En 1972 los historiadores Heraclio Bonilla y Karen Spalding, al publicar trabajo tan original ("La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos") en la obra colectiva publicada por el Instituto de Estudios Peruanos "La independencia en el Perú" (Lima: I.E.P ediciones, 1972), que presenta trabajos tanto o más novedosos y trascendentes como los de Pierre Chaunu, Tulio Halperin Donghi, E.J. Hobsbawm y Pierre Vilar), causaron una gran conmoción en el ámbito intelectual vinculado al campo histórico al sostener como idea fundamental, herética para aquellos tiempos, que el proceso de la independencia peruana estuvo determinado íntegramente por intereses extrarregionales, básicamente por los intereses comerciales y financieros de Inglaterra, de tal manera que la independencia no podía ser analizada ni interpretada como un proceso interno, como producto de un largo proceso de lucha por ella, sino que le fue impuesta a los peruanos, quienes realmente no la deseaban, por no convenirles la separación con relación a España.
Según esta interpretación los peruanos consideraban que permaneciendo fieles a España tenían mucho más que ganar, o por lo menos mucho menos que perder. Esta posición historiográfica analiza críticamente la participación de las elites criollas en el proceso de la independencia y de los inicios de la etapa republicana. En lo medular planteaba que la independencia fue concedida a los peruanos por el ejército de San Martín, es decir que tuvo que llegar desde fuera debido a que la sociedad peruana virreinal carecía de una clase dirigente consciente de sus intereses y por lo mismo incapaz de formular un proyecto político alternativo al colonial. Otra es la opinión, por ejemplo, de Jorge Bracamonte quien en su ponencia "La formación del proyecto aristocrático: Hipólito Unanue y el Perú en el ocaso colonial" (Lima, 1996), señala que la mencionada incapacidad de las elites criollas para conducir los destinos del Perú no es del todo cierta. Ocurre, nos dice J. Bracamonte, que la toma de conciencia y formulación de proyectos de estos grupos no pasaba en lo fundamental por una ruptura abierta con la metrópoli. Por el contrario, fueron los sucesos acontecidos durante la coyuntura de la independencia, los que terminaron por frustrar el paciente proyecto que los criollos venían gestando desde por lo menos las dos últimas décadas del siglo XVIII". Ya tendremos oportunidad para analizar la concepción de Bracamonte.
Tratemos, por ahora, de comprender en lo sustancial los argumentos de la posición
de Bonilla, Spalding y otros. Heraclio Bonilla en el tomo VI de la Historia
del Perú publicada por Mejía Baca, al igual que Virgilio Roel,
reafirma sus puntos de vista de 1972, aunque como veremos presenta ya algunos
matices.
Es básico saber que en aquellos tiempos (siglo XVIII y comienzos del
XIX) el imperialismo inglés buscaba expandirse cada vez más, abrir
nuevos mercados para su pujante industria, tan necesitada de ellos. Hobsbawm
nos dirá que "Inglaterra tenía buenos motivos para favorecer la
independencia de Latinoamérica y para «abrir» China". España era
poseedora de un vasto imperio y por supuesto los intereses económicos
ingleses tenían que ambicionar esos potenciales mercados para su producción
manufacturera, cerrados en virtud del monopolio comercial, el cual, como es
lógico suponer tenía que beneficiar no sólo a ciertos sectores
sociales de España sino también de Hispanoamérica, especialmente
de Lima, pero, como señala muy bien Nelson Manrique, "perjudicaba fuertemente
a las burguesías de los dominios del interior y de la vertiente oriental
del virreinato". Esto explica porqué era tan bien recibido el contrabando
inglés por la costa atlántica.
Si, como se ha afirmado, cierto sector de nuestro grupo comercial se beneficiaba
con el monopolio, en cambio "las pujantes burguesías comerciales del
litoral Atlántico tenían mucho que perder con el mantenimiento
del orden colonial y en cambio tenían todo por ganar con su cancelación.
Por decirlo de una vez: la clase dominante limeña vivía en una
condición de abierta dependencia estructural de los privilegios coloniales;
de allí su fidelismo a ultranza, que la llevaría a jugar todas
las cartas para mediatizar el proceso emancipador y terminaría finalmente
con su liquidación como clase, como consecuencia de la crisis originada
por la independencia".
Es innegable que las reformas político administrativas y económicas
llevadas a cabo por la dinastía borbónica, sobre todo las de 1776
- 1778 (cancelación definitiva del monopolio comercial) significaron
un golpe mortal para la clase económica dominante peruana y muy especialmente
limeña, porque al entregar el Potosí a la jurisdicción
del virreinato del Río de la Plata (que había sido creado en 1776)
destruyó el circuito comercial que, atravesando la sierra central y sur
peruana, unía Lima, Potosí y Buenos Aires.
Es incuestionable, como bien lo han precisado no sólo Bonilla y Spalding
sino también Virgilio Roel, que la aristocracia criolla peruana se adhirió
al fidelismo. Abascal, innegablemente el "prior del convento colonial americano"
pudo actuar eficazmente contra los movimientos separatista hispanoamericanos
no sólo gracias a su innegable gran habilidad, sino porque teniendo el
poder político éste era realmente un poder político efectivo
porque contaba con el poder militar y financiero, toda vez que dichos poderes
se encontraban en manos de los criollos ricos, los cuales integraban los cuadros
de mando del ejército colonial realista. Como nos lo recuerda Virgilio
Roel las tropas del Alto Perú estaban comandadas por dos criollos: Goyeneche
y Tristán. Algo más, el "Regimiento de Voluntarios Distinguidos
de la Concordia Española del Perú" organizado por Abascal en 1811
fue financiado por los grandes comerciantes de Lima y su cuadro de oficiales
estuvo integrada por los más destacados miembros de la aristocracia capitalina.
Tal es la importancia de este Regimiento en su lucha contra el proceso separatista
Hispanoamericano, que a Fernando de Abascal se le otorgó el título
nada menos que de Marqués de la Concordia. Pero no fue el único
regimiento financiado e integrado por los criollos, es también el caso
de los Dragones de Carabayllo. Todo esto permite concluir a Roel que "si bien
el virrey tenía el poder político, el poder militar efectivo estuvo
en manos de la aristocracia criolla, principalmente de Lima, Arequipa y Trujillo".
A pesar de todo lo expuesto, resulta carente de objetividad el no reconocer o querer minimizar la existencia de intelectuales que atisbaron los errores del sistema imperante y que por lo mismo hicieron análisis críticos muy valioso, llegando algunos de ellos a transitar del simple fidelismo reformista al liberalismo separatista. Tendremos oportunidad de analizar, aunque sucintamente la tesis de Jorge Bracamonte acerca de la existencia, realmente, de un proyecto criollo de tipo aristocrático, de tal manera, como sostiene Bracamonte que "Es injusto entonces pretender que la elite criolla fue incapaz de formular propuestas de carácter político…" Como se ve esta es ya una crítica a las posiciones de Bonilla, Spalding, etc. y que matiza el análisis de la problemática de la independencia peruana, que algunos pretenden desconocer, presentando como verdades indubitables, las que realmente no lo son.
Viscardo, por ejemplo, un criollo que innegablemente no pertenecía al
sector poderoso económicamente, invocaba como una de las causas para
la separación los intereses contrapuestos: lo que era bueno para España
no lo era para sus colonias. En su célebre Carta, leemos: "…Necesitamos
(los criollos, según el contenido de la carta) esencialmente un gobierno
que resida entre nosotros para distribuirnos los beneficios, que son el objetivo
de la unión social; depender de un gobierno alejado a tres o cuatro mil
millas de nosotros es lo mismo que renunciar a dichos beneficios; y tal es el
interés de la corte de España que sólo aspira a dominar
nuestras leyes, nuestro comercio, nuestra industria, nuestros bienes y nuestras
personas, para sacrificarlo todo a su ambición, a su orgullo y a su codicia".
Debemos señalar que gracias al profesor Merle Simmons hoy poseemos una
visión mucho más certera del pensamiento de Viscardo a través
de su relativa copiosa obra. Algunos de estos trabajos nos revelan un Viscardo
conocedor de las doctrinas económicas de su tiempo, además de
un amplio conocedor de los sucesos que le tocó vivir, como podemos apreciar,
por ejemplo, en su "Ensayo sobre el comercio hispanoamericano" o en la "Situación
de la América Española y la estrategia para lograr su independencia".
