la realidad, asumida con la colaboración de las ciencias sociales, fue dejando al descubierto la escandalosa manera como muchas "criaturas de Dios" estaban contribuyendo a la explotación, a la opresión, y la manera como la fe se estaba convirtiendo en un elemento también

esclavizante.

Ante esta situación se comenzó a propender por presentar al Pueblo una perspectiva de fe cristiana, más acorde con los orígenes del judaísmo y del cristianismo mismo, es decir, la fe como la participación de Dios en la vida y en la historia de su Pueblo que le ama y al que ama. No en vano se ha llamado desde siempre, a lo que es la "historia patria" de Israel, la "historia de la salvación". No se puede concebir la fe y la revelación del Dios de Jesús, de nuestro Dios, como una fe de capilla, esotérica, desentendida de las realidades más simples pero a la vez más sublimes de la vida del hombre, puesto que lo magnífico de nuestra fe es la encarnación de Dios en la historia viva de la humanidad, es el hecho de saber que Dios se ha hecho hombre, para reconciliar al hombre con Dios y para dar plenitud a través del Espíritu, a los hombres, a los pueblos y a su historia.

"Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica,(47) y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, «para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas »".

Desde esta perspectiva, todo aquel que desee comprometerse más a fondo con Jesús debe asumir muy seriamente su compromiso histórico con la fe. Tenemos el ejemplo del joven rico, quien intuía que no bastaba con cumplir su ley para alcanzar la perfección y por eso dice al Maestro: "ya he cumplido con todo eso, ¿qué más me hace falta?" Y Jesús le responde: "...si quieres ser perfecto, anda, ve y vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres".

Por todo esto, durante todos los siglos, y de acuerdo con las circunstancias epocales, el cristiano debe buscar la manera, como se insistía anteriormente, de colaborar como lo hizo Moisés, con el designio amoroso de Dios de salvar a su Pueblo de todo llanto y sufrimiento. Para ello, mediante un trabajo interdisciplinario con otras ciencias debemos analizar en nuestro aquí y ahora, las características de nuestra realidad, en el ámbito social, cultural, político, religioso y económico, y de qué manera estas características contribuyen o entorpecen el compromiso social e histórico de los seguidores de Jesús, para colaborar, en alguna manera con la construcción del Reino de Dios.

Este trabajo pretende de alguna manera analizar conjuntamente tres factores que conforman nuestra realidad, a saber: por una parte, profundizar en las implicaciones sociales del compromiso cristiano. En segundo lugar analizar las características de nuestra condición postmoderna y su disposición para asumir un compromiso con los oprimidos.

En un trabajo que se plantea interdisciplinar, a partir de una iniciativa eclesial, de fe, se debe partir teniendo como fundamento el trabajar en torno a propuestas teológicas, metodológicas y pastorales serias. Tal es el caso del Directorio General para la Catequesis de 1997, que en su conjunto nos presenta etapas y momentos claramente definidos con la intención de tener siempre en cuenta "la catequesis como acción evangelizadora dentro del ámbito de la misión general de la Iglesia. La actividad catequética, de ahora en adelante, deberá ser considerada como partícipe siempre de las urgencias y afanes propios del mandato misionero para nuestro tiempo".

En el desarrollo del Directorio se presentan algunas reflexiones e indicaciones precisas, respecto de la parte social y la misión evangelizadora. Vamos a enunciar algunos de los más interesantes, como parte de un proceso que ya se ha hecho desde la misma jerarquía eclesial:

"« De la catequesis, como de la evangelización en general, podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas ». Con anterioridad han sido expuestos los criterios referidos a la adaptación e inculturación catequética. Baste ahora afirmar de nuevo que la catequesis tiene como guía necesaria y eminente la « regla de la fe », ilustrada por el Magisterio y profundizada por la teología. Por otra parte, no hay que olvidar que la historia de la catequesis, especialmente en el tiempo de los Santos Padres es, en muchos aspectos, historia de la inculturación de la fe y como tal merece ser estudiada y meditada; historia, además, que nunca se para y que exige períodos amplios de continua asimilación del Evangelio".

Como un elemento de suma importancia tenemos los retos que presenta el documento citado, sobre las tareas que tiene la catequesis con respecto a la inculturación de la fe:

"Las tareas de la catequesis respecto a la inculturación de la fe Forman un conjunto orgánico y son en síntesis los siguientes:

  • conocer en profundidad la cultura de las personas y el grado de penetración en su vida;
  • reconocer la presencia de la dimensión cultural en el mismo Evangelio; afirmando por una parte que éste no es fruto de ningún humus cultural humano, pero admitiendo, por otra parte, que el Evangelio no puede aislarse de las culturas en las que se inscribió al principio y en las que después se ha expresado a lo largo de los siglos;
  • anunciar el cambio profundo, la conversión, que el Evangelio, como fuerza « transformadora y regeneradora », opera en las culturas;
  • dar testimonio de que el Evangelio transciende toda cultura y no se agota en ella y, a la vez, discernir las semillas del Evangelio que pueden estar presentes en cada una de las culturas;
  • promover al interior de cada una de las culturas a evangelizar una nueva expresión del Evangelio, procurando un lenguaje de la fe que sea patrimonio común de los fieles, y por tanto factor fundamental de comunión.
  • mantener íntegros los contenidos de la fe de la Iglesia; y procurar que la explicación y la clarificación de las fórmulas doctrinales de la Tradición sean presentadas teniendo en cuenta las situaciones culturales e históricas de los destinatarios y evitando, en todo caso, mutilar o falsificar los contenidos"

"La catequesis, a la vez que debe evitar todo tipo de manipulación de una cultura, no puede limitarse a la simple yuxtaposición del Evangelio a ésta y «como con un barniz superficial », sino que debe proponer el Evangelio« de manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces de la cultura y de las culturas ».

Esto determina un proceso dinámico integrado por diversos momentos, relacionados entre sí: esforzarse por escuchar, en la cultura de los hombres, el eco (presagio, invocación, señal...) de la Palabra de Dios; discernir cuanto hay de valor evangélico o al menos abierto a él; purificar lo que está bajo el signo del pecado (pasiones, estructuras del mal...) o de la fragilidad humana; suscitar en los catequizandos actitudes de conversión radical a Dios, de diálogo con los demás y de paciente maduración interior".

Todos estos elementos ayudan, no sólo, de manera vital a alimentar la reflexión en torno a la injerencia de la Iglesia en contextos socio culturales e históricos concretos, sino además manifiestan la preocupación social en el ámbito de la fe, y la urgencia que existe de empapar toda cultura de los valores del Evangelio, de lo cual es cada vez más consciente la Iglesia.

Un último elemento que deseo rescatar del Directorio es el que pone en evidencia que la evangelización, como acto de fe, no se queda sólo en la asimilación intelectual de contenidos, ni en la vivencia externa de ritos, sino que, en palabras del mismo documento, "alcanza al corazón y transforma la conducta. Si es así, la catequesis genera un modo de vida dinámico y unificado por la fe, establece la unión entre la fe y la vida, entre el mensaje cristiano y el contexto cultural, y produce frutos de santidad".

5.2.- MARCO TEÓRICO:

Respecto de la bibliografía existente, cuento con cuatro libros fundamentales. El primero es el libro de Leonardo Boff, titulado "La fe en la periferia del mundo", dónde en palabras del editor de la obra, se responde la siguiente cuestión: "¿Cómo ser cristiano hoy en un mundo de miserables, de sangrantes injusticias sociales?". Partiendo de esta cuestión se inicia un proceso que pretende la toma de conciencia sobre la importancia del lugar social y la opción fundamental de la vivencia de la fe, y se aclara que "...no basta con captar la relevancia del lugar social. Es preciso definir los pasos concretos, pastorales y liberadores, que traduzcan las opciones en prácticas".

Una segunda referencia es el libro de Juan Antonio Estrada, "Oración: liberación y compromiso de fe", en el cual desarrolla toda una justificación del carácter liberador de la oración, partiendo de las críticas de los maestros de la sospecha sobre el carácter alienante de no sólo la oración, sino de toda la religión en general. Luego de esta "apología" de la oración, hace un desarrollo de las diferentes formas de oración y lo que éstas conllevan, con sus "bemoles". Finalmente hace una breve descripción de lo que sería la praxis de una oración liberadora, destacando el carácter de la oración en la acción.

Con respecto al tema de la postmodernidad, son varios los puntos de vista en torno a esta cultura, cada autor presenta de manera variada sus puntos de vista y en algunos casos se llegan a presentar diferencias radicalmente opuestas. En lo que la mayoría si coinciden es en que la postmodernidad no es una cultura que responde a una evolución marcadamente cronológica, ni que se presente como quien va a reemplazar al modernismo, aunque sí la misma Postmodernidad es un movimiento cultural contestatario a la modernidad. En varios autores, como Bazarra y Lyotard, afirman que en un mismo entorno, e incluso en la misma persona se presentan visos de modernidad y postmodernidad, como en una especie de sincretismo cultural.

Desde otra perspectiva el asunto del compromiso social del cristiano es ampliamente tratado por las conferencias episcopales de Medellín y

Puebla.

A partir de allí es cuando el carácter social del cristiano cobra una vigencia impresionante, no sólo al nivel de la doctrina ni de lo meramente conceptual, sino que además trajo implicaciones de tipo práctico que se involucraron en la vida de muchas personas, llevándoles a un compromiso social fuerte. Este proceso, que implicó una experiencia fuerte de reflexión teológica, desencadenó en una nueva manera de hacer la teología, ya no de tipo descendente, sino invirtiendo el proceso y haciéndola de tipo ascendente, que se reconoció como "Teología de la Liberación". Todo lo anterior a partir de la segunda mitad de los 60ª e incluso hasta nuestros días, aunque desde la década muerta de los 80ª este proceso que se vivió en la Iglesia de América Latina fue decayendo notablemente hasta el punto de que muchos se adelantaron a pregonar la muerte de la Teología de la Liberación.

Este proceso, originado por fenómenos de violencia y narcotráfico, por lo menos en nuestro país, y por la influencia de la postmodernidad, con su carga de esoterismo y New Age, es el que nos ha sumido en el desinterés por lo político y por lo social.

A raíz de lo anterior la Iglesia y la teología no han tardado en darse cuenta del peligro que esto significa para la verdadera fe y para su compromiso con la realidad y con la historia, es por ello que se ha trabajado y se debe seguir trabajando la pastoral juvenil como una manera de reacción y de toma de conciencia de estas realidades.

Es, en último término, una función importantísima de la pastoral juvenil, es llegar a ser el espacio de reflexión y acción que motive e impulse todo aquello que lo Postmoderno pueda tener de bueno y útil para la instauración del Reino y el medio que contrarreste los efectos demoledores de una cultura que pretende ser egoísta e inmediatista.

Otros textos, ya no tan fundamentales son "Vayan y evangelicen", de Noé Zevallos. "El destino del hombre y del mundo", de Leonardo Boff.

3.2.- MARCO CONCEPTUAL:

  • ANÁLISIS ESTRUCTURAL: Tipo de análisis de la realidad que estudio los fenómenos de orden ideológico y estructural que puedan ser causas de la pobreza.
  • CIENCIAS SOCIALES Y HUMANAS: Hacen referencia a las mediaciones socio–analíticas, según las cuales la teología se auxilia de estas ciencias, para que en un trabajo de carácter interdisciplinar, se puede acceder a un análisis de la realidad más acertado, completo y menos parcial.
  • COMPROMISO SOCIAL CRISTIANO: Una de las dimensiones constitutivas de la fe en Cristo que asume una postura definida frente al mundo y a la sociedad y que propende por una transformación de la misma para acercarla en la medida de lo posible al ideal del Reino de Dios.
  • CONDICIÓN POSTMODERNA: "No es una doctrina, no es una filosofía, no es un sistema, sino básicamente, se trata de un estado de ánimo de la gente y de un conjunto de actitudes características de la cultura actual, con respecto a la modernidad". Se habla de la condición Postmoderna, y no de la Generación Postmoderna, según la definición del mismo Lyotard, quien junto con el mismo Vattimo, se consideran los mejores representantes de la Postmodernidad.
  • CONDICIÓN: Es el conjunto de personas que viven en una misma época y que comparten una misma manera de pensar, de actuar, de ver el mundo. Se podría decir que comparten una misma filosofía y una misma cosmología.
  • DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA: Conjunto de documentos que emite el magisterio eclesial con el fin de orientar a los fieles respecto de su compromiso social ante el mundo. Son pautas pastorales de acción para permitir que la presencia de todo creyente cristiano sea transformadora de la sociedad y presencia del Reino de Dios.
  • EGOÍSTA: (. Yo) m. Dícese del inmoderado y excesivo amor de sí mismo; al igual que del sujeto humano que subordina el interés ajeno al suyo. Se aplica a la persona que busca su bienestar por encima del de los demás. Desde el punto de vista filosófico el individualismo ético es una manifestación de algunas posturas filosóficas de los pensadores como Hobbes que interpretan el origen de la sociedad, el estado y las leyes como un contrato que pone límites a la naturaleza belicosa, agresiva y bestial del hombre, ("el hombre es un lobo para el hombre"). Contrario a Altruismo. En este trabajo se determina que es, junto con el hedonismo, una acentuada característica de la postmodernidad.
  • ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE LA FE CRISTIANA: Conjunto de criterios que dan coherencia y sentido a la vida de la comunidad de creyentes en Cristo, que permiten delimitar los alcances y las consecuencias de ser Cristiano en el mundo actual.
  • ESOTERISMO: (óS Secreto). Se aplica a algunas doctrinas filosóficas o religiosas que se daban a conocer a algunos miembros a quienes se estima privilegiados y escogidos, por lo general miembros de determinada escuela o a los iniciados. Es una nota particular que se manifiesta nuevamente en la condición postmoderna.
  • ESPIRITUALIDAD ENCARNADA: Desde una perspectiva cristiana, se aplica este término a la espiritualidad de la comunidad según la cual se contempla el misterio de Jesús quien se hizo hombre, (se encarnó) asumiendo la plenitud de la condición humana en sus gozos y esperanzas, pero también compartiendo la finitud y la limitación.
  • FACTORES TEOLÓGICO–PASTORALES: Dimensiones de la reflexión que hace la Iglesia sobre su actividad y praxis concreta en el mundo, acerca de varias circunstancias, tales como la juventud, la sociedad, los enfermos, la educación, etc.
  • FUNDAMENTALISTAS: Se dice de aquellos grupos de carácter religioso, social, político y científicos (cientismo o cientifismo), que son radicales en sus posturas y que se empeñan en dar a una interpretación textual, asumiendo las consecuencias que de ello se deriva. "Movimiento, basado en la interpretación literal de los textos sagrados y en la negación de conocimiento científico".
  • HEDONISTA: . Placer. En la antigua Grecia su principal representante era Epicuro (341 - 270 A.C.) quien sostenía que lo bueno era aquello que producía placer. Es famosa su carta a Meneceo en la cual expone su doctrina. Persona que toma como filosofía y fin único de la vida el placer.
  • INDIFERENCIA POLÍTICA: Tendencia en la postmodernidad que manifiesta una apatía y desprecio por las formas tradicionales de manifestación de lo político en las sociedades, y en general por todo lo que suene a institucional y normativo. Aparece como una reacción ante el carácter de hipocresía y falta de credibilidad de la clase política tradicional.
  • INJUSTICIAS SOCIALES Y ESTRUCTURALES: desde el punto de vista filosófico y jurídico se refiere a acciones y situaciones coyunturales y estructurales que atentan contra un orden social justo en el cual se respete la dignidad inherente a cada uno de los seres humanos; desde el
  • punto de vista teológico acciones que atentan contra la dignidad de los hijos de Dios. Se deduce del análisis de la realidad que las situaciones de pobreza y miseria se derivan de la estructura política, social y económica que las permite y protege. De lo cual se colige que dichas injusticias no son de orden casual, sino causal.
  • MEDIACIONES SOCIO - ANALÍTICAS: Se aplica este concepto al apoyo que recibe la teología de parte de las ciencias sociales y humanas, para interpretar la realidad y poder luego transformarla.
  • PASTORAL: Hace referencia a la práctica que por parte de la Iglesia se instituye para hacer eficaz presencia de su acción evangelizadora.
  • POSTMODERNISMO: Época de la historia de la humanidad que se ubica después de la época contemporánea y que surge como una manera de responder a aquello que la época moderna, anterior a la contemporánea, impuso con sus pros y contras. Conjuga el arte Postmoderno, la filosofía post–estructuralista y la teoría de la sociedad post–industrial. "Defino lo Postmoderno como la incredulidad con respecto a los metarelatos".
  • TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN: Modo particular de hacer reflexión teológica desde el continente latinoamericano. Esta forma de teología se fundamenta en una lectura de los documentos del Concilio Ecuménico Vaticano II, y se fundamenta en hacer lectura de la realidad de América Latina a la luz de la fe, con un empeño liberador del hombre de toda estructura que le oprima.

1.- LA POSTMODERNIDAD: UNA NUEVA FORMA DE VER LA VIDA.

Al paso de los días de estos últimos años del milenio, en los cuales abundan decenas de miles de personas, instituciones y tendencias que vaticinan sobre lo que será de la humanidad durante el tercer milenio, se hace cada vez más evidente la necesidad que tiene la Iglesia de presentar a todos los hombres en general, y a los cristianos en particular algunos elementos básicos y fundamentales, que representen ese faro en medio de la oscuridad, esa seguridad en medio de la confusión.

Una de las muchas tendencias que se presentan ahora es la que se denomina la Postmodernidad. Pero, ¿qué es en últimas la condición Postmoderna? ¿Qué es lo que la hace tan polémica? ¿Es absolutamente irreconciliable con las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia Católica? El pensamiento Postmoderno, en cuanto rechaza todo proyecto que pretenda ser totalizante, universal, no sólo es un enemigo frontal del proyecto de la modernidad, sino también de cualquier otro en el que aparezca la pretensión de sentido global y de orientación general de la vida. ¿No es, desde este punto de vista, el polo opuesto del cristianismo? ¿ Cabe esperar algo más que una confrontación dura y de rechazo violento por ambas partes?

Son varios los analistas que buscan soluciones conciliadoras, para apostar por un cristianismo en la postmodernidad y un postmodernismo abierto a la posibilidad de lo cristiano. Entre ellos vale la pena destacar al español José María Mardones, quien a lo largo de extensos y valiosos escritos ha tocado el tema de la incullturación de la fe cristiana de manera, por lo menos a mi juicio, muy acertada, con pasión por Cristo, pero sin apasionamientos cerrados. Precisamente, en esta primera parte resulta significativo transcribir dos párrafos de uno de sus textos, que expresa muy bien el dilema que se presenta a la fe, frente a la sensibilidad Postmoderna.

"La Postmodernidad, con su llamada a la despedida de todo fundamento y la desmitificación radical de toda realidad global, es una forma de ateísmo nihilista que no pretende reapropiarse de nada, y por eso mismo representa el rechazo máximo de Dios y la religión. Nos hallamos –parece ser– ante la liquidación más exhaustiva de las raíces de lo sagrado y de la aproximación a Dios.

Con esta tarjeta de presentación, ¿cabe esperar algo del diálogo cristiano con la Postmodernidad? O acaso, como a menudo ha ocurrido, detrás de la crítica radical, nihilista, a la religión ¿puede aparecer una vivencia religiosa más depurada y auténtica? Quisiéramos, al menos, explorar esta última hipótesis".

Estas preguntas, y algunas reflexiones importantes, se tratarán en este trabajo que pretende ser simplemente eso, unos puntos para la reflexión y el cuestionamiento, sobre todo en lo que respecta al quehacer pastoral, de quienes trabajamos con la juventud.

1.1.- LOS NUEVOS ÉNFASIS.

Un primer elemento a tener en cuenta, con miras a propiciar un acercamiento a la juventud Postmoderna, se refiere a los énfasis que se tienen. Algunos valores, algunas perspectivas que se absolutizaron durante épocas anteriores, pierden vigencia para la condición actual. Esto ocasiona un serio conflicto inter–generacional, una gran depresión entre los que se consideran Modernos y una cierta incomodidad y sensación de incomprensión en los Postmodernos.

Cuáles serían entonces estos nuevos énfasis, a los cuáles la Postmodernidad da mayor validez.

1.1.1.- LAS ÉTICAS

Toda persona, independientemente de su cultura, raza, lengua, ideología; y sin que intervenga tampoco su nivel de estudios, ni nada por el estilo, se mueve de determinada manera ante los diferentes estímulos, de acuerdo a aquello que más le convenga. Quienes han tenido acceso a la transmisión cultural programada, a lo que conocemos con el nombre de educación, pueden elaborar de manera más planeada y reflexiva esa lista de cuestiones y circunstancias que más le convienen. A esta elaboración planeada y consciente de aquellos que más nos conviene o se haya conscientemente acostumbrado, es a lo que damos el nombre de "Escala de Valores".

Decíamos anteriormente que todo el mundo se mueve de acuerdo a aquello que más le conviene o de acuerdo a lo que conscientemente se haya acostumbrado, y también que hay algunos que lo hacen de manera consciente y premeditada. Por lo tanto podemos deducir que hay quienes actúan según algunos valores que no han asumido de manera personalizada, sino más bien casualmente. Esto no significa que no tengan valores, solamente, que no son conscientes de ellos.

A estos valores que motivan los comportamientos es a lo que conocemos como la ética. En sentido estricto, estos valores reciben tal nombre porque es algo que vale, que es valioso, que cuesta. Sin embargo, hay algunos comportamientos, que a juicio de una mayoría, son negativos y que según el parecer de dicha mayoría, no merecen llamarse valores, sino más bien, antivalores. Pues bien, hablando en sentido estricto vamos a dar el nombre de valor a aquello que motiva a todos a actuar de una manera determinada, y "escala de valores" a aquellas motivaciones que han sido reflexionadas y asumidas de manera consciente.

