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Estancias, mansiones y fantasmas: La Estancia Montelen




Partes: 1, 2

  1. Introducción
  2. De "La Matilde" a la estancia del analgésico (1872-1974)
  3. Abandono, rumores, fantasmas y misteriosas desapariciones
  4. Lo que el viento se llevó

La Estancia Montelen

Salaberry, Partido de Bragado, Pcia. de Buenos Aires

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Introducción

La historia de la actual Estancia Montelen hunde sus raíces en una Argentina que empezaba a organizarse como Estado. Un país que tomaba forma después de muchas décadas de guerra civil y empezaba a dirigir sus cañones hacia los indios con el propósito no sólo de inculcarles la "civilización" (frente a la "barbarie", que según el pensamiento de la época, esos pueblos encarnaban), sino también para expoliarlos de sus tierras en una operación inmobiliaria sin precedentes, que culminaría con la conquista del desierto (1879) de Julio A. Roca y la conformación de la Argentina conservadora y ganadera de fines del siglo XIX y principios del XX; cuya influencia cultural, económica y social, puede detectarse aún hoy en día.

Para la historiografía liberal de entonces, fue aquella una época de gestas patrióticas. De sacrificios en pos de una nación que empezaba a inventarse. De hombres probos y desinteresados que, merced a su trabajo y compromiso infatigables, terminaron convirtiéndose en los primeros retoños de frondosos árboles genealógicos de familias consideradas "patricias" y que, a la postre, terminaron creyéndose que el país les pertenecía. Era una época de "fundadores" y esa idea, difundida y arraigada desde el Estado que ellos mismos organizaron, tuvo una larga vigencia que aún persiste, especialmente en aquellas mentes elitistas de la vernácula y nostalgiosa derecha argentina.

Tal vez por todo esto, la historia de estas estancias primigenias están tan llenas de nombres propios y apellidos compuestos, de casamientos negociados, divorcios, herencias y conflictos familiares. Un mero catálogo de personajes, fechas y lugares que, aunque importantes a la hora de reconstruir intelectualmente el pasado, no deberían agotar el oficio del historiador.

Por eso, en el fondo, es ésta una historia un tanto difícil ya que se funda en la retención de individualidades, de lazos humanos guiados por el interés económico y pasiones egoístas, tan propias del ser humano. Un pasado apoyado en genealogías muchas veces espurias, apócrifas, que esconden miserias, traiciones y despilfarro. Un pasado sostenido por "patrones" supuestamente siempre generosos y emprendedores, en el que sus peones todavía se reunían festejar sus cumpleaños; viendo en ellos a verdaderos héroes. Personalidades eternamente impolutas y poderosas. Millonarios que tenían sus ojos en Europa y que, merced al poder del dinero, pudieron traer del Viejo Mundo no sólo tradiciones, costumbres y modas, sino también mansiones, palacios, castillos enteros, parques y estatuas, materiales de construcción, mobiliario y estilos, que instalaron en el medio de una pampa, para ellos desértica y salvaje. Eran, sin duda, los resabios de un proceso de conquista que tenía su origen en la llegada de los primeros españoles del siglo XVI y que se remozaba en aquella era del imperialismo, tan propia de fines del siglo XIX y principios del XX.

En ese contexto nació la estancia que nos ocupa.

PARTE 1

De "La Matilde" a la estancia del analgésico (1872-1974)

"La historia no es más que una perpetua crisis,

una quiebra de la ingenuidad".

E.M. Cioran, Adiós a la Filosofía, p. 140.

A poco más de 20 kilómetros de la ciudad de Bragado (provincia de Buenos Aires) se levanta una pequeña localidad llamada Salaberry, más conocida por el nombre de su estación ferroviaria, "Máximo Fernández", erigida hacia 1892 y que actualmente es un puesto abandonado y olvidado en medio de la dilatada llanura bonaerense.

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Más de un viajero desprevenido habrá pasado por el camino de tierra que atraviesa el otrora pueblo, sin advertir ni sospechar que en ese lugar, hacia 1928, llegaron a vivir, en una organización social cuasi feudal, más de 1270 personas. Pero es lógico que eso ocurra. Salaberry ya no es lo fue. Sus escasos cuatro habitantes (según el censo de 2010) pueden dar testimonio de ello. Pero si no llegaran a hacerlo, por estar durmiendo la consagrada siesta provinciana, las ruinas de sus pocos edificios, carcomidos por el tiempo e invadidos por la vegetación, solitarios y mudos, son un claro ejemplo de cómo la pampa indómita ha vuelto a reclamar como propios los terrenos que el hombre creyó conquistados definitivamente.