Similar es el caso de otro criollo, éste sí de una posición
económica alta. Nos estamos refiriendo a José de la Riva Agüero
quien en su "Manifestación histórica y política de la revolución
de la América y más especialmente de la parte que corresponde
al Perú y Río de la Plata" señala también como una
de las causas para separarse de España los intereses contrapuestos. Riva
Agüero escribe: "Que los intereses de la Península están
diametralmente opuestos con los de la América; que para que aquella prospere
es preciso que esta permanezca en cadenas"(causa 1). Y en la causa 3 señala:
"Que el monopolio de la Península les impide a todos (se refiere a los
criollos) el comercio libre y les pone mayores trabas al expendio de sus preciosos
frutos".
Mariano Alejo Álvarez en su "Discurso sobre la preferencia que deben
tener los americanos en los puestos de América", discurso que debió
ser leído en el Colegio de Abogados de Lima en 1811, señalaba
que América era algo totalmente diferente de España, que era ya
una singularidad y por ello lo que corresponde a ella debería ser exclusividad
de sus propios habitantes. M.A. Álvarez escribe: "El español en
los reinos de España debe ser considerado en primer lugar; y por consiguiente
el americano en América".
Estas pocas y breves citas la hemos hecho, porque resulta realmente inaceptable
no reconocer que, incluso en el sector criollo en el cual se incubó y
llegó a tomar realmente forma un reformismo fiel a la metrópoli,
sus críticas al sistema colonial e incluso sus proyectos de reformas,
contribuyeron sin saberlo y de seguro aún sin quererlo, al proceso separatista.
Es inconcebible que análisis que pretenden ser serios y supuestamente
novedosos no tengan en cuenta las nuevas investigaciones, las novedosas interpretaciones,
como por ejemplo la de Jorge Bracamonte con relación al proyecto aristocrático
de los criollos. Así como tampoco estudios tan acuciosos y perspicaces
como los de Scarlett O'Phelan G. o los de Núria Sala i Vila, sobre todo
con relación a la gran convulsión del virreinato peruano, sobre
todo, aunque no exclusivamente, en la parte sur, así como en el Alto
Perú.
Siguiendo con un análisis sucinto del pensamiento criollo, encontramos
que en el "Estado Político del Perú" de Victorino Montero, poderoso
criollo que había logrado una enorme fortuna como corregidor en Piura,
existe especial énfasis crítico con relación a la corrupción
administrativa y en el descuido e indiferencia de España por la nobleza
peruana (como certeramente señala Pablo Macera, Montero es el representante
del resentimiento aristocrático frente a las reformas administrativas
y económicas de los borbones).
También perteneciente a la nobleza criolla, Macera ha estudiado el caso
del reformismo de José Bravo de Lagunas, el cual a
diferencia de Montero no adoptó una actitud de cerrada defensa de la
aristocracia, sino que puso énfasis en la crítica del aspecto
económico del virreinato peruano. Señaló los peligros,
para la economía virreinal peruana, de su dependencia con relación
a Chile, en lo que se refería a la importación de trigo para el
consumo básicamente limeño, que pudo haberse originado en un primer
momento por cuestiones climáticas de fines del siglo XVIII y comienzos
del XIX, pero que se mantuvo por intereses estrictamente económicos en
la medida que tanto peninsulares como criollos, entre los que se encontraban
grandes comerciantes, propietarios de navíos y dueños de plantaciones
de caña azucarera, amasaron enormes fortunas exportando azúcar
peruana a Chile e importando trigo chileno. Como señala Macera, el transporte
del azúcar resultaba más barato puesto que los buques traían
de regreso el trigo como cargamento.
Bravo de Lagunas, familiarmente vinculado con muchos de los que prosperaban
con dicho negocio, a pesar de ello señaló sus peligros para la
economía virreinal peruana, la cual, según él, tenía
que ser reorientada protegiendo y fomentando la agricultura como base de todos
los sectores y, por otra parte, preferir el producto peruano al extranjero,
es decir fisiocratismo y proteccionismo.
El caso de Miguel Feijóo de Sosa, que llegó a ser asesor del virrey
Amat, representa dentro del fidelismo una posición más radical
(lo cual nos señala matices incluso dentro del fidelismo) porque, en
primer lugar, en forma expresa manifiesta su identificación emocional
con el Perú, en tanto que patria nativa, y, por otra parte, se centra
en la búsqueda del mejor desarrollo de las potencialidades de la realidad
peruana. Fue un crítico de los repartos mercantiles, a pesar de que él
había sido corregidor y por lo tanto se había beneficiado con
dichos repartos.
Podemos ya analizar críticamente la posición historiográfica
que presenta la independencia peruana como un regalo que le hicieron al Perú
y a los peruanos fuerzas e intereses foráneos. Sin negar el trascendental
papel que ellos jugaron, no se puede aceptar como verdad definitiva y por lo
tanto indiscutible la mencionada interpretación, no por un malentendido
nacionalismo, patrioterismo o chauvinismo, sino porque un análisis más
profundo de la problemática y teniendo en cuenta los aportes de diversos
estudiosos de este aspecto de nuestra historia, se llega a conclusiones menos
monocausales y sí mucho más matizadas.
En primer lugar se tiene que comprender, y esto es algo obvio pero que tiende
a olvidarse o minimizarse, que el Perú de fines del siglo XVIII y comienzos
del XIX no lo podemos reducir al consulado limeño ni tampoco al sector
socioeconómico dominante. No se puede reducir el virreinato peruano a
solo el grupo criollo, por más poderoso que fuera cierto sector de sus
miembros de Lima, Trujillo y Arequipa. Por otra parte, como bien lo señala
Fernando Silva Santisteban, "Los criollos no constituyen un grupo homogéneo,
especialmente en lo que se refería a sus intereses económicos.
Se hallaban dedicados a diferentes actividades y ocupaban distintas posiciones
en la escala social. Los criollos estaban dedicados al comercio, a la minería
o eran terratenientes… Los comerciantes limeños del Tribunal del Consulado
ejercían el monopolio comercial, tenía el control del tráfico
mercantil, financiaba la explotación de las minas, habilitaban a los
corregidores, etc. Naturalmente, este sector de la élite criolla peruana
fue fiel a la corona y trató por todos los medios de mantener su situación
privilegiada, contribuyendo con préstamos y donaciones a sufragar los
gastos que demandaba la represión de los movimientos separatistas.
Pero existía otro sector de criollos, tanto en Lima como en provincias,
que no gozaba de los privilegios, ni de las ventajas económicas de la
élite criolla limeña, ni había accedido a los altos puestos
de la burocracia estatal. Estaba conformado por comerciantes de menores recursos,
funcionarios de segundo orden, artesanos prósperos y, sobre todo, profesionales
liberales, maestros, curas e intelectuales. Fue este grupo de criollos que vio
primero en el régimen de libertades y después en la colaboración
y en el separatismo, la satisfacción de sus aspiraciones o la realización
de sus ideales. Fue este segundo grupo de criollos el que justifica la independencia
y le da forma y coherencia al proceso emancipador".(1)
Pablo Macera en su trabajo "Tres etapas en el desarrollo de la conciencia nacional"
señala que las dos primeras etapas de este proceso se dieron en el siglo
XVIII y es cuando se gestan las doctrinas de la revolución. Y aquí
hay algo que es muy importante enfatizar. Macera expresa que si no se hubiese
dado dicho proceso, entonces se podría considerar la independencia peruana
como una tarea de los extranjeros.
José De La Puente Candamo ha hablado de la tendencia a la reforma, del
afán crítico a todo el sistema, que se agudiza a fines del siglo
XVIII y comienzos del XIX. La tendencia de la dinastía borbónica
a considerar América como posesiones y colonias (a diferencia de los
Austrias que, por lo menos en teoría, consideraban al virreinato peruano
como provincia predilecta) hace comprender a los criollos que sus intereses
ya no son los mismos que España. Por otra parte, como ya se ha señalado
reiteradamente, dichas reformas borbónicas favorecían a Buenos
Aires y perjudicaban al Perú, muy especialmente a Lima.
Como podrá apreciarse no es tan simplista el problema sobre las características
que tuvo el proceso separatista peruano. Que hubo un sector social (grupo de
personas de innegable poder económico) que no deseaba la independencia
porque consideraban que no convenían a sus intereses personales y de
grupo, nadie lo ha negado, mucho menos después de análisis tan
lúcidos como los de Bonilla, Spalding, Roel, entre otros. Pero el problema
es más complejo de lo que algunos pretenden presentarlo, desconociendo
todos los aportes que se han hecho justamente después de presentada y
fundamentada la tesis de Bonilla. Sobre todo teniendo en cuenta que el propio
Heraclio Bonilla escribiera lo siguiente: "Que fuera necesario el apoyo argentino
y colombiano para lograr la separación del Perú de España
no significa la inexistencia de esfuerzos locales por la independencia antes
y durante el contexto de la emancipación. (el remarcado es nuestro) Esto
es un problema que constituye todavía el territorio privilegiado de la
historiografía nacional, cuyos exponentes en su gruesa mayoría
han subrayado la activa "participación peruana" en las luchas por la
Emancipación. Desgraciadamente, los términos en que ha sido planteado
este problema encierran un conjunto de confusiones que es indispensable esclarecer".
