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La historia de la arquitectura o la historia en la arquitectura

Enviado por Eugenia Sol



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La historia de la arquitectura o la historia en la arquitectura

En realidad, considerando las dos alternativas que surgen del enunciado, me parece que la primera observación que habría que hacer al respecto, es que ambas son complementarias y forman una unidad, ya que en sentido estricto, no existe la "historia" como una totalidad vacía, sin determinaciones múltiples, y por otra parte, tampoco se puede concebir a la arquitectura como un hecho estático o aislado, es decir ahistórico, por lo que, como veremos mas adelante con mayor detalle, sólo podemos entender el "fenómeno" arquitectónico como un hecho histórico, es decir como parte de la historia. La segunda observación es en el sentido de que la respuesta a estas cuestiones es fundamental para resolver una interrogante contextual: ¿Qué es la Arquitectura? puesto que si en rigor, al intentar la exploración científica de su significado, roturamos el plano fenoménico, superficial y, como diría Karel Kosík, vamos más allá de la "pseudoconcreción" del problema[1]para penetrar en sus reales determinaciones, el resultado sería la desmitificación de la arquitectura como un hecho meramente técnico, al tener que ubicarla, estrictamente, en los procesos concretos de la producción social, es decir, en la historia. Huelga decir ya, después de esto, que consideramos a la historia de la arquitectura, como una parte orgánica de la historia de la sociedad, id est, de la historia.

La cuestión podría, por lo tanto, plantearse como la búsqueda del significado histórico de la arquitectura. Sin embargo, pese a la sencillez aparente de esta empresa, nos salen al paso obstáculos -históricamente conformados- a los cuales tenemos que referirnos necesariamente, ya que constituyen una verdadera tradición que como tal ha sentado sus reales en nuestro medio y ha determinado en gran parte esa actitud tan extendida de subestimación de la historia.

Es decir, que esa subestimación e infravaloración de la historia, por cierto compartida y sustentada por sectores importantes incluso de los movimientos de renovación de la enseñanza de la arquitectura, es u no de los escollos fundamentales. El otro, que se desprende de éste, es el carácter mismo de las concepciones que corrientemente se manejan, acerca de la arquitectura y el urbanismo al ser concebidos como meros resultados, reflejos o técnicas de la "sociedad". Esto nos lleva de la mano hacia una tarea que no es posible soslayar: la de plantear correctamente la concepción de la historia y la de definir de una manera rigurosa la arquitectura, o lo que es lo mismo, explicar el papel o la función de la arquitectura y en lo general de la producción social del espacio urbanoarquitectónico, en el contexto de la sociedad, en el contexto de la historia.

Naturalmente, los escollos no son privativos del campo de la arquitectura. Forman parte de toda una actitud ideológica de la cultura occidental burguesa, manifestada de manera extrema en la corriente de la tecnocracia. Efectivamente, ante la imposibilidad de borrar de manera total la cuestión de la historia, el pensamiento burgués del siglo veinte ha tergiversado el sentido objetivo y riguroso que adquirió de manera definitiva, después de un largo proceso, en la segunda mitad del siglo XIX, con el surgimiento del marxismo. Como se sabe, en tanto en el siglo mencionado las ciencias naturales se liberan de las ataduras con respecto a la teología y se despojan de su antiguo ropaje metafísico, las ciencias sociales se debaten en el logro de una verdadera concepción objetiva, siendo el positivismo uno de sus resultados. Empero es de la polémica antipositivista de donde surge la gran bifurcación del pensamiento contemporáneo: por una parte las corrientes idealistas, experimentalistas, historicistas, neocriticistas, y ya más adelante, en el siglo XX, las corrientes irracionalistas y espiritualista s, hasta el estructuralismo, de corte relativamente reciente. Por la otra, y en el tenor de una crítica global a toda la filosofía, con hincapié en el idealismo Hegeliano, el materialismo histórico, de los fundadores del socialismo científico.

El marxismo marca el inicio del desarrollo de la concepción científica de la historia, y en mayor medida, abiertamente o no, se va generando su contrapartida por parte del pensamiento burgués, ante la evidencia de su temporalidad y de su destrucción revolucionaria. De esa manera, la interpretación histórica se torna, paradójicamente, anti-histórica, y hunde sus raíces en capas seculares de la concepción idealista y metafísica del mundo y la sociedad.