Según la tradición oral recopilada por historiadores y vecinos de la ciudad de Bragado, la historia de la actual estancia Montelen se inicia a mediados del siglo XIX cuando un joven empleado del Juzgado de Paz de Cañuelas (provincia de Buenos Aires) contrae matrimonio con la hija de un turbio y acaudalado estanciero, quien les regala, como presente de boda, una pequeña estancia a la que el joven le dedicaría tiempo y esfuerzo, tras renunciar al mundo del derecho.[1]

Con ese importante capital inicial y alguna que otra inversión adicional, Máximo Fernández consigue comprar, en 1872, seis leguas cuadradas en una región ideal de la pampa húmeda, justo en la frontera con el indio. La bautizó, como era costumbre por entonces, con el nombre de su amada esposa. Nacía así la estancia "La Matilde", un enorme complejo agrícola-ganadero que en muy poco tiempo vio acrecentada su superficie con 4 nuevas leguas, contiguas a la estancia original.

Esas 25.000 hectáreas se convirtieron en el universo privado de Máximo Fernández y el ex empleado devenido en "patrón" dedicó tiempo, dinero y trabajo hasta convertirlo en una de las propiedades más descollantes que existían al oeste de la ciudad de Buenos Aires.

Campos con árboles frutales, tierras dedicadas a la agricultura, miles de cabezas de ganado vacuno, caballos, potreros y mucho esfuerzo inicial dieron resultados, y a quince años de haberse arremangado la camisa, Don Máximo decidió tomarse varios años sabáticos, todos juntos.

En 1882 vendió toda la hacienda que pastaba en sus tierras y arrendó la propiedad. Después, con dinero en el bolsillo y una suculenta renta mensual, se mudó a Europa con toda la familia. Residió en Barcelona, París, Bruselas y Berna, sucesivamente, hasta 1889, dedicándose a la vida social, al solaz y, según las malas lenguas, a perseguir mucamas y prostitutas finas, en tanto su mujer se distraía en los salones de la alta sociedad europea (que para la mentalidad pacata de la época era la más alta a la que se podía aspirar).[2]

Sus tres hijos varones no se quedaron atrás. Lejos de conseguir los títulos académicos que su padre soñaba para ellos, los acaudalados muchachos se pasaron el tiempo de fiesta en fiesta, compitiendo por ver quien conseguía emborracharse más y mejor. Las dos hijas mujeres, en tanto, fueron educadas y entrenadas para ser finas figuras decorativas en los salones sociales de la época.

De regreso a la Argentina en 1889, Don Máximo volvió a su estancia, a la que modernizó con vacas lecheras traídas de Suiza y la instalación de una fábrica de quesos y crema.

Una vez más pobló el campo de hacienda (especialmente ovejas, más de 4000) y se metió de lleno en el mundo de la especulación financiera, adquiriendo acciones de dos bancos muy importantes: el Hipotecario y el Banco Constructor de La Plata.

"La Matilde" resucitaba.

Todo parecía indicar que su futuro iba a ser indefinidamente venturoso. La nueva y moderna maquinaria importada, la carpintería y el molino harinero que la estancia ahora tenía, eran claros símbolos de esa idea de Progreso que todavía latía en el clima de la época.

Nadie auguraba nada malo. El futuro tenía como único destino la felicidad de los hombres. El crecimiento, decían, sería infinito y constante. Pero la realidad familiar y los vaivenes de la economía nacional le jugaron a Don Máximo una muy mala pasada.

Sus tres hijos (Raúl, Pepe y Maximillo) no resultaron ser los administradores ideales. Ellos pertenecían claramente a una nueva generación de la burguesía ganadera, más proclive al gasto y al despilfarro que al trabajo dedicado.

En poco tiempo, la cremería y la fábrica de quesos dejó de dar ganancias y quebró. La actividad agrícola-ganadera empezó a dar pérdidas por una sencilla y matemática razón: era siempre más el dinero que salía, que el dinero que entraba.

Los enormes gastos se salieron de cauce. Las erogaciones de dinero se volvieron excesivas, en tanto los "varones Fernández", entre 1890 y 1901, se la pasaron de juerga (orgías incluidas, según los chismes).[3]

La gran vida y el escaso trabajo a conciencia, empezaron a anunciar una época de vacas flacas. Muy flacas. Por otro lado, la crisis de 1890 sorprendió al propietario de "La Matilde", con un desastre bursátil que convirtió a las acciones, adquiridas al regresar de Europa, en mero papel pintado, sin valor alguno.

Aquella depresión económica fue el comienzo del fin.

Don Máximo se vio obligado a vender 4 leguas para saldar deudas y cubrir los inmensos gastos, que no disminuían. Las cosas no iban bien y, para colmo de males, la estancia se quedó sin el Alma Mater que le había dado su nombre: doña Matilde, alejada de la vida de campo y acostumbrada a la dispendiosa vida citadina, se negó a volver y permaneció en Montevideo, donde el cotilleo, las reuniones de sociedad y los salones de la leudante burguesía ganadera rioplatense, mantenían cierto parecido al que había disfrutado en las grandes ciudades europeas (arquetipo siempre soñado e idealizado por la oligarquía terrateniente argentina).