La sociedad colonial americana, nos señala Bonilla, fue el resultado
de la violencia, del expansionismo europeo a partir de fines del siglo XV y
comienzos del XVI. Era lógico que la nueva organización se tradujera
en la oposición entre el vencido y el vencedor; estado de intereses contradictorios
que se fue cuestionando a lo largo de los siglos de dominación colonial,
hasta que en el siglo XVIII la dinastía borbónica, fundamentalmente
con Carlos III, elabora reformas al interior de la economía española
y de sus colonias americanas con el propósito de elevar el crecimiento
de la primera. Como dice Bonilla, a quien venimos citando casi textualmente:
"En sentido estricto se trataba de una segunda conquista de América en beneficio de la administración imperial, puesto que el fortalecimiento interior de los colonos americanos se había gestado a costa de los intereses de la Metrópoli. Las medidas que tomaron los borbones, afectaron por consiguiente, aunque de manera desigual, al conjunto de los estamentos coloniales. A los criollos, porque les retiraba un conjunto de privilegios que habían venido apropiándose; a los indios y a los mestizos, porque agravaba aún más su ya deteriorada condición económica". (2) Luis Miguel Glave ha señalado que la constante de la huella del hecho bélico desde el nacimiento del sistema colonial, marcó las relaciones culturales y de poder entre los distintos estamentos de la sociedad colonial. La aparente tranquilidad de los siglos XVI y XVII, después de toda la violencia que significó la conquista, violencia que tuvo fases y matices muy especiales, se debió, según Glave, "a un acuerdo o adaptación dentro de determinados márgenes de negociación colectiva. Cuando ellos se rompieron, ya entrado el siglo XVIII, la guerra volvió a presentarse, (es mejor decir que recrudeció, se exacerbó), tanto en los campos de batalla como en los imaginarios colectivos. Una nueva guerra larga, entre 1742 en que empezó y 1780 - 1782 cuando el reino todo entró en convulsión. Fue una guerra inconclusa, las causas de su estallido no se erradicaron, sólo se postergaron,…"
Para Bonilla, la derrota del movimiento de Túpac Amaru II significó
no solo el fin del movimiento nacional indígena en su lucha por la independencia,
sino que permitió a la elite criolla y a la administración colonial,
tomar conciencia sobre la peligrosidad de la insurgencia indígena. Para
Bonilla este hecho marca una ruptura, pues en adelante la lucha por la independencia
se desplazará hacia el sur (Argentina) y hacia el norte (Venezuela).
Esta afirmación no es totalmente exacta, porque sin mayores explicaciones
podría creerse que después de 1780 - 1781 desaparece el clima
de insurgencia en el virreinato peruano y ello no es cierto como tendremos oportunidad
de ver más adelante, cuando veamos como siguió existiendo un ambiente
de insurgencia que se manifestó en intentos fallidos y en verdaderos
movimiento que aunque no tuvieron la resonancia de los movimientos del norte
y del sur, no significa que debemos desconocerlo totalmente o minimizarlos,
sino que tenemos que tratar de comprender del porqué de la singularidad
de la lucha por la independencia en el Perú.
Volvamos nuevamente al papel de los criollos ricos, especialmente limeños.
Que los criollos creyeran que sus intereses se verían afectados con la
independencia, en el hipotético caso de un triunfo indígena peruano
o criollo foráneo, no significa, volvemos a repetir, que todo el Perú
estuviese de acuerdo con ello. Son innegables los criterios contrapuestos que
tuvieron los criollos de Buenos Aires, Nueva Granada, Chile, Caracas, Quito
y Charcas, con relación a los de Perú y fundamentalmente con los
de Lima, Trujillo y Arequipa. Si esto es innegable, lo es también que
los criollos no ricos y provincianos del virreinato peruano sí fueron
partidarios de la independencia. La prueba de esto lo tenemos, como bien señala
Virgilio Roel, en las publicaciones de Lima, la junta del Cuzco de 1814, la
insurgencia de Tacna y las conspiraciones que no llegaron a cuajar (Aguilar
y Ubalde, Zela, etc.). Roel nos dice: "… asimismo, el pueblo peruano siempre
fue partidario de la independencia y su lucha por ella es la más prolongada
y sacrificada que muestra América. (3) Y un poco más adelante
se ratifica en lo dicho: " Los criollos ricos de Lima y Arequipa y sus correspondientes
cabildos, adoptaron una posición colonialista apoyando el papel de policía
colonial llevado a cabo por el virreinato de Lima. El pueblo peruano, en cambio,
fue siempre partidario de la independencia". (4)
Consideramos que es exagerado afirmar que el pueblo peruano fue siempre partidario
de la independencia. ¿A quiénes nos referimos como pueblo o pueblo llano?
Obviamente a todos aquellos que no pertenecían al sector criollo o peninsular
rico. Pero es inexacto afirmar que todos ellos estuvieron por la independencia,
aunque sus intereses se vieran favorecidos por ella. Porque aquí entra
el problema de conciencia de clase y de la distorsión de aquello que
realmente conviene en función a la ideología predominante en una
sociedad en un momento dado. Es por ello que no podemos sostener que en todo
el pueblo se formó una conciencia anticolonialista, porque si no cómo
explicar, por ejemplo, la lucha de indios contra indios incluso en los movimientos
indígenas. Acaso no sabemos de tantos caciques que estuvieron al lado
realista en la lucha contra el movimiento de Túpac Amaru II. Y de estos
caciques no se puede decir que fueron arrastrados a dicha lucha, contra su voluntad,
por las fuerzas represivas coloniales. Estos caciques iban con su propia gente,
es decir con indios. Esta participación de indios y mestizos en ambos
bandos es por todos conocida. Por ello se sostiene que no sólo la conquista
fue una guerra de indios contra indios, sino también la guerra separatista.
Sin embargo esto no nos debe llevar a conclusiones apresuradas y erróneas.
Es normal en todas las sociedades de todos los tiempos esta falta de conciencia
en la mayor parte de los grupos dominados, debido a la influencia de la ideología
del grupo que detenta el poder económico, político y cultural.
El proceso separatista peruano o guerra por la soberanía nacional, como
prefiere denominarlo el historiador Edmundo Guillén Guillén, cubre
un periodo bastante amplio. Si consideramos en su exacta dimensión lo
que fue básicamente la conquista, una invasión, el proceso separatista
tomó, por lo menos en su vertiente primigenia, es decir indígena,
un carácter de reconquista, que comienza inmediatamente después
de la invasión hispana, aunque fue un proceso frustrado que alcanzó
su punto climático con el movimiento de Túpac Amaru II, el cual
a su vez marca una cierta relativa ruptura en dicho proceso, porque con posterioridad
a dicho movimiento los que le seguirán cronológicamente serán
ya en el siglo XIX y el mando ya no estará en manos del grupo dirigente
indígena (caciques) sino de criollos. Por eso Glave afirma que fue una
guerra inconclusa cuyas causas no se erradicaron, sólo se postergaron
para aparecer intermitentemente en otros momentos de la historia de los países
andinos.
Tiene razón Edmundo Guillén Guillén, como señala
en su ponencia presentada en el "I Seminario sobre nueva historia de Cajamarca"(Agosto
de 1992) y en el "Congreso Nacional de Etnohistoria: V Centenario"(Octubre,
1992), que los testimonios arqueológicos y etnohistóricos demuestran
que la historia del Perú de raíz andina es una continuidad en
el espacio y en el tiempo. Como nos lo recuerda Jorge Bracamonte, ya en 1982
y 1983 Bernard Lavallé destacó la importancia del espacio dentro
de la reivindicación criolla. Volveremos al respecto más adelante.