Las cosas fueron evolucionando en la humanidad, de tal manera que esta escala de valores, que ha sido reflexionada y asumida de manera consciente, fue contando con el reconocimiento social de algunas mayorías, y es a lo que reconocemos como la ética. Posteriormente la ética, se fue fundamentando en juicios que además de ser reflexionados y asumidos como valiosos (valores), por la inmensa mayoría, tenían el aval de una entidad superior, extra - terrenal y trascendente, a la que en términos muy nuestros llamamos Dios (aquí va surgiendo la categoría de lo que es bueno y lo que es malo). Esta calidad de la ética, que como se dijo anteriormente se atribuye a entidades superiores a la humana, se le denominó como moral, para explicitar su carácter netamente religioso y establecer las respectivas diferencias con los ambientes paganos.

La anterior es sólo una de las posibles relaciones que se pueden establecer entre ética y moral, sin embargo se presentan posturas en las cuales la moral no se considera como propiedad exclusiva del ámbito religioso, sino que se le atribuye carácter de inherencia a la naturaleza humana. Para efectos de este análisis, tomaremos, no obstante la ubicación de la ética ene l plano exclusivamente humano, y la moral dentro del contexto religioso.

En todo caso, durante estos últimos años, se ha venido hablando inicialmente de la pérdida de valores y luego de la relativización de los valores, hasta el punto que los valores antiguos y las seguridades que de ellos se derivaban, se veían amenazadas. Una persona que había vivido, y luchado por ciertos ideales, veía su empresa destinada al fracaso y era entendible el experimentar cierta frustración

Ahora bien, el juicio de las generaciones actuales, Postmodernas, que se lanza desde la perspectiva de las generaciones anteriores, modernas, no se elabora, por lo menos en un principio, partiendo de reflexiones profundas y amplias, sino desde la perspectiva de una condición que se ve amenazada de extinción, puesto que sus principios y políticas, se ven relativizadas. Por lo cual es fácil deducir que el concepto moderno sobre lo Postmoderno es un concepto apasionado y visceral. Ya más adelante tendremos la ocasión de profundizar en un análisis más amplio y sobrio respecto de este tema. Por el momento es importante resaltar el siguiente análisis:

"La preocupación por la pérdida de los valores, por la moral puritana, sería lo fundamental en el diagnóstico del Neoconservadurismo frente a la Postmodernidad. Nos hallamos, por tanto, ante una crisis cultural, mejor dicho, moral o, todavía con más precisión, espiritual. Y a pesar del triunfo actual del capitalismo democrático, aquí está su debilidad. Los Neoconservadores son intelectuales serios, rigurosos. Lejos de cantar victoria, avisan de los agujeros que pueden erosionar el sistema. Es una atención sobria en servicio de un mayor fortalecimiento de un modo de configurar la sociedad moderna".

Podremos concluir entonces que, lo que más irrita de la condición Postmoderna a los modernos es el que haya osado proponer una ética nueva, o mejor una nueva concepción de ética y unos nuevos énfasis éticos.

1.1.2.- LAS ESTÉTICAS:

En lo que tiene que ver con la estética, la podemos definir como la capacidad que se posee para asombrarse, por lo cual tendremos que acudir necesariamente a la sensación y luego a los sentidos.

La estética, en términos simples, es la manifestación agradable a los sentidos de las realidades. Esto, que es lo fundamental, no cambia para los modernos ni para los Postmodernos, la definición de estética es universal y trasciende las limitaciones espacio - temporales, la estética es la misma para unos y para otros… y para todos.

Lo que varía es la expresión de la estética, porque tratándose de impresionar y agradar a los sentidos es preciso tener en cuenta que los gustos y las emociones no son universales ni trascienden la dimensión espacio - temporal.

Pero esta concepción de la relatividad de la estética, o de los conceptos estéticos, es un concepto asumido realmente por lo Postmoderno, y difícilmente asumido por lo moderno. El modernismo, en su impulso racionalista y positivo, reglamentó la estética y admitió el pluralismo estético sólo dentro de ciertos parámetros. Para expresar mejor lo anterior, podemos decir que en el temperamento moderno se abrió la gama de posibilidades de expresión de la estética, pero fue una gama limitada.

En cambio desde la perspectiva Postmoderna, no se ofrece una gama de posibilidades para la expresión estética, simplemente siempre habrá espacio para una nueva manifestación, sin reglas preestablecidas, sí, pero también con sus propias reglas.

Aquí resulta interesante traer a colación un aporte de Mardones que destaca la estética como importante componente cultural, y además lo relaciona con la dimensión religiosa:

"La Postmodernidad dice relación con lo estético. De hecho, <<Postmodernidad>> fue una palabra importada por Lyotard desde este ámbito del conocimiento. Pero hay que precisar las analogías y diferencias y, sobre todo, cómo es asumida la estética en el pensamiento Postmoderno. Una vez aclarado este aspecto, comprenderemos que también por esta vía hay una crítica (¿y aporte?) de la sensibilidad Postmoderna a la religión".

Por lo tanto, la concepción estética moderna choca violentamente contra la propuesta Postmoderna. Ante una estética delimitada y legislada, se propone ahora una estética que crea sus propias leyes, ignorando las leyes de otras propuestas estéticas. Esta situación irreconciliable para los modernos, y vista como enriquecedora por los Postmodernos, genera un conflicto particular: Unos dispuestos a exponer y defender sus perspectivas y otros interesados sólo en exponer con convicción sus impresiones, seguros de ellas, pero también sabiendo que su perspectiva es una, entre la amplia gama que existe y que se ampliará aún más cada vez.

1.1.3.- LO ECOLÓGICO.

Otro marcado acento que se distingue con facilidad en las preferencias de la condición postmoderna, es la preocupación por el medio ambiente. En décadas anteriores el superhombre creado por la modernidad, seguro de sí mismo hasta la idolatría y enceguecido por las luces de la razón llevada hasta la irracionalidad, se encargó de explotar los recursos de la naturaleza, seguro de poder explicar, transformar y utilizar todo lo que a su mano estuviera, y esto acarreo una saturación del planeta, y una mengua en la condición de recursos naturales, que ahora nos tiene en situación crítica. Esta situación abrió los ojos y las conciencias de un buen número de personas que decidieron entregarse sin tregua a una lucha que demandaba la participación de una ingente mayoría. A estos movimientos que se fueron gestando a raíz de la preocupación por el mundo y por la supervivencia del hombre, cuya vida, en últimas era la que peligraba, se les denominó movimientos ecológicos.

Ante la avalancha de amenazas que se volcaban sobre la vida humana surgen cada vez con una mayor fortaleza agrupaciones, movimientos y campañas que pretenden concientizar a multitudes sobre la importancia de una organización seria que oponga resistencia a las humanas plagas destructoras que amenazan contra su misma perpetuación.

Sin embargo, en el marco de esta noble lucha que ha emergido de mentalidades realmente sanas, se involucran poco a poco células que invaden las masas enormes de los "movimientos verdes" y se van constituyendo en fermento que hace crecer, y a la vez que aprovecha la ingenuidad de las conciencias. Son muchas y famosas las multinacionales que engrosan sus bolsas a base de la conciencia ecológica, desde la venta de los cuadernos "línea verde", hasta la conmovedora campaña para transplante de pulmón de una pródiga "mosca mamífero". En este amplio abanico que se abre entre las más ingenuas simplezas y las más inverosímiles excentricidades y estupideces se manejan millonarias sumas que hacen que poco a poco la conciencia ecológica se transforme en negocio y hasta en mafia, y que se abuse de la relatividad postmoderna con el ánimo de alimentar el ego de esta condición y las cuentas de los taimados comerciantes.

Pero en últimas lo más impresionante es que la preocupación por esta ecología, se desentienda de la preocupación por la más necesaria y vital de las ecologías, como es la ecología humana. Porque no se entiende que una fundación invierta millones en salvar un animal determinado, mientras al lado de su jaula yace hambriento un ser humano.

Esta preocupación ecológica postmoderna, cuyos orígenes son nobles y sanos, tenemos que irla educando con el fin de no llegar a descentrar la atención de la gente en lo que debe ser su máxima preocupación: "la perpetuación de la especie humana y su bienestar".

1.1.4.- LO RELIGIOSO.

Otro elemento de vital importancia en la concepción antropológica y cultural de la postmodernidad, es el religioso. Si establecemos en el tiempo cronológico la postmodernidad como un "estilo" de fin del segundo milenio, no tardaremos en comprender la vitalidad del elemento religioso para quienes la componen.

Aquí no deja de ser sorprendente la forma en que los miembros del mundo del siglo XXI aún manifiestan, con exteriorizaciones más sofisticadas, claro está, las mismas tendencias míticas y supersticiosas que los aborígenes y que los radicales jefes religiosos medievales.

Suenan las campanas del fin del mundo, y el temor se apodera de las desarrolladas mentes cibernéticas, que tiemblan de miedo y acuden al infalible poder de ciencias alternativas.

En medio de la confusión y la increíble variedad de ofertas religiosas, que venden la salvación y la felicidad ante una demanda cada vez mayor, se encuentran grupos con tendencias neoconservadoras que intentan una regresión hacia formas caducas; movimientos religiosos de origen oriental y graciosamente adaptados al gusto de occidente; sectas evangélicas; nuevas iglesias cientistas; agrupaciones satánicas; filosofías existencialistas; etc. Y a pesar de tanta disparidad, y de lo contradictorio de las propuestas, una cosa es clara y común: "hay una búsqueda desesperada de la trascendencia y la salvación".

Y en este espacio es preciso educar a las gentes con el ánimo de comprender su inherencia religiosa, de manejar sus sentimientos y ante todo de evitar que sean manipulados por aquellos escépticos de todo que juegan con la credulidad de todos.

Aquí es necesario que hagamos claridad sobre el interesante fenómeno del Neoconservadurismo (NC.), que me atrevería a afirmar que también hace parte de la Postmodernidad aunque el término en sí mismo aparece como contradictorio a lo Postmoderno. El mismo Mardones lo trabaja como un criterio reaccionario ante la sensibilidad Postmoderna, pero para mí es una de las múltiples facetas que no sólo tiene la Postmodernidad, sino que además la acepta según su criterio de pluralidad.

En el ámbito de lo NC, juega un papel muy importante la vuelta a formas tradicionales de religiosidad, como estrategia necesaria para mantener o recuperar ciertos valores –ya algo de esto habíamos mencionado anteriormente –. Y esto se ha convertido para retroceder hacia cierta mentalidad y espiritualidad que, considero, había sido afortunadamente superada. Y digo esto porque eran formas religiosas más al servicio de una ideología o un establecimiento determinado, que al servicio de la persona, que por lo menos sería lo más auténtico de la vida cristiana.

"La ética NC es una ética del sistema capitalista democrático. Y es una ética que se presenta, en último término, como religiosa. Tiene raíces en la tradición bíblica. Se ofrece así una afinidad cristiano–capitalista que, al menos, debe ser mirada con ojos críticos. Las manipulaciones han sido frecuentemente el verdadero contenido que se ocultaba tras tales afinidades.

Pero todavía peor es que, más o menos inconscientemente, se solicite de la religión cristiana entrar en el juego de esta proximidad y aún en relaciones de familiaridad y vínculos de sangre con el sistema. Se usa la religión para justificar, más o menos directamente, al sistema. Nos tememos que este es hoy uno de los peligros socio–culturales de nuestro momento. Subido en la cresta de la ola del triunfo inapelable, el sistema, además de presentarse sin alternativa, se presenta racional, humanizador y religioso. Por supuesto, en principio no hay que descalificar ningún sistema; pero tampoco legitimarlo sin más. Quizá un buen servicio actual de la religión cristiana sería agudizar su sensibilidad y ojo crítico ante las bondades del sistema capitalista democrático, aceptar sí sus logros, capacidades y posibilidades; pero no bajar la guardia ante sus contradicciones y deshumanizaciones".

Analizando también el revés de la cuestión, si se critica la manipulación de la fe cristiana con miras a mantener un establecimiento determinado, debemos cuidarnos de justificar, también a base de manipulaciones de la fe, ideologías socialistas o de cualquier otro carácter. No se trata, de ninguna manera, de una alternativa política, ni siquiera, social; se trata más bien de asumir lo que nos corresponde, como cristianos, integrando y, aún más, reivindicando el papel social que se nos exige de acuerdo al Evangelio.

Como se menciona más adelante, "ningún sistema socio–político por teóricamente bien fundado que esté, supera ni satisface los ideales y presupuestos de la vida según Cristo".

1.1.5.- LO POLÍTICO.

Cuándo nos adentramos en el mundo de la política, y la significación que ella tiene para la mentalidad postmoderna, nos embarcamos en una nave difícil de comandar, porque en este aspecto tocamos un punto neurálgico: "la política apolítica". Lo que tradicionalmente se ha tenido por política pasa de largo, en todo aspecto, para la mentalidad postmoderna. Definitivamente quienes participan bajo cualquiera de sus formas de la política, son considerados fuera de toda realidad y de toda lógica.

Y sin embargo, hay una concepción política del hombre, según la mentalidad postmoderna: la política debe tender a facilitar que cada persona de la sociedad alcance la felicidad. Y para ello se implementa algo que

podríamos llamar la política de la apolítica.

En un sentido originario política se podría entender como la preocupación por el bien común. Luego la tradición fue llevando a definir política como las estrategias para llegar a algún fin. En esta concepción maquiavélica se mezclaban dos impresiones ambiguas, que sin embargo, convivían armónicamente. Pero ahora, donde prima la felicidad personal sobre cualquier bien común, la política se torna en el medio según el cual cada uno tira para el lado que más le convenga, generando toda suerte de luchas por el poder y el dominio, y lógicamente dejando excluidos a quienes no tienen la manera de sobrevivir en esta batalla campal. Cada cual busque su felicidad.

Desde esta perspectiva la política deja de preocuparse por configurar el bien común y por tanto no es difícil que entren en el juego de la manipulación, los grandes ganadores de la confusión: quienes manipulan todo a su acomodo e imponen sutil o brutalmente, su voluntad. Aquí surgen la globalización, el neoliberalismo, la apertura económica, la privatización del estado, entre otras. En todo caso, la política de lo apolítico en el postmodernismo si bien es cierto que tiene preocupada a una buena cantidad de pensadores y líderes, por otro lado tiene contentos a aquellos pescadores de río revuelto.

Pero, finalmente, también la concepción apolítica de la política por parte de la cultura postmoderna, se convierte en todo un reto, para quienes tengan ciertas intenciones serias respecto de la educación de la juventud, y en general del destino del mundo. Ante semejante amenaza, como lo es la institucionalización del egoísmo, es preciso generar una conciencia del bien común, de la política en su sentido primitivo y noble; es decir educar las conciencias con el ánimo de realizarse y de alcanzar la felicidad todos juntos como especie humana.

1.1.6.- LO SOCIAL.

En estrecha concordancia con el apartado anterior, encontramos la concepción postmoderna de la dimensión social. Esta dimensión que siempre ha sido considerada inherente a la naturaleza humana, en la concepción postmoderna se mantiene, sólo que con unos rasgos particulares.

Por lo general se ha entendido la dimensión social como aquella por la cual el hombre se beneficia de los otros y a la vez se debe a los otros. Esta concepción de lo social en un marco amplio, se cuestiona desde la mentalidad postmoderna y se reduce simplemente como aquella dimensión por lo cual yo me uno, o asocio o junto, con otros que me pueden asegurar el pasarla bien sin comprometerme a nada.

De la primacía del altruismo se quiere pasar a una recuperación de la dignidad de la individualidad humana, pero atravesando un amplio marco que nos lleva al desprecio de la ascesis, del trabajo y el compromiso por el que está al lado sufriendo; sólo interesa el disfrutar; los otros son importantes si nos aseguran el estar bien.

De otra parte, algunas tendencias NC nos proponen retomar algunas prácticas como el ascetismo, la austeridad, etc. Sólo que en una dimensión mas bien romántica y psicológica, que realmente cristiana. No vale, por tanto, una simple llamada a la austeridad frente a la sociedad consumista y hedonista. Detrás de la recuperación de un cierto ascetismo de vida, de vuelta a reivindicar el trabajo, la disciplina y la negación del despilfarro, no se halla necesariamente la solidaridad.

Mardones nos presenta cómo M. Novak, uno de los ideólogos católicos del NC americano insiste repetidamente en que, tras el ahorro y la inversión a la búsqueda de rentabilidad, está inscrita, quiérase o no, una ética de la solidaridad. La lógica del sistema conduce a la preocupación por los otros. Es difícil creer que las relaciones de intercambio impulsadas por el interés propio calculado produzcan una "solidaridad" que exceda los intereses del grupo o clan. Más que una ética de la solidaridad, se produce una ética corporativista, gremial.

Tampoco la nueva llamada al ascetismo y la austeridad de vida supone un cambio de orientación en la lógica de la producción, la rentabilidad y las relaciones mercantiles, y sin un giro en la orientación del dinamismo productivo, podremos, por mucho, colaborar a la recuperación del sistema, pero no detener su marcha hacia la explotación de los deseos humanos. La austeridad que se propone para esta época es como una terapia coyuntural para el sistema, pero no un remedio. Por esta razón, este ascetismo no se hace en nombre de la solidaridad y la justicia, sino del mantenimiento del sistema. Y no genera solidaridad, sino corporativismo.

Utilizar motivaciones religiosas para extender y legitimar esta recuperación de la austeridad es funcionalizar la fe, y atentar contra lo que debiera ser, por lo menos, el inicio de la institución de una sociedad mucho más humana y justa.

En síntesis, es preciso explicitar que ningún movimiento reaccionario, por más justificado que crea estar, puede pretender batir las banderas de un individualismo necesario en contra del sentido de justicia, equidad, dignidad y

solidaridad.

2.- LA AUTÉNTICA VIDA CRISTIANA.

En este segundo apartado trataremos de vislumbrar algunos de los elementos constitutivos de la fe cristiana. Estos elementos constitutivos son como los pilares del cristianismo, y para poderlos conjugar luego con lo que caracteriza la mentalidad o el estilo Postmoderno, lo hemos dividido en tres dimensiones: "implicaciones personales de la fe", "implicaciones comunitarias" e "implicaciones sociales".

2.1- LAS DIMENSIONES DE LA FE.

2.1.1.- LAS IMPLICACIONES PERSONALES DE LA FE: EL CONCEPTO DE SALVACIÓN.

En este primer momento es necesario precisar que la fe cristiana, por tratarse de un estilo de vida particular, implica en un primerísimo lugar, la singularidad de la persona. La fe en Cristo, la adhesión a su persona y a sus enseñanzas, no puede entenderse como un fenómeno sociológico, o cultural, (aunque tengan algo de esto). La fe en Jesús lleva a la persona a decir "yo creo en Jesús", que es algo mucho más íntimo y enraizado que decir "le creo a Jesús", es pasar del "Te Creo", al "Creo en Ti".

"Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación. ‹Puesto que sin la fe... es imposible agradar a Dios› y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que ‹haya perseverado en ella hasta el fin obtendrá la vida eterna›".

Y desde esta perspectiva es necesario aclarar lo que significa el concepto de salvación.

A lo largo de los siglos en toda la historia de la humanidad, los hombres siempre han engendrado dentro de sí una preocupación que rebosa sus sueños, anhelos, ambiciones y conocimientos: la idea de la trascendencia. Siempre ha habido hombres y mujeres, en todos los momentos y lugares de la historia que les desvela la idea de dejar de ser; que el simple hecho de imaginar que algún día ya nadie dará cuenta de ellos, no les permite descansar en su incesante tarea de dejar huella.

Y para el cristianismo esta preocupación no es ajena. Y tan propia le es esta dimensión humana que le ha dedicado grandes tiempos, reflexiones y escritos al tema, bajo el concepto de la salvación. Para mucha gente este término que pareciera un poco extraño, debido a que la humanidad ha alcanzado un alto grado de desarrollo, autonomía y grandeza, está resultando vital, hasta el punto que hay decenas de miles de gentes en las ciudades de América Latina, que han vendido su alma, su tranquilidad y hasta su conciencia a ideólogos y pastores que les han convencido de que están supremamente perdidos y tremendamente necesitados de salvación.

Este fenómeno no deja de llamar la atención, más aún cuando en este tipo de engaños caen no sólo gentes de escasa cultura, sino también grupos completos de reputados intelectuales y estudiosos.

Lo que se ha puesto de moda a finales de este milenio es el comercio de salvación. En todo lugar, y de parte de los más diversos grupos, estamos permanentemente recibiendo ofertas de salvación y felicidad. Grupos religiosos de todos los calibres, filosofías de todas las latitudes, estilos de vidas realmente hermosos, (y por lo mismo irrealizables y que ocasionan tremendas frustraciones).

Para el cristianismo verdadero, este concepto de salvación implica, no un estado de angustia existencial donde reina el temor y la amenaza (ya que el que no acepte a Jesús y lo que "él mande", entonces necesariamente será castigado y condenado), sino más bien un conocimiento alegre de la buena nueva de Jesús, la aceptación gozosa de su mensaje y la adhesión libre e igualmente gozosa a su persona.

El Catecismo de la Iglesia Católica involucra un apartado acerca de la salvación, en su capítulo sobre "Nuestra Vocación a las Bienaventuranzas". Y muy ligado al concepto de bienaventuranza y salvación hallamos un espacio para "el deseo de felicidad".

Se menciona en el citado texto que "las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad" y anota que "este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre con el ánimo de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer...".

Como reforzando la estrecha relación entre bienaventuranzas, la salvación y la felicidad, se nos dice: "Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe" "Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la salvación, la filiación, el descanso en Dios".

Otro elemento importante asociado a la salvación es el que se relaciona con la liberación: "Liberación y salvación. Por su cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que les tenía sometidos a la esclavitud. ‹Para ser libres nos libertó Cristo›, en Él participamos de ‹la verdad que nos hace libres›. El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol ‹donde está el espíritu, allí está la libertad› Ya desde ahora nos gloriamos de ‹la libertad de los hijos de Dios›".

En síntesis, el concepto cristiano de salvación va estrechamente ligado a la búsqueda de felicidad, pero por su naturaleza, supera el concepto e ideal de una felicidad que se agota fácilmente desde las miras meramente humana, ya que implica el concepto de liberación, con todo lo que ello trae consigo, y en el ámbito de una salvación integral, no sólo física, política o económica; pero tampoco espiritualista, elevada y etérea.

