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El suicidio en el arte. Análisis histórico y cultural

Enviado por Jennie Roblejo



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"Antes de suicidarme quiero que se me asegure que así será, querría estar seguro de la muerte. La vida sólo se me aparece como un consentimiento a la legibilidad ilusoria de las cosas y a su vínculo con la mente. Ya no me siento como la encrucijada irreductible de las cosas, la muerte que cura, cura desligándonos de la naturaleza, pero ¿y si no fuera más que una suma de dolores donde no ocurren cosas?"

Para llegar al estado de suicidio, necesito el retorno de mi yo, necesito el libre juego de todas las articulaciones de mi ser. Dios me colocó en la desesperación como en una constelación de callejones sin salida cuya iluminación conduce hasta mí. No puedo ni morir, ni vivir, ni desear morir o vivir. Y todos los hombres son como yo.

"Sobre el suicidio", texto de Antonin Artaud

"Si no puedo existir a mi manera, entonces, la existencia es imposible"

Ernest Hemingway

El suicidio, como acto exclusivamente humano, ha estado presente a lo largo de la historia y en todas las culturas. El vocablo proviene del latín y es resultado de la unión de dos términos, sui-sí mismo y caedere-matar, con lo que presupone ya su significado, o sea, es el acto que define el quitarse voluntariamente la vida.

En la actualidad es censurado en la inmensa mayoría de las naciones, apoyado en las distintas creencias religiosas existentes. El mundo contemporáneo (y cuando digo contemporáneo no me refiero exclusivamente al mundo del siglo XXI, sino a aquel que principió ya a finales del siglo XIX, marcado por la dicotomía del hombre y la máquina) no ha sido educado en la idea de la convivencia con la muerte. Muy por el contrario. Tiene muy arraigado el temor hacia ella, incluso cuando ésta sea provocada por causas naturales, como un infarto o el fallecimiento por enfermedad. Este temor o "respeto" intrínsecos a la civilización occidental (y a aquellas sociedades occidentalizadas) hace que el acto de cometer suicidio (o pensar en él) sea fuertemente censurado y hasta condenado por la ley, este es el caso del llamado suicidio asistido o eutanasia, penado en muchos países. Sin embargo, en un inicio y para muchas de las civilizaciones antiguas, no fue así.

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Para los Galos el suicidio por vejez, enfermedad grave o dolorosa, así como por la muerte del jefe o del esposo, era considerado razonable. Celtas, nórdicos y vikingos lo veían como la salida más honorable para la vejez y la enfermedad y asimismo era para visigodos y mayas, estos últimos adoraban a la esposa del dios de la muerte, Ah Cimih, -también conocido como Kizin, "El Apestoso", Yum-Kimil y Hun ahau-, y diosa del suicidio y de la horca, Ixtab (ver figura a la derecha), como mejor vía para evitar una muerte vergonzosa, inconcebible para un pueblo guerrero. En esta cultura (la maya), el suicidio se encontraba al nivel de la muerte por caída en batalla, de las mujeres al dar a luz, del fallecimiento de sacerdotes e incluso, al de las víctimas humanas por sacrificio. Era considerado extremadamente honorable.

En el Oriente, el acto de quitarse voluntariamente la vida, tampoco era considerado como algo reprobable. En la India las mujeres se sacrificaban en la pira funeraria de sus esposos difuntos o en otra separada. A esta costumbre hindú se le llama sutee o sati (término que significa mujer virtuosa en sánscrito) y era realizada cuando el esposo moría en un lugar distante. Según opinión de los expertos esta práctica fue en sus inicios un privilegio de la realeza, pero luego se generalizó y legalizó, llegando a ser una costumbre muy popular en el país.

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Se supone que el sati era un acto de carácter totalmente voluntario, pero en la práctica se conoce que en muchos lugares de tradición más ortodoxa, la mujer que se negaba a inmolarse era condenada al ostracismo, siendo considerada proscrita de ese momento en adelante. Era como si hubiera fallecido también, pero en vida. Esta costumbre fue abolida en 1829 por los ingleses, pero todavía hoy se sigue practicando en algunas zonas muy apartadas del país de manera esporádica.