Sigamos con el planteamiento de Guillén Guillén para quien el 16 de noviembre de 1532, fecha de la captura de Atahualpa por los españoles, sólo significó el fin de la rebelión quiteña y de la lucha entre dos sectores de la aristocracia inca por el poder, pero de ninguna manera significó el final del Tahuantinsuyo. Juan José Vega en su libro "Los incas frente a España. Las guerras de la Resistencia: 1532 -1544" (Lima,1992), analiza con mucha meticulosidad el periodo de la resistencia comprendida entre 1532 y 1535, correspondiente básicamente a la resistencia quiteña o del grupo atahualpista, en tanto que tan sólo un capítulo (el IX) le dedica a la resistencia cusqueña dirigida por Manco Inca, tal vez porque en otros libros dedicados a este personaje analiza su movimiento y que ha vuelto analizar en una nueva edición de su Manco Inca (Lima, 1995). Debemos señalar que el período de la resistencia 1545 - 1572 es muy interesante y requiere de un análisis minucioso. Por supuesto que contamos con el libro de Edmundo Guillén "La guerra de la reconquista inca. Vilcabamba. Epílogo trágico del Tawantinsuyo" (Lima,1994). Y últimamente Liliana Regalado de Hurtado ha dedicado un estudio muy importante a Titu Cusi Yupanqui. (5)
De lo anteriormente citado se puede deducir que para historiadores como Edmundo
Guillén el proceso de la independencia no comienza en 1820 como algunos
sostienen, sino siglos atrás. Incluso Edmundo Guillén señala
como fecha del inicio de dicho proceso el 6 de mayo de 1536, cuando se produjo
el ataque inca a la ciudad del Cusco, tal como lo había intuido Jorge
Basadre en sus trabajos sobre la independencia peruana. En realidad dentro de
esta perspectiva se tendría que retroceder la fecha hasta 1532, porque
no podemos ignorar el intento del grupo atahualpista de querer expulsar a los
españoles. Este proceso de reconquista inca fue realmente sin tregua
y ello en palabras de Edmundo Guillén "refuta la infortunada y errada
afirmación: que nuestra «independencia» no fue obra de peruanos sino
«concedida» por aliados extranjeros. Desatino sin asidero histórico,
refutado con sobria erudición por Jorge Basadre y definitivamente por
los nuevos y fehacientes documentos que prueban la participación popular
en esta lucha en el siglo XVII, XVIII y XIX, con la gesta heroica de los Thupa
Amaru, los hermanos Angulo, Pumakawa, los guerrilleros y tropas de línea
en las acciones bélicas de 1820 a 1824".
Guillén Guillén señala cuatro grandes intentos bélicos en este largo proceso de reconquista inca. El primer intento tiene dos etapas: la primera, el movimiento de Manco Inca hasta su asesinato en manos de los españoles, y la segunda, la guerra dirigida por sus hijos Sayri Túpac, Titu Cusi Yupanqui y Túpac Amaru I, que terminó con la muerte de éste último personaje el 23 de setiembre de 1572. El segundo intento es el movimiento de Juan Santos Atahualpa (1742 - 1756); El tercero la insurgencia de Túpac Amaru II y Diego Cristóbal (1780 - 1781), que ha sido estudiada en forma magistral, por Juan José Vega en su "Túpac Amaru y sus compañeros". Es importante señalar que estos movimientos señalados sólo constituyen la parte visible del iceberg del movimiento nacional inca, que ya en 1954 mereciera un inteligente análisis por parte de John Rowe y que en 1946 había estudiado Carlos Daniel Valcárcel en su libro "Rebeliones indígenas peruanas". Es en realidad una cantidad muy considerable de movimientos los que estallaron desde las latitudes ecuatoriales hasta los confines de la región del Collao y que numerosos especialistas vienen estudiándolos, destacando por su perspicacia en los enfoques los estudios de las historiadoras Scarlett O’Phelan y Núria Sala i Vila. El cuarto intento es el de 1814 - 1815 del Cusco de los hermanos Angulo y Pumacahua. Como señala Edmundo Guillén, en agosto de 1814 se proclamó por vez primera la independencia oficial del Perú en el Cuzco, convirtiéndose esta ciudad en la capital del nuevo imperio americano designado con el nombre de "Imperio de los Dos Mares" o "De los Dos Soles", sobre la base de todos los dominios hispanos de América. (6)
De la secuencia diacrónica de los intentos peruanos señalados,
se desprende que los sucesos de 1820 a 1824 fueron tan sólo la culminación
histórica de la tricentenaria lucha del Perú por reconquistar
su antigua soberanía política y acabar con el colonialismo español.
Las ponencias de E. Guillén a las cuales hemos hecho referencia terminan
con las siguientes palabras: "Lo expuesto sucintamente, vindica la gesta épica
del Perú de mayo de 1536 al 9 de diciembre de 1824, acaba con el mito
que el Perú nada hizo por su libertad y prueba también que en
la historia continental, el Perú fue el primer y el más tenaz
protagonista de la libertad americana…"
Los estudiosos de esta problemática saben que la posición de Edmundo
Guillén no es aislada. Un historiador tan prestigioso como Fernando Silva
Santisteban opina casi exactamente lo mismo.
Él nos dice: "… el deseo y los esfuerzos por liberarse de la dominación
hispánica estuvieron presentes desde el momento mismo de la conquista
y se manifiesta a lo largo de todo el coloniaje en innumerables formas de reacción.
Desde las más poderosas tentativas de "reconquista, como se ha llamado
a la heroica resistencia de los incas de Vilcabamba, se sucedieron numerosos
intentos de liberación que han sido minimizados o desconocidos por la
historia tradicional, tales como la rebelión de los indios y negros de
Vilcabamba (1602) que acaudilló Francisco Chichime; la de los indios
ochozumas de Chucuito (1632); la de los indígenas de Cajatambo (1663);
el de Chucuito (1632); la de los indígenas de Cajatambo (1663); el conato
de Lima, descubierto en 1667 encabezado por Gabriel Manco Cápac; la rebelión
de los indios de Uros y Urquitos en los totorales del Desaguadero; el conato
de 1765 de los artesanos indígenas, barberos y silleros de Lima; las
revueltas antifiscales del norte del Perú, más de doce, entre
las que se cuentan las de San Marcos (1730) y Uco (1735), en Cajamarca, Pueblo
Nuevo de Saña (1764), de Santiago de Chuco (1773), los movimientos de
Quiquijana, Chumbivilcas, Maras y Urubamba entre 1775 y 1778; y muchísimos
otros, sin contar las frecuentes sublevaciones aisladas contra los abusos de
españoles, criollos y mestizos en los obrajes, algunas de las cuales
alcanzaron significativas proporciones, como fueron la de 1565 del obraje de
la Mejorada (Jauja), las de 1756, 1784 y 1794 en los obrajes de Uzquil, Carabamba
y Julcán, en Huamachuco, o la de 1768 en el obraje de Pichuichuru, en
la provincia de Abancay,etc,etc.
También se produjeron movimientos mesiánicos como el Taqui Oncoy
de 1565.
Otros movimientos fueron francamente separatistas: la rebelión del mulato
Alejos Calatayud en Cochabamba, en 1730; la de Juan Vélez de Córdova,
en Oruro en 1739, la de Juan Santos Atahualpa (1742-1756) en Huánuco
y Junín; la de Huarochirí en 1750; la de Farfán de los
Godos en el Cuzco y por sobre todo la de Túpac Amaru II (1780-1781)
En el siglo XIX también se dieron importantes movimientos, incluso con
influencia innegable del movimiento de Túpac Amaru II, lo que descarta
la interpretación de que el movimiento de Túpac Amaru II no tuvo
vinculación directa con la independencia, como algunos estudiosos pretenden,
llegando incluso a sostener, hecho que es válido sólo en parte,
innegablemente, de que este movimiento sirvió mas bien para coligar a
españoles, criollos y mestizos ante lo peligrosos que podía significar
el triunfo de un movimiento netamente indígena. Sin embargo no se puede
negar que en el intento, fallido por supuesto debido a la delación de
un tal Mariano Lechuga, del Cusco de 1805 liderado por Aguilar y Ubalde y en
el cual participara el cacique Cusihuamán, los líderes se proclamaron
descendientes de los incas
Los valiosos y muy originales estudios de la historiadora Scarlet O'Phelan demuestran
que realmente existe una conexión histórica entre los levantamientos
indígenas del siglo XVIII (que ella los estudia más allá
de las fronteras políticas de Perú y Bolivia actuales) y la independencia.
Por otro lado, la citada estudiosa sostiene que a partir de las reformas borbónicas,
los sectores criollos y mestizos comenzaron a buscar insistentemente una salida
alternativa al gobierno de la metrópoli, tratando de sacar provecho de
las coyunturas «propicias» para materializar su intento.