Identifiquemos ahora algunos elementos claves para la compresión de las implicaciones personales de la fe en Cristo.

2.1.1.1.- LA VIDA ESPIRITUAL.

Un primer elemento, que también está ahora de moda entre los Postmodernos, es la vida espiritual, pero para que la espiritualidad cristiana, responda verdaderamente a lo que debe ser, es preciso entenderla como el cultivo de la interioridad, a través del abandono en Dios, e invocando siempre la asistencia del Espíritu Santo, que nos lleva a discernir la voluntad del Padre, y que nos fortalece desde dentro con el fin de poder llevar a cabo la misión que nos ha sido confiada.

En esto es importante aclarar que la vida espiritual desde la perspectiva de fe en Cristo, es algo radicalmente diferente a cultivar la interioridad a la manera de los orientales (que también está alcanzado un auge impresionante), con técnicas netamente humanas, para alcanzar paz interior, tranquilidad y "armonía con el cosmos". Estos elementos innegablemente ayudan a producir una sensación de bienestar y de calma necesarias para que como seres humanos nos libremos de tensiones que nos atan, pero la espiritualidad cristiana va más allá e implica todo el ser de la persona, no sólo su mente o su psicología.

"En esta nueva religiosidad –(habla sobre el fenómeno del ‘retorno a lo religioso’)–, y en especial a la New Age, el término espiritualidad asume connotaciones bastante alejadas de lo que la Iglesia Católica entiende por ella. Es considerada, según Marylin Ferguson, en una clave de esta conspiración pacífica que debe caracterizar la Era de Acuario, la cual se expresa y ofrece a través de numerosos caminos o métodos inspirados en las más diversas fuentes y con características muy especiales. En la teología espiritual católica sabemos que la espiritualidad se caracteriza por su cristocentrismo, donde somos conducidos por el Espíritu Santo que nos revela a Cristo y nos compromete con las realidades humanas que están llamadas a ser cristificadas".

Para esto resulta oportuno citar una expresión pronunciada por Mardones: "contemplación de los ojos abiertos". No se trata, y en esto es necesario insistir, de cultivar una actitud interior, espirtualista, más que espiritual. Y al hablar de la contemplación de los ojos abiertos, hacemos referencia a una espiritualidad encarnada, realista y comprometida con el medio en el cual esté inserta.

Por otro lado, en cuanto a la necesidad de diferenciar cierta "interioridad" de la Espiritualidad Cristiana, y de evitar justificaciones, o mejor, reducciones de nuestra vida espiritual, debemos valorar en su debida medida, el cacareado retorno a lo religioso o a lo sagrado, sin llegar a considerar este fenómeno como positivo ante las pretensiones cristianas de oración, liturgia y mística.

"Podemos afirmar con cierta seguridad que el florecimiento y el éxito de la New Age, en gran parte constituyen un signo de la necesidad de lo sobrenatural, donde muchas personas se sienten atraídas por sus ideales de perfección espiritual. Será necesario, por lo tanto, revalorizar los medios y la experiencia espiritual de la Iglesia para recorrer junto al Señor y los hermanos este camino de la vida sobrenatural que le concede la vitalidad a nuestro testimonio. Así la señalaba Pablo VI al afirmar que ‘sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá la brecha en el corazón de los hombres de estos tiempos’....".

2.1.1.2.- LA VIDA LITÚRGICA.

La vida litúrgica cristiana, bien entendida, es una manera evolucionada de vida espiritual, que se abre a la posibilidad de la contemplación profunda de lo divino en Cristo, y además que nos lleva a reconocer esta contemplación ante los otros, con los otros y en los otros.

En la descripción anterior hallamos tres elementos fundamentales. En primer lugar lo que respecta a la contemplación de la divinidad. La liturgia tendría que entenderse como apertura a lo infinito, a lo divino. Es la dimensión de la contemplación del ser humano finito, limitado, ante una realidad que le sobrepasa, que escapa a su comprensión humana y que le lleva a abrirse desde la fe, a otras posibilidades que resultan más impresionantes y liberadoras.

En segundo lugar nos referimos a lo que tiene que ver con expresar la fe ante los otros. Esto es lo que podríamos llamar el testimonio, es decir, el proclamar nuestra fe públicamente, y el ser testigos de lo que vivimos, delante de los hombres, para que sepamos que nuestra fe no debe estar encajonada, y para mostrar a los demás que esta misma fe aún es posible y que de hecho ya se está haciendo realidad.

Otro elemento fundamental es el de la dimensión comunitaria o eclesial de nuestra fe. La adhesión a la persona de Jesús, tiene serias implicaciones comunitarias, y en la celebración de la liturgia, esta dimensión debe estar siempre presente. Para nosotros, no se entiende la liturgia como un acto privado y excluyente, es nuestro deber celebrar, juntos como hermanos, la fe por la cual nos sentimos salvos.

Un elemento fundante de la liturgia es el que hace referencia a lo festivo. Esta dimensión litúrgica que está tan estrechamente ligado al concepto de celebración, debe mantener siempre, y en esta época de Postmodernidad con mayor razón, el carácter de festividad, alegría, gozo.

Finalmente, es preciso hacer referencia al carácter divino de la liturgia, según el cual ésta es iniciativa de Dios, y por ello la alabanza surge en la persona y en la comunidad como un don suyo.

La segunda parte del Catecismo de la Iglesia Católica, titulado "La celebración del misterio cristiano", en su primera sección nos habla de la liturgia como obra de la Santísima Trinidad, en la cual el Padre es la fuente y fin de la liturgia, el Hijo lleva a cabo su obra en ella y el Espíritu Santo como quien prepara a la Iglesia para recibir a Cristo, para recordar y actualizar permanentemente el misterio de Cristo y para que por medio de la liturgia se asegure la comunión en el mismo Espíritu.

2.1.2.- LAS IMPLICACIONES COMUNITARIAS. EL CARÁCTER ECLESIAL DE LA FE.

Para el creyente en Cristo, la fe no es algo que añade a su vida, como un título profesional o como un artículo determinado, la fe es algo que le constituye a sí mismo, que es inherente a su persona, y de la misma manera que el carácter social hace parte de la naturaleza de toda persona, el carácter eclesial de la fe hace parte fundante de la experiencia cristiana.

A la manera de vivir como Iglesia se le denomina vida comunitaria. Es decir se vive en común unidad, tanto de bienes espirituales como materiales.

2.1.2.1.- LA VIDA DE LA COMUNIDAD: TENÍAN TODO EN COMÚN.

Este carácter eclesial de la fe nos remite a los inicios de las comunidades cristianas, en las cuales se manifestaba de manera diáfana la presencia del Espíritu de Jesús, a través de cada uno de los acontecimientos de cada uno de los fieles al interior de su comunidad.

Ilustremos esto que se ha dicho, a través del relato de los Hechos de los Apóstoles:

"La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder, y aquél era para todos un tiempo de gracia excepcional.

Entre ellos ninguno sufría necesidad, pues los que poseían campos o casas los vendían, traían el dinero y lo depositaban a los pies de los apóstoles, que lo repartían según las necesidades de cada uno. Así lo hizo José, un levita nacido en Chipre, a quien los apóstoles llamaban Bernabé (que quiere decir: "El Animador"). Éste vendió un campo de su propiedad, trajo el dinero de la venta y lo puso a los pies de los apóstoles". (Hch. 4, 32ss)

Una cosa debe quedarnos clara, esta actitud de comunión no surge simplemente de los buenos propósitos de los reunidos, es una actitud que se alimenta de las más profundas fuentes espirituales, y que por los efectos de estas mismas fuentes, se produce en los fieles la actitud de la comunión eclesial.

Pasando ya al ámbito de la aplicación, se hace necesario que todos los cristianos nos abramos a la acción del Espíritu Santo, para que éste nos impulse a comunicar todo los que somos, sabemos y tenemos en beneficio de quienes conformamos la Iglesia, y una vez inundados de este Espíritu, actuemos decididamente por llevar a cabo todos los ideales de la vida común. De esta forma se habrán cumplido los principios básicos de la acción comunitaria cristiana: "iniciativa de Dios a través de la acción del Espíritu Santo y decisión de la persona, para captar y llevar a cabo las mociones que recibe del Espíritu Santo".

2.1.2.2.- LA MISIÓN DE LA COMUNIDAD: A LOS POBRES SE LES ANUNCIA LA BUENA NUEVA.

Ahora bien, ya se había mencionado en un apartado anterior que el cristianismo posee un carácter especial, que lo distingue claramente de otras religiones y denominaciones: Se trata de las implicaciones sociales de la fe, y que marca la diferencia en cuanto a que no se queda en la contemplación extática y espiritual (aunque la posee), sino que se abre a la dimensión del otro.

Dicha característica esencial se enmarca en la contemplación activa del misterio de la encarnación. Ya desde los tiempos veterotestamentarios se afirmaba con propiedad: "nuestro Dios es un Dios vivo", lo que se confirma plenamente cuando nuestro Dios se hace hombre, y planta su tienda entre nosotros, y así nos lo recuerda el magisterio de la Iglesia:

"Jesús nació del Pueblo elegido, en cumplimiento de la promesa hecha a Abraham y recordada constantemente por los profetas. Estos hablaban en nombre y en lugar de Dios. En efecto, la economía del Antiguo Testamento está esencialmente ordenada a preparar y anunciar la venida de Cristo, Redentor del universo, y de su Reino mesiánico. Los libros de la Antigua Alianza son así testigos permanentes de una atenta pedagogía divina. En Cristo esta pedagogía alcanza su meta: El no se limita a hablar « en nombre de Dios » como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo. Es lo que proclama el Prólogo del Evangelio de Juan: « A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del Padre, El lo ha contado » (1, 18). El Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana. Es misterio de gracia".

Cuando el cristiano decide de manera consciente y radical asumir lo que la fe implica, debe mantener siempre presente que es necesario adherirse a la persona de Jesús en plenitud, y de una manera particular a su proyecto vital: "El Reino de Dios". Esta claridad respecto al Reino de Dios, como misión fundante de la vida y hechos de Jesús es importante en el momento de delimitar el proyecto personal de vida de todo cristiano.

Por lo mismo es importante resaltar el carácter preeminente que ocupa el Reino de Dios. La misión de todo creyente en Jesús es trabajar por el Reino, y en consecuencia esa es la misión de la Iglesia, lo que debe llevarla a toda ella a trabajar teniendo en cuenta siempre que debe ser consecuente con los propósitos de Cristo acerca del Reino. De ninguna manera debe centrarse la Iglesia en trabajar por sí misma como si fuese el centro de la misión de Jesús. De esta misma manera es preciso tener claridad sobre el significado de la Iglesia: esta es instrumento del Reino. La Iglesia es la reunión de quienes trabajan por el Reino. Lo importante de la Iglesia, y en esto es importante enfatizar, es que le dé la máxima importancia al Reino.

No se trata, y en esto es preciso hacer claridad, de minusvalorar la misión, y acción de la Iglesia, que tiene como fundamento el Reino de Dios, ni mucho menos desvincularla de su estrecha relación con este. Iglesia y Reino de Dios, no son términos excluyentes, más bien son inter–dependientes y co–relacionados.

"La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama a la conversión; éste es el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las personas y en la sociedad humana. La salvación escatológica empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en Cristo: « A todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1, 12).

La Iglesia, pues, sirve al Reino, fundando comunidades e instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la madurez de la fe y de la caridad, mediante la apertura a los demás, con el servicio a la persona y a la sociedad, por la comprensión y estima de las instituciones humanas.

La Iglesia, además, sirve al Reino difundiendo en el mundo los « valores evangélicos », que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que la realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los « valores evangélicos » y esté abierta a la acción del Espíritu que. sopla donde y como quiere (cf. Jn 3, 8); pero además hay que decir que esta dimensión temporal del Reino es incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo, presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica.

Las múltiples perspectivas del Reino de Dios no debilitan los fundamentos y las finalidades de la actividad misionera, sino que los refuerzan y propagan. La Iglesia, es sacramento de salvación para toda la humanidad y su acción no se limita a los que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez promotora de los valores evangélicos entre los hombres. La Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo, la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la salvación escatológica.

La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios, como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración enseñada por Jesús. Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo « entregue a Dios Padre el Reino » y « Dios sea todo en todo » (1 Cor 15, 24.28)".

Más pruebas de esta estrecha relación entre la Iglesia y el Reino de Dios, nos lo pone en evidencia el Catecismo, no sólo recordando que la Iglesia trabaja por el Reino, sino más aún, estableciendo que la Iglesia es ya la manifestación del Reino, cuando afirma que "corresponde al hijo realizar el plan de salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su ‘misión’. ‘ El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras’. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo presente ya en misterio"

Cuando en medio de su cautiverio, Juan El Bautista envía a sus discípulos, para indagar a Jesús si era él el que tenía que venir o si tendrían que esperar a otros, la respuesta de Jesús fue clara y categórica:

"Vayan y cuéntenle a Juan lo que ustedes están oyendo y viendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y una Buena Nueva llega a los pobres. ¡Y dichoso aquél para quien yo no sea motivo de escándalo!".

Esta respuesta de Jesús nos ilustra acerca de los signos que hacían palpable la presencia del Reino de Dios. De la misma manera nos corresponde a nosotros como cristianos hoy, buscar la manera de hacer visible ese Reino de Dios entre quienes nos rodean; y aquí nos referimos no sólo a los hermanos en la fe, sino a todos los hombres, para responder al llamado que nos hace Jesús respecto de trabajar por hacer discípulos suyos a todos los hombres en todos los rincones de la tierra.

Ilustremos lo anterior con el siguiente pasaje del Evangelio:

"Vayan y proclamen en mi nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Ustedes son testigos de todo esto".

En este pasaje, que es como un testamento, se nos encarga a todos los que nos adherimos a Jesús, a ser sus testigos, a proclamarlo en primer lugar a quienes están cerca nuestro, "...comenzando por Jerusalén"; y luego

todos los confines de la tierra. Este anuncio de la Buena Nueva no cae en la acepción de personas, lugares, en general no hace discriminación alguna.

Y la razón de esta universalidad de la Buena Nueva es muy sencilla. Puesto que la Buena Nueva no es otra que la del Reino de Dios, entonces estamos llamados a llevar a cabo las señales visibles de este Reino en "todas las naciones".

2.1.3.- LAS IMPLICACIONES SOCIALES: PORQUE TUVE HAMBRE Y ME DISTE DE COMER.

El otro elemento constitutivo de la doble perspectiva a la que hemos hecho referencia, es el que tiene que ver con las manifestaciones que nos llevan a lograr la salvación. Para ilustrar mejor esta dimensión es necesario que recurramos al siguiente texto del Evangelio:

"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de Gloria, que es suyo. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos. Colocará a las ovejas a su derecha y a los chivos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver.»

Entonces los justos dirán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y te fuimos a ver? El Rey responderá: «En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí.»

Dirá después a los que estén a la izquierda: «¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron.»

Estos preguntarán también: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?» El Rey les responderá: «En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con alguno de estos más pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí.»

Y éstos irán a un suplicio eterno, y los buenos a la vida eterna". (Mt. 25, 31-46)

Este pasaje que se presenta como gran conclusión del discurso escatológico del Evangelio de San Mateo, nos trae una concepción novedosa de salvación, no sólo para la mentalidad judía, sino aún para nuestros tiempos, ya que se deja en claro que la esencia del cristianismo, no radica en la cuestión espiritualista, (entendido éste como contemplación etérea), ni en la dimensión cúltica (adoración carismática); aunque en la vivencia de los fieles se hallen presente estos elementos. Lo esencial de la actitud y actividad cristiana, radica pues, en la actitud de amor hacia todos los otros, preferentemente hacia quienes tienen mayores necesidad de este amor misericordioso, oblativo y desinteresado.

"Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es amor".

No en vano, este pasaje (Mt. 25, 31-46) que se ha identificado por la tradición ulterior como el del juicio final, nos deja en claro que la actitud de amor es la que se utilizará como criterio de valoración por parte de aquel que tuvo "el amor más grande".

"Por encima de todo la caridad. Para concluir esta presentación es oportuno recordar el principio pastoral que enuncia el Catecismo Romano:

Toda la finalidad de la doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no acaba. Porque se puede exponer muy bien lo que es preciso creer, esperar o hacer; pero sobre todo se debe siempre hacer aparecer el Amor de Nuestro Señor a fin de que cada uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro término que el Amor".

Sin duda alguna que esta dimensión social que exige una opción clara y radical hacia el otro más necesitado, es un elemento supremamente valioso dentro del cristianismo, y aunque desafortunadamente ha estado algo olvidado durante algunos períodos de la historia de la Iglesia, la situación de miseria y abandono de muchos hombres en un gran número de países del mundo, ha hecho que, igualmente, cada vez un número mayor de cristianos se sientan comprometidos en esta lucha por la dignidad humana, que en últimas es una lucha por hacer posible y visible el anuncio e instauración del Reino de Dios.

Nos debe quedar claro, ante todo, que el principio de la Caridad que recién mencionamos debe ir unido estrechamente a la fe, para evitar las confrontaciones entre salvación por la fe y justificación por las obras, lo que de todas formas se desarrolla con profundidad en la doctrina paulina de la justificación por la fe, y el llamado a demostrar dicha fe por las obras, como lo trabaja Santiago en su carta.

3.- POSTMODERNIDAD Y VIDA CRISTIANA.

Una primera cuestión que tendremos que plantearnos es sobre la relación que existe o podría existir entre los elementos denominados Postmodernidad y vida cristiana.

Para ello nos vamos a referir a toda una serie de movimientos o tendencias socio–político–culturales, que imperan en nuestro medio, entre ellas, lógicamente, la Postmodernidad, y si en realidad puede haber algún tipo de relación positiva con lo que constituye los fundamentos del ser cristiano.

Los inconvenientes se inician desde el momento mismo en que se trata de definir el alcance y contenido que se acogen bajo tres denominaciones principales que son: Postmodernidad, Neoconservadurismo, y Modernidad. Pero todo diálogo socio–cultural se realiza, quizá inevitablemente, bajo la sombra de tales cuestiones. Es necesario exponer los diversos puntos de vista o problemas fundamentales donde surge la relación o la contraposición entre la fe y estas tres tendencias mencionadas. Es decir, la idea es tratar de presentar aquellas cuestiones que desafían o interrogan más claramente a la fe cristiana desde la sensibilidad de nuestro tiempo. Como esta temática es ciertamente compleja y no es más que una tentativa de discernimiento que conlleve al diálogo religioso–cultural, estamos ante una tarea abierta que nunca puede darse por concluida, y que evidentemente tendrá una amplia gama de posibilidades para ser abordada.

3.1.- LOS APORTES DE LA POSTMODERNIDAD A LA VIDA DE LA IGLESIA.

Partiendo del supuesto consenso existente entre las dos tendencias socio–culturales predominantes: Postmodernidad y Neoconservadurismo, como manifestaciones más o menos críticas, superadoras, legitimadoras o aberrantes de la sociedad y cultura moderna, es importante tratar de ver, al hilo de lo que la Postmodernidad y el Neoconservadurismo quieren recuperar y reivindicar, el momento de verdad moderno o, mejor, las cuestiones del (proyecto de la modernidad) que muestran su pertinencia para la fe y la cultura.

Un primer elemento que habría que tratar es el que tiene que ver con el relativismo. ¿Cómo una tendencia cultural en la cual no se asigna cierta dignidad, o preferencia si se quiere, a unos elementos sobre otros, puede resultar compatible con el espíritu del cristianismo, el cual define claramente sus parámetros? O en otros términos ¿puede el postmodernismo, con las características mencionadas anteriormente, aportar algo a la vida de una Iglesia que sigue patrones de tan largas tradiciones?

El pensamiento Postmoderno se niega a la fundación última y a los saberes definitivos. Tampoco cree posible dar un sentido objetivo y total a la vida y a la historia. Cree poco en la potencia de la razón humana. Brota de aquí una actitud desencantada respecto de la razón radical del pensamiento moderno ilustrado puede desembocar en el nihilismo, pero puede dar origen también a una nueva disponibilidad religiosa.

Sintetizo los rasgos más característicos de esta nueva disponibilidad religiosa Postmoderna. Un asunto que se muestra interesante es que sea respetuosa con el absoluto de la trascendencia, iconoclasta con la idolatría de las fórmulas y ritos, así como con la identificación de lo divino con las instituciones concretas. Inclinada hacia el momento místico atisba en la mirada inaugural a las cosas el manantial del ser desde el que la presencia misteriosa comunica gratuitamente el sentido. Es decir, que entraría en una dinámica más contemplativa y carismática y menos institucionalizada y por ello mismo alejada de la experiencia vital. Como consecuencia de lo anterior sería una religiosidad de la experiencia, que cree porque ha degustado de alguna manera la gran presencia ausente; es proclive a la expresión paradójica y a valorar el sentimiento por encima de la lógica. Estos dos elementos con todas las consecuencias que se alcanzan a percibir serían un grandioso aporte a la vida eclesial que algunas veces decae en la rutina, la tradición (con minúscula), y en los formalismos alejados de cualquier implicación vital.

A todo lo anterior es preciso agregar una mejor pensada pero a la vez contundente apología a la valiosa tradición de nuestra Iglesia, que no se puede abandonar, por su carácter divino primeramente, y por la riqueza que con su caminar por los siglos ha acumulado, no para acaparar, sino para acercarnos cada vez más a la vivencia del Reino y a la contemplación del Padre por quien Cristo y el Espíritu continúan trazando caminos para la humanidad entera.

Es preciso que deduzcamos, brevemente, las cuatro sugerencias fundamentales o posibilidades positivas que se pueden presentar en la sensibilidad y pensamiento Postmoderno respecto a la fe cristiana. En ellas hay recuerdos y tareas para el quehacer teológico y pastoral.

El pensamiento Postmoderno pone de relieve la insuficiencia de los planteamientos exclusivamente racionales (ilustrados) ante los problemas últimos. Hay, por tanto, una crítica abierta a la dimensión funcional–instrumental o científico–técnica de la razón predominante en la sociedad y cultura modernas. Para percibir la realidad que late en toda realidad no hay que intentar tanto atraparla o someterla, cuanto no rehusar someterse a ella. Y este abandonarse supone una actitud anti–objetivista, descosificadora, desfundamentadora, abierta y a la expectativa del acontecer de cada cosa en cada instante.