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En el Japón feudal surgió una práctica que elevaba al suicidio a un sitial de honor al evitar la muerte sin dignidad. A este ritual se le llamó harakiri o seppuku[1](abrirse el vientre en japonés) y en sus inicios era practicado por los llamados samuráis o nobles guerreros antes de ser capturados por sus enemigos y así ser deshonrados por toda la eternidad. Más tarde fue generalizada su práctica, primero por los nobles (como un método indirecto de ejecución a través del cual el emperador le comunicaba que su muerte resultaba esencial para el bien del imperio y por ello, debía hacerse el harakiri), hasta que fue adoptada un tiempo después por el resto de las clases sociales.

En los harakiris obligatorios el comunicado imperial iba acompañado por lo general de una daga magníficamente decorada con el fin de que fuera utilizada como instrumento del suicidio.

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(…) Al infractor se le concedían un determinado número de días para preparar la ceremonia. En casa del noble ofensor, o en un templo, se levantaba un estrado que se cubría con alfombras rojas. Al comenzar el acto final, el noble, ataviado con atuendo ceremonial y asistido por un grupo de amigos y oficiales, ocupaba su lugar en el estrado. Postrado de rodillas, rezaba sus oraciones, recibía la daga de manos del representante del emperador y públicamente confesaba su culpa; entonces, desnudándose hasta la cintura, hundía la daga en el costado izquierdo del abdomen, la desplazaba lentamente hacia el costado derecho y efectuaba una incisión ligeramente ascendente. En el último momento, un amigo o familiar decapitaba al noble moribundo. A continuación, era costumbre enviar la daga ensangrentada al emperador como prueba de la muerte del noble por este método. Si el transgresor se hacía voluntariamente el harakiri, es decir, actuaba según el dictado de su conciencia culpable en lugar de por mandato del emperador, su honor se consideraba restituido y todas sus posesiones pasaban a manos de su familia. Por el contrario, si el harakiri venía ordenado por el emperador, la mitad de las posesiones del muerto quedaban confiscadas por el Estado.

Al ser practicado por individuos de todas las clases sociales, el harakiri servía con frecuencia como gesto supremo de devoción hacia un superior que hubiera fallecido, o como forma de protesta contra algún acto o medida gubernamental. Esta práctica llegó a estar tan difundida que, durante siglos, se producían unas 1.500 muertes al año por este método; más de la mitad de ellas eran actos voluntarios (…)[2].

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Esta práctica de suicidio obligatorio fue abolida definitivamente en el año 1868 y aunque no se tienen noticias de que en la actualidad se recurra al harakiri, sí se sabe que en algunos conflictos bélicos acaecidos durante la última centuria (por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial) muchos soldados japoneses realizaron este acto como una forma de eludir el deshonor que suponía la derrota o el cautiverio.

Las mujeres también podían cometer suicidio ritual en la sociedad japonesa. Aquellas que seguían el bushido realizaban una práctica similar al harakiri para salvaguardar su honor llamada jigai. Las diferencias más importantes con el seppuku eran que antes de cometerlo, la mujer debía atarse los tobillos con una cuerda para evitar la deshonra de morir con las piernas abiertas al caer, así como la forma y el lugar del corte. Este debía hacerse en el cuello, seccionándose la arteria carótida con una daga con hoja de doble filo llamada Kwaiken.

Ya entrando en los orígenes de la civilización occidental, específicamente en la cultura grecolatina, encontramos que el suicidio tampoco era considerado un acto censurable. Existen múltiples referencias a éste tanto en la literatura como en otras formas artísticas e históricas. Para los griegos, el suicidio de personas con enfermedades incurables o incluso por llegar a la senectud, era considerado casi como una necesidad. El culto a la belleza y a la juventud que constituía prácticamente la base de su cultura, aprobaba tales actos basados en la idea de que aquel que no era capaz de cuidarse a sí mismo, tampoco podría cuidar de los demás. Cuando alguien cometía suicidio, al cadáver se le amputaba aquella mano con la que había llevado a cabo el acto y ésta era enterrada sin ceremonias en un sitio distante.

En Roma la idea de bien morir, eu thanatos, era un summun bonum, vista con sumo agrado, porque era mucho mejor morir de una vez que tener que sufrir desdichas a diario. Así, era aceptado el suicidio ante la impaciencia del dolor o de la enfermedad, ante la locura o el miedo al deshonor. Se consideraba que el enfermo tenía causa suficiente para cometerlo. La influencia del estoicismo procuró razones que legitimaban esta práctica ante la sociedad romana y solo era penado el llamado "suicidio irracional", o sea, el suicidio sin causa aparente.