Como bien señala Nelson Manrique, no existe consenso sobre el tema. Va
emergiendo, sin embargo, una visión más matizada que aquella imagen
disyuntiva donde, por una parte, la independencia era gesta heroica de los peruanos
y aquella otra en la cual los peruanos eran los agentes pasivos que recibían
la independencia a pesar de no quererla, luchando incluso contra ella.
Dentro del proceso separatista se pueden diferenciar tres grandes etapas:
- Reacción e intento de reconquista Inca: siglos XVI y XVII
- Fase de "incubación" de la independencia: siglo XVIII
- Fase explosiva de la independencia: 1780 -1824/1826
El siglo XVIII constituye realmente la etapa en la cual se incuba la independencia
tanto peruana como en general Hispanoamericana.
El enfoque en el estudio del siglo XVIII ha venido ganando, desde hace ya varias
décadas atrás, mayor objetividad, en la medida que es estudiado
por el valor que encierra en sí y no tan sólo como un simple antecedente
de la revolución hispanoamericana y peruana. Importante es, por ejemplo,
el estudio de Arthur P. Whitaker titulado "La historia intelectual de Hispanoamérica
en el siglo XVIII", así como también el de Aurelio Miró
Quesada S. "Anverso y reverso del siglo XVIII". Otro trabajo muy importante
y centrado en Lima es el de María Pilar Pérez Cantó titulado
"Lima en el siglo XVIII: Estudio socioeconómico" publicado en 1985 por
la Universidad Autónoma de Madrid.
Sin embargo es innegable que la trama histórica lleva a Hispanoamérica
del siglo XVIII a una etapa de diferenciación, en la cual se va tomando
conciencia de ser algo muy diferente a la metrópoli e incluso como algo
cuyos intereses sobre todo económicos son contrapuestos. Ya hemos señalado
como Bernard Lavallé analizó el papel jugado por el espacio en
la reivindicación criolla. Ver del citado autor "El espacio en la reivindicación
criolla del Perú colonial" publicado en 1983 y el publicado un año
antes con el título de "Concepción, representación y papel
del espacio en la reivindicación criolla en el Perú colonial").
Para Lavallé el redescubrimiento del espacio americano -a mediados y
fines del siglo XVIII- permitió no sólo la realización
de un inventario de las riquezas del país, sino que permitió desarrollar
una nueva concepción del Perú. Como nos dice Jorge Bracamonte,
"Esta novedosa actitud iría definiendo, a partir del reconocimiento de
la existencia de un espacio y de una historia singulares, la identidad de «lo
peruano»". (7)
Viscardo, en su célebre Carta, escribe: "El nuevo mundo es nuestra patria,
su historia es la nuestra…" "Los intereses de nuestro país, no siendo
sino los nuestros, su buena o mala administración recae necesariamente
sobre nosotros, y es evidente que a nosotros solo pertenece el derecho de ejercerla,
y que solos podemos llenar sus funciones, con ventaja recíproca de la
patria y de nosotros mismos". "En fin, bajo cualquier aspecto que sea mirada
nuestra dependencia de la España, se verá que todos nuestros deberes
nos obligan a terminarla".
Últimamente Jorge Bracamonte haciendo un análisis novedoso y muy
inteligente de Hipólito Unanue, retoma el concepto del espacio en la
formación de la conciencia nacional y señala como se transita
hacia los planteamientos económicos. Bracamonte afirma: "Esta relación
de continuidad es evidente en el caso de Unanue. Éste, primero se preocupa
por el estudio de las potencialidades naturales del espacio peruano con el objeto
de comprender las posibilidades que sustenten el desarrollo futuro del país,
y segundo, intenta - sobre la base de lo anterior - definir de manera pragmática
los «modelos» sobre los cuales se tendría que organizar la economía
del país. Unanue critica -veladamente- el monopolio mercantil que privilegió
a la metrópoli en el intercambio con sus colonias americanas, calificándolo
de injusto. Pero al mismo tiempo, cuestionó el reciente libre comercio
que beneficiaba principalmente a los europeos. Bracamonte, a quien venimos siguiendo
en su argumentación, cita a Unanue: "Las disputas de una libertad desatinada
y un monopolio injusto, aún no hemos hallado el medio de que nuestros
fieles aliados no se lleven el dinero del Perú por Panamá dejándonos
estancados los frutos. Ellos nos dejarán en paz con sus pretensiones
mercantiles, mientras que le dejemos nosotros llevarse tranquilamente el dinero".
En el particular caso de Unanue, es incorrecto ver exclusivamente la posición
que favorece los intereses del grupo mercantil limeño, detrás
de estos planteamientos subyacen los antecedentes del proteccionismo económico
que sería hegemónico en la décadas siguientes, con la consolidación
de la república".
Vinculado con el espacio está relacionado la evolución del concepto
de patria, de Perú y peruano. La palabra peruano comienza a proliferar
a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, sobre todo en los periódicos:
Mercurio Peruano, Minerva Peruana, El Telégrafo Peruano, El Peruano,
El Verdadero Peruano, El Satélite del Peruano, El Peruano Liberal, etc.
En esta primera etapa el término patria tiene un sentido totalmente inofensivo,
pues sólo sirve para identificar al terruño donde se ha nacido.
Pero lentamente el vocablo va tornándose en sinónimo de partido
revolucionario y va a identificar al grupo separatista, en contraposición
con los realistas, los fieles a la metrópoli. El Satélite del
Peruano, periódico cuyo redactor era Fernando López de Aldana
marca un hito fundamental en el concepto de patria, pues considera que engloba
al continente americano dominado por España y que lucha por romper dicha
dominación. Es pues ya un concepto combativo, dinámico y revolucionario
y es el que se va a imponer definitivamente
En el Perú del siglo XVIII se produce un movimiento nacional de liberación
indígena, como lo venimos señalando, capitaneado o liderado por
los caciques y que oscila entre el reformismo, en los moderados, y el separatismo,
entre los más radicales, y que en gran medida concluye, y de forma traumáticamente
catastrófica, con el movimiento de Túpac Amaru II. El peruanista
John Rowe ha estudiado con gran profundidad diversos aspectos de este movimiento
nacionalista inca, en tanto que C. D. Valcárcel estudió con relativa
minuciosidad estos movimientos desde el siglo XVI hasta el XVIII, en su muy
importante obra "Rebeliones indígenas" Pero innegablemente el movimiento
de mayor trascendencia fue el de Túpac Amaru que ha merecido análisis
muy profundos por estudiosos de diversas nacionalidades, como por ejemplo los
muy importantes estudios del argentino Boleslao Lewin: "La rebelión de
Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación americana","la
insurrección de Túpac Amaru" "Túpac Amaru, el Rebelde"
y "Túpac Amaru: su época, su lucha, su hado". Es el caso también
del uruguayo Julio César Chávez, con su "Túpac Amaru".
En el Perú son varios los historiadores que se han dedicado al estudio
de Túpac Amaru y su movimiento. En 1981 José Antonio del Busto
Duthurburu publicó una obra muy importante, en la cual estudia al personaje
antes de su movimiento. Nos estamos refiriendo a la obra titulada "José
Gabriel Túpac Amaru antes de su rebelión". En 1995 Juan José
Vega, estudioso perseverante de Túpac Amaru y su gran rebelión,
le ha dedicado una valiosísima obra en dos volúmenes,
titulada "Túpac Amaru y sus compañeros" la cual tiene puntos de
vistas muy originales.
El movimiento insurgente peruano e hispanoamericano en general del siglo XVIII
y comienzos del XIX está inmerso dentro de lo que hoy se suele analizar
como una gran revolución que agitó a todo el mundo occidental
y que incluso rebasó hacia el oriental, y que significó el inicio
del punto climático de la burguesía. Es necesario no perder este
marco para no caer en una visión demasiado provincial, en la que se deja
de ver sus relaciones con el resto del mundo.
Si el siglo XVIII en cuanto a insurgencia es fundamentalmente indígena,
el siglo XIX lo es criollo. Baste con mencionar algunos pocos intentos o reales
movimientos de esta centuria: La conspiración de Gabriel Aguilar y Manuel
Ubalde, en el Cuzco, en 1805; el intento de los hermanos Silva, en Lima (1808);
la conjuración de Anchoriz (1810); el movimiento de Zela, en Tacna (1811);
la sublevación de Enrique Paillardelli, en Tacna (1813); el gran movimiento
del Cuzco de 1814; la conjuración de José Casimiro Espejo, José
Gómez y Nicolás Alcázar, en Lima (1818).
Todo esto nos habla de que la generalización de la existencia de un grupo
criollo homogéneo, totalmente cerrado en defensa de sus intereses de
clase y por lo tanto opuesto a la separación, no es del todo cierto y
presenta matices que las últimas investigaciones han puesto de realce.