En esta perspectiva de crítica a la racionalidad llevada al extremo, se percibe también una crítica al colonialismo occidental que enmarca todo dentro de la razón instrumental y comunicativa, y que ha llevado a desestimar otras realidades importantes no sólo en la vida común de los hombres, sino también en el desarrollo de la religiosidad que se puede abrir a perspectivas y experiencias diferentes a la captación racional de los hechos de la historia salvífica, y de la vivencia y experiencia de Dios.

El saber sobre el absoluto es débil. Esta sería otra consecuencia del pensamiento Postmoderno. Algo muy sabido por la teología y el teólogo, pero que siempre corre el riesgo, como el olvido de lo obvio, de ser abandonado o perdido de vista.

En esta perspectiva, es interesante apreciar el parecer de Mardones:

"La sensibilidad Postmoderna funciona aquí como recordatorio, para todo hablar sobre Dios, del carácter siempre tentativo, aproximativo, coyuntural, de todo discurso sobre el absoluto. Está llamado a ser corregido, sustituido, completado, etc. Siempre vigilante para no incurrir en idolatría, para no blasfemar de lo que dice adorar".

Es decir, esta es una alarma que nos dispara la Postmodernidad, para recordarnos que el discurso sobre Dios siempre será insuficiente y que no dejará de ser más que un tenue balbuceo.

Del absoluto se sabe por experiencia estética. Es una consecuencia de lo anterior: del absoluto se tiene noticia desde la existencia personal total. El pensamiento Postmoderno, como ya se ha dicho anteriormente, tiende a recuperar la actitud estética. Con acentos que resultan de sabor místico secularizado, se propone una superación de la concepción funcionalista del pensamiento para avanzar por el camino del deleite. Profundizar en la verdad será una cuestión de experiencia estética. Estética de lo sublime, que en el caso del absoluto es totalmente pertinente, pues se trata de evocar una "presencia ausente" o impresentable (en términos místicos), por la vía de hacer sentir que hay algo que es impresentable, sublime.

Quizá se pueda ver aquí una sugerencia para una teología y una espiritualidad centradas en la cruz, la evocación cristiana desconsoladora de la presencia ausente, impotente, entregada, de la humanidad de Dios y en la opción por los pobres. Y sería además una buena forma de introducir en la mentalidad Postmoderna algo de sentido del otro que sufre, y de la solidaridad para con éste mismo.

Ante el fracaso de fundar el sentido objetivo de la vida y el mundo, surge la posibilidad de despertar el sentido gratuitamente recibido. La Postmodernidad insiste en el fracaso de los intentos racionales por justificar un sentido del mundo y la historia tras proclamar "la muerte de Dios". Esta situación nos abre al sentido de la gratuidad de Dios y pone en tela de juicio, nuevamente, la pretendida supremacía de la racionalidad en la interpretación del mundo, la realidad y la verdad. Ahora se ve más claro que tales proyectos son grandes relatos legitimadores de lo que se quiere realizar, pero no expresiones del sentido objetivo o de la verdad. Solo cabe, por tanto, dar nuestro sentido a la vida y a la historia, o bien descubrir la posibilidad de recibirlo gratuitamente. Incluso se puede rastrear en algunas posturas Postmodernas que el único modo de vivir con sentido es encontrarlo, desvelarlo en el origen de las cosas mismas. La sensibilidad Postmoderna ofrecería así una predisposición a una actitud religiosa afín con la inconmensurabilidad de la experiencia y la sospecha ahí del sentido trascendente; que se da gratuitamente o no se da. Quizá el silencio interrogante, ante el misterio de la Realidad, que no se atreve ni a negar ni a afirmar, sería la mejor expresión de esta religiosidad de la renuncia y la espera.

La Postmodernidad lleva en sus entrañas un impulso hacia el pluralismo cultural, que puede degenerar en un estrecho contextualismo. Pero leída positivamente esta tendencia, (actitud que debemos ir tomando respecto de las diversas posturas, sin caer en el relativismo), empuja hacia el respeto y el reconocimiento del otro en tanto que otro: las otras culturas, los otros estilos de vida. No sólo queda relativizada toda pretendida interpretación hegemónica, sino sobre todo, occidental, frente las demás culturas.

En el contexto de la dispersión católica hacia otros continentes y culturas diferentes de la noratlántica, hay en esta sensibilidad Postmoderna una llamada a una efectiva y real incullturación de la fe cristiana en esas

otras culturas que, sin duda, supondrá una Iglesia universal culturalmente policéntrica. Nos hallamos ante un desafío calificado de equiparable al que experimentó el judeo–cristianismo frente a la cultura helénica. Aquí podemos evocar, por un lado, los conflictos entre las tendencias paulina y petrina y el famoso episodio de los judaizantes; y por otro los dilemas que tuvo que afrontar la Iglesia primitiva al entrar en relación con otros medios culturales.

Ante este dilema de la incullturación, es preciso que se tengan en cuenta algunas actitudes claves, para evitar el relativismo o la simple cohabitación, sin más, de diversos contextos. Una primera es que cada uno tenga claro lo que cree, lo que quiere vivir; es decir que cada uno sepa cuáles son sus convicciones y que sea coherente con ellas.

"Un desafío eclesial y teológico que no se podrá afrontar solo con la prudencia defensiva, sino que requerirá una radicalización de la fe cristiana. Por que una mala solución Postmoderna sería apelar a una mera coexistencia de contextos culturales sin relación alguna. La identidad fundamental de las diversas inculturaciones exige un respeto y reconocimiento mutuos en libertad y justicia, a la vez que un ahondamiento en lo que realmente no une. Desarrollar las categorías puente de esta mediación intercultural, incluso los modos (narrativos y prácticos) para lograrlo, es el desafío ante el que nos sitúa esta asimilación cultural mutua de los diversos pueblos y culturas".

Procurando el acercamiento a una síntesis, podríamos llegar a plantearnos que en una buena proporción, a pesar de las engañosas apariencias, y de las aparentes dimensiones irreconciliables entre las tendencias culturales actuales y el cristianismo, se da el espacio para que éstas hagan un aporte a la vida de nuestra Iglesia y a la forma como hemos estado viviendo nuestro cristianismo, nuestra fe.

Pero atendiendo a la prudencia necesaria, tendremos que hacer algunos movimientos de alerta para evitar que algunas de las inclinaciones Postmodernas penetren en la forma de vida de cada uno de los fieles como elementos exclusivos en detrimento de otros, que no por pensarse caducos por la actual cultura, implica que de hecho lo estén y entonces los rechazamos de plano.

Esta advertencia la hace ya Mardones, de quien transcribimos el siguiente apartado:

"La Postmodernidad se puede leer, por tanto, no como una negación o liquidación de lo religioso, sino, quizá, como una nueva oportunidad. Pero no está exenta de ambigüedades y peligros graves. Sería interesante tratar de analizar la presencia de la sensibilidad Postmoderna en el cristianismo de hoy. Es decir, tratar de auscultar la contaminación de la sensibilidad Postmoderna dentro del cristianismo. Y ver como, junto a positivas revalorizaciones de la experiencia religiosa vía los sentimientos y de lo estético–simbólico, asistimos a manifestaciones alérgicas a las dimensiones crítico–sociales e intelectuales. Esta religiosidad cristiana (Postmoderna) inclinada a lo emocional, al esteticismo de los signos y poco proclive hacia la racionalidad, puede ayudar a formas o manifestaciones religiosas dogmáticas premodernas y a una espiritualidad blanda, que hace dejación de la confrontación con los retos sociales y con la dimensión política de la fe".

Más aún, es preciso advertir que el grave peligro de esta religiosidad es su adecuación al sistema o status quo. Puede ser la religiosidad que proporcione sentido a los hombres y mujeres desencantados por el deshechizamiento científico–técnico y de la racionalidad funcional de la modernidad, pero será una religiosidad que dejará sin tocar esta sociedad. Todo lo más, producirá pequeños grupos como mini–oasis en un vasto desierto pero incapaces de detener el implacable avance de la desecación del sujeto y del sentido de la vida y la historia, que son algunos de los hechos reales que amenazan a la humanidad en general, pero de manera particular a muchos de nuestros jóvenes, que no ven claramente el sentido de su existencia.

Desde este punto de vida, esta resumida confrontación con la Postmodernidad nos conduce, a su contraluz, de vuelta a la modernidad. Nos recuerda qué dimensiones del proyecto de la modernidad, si bien es cierto tienen que ser replanteados e incluso mermados, no se pueden abandonar fácilmente, so pena de pérdidas y regresiones. Es preciso insinuar, con la mirada puesta en la fe, los aspectos de la modernidad que hay que impulsar y desarrollar y de paso los elementos que la Iglesia, desde su perspectiva cristiana puede brindar a la condición Postmoderna para que alcance logros y desarrollos humanos integrales y liberadores.

Para ello es necesario precisar que en un ambiente en el que conviven múltiples formas culturales y sociales, no se puede llegar a una radicalización que se cierre a otras alternativas, ya que si bien es cierto, como se apuntó anteriormente, que "del absoluto se sabe por experiencia estética" según la tendencia postmoderna, también lo es que a través de la experiencia racional se puede llegar al conocimiento de Dios, y esta es una posibilidad respetable.

3.2.- LOS APORTES DE LA VIDA CRISTIANA A LA POSTMODERNIDAD.

Repensando este apartado, creo necesario plantear, como ya lo esbocé recién en el párrafo anterior, aquellos elementos que la Iglesia trabajó de una forma u otra en la modernidad, y que son necesarios para complementar de manera ideal los elementos novedosos y positivos que nos plantea la Postmodernidad. Que quede claro que no sólo se hará referencia a elementos de la vida cristiana en sus dimensiones fundamentales y "teóricas", sino también cómo se ha vivido (¿o se vive?) por parte de los fieles en el período de la modernidad.

Un primer elemento a tener en cuenta es la recuperación de la racionalidad crítica. Es obvio que se debe buscar una mayor mesura en cuanto las pretensiones de esta racionalidad, ya que la crítica de la Postmodernidad en este sentido, nos hace percatarnos de los abusos cometidos por los modernos que pretendieron alcanzar el cielo con "las manos de la razón" y que no produjeron mas que desencanto y desilusión, generando la pérdida de cualquier rumbo para la existencia humana.

En el desarrollo de las convicciones Postmodernas se ha generado una actitud defensiva hacia todo lo que tiene que ver con la absolutización de ideas, formas e instituciones, lo que se denomina como la "sospecha". En lo que tiene que ver con el carácter social y antropológico de la religión es preciso estar atentos para que la Iglesia no incurra en una hibridación por la cual se disfrace con piel de religión y de buenas intenciones algún proyecto meramente humano, social o psicológico. Pero es igualmente importante tener en cuenta que la Iglesia debe abrirse a un diálogo con la cultura (inculturarse) y aprovechar la ya amplia senda que ha abierto desde su "aggiornamiento", haciendo referencia a la figura utilizada por Juan XXIII para denominar el espíritu que animaba el Concilio Vaticano II. Ignorar este camino que se ha seguido supondría la pérdida de ilustración de la religión y de la vigilancia del espíritu crítico que fácilmente nos conduciría a ser ciegos ante las funciones ideológicas de la religión y a dejar al creyente en manos del devocionismo y del fundamentalismo más o menos dogmático, que es otro de los riesgos que tiene el hecho de priorizar la experiencia carismática, el sentido estético y el desarrollo místico de la religiosidad, en franco detrimento de otras dimensiones de nuestro ser cristiano.

Es necesario que desde la experiencia cristiana de nuestra Iglesia aportemos al pensamiento Postmoderno algo de apertura hacia un proyecto social, que si bien es cierto tendrá que pensarse con mesura, también tiene la responsabilidad de salir de sí mismo y generar una actitud crítica ante los sistemas, proponiendo parámetros de acción social solidaria. Y más aún, teniendo en cuenta que la Postmodernidad, acude al pensamiento fácil (¿o al no pensamiento?), y que en ciertas líneas fundamentales no se puede empalmar con los fundamentos de la vida en Cristo, es preciso propender por una superación exitosa de ésta misma Postmodernidad.

Esta apertura debe llevarnos también a analizar que la crítica postmoderna de la modernidad no puede suponer el abandono del espíritu de confrontación y diálogo con la modernidad y su racionalidad. Menos aún, permitir que encuentre aliados en posturas pre–modernas que no solo desconfían de la razón crítica, sino que nunca la conocieron ni aceptaron, ya que otro de los vacíos que puede experimentar el postmodernismo es, no la crítica al racionalismo extremo, sino la opción por una conducta irracional. En otros términos se puede estar cayendo en lo mítico (entendido en su acepción primitiva), bajo la disculpa de lo místico.

Un elemento interesante que aporta la tradición eclesial a la nueva sensibilidad postmoderna, es el que tiene que ver por la preocupación por lo ecológico y natural. No sólo se trata de trabajar en bienestar del medio ambiente, como en un afán por asegurar la existencia física. El mundo, obra del amor infinito de Dios para con los hombres, es un don que hemos recibido, no en propiedad, sino en calidad de administradores, por lo que debemos atender a la buena administración como quien asume responsablemente una tarea delegada, no como una carga pesada, sino como a quien le ha sido confiada una tarea con amor.

Además podemos involucrar en este aspecto, la dimensión mística cuando al contemplar la creación, el mundo que nos rodea, surge, por le fe, el reconocimiento de la presencia del creador:

"Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y a amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas ‘vías’ para acceder al conocimiento de Dios. Se les llama también ‘pruebas de la existencia de Dios’, no en el sentido de las ciencias naturales, sino en el sentido de argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas.

Estas vías para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación: el mundo material y la persona humana".

En este mismo aspecto cabe resaltar la sutil forma como, a pesar de la aparente riña entre los postulados científicos y los principios de la fe, especialmente en lo que atañe al tema creación/evolución, existe, por lo menos desde el punto de vista de la fe, un vínculo que conlleva a la admiración de lo que nos rodea, y sobre a todo a valorar cada vez más los esfuerzos de la fe, no por despejar las dudas respecto de "cuando y cómo surgió materialmente el cosmos ni cuando apareció el hombre, sino más de descubrir cuál es el sentido de tal origen...".

"La cuestión sobre el origen del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar aún más la grandeza del creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y sabiduría que da a los sabios e investigadores. Con Salomón estos pueden decir: ‘fue él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos... porque la que todo lo hizo, la sabiduría, me lo enseñó’ (Sb. 7, 17)".

Con respecto a este tema de la relación con la naturaleza y la preocupación por la ecología, es preciso que se fomenten, desde la reflexión teológica, la catequesis y en general toda actividad pastoral, gestos y acciones en defensa de la naturaleza, tal y como lo indica el episcopado latinoamericano, al plantear como retos pastorales el "busca reacciones a favor de la paz, de la promoción y defensa de la dignidad humana, así como la cooperación en defensa de la creación y el equilibrio ecológico", y también al proponer como estrategia "preservar los recursos naturales creados por Dios para todos los hombres, a fin de transmitirlos como herencia enriquecedora a las generaciones futuras".

Otro aporte que la fe cristiana debe hacer al postmodernismo radica en la necesidad de generar cierta unidad racional como una manera de hacer valer su crítica a los intentos uniformadores abusivos que ignoraban cualquier pluralidad y una apertura a lo diferente.

"Sin duda, no podemos volver a situaciones culturales de cosmovisiones unitarias. Quizás solo quepa la unión argumentativa procedimental (Habermas). Pero la fe cristiana ilustrada no puede aceptar como sana una sociedad y cultura rota donde no solo el sentido de la historia, sino el sujeto y la realidad misma están amenazados".

Frente a la pérdida de sentido de la historia sustituida por la postmoderna literatura de la historia, la tradición cristiana debe alzar el recuerdo del dolor e injusticia de las víctimas de la historia.

Es decir debe reivindicar el recuerdo, la anamnesis, como un momento constitutivo del espíritu y la razón. Sin memoria no hay unidad de la razón y tampoco se puede defender a la historia de un uso arbitrario.

La condición postmoderna lucha por adquirir su propio lugar en su propia historia y pide que no sea condicionada por otros estilos, ni que sea sometida a estos bajo ningún argumento generalizado con pretensiones de legitimidad. Pero también es necesario que se haga claridad sobre cómo la historia debe ser tenida en cuenta para continuar favoreciendo realmente el crecimiento y desarrollo de hombres y mujeres, y para que ésta nos comprometa, –no nos condicione–, con quienes siempre han necesitado de la acción solidaria a favor de la justicia y la igualdad, con quienes han entregado su vida en la utopía de intenciones nobles, altruistas y elevadas por sobre intereses egoístas y mezquinos. En este sentido se involucra también la necesidad de llevar perennemente en el recuerdo la actividad de la Iglesia en la lucha por el Reino de Dios y por el hombre y la humanidad, y ya que su labor no está centrada en sí misma, sino en los fines del Reino, entonces su valía y actualidad, superan cualquier tendencia caprichosa que intente promover la caducidad de sí como institución.

Todo esto nos debe llevar a lograr que:

"Frente al desfallecimiento del sujeto debilitado, se reivindiquen su dignidad y responsabilidad ante Dios.

Frente a la remitologización de las muchas y varias historias y sentidos, presentar la promesa de un mundo y una humanidad llamados a la fraternidad, libertad y justicia, y a la esperanza de una vida en y con Dios donde se realice la justicia absoluta.

Frente a las exculpaciones estructurales o míticas de las contradicciones y horrores de la historia humana, se genere la devolución al sujeto del reconocimiento de su responsabilidad en estos hechos lamentables como dignidad de su libertad y responsabilidad".

Otro elemento que la fe cristiana debe aportar a la cultura postmoderna es el que tiene que ver con lo que algunos estudiosos designan el "politeísmo valorativo". Este término designa, por una parte, una actitud de apertura a diversos puntos de vista, y por otra, una frontal oposición a emitir juicios generalizados y universales. Esta oposición se fundamenta en el juicio de que las pretensiones universales conllevan al totalitarismo y la autocracia, y por lo tanto coartan la individualidad del ser humano. La postmodernidad se niega a hacer afirmaciones universales. Sólo vale el contextualismo y los consensos temporales y parciales.

Esta actitud, si bien es cierto previene de los abusos de una sola entidad que detenta la autoridad o el poder, nos lleva también a la despreocupación por aquellos que no teniendo cómo sostenerse dignamente, ni cómo desarrollarse de una manera armónica, necesitan de la protección de la autoridad y de las instituciones que la sociedad fue generando con el fin de propender por la paz, la igualdad y la justicia social. De tal manera que es un argumento que se cae de su peso, éste de buscar la organización de las estructuras sociales que velen por mantener el orden y que, lógicamente reparando ciertas falencias, detente la autoridad.

De esta manera se evitan los riesgos totalitarios del universalismo, pero se nos deja desorientados y sin capacidad de resistencia ante la injusticia y los atropellos del más fuerte o más hábil. Hay que repensar la universalidad ilustrada, pero no se puede abandonar so pena de arriesgar la defensa de los más desvalidos.

Y si bien es cierto que los principios universales morales o éticos y las instituciones generadas para el cumplimiento de los mismos, deben velar por el bienestar de toda la humanidad en general, son los más pobres y los desvalidos quienes requieren más de estos principios e instituciones, porque son quienes, generalmente, ven a menudo menos respetados estos derechos, principios y valores, por parte de quienes tiene algún tipo de capacidad.

La crítica postmoderna ha encontrado en el monoteísmo bíblico a un precursor de las ideas totalitarias que inducen a la dictadura de la praxis indiferenciada y que, naturalmente, elimina al individuo y liquida la multiplicidad y el colorido de la vida. La alternativa postmoderna es el politeísmo mítico con su culto de la increencia, una apoliticidad profunda y la liberación de todos los universales, del pensamiento uniforme de la razón ilustrada.

Pero paradójicamente, nada más contrario, al espíritu del judaísmo, que con la maduración que dio el correr de los tiempos, deja ver que la

elección de Dios a Israel como su pueblo es el inicio de la elección que Dios hará de la humanidad entera –judíos y gentiles– según el lenguaje bíblico. No es pues, el monoteísmo, tal como lo comprenden algunos Postmodernos, aniquilación del pluralismo, aunque tampoco es una simbiosis alegre de nada. Nada más, pero a la vez nada menos, que la visión holística que se tiene del hombre, del mundo y del mismo Dios, y que a lo largo de todo un proceso cultural, histórico y antropológico se ha ido configurado con validez por sí mismos, sin tener que recurrir a justificaciones externas.

En última instancia, todos los aportes que se hagan desde la fe a la condición postmoderna, son ante todo manifestación del trabajo serio y consciente de la Iglesia por, – al igual que durante mucho tiempo de la historia de la humanidad –, evangelizar la cultura, desde y hasta lo más profundo de sí mismas.

"...lo que importa es evangelizar –no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces– la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tiene sus términos en la G.S. tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El Evangelio, y por consiguiente la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientemente con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo sin la Buena Nueva no es proclamada".

3.3.- RETOS DE LA ACTUAL CONDICIÓN POSTMODERNA A LA PASTORAL JUVENIL.

Habiendo realizado un recorrido sobre lo particular de la Postmodernidad, sobre los fundamentos de una auténtica vida cristiana, y luego de haber realizado un análisis sobre los aportes que tanto una (Vida Cristiana), hace a la otra (Postmodernidad), y viceversa, es imprescindible que pensemos y planteemos qué retos mutuos se están haciendo y cuáles son indispensable que hagamos, para ser cada vez más coherentes como Iglesia que construye de manera permanente y con esperanza siempre viva, el Reino de Dios.

Para esto considero que los planteamientos, se deben plantear a manera de retos, para y desde la pastoral juvenil, siendo los jóvenes los principales protagonistas (¿o víctimas?) de las tendencias postmodernas, y los principales sujetos de la acción de la Iglesia latinoamericana y por ello colombiana.

Una Religiosidad Abierta a la Experiencia Vital del Joven.