Séneca[3]señalaba que la vida debe ser considerada en cuanto a calidad de vida y no en concepto de cantidad de tiempo vivido, por lo que morir mas tarde o más temprano no tenía trascendencia y bajo este presupuesto ensalzaba al suicidio como el acto último que podía cometer una persona libre.

Uno de los primeros suicidas de la historia fue Periandro. Periandro, rey de Corinto, fue la primera figura pública en rodearse de guardaespaldas, porque tenía muchos enemigos y aunque no se conocen con exactitud las fechas de su nacimiento y muerte, se supone que falleció hacia el 585 a.n.e. en una muerte cuidadosamente planeada para evitar que su cadáver fuera encontrado. Demóstenes[4](384 – 322 a.n.e.), Aníbal Barca[5](247 – 183 a.n.e.) y Marco Porcio Catón, "el Joven"[6](95– 46 a.n.e.), cierran esta corta lista de las primeras "figuras públicas" (políticos y militares) en suicidarse para defender lo que creían y de esta forma evitar la ignominia del deshonor.

En la civilización romana también existía el llamado "suicidio asistido", o sea, notificado por el Senado o por mandato del emperador. Este es el caso del emperador Nerón, quien provocó la muerte por suicidio de Petronio[7]el llamado "árbitro de la elegancia", y del propio Séneca (que había sido su tutor), quien murió asfixiado por el vapor (debido al asma que padecía) después de haber ingerido cicuta sin efecto alguno.

Con el advenimiento del Cristianismo principia una era (que dura hasta la actualidad) donde el acto de cometer suicidio es duramente sancionado a todos los niveles, pero en la cual, la negación al paraíso y la condenación eterna constituyen los principales castigos. No obstante, en la Biblia (el texto más importante para la liturgia cristiana, tanto católica como protestante) se mencionan varias escenas de actos suicidas como el de Abimelec, que herido de muerte le pide a su escudero que lo mate; el del rey Saúl que se quitó la vida y al verlo su escudero, se atravesó con su espada para morir junto con su rey; el del consejero Ahitofel, quien se ahorcó al conocer del rechazo de su consejo; el del rey Zimri, quien llegó a ser rey por medio de una conspiración, pero cuando vio que el pueblo no lo apoyaba, entró en pánico y se refugió en su palacio prendiéndole fuego para morir dentro de él; también Sansón se quitó la vida al derrumbar el templo, estando él y sus enemigos dentro de éste. No obstante, la referencia más explícita podría ser la de Judas ahorcándose después de traicionar a Jesús. Este sería el ejemplo más claro que pudo utilizar la Iglesia para su defensa: la del traidor que condena su alma al destierro perpetuo en el Infierno.

La reprobación y condena de la conducta suicida dentro de la doctrina cristiana no aparece hasta la figura de San Agustín (para quien el suicidio era considerado un pecado), y el II Concilio de Orleáns en el año 533. Este Concilio sigue sus enseñanzas y propugna que a aquellos que cometen suicidio no se les podrá aplicar los rituales ordinarios de la Iglesia Cristiana tras su muerte y por tanto, no será sepultado en tierra santa, porque el hombre no tiene permitido modificar su destino (entiéndase esto como adelantar o provocar su propia muerte), el cual solo está en manos de Dios, quien es el único que puede hacerlo.

Durante toda la Edad Media la Iglesia condenó duramente esta práctica y además de la condenación eterna del alma del suicida, le eran aplicadas otras legislaciones más terrenales entre las que se encontraba la confiscación de todos sus bienes y la vejación del cadáver (en muchos lugares la cabeza era arrastrada por las calles y se exponía en la plaza pública) como medida de escarmiento para desalentar ese tipo de comportamiento. En Italia y Francia los cadáveres de los suicidas eran arrastrados desnudos por la ciudad y luego eran colgados desnudos para público escarnio.

Ya en el Concilio Vaticano II el suicidio fue calificado como algo sumamente vergonzoso que atenta contra  lo cívico del ser humano y que constituye el más grave insulto al Creador.