Jorge Bracamonte ha puesto énfasis en la existencia de un proyecto aristocrático
de la elite criolla, que según el citado estudioso, no fue en realidad
un programa que pudiera vislumbrarse a través de ciertos principios doctrinarios,
sino fundamentalmente una actitud pragmática de ejercicio del poder,
muy propia de quienes nunca fueron totalmente ajenos a él. Esta cercanía
al poder -de los representantes criollos más notables- es lo que permitió
definir los rasgos autoritarios y centralista del proyecto (J. Bracamonte) Lo
cierto es que este proyecto aristocrático no apostó por la separación
y no convencida de los beneficios que podían obtener con la ruptura,
apostarían todas sus esperanzas en la vigencia plena de la Constitución
de Cádiz, a diferencia de otras elites criollas Hispanoamericanas que
sí apostaron por la separación.
Otro aspecto importante del proyecto aristócrata es no sólo el
nuevo descubrimiento del espacio geográfico y de sus potencialidades
para el desarrollo económico, sino que estimuló una nueva aproximación
al poblador andino con la finalidad de integrarlo y subordinarlo a un proyecto
común. Aunque Cecilia Méndez en su obra "Incas sí, indios
no", señaló que el planteamiento criollo realmente excluía
a la población indígena aunque rescataba y arqueologizaba el pasado
histórico inca. Pablo Macera en su estudio del proceso de la formación
de la conciencia nacional, señaló la recuperación del indio
en el
discurso fundamentalmente criollo a fines del siglo XVIII, enfatizando que el
segregacionismo puede apreciarse en el grupo del Mercurio Peruano. Por eso Macera
habla de un nacionalismo criollo y no de un nacionalismo peruano.
Nuevos análisis matizan estas concepciones, señalándose
que los criollos se enfrentaban doctrinariamente frente al problema de que los
europeos creían en su superioridad frente a los americanos (criollos).
Esto lleva a Unanue a plantear el tema de "lo peruano". En 1796 Unanue señalaba
que el reino del Perú se componía de tres naciones primarias:
españoles, indios y negros En Unanue vemos, nos dice Bracamonte, como
fue la historia el recurso que permitió recuperar un pasado utópico
para el indígena, al mismo tiempo que permitió para los criollos
la apropiación de una matriz histórica de la cual carecía.
De esa manera la historia devino en un mecanismo integrador de blancos e indios,
que a partir de ese momento podían encontrar en el pasado histórico
inca un lugar común de referencias, al mismo tiempo que les permitiría
- hacia delante - reconocerse parte de proyectos comunes". (Jorge Bracamonte).
Ello explica porqué el proceso de la independencia peruana es continuidad
y es ruptura.
Pero que tuvieron que venir las dos expediciones libertadoras para que se produjera
la independencia del Perú, es un hecho que tampoco puede minimizarse.
Lo que tiene que hacerse es explicar por qué se hizo necesaria dicha
ayuda. ¿Por qué el Perú no pudo conseguir, sin auxilio, como otras
regiones de Hispanoamérica, su libertad? La respuesta a esta interrogante
ya ha sido dada por diversos historiadores, los cuales han señalado varios
factores que imposibilitaron que los peruanos pudieran culminar su proceso separatista
sin ayuda alguna. En primer lugar no está de más señalar
la presencia del denominado "Prior del convento colonial americano" el virrey
Fernando de Abascal, quien contó con un poder político real, porque
los criollos y peninsulares peruanos tenían en sus manos el poder económico
y con ellos contó Abascal. El virreinato peruano con las reformas borbónicas
había cedido campo en lo económico, pero seguía siendo
en lo político el centro del poder español, debido a que poseía
una concentración de fuerzas militares que se desconocía en las
otras regiones Hispanoamericanas y ello le permitió, algunos dicen darse
el lujo, de no sólo actuar dentro de su jurisdicción, sino de
traspasar fronteras y combatir la insurgencia en Chuquisaca, La Paz, Quito y
Chile, además de impedir el avance de las fuerzas bonaerenses por el
Alto Perú. Y de ello se dio cuenta San Martín, quien consideró
que para asegurar la independencia hispanoamericana era necesario pasar primero
a Chile (es decir no insistir por el Alto Perú) y colaborar con los chilenos
para alcanzar su independencia (Pierre Chaunu escribe: "El movimiento separatista
finalmente vence en Chile, pero con ayuda extranjera: las tropas rioplatenses
de San Martín"), y luego pasar al Perú y colaborar con los peruanos
para conseguir su independencia. Ya en el Perú incluso buscará
la ayuda de Bolívar, tratando de unir fuerzas para terminar con los realistas
peruanos, lo cual demuestra que las fuerzas realistas peruanas eran numerosas
y muy bien preparadas. Auxiliar al Perú no sólo eran un gesto
de altruismo, de fraternidad, sino una necesidad, porque mientras el Perú
no estuviese independizado la independencia de cualquier región hispanoamericana
peligraba.
Existe otro factor que no por poco señalado debe ser desdeñado.
Es el referente al altísimo porcentaje de peninsulares que residían
en Lima, es decir en el corazón del virreinato; grupo éste, como
es obvio comprender, eminentemente hostil al movimiento separatista. En ningún
otro lugar fuera de España residían más españoles
que en Lima. Esto significó que los criollos separatistas tuvieron que
hacer frente a un poderoso grupo peninsular adicto y fiel a la corona, que había
formado una cerrada aristocracia que casi monopolizaba la dirección del
gobierno. Sobre esto ha insistido mucho Carlos Neuhaus Rizo Patrón en
su "Reflexiones sobre la emancipación peruana" y en "hacia una nueva
clasificación de los movimientos revolucionarios peruanos previos a la
independencia". Su libro tan interesante "Reflexiones sobre la independencia"
merece un análisis cuidadoso y resulta extraño que a veces ni
siquiera es citado por estudiosos de esta problemática.
El mencionado historiador señala que frente a la población criolla
y mestiza los españoles representaban en México el 2,2% mientras
que en el Alto Perú el 1%, en Chile el 16% y en el Perú el 55%.
Como dice Neuhaus Rizo Patrón, al respecto de este aspecto demográfico:
"…el Perú se desata al último del dominio español porque
en síntesis Lima es España y Lima domina al Perú, como
la mujer de Pericles gobierna a Grecia". Semejante concepto vuelve a utilizarlo
en una obra reciente ("Navegando entre Perú y Ancón" Lima, 1998;
p. 38): "…San Martín, a través de sus muchos contertulios y de
inmensurables evidencias ha comprobado que, simple y complejamente, Lima es
España." Y comprensivamente con relación a actitudes propias del
pasado condicionadas por circunstancias fáciles de comprender, añade:
"El sentimiento de lealtad hacia la Corona, que puede se errado no es vergonzante,
sedimenta un peso muy intenso sobre los espíritu peruanos hacia 1821…."
Si a estos factores demográficos y socioeconómicos añadimos
la campaña en contra del ejército libertador y de los posibles
agravios que podía ocasionar dentro de la población limeña,
comprenderemos actitudes como la de buscar refugios en los conventos ante la
inminencia del ingreso del ejército patriota en la ciudad capital, así
como también la reacción de los habitantes del puerto del Callao
por la captura de la fragata realista La Esmeralda, por obra de la escuadra
al mando de Cochrane, los cuales el día 6 de noviembre de 1820 mataron
a 14 o 16 extranjeros por considerar que la fragata inglesa Hyperion y la angloamericana
Macedonia, ambas de guerra, así como todos los navíos surtos en
el puerto había auxiliado a Cochrane. Esto hace que Pezuela afirme que
la expedición libertadora era más temida que amada.
Es innegable que los criollos de las regiones agrícolas (Argentina, Chile,
Venezuela) no tuvieron que luchar con las poderosas aristocracias que se formaron
en las regiones mineras (Perú y México).
Si el siglo XVI fue básicamente el siglo de la conquista, es decir de
la violencia por excelencia, metafóricamente sería el periodo
de la fecundación de las dos culturas que han chocado. Con Max Hernández
diríamos que el nacimiento de la nueva cultura fue fruto de una violencia
con característica de violación, castración y nacimiento
bastardo. El siglo XVII podemos considerarlo como la época de la fusión
y por lo tanto de la incubación. El siglo XVIII es la etapa del nacimiento,
nacimiento de una nueva nación: la nación peruana. Ella surge
como consecuencia lógica del inevitable proceso interno de diferenciación,
de singularización, que es lo que en última instancia explica
el tránsito hacia la separación. César Pacheco Vélez
sostiene la tesis de que la revolución separatista peruana fue consecuencia
lógica del proceso interno de diferenciación. Don José
De La Puente Candamo señala que "La República es el fruto de la
guerra; la nacionalidad es la causa de la ruptura". Son conceptos muy importantes
que muchas veces no son considerados en toda su profundidad. Por supuesto que
este proceso de diferenciación, del cual nos han hablado tanto De La
Puente Candamo como César Pacheco Vélez, tiene una larga prehistoria
que echa sus raíces casi en los inicios del proceso mismo de la invasión.