En el mundo de los jóvenes Postmodernos, juega un papel importante lo que está relacionado con la dimensión afectiva, y la pastoral juvenil debe tener en cuenta este aspecto, para saber discernir con las luces del espíritu, las estrategias más acertadas para tocar el corazón de los jóvenes.

Esta dimensión afectiva que se presenta engrandecida para la juventud, nos hace un llamado para rescatar tan importante factor humano, en el trabajo pastoral. Se requiere una pastoral abierta a la experiencia vital del joven desde una doble perspectiva: psicológica y social. Lo que refiere a lo psicológico, tiene que ver con los estados emocionales del adolescente y del joven. Esto es, su carácter, temperamento, personalidad, factores bio–genéticos... Es tener presente lo característico de la etapa por la cual atraviesa cada persona, e idear las estrategias necesarias para que la experiencia de fe de cada individuo, sea una experiencia vital, actuante y encarnada. Por lo tanto, no se puede pensar en una pastoral indiscriminada, basada en dogmas etéreos, en criterios con fundamentos pero sin significancia vital.

La historieta que encabeza este apartado nos recrea un poco acerca de la concepción más o menos generalizada que existe sobre la figura de quienes tienen algo que ver con la Iglesia y las cuestiones de fe. Esta imagen que desdichadamente aún se mantiene, en algunos casos con justa causa, ha empezado a ser revalorada, por lo menos en ámbitos eclesiales de nuestro continente. Y esta nueva visión de la vida cristiana que se ha venido desarrollando en algunos lugares desde hace ya algunas décadas, nos colma de esperanza, al ver una pastoral que responde a la experiencia vital de los jóvenes y que por lo tanto es atractiva para ellos.

Sin embargo, es necesario hacer una advertencia respecto a las nuevas formas pastorales que se presentan. Se puede observar que ante las dificultades que se han tenido para amoldar el mensaje del Evangelio a la cultura y mentalidad de la época y de los jóvenes, se pierda, en esa simbiosis, lo esencial de la vida cristiana. Es decir, que se pierda lo fundamental y lo importante del Evangelio, con el ánimo de que se presente como agradable. Ahora, si bien es cierto que la opción por una vida cristiana debe ser una opción que contemple la posibilidad de realización y de felicidad, también lo es el que ésta es una opción radical, exigente y que demanda renuncias, todo lo cual conlleva a la verdadera felicidad.

En síntesis, se debe propiciar un acercamiento entre fe y vida, y buscar un punto de equilibrio entre lo experiencial y lo teológico, de tal forma que la fe sea experiencia encarnada, actual y dinámica, pero que a la vez la vida esté iluminada por la fe, por el Evangelio.

Una Religiosidad de lo Místico.

Guardando una estrecha relación con el apartado anterior, donde se planteaba como reto el propender por una experiencia de fe que resulte una experiencia vital, añadimos aquí un elemento que tiene que ver con la parte del cultivo de la interioridad, como lo es la dimensión mística.

Se requiere desarrollar en la persona humana ese gran potencial que es la interioridad. Y en ello han resultado bastante hábiles los "orientales" (tanto los genuinos como los "clonados"), quienes han sabido explotar con gran habilidad espiritual y comercial la sed de Dios que habita hoy entre los hijos de occidente.

Esta dimensión de lo místico, que en otros tiempos del catolicismo tuvo importancia vital y actualmente está revistiendo especial interés, tendría que presentarse de una manera atractiva a la nueva condición Postmoderna, sin dejar de lado lo esencial a su ser y hacer propiamente cristiano. La dimensión mística, dentro de lo católico tiene un aporte valioso que hacer a la Postmodernidad, satisfaciendo la necesidad de trascendencia que se experimenta ad portas del tercer milenio. "La mística cristiana por ser histórica, ha de orientarse hacia el seguimiento de Jesús... El cristiano discierne en la pasión de los pobres y marginados la presencia y actualización de la pasión de Jesús, que sigue agonizando en la carne y en el clamor de sus hermanos y hermanas. Pero también vislumbra en los avances hacia la instauración de la justicia y la promoción de la vida, los signos de la resurrección que operan en la historia"

Ante una espiritualidad etérea y ante una religiosidad teórica, como la que llegó a viciar la vida cristiana en la modernidad, la Postmodernidad nos llama la atención sobre la dimensión del asombro ante lo divino, y nos increpa a rescatar este valioso tesoro de nuestra Iglesia como lo es la herencia mística.

Un elemento que es importante clarificar ahora con respecto a esto de lo místico, es lo que tiene que ver con la intención de la mística misma. Actualmente asistimos a una cantidad increíble de nuevas ofertas religiosas

que manipulan la afectividad del pueblo, a través de "hermosas" y multitudinarias ceremonias, que descargan de tensiones a los asistentes, y a la vez les colocan, de la manera más sutil que se pueda haber visto, un yugo enorme y pesado, a través de la alienación de la conciencia, y de la negación verídica de la libertad d e los hijos de Dios. No se trata entonces de brindar una experiencia mística cualquiera, sino una mística, real, encarnada, tal y como lo exige la coherencia del creyente en Cristo.

No se trata de una experiencia de ultratumba, ni de provocar estados anímicos especiales. La mística es una experiencia de fe, enmarcada en una experiencia de la presencia Dios, que se revela, gratuitamente a quienes elige para ello. En algunos casos, y por ello esta aclaración, se manipulan las experiencias religiosas, y a las mismas personas, y a través del manejo de las emociones, se crean estados psicológicos alterados que alienan a las personas, les hacen perder cualquier capacidad de raciocinio lógico, y se les hace creer que son elegidos, médium, enviados de Dios, para revelar algunas verdades a través suyo, cuando en realidad no son consciente de lo que ocurre y ni siquiera entienden lo que hablan.

A propósito de esto conviene recordar a San Pablo, en una de sus epístolas, cuando refiriéndose a los carismas, afirma que todos son importantes, siempre y cuando sean de valía para la vida fraterna de la comunidad. "¿De qué sirve poseer el carisma de las lenguas, si no se entiende y si ni siquiera hay quien interprete?".

Finalmente es muy valiosos traer aquí una de las recomendaciones que, a manera de desafío pastoral trae Luis Carlos Urrea, sobre la necesidad de revitalizar la vida espiritual:

"Cuando señalo la necesidad de revitalizar la vida espiritual, entiendo por ello la necesidad de promover una espiritualidad centrada en el anuncio y edificación del Reino de Dios, que ubicada en la realidad histórica sea capaz de transformar la vida personal y social; una espiritualidad que mantenga siempre el equilibrio necesario de los dos polos de la acción pastoral de la Iglesia; ético–profético y místico–sacramental.

Teniendo como tarea la vida espiritual ayudar a los hombres a trascender a sí mismos para alcanzar el conocimiento más profundo de su existencia humana, considero que revitalizarla debe significar proponer y promover caminos de encuentro con el Señor a partir de una espiritualidad creadora, telúrica estética y encarnada".

Recurso a la Sagrada Escritura, como Fuente Fundante de la Vida Cristiana.

A lo largo de la era cristiana, se fueron sucediendo una cantidad realmente asombrosa de personajes a quienes no se tardó en reconocer como hombres y mujeres de Dios. Estos eran personajes que definitivamente habían sido iluminados con una bendición especial de parte de Dios, y que hacía que entendieran de manera especial, las "cosas de Dios".

Estos personajes tenían como fuente de inspiración, sin duda alguna, lo revelado por Dios a través de sus Sagradas Escrituras, que son el mayor medio de comunicación que se han creado entre Él y los hombres.

Como era evidente la iluminación de estos hombres, no tardaron ellos, por su propia iniciativa, o motivados por las súplicas de quienes se habían favorecido de su santidad, en escribir. Lo que escribían era de diversa índole: pensamientos, profecías, apologías, textos místicos, oraciones, etc.

Los textos escritos de tan ilustres mortales, fuero trascendiendo los límites del espacio y del tiempo, y se inmortalizaron hasta el punto de

convertirse, un buen número de aquellos escritos, en textos casi obligados, para asuntos de fe. Se recurría a ellos como herramienta pedagógica para educar en la fe a multitudes, llegando, lamentablemente a los extremos de que los textos de aquellos personajes reemplazaron en la práctica, la fuente principal de comunicación de Dios con los hombres: los textos de la Sagrada Escritura.

En la actualidad, se nos impone como un reto el que empecemos a acercar a los fieles a la Sagrada Escritura, con el fin de –según los términos mismos del Concilio Vaticano Segundo y que aquí convienen aplicar– retornar las fuentes, es decir, que es un deber moral el que se fundamente la fe del pueblo sobre la base de las Escrituras; es construir sobre roca firme, y no sobre arena.

Y según la imagen esta de construir sobre roca es, pertinente indicar que el hecho de haber difundido el cristianismo a partir de los escritos de místicos, santos, sabios y doctores en la fe, y no teniendo como fundamento las Sagradas Escrituras, constituyó el edificio de la Iglesia, en una construcción con cimientos débiles.

Sin duda que se trataba de una gran empresa, pero a esta edificación se le invirtió más en ornato que en bases. Por ello no es extraño darnos cuenta cómo hay muchos pastores que no tienen la más mínima dificultad en atraer a esos garajes que ahora llaman Iglesia, a un buen número de fieles, otrora católicos, confundidos o asustados con la eminencia del fin del mundo y de los eventos que narra el Apocalipsis.

Tiene que haber una conversión de parte de nuestros pastores y de los encargados de la pastoral, para reconocer que el hecho de que un número significativo de bautizados, cedan ante otras ofertas religiosas, radica en la falta de contacto y formación para la lectura de los textos sagrados. Aún hoy, existen quienes se creen los poseedores de la verdad y que no conciben que el pueblo tenga acceso a los textos de la Biblia, ni mucho menos que se formen ministros de la palabra, lejos de la estructura jerárquica de la Iglesia.

Ahora bien, este reto de acercar la Escritura al pueblo, nos compromete a idear estrategias de formación de laicos para la lectura, análisis e interpretación de la Biblia, de tal forma que no sea simplemente seguir el paso de los Gedeones, que, con inversión económica extranjera de quienes pretende como fin político erosionar la unidad religiosa del pueblo latinoamericano, imprimen unos simpáticos Nuevos Testamentos – con salmos de ñapa– para que cualquiera lo lea y diga lo que se le ocurra: desde anunciar la salvación para todo el mundo, hasta lograr convencer al más escéptico de que es un pecador sin remedio y que si acaso logrará algo donando el diezmo a su pastor.

El que tenga oídos que oiga:

Todos estos retos que aquí se han presentado, son un toque de alerta para quienes tienen alguna responsabilidad en la pastoral juvenil. Deben llamarnos a un examen de conciencia, y obrar en cada uno una conversión racional, para ser más fieles a la herencia que hemos recibido del mismo Cristo.

Sin duda que habrá quienes opongan cierta resistencia ante algunos cambios que nos exigen no sólo la realidad que vivimos, sino el mismo sentido común. Pero como dice la Escritura, el que tenga oídos, que oiga.

3.4.- RETOS QUE LA IGLESIA DEBE PLANTEAR A LA JUVENTUD POSTMODERNA.

Para finalizar es preciso que miremos el asunto desde su anverso. Ya recién hemos visto que hay algunas cosas que se nos exigen, no desde la realidad actual, que es en cierta forma pasajera, sino desde la esencia misma del ser cristiano.

Por tanto, se requiere que exista una capacidad crítica ante la realidad que nos corresponde asumir, y que seamos claros en el momento de llevar a cabo el proyecto del cristianismo.

Evangelizar la Religiosidad Emocional

Si bien es cierto que es necesario propender por una Religiosidad Abierta a la experiencia vital del joven, también es cierto que la vida en Cristo no se acomoda a una religiosidad emocional, donde se juega con los sentimientos y se manipula por esta vía a las personas. El Dios de Jesucristo, que es incondicionalmente respetuoso de la libertad humana, nos increpa a optar por él, a través de la vía de una fe razonable, según una decisión plenamente humana, madura y consciente.

"La fe del hombre en Dios no es, por tanto, ni una demostración racional ni un sentir irracional ni un acto de decisión de la voluntad, sino una confianza fundada y, en este sentido razonable. Ese confiar razonadamente que no excluye el pensar, preguntar y dudar y que concierne e un mismo tiempo, a la voluntad y al sentimiento, es lo que se llama en sentido bíblico, <<creer>>. No una simple aceptación de la verdad en ciertas proposiciones, sino un compromiso del hombre, del hombre entero, primariamente no con esas proposiciones sino con la realidad misma de Dios. Es la distinción que hizo el gran Doctor de la Iglesia Latina Agustín de Hipona: no sólo <<creer en algo>> (aliquit credere) ni sólo <<creer a alguien>> (credere alicuit) sino <<creer en alguien>> (credere in aliquem) eso el o que significa la palabra <<credo>>: Creo".

Por lo tanto, sería atentar contra la fe que profesamos, si nuestro culto se convierte en un espectáculo, con enormes cargas afectivas, pero carentes de sentido y exigencias reales a nuestras vidas.

Nadie pone en duda que la fe debe decirle algo a la vida de cada uno y a la realidad en que está inmerso, pero la fe en Jesús, hijo de Dios, trasciende lo espacio temporal, e ilumina toda situación por encima de las expectativas humanas.

"El esteticismo Postmoderno se convierte, al generalizarse, en la hora de los sentimientos (Feelings). Vivimos el predominio de los sentimientos. Todo se mide desde el gusto que nos proporcionan las cosas. Este "hedonismo mini" tan perceptible en las jóvenes y no tan jóvenes generaciones, hace del sentimiento el gran criterio discriminador de sus vidas. También en lo religioso. Se acepta la fe a Dios, las prácticas religiosas, si aportan algo a mi sensibilidad. La religión pasa por la experiencia sensible.

En esta tendencia, groseramente descrita, fácilmente se advierte una llamada de atención positiva: se trata de la revalorización de la experiencia personal. Este camino conduce al gusto por el silencio, la oración, la profundización en el encuentro con Dios, se supera la religión de la mera adscripción o costumbre, o la que vive del formulismo ritual cumplidor pero sin resonancia personal. Así mismo la vía del testimonio queda realizada. Es digno de fe, atrae, quien vive lo que predica. Esta vieja verdad toma ahora la forma de credibilidad no por cualquier testimonio, por ejemplo el del compromiso socio–político tan atractivo en la sensibilidad de los 60, sino por el de la interioridad. El testimonio de las vivencias interiores, de la experiencia espiritual interior, adquiere preeminencia sobre las demás.

El grupo es el ámbito de este intercambio de testimonios y de contagio mutuo. La experiencia afectiva del grupo (la comunidad) es el intermediario privilegiado de esta religiosidad emocional. Las relaciones afectivas, la cercanía de las personas, la comunicación espiritual entre ellas y el líder del grupo son dimensiones importantes de esta religiosidad".

La fe en Cristo debe ser celebrada en la vida y desde la vida, pero entendiendo que la vida humana es más que el sentimiento, y que la experiencia de una sensación de bienestar. La vida humana, iluminada desde la fe en Cristo nos lleva a comprometernos, más allá de nuestras seguridades y nuestros propios intereses.

Se trata de conjugar una vida cristiana apologética y a la vez consciente de las propias debilidades; carismática y a la vez organizada; alegre y a la vez exigente; preocupada de las necesidades del momento actual y a la vez escatológica.

Evangelizar el Fideísmo Místico.

Para un buen número de pastores de nuestra Iglesia y de los responsables de la pastoral juvenil, se va haciendo cada vez más

apremiante la necesidad de abandonar tanto esquema dogmático, etéreo y sin sentido real; pero esto no puede prestarse para caer en una fe irracional donde se confunda la apertura a la acción del espíritu en una puerta de fuga de la realidad.

Se corre el riesgo del fideísmo místico, de la creencia ciega, de la fe del carbonero, que vulnera la personalidad de los individuos y los aliena. No se trata de una oposición al misticismo, por el contrario se cree en una afirmación del mismo y de una amplia tradición dentro de nuestra Iglesia que vive su relación con Dios más allá de las palabras.

"Sólo gradualmente va adquiriendo el místico consciencia de la facultad que ha recibido para distinguir la franja indefinida y común de las cosas con más intensidad que su núcleo individual y preciso.

Durante mucho tiempo, creyéndose semejante a los demás hombres, trata de ver como ellos, hablar su lenguaje, sacarle gusto a las alegrías que le satisfacen.

Durante mucho tiempo, con el fin de aquietar la misteriosa necesidad de una plenitud cuyo influjo le asedia, trata de derivarla hacia algún objeto particularmente estable o precioso, al que, en medio de los goces accesorios, se aferran la sustancia y la plenitud de su delectación.

Durante mucho tiempo pide a las maravillas del arte la exaltación que da acceso a la zona, su zona propia, de lo extra–personal y de lo suprasensible, y trata de hacer palpitar, en le Verbo desconocido de la Naturaleza, la Realidad superior que le llama por su nombre...

Feliz quien no haya logrado sofocar su visión.

Feliz quien no sienta temor a interrogar apasionadamente sobre su Dios, y sobre las musas, y sobre Cibeles...

Pero feliz, sobre todo, quien superando el diletantismo del arte y el materialismo de las capas inferiores de la vida haya oído que los seres le responden, uno a uno y todos en conjunto: <<lo que tú has visto pasar como un mundo, detrás del cántico, detrás del color, detrás de los ojos, no está aquí o allí: es una presencia extendida por todas partes. Presencia vaga todavía para tu vista débil, pero progresiva y profunda en la que aspiran a fundirse toda diversidad y toda impureza>>".

No hay nada más contrario a la voluntad del Dios de Jesucristo, que una fe en contra de la voluntad humana. Donde se delega la responsabilidad de la vida y de la misma fe a un dios que no me tiene en cuenta para nada. Se trata de un abandono en las manos de Dios como expresión de una fe humilde y sencilla, y no como la confianza en un Dios que nos tiene como sus juguetes.

Se trata, pues, de un abandono en la providencia, en contra de un providencialismo falso. De la fe en Dios que todo lo puede, en contra de la fe en un Dios que no cree al hombre capaz de nada. De una valoración de lo místico, por encima de un fideísmo misticoide.

"La reivindicación del corazón es la fuerza y la debilidad postmodernas. La valoración del sentimiento y del conocimiento experiencial en la religiosidad luchan contra una serie de reduccionismos que han secado el alma de la religión Tanto el ritualismo formalista, como el moralismo en sus versiones tradicional o de compromiso corren el peligro de olvidar esta dimensión de la religiosidad. La relación con Dios pasa por el corazón, de ahí obtiene numerosos impulsos y permite hablar al hombre de fe, de una relación en términos amorosos de amistas, de encuentro, de inter–relación, incluso de pasión.

Pero la fe no es únicamente un sentimiento aposentado en la emocionalidad. Sin duda que su dinamismo tiende a adentrarse en toda la realidad humana y abarcar la cabeza ( intelecto), el corazón (emocionalidad) y las manos (praxis). Pero el peligro Postmoderno es cortar ese dinamismo y asentarse en lo emocional. El poco gusto por los argumentos, las razones, parece un síntoma del momento de desconfianza en la razón, perceptible por los pastores y catequistas y hasta en los estudiantes de teología. Este afecto anti–intelectual pudiera ser un correctivo a un verbalismo excesivo o demasiado pretencioso, pero desemboca a la larga en una fe desvalida y apta para las herejías del corazón. La pérdida de ilustración en la religión, es decir, de espíritu, de aplicar el filo de la razón a la experiencia y las funciones de la religión y deja al individuo en manos del experimentalismo misticoide o/y del fundamentalismo de turno. Una mirada a nuestro entorno nos confirma la necesidad de más y mejor ilustración en la religión para evitar esos peligros.

Nuestra sociedad, no masivamente, pero con suficiente notoriedad, conoce la presencia de personas y grupos que propugnan un cierto experimentalismo religioso, sincretista, lleno de iluminismo y maravillosismo milagroso, pero escaso de formación y crítica religiosa. Es un fenómeno marginal a la Iglesia, sectario, pero que tiene versiones eclesiales en los grupos que acentúan lo emocional y carismático con escaso cultivo de la formación. Por este camino del fideísmo místico cabe esperar entusiasmo, a menudo desbordante, pero escasa ayuda para extender un mensaje cristiano liberador y digno de crédito a la altura de nuestro tiempo".

Evangelizar el Fanatismo Fundamentalista

Grandes inventos en la historia de la humanidad, sumen en la desilusión a sus inventores cuando terceros los destinan a usos destructivos.

Tal podría ser el caso del Apocalipsis; Juan, su autor, redactó este testo para infundir fortaleza y esperanza a los cristianos que se veían amenazados por el imperio que se levantaba como monstruo invencible.

Con el correr de los tiempos se propicio una lectura tenebrosa de este texto, donde, a través del miedo, se amenazaba a la gente con el ánimo de matricularlos en lo que se supone sería la salvación para esa generación perversa.

Pero el caso del Apocalipsis, es sólo uno en el inmenso mar de interpretaciones tendenciosas y desviadas que se hacen de la Escritura, alimentadas por el fanatismo fundamentalista típico de las sectas. Por ello es importante que el recurso a la Escritura sea valorado en sus dimensiones reales, y teniendo en cuenta que los textos Sagrados, emergen de una realidad cultural concreta y que a partir de esta realidad, deben ser analizados, interpretados, y aplicados.

No está de más pensar incluso en la posibilidad de colocar en manos del pueblo, lógicamente adaptadas a sus condiciones y alcances, las herramientas de la hermenéutica y le exégesis, con el fin de educar al pueblo para la lectura de la Biblia. Eso sí, teniendo bastante prudencia para no caer, justamente en lo que se critica al protestantismo, es decir, una lectura literal de los textos sagrados, desconociendo el avance de las ciencias teológicas, exegéticas y hermeneúticas, y sobre todo pasando por sobre el valioso legado de la tradición. Se trata en últimas, de que para la lectura e interpretación de la Biblia se tenga en cuenta que el fin último es vivenciar a aquel de quien da testimonio la Biblia. Que con respecto a la herencia recibida de los antiguos nunca se pierda de vista a Aquel que es transmitido por la tradición. Y que los católicos anunciemos no la institución a la que pertenecemos, sino a Aquel que es objeto de la predicación de la Iglesia.