En tanto, Don Máximo, triste en la estancia de Bragado, se jugó su última carta. Para atraer a su esposa, mandó a construir una mansión enorme, de una sola planta, estilo italiano, dotándola de todo lo necesario para el confort en pleno desierto.

Pero Matilde no regresó. Se negó incluso a volver a la Argentina.

Cansado, Fernández, tomó una medida radical. Dividió el campo entre sus hijos (una legua a cada uno) y vendió todo. Corría el año 1904. Después se embarcó en el primer vapor trasatlántico que encontró y se marchó a Barcelona, lejos de los inconvenientes familiares.

Tranquilo, supuestamente relajado y si perder sus mañas de mujeriego, disfrutó del capital que le quedaba hasta el día de su muerte, acaecida en 1916, a los 65 años de edad.[4]

De esta manera terminaba la primera etapa de la historia de la estancia. Pero aún faltaban otras dos.[5] Serían las que, con el tiempo, darían paso a las leyendas y creencias que hoy circulan por la zona.

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Durante los siguientes 38 años, entre 1904 y 1942, la estancia (que mantuvo su nombre original) pasó a ser propiedad de una acaudalada familia: los Salaberry.

Sus nuevos dueños, Juan Francisco Salaberry y doña Matilde Bercetche, pertenecían a la crema y nata de la oligarquía vernácula. Poderosos, y con relaciones entre la "gente conocida" de entonces, los Salaberry supieron construir una de las fortunas aparentemente más sólidas del país, a través de la compra-venta de productos agrícola-ganaderos.

Con la intervención de don Juan Francisco y sus millones, "La Matilde" salió del pozo, volviendo a ser el pujante emprendimiento que antes había sido. La empresa se diversificó y, junto a la tradicional actividad ganadera, se agregaron otras tareas productivas como lo fue una planta de procesamiento de tomate en conserva (Tomatoy), varios tambos, un renovado molino harinero, una criadero de aves, carpintería, herrería, un aserradero mecanizado para la venta de leña, carnicería propia, panadería y un vivero inmenso, que proveyó de árboles y demás plantas al resto del país. Todo esto alimentado por una usina propia, que abastecía de energía eléctrica al complejo agro-industrial.

"La Matilde" se reconvirtió y transformada en una verdadera mina de oro, la estancia incrementó la mano de obra contratada que, según sindica un antiguo trabajador en la Revista Historias para ser Contadas, llegó a ser de 250 empleados permanentes, hacia 1928.

Pero eso no es todo. Amén de esos empleados, otras mil almas se habían instalado a la vera de la estación ferroviaria que se levantaba en el seno mismo de la estancia. Ante esa circunstancia, Don Juan decidió lotear esos terrenos dando origen a un asentamiento que, ensalzando la natural dosis ególatra del patrón, tomó como nombre su apellido. Surgía así el pueblo de Salaberry. Tal vez el retoño más importante que "La Matilde" había dado y daría.

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Los Salaberry pertenecieron a una generación de la élite argentina (para algunos, oligarquía) en la que las costumbres cambiaban considerablemente. Muy lejos estaba la sencillez de la vida de campo que caracterizara a los primeros terratenientes de principios del siglo XIX. El nuevo siglo XX los mostraba ahora exhibiendo sus fortunas de forma descarada, perdiendo la espontaneidad de los actos y teatralizando los gestos más de lo que hasta entonces se estilaba. Y, como es lógico, a mayor teatralidad y boato, más grande e imponente la escenografía.

El consumo se volvió más "elegante" y las tertulias europeizaron lo que empezó a ser denominado "el buen gusto". También el autocontrol, la rigidez de las posturas y el "estiramiento" terminaron imponiéndose, no solo en el ámbito de lo público, sino especialmente en la vida privada (machista, sexista y autoritariamente paternalista); alcanzando ribetes (hoy) ridículos cuando se salía a pasear y a exhibirse.

Un marcado crecimiento de la ostentación implicó, entre otras cosas, un cambio en la conceptualización del ocio y también del consumo. El mate quedó atrás. También la comida criolla fue reemplazada por la gastronomía extranjera, en especial la francesa; que, a diferencia de lo que hoy ocurre en los ambientes llamados "chetos", se caracterizó no sólo por la calidad sino también por la cantidad. Todavía no se había instalado la idea que distanciaba la elegancia de lo abundante. El banquete pantagruélico se convirtió en signo de pertenencia (en especial masculina) de la "alta sociedad"; frente a un país que, en gran parte, pasaba hambre o vivía en la miseria (como lo indican las huelgas y protestas populares que la elite no deseaba ver, ni atender).

La principal preocupación "aristocrática" era mostrarse.