Marx descubre que, a contrario de lo que plantea el idealismo, es la producción material de la sociedad sobre la que se constituye el proceso de la totalidad social, es decir, de la historia y en su famoso pasaje de la "Contribución a la Crítica de la Economía Política", del prólogo, resume de modo contundente ese descubrimiento, a saber:

"…en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad: estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general, no es la conciencia de los hombres la que determina su ser; por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia. En una fase determinada de, su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas evolutivas de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una época de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura... "[2]

Se constituye así la historia en un continuo proceso autogenerador e internamente contradictorio. Cada hecho social pierde el aislacionismo o el relacionísmo mecánico de las concepciones idealistas o metafísicas para adquirir una función orgánica y jerarquizada, sujeta a leyes. Se desmitifica así la historia como algo que se produce casual o fortuitamente o como resultado de las acciones individuales de unos cuantos hombres, o como el producto de un proceso de la mente, la Idea o el Espíritu. Con la concepción marxista se derrumba el último gran sistema del idealismo, el de Hegel, quien, como lo expresa Lucio Colleti, destruye la realidad material para resolverla en lo Infinito, en la Idea... [3]

Naturalmente, las otras visiones no dan una solución integrada del problema de la historia y de la sociedad, aunque, por razones evidentes, son de una gran influencia, y muy marcada sobre todo en la interpretación de la historia de la arquitectura, y en consecuencia, en la concepción misma de la arquitectura y esto es de tal modo cierto, que se podía afirmar que las actuales tergiversaciones en el campo de lo histórico-arquitectónico, parten de esas fuentes. Por ello es necesario mencionarlas, aunque brevemente.

Las direcciones fundamentales de esas concepciones de la sociología contemporánea son, siguiendo el esquema de Umberto Cerroni[4]el experimentalismo, encabezado por Durkheim; el historicismo, de Dilthey, Windelband, Rickert; la sociología comprensiva, de Max Weber. En rigor, éstas constituyen -junto con el marxismo- el hecho histórico de la conquista de la autonomía de las ciencias de la sociedad (autonomía que como lo indiqué habían ya logrado las ciencias naturales). Sin embargo, las corrientes de que nos estamos ocupando contienen serias limitaciones. El experimentalismo, cuyo exponente fundamental es Emile Durkheim (1858-1917) pugna porque el investigador ante su objeto de conocimiento -la historia, la sociedad- actúe como un físico, un químico, o un fisiólogo, convirtiéndose así en un simple catalogador de las especies sociales: "Durkheim -dice Cerroni- es el Linneo de la historia, pues clasifica pero no explica" los fenómenos de la sociedad. Esta concepción sitúa a los hombres, al "hombre" como un ente fuera de los hechos sociales, y a éstos los concibe como "cosas". El historicismo por su parte, señala el carácter fundamentalmente histórico de la sociedad y trata de lograr una total autonomía de la ciencia social. No obstante, la historia, para esta corriente, se piensa como una estructura meramente mecánica, de valores autónomos, sin relaciones efectivas, reales. Se explica así el por que postula que el papel del historiador consiste en un simple comprender los hechos. Para W. Dilthey (1833-1911) esa comprensión implica la psicología: para W. Windelband (18481936) el conocimiento social es tan diverso del conocimiento de las ciencias naturales que debe rechazar la formulación de leyes que determinen el desarrollo social. De ese modo, el historicismo se vuelve en rigor, historia sin historia "en sí misma", vacía, sin transformaciones revolucionarias.

Max Weber (1864-1920) es un sociólogo influyentísimo en el pensamiento burgués actual. Sus tesis constituyen en rigor, un conductismo, un estudio de la mecánica de los comportamientos humanos. Para él la realidad social es una estructura relacional, formada por una red de conductas humanas. Una crítica reciente -aguda en alto grado- nos la brinda Sergio Bagú, quien al referirse al pensador alemán, indica:

"El conductismo de Weber es una reducción de lo social a su mínima expresión; una relación de conducta, todo contenido, social y emocional, se agota en la conducta, es decir, en ese acto meóiarte el cual un sujeto se comunica con otros por medio de movimientos físicos y símbolos formales. "[5]

Se puede ver fácilmente la influencia Weberiana en nuestro campo cuando conocemos que de sus tesis de redes conductuales, surgen los "sociogramas" tan manejados por la psicología social actual y, claro, por nuestros tecnócratas contemporáneos.