Es imprescindible recalcar la importancia de una fe madura, cultivada, que valore adecuadamente los símbolos piadosos de la religiosidad popular y que a la vez instruya y prepare a los fieles, para no caer ingenuamente en las redes de los vendedores de salvación, a costa de la pérdida de identidad y hasta de equilibrio psicológico.

Tampoco podemos caer en el fundamentalismo como a veces se da de hecho en el catolicismo. Me refiero al dogmatismo cerrado:

"Se apoya, el fundamentalismo, en la afirmación incondicional en un sustrato carismático que enciende el corazón. Exige del adepto adhesión absoluta a una visión o interpretación tomada como la única y objetiva. Conduce al anonadamiento de la voluntad y al sacrificio de la inteligencia. En el mundo cristiano, católico, estamos lejos de las versiones fuertes que el fenómeno fundamentalista adopta en el mundo islámico o en el mundo protestante americano. Pero cierto dogmatismo, que viene propiciado hoy por las insistencias de las autoridades eclesiásticas en la ortodoxia y objetividad de la fe, puede encontrar campo propicio y expansivo al calor de la sensibilidad postmoderna anti–ilustrada.

Desde este punto de vista, actitudes pre–modernas que no aceptaron nunca en nuestra Iglesia el diálogo con la modernidad propuesto por el Concilio Vaticano II se pueden enmascarar bajo capa de postmodernidad. La crítica postmoderna de la modernidad reencuentra así aliados en las posturas pre–modernas que no sólo desconfían de la razón crítica, sino que nunca la conocieron ni aceptaron".

Aunque cada vez se hace más consciencia sobre la importancia de desaturar la vida cristiana de ese tinte racional instrumental–utilitarista, no se puede perder de vista el derrotero de una fe madura y debidamente ilustrada. El Postmodernismo expande anti–ilustración pre–moderna y dogmatismo envuelta en rechazo a los excesos del racionalismo teológico, de los peligros del criticismo y de desobediencia a la jerarquía, o del olvido de la piedad. Pero aún reconociendo que esto, más que peligros representan una realidad, no podemos justificar una lectura de los textos sagrados, acomodada o desacomodada, sino que debemos conjugar factores de carácter teológico, pastoral, eclesial; en términos más o menos conciliadores, factores dados por la tradición seria y profunda.

Evangelizar una "religión" del sistema

Un último reto que debemos plantear en torno al tema de lo religioso y la cultura, tiene que ver con el papel de lo religioso y lo político. Si bien es cierto que poco a poco se va superando la mentalidad dualista que proclama la indiferencia política en lo religioso y la indiferencia religiosa en lo político, es preciso que quede claro que ningún sistema socio–político por teóricamente bien fundado que esté, supera ni satisface los ideales y presupuestos de la vida según Cristo.

Y menos aún pretender hacer manipulación de la religión para mantener un sistema determinado. La religión no puede caer en errores de antaño, cuando se convirtió en pareja de los gobiernos y gobernantes de turno, alejándose de su rol profético, y de la esencia misma de su misión. Una religión, como pretenden los Neoconservadores, acomodada a las circunstancias, buscando el favor del actor de turno, lo único que provoca es la mayor lejanía del pueblo sufriente.

Ante la crisis de la modernidad que presenta la condición Postmoderna, que se deja ver sin atenuantes, surge en la conciencia de algunos, a quienes se conocen como neo–conservadores y de quienes ya hemos hecho referencia, la afirmación de la racionalidad funcional y eficaz en nombre la creatividad, la libertad y hasta la solidaridad con los pobres. Pero termina legitimando el sistema capitalista, utilizando para ello la religión cristiana.

El NC adopta una postura afirmativa con respecto a la modernidad. Realza sus logros: el desarrollo de la ciencia–técnica modernas, el crecimiento económico ingente, superior al de todas las generaciones anteriores, y la racionalización de la administración pública del Estado moderno.

Ve, sobre todo, estos elementos conjuntados en el sistema del capitalismo democrático. Y le adscriben al mismo todos los logros anteriores y sus consecuencias, positivas respecto a la eliminación de opresiones, pobreza, hambre y ampliación de la gama de las alternativas humanas.

Pero ha surgido un problema presente ya en los orígenes mismos de la cultura burguesa y visibles hoy en la época de la postmodernidad cultural: la libertad y creatividad desatadas por este sistema y que ha generado un desarrollo tecno–económico sin precedentes, ha desarrollado también en el ámbito cultural una voluntad de liberación, auto–realización y experimentalismo del yo, sin trabas, que amenaza con destruir todas las relaciones sociales tradicionales. Nos hallamos ante la disyunción fundamental que recorre la sociedad y cultura actuales y se manifiesta en forma de crisis.

Analizando con algo más de precisión esta crisis, se llega a descubrir que la verdadera naturaleza de la misma radica, como se ha visto, en el orden o sub–sistema cultural, y concretamente en la desorientación ético–moral. Rotos los diques de contención moral del sistema, la ética de características puritanas, el consumismo hedonista cabalga desbordado. Sólo queda el culto a la satisfacción, pero sin las riendas de la contención moral.

El problema de la época es, por tanto, no sólo cultural, sino espiritual. Hay que encontrar las riendas que sometan a este hedonismo, anti–autoritarismo e individualismo experimental. Y éstas no pueden ser otras que el vínculo trascendente. Es decir, necesitamos recuperar la religión (un ideal trascendente), para salirle al paso al nihilismo Postmoderno y a la crisis civilizacional de la cultura y sociedad burguesas. Se comprende que tras este diagnóstico surja en el NC la tentación de utilizar la religión judeo – cristiana como una salida a la crisis. Se trata de dejar intocados el fondo de los sub–sistemas u órdenes económico y político, y adaptar a su funcionamiento el orden cultural. En esta adecuación, la religión debe jugar un papel importante.

Nos hallamos ante una utilización de la religión para devolver la estabilidad al sistema. La religión se funcionaliza al servicio de las exigencias de mantenimiento del orden económico y administrativo. No importa tanto la religión, su razón de ser, como las consecuencias que se derivan de su funcionamiento. De aquí que no sirva cualquier religión, y menos aquellas proclives hacia planteamientos del Evangelio social, sino las que ponen el énfasis en la trascendencia y la ética del rendimiento y la obediencia, condiciones funcionales de una economía eficiente y una administración racional. La vigilancia crítica de la fe tiene que estar alerta ante estos usos terapéutico–sociales y las legitimaciones que se le solicitan.

"Además de la legitimación general señalada, hay otros dos elementos a los que debe prestar vigilancia la fe cristiana en su confrontación con la cultura Postmoderna y su visión Neoconservadora.

En primer lugar, a la justificación de las patologías de la racionalidad funcional – instrumental en nombre de la eficacia y el rendimiento, y sus consecuencias positivas para la redistribución de la riqueza y la eliminación de la pobreza y las desigualdades, así como la exaltación de la libertad y creatividad humanas a través de la competitividad, la libre empresa y el mecanismo del mercado.

De nuevo se trata de legitimar apelando a afinidades religiosas con la idea del pecado, de la (imago Dei ) y de la comunitariedad del hombre, lo que puede y debe ser discutido desde análisis y valoraciones más estrictamente económicas o político–sociales.

En segundo lugar, la recuperación de una ética cívica puritana que haga frente al mundo del hedonismo y a la moralidad de diversión (D. Bell), mediante una vocación ocupacional del trabajo y la acumulación, un uso moderado de la libertad y cierta inclinación al sacrificio y la auto–negación. Para ello, plantean la recuperación de la religión. Porque la ingeniería social no es suficiente para asegurar la integración social. Toda sociedad necesita una cierta capacidad de solidaridad, de compartir y sacrificarse. Y esto no se puede hacer sin un cierto ascetismo. Para los NC, está claro que las fuentes últimas de las tradiciones valorativas y morales son las concepciones religiosas que alientan una sociedad".

En últimas se trata de estar vigilantes, para evitar que sistemas e interesas creados, atenten contra los principios básicos de la vida según Cristo, (vida Cristiana), y, por reciprocidad, la vida de los seguidores de Jesús se oriente por una práctica en contra de la persona humana y de los ideales del Reino.

CONCLUSION

LA VERDADERA RELIGIÓN CRISTIANA

Se ha realizado una confrontación a propósito entre el pensamiento Postmoderno y el Dios cristiano. Y se ha tratado de interpretar positivamente algunas de las sugerencias de este pensamiento como incentivos ara el planteamiento cristiano de Dios.

Después del recorrido efectuado hay que afirmar positivamente la existencia de fermentos críticos y de recuerdos fundamentales en la Postmodernidad para el hablar y la vivencia del Dios de Jesucristo. Y a la vez, en actitud profética, distinguir aquello que definitivamente no puede haber de conciliatorio entre una y otra postura.

En primer lugar, es necesario que la recepción positiva del pensamiento Postmoderno nos permita asumir la autocrítica permanente con respecto al modo de hablar, entender, vivenciar a Dios. En términos ya mencionados antes en este trabajo, la fidelidad crítica a la Iglesia. Toda presencia conceptual de Dios cae bajo la sospecha de ideología. Se recuerda la radical inadecuación de todo concepto a Dios. Incluso se insta a la superación de la representación por la vía de la experiencia.

En últimas, debemos atender la voz de alarma que se nos presenta como un reto, sobre la manera de abordar la cuestión de Dios. La Postmodernidad nos llama a buscar lo más original de la vida según Cristo, y a ser coherentes con ello, por encima de formas y modos carentes de sentido, y teniendo siempre en cuenta que ante la misión fundante de la Iglesia de "proclamar el Evangelio a todas las naciones", ni siquiera argumentos apasionados de cultura alguna deben detener a quienes conformamos el pueblo de Dios, en la tarea para lo cual tiene vida el hombre: "conocer y amar a Dios" según términos del Catecismo de la Iglesia Católica.

La experiencia radical del misterio que nos rodea en la realidad, como un segundo elemento, es una forma válida para mantener siempre el recuerdo de la dimensión mística en la vida cristiana. Supone un pensamiento contemplativo, abierto a la originalidad que hay en las cosas y un yo desinstalado, en continua actitud de sorprenderse, y con facilidad de desapegarse de lo accesorio, para ser siempre coherente con los más original, sin arraigos innecesarios y desvirtuadores.

"Es propio de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos".

A la vez se requiere fomentar una actitud como ya habíamos hablado, de la "contemplación de los ojos abiertos". Consciente y comprometida con la realidad, con el entorno, con la lucha por la justicia y por la dignidad y el recuerdo "anamnético" de quienes nos han precedido en esta lucha, coronando su lucha con el triunfo del esfuerzo, el oprobio y aún el martirio. Es la contemplación de un Dios que se encarna, que se hace hombre, sufre como hombre y que a la vez dignifica la condición humana al hacer palpable, evidente, que la perfección es un llamado que también se hace a los hombres, que poseen la dignidad y la libertad de los hijos de Dios. a esto hace referencia profunda e impresionante el catecismo de la Iglesia cuando afirma que: "La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo".

También es preciso mantener en la mente la imagen de que la estética Postmoderna de lo sublime tiene su correspondencia con el Dios cristiano, como Dios de los pobres. En la imagen de Dios en medio de los pobres e injustamente tratados brota la experiencia de lo sublime impresentable o inconcebible, que se niega sistemáticamente a la falsa consolación espiritual y se resiste a la confusión postmodernista de un criterio estético presentista y trivial.

Se tata, pues, de asumir partido, de no quedar impregnado de lo sinsentido, de lo absurdo. Se trata de desarrollar la capacidad que tiene el ser humano para trascender por encima del espacio y del tiempo. Es creer, o mejor volver a creer en el hombre como cooperador en la redención humana. No se trata tan sólo de confiar en las promesas de salvación; se trata además, de ser cooperadores, con Jesús en el trabajo de salvación de las almas y de creer en la maravilla de la capacidad humana, gracias a los dones generosos de Dios.

Esta decidida opción por los pobres, se enmarca no sólo en el desarrollo literario del Antiguo Testamento, y en actuar de Jesús, descrito ampliamente por los evangelios, sino también en las convicciones y escritos de la tradición de la Iglesia.

"Por los profetas Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la esperanza de una alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres, y que será grabada en los corazones. Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades, una salvación que incluirá a todas las naciones. Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor quienes mantendrán esta esperanza...".

No se duda, entre las múltiples consideraciones respecto a Dios, en denominarle "muy especialmente el Padre de los pobres, del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa".

La contemplación misma, a la cual se hacía referencia en el apartado anterior sólo es posible desde la óptica de un corazón sencillo, es decir de

un corazón de pobre.

Todo un segmento dedica el Catecismo de la Iglesia Católica al "Amor de los pobres", poniendo de relieve el deber que se tiene para con ellos y nos recuerda la denuncia de San Juan Crisóstomo, quien advierte que "no hacer participar a los pobres de los propios bienes, es robarles y quitarles la vida".

En lo que considero la observación más impresionante del Catecismo se afirma que "bajo sus múltiples formas –indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte– la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querida cargar sobre sí e identificarse con los ‘más pequeños de sus hermanos’. También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo

indispensables".

La crítica Postmoderna al proyecto de la modernidad recuerda a la fe cristiana su encarnación desasida en toda cultura y le pone en guardia frente a las utilizaciones del Dios cristiano como garante o legitimador de cualesquiera instituciones y sistemas, como es, por ejemplo, el "desarrollismo" moderno capitalista y aún socialista.

Por ello afirma de sí la Iglesia que "por razón de su misión y de su competencia, no se confunde de modo alguno con la comunidad política" y que por ser "a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana, la Iglesia respeta y promueve la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos", pero enfatiza que "pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral incluso sobre cosas que afectan el orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones", todo lo cual es radicalmente diferente al apoyo incondicional a cualquier establecimiento, más aún si éste atenta

flagrantemente contra la dignidad y la libertad de los hijos de Dios.

Es la religión del Dios encarnado y comprometido en una cultura y en un espacio concreto, pero a la vez de Dios que trasciende lo espacio–temporal y que no se deja limitar por las circunstancias, ni mucho menos por sistemas que atentan contra el proyecto del Reino de Dios proclamado e instaurado por Jesús de Nazaret.

Al respecto se nos recuerda, por ejemplo, que "numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico Hijo de David prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política".

Finalmente, es preciso dejar bien claro que el recuerdo del Dios de Jesucristo se torna subversivo también frente a los ídolos Postmodernos de la pérdida del sujeto, la liquidación de la historia, el recuerdo de las injusticias y la atonía y relativismo moral.

En última instancia, los enunciados de la Postmodernidad, por lo menos de lo que podríamos llamar la Postmodernidad ilustrada, no pueden ser compatibles con el proyecto de vida propuesto para los que profesan la fe del Dios de Jesucristo y que se abre de manera exigente y comprometida a la dimensión trascendental, recupera la tradición valorándola en sus aspectos relevantes, y sueña y lucha por una utopía, de aquellas que tanto incomodan a un buen número de inconformes y frustrados Postmodernos.

El planteamiento de algunos de los retos de la sensibilidad Postmoderna a la religión cristiana nos puede servir para, a su contraluz, destacar las tensiones que acompañan a la auténtica religiosidad.

Esta auténtica religiosidad tiene que conjugar la experiencia de Dios con la lucha por la justicia. Rastrear la presencia, siempre ausente y oscura de Dios, por los caminos de la interioridad y la atención a lo originario de cada cosa, como por su clamor en las estructuras socio–político injustas y en el dolor que producen en los hombres. "Gozar ya de la luminosidad de esta oscura presencia sin quedar preso de sus resplandores. Estar dispuesto a

una búsqueda permanente ya a matar cada día a los propios dioses, a la vez que se sabe acompañado por alguien que no falla nunca. Tiene que integrar el abba y el Reino, la cruz y la resurrección, la mística y la política".

ANEXO

LOS JOVENES ENTRISTECIDOS

RADIOGRAFIA DE LA JUVENTUD ACTUAL

Para comenzar:

"ANDRES"

Hacia las dos de la tarde, Andrés tomaba el autobús del colegio que le dejaba más cerca de su hogar. Se bajaba no en el paradero que le correspondía, sino en el otro que quedaba a unas seis cuadras de la urbanización en la que vivía. Lentamente, tomando todo el tiempo posible, recorría las calles que lo separaban de su hogar. Después de saludar al celador subía paso a paso los cinco pisos de su edificio y sacando el llavero que le había regalado su mamá, abría las dos cerraduras de la puerta principal de su apartamento. Entonces entraba en la inmensa soledad que él llamaba "su casa".

Unos años antes una empleada lo recibía y le servía el almuerzo, luego ante las dificultades económicas que surgieron, su mamá había arreglado para que una vecina lo acogiera al volver del colegio. Ahora hacia ya tres años que llevaba siempre consigo las llaves del apartamento y que se había acostumbrado a llegar a él en la soledad de las tres y tantas de la tarde. Dejaba los libros tirados sobre el sofá de la sala, calentaba un poco la hamburguesa que su mamá le dejaba preparada y después de almorzar barría, trapeaba y organizaba un poso el apartamento. Después... después nada. Las tareas hechas sin ganas, el televisor repitiendo los mismos programas, el nintendo que le había regalado su padre haciendo en la pantalla unas aventuras que él ya se sabía de memoria.

Todo lo que él recordaba de su infancia era ese apartamento solitario. Sus padres se habían separado pocos meses después de su nacimiento y por eso había crecido acompañado únicamente por su madre, la cual, sin embargo, tenía que dejarlo sólo para poder ir a trabajar; tenía de todo, porque aunque su papá no ayudaba económicamente con los gastos de la familia, si solía darle grandes regalos para comprar de alguna manera su amor: Los mejores juegos, un televisor propio en su habitación, una vídeo grabadora, el computador de la última Navidad, el nintendo y al lado de eso los tenis de marca, la ropa cara... nada faltaba. Sus compañeros de colegio lo envidiaban, le decían una otra vez que a ellos les gustaría tener como él las llaves de la casa y quedarse solos en el apartamento sin la molestia de los hermanos, sin los regaños de mamá exigiendo hacer tareas. Cero que no les respondía nada. A mí una vez me dijo que él lo daría todo, sus llaves, su apartamento, su televisor, su vídeo, por tener al menos un amigo. Me contó que siempre se bajaba en el otro paradero, aunque eso le suponía caminar seis cuadras más, para poder estar unos minutos adicionales con algunos muchachos de su curso que ahí dejaba el bus.

Se sentía solo y lo estaba. Tal vez podría haber hecho mejores relaciones con sus vecinos o con sus compañeros de estudio, pero para un niño acostumbrado a la soledad desde la cuna, era difícil dejar de ser introvertido.

Hace unos días me contaron que Andrés, a sus catorce años, intentó quitarse la vida. En una de esas tardes eternas de soledad, se tomó un frasco entero de píldoras. Afortunadamente sintió miedo y pidió auxilio a los vecinos. Hoy ya todo ha vuelto a la normalidad, a las dos de la tarde toma el bus del colegio, se baje en el paradero anterior, camina seis cuadras, sube cinco pisos, abre la puerta del apartamento se calienta el almuerzo, barre, trapea y se queda solo inmensamente solo.

Se llama Andrés, pero bien podría llamarse Lucas, Felipe, Mateo, Tatiana o Claudia, porque su historia es la historia de muchos niños solitarios, de muchos niños que tienen de todo, de todo, menos una presencia que les dé ganas de vivir.

Hablar de felicidad a veces parece trivial, es un tema como tan común, como tan normal para todos, que por lo general lo damos por supuesto; quién diría al ver nuestros jóvenes, llenos de alegría y de contento, que no saben lo que es la felicidad. Casi podríamos afirmar que nunca antes había existido una juventud tan feliz como la actual. Diversiones en cantidad, una vida social activa desde niños, pocas experiencias de sufrimiento al lado de las que quizá tuvieron que padecer las generaciones anteriores.

¿Felicidad? ¿Cómo hablar de felicidad a una generación que parece haberla encontrado definitivamente? ¿Para qué hablar de ello?

La verdad es que detrás de las sonrisas aparentes y de las supuestas felicidades, se encuentra el rostro entristecido, destrozado, de los jóvenes de hoy. No, no son felices, no lo son realmente, lo aparentan muy bien y son expertos en disimular sus dolores, pero no son felices. Todo lo contrario, la vida del joven de hoy, es más bien la manifestación de toda una profunda tristeza, de un gran vacío de sentido, que es la fuente indudable de problemáticas tales como el sicariato, la drogadicción, el alcoholismo juvenil, la delincuencia etc. Alguna vez quise escribir algo que llevara como título "No son malvados, sólo están tristes". Hoy quiero expresar por fin estas intuiciones.

Solemos vivir inmersos en cambios culturales y sociales de los cuales no siempre somos conscientes, creemos que la Colombia de hoy es la misma Colombia de siempre. Con una ingenuidad pasmosa, se le suele pedir a la juventud que se comporte con los valores enseñados en la generación anterior. Una y otra vez los artículos de prensa suelen hacer énfasis sobre la necesidad de volver a los valores de siempre, aquellos de la Colombia estable y católica de otros tiempos; con la mejor intención del mundo se dicen este tipo de cosas, sin caer en cuenta que esa Colombia y esos valores no existen. Hoy existe otra Colombia, una Colombia Postmoderna y Neoliberal, una Colombia posterior a la caída de las grandes utopías socialistas, una Colombia que ha perdido la estabilidad familiar. Una Colombia así tiene colores muy diferentes y por ende genera una juventud radicalmente distinta. Nos guste o no, la juventud de hoy es diferente, porque vive en un contexto socio–cultural diferente. Su país es otro país.