Como bien dijera el historiador Eric Hobsbawm, en el mundo de la alta burguesía occidental, "el hábito hace al monje". Lo importante no era sólo "ser", sino "mostrar/aparentar" que se era. En ese contexto cultural, las residencias se convirtieron en el mejor, más visible y grandilocuente ejemplo de consumo conspicuo. Por aquel entonces (principios de la década de 1910 y años subsiguientes) las dimensiones de las viviendas de la elite aumentaron enormemente, en especial las residencias suburbanas y rurales que, en su mayoría, eran de ocupación estacional, nunca permanente. La mansión del campo es entonces un ejemplo elocuente de la estacionalidad del ocio aristocrático y de una nueva práctica: el veraneo en las estancias (otra de las tantas pautas que el status demandaba).

Ir al campo, "al palacio del Tata", se convirtió en una costumbre que encumbraba al depositario de ese privilegio. La vuelta al campo implicó, así, revalorizar lo rural; pero no desde una óptica criolla, autóctona o localista, sino a través de una mirada claramente europeizante, importada del otro lado del Atlántico, donde todos suponían estaba la civilización y el progreso.

El mate fue suplantado por el five o´clock tea, imponiéndose también la producción de ganado refinado, al amor por los caballos (pura sangre) y la vida ociosa y distendida del campo, tal como se practicaba en Inglaterra (de donde lo copiaban). Así, la búsqueda de un status calcado de Europa se injertó en la llanura pampeana, adoptando forma con ladrillos, tejas y columnas, de las mansiones y palacetes del interior del país.[6]

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"La Matilde" de los Salaberry fue parte del proceso que resumimos. Y ello se hace evidente cuando, viendo las fotos que han quedado, o escuchando (leyendo) los testimonios de viejos ocupantes del predio, advertimos los cambios que se operaron en la propiedad.

Con don Juan y su esposa (coincidentemente llamada también Matilde, como la mujer de Máximo Fernández) el casco de la estancia experimentó mejorías y ampliaciones.

"Apenas se hicieron cargo del establecimiento (los Salaberry) introdujeron mejoras en el casco. La casona fue agrandada y embellecida, agregándosele la parte superior. El patio interior que era abierto fue cerrado y convertido, merced a un hábil diseño arquitectónico, en un gran salón de estar, con una inmensa cúpula central que permitía la iluminación natural de todo el ambiente. El mobiliario era de origen inglés y holandés. Las arañas y la voyserie eran especialmente importadas. (…) También se hermoseó La Matilde con una parquización insuperable".[7]

Para esto último, se comenta que contrató al paisajista francés que estaba de moda por entonces: Carlos Thays (1849-1934), responsable de la remodelación de los más importantes espacios verdes de la ciudad de Buenos Aires y demás provincias del país, amén de muchas propiedades privadas del "patriciado" local.[8]

En "La Matilde", aparentemente Thays diseñó un parque que tenía un lago artificial, en cuyas márgenes los Salaberry construyeron dos inmensas jaulas. Una hizo las veces de descomunal pajarera, en la que habitaron las aves más exóticas que se pudiera imaginar por entonces. La otra, sirvió como jaula para… ¡leones!

Pero dejemos que sea quien mejor investigó este tema, el historiador Juan Luján Caputo, el que nos relate esta curiosidad:

"Amantes del lujo y la belleza, los Salaberry eran propensos también a algunas excentricidades: además del gran parque diseñado por Tays (sic), a un costado de este habían hecho construir una enorme jaula para leones con las rejas que circundaron la residencia de los Lezica en Buenos Aires. Cuando esta dejó de ser propiedad particular para convertirse en "Parque Lezica" (hoy Parque Rivadavia), se retiraron las rejas, de exquisitos diseños artísticos, y los Salaberry las compraron. Con estas rejas se hicieron las jaulas que aún se conservan semicubiertas por la vegetación que inexorablemente avanzan sobre ellas.

"Pero no sólo leones y pumas hubo allí. También fueron atracción una osa africana y un oso polar, para el cual tuvieron que instalar especialmente una fábrica de hielo. Esta trabajaba 24 horas diarias produciendo barras en forma constante para mantener al oso en un ambiente medianamente acorde al de su hábitat natural".[9]

Osos, leones, pumas, pájaros extraños. Tal vez no haya nada más exótico ni excéntrico que un zoológico privado.

Desde la antigüedad más remota, tanto en el Cercano Oriente como en el Antiguo Egipto, pasando por la dieciochesca realeza europea y su pasión por acaparar, o la obsesión de los poderosos narcotraficantes colombianos de la década de 1980/90, la colección de animales raros, ajenos al contexto circundante, ha sido una forma clara de marcar diferencias; de señalar el poderío económico de un grupo o personaje.

Símbolo de distinción, de gustos cosmopolitas, incluso de snobismo y capacidad para el gasto superfluo, los zoológicos privados han sido un ticket al reconocimiento que sólo los más ricos pueden comprar. Y cuando hay dinero, los compran; ya que nada vende mejor ni atrae más la miradas que lo extraño. Pero al asombro hay que pagarlo. Cuesta dinero. Y en el caso de los Salaberry, todo parece indicar, que es lo que sobraba.