De estos esquemas parten como se ha indicado, las mistificaciones actuales (como el estructuralismo, por ejemplo), y obviamente, cuando se trata de interpretar la historia de la arquitectura de acuerdo con ellos, los resultados son, por nosotros bien conocidos: acumulación de datos, de estilos, de obras importantes, de arquitectos geniales, etc., o todo ello con una relación social meramente refleja (La arquitectura como producto o como reflejo, etc.,).

Dentro de la gran polémica antihistoricista, que termina resolviéndose en una embestida contra la historia, se encuentran, sin lugar a -dudas, los movimientos de las vanguardias arquitectónicas de las primeras décadas del siglo XX, que formaron la base del funcionalismo arquitectónico contemporáneo. En efecto, la lucha antiacadémica, que se propuso, según palabras del propio Walter Gropius, erigir, "sobre las ceni2as del pasado, todo un nuevo conjunto de valores que expresasen la cultura arquitectónica de la sociedad industrial",[6] reviste un carácter antihistórico, en ese afán de terminar con el criterio académico-romántico de inspirarse en los estilos del pasado como lenguaje edilicio, y de buscar una fórmula que se adecuase a los procesos de la producción industrial.[7] No es de ninguna manera casual el que en los Planes de Estudio de la Bauhaus de Weimar-Dessau-Berlín, la historia se elimine y sólo se traten, a ese respecto, las diversas soluciones técnicas del proceso de concreción formal, en diferentes épocas.[8]

Y si bien esos enfoques dan como resultado un lenguaje nuevo, el lenguaje hoy de todos conocido del funcionalismo, no menos cierto es que surgen en un contexto conceptual irracionalista y fenomenológico, destinado a hacer funcionar la arquitectura, el urbanismo, y los objetos del industrial design, en el sistema capitalista de producción, en esa etapa denominada de la "sociedad de masas" o "sociedad de consumo", para la cual, evidentemente, la historia y la carga conceptual-trascendente crítica- de los objetos, deviene en un estorbo que conviene eliminar a toda costa.

De esa manera, como lo he tratado ya en otros trabajos: "Surge así de la polémica antiacadémica una política estética que pugna por la "simplicidad" indiferente hacia la trascendencia: "Estamos hartos de la reproducción de estilos históricos. En el proceso de nuestro desarrollo, desde las extravagancias de un mero capricho arquitectónico, hasta los preceptos de la lógica estructural aprendimos a buscar una expresión concreta de la vida de nuestra época en formas simples, claras y refrescantes" (Gropius, "La Nueva Arquitectura y la Bauhaus", ed. Lumen. 1966 pág. 51)."

"Los principios formales de la Nueva Arquitectura se van constituyendo como parte de ese diseño universal en el que la "simplicidad" y la 'honestidad frente al proceso productivo' viene siendo un parapeto ante las posibilidades de cualquier manifestación 'individual', surgiendo así las tan manejadas tesis acerca del rechazo a la 'pieza única', la 'obra de arte', etc. El problema consiste por otra parte, en que esas proclamaciones aparejan en el caso bauhasiano la reducción del producto hasta la univocidad. Nada más natural que en esas condiciones surgiese una teorización del arte conformada como mera Gestaltheorie, basada en la consideración de lo estético como parte de un dualismo estructural, en el que el 'espíritu' (o el 'alma humana') se satisface a través de la aplicación de leyes psicológicas, exclusivamente visuales (forma les-sensoriales). El espiritualismo filosófico, en auge en esos años weimaranos da contenido, en consecuencia, a la arquitectura y al arte de la Bauhaus, que al establecer la conciliación con el sistema, sienta las premisas de la ratio de la supuesta humanización de los objetos de consumo masivo. Gropius alude a ese ingreso de la arquitectura al mundo de la masividad, de la manera siguiente: El gran público, que había permanecido indiferente a todo lo que se refiere a la edificación, ha salido de su letargo; ha ido en aumento el interés personal por la arquitectura como por algo directamente relacionado con nuestra vida cotidiana' (W. Gropius, "La Nueva Arquitectura y la Bauhaus", edit. Lumen op. cit, pag. 21). Estas palabras encierran, en su sentido más general, un saludo a la sociedad de masas".[9]