El conquistador Sebastián de Benalcázar, uno de los de Cajamarca,
"sintiendo el apego de un natural por su nuevo país (James Lockart) sugirió
a la corona que cada reino debía tener gobernadores nativos: "Aquí,
hombres de la Indias, como en España españoles" (8) Es obvio que
para Benalcázar "hombres de las Indias" eran sólo los conquistadores
españoles, prescindiendo de los verdaderos dueños de estas tierras:
los indígenas. Este mismo sentimiento de singularización temprana
la encontramos en el movimiento de los encomenderos dirigidos por Gonzalo Pizarro.
Sabemos que personajes como Francisco de Carvajal le aconsejaban para que se
proclamase rey del Perú, por lo que Waldemar Espinoza Soriano señala
que esta rebelión constituye el más lejano atisbo emancipador
que haya gestado en el Perú, no por indígenas, sino por los propios
conquistadores. Por lo que hay historiadores que le consideran (a Gonzalo Pizarro)
hasta como un precursor de la independencia". (9) Incluso se señalan
aspectos que hubieran favorecido esta decisión, de haberla tomado Gonzalo:
ser hermano de Francisco el conquistador del imperio de los incas y el haber
podido casarse con su sobrina Francisca Pizarro Yupanqui, la cual posteriormente,
y ya en España se casaría con su tío Hernando. ¿Resulta
descabellada esta posibilidad? De ninguna manera, porque habría sucedido
algo parecido a lo que ocurrió con los árabes que invadieron la
Península Ibérica, los cuales se independizaron cincuenta años
después de su arribo al constituir el califato de Córdoba, separado
y libre de los Omeyas de Bagdad, como nos lo recuerda el propio Waldemar Espinoza.
Claro que la independencia hubiera sido para los conquistadores y no para los
indios, mestizos, negros y castas. Como dice W. Espinoza sólo se habría
adelantado en 280 años la "independencia criolla" alcanzada en Junín
y Ayacucho. ¿Pero hubiera habido una real "reconquista indígena" que
hubiese terminado en 1780/1781 expulsando a los invasores como ocurrió
en 1492 allá en la Península Ibérica? . Recordemos que
los árabes se quedaron en la Península Ibérica ocho siglos.
Sólo en 1492 terminó la reconquista española o aquello
que se solía considerar como "reconquista", considerad en la actualidad
más como "una guerra civil disfrazada de conflicto religioso".
No está de más recordar que el estudioso francés Marcel
Bataillon dedicó especial atención al análisis del movimiento
pizarrista, en un curso que dictó en el College de France, en 1962 y
cuyo resumen de dicho curso ha sido publicado, conjuntamente con otros trabajos
del citado historiador, por la Universidad San Marcos con el título de
La Colonia. Ensayos peruanistas (Lima, 1993)
Otro aspecto que tiene que tenerse en cuenta y que mencionamos al comienzo de
este trabajo es que no podemos desligar la independencia peruana e hispanoamericana
de los hechos mundiales, especialmente de las consecuencias que produjo la invasión
napoleónica a la Península Ibérica y en especial a España,
que entre otras cosa significó el establecimiento de un rey foráneo
no reconocido por el pueblo español, José I, hermano de Napoleón,
que obligó al pueblo español al autogobierno a través de
juntas de gobierno, que evolucionaron a una Junta Central y luego a un Consejo
de Regencia y marca una etapa de liberalismo en España y que tiene su
punto climático con las Cortes de Cádiz y con la Constitución
de 1812. Estos hechos repercutieron en Hispanoamérica donde también
se formaron juntas de gobierno algunas de ellas francamente separatistas y a
partir de las cuales se inicia realmente la fase explosiva de la independencia
hispanoamericana. Como señala Guillermo Céspedes en su libro "La
independencia de Iberoamérica"(Madrid, 1988) frente a la crisis de la
monarquía española sin rey legítimo, en Hispanoamérica
se produjo una verdadera guerra civil que enfrentó a aquellos que él
denomina "criollistas", que estimaban que los cabildos podían servir
como marco para convocar asambleas suficientemente representativas (aunque por
supuesto nunca democráticas) que designasen juntas de gobierno, que a
ejemplo de las surgidas en España ejercerían el gobierno. A esta
posición se contraponía la tendencia que Céspedes denomina
"peninsularista", partidaria de mantener la estabilidad y el orden y para ellos
las autoridades que ejercían los cargos diversos debían seguir
gobernando. En caso de vacantes los nombramientos los haría el Consejo
de Regencia. Virgilio Roel ha señalado que mientras los cabildos de ciudades
como Lima, Trujillo y Arequipa decidieron apoyar a los absolutistas españoles,
en cambio en el resto del país hubo esfuerzos por formar juntas de gobierno
que apoyasen a los liberales españoles. Estos criollos liberales deseaban
que el artículo 312, capítulo 1°, título 6 de la Constitución
de Cádiz se cumpliese, porque dicha norma mandaba que todos los cargos
del cabildo debían ser electivos, quedando de esta manera suprimidos
los cargos a perpetuidad. Que no se cumpliese este mandato no significa, como
nos los dice Virgilio Roel, que no hubiesen "gente y cabildos que sí
eran representativos y que exigieron el cumplimiento de los dispositivos constitucionales,
y que cuando se les cerró el paso legal a sus aspiraciones se insurreccionaron;
es este el caso de los insurgentes cusqueños de 1814, que capitaneados
por los hermanos Angulo llegaron a contar en su campaña con la adhesión
de los cabildos de Abancay, Andahuaylas, Huamanga, Huancavelica, Huancayo, Puno
y La Paz". (Virgilio Roel,"Conatos, levantamientos, campaña e ideología
de la independencia" )
Como señala G. Céspedes el liberalismo español en cierta
forma exacerbó el liberalismo hispanoamericano. Así por ejemplo,
Manuel José Quintana, secretario de la Junta Suprema decía: "No
sois ya (se refería a los criollos) los mismos que antes, encorvados
bajo el yugo, mirados con indiferencia, vejados por la codicia, destruidos por
la ignorancia…; vuestros destinos ya no dependen ni de los ministros, ni de
los virreyes, ni de los gobernadores: están en vuestras manos".
Pero el sector criollo, especialmente el poderoso económicamente, y por
supuesto los peninsulares, tanto de Perú como de México se mostrarían
contrarios a ese separatismo y convirtieron a estos territorios en defensores
del fidelismo y en el caso peruano se utilizó el poderío militar
para combatir los movimientos autonomistas de las juntas que se formaron en
1809 y 1810.
Por ello resultó más difícil en el territorio del virreinato
peruano luchar por la separación. Ya hemos dicho que todo lo anteriormente
expuesto no significa que no hubo lucha por la separación, sino que los
movimientos a los cuales ya hemos referencia encontraron una tenaz oposición
y por ello fracasaron, pero eso mismo tiene que ser valorizado porque eran movimientos
que se dieron aún en las condiciones más adversas, con un estado
superpoderoso política y militarmente.
Muy ilustrativos sobre la situación del virreinato peruano a comienzos
del siglo XIX y sobre las diversas actitudes de los grupos sociales con relación
a la dominación española son los datos que se aprecian en la comunicación
de virrey Pezuela de fecha 5 de noviembre de 1818 y que transcribe Virgilio
Roel. En esa comunicación leemos: "Las ocho provincias que desde el Desaguadero
a Guayaquil forman este virreinato están quietas y conformes al parecer
en su presente sumisión al Rey y a las legítimas autoridades;
pero no tanto, que pueda tenerse, ni se tenga una completa confianza, de que
no son susceptibles de novedad. No son pocos en cada uno de ellas los hombres
conocidos por infidentes, a cuyo extrañamiento no puedo proceder, sea
porque tal vez no pueda justificarles sus delitos, quedarían estos muy
disminuidos de sus habitantes; pero la permanencia de tales hombres debe ocupar
la vigilancia de los Gobernadores, porque no perderían la ocasión
de perturbar la paz, si se les
presentase". (10) Eduardo García del Real, en su biografía de
San Martín (Barcelona, 1984) señala que el 25 de octubre de 1820
el virrey Pezuela explicaba al Gobierno español las circunstancias que
le habían conducido al armisticio de Pisco y a la conferencia de Miraflores.