Aún así, esta historia tiene un lado oscuro.

Los animales extraordinarios requieren de sucesos extraordinarios. Y "La Matilda", aparentemente, los tuvo.

Cuentan que, aproximadamente entre 1904 y 1912, un terrible accidente azotó la paz de la estancia.[10] El empleado encargado de cuidar la jaula y los leones que estaban en ella (un macho y una hembra) tenía un hija (otra versión habla de una nieta, llamada Amalia) que siempre lo acompañaba a realizar esos menesteres. Un desafortunado día, el hombre se distrajo, la niña asomó su cabecita por entre las rejas y, sorpresivamente, la leona de un solo zarpazo la decapitó.

Tras inhumar su cuerpo en inmediaciones de una capilla levantada dentro de la propiedad[11]los Salaberry se vieron obligados a desembarazarse de los animales. Dicen que la leona fue ajusticiada de una forma muy original: organizaron un duelo con una mula, al que asistieron muchísimas personas de la zona, en tanto que las demás bestias fueron enviadas al zoológico de Buenos Aires.[12] Sólo quedaron en el campo las inocentes aves exóticas en la enorme pajarera de dos hectáreas de largo.

Ya volveremos sobre esta cuestión más adelante, cuando analicemos las leyendas y rumores que actualmente circulan en lo que queda de la estancia. Por el momento sólo resta decir que los Salaberry no sólo erigieron jaulas, sino también una escuela (la Número 2) y una capilla estilo neogótico que es la que les dará a las historias posteriores el clima de terror propio de las películas clase B del cine ingles.

Hacia 1934, después de casi treinta años de gastos desmedidos y algunas decisiones erróneas, "La Matilde" entró una vez más en crisis. Al menos esta rama de los Salaberry quebró. Sus propiedades fueron embargadas, administradas durante un tiempo por un consorcio de acreedores y finalmente vendida.

Se ponía fin a la segunda etapa en la historia de la estancia, la que partir de 1942 cambió de nombre y de dueños.

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En 1927, mientras "La Matilde" crecía de la mano de la familia Salaberry, un joven bioquímico graduado en la UBA, patentaba el analgésico que lo haría millonario y, en pocos años más, en uno de los grandes terratenientes del país. Su nombre era Francisco Martín Suárez Zabala y pasó a la posteridad por ser el inventor del famoso GENIOL. Claro que por aquel entonces carecía del capital suficiente para levantar un laboratorio y producir a gran escala su "genial" invento. Sólo después de contraer matrimonio con una rica uruguaya, Elida Rodríguez Blanco, pudo montar su empresa, a la que llamó Laboratorio Suarry S.A., y en el que asoció a un perfumista de origen francés llamado Blas Dubarry. De la unión de ambos apellidos salió el nombre de fantasía de la empresa.

Ya para 1931 los pegadizos slogans de GENIOL invadían los diarios, las revistas de moda y la radio a ambos lados del Río de la Plata. Incluso el jingle más famoso (en tiempo de milonga) fue interpretado, dicen, por el mismísimo Carlos Gardel (aunque no hay certeza absoluta de que eso sea cierto).

"Venga del viento o del sol

Del vino o de la cerveza

Cualquier dolor de cabeza

Se corta con un GENIOL".

La publicidad cantada acarreó problemas. La fabrica de cerveza QUILMES le inició un juicio. Aducía que perjudicaba sus ventas al asociar la ingesta de cerveza con el dolor de cabeza. Finalmente, GENIOL ganó en los tribunales y sus propietarios siguieron llenándose los bolsillos de dinero. Cuando hacia 1934 la estancia de los Salaberry empezó a caer en picada, Suárez Zabala le puso el ojo a la propiedad y, en 1942, finalmente la compró.

Una de las primeras medidas que tomó fue cambiarle en nombre y rebautizarla "Montelen", un injerto dedos palabras que identificaban muy bien a esos campos: "monte" y "leña".

Por tercera vez la estancia resurgía de sus cenizas.

Las tierras puestas a producir sumaron millones a la fortuna ya sólida de Don Francisco. Colmenas y especialmente ganadería de excelente calidad fueron sus fuertes. La cabaña de vacas de "Montelen" produjo muchos ejemplares campeones en la conservadora Sociedad Rural de Buenos Aires. Por otra parte, el vivero incrementó su tamaño al punto de ser uno de los más importantes del país.

Con un total de 160 empleados, "Montelen" se hizo fuerte, pero a la larga tampoco puedo evitar la decadencia. A lo largo de casi 32 años los síntomas de ésta se hicieron notar. Esta vez no fue el despilfarro, sino una combinación de factores impersonales los que terminaron convirtiendo a la estancia en la tapera abandonada que es hoy.