La Cultura Postmoderna y el Fin de la Utopías

Ante todo, la juventud de hoy vive en una sociedad postmoderna, lo cual supone el rompimiento de un esquema moderno de vida y de cultura. En las décadas del 50 al 70 nuestro país procuró cerrar la brecha que lo separaba del universo cultural de las naciones desarrolladas. Un país agrario, fundamentalmente rural, con preocupaciones domésticas y con una vida que giraba al rededor de las preocupaciones caseras, se fue abriendo lentamente a la industrialización, al crecimiento económico y a los grandes movimientos culturales de Occidente. Al principio las innovaciones llegaban a Colombia con meses y hasta años de retraso, pero al acercarse la década de los 80s, las repercusiones de los cambios culturales mundiales resonaban cada vez con mayor rapidez en nuestro país. Hoy podemos afirmar, sin lugar a dudas, que nuestros jóvenes se visten y actúan, hablan y se divierten, piensan y sienten, como los jóvenes de las grandes capitales europeas y como los jóvenes norteamericanos. La cultura Postmoderna presente hoy en el mundo desarrollado, es por tanto, la cultura que se está imponiendo entre nuestros jóvenes.

¿Cuáles serían las características de tal cultura?

La cultura postmoderna es la cultura del rompimiento del progreso. La modernidad, cultura anterior a la actual, esperaba un futuro grandioso para todos los hombres en el que existiría la igualdad entre las naciones y entre los individuos, esperaba la abolición de la guerra, de la propiedad, de la servidumbre, de los colonialismos, esperaba la alfabetización universal, el dominio de la naturaleza, la derrota de las enfermedades, el triunfo definitivo de la ciencia y de la tecnología, todos esos grandes sueños que alentaron la vida de las grandes utopías históricas, científicas, filosóficas o sociales, resultaron frustrándose dolorosamente en el siglo XX, las guerras mundiales, los campos de concentración y exterminio, las hambrunas, las epidemias, el crecimiento de la pobreza, demostraron que el triunfo esperado no era inminente. La Postmodernidad se cansó de esperar el cumplimiento de unas utopías imposibles. Mientras los hombres de las décadas del 40 o 50 creían en el sueño del pobre que a fuerza de trabajo logra salir adelante y triunfar en la vida, y mientras las generaciones de los 60 y 70 creían en el cambio social y en la justicia para todos, la juventud actual ha renunciado a las utopías. Ya no se cree simplemente en el progreso de la humanidad. Lo que importa por el momento es sobrevivir y hacerlo de la mejor manera; ya no importa soñar con mundos mejores, pues no existen y si existen no se quiere hacer el esfuerzo de conseguirlos. La sociedad Postmoderna se ha dedicado a vivir con todas las consecuencias la vieja máxima de "más vale pájaro en mano que ciento volando".

Para los jóvenes de hoy no son tan importantes las utopías. Es importante lo que viven hoy, lo que sienten inmediatamente. Las generaciones anteriores estábamos dispuestos a asumir ingentes sacrificios, con la promesa de que algún día recogeríamos los frutos de nuestro esfuerzo. Los jóvenes de hoy piensan que no vale la pena dejar el disfrute para mañana, pues quizá el mañana nunca llegue. Eso explica por qué no son amigos de los grandes esfuerzos, por qué sus planes son tan a corto plazo, por qué a la larga no tienen grandes sueños y porque sienten desgana por casi todo lo que signifique empeño y sacrificio. Por eso, hoy no es extraño encontrar jóvenes que no sólo no saben la carrera que quieren estudiar, sino que no les importa mucho averiguarla. No es extraño hallar muchachos que desean gastar dinero, pero no conseguirlo trabajando, que les gustaría ser egresados de tal o cual establecimiento educativo, pero sin tener que estudiar mucho. Y no es extraño ver a toda una generación que parece importarle muy poco que hay millones de personas sumidas en la pobreza y padeciendo la injusticia. Es la generación Postmoderna, es la generación sin utopías, es la generación que se conforma con el ahora y no gusta de construir el mañana.

Pero la cultura Postmoderna es al mismo tiempo, la cultura de la absolutización del sentir, sobre el deber, es decir, de la estética sobre la ética. Si no hay progreso, si a la larga no importa hacia donde vamos, lo que importa es disfrutarla hoy, o como lo dice el slogan de una conocida bebida, lo que importa es "sentir de verdad". Así, si en la modernidad lo que importaba era la producción en la Postmodernidad lo que importa es el consumo. La ética puritana fundamentada en el deber, en un deber impuesto por la razón misma, cede el paso al sentir como criterio último de verdad. Por tanto, es adecuado, cierto, verdadero, lo que nos haga sentir a gusto. Es por esto por lo que la generación actual es una generación del "me nace o no me nace", del gusto, del disfrute, del gozo. No importa entonces lo que hay que hacer, sino lo que gusta hacer. Por eso se trata de disfrutar la vida hoy, de vivir "a lo bien", hoy, de no dejar para un mañana incierto lo que se podría saborear hoy.

Esto explica por qué los jóvenes se dejan llevar mucho más por los sentimientos que por las convicciones. Tal vez sepan lo que deben hacer y que en sus ideas está claro que el estudio, la lectura u otra cosa parecida, son un valor, pero si no tienen ánimos, pueden tenerlo todo, claro, pero por nada del mundo realizarán lo que no les nace hacer. Por eso estudian sólo cuando les nace, es decir casi nunca y en cambio viven para salir a la calle, para conversar hasta altas horas de la noche con sus amigos, para hacer interminables conferencias por teléfono, para la fiesta de fin de semana, para adquirir tal o cual nueva prenda de vestir y algunos hasta para tomar licor, consumir droga o encarretarse con una u otra niña. Y todo lo hacen sin preguntarse nunca si es bueno o malo, adecuado o inadecuado, pues les basta y les sobra con que les guste hacerlo. Si gusta es bueno, Si no gusta es malo.

La cultura Postmoderna es, además, la cultura de la primacía de la vida privada. La modernidad hizo especial énfasis en la vida colectiva. Tanto que en las utopías liberales como en las marxistas, el bienestar colectivo era un valor. Generaciones enteras de colombianos tuvieron como ideal la defensa de la Patria o la lucha por defender los derechos del pueblo. Hoy, la postmodernidad rompe con esta manera de ver la vida. Los problemas de los otros, son de los otros y deben enfrentarlos ellos, ya bastante tiene uno con sus propios problemas. La vida privada se vuelve así la medida de todas las cosas. El otro sólo importa si está dentro de la esfera de uno mismo, si afecta lo que uno es. En cambio lo que a uno le pasa, le sucede o le gusta, es lo determinante. Por eso la ética colectiva, preocupada por los otros, ha cedido el paso a la ética individual, en la cual importa el yo por encima de todo. Ya no es una necesidad comportarse de una forma que agrade a los demás o les haga bien, lo que importa es hacer lo que uno quiere. Darse gusto a sí mismo, es la lógica de la vida privada. Mientras esta vida privada no interfiera con la vida privada de los demás, no hay ningún problema. Uno puede ser como quiera, vestirse como quiera, comportarse de la forma que quiera, tener las costumbres que quiera, consumir las sustancias que quiera, creer en lo que quiera, que nadie puede ni debe decir nada. Es el santuario de la privacidad, el monumento final al individualismo, el hombre aislado convertido en medida de todas las cosas.

Aplicada esta manera de pensar a tres o cuatro gustos triviales, nadie se atrevería a adivinar su profunda gravedad. Pero cuando consumir droga, o utilizar sexualmente a una persona, o asesinar a sueldo, se vuelven elementos de esta ética colectiva que respete al otro, que considere la dignidad de todas las personas. Sin embargo, un mundo construido sobre la absolutización del gusto individual, no puede ya asumir una ética que piense en el otro. Se pueden consagrar los derechos humanos en la Constitución, se puede volver a enseñar urbanidad, se pueden hacer comunicados pidiendo el retorno de la moral, que nada se logrará, pues la ética del joven de hoy es la ética del sí mismo, y lo que a él le parezca bueno lo es y si usted no está de acuerdo con él, ése no es su problema.

La cultura Postmoderna es la cultura de la indiferencia, de la pérdida del sentido de la solidaridad y la justicia. Hace apenas unos quince años, nuestra juventud vibraba con la música de protestas, con los ideales revolucionarios, son el deseo de comprometerse con los marginados. El rompimiento de las utopías y la absolutización del individualismo y de la vida privada, han hecho surgir una generación caracterizada por la indiferencia ante el dolor de los demás. Los jóvenes de hoy son en su mayoría insensibles, no solidarios, sin anhelos de justicia, para ellos el objetivo de la vida es pasarla bien. Los sufrimientos de los demás, los millones de pobres, los desechables de las calles, simplemente no son su problema. El anhelo de un mundo más justo y humano, no existe entre los jóvenes de hoy porque, por un lado no tienen grande utopías y por otro lado, el sufrimiento de los pobres no les afecta, no les duele, no les conmueve. Su mundo de intereses es demasiado personal, está encerrado en su vida privada y allí no hay cabida para el otro, mucho menos si el otro es un hermano sufriente. A los jóvenes de hoy les preocupa su propio bienestar, sus propios placeres, su propia riqueza; no les preocupa el hambre, el dolor, la angustia de la gente. Hoy se cumplen amargamente las palabras de Martín Luther King "Lo que aterra no es la maldad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos".

La Sociedad Neoliberal y el Consumo como sentido último de Existencia.

Vivimos en una sociedad que es a la vez, el resultado de varias décadas de intentos por salir del subdesarrollo y del rompimiento de los grandes modelos socialistas. Guste o no, el neoliberalismo ha terminado por constituirse en la única sociedad posible, ya que es la única que nos permite sentirnos menos atrasados, casi desarrollados y ya que no hay ningún otro modelo de sociedad al que podamos hoy aspirar. Y claro, cuando un modelo no se siente el único, tiene que humanizarse, suavizarse, para que no sea reemplazado por las otras alternativas. Pero cuando un modelo social es único, ya no necesita contemporizar, simplemente se impone y nada más. Por eso ahora sí estamos viviendo el puro "capitalismo salvaje". Ya no es necesario intentar mostrar el rostro humano del capitalismo, si es que alguna vez lo tuvo. Ahora se puede afirmar que lo único importante es el lucro, la generación de riqueza, con los menores costos posibles. También esta sociedad Neoliberal afecta el comportamiento de nuestros jóvenes, muchas de sus actitudes sólo se pueden entender desde la perspectiva de unos valores sociales Neoliberales. ¿Cómo caracterizaríamos a la sociedad Neoliberal?

La sociedad Neoliberal es la sociedad del lucro, de la riqueza como objetivo final de la vida. Cosas como hacer historia, luchar por los demás, arriesgar la vida por la justicia, son conceptualizaciones del pasado, bellas ideas épicas de otros tiempos, pero en todo caso algo extraño al pensamiento social de hoy. "El tiempo es oro" dice el aforismo y dicho en inglés resulta aún más claro su valor fundamental, la riqueza económica. Todo lo demás, aunque sea un valor, es necesariamente secundario. Por eso la vida humana, el respeto por el otro, la fe en Dios, el amor limpio, la honestidad, son criterios de vida ciertos en el papel, verdaderos en el plano de la discusión teórica, pero falsos en la vida práctica. Si el objetivo de la vida es el lucro, la forma como éste se alcance es secundaria, pues una vez más ha llegado a ser verdad aquello de que "el fin justifica los medios". No es casualidad que haya gente que viva del asesinato, no es un accidente que la mayor fuente de ingresos del país sea el tráfico de estupefacientes. Aunque lo uno siga siendo un delito y lo otro sea un negocio ilegal, lo cierto es que cada vez hay más personas que viven de matar y cada vez más también se ven más apetitosos los capitales de la mafia. Al fin de cuentas, la última reforma cambiaría permitió la entrada al país de una inmensa cantidad de dólares mal habidos, todo el mundo sabe que hay centros comerciales especializados en lavar dólares y que para volverse legales, las ganancias de la mafia se convierten mágicamente en computadores, equipos de sonido, autos importados, motocicletas ninja, camionetas extranjeras sin llanta de repuesto atrás que se pueden conseguir a buenos precios en nuestra ciudad. No hay ninguna ética, la verdadera ética de nuestra sociedad, es la ética de lucro. No importa el cómo, lo que importa es el cuánto.

Esto explica porque cada vez hay más jóvenes consiguiendo dinero y haciendo del dinero el único objeto de sus vidas. Unos se gastan la plata del papá y éste para no perder su amor, se la regala, otros trabajan para la mafia, pues ésta suele contratar menores de edad, ambiciosos e intocables, en virtud de un código que los protege. Otros se venden sexualmente, otros asesinan a sueldo; no es raro que vivamos en un país cada vez más corrupto, pues la corrupción es intrínseca a este tipo de sociedad. Si el sentido de la vida es ganar dinero, no es problema ser corrupto, lo que es problema es conseguir dinero.

La sociedad Neoliberal es la sociedad que busca la felicidad en el consumo. Dice la propaganda radial de un conocido almacén de muebles, que "la forma como la galería N.N. colabora con la paz, es garantizando la paz interior de los que compran sus productos, porque los muebles de la galería N.N. generan paz, felicidad y satisfacción". Para todos resulta evidente que unos muebles no pueden ofrecer valores tan intangibles y tan grandes como la paz interior o la felicidad, sin embargo, esta pretensión es uno los elementos básicos de nuestra sociedad. La felicidad, la paz interior otros valores tales como el amor o la realización personal, ya no se pone en utopías ni mucho menos en experiencias espirituales. Estas suponen esfuerzo, ascesis, sacrificio y el hombre Neoliberal no gusta de eso. La sociedad Neoliberal tiene como fin generar entre la gente un sentimiento de bienestar, de satisfacción completa. Alguna vez en un maravilloso cuento de ciencia ficción, el ya fallecido escritor Isaac Asimov, mostraba cómo en el futuro se fabricaban robots y computadoras que tendrían como única función satisfacer. La sociedad Neoliberal es el gran robot generador de satisfacciones, tan maravillosamente a la mano, increíblemente cercanas, que sólo es necesario consumir algo, comprar un nuevo articulo, hacerse socio de un condominio, viajar en tal o cual aerolínea, visitar este u otro sitio de recreo, conseguir un nuevo electrodoméstico o un flamante automóvil, para encontrar la felicidad. De esta forma la sociedad Neoliberal es al mismo tiempo, la sociedad que pone la felicidad en el consumo (y para poder consumir más hay que ganar más dinero, lo cual la hace una sociedad de lucro) y la sociedad que objetiviza los valores espirituales, pues todo, hasta el amor, se puede adquirir con dinero.

No es extraño entonces, que los jóvenes de hoy estén obsesionados por el consumo. Viven una sociedad en la cual ser felices es lo mismo que consumir y, como ellos desean ser felices (es lo que deseamos todos los hombres) y ya que se les enseñó a buscar los valores espirituales en las realidades objetivas, han hecho del consumo su régimen de vida. Por esos los jóvenes de hoy son la generación del gasto, del rebusque de dinero (lo cual necesariamente implica trabajar) para tener con que pagar las actividades del fin de semana. Si bien siempre el ser humano ha tendido a buscar la felicidad en las cosas, la juventud actual se caracteriza por buscar la felicidad en sensaciones inmediatas, en el consumo de algo que le haga sentir placer, tranquilidad, emoción, éxtasis. En los inmensos anaqueles del supermercado de la vida, se ofrecen todo tipo de artículos, desde libros de metafísica, hasta drogas, pasando por las marcas, la ropa, los lujos, los cuerpos de las mujeres, las fiestas de barrio, el licor. Todo puede ser adquirido, todo puede ser comprado, y la generación actual anda buscando su felicidad en lo que compra, cadenas de oro colgadas en el cuello, los apartamentos de lujo en los sectores más exclusivos de la ciudad, la compra con dinero y supuestas obras de caridad del silencio y la obediencia de barrios o pueblos enteros, la intimidación a través de grupos de justicia privada, la imposición de la ley del mas fuerte y el mejor armado, las discotecas flamantes, las orgías, la prostitución juvenil. Todo esto que para muchos de nosotros podría ser simplemente lujos ridículos, se ha convertido, sin embargo, en toda una propuesta existencial, en un modelo de identificación para la juventud. Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes que sin caer en cuenta de la procedencia de los grandes capitales de la mafia, simplemente sueñan con poseer la riqueza, el poder, los lujos de los narcotraficantes. Como buenos jóvenes de la Postmodernidad Neoliberal, pero poco preocupados por la ética e interesados por alcanzar la felicidad objetiva que ofrecen las riquezas, poco les preocupa llegar a ser parte de todo un imperio del delito, con tal de poder tener una motocicleta ninja, dinero en buenas cantidades y placeres al por mayor.

El narcotráfico ha cambiado los valores de la sociedad. Manejando incontables sumas de dinero, el narcotráfico ha implantado un estilo de vida que se ha vuelto atractivo para los jóvenes de hoy. El lujo, el confort, el anhelo de tener mucho dinero, muy pronto y muy fácil, son los nuevos valores de una juventud desconcertada moralmente. Por eso no es extraño encontrar jóvenes de todas las clases sociales y no sólo de las comunas deprimidas, haciendo parte de escuadrones de la muerte, trabajando como sicarios, llevando y trayendo mercancía ilícita, haciendo las veces de protegidos de los capos de turno. Por eso mismo es cada vez más frecuente encontrar muchachos que para conseguir dinero, comienzan robando calculadoras en el salón de clase y terminan trabajando para algún mafioso y hasta vendiendo su propio cuerpo a los homosexuales con plata. El dinero, el disfrute, el pasarlo bien, parecen argumentos que justifican todo tipo de excesos e inmoralidades. El vacío moral ha llegado a ser tan grande que incluso entre los jóvenes que no están en contacto con el narcotráfico ni con su estilo de vida, que llevan una vida sana y en orden, queda sin embargo una duda, un no estar convencidos del todo de lo negativa que es la mafia, y lo que es peor, permanece una peligrosa admiración por las riquezas, los lujos y el estilo de vida de los narcotraficantes.

El narcotráfico como imposición de un estilo de vida violento. Si bien la historia de Colombia es la historia de múltiples guerras, la mafia ha logrado en los últimos años que nos acostumbremos a la triste realidad de una violencia cotidiana. El mafioso simpático de los años 70 sobre el que se hacían todo tipo de chistes, dio paso al monstruo violento de la década de los 80, funcionarios del gobierno, candidatos presidenciales, jueces, periodistas, sacerdotes, médicos, sindicalistas, maestros, jóvenes, niños, miles de inocentes murieron en los años anteriores, al ritmo de una aterradora guerra nunca declarada, pero quizá por eso más violenta. Las bandas de sicarios, las pandillas juveniles, las milicias populares y toda suerte de grupos de violencia se fueron tomando barrios, sectores, pueblos ciudades. Hoy la violencia no sólo es una realidad cotidiana, sino que, fruto del acostumbramiento a ella, cada vez se le percibe más como solución para los diversos problemas, con violencia se cobran favores, se consiguen herencias, se gana dinero, se castigan culpables, se intimida a los inocentes, se acalla a los testigos, se saldan cuentas, se realizan venganzas, se aplica justicia y hasta se combate la pobreza, matando a los pobres. La violencia se ha convertido en el argumento normal, por eso no es raro encontrar jóvenes que lleven armas a los establecimientos educativos, que intimiden a los compañeros, que se hagan rodear de cinco o seis patanes que les consigan un puesto preferencial para comprar en la tienda que contratan los servicios.

La sociedad Neoliberal es la sociedad que degrada a las personas al nivel de simples objetos de consumo. Si los grandes valores pueden ser adquiridos, entonces todo, hasta las personas, terminan siendo objeto de consumo. Es una frase ya común escuchada hasta la saciedad en las películas, que "toda persona tiene su precio". Pero esta no es una frase de libretista truculento, es una expresión que define perfectamente las relaciones humanas en un mundo capitalista, por lo pronto, realidades tales como la corrupción de los organismos del Estado, el soborno a funcionarios públicos, la compra de autoridades por parte de los grandes grupos de la mafia, son una prueba concreta de que todos podemos tener un precio y estar anotados en una nómina. Para la sociedad Neoliberal que todo lo compra con dinero, las personas son un objeto más que comprar. Por eso si bien hay delincuentes que compran policías o abogados, también hay padres de familia que ante su fracaso como tales deciden comprar el amor de sus hijos con grandes regalos, ofreciéndoles buenas cantidades de dinero, o llenándolos de lujos; hay muchachos solitarios que por medio del dinero buscan atraerse amigos y hay quienes pagan para adquirir el cuerpo de una mujer y hacerse a la idea de que son amados por alguien. Vivimos en una sociedad que compra y vende personas, en una sociedad que alquila bebés para pedir en las esquinas, que arrienda vientres, que vende niños acabados de nacer, que compra con el dinero los servicios sexuales de un adolescente, que negocia con el cuerpo de las mujeres, es la sociedad de la despersonalización.

Por eso no es extraño que nuestros muchachos tengan la extraña tendencia a no valorar a las personas. No les importa utilizar a un amigo más, no le ven ningún problema a meter un compañero en una adición, no les parece malo engañar niñas prometiéndoles amores que no sienten de verdad, no ven nada irregular en la forma despectiva como tratan a sus padres o educadores. Son simplemente buenos hijos de una sociedad despersonalizada y ya que ellos mismo se han sentido objetos de consumo, han entendido que el amor, la felicidad y la paz, hay que comprarlos, así la compra suponga seres humanos.

La Sub–cultura del Narcotráfico, un neoliberalismo más violento.

Es indudable que el narcotráfico es algo más que un negocio o un delito, si sólo fuera esto, afectaría únicamente a los que tienen que ver con el negocio o con el delito, sin embargo, los últimos años de la historia de nuestro país, están enmarcados por una presencia del narcotráfico en la vida de todos nosotros, porque todos, de alguna manera hemos aprendido a vivir o morir en medio de una cultura narcotraficante, dentro de la cultura Postmoderna y al interior de la sociedad Neoliberal, el narcotráfico se ha ido convirtiendo lentamente en una manera de ser, de vivir, de pensar, de valorar, de existir. Están lejos los tiempos en los que el narcotraficante era aquel emergente, "nuevo rico", objeto de burlas y chistes. Hoy el narcotráfico ha impuesto su forma de vivir, con gusto o no, ridículo o no, el estilo de vida mafioso se ha ido imponiendo y se ha convertido en una verdadera sub–cultura que afecta gravemente a los jóvenes de hoy.

¿En qué signos se nota la influencia de la sub–cultura narcotraficante?