El rechazo a la historia significa, evidentemente, y hoy más' que nunca la evasión de la carga ideológica de la arquitectura y la posibilidad de su consideración como una parte de la praxis revolucionaria, su reducción a la mera tecnicidad. Y si bien para los maestros del vanguardismo occidental europeo (Como Gropius y Le Corbusier) estos planteamientos estaban incluso en el contexto de la creación de una estética de nuevo tipo (recordemos la definición Le Corbusiana de la arquitectura como 'Juego magnífico de los volúmenes bajo la luz"), actualmente, para los representantes más recalcitrantes de la tecnocracia ya no solamente la lucha es contra la historia, sino contra la estética y el pensamiento mismo, contra el libre ejercicio del análisis crítico. Y esto de ninguna manera es algo que nosotros, a través de una penetración profunda en los textos hayamos inferido. Es en algunos casos, como en el que voy a citar, absolutamente explícito: En efecto, nos dice Christopher Alexander:

"En la situación inconsciente (se refiere a las culturas primitivas que realizan sus casas de una manera tradicional, reiterada y por ende perfecta, sancionada por el tiempo) el aprendiz aprende porque se lo hace retomar el buen camino cada vez que se desvía. 'No, así no, de este modo'. No se hace tentativa alguna de formulación abstracta de qué es lo que implica el buen camino. El buen camino es lo que queda cuando se han eliminado todos los malos caminos. Pero, en una atmósfera intelectual exenta de la inhibición de la tradición, la imagen cambia. Desde el momento en que el alumno queda en libertad para poner en tela de juicio lo que se le dice, y en que se atribuye valor a la explicación, se hace importante determinar por qué 'este' es el buen camino y no "aquél", y buscar razones generales. Se intenta entonces estructurar en principios los fracasos y los éxitos específicos que se producen... Voy ahora a tratar de llamar la atención sobre la arbitrariedad peculiar y nociva de los conceptos que son inventados..."[10]

Nada más claro. El último eslabón de la cadena funcionalista ubicado en el etéreo mundo de las relaciones puramente matemáticas, inmáculas de toda contaminación conceptual. El objeto es el objeto, satisface requerimientos y punto. Nada de historia ¿para qué, si la historia es el pasado? Claro es que en el fondo lo que preocupa a estas capas intelectualoides de la burguesía pro imperialista y tecnocratizante, no es la historia como 61 pasado", sino la historia como presente y sobre todo como futuro. Y lo importante para ellas, fieles portavoces de su clase, es detener ese futuro, que quieran o no, se les viene encima.

De suyo se infiere que una de las tareas que imponen los movimientos de contestación en el campo de arquitectura es la del rescate -valga la expresión- del sentido científico, el verdadero sentido revolucionario de la historia. Y la de enmarcar en éste, el sentido de la historia de la arquitectura. Pero para ello, simultáneamente, se impone la labor de la ubicación de la arquitectura en términos de la totalidad social, en términos de la historia. Kosík ha demostrado que la sociedad, que la totalidad social, no es algo caótico ni desordenado. Los hechos sociales, en el sentido de Marx, ya expuesto, guardan una jerarquía y todos ellos ocupan un lugar en relación con el proceso productivo de la sociedad y en términos de ese proceso se definen y, a su vez, son definidores de la sociedad, es decir, que en términos de él se manifiestan como hechos históricos. Ahora bien, la arquitectura (y las ciudades), ¿qué lugar ocupan en ese complejo social? ¿cuál es, o en qué consiste su funcionalidad social? He tratado de responder a esta cuestión en mi reciente trabajo "Arquitectura y Subdesarrollo en América Latina", en el que se sustenta, en rasgos generales, lo siguiente: 1.-La arquitectura y la ciudad forman parte en lo general de la base económica de la sociedad, como medios de producción en sentido amplio y como parte de las condiciones materiales que hacen posible la producción. Constituyen formas específicas de la existencia espacial de la producción. 2.-La arquitectura y las ciudades, al ser formas específicas de la existencia formal espacial de la sociedad, inciden en la división social del trabajo y poseen implicaciones superestructurales, al constituir expresión de la ideología, de las concepciones políticas, de los mecanismos administrativos y de las actividades urbanas por excelencia. 3.-La arquitectura y las ciudades, como formalidades materiales específicas, manejan valores superestructurales Para constituirse, y se constituyen así, ellas mismas como superestructuralidades. El hecho de que sea la base económica la que determina en última instancia el carácter de las superestructuras, lejos de refutar esta aseveración, la refuerza. 4.-La arquitectura y las ciudades participan así, en perfecto monismo, del entramado económico y de las superestructuras ideológicas de la totalidad social.[11]