Las migraciones internas de fines de los "30 y principios de los años "40, el proyecto industrialista del primer peronismo (1946-1952) y la tecnificación de las actividades rurales, contribuyeron a que la zona se fuera despoblando y la mano de obra se hiciera cada vez más escasa y cara. El pueblo de Salaberry se moría de a poco. Se despoblaba. Y las casas abandonadas empezaron a aumentar. Por último, y como si todo eso fuera poco, en enero de 1974 un fuerte tornado de inusual potencia impacto en toda la zona, destruyendo dos de las construcciones más emblemáticas de "Montelen": la Escuela N°2 y la capilla neogótica, construidas e inauguradas en 1914, por los anteriores dueños. Tras sesenta años de actividad educativa y confesional, ambos edificios yacían prácticamente en el piso.

Poco tiempo después el patriarca de la estancia murió. Su esposa piloteó la empresa como pudo, pero "Montelen" ya no era la de antes. Perdió empuje y cuando, finalmente, la señora Elida Rodríguez Blanco de Suárez Zabala falleció, la estancia quedó olvidada y a merced de los elementos hasta el día de hoy (2014).

Casi 40 años de abandono.

PARTE 2

Abandono, rumores, fantasmas y misteriosas desapariciones

Las leyendas de la estancia Montelen

"En la calle, la niebla se agarraba de las paredes y la humedad

helada de la escarcha hacía ya invisible cualquier rastro reciente

de pisadas. Un inmenso silencio llenaba todo el pueblo, introducía

su larga lengua sucia hurgando en la penumbra de las casas la

herrumbre del olvido y el polvo amontonado por los años."

Julio Llamazares, La Lluvia Amarilla, p. 29

"Los fantasmas y los monstruos son

fáciles de pintar porque nadie nunca los ha visto."

Máxima de un antiguo cuento chino

Desde hace algunos años tratamos de entender y explicar la creencia en fantasmas en el imaginario de Occidente desde una perspectiva histórico-cultural, partiendo de lo que se ha dado en llamar historia de mentalidades.[13] Para ello analizamos muchísimos relatos que todavía circulan, algunos de las cuales (los más interesantes) están asociados casi siempre a grandes construcciones, especialmente hoteles, hospitales, castillos, cementerios y mansiones. También inmensos barcos.[14] Y si están abandonados, mucho mejor.

En un trabajo previo planteamos una larga serie de reflexiones sobre los sitios abandonados.[15] Acudiremos a esos escritos (y otros) para comprender qué significan (al menos para nosotros) las ruinas olvidadas de la estancia Montelen, y de qué modo, el contexto en el que hoy se encuentran, contribuye a alimentar las modernas leyendas de fantasmas que circulan por el lugar.

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La temática del bosque (monte) embrujado es antiquísima. Prácticamente nos viene acompañando desde siempre, en especial desde la Edad Media, y constituye la escenografía ideal para que florezcan historias de fantasmas, brujas y monstruos.[16] Claro que si al bosque le agregamos ruinas neogóticas en un paraje abandonado, junto al casco de una estancia olvidada que acarrea el rumor de sucesos trágicos, resulta entendible que el imaginario local haga referencia a la presencia de almas en pena en la zona.

Como pasa con los cuentos infantiles, cuyas raíces se prolongan hasta la Europa del medioevo, y en donde el bosque señoreaba impasible y todo el universo de los seres humanos giraba en torno a él (muchos historiadores llaman a la Edad Media la "Edad de la Madera"), la vegetación desbocada que hoy se extiende por los predios de la vieja estancia Montelen, recrea ese espacio mágico, y a la vez macabro, en que los límites de la realidad objetiva y la más pura ficción se desvanecen entre las densas sombras del follaje.

Y son, justamente, las sombras del antiguo vivero que la estancia regenteaba las que hoy, en completa rebeldía, guardan dos historias fascinantes que han crecido con el tiempo y la transmisión oral. En ellas se mezcla la tragedia y la muerte en igual dosis; accidentes, asesinatos y una supuesta conspiración aristocrática para esconder un aberrante acto de pedofilia ocurrido en 1938.

Convengamos que los ingredientes son ideales para generar el caldo de cultivo perfecto en donde elucubrar de una historia fantasmal. Un relato que ha llegado hasta los modernos medios masivos de comunicación, generando un alud de opiniones y explicaciones que, seguramente, producirán en el futuro nuevas historias.

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Según dice una antigua y ubicua tradición, cuando el dolor, el sufrimiento, el miedo y la humillación se concentran en un lugar determinado y el imaginario local, sus crónicas y testimonios, pueden dar cuenta de todo ello, lo más probable es que esa comunidad lo termine convirtiendo y etiquetando como un "lugar encantado o embrujado".

Desde que nacemos historias de este tipo convocan nuestro interés e imaginación; y tal vez sea el miedo a la muerte y a lo desconocido lo que alimenta la atención y la atracción por esos temas. Antes, transmitidos de boca en boca en torno a un fogón o a una sobremesa comunitaria. Hoy, frente a la pantalla de una computadora conectada a Internet, reeditando la vieja práctica, pero en una situación de individualismo alienante, total y absoluto.