El narcotráfico como estilo de vida, generador de un vacío moral y de un desconcierto ético. El narcotráfico, bueno es tenerlo en cuenta, no sólo es un negocio sucio, es fundamentalmente una manera de vivir, una forma de asumir la existencia. Supone un estilo de vida caracterizado por las grandes fiestas, las fincas inmensas dotadas con toda clase de excentricidades, camionetas importadas sin llanta de repuesto atrás, una pandilla para golpear un enemigo, que amenacen por teléfono al muchacho que está enamorado de la niña que le gusta. Hace unos tres meses el personero de Medellín revelaba que el 70% de las víctimas en hechos de sangre de esta ciudad, eran jóvenes. El narcotráfico ha engendrado una generación monstruosa, que tiende a la violencia y que valora cada vez menos la vida.

El narcotráfico como cotidianidad de las sustancias que destruyen al hombre. El ser humano siempre se ha sentido atraído por las sustancias alucinógenas. Estas no son nuevas, ni son propias únicamente de nuestra época ni de nuestro país. Pero de alguna forma lo que ha logrado la sub–cultura del narcotráfico es que nos habituemos a ellas. Los jóvenes de hace quince o veinte años, ante la invasión "hippie" tenían el gran peligro de caer en el consumo de marihuana, pero "esta a pesar de la popularidad que llegó a tener, nunca tuvo la difusión que hoy tiene la droga y el alcohol. La mayor parte de los muchachos de hoy han visto drogas en sus barrios, en el grupo de amigos que se reúnen en la esquina, en la fiesta del fin de semana. Crece cada vez más el número de muchachos que la han rechazado más que por sus convicciones personales, por la falta de oportunidades. La droga está ahí, la venden dentro y fuera de muchos establecimientos educativos, la reparten los mismos jóvenes, la usan para huir de los problemas familiares o simplemente para disfrutar más de la música o tener un momento de éxtasis, pero ya no es la droga lejana, sino la droga cotidiana, presente en todos los barrios y ambientes.

Junto a la droga, aparece otra adición más peligrosa, en cuanto es permitida por la sociedad, el uso exagerado de bebidas alcohólicas. Los jóvenes de otras épocas se embriagaban por primera vez a los dieciocho o veinte años, a escondidas y temiendo el regaño de sus padres. Hoy en día hay jóvenes que se inician en el consumo de licor desde los primeros años de su pubertad y algunos llegan a ingerirlo casi a diario; hay muchachos que no pueden divertirse en una fiesta sin embriagarse y obviamente cometen todo tipo de locuras y excesos bajo los efectos del alcohol. Para colmo la mirada permisiva de una sociedad alcohólica como la nuestra, que tiene la falsa creencia de que el consumo de licor no es un problema grave, el convencimiento errado que sólo es posible divertirse con unos cuantos tragos en la cabeza y la sensación de adultez que aporta el consumir alcohol, ha afianzado el surgimiento de una generación con profundos problemas de alcoholismo... problemas que, por desgracia no parecen ser importantes para nadie.

La Influencia Externa y la Pérdida de la Identidad Cultural.

Toda la realidad anteriormente descrita, se agrava con la influencia de culturas provenientes de países que viven un desconcierto ético tan serio como el nuestro; no es algo nuevo hablar de falta de identidad cultural entre nosotros, el pueblo colombiano, a pesar del orgullo que dice sentir, siempre ha tenido una especial inclinación por copiar lo que se hace o vive en otras latitudes. Los esquemas políticos, los modelos educativos, los estilos arquitectónicos, los gustos artísticos y hasta los ideales revolucionarios, han tenido siempre una buena carga foránea. Empero esta influencia externa a la que quizá nos fuimos acostumbrando con el paso del tiempo, se ha vuelto hoy más problemática ante la irrupción de valores extraños a nuestra cultura, que sin embargo, son asumidos de manera entusiasta por nuestra juventud.

¿Cuáles aspectos describirían los puntos más problemáticos de la influencia externa?

El satanismo y el gusto por lo malvado. Hoy no está de moda entre los jóvenes ni la bondad, ni el amor, ni la misericordia. Dios parece alguien demasiado simple par ser interesante. Hay un gusto por lo oculto, por lo secreto, lo cifrado; por eso atrae el satanismo, gustan los símbolos cabalísticos y esotéricos, hay un interés desmesurado por el demonio, por las "misas negras" y por los rituales satánicos. Muchas letras de canciones metálicas a esto invitan. Las revistas sobre los ídolos del rock, muchos videos y los "souvenirs", son también de clara influencia demoníaca. No pocos psicólogos han dado en estos últimos años la voz de la alarma sobre los mensajes subliminales presentes en muchas grabaciones musicales. La mayor parte de tales mensajes invitan al satanismo, a la delincuencia, a la violencia, al desenfreno sexual y a la drogadicción. Aunque no todos los jóvenes son afectados de la misma manera por los mensajes subliminales, los estudios psicológicos han señalado que las personas con tendencias a la depresión, a la soledad compulsiva, a la agresividad o que sean deprivadas afectivamente o que carezcan de una vida familiar estables, son víctimas preferentes de los contenidos subliminales.

El surgimiento de los cultos satánicos no es otra cosa que la manifestación externa de una juventud que ha ido perdiendo el sentido del bien. Lo malvado, lo negativo, lo desordenado parece más interesante, más apasionante para los jóvenes de hoy. Tal vez esta realidad provenga de la necesidad que el mundo actual ha impuesto de hacer de la vida una peligrosa aventura. En el mundo del mal los jóvenes pueden sentir el vértigo, la emoción de estarse jugando a cada instante la existencia, el bien para ellos aparece como demasiado estable, fácil y seguro; además, el mundo del bien, de Dios, del respeto a los otros, es para muchos de ellos, el mundo de los adultos, de unos adultos que ha dañado el planeta y que, por lo general, han predicado unos valores que no viven. Desde esta premisa, adorar el mal y seguir a Satán, es una forma de protestar contra el orden imperante, es un acto revolucionario; lo cierto es que por protesta o por aventura, el mal se le fue volviendo para la juventud toda una posibilidad vital a la que se siente llamada por la música que escucha, por los ídolos que imita y por la presión social de las pandillas que le rodean.

El mundo punk y el mundo metálico. Aunque son muchas las corrientes culturales que afectan a los jóvenes, hay dos que especialmente tienen poder sobre ellos y han ido configurando dos estilos de vida. El punkinismo se alimenta de una concepción pesimista de la realidad. Tal pesimismo termina planteando un sinsentido existencial que suele desembocar en el suicidio. Para el mundo punk "la muerte joven" no sólo es un ideal, sino una manera más adecuada de enfrentar una realidad en la cual no hay lugar para la felicidad. Es bueno tener en cuenta que de los protagonistas de la película "Rodrigo D No Futuro", todos miembros de una banda de música punk, sólo uno está hoy con vida, todos los demás cumplieron el ideal punk, murieron jóvenes. De otra parte, los metálicos, aunque no tienen las tendencias suicidas de los punkeros, tienen una tendencia a ser agresivos contra todo lo que suponga orden social tradicional. Los metálicos hacen de su música, de su ideología, de su manera de vivir, una protesta contra el mundo de los adultos, para ellos, la generación anterior construyó una realidad aparentemente fundada sobre valores morales y sobre leyes justas, pero marcada por la hipocresía; la rebeldía metálica, que no es una rebeldía transformadora de la realidad, se centra en la protesta agresiva, caracterizada por la vivencia de valores opuestos a la transgresión de las leyes y principios de los adultos. En la práctica esta protesta contra el orden tradicional se expresa en la violencia desafiante, la cual se manifiesta desde la misma ropa oscura y agresiva que utilizan los metálicos, en el libertinaje sexual, vivido como superación de la moral hipócrita de los adultos y en el consumo de sustancias alucinógenas que no sólo hace posible sus fantasías, sino que manifiesta definitivamente su oposición al mundo actual. El punkinismo y el metal han dejado de ser sólo un estilo de música y se han constituido para muchos jóvenes en modelos reales de identidad. A fines de 1992 el grupo norteamericano "Guns and Roses" visitó varios países de Suramérica, lo curioso, lo increíble, fue que en Venezuela, lo mismo que en Chile, en Argentina y en Colombia, la respuesta de los jóvenes fue la misma, la ropa negra que usaron era similar y la violencia que llenó de destrozos las calles fue muy parecida, esta influencia del punkinismo y el metal es aún más seria y cuestionadora, si tenemos en cuenta que ya desde hace varios años, muchos psicólogos vienen señalando el peligro real que para el equilibrio mental de los jóvenes, suponen los contenidos subliminales de estas músicas. Parece ser que las luces usadas en los conciertos, ciertas frecuencias musicales y mensajes ocultos grabados en disco, pueden llegar directamente a las capas corticales del cerebro y alterar el comportamiento de los jóvenes. Estas podrían ser las causas de la creciente agresividad, de la ansiedad, de los desordenes sexuales, del consumo de droga, de la violencia, de los jóvenes excesivamente atados a estas músicas, aunque lo cierto es que esto no es más que una teoría, la experiencia dolorosa de muchos jóvenes que se refugian en su música y van cambiando inexplicablemente de comportamiento, son una voz de alerta sobre la seriedad de esta problemática.

La Ruptura del Mundo Familiar y el Desequilibrio Personal.

Sin duda alguna a la base de todas estas realidades descritas en los jóvenes se encuentra el más común y el más doloroso de los motivos: la ruptura del universo familiar. El mundo actual se acostumbró a convivir con la separación, con los matrimonios destruidos, con los niños separados de sus padres, con los vacíos afectivos llenados a la fuerza con regalos o electrodomésticos, hasta los mismos muchachos se fueron haciendo a la idea de que el rompimiento de sus hogares no los afectaba, que era algo a lo cual uno terminaba acostumbrándose y que no era un problema grave. Con todo, ahí están los niños modernos, los jóvenes de hoy, llenos de todo y vacíos de cariño, con un extraño odio por sus padres, con una pérdida del sentido de sus vidas, con una necesidad imperiosa de mendigar cariño, afecto, te quieros; con un consumo cada vez mayor de droga y de licor, con un equilibrio humano roto. La verdad, es que con el rompimiento de la familia, se rompieron los jóvenes.

¿Cuáles serían las principales consecuencias de la ruptura del mundo familiar?

Los traumas psicológicos y la pérdida del equilibrio afectivo. Muchos de los jóvenes de hoy llevan a cuestas traumas causados por hechos dolorosos sufridos durante su infancia. Tales traumas provocan una dolorosa pérdida del equilibrio emocional y afectivo. Virtualmente una generación de jóvenes colombianos está creciendo con vacíos afectivos que desesperadamente intentan llenar a fuerza de noviazgos prematuros, relaciones sexuales precoces, relaciones homosexuales, drogadicción, alcoholismo, desenfreno, búsqueda desesperada de riquezas, etc. Cuando el ser humano tiene un vacío en el centro de su alma se desespera y busca por todos los medios llenarlo. El único problema es que lo que no se llenó en la infancia con el amor de unos padres, la estabilidad de un hogar y el cariño fraternal, ya no se llena más que con la aceptación de sí mismo, pero justamente, cuando hay un vacío afectivo, lo que hay de fondo es una incapacidad casi absoluta de auto–aceptación. Hace unos días en una dinámica de presentación con jóvenes de unos catorce años, les pedí que describieran un poco a sus familias. Al final cuando terminó la dinámica, les pregunté que era lo que más les había llamado la atención de las respuestas de sus compañeros, todos coincidieron en un punto, lo que más les había impactado era que una gran mayoría no tenía un hogar bien formado.

La violencia social que ha destruido tantas familias, la inmadurez sexual y afectiva de los adultos que los hace incapaces de construir una relación de pareja estables y las tensiones de una vida familiar en una sociedad cada vez más convulsionada, han lesionado gravemente los hogares; hoy son pocos los jóvenes que pueden afirmar que tienen un hogar completo y más pocos los que pueden decir que tienen un hogar feliz. Lo terrible es que aunque se acostumbren a la ausencia de alguien o el abandono, en el fondo del corazón siempre permanece un lugar herido, un punto traumatizado lleno de odio, culpa o tristeza.

La inseguridad y la pérdida de la identidad personal. El rompimiento del mundo familiar trae como consecuencia la pérdida de la identidad personal. Sin poder desarrollar un proceso normal de auto–identificación ante sus padres, el joven pierde conciencia de sí mismo y busca en los modelos que le ofrece la sociedad, otras posibilidades de identificación personal. Los héroes del deporte o del rock, los cabecillas de las pandillas juveniles, el mafioso que viven en las cercanías, que comenzó de la nada y ahora tiene todo, el compañero que lleva una vida libertina, se convierten fácilmente en los modelos con los cuales el joven busca identificarse. Así después de perder su hogar y de perder el afecto que necesitaba para crecer, el joven termina perdiéndose a sí mismo. No es casualidad que el muchacho de hoy sea tan fácilmente manipulable. Además de la inseguridad propia de la adolescencia, tiene toda la inseguridad propia de su falta de identidad. Por eso es posible influir sobre él, cambiarle sus valores, hacerlo instrumento, todavía hoy recordamos la historia conmovedora de aquel muchacho de quince años que asesinó en el aeropuerto al candidato presidencial Jaime Ossa. Su abuelita decía que un muchacho ingenuo, casi un niño y contaba cómo unos meses antes, él había llorado angustiosamente al haber matado sin culpa una tórtola. En medio del dolor, aquella mujer preguntaba, quién le había cambiado tanto a su nieto en apenas unas pocas semanas. Y su pregunta, sin duda, es la pregunta de muchas otras mujeres, madres de jóvenes sicarios, drogadictos, alcohólicos, pandilleros.

La agresividad, la depresión y otros estados de ansiedad. La separación, la infidelidad, la agresividad vivida al interior de los mismos hogares, e incluso la violencia física entre los cónyuges o entre los padres y los hijos, conforman un ethos violento que los muchachos van asimilando como propio. Es por esto por lo que muchos jóvenes llevan dentro de sí una violencia, a veces contenida y canalizada en diversos estados de ansiedad o depresión (como agresión), a veces explícita y encauzada a través de la participación en pandillas y actividades delictivas. En todo caso es una violencia que del ambiente social ha pasado a las familias y de éstas a la psicología de los jóvenes. Alguna vez un psicólogo social que analizaba el fenómeno de los niños sicarios de Medellín decía que más que matar, un sicario, lo que estaban haciendo no era otra cosa que matar en cada esquina al padre que odiaban, deseando inconscientemente que los mataran a ellos para purgar de alguna manera sus culpas. ¿Quieres ser un delincuente cuando llegues a los veinticinco años? Preguntaba uno de los protagonistas de la película a un muchacho de escasos dieciséis años de edad. Este, sin pensarlo dos veces, sin dudarlo siquiera, sin tardar, respondió fríamente "es que yo no voy a llegar a los veinticinco años". Esta es la realidad de muchos jóvenes sin identidad, llenos de violencia contra el mundo, contra los demás, contra sí mismos; no es un accidente que el suicidio sea la tercera causa de muerte entre los jóvenes norteamericanos, ni que casi el 50% de los jóvenes entre los 15 y 18 años hayan pensado en quitarse la vida. Una pérdida del sentido de la vida que tiene su origen en la deprivación afectiva, en el rompimiento del universo familiar, está cobrando fatalmente la vida de los jóvenes. Es una violencia cada vez más cercada y cada vez más atroz.

La tendencia a repetir la misma historia de sufrimiento padecida. El vacío afectivo, la pérdida de su identidad personal, la agresividad hacia toda forma de autoridad, lleva a los jóvenes a vivir un gran desconcierto ético y moral. Muchos a la edad de trece o catorce años tienen sus primeras relaciones sexuales con prostitutas (cuando no han sufrido abuso sexual durante la infancia). Para después de los quince se generalizan los noviazgos que suelen ir acompañados de relaciones prematrimoniales. No preparados para las responsabilidades de la vida conyugal y más preocupados por encontrar un poco de afecto, de placer o de experiencia sexual, no pocos jóvenes se encuentran repentinamente con la amargura de un embarazo indeseado, con el dolor de haber aprobado un aborto, o con el dolor de tener que aceptar la traición de la pareja después de tantas promesas hechas. Con lo anterior, muchos repiten su propia historia dolorosa, nacieron por error y por error conciben a sus hijos, así, nacen hijos sin padres (en 1986 se calculaba en setecientos mil el número de madres solteras en Colombia, el 80% de ellas menores de veinticinco años de edad), con traumas de nacimiento, hijos no deseados, hijos que nacen a pesar de haberse intentado el aborto y unos jóvenes demasiado jóvenes, incapaces todavía de vivir en pareja y de ser padres, se ven obligados por la vida a desempeñar papeles que los desbordan. De esta forma la ruptura familiar, genera más ruptura, más niños deprivados afectivamente, que cuando sean adolescentes buscarán desesperadamente unas migajas de sentido en el alcohol, en la droga, en la música, en una pandilla, en el cuerpo de alguien, en el intento de suicidio, o en las relaciones sexuales que lo llevará a ser padre antes de tiempo, Es la repetición de dolor, la repetición del sufrimiento, la repetición de una historia traumática.

Esta es la juventud actual, sin duda, muchas cosas más se podrían decir sobre los jóvenes de nuestro tiempo, pero estos puntos anotados anteriormente marcan el croquis fundamental, algo habría que afirmar para finalizar: no se trata de ninguna manera de una generación malvada, ni de una generación carente de valores. Todo lo contrario, detrás de esta situación descrita y que puede parecer pesimista, están unos muchachos de carne y hueso, sobreviviendo con los valores que a pesar de todo llevan dentro y luchando para encontrar un lugar en la historia. Lo que sí es cierto es que estamos ante una generación entristecida, ante una juventud que ha ido perdiendo su sentido existencial y que necesita urgentemente encontrar una buena noticia que le devuelva el deseo de vivir. No son jóvenes malvados, son jóvenes tristes, y cuando el hombre está triste, se puede convertir en un monstruo violento. Mientras no se resuelva el problema original de la deprivación, del sinsentido, de la ausencia de utopías, nuestros jóvenes de hoy seguirán perteneciendo a la generación del "No Futuro", buscarán la muerte en alguna esquina de la ciudad, se contentarán con el placer fugaz que da el dinero y esperarán morir sin haber cumplido los veinticinco años.

"Algo extraño, algo doloroso, algo raro le ha venido sucediendo a la juventud en los últimos tiempo, más allá de los problemas familiares, de las separaciones conyugales tan traumáticas, de las inmensas soledades de los muchachos de hoy, más allá de la droga y de la violencia, más allá del resquebrajamiento de los valores de la infidelidad creciente, un peligroso cáncer ha ido destruyendo a nuestros jóvenes".

La vida, la abundancia, la angustia, los traumas, el ambiente capitalista, el fin del siglo o quién sabe qué extraños factores, les fueron arrebatando a dentelladas las ganas de construir un mejor mañana. De un solo sorbo, el mundo actual se bebió los sueños más bellos de la juventud, apuró a grandes tragos aquellas utopías que sólo crecen durante los años tempranos y dejó a muchos, a demasiados jóvenes de hoy, sin futuro, sin ilusiones, sin esperanzas, sin deseos de llegar vivos a los veinticinco, con el anhelo resignado de sobrevivir hoy, sin tener que luchar ni por la verdad ni por el bien, ni por la justicia, como si en vez de madurar, hubieran envejecido prematuramente.

Estos son los jóvenes de NO FUTURO. Estos son los jóvenes sin UTOPIAS. Estos son los jóvenes de la DESESPERANZA. Viven para el instante, para un instante demasiado rápido y pasajero, que es necesario, por tanto disfrutarlo cuanto antes, viven para la sensación placentera de hoy, para el disfrute, para la diversión momentánea, para la niña hoy conocida, hoy conquistada y hoy gozada.

Viven para conseguir pronto el dinero que les permita tener cuanto antes, todos esos placeres que el mundo les dijo que eran imprescindibles si querían llegar a ser felices. Viven para el gozo fugaz, para el amor pasajero, para las alegrías que rápido llegan y más rápido aún se van.

Un mal día se les marchó el anhelo profundo de construir un mundo mejor, un más bello porvenir y se quedaron con un tosco hoy entre sus manos, un hoy tan poco luchado y sólo disfrutado angustiosamente, frenéticamente; pareciera que ya no creen en nada, que ya no ven importante entregar la vida por algo, arriesgar la existencia toda por una razón, por un proyecto, por un sueño, por una convicción, por un amor verdadero, que para vivir sólo es necesario relajarse, disfrutar el instante y no hacer nada más.

Con todo, en lo profundo, allá donde están las grandes ansiedades del hombre, padecen una sed inmensa y se mueren de hambre, creen sin embargo, que las cuatro diversiones que les ofrece el ambiente, que el dinero, que los placeres, que los lujos, pueden darle la felicidad, pero esas cosas únicamente consiguen calmar momentáneamente la angustia y no logran concederles una auténtica alegría. Es que en la abundancia y el disfrute hay placer, pero no hay una verdadera razón para vivir.

Por eso se quedaron sin futuro, atrapados en la desesperanza. Hoy en la noche volverán a reunirse con sus pandillas, tal vez tomarán licor o quizá probarán algo más fuerte, en el ardor de la fiesta manosearán a alguien y creerán que eso es amor y con el paso del tiempo aprenderán tal vez a conseguir dinero corrompiéndose, comerciando con veneno o con vidas humanas y muy posiblemente antes de cumplir los veinticinco, se marcharán sin haber construido su felicidad, sin haber dejado una huella profunda en la historia.

Ausencia de Futuro, ausencia de Esperanza, ésta es la juventud de hoy. No podemos ser ingenuos, es necesario que educadores y pastoralistas, que padres de familia y evangelizadores, tomemos conciencia de las situaciones que están viviendo nuestros jóvenes de hoy. Sólo así podremos entender sus búsquedas, el drama que está escrito en sus corazones y la salvación que tal vez sin saberlo, anhelan con la misma intensidad con la que el centinela aguarda la aurora.

En todo caso no es hora de desesperanzas, no hay que olvidar que la hora más oscura es la que está más cerca del amanecer.

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Autor:

Carlos A. Forero. F.S.C.


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