La arquitectura pues, como hecho histórico, forma parte de la autogeneración de la sociedad y expresa por lo tanto, a su manera (como producción social del espacio), el complejo de contradicciones sociales. La arquitectura no es en consecuencia un simple hecho técnico, o estético en el sentido de la romantik (es decir, ideal-puro), sino que constituye una organización formal estéticotécnica, social-histórica, que a su vez juega un papel en la producción y en las formas ideológicas, por medio de las especificidades de su lenguaje.

Es a través de este enfoque, que podremos comprender el verdadero carácter de la arquitectura a través de la historia, y entenderla como un proceso concreto y real (valga la expresión). Y de esta manera, la arquitectura deviene en hecho histórico en sí mismo, conformado y conformador de la historia, en su doble y unitario papel (parte de la producción material y parte de las superestructuras). Se posibilita de esa manera, la construcción de una historia de la arquitectura que supere, por así decirlo, los enfoques "tradicionales". Naturalmente que hay aportaciones nada despreciables (Hauser por ejemplo, aunque se inscriba en una generalidad que le reste subrayamiento a lo arquitectónico, en prioridad de la literatura y de otras formas del arte. 0 el esfuerzo de Benévolo, para el Renacimiento y la modernidad contemporaneidad, pese a que su enfoque conceptual se incline bastante hacia la interpretación historicista-tecnicista-formalista; de todos modos, en él se presenta la problemática ideológica aunque sólo en algunos casos extremos, como en los de la arquitectura fascista o estalinista. Naturalmente los decididamente marxistas como Lucáks, pero desafortunadamente en el caso arquitectónico se limita a generalidades de orden estéticofilosófico, sin constituir -en rigor no se lo propuso- una historización del fenómeno. Galvano della Volpe aporta fecundamente al análisis estético-histórico-semiótico de la problemática arquitectónica pero no pasa -aunque lo que plantea es fecundo- de importante sugerencias en lo que respecta a nuestra cuestión. Nicos Hadjinicolau ofrece interesantes reflexiones para abordar la historia, en general del arte y obviamente no historiza, aunque su enfoque es útil. Quizás los aportes concretamente historizantes de mayor relevancia los constituyen algunos trabajos muy concretos sobre episodios contemporáneos, como los de la arquitectura cubana revolucionaria de Roberto Segre ... ) pero, en rigor, tal enfoque, puede decirse, apenas se inicia, y toca precisamente y de manera muy especial, a los movimientos de renovación y cientificización de la enseñanza de la arquitectura (como el del autogobierno de la UNAM y el de la escuela de arquitectura de la Universidad Autónoma de Puebla), el desarrollo de 1a problemática histórica, pero, entendiéndose que, tal y como lo he tratado de delinear en este breve ensayo, no se trata de una cosa aparte, aleatoria o meramente convencional, sino de que, el estudio de la historia de la arquitectura, siempre y cuando se realice bajo el rigor científico apuntado, es esencial para la comprensión del fenómeno, y que difícilmente se podría plantear una arquitectura revolucionaria sin ubicarla como un hecho involucrado, históricamente, en las grandes transformaciones de nuestro mundo contemporáneo.

 

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