Claro que el temor por esos "sitios encantados" es, como dijimos, inversamente proporcional a su tamaño. Cuanto más grandes, más raros. Cuanto más grandes, más miedo. Característica ésta que ha sido profusamente explotada por la literatura y después por el cine de horror. Aunque hoy en día, los cultores del misterio, que son legiones en el mundo de la televisión, parecen haber reorientado su atención a sitios más pequeños (departamentos, complejos habitacionales de un solo ambiente, incluso casas de familia de clase media y baja) en un intento por llevar ese horror tan buscado a todos los sectores sociales (y ya no tan sólo a la aristocracia, que parecía tener el monopolio, especialmente durante el período victoriano). Claro que todo esto fue en detrimento de su impacto dramático; o al menos en un mayor esfuerzo literario por implantar lo sobrenatural en espacios que, de por sí, no "meten miedo".

El escenario lo es todo. El contexto genera significado. Ningún "paisaje" es neutro por completo. Son el producto de nuestro propio imaginario. Una construcción cultural. Por eso, los sitios abandonados, en ruinas, aislados e inmensos, convocan a mayor cantidad de fantasmas; y todo esto se constituye en un fenómeno cuyos tópicos ya los encontramos delineados en el mundo antiguo, en donde griegos y romanos trazaron para occidente sus primeras y más perdurables líneas argumentales.

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Los fantasmas son entidades muy conservadoras, además de poco viajeras. Suelen aferrarse a un lugar de manera permanente. Tan conservadores son que se niegan a reconocer los cambios que se operan en sus escenarios tradicionales, insistiendo atravesar puertas, ventanas y pasillos sellados (o ya inexistente).

Reservorios de historias inciertas y sucesos no del todo comprobados, los lugares encantados dejan siempre abiertas cuestiones fundamentales de su devenir histórico. En ellos nunca hay una sola versión de "los hechos". Tienden a convertirse en escenarios confusos, imprecisos, mal definidos; incluso en los aspectos más básicos de sus historias (fechas, nombres, cantidad de residentes, actividades que allí se practicaban, causas de los acontecimientos dramáticos ocurrido, motivos del abandono, etc.). Son verdaderos universos multisémicos, cambiantes y susceptibles de múltiples interpretaciones, en las que cada investigador agrega o quita según sus gustos o carga dramática que pretenda darle al relato.

Pocas veces la razón se define claramente en este tipo de historias. Es complicado, cuando no imposible, negar o admitir algo rotundamente respecto de ellas; y son esas ideas inacabadas las que alimentan el punto de partida de aquello que se ha dado en llamar "superstición" (es decir, un exceso tremendo de credulidad).

En ocasiones, historias apócrifas se convierten en materia prima de leyendas que tienen como fundamento sucesos tan falsos como una moneda de madera, originando rumores que terminan "encantando" mansiones y palacios que, de hecho, jamás lo estuvieron en el genuino imaginario del lugar. Pero a veces, esas mentiras, a fuerza de repetirse una y otra vez, se terminan instalando en el discurso de la gente y pasan a formar parte del acervo "histórico" del edificio. El aspecto del mismo (su estructura, estilo, monumentalidad, señorío) contribuye a que esos "dimes y diretes" se acoplen, naturalizándose, a la historia del lugar.

Por lo general, las construcciones poco convencionales atraen sucesos también poco convencionales. Y así, una capilla neogótica, en medio de un bosque desbordado, en pleno corazón de la pampa bonaerense, tal vez sea lo más exótico que los vecinos tengan a mano para fantasear.

En mi opinión, es lo que ocurre en Montelen.

Vayamos, pues, a las dos historias que flotan sobre la historia de la estancia y sus supuestos fantasmas.

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Ya hemos hecho referencia al trágico episodio de la leona decapitando a una niña, en época de los Salaberry; y a los posible simbolismos de tener animales exóticos fuera de su contexto natural y original. Pero dejamos pendiente una historia divulgada no hace mucho por los diarios y la televisión, acaecida alrededor del mes de mayo de 2011.

Es ésa, una historia de fantasmas.

Según relata una vecina de la zona de Bragado, mientras recorría las ruinas de la vieja capilla neogótica del Sagrado Corazón (a él había sido consagrada cuando se inauguro en 1914) se puso a sacar una serie de fotografías que, al ser descargadas en la computadora unos días después, revelaron lo que muchos identifican es la figura de una niña, de pelo largo, asomada por una de las derruidas ventanas ojivales del templo.

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Las fotos recorrieron el país y ocuparon varios minutos de noticieros locales y nacionales, denotando no sólo el tipo de periodismo sensacionalista que hoy vende, sino (y esto es lo más interesante) la inclinación que muchas personas tienen a querer creer en esos temas.