Si bien es cierto que en este informe aseguraba la lealtad de la tropa, sin
embargo, y en la misma fecha, en misiva enviada a su hermano residente en Madrid,
le hace llegar "sus temores de ver perdido el Perú, a causa del espíritu
de insurrección que se hacía sentir en todo el Virreinato". (el
remarcado es nuestro)
¿Se puede con tantos testimonios de la inquietud revolucionaria peruana sostener
que poco o nada hicieron los peruanos por su independencia?
No debemos tampoco pasar por alto que en los otros lugares de Hispanoamérica
donde nacen las corrientes libertadoras del sur (San Martín) y del norte
(Bolívar), hubo un factor importante cual es que restablecido el absolutismo
de Fernando VII (1814-1819) tanto los patriotas hispanoamericanos como los liberales
españoles fueron y se sintieron por iguales víctimas de ese nuevo
estado absolutista y es por ello que se establecen relaciones de colaboración
entre ambos grupos a través de las llamadas logias, cuyo papel a veces
no suele valorarse en su exacta dimensión, un tanto porque no se conocen
tanto de ellas por el carácter secreto que tuvieron. Pero es innegable
el papel que ellas jugaron. Las logias tuvieron un papel importante ya desde
la época de Miranda y adquirirían un rol mucho mayor a partir
de la segunda década del siglo XIX, especialmente en aquellas regiones
como Argentina, Chile (prácticamente gobernada por la logia Lautariana
entre 1817 y 1820), Venezuela y Nueva Granada. Como señala Guillermo
Céspedes estas logias "fueron el verdadero partido político de
la causa emancipadora, impulsaron y dirigieron eficazmente el desarrollo de
ésta y contribuyeron poderosamente a su triunfo." (11) Como se podrá
apreciar del problema de la independencia peruana e Hispanoamericana es bastante
complejo, y es por ello que no se debe hacer afirmaciones simplistas y mucho
menos inculcar a los jóvenes ideas que no sean de gran objetividad, que
propicien el intercambio de ideas, el afán de investigar, la curiosidad
por nuevos enfoques, presentando los problemas con todos los matices que ellos
poseen, porque de no ser así estamos, probablemente sin quererlo, inmersos
en un simplismo anticientífico. Por querer hacer una supuesta "nueva
historia" estamos haciendo una nueva historia tradicional, mucho más
peligrosa porque pretenden ser verdaderamente renovadora. No debemos olvidar
los docentes, de todos los niveles educativos, que tenemos una grave responsabilidad
cuando enseñamos, por que lo que los niños, los jóvenes
e incluso los adultos saben de la historia es lo que de ella se les enseña
en los centros educativos, en los diversos niveles. No olvidemos que el prestigioso
historiador francés Marc Ferro ha escrito un libro importantísimo
que todo profesor de historia debería leer. Me estoy refiriendo a "Cómo
se cuenta la historia a los niños del mundo entero" donde apreciamos
como ella es distorsionada. Marc Ferro en este libro escribe: "Independientemente
de su vocación científica, la historia ejerce en efecto una doble
función, terapéutica y militante. A través del tiempo,
el "signo" de esta misión ha cambiado, pero no el sentido…; el cientificismo
y la metodología sirven a lo sumo de "taparrabo" a la ideología".(12)
Actualmente los estudiosos de la historia verdaderamente serios tienen que estar
abiertos a todas las fuentes, a todas las interpretaciones y tratar en lo posible
de ser objetivos. Es cierto que esto es algo muy difícil en esta ciencia,
de allí que los llamados historiadores cientificistas o partidarios de
la cliometría tiendan a recurrir a análisis matemáticos
dentro del campo histórico para ganar objetividad; pero por supuesto
que no todo el estudio de la historia es susceptible de ese tipo de análisis.
1 Silva Santisteban "Historia del Perú. Perú Republicano"(Lima:
Ediciones BUHO S.A. tercera edición, 1983) páginas 14 - 15,
2 Bonilla, Heraclio "El Perú entre la independencia y la guerra con Chile" En: Historia del Perú. Perú Republicano, tomo VI de la
colección de Juan Mejía Baca , 1981; página 397
3 Roel Pineda, Virgilio "Conatos, levantamientos, campañas e ideología de la independencia". En: Historia del Perú. Perú Republicano, volumen VI de la colección de Juan Mejía Baca, 1981; página 139
4 Roel Pineda, Virgilio Obra citada; páginas 139 - 140
5 Regalado de Hurtado, Liliana "El Inca Titu Cusi Yupanqui y su tiempo. Los Incas de Vilcabamba y los primeros cuarenta años del dominio español" (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial, 1997)
6 Scarlet O’Phelan Godoy refutó los planteamientos de Bonilla y Spalding en un trabajo titulado "El mito de la «independencia concedida»: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y Alto Perú (1730 – 1784)". Se ha dedicado, con gran profundidad y enfoques novedosos, a estudiar los movimientos del sur del Perú, incluyendo el Alto Perú. Núria Sala i Vila ha dedicado ya varios trabajos a los movimientos indígenas, tales como sus tesis para licenciatura y doctorado (1985 y 1989, respectivamente) así como una obra reciente "Y se armó el tole tole"[1996]"
7 Bracamonte, Jorge "La formación del proyecto aristocrático: Hipólito Unanue y el Perú en el ocaso colonial" En: "Crisis colonial, revoluciones indígenas e independencia" de Luis Glave y Jorge Bracamonte. (Lima, 1996; página 31.
8 Lockart, James "Los de Cajamarca"(Lima, 1986; tomo I, página 137)
9 Espinoza Soriano, Waldemar "Virreinato Peruano"(Lima, 1997; página105
10 Roel Pinedo, Virgilio "Conatos, levantamientos, campañas e ideología de la independencia". En "Historia del Perú, Perú Republicano, tomo VI, publicada por Juan Mejía Baca,1981; página 160
11 Céspedes, Guillermo "la independencia de Iberoamérica. La lucha por la libertad de los pueblos (Madrid: Ediciones Anaya, 1988 página 109)
12 Ferro, Marc "Cómo se cuenta la historia a los niños en el mundo entero"(México: F.C.E. 1995 Primera edición, primera reimpresión; página 11)
Trabajo enviado por:
Jorge G. Paredes M.
jgparedesm[arroba]yahoo.com
Profesor de Historia y Geografía.
Lima - Perú
La Independencia en el Perú concedidazipan | 2008-04-25 14:44:39
El presente trabajo retoma la polémica historiografía en torno a la independencia como concedida desde fuera, y estudia los aportes de Bonilla (1972) que posteriormente el respaldo de John Lynch (1976)y Timothy Anna (1979),en que la independencia no había significado la redención de la nación y que había sido un movimiento que se montaron tardíamente los criollos para reacomodarse según las circunstancias de romper con el fidelismo español, no dejando sus intereses económicos, ni irse a la metrópolis, sino quedándose en la fortaleza del Callao (Burga y Flores Galindo "Aristocracia y Plebe") los criollos no se adaptaron a la situación ni crearon un proyecto nacional viable como en Chile o en el Brasil, cayó el poder y las élites criollas no lograron articular un modelo de revolución liberal burguesa y fracasó en no adherir a los demás grupos sociales "la revolución ambigua" y "la república mal dispuesta". La élite criolla no buscaba la independencia y no se sentía preparada; eran fidelistas y conservadores, Brian Hamnett (1980) Y Timothy Anna (1979 - 2003)estudian los procesos de descomposición del gobierno virreinal; ponen énfasis en lo económico y político y señalan que los conflictos del control del poder entre los criollos y peninsulares terminó siendo una guerra más interna que externa, siendo ambos fidelistas en descomposición o erosión del poder estatal. Según Magdalena Chocano (1982 2001) la economía colonial había entrado en una fase de crecimiento a partir del siglo XVIII y la guerra de la independencia interrumpió el crecimiento económico, las elites criollas apostaron por la continuidad del lazo colonial hasta 1821 el Perú es el último reducto realista y no pudo mantener el control comercial de fuera originando la quiebra y el desequilibrio en beneficio del los criollos comerciantes que querían romper el orden colonial y continuar con el control estatal, cambios y continuidades se dan con la independencia sin integrar a los otros sectores sociales indios y esclavos que seran los excluidos del proyecto repúblicano criollo.
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