En otro momento nadie hubiera reparado en esa "sombra extraña" del ventanal y, muy probablemente, la pareidolia (que sostenemos que es) hubiera pasado desapercibida.[17] Pero el contexto en el que fue sacada la foto y la historia previa que circulaba (al menos desde que fue publicada en 1999) contribuyeron a que la niña "apareciera". Y no una vez, sino dos veces; ya que a posteriori, otros visitantes del lugar (atraídos por el relato) juraron haber visto, "sentido" y filmado no sólo una, sino un par muchachas, vagando por el monte que hoy devora a Montelen.

Lo que antes estaba a buen resguardo en dos pequeños párrafos de un artículo, tomaba ahora estado público y el irredento bosque de la estancia tuvo sus quince minutos de fama.

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Cuando no hace muchos meses tuvimos conocimiento del tema, en especial acerca de las jaulas y la leona asesina, se nos vino inmediatamente a la memoria un caso investigado hace unos años, en el cual también había felinos criminales involucrados. Nos referimos a la historia (apócrifa) ocurrida en una mansión de la elite porteña, perteneciente a otra familia acaudalada de la oligarquía del siglo XIX. Me refiero a los Díaz Vélez, propietarios de un emblemático palacio en el barrio de Barracas (Buenos Aires), conocido como la "Casa de los Leones".

Nos vamos a permitir a transcribir lo escrito por entonces.

"Como todas las viejas mansiones de fines del siglo XIX, la del barrio de Barracas, construida por un influyente terrateniente bonaerense, don Eustoquio (con "o") Díaz Vélez (h), despertó muchas suspicacias y rumores, entre otros motivos a causa de la ingente cantidad de estatuas de leones que decoraban su gigantesco parque perimetral.

"Dicen que el millonario, amante obsesivo por ese tipo de felinos grandes (después de un viaje a África, allá por 1905 o 1906), se hizo traer de Europa dos ejemplares semi-domesticados que instaló en una "leonera" (jaula) en los fondos de su palacio (razón por la cual la propiedad empezó a ser popularmente conocida como la "Casa de los Leones").

"Cuenta la leyenda que los animales estaban bajo el cuidado de un mulato portugués, que trabajó para la familia durante algunos años, y que se movían libremente por el parque de la casa, bajo la atenta mirada del lusitano.

"Los años pasaron. Los leones crecieron, igual que Manuela (otra tradición la nombra como Mathilde), la hija de don Eustoquio, quien alcanzando la mayoría de edad decidió comprometerse con un acaudalado joven de la leudante oligarquía porteña, un tal Juan Aristóbulo Pittamiglio.

"Como manda el protocolo, la familia organizó una fastuosa fiesta en el palacio, a la que concurrieron miembros de la aristocracia vernácula y europea. La reunión se llevó a cabo en completa normalidad hasta que Nero, el león macho, se escapó misteriosamente de la jaula.

"Aristóbulo quiso hacer méritos y, con una red, pretendió atrapar a la fiera. Pero no pudo. El león se abalanzó sobre él y lo mató.

"La tragedia no pudo ser mayor. Poco tiempo después, la infortunada novia se enteró, por chismes de viejas, que su prometido mantenía amoríos con la cocinera de la mansión y que ésta, despechada por la noticia del compromiso, había liberado al león para arruinar la fiesta.

"Al dolor se le sumó la humillación de los cotilleos, que corrieron como reguero de pólvora por toda la alta sociedad porteña. Eso fue demasiado y la joven niña decidió quitarse la vida.

"Destrozado, don Eustoquio se deshizo de los animales. El macho (cuentan) fue muerto de un tiro en la cabeza proveído por su dueño, y enterrado en alguna parte del parque. La hembra, por su parte, regalada a un circo ambulante llamado Gran Circo Atlas.

"Pero la obsesión de Eustoquio por los felino no cesó y (dicen que dicen) mandó a construir estatuas de leones, que ubicó en toda la casa, en especial en aquellos lugares que habían sido escenario del drama. Morboso el muchacho, ¿no?

"Años después, en 1927, tras su muerte, el palacio pasó a manos de la famosa Casa Cuna y luego, mucho más tarde, a la asociación VITRA, que dispone del predio hasta el día de hoy.

"La tradición oral empezó (como veremos no hace mucho) a hablar de fantasmas en el palacio. La mansión trasmutó (era de esperarse) en otra de las tanta casas encantadas de Buenos Aires; y cuenta la novel leyenda que, aquellos que la habitaron tras la tragedia, experimentaron por las noche extraños fenómenos: gritos de dolor, sollozos de mujer, inquietantes sonidos semejantes a rugidos o lucha entre animales y sombras fugaces recorriendo las dependencias; siempre acompañadas por los débiles deslices de garras sobre los pisos de madera europea.

"El drama parecía reeditarse todas las noches, como si fuera una maldición. Manuela, sufriendo por el ingrato amor de su prometido, al que amaba. Éste siendo devorado por el león. Y Nero (la bestia) buscando infatigablemente a su víctima.

Partes: 1, 2

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