En la Inglaterra anglicana del siglo XIX el cuerpo del suicida era castigado por la justicia públicamente, siendo arrastrado por el suelo y estaqueado en el cruce de los caminos, sus bienes confiscados y la viuda desheredada y deshonrada. Sin embargo, es precisamente en el siglo XIX cuando se pierde el sentido de socialización de la muerte, inserto en la ritualidad católica ejecutada dentro del área de la iglesia, volviéndose un acto privado. De esta manera, la muerte como último acto del ser humano, es liberada y dependerá cada vez más de la voluntad del individuo, conservando, empero, cierta noción de pecado y castigo inherentes al Cristianismo.

Esta noción de libertad nacida durante la Revolución Industrial resulta particularmente significativa a partir del surgimiento del Romanticismo, como movimiento cultural, literario y artístico aparecido en Europa a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, que se extendió con gran rapidez por todo el viejo mundo para refugiarse en su última decadencia en América Latina, donde vive su último momento de esplendor hacia la segunda mitad del siglo XIX.

No es fortuito que este movimiento cultural surja específicamente en países protestantes (Inglaterra y Alemania) donde la iglesia había sufrido transformaciones significativas a partir de la Reforma Luterana a principios del siglo XVI, provocando una escisión en el mundo cristiano que a partir de ese momento se dividirá en dos: el católico, liderado por la Iglesia Católica con sede en Roma y el protestante, heredero de las doctrinas de Lutero y fuertemente ligado al mundo burgués. Dicha reforma significó un importante cambio y evolución en la conciencia del Yo al no aceptar intermediarios en la relación entre el hombre y Dios, lo que hace que éste (el hombre) pueda interpretar de una manera personal sus preceptos y creencias sin la revisión constante de un confesor (y/o inquisidor) y un sacerdote. Esto no quiere decir que no echara raíces también en países profundamente católicos como Italia y España (y también en América Latina), donde estará marcado por la visión de Cristo como redentor de pobres y humildes del mundo.

La sublimación del Yo provocará un cambio definitivo en la forma de verse y asumirse el artista como ente individual sumergido en la generalidad de sus congéneres, lo que unido a una fuerte carga emocional, le conferirán los rasgos que identificarán al llamado "tipo romántico".

Estos rasgos son:

  • El romántico por lo general es joven, primando en él los sentimientos por encima de la razón.

  • En su tarea de sublimación del Yo individual propone originalidad no solo en su forma particular de expresión artística, sino también en su proyección ante la sociedad (forma de vestir, ademanes, léxico, actitud asumida ante la vida y en sus relaciones sociales, en las cuales las más importantes son las de tipo amoroso), donde se desbordan sus sentimientos y pasiones.

  • Egocentrismo que frecuentemente termina en narcisismo.

  • Marcado desprecio hacia sus contemporáneos (a quienes llaman peyorativamente "burgueses" o "tenderos"), incapaces de "entenderlos" en la manifestación de sus principios sociales y artísticos.

  • El "romántico" constantemente está generando múltiples interrogantes sin respuesta producto a su perpetua inquietud que lo impulsa a cuestionárselo todo.

  • Obsesión con el tema de la libertad (por ello rechaza toda regla y canon) y paradójicamente, también con el destino.

  • Interés por la cultura popular y las particularidades nacionales de éste en contradicción con todo aquello que huela a máquina y a progreso industrial, que provoca la alienación del individuo.

  • Deseo de soledad y desprecio por lo social y colectivo, lo que lo hace acercarse y sentirse identificado con la naturaleza, a la que verá como vivo reflejo de sus estados de ánimo.

  • Es un inadaptado social, que se siente marginado por la sociedad en la que vive, lo que genera en él una eterna melancolía que muchas veces llega a la desesperación.

  • Angustia ante la fugacidad de la vida, lo que provoca en él un profundo tedio de vivir. Esto hace que su inmensa mayoría muera prematuramente, a veces por su propia mano y en ocasiones también producto a su temerario y absurdo proceder. A esto se le dio en llamar el "mal del siglo"[8].

Con todas estas características no es de extrañar que el suicidio haya sido considerado por artistas, escritores y músicos como una salida ante su realidad histórica, exacerbado por las circunstancias del momento (el período del Romanticismo), pero que sigue siendo vigente en la contemporaneidad.

Al parecer existe una extraña relación entre la creatividad y la auto-aniquilación, lo que provoca que la tasa de suicidios sea más alta entre los artistas que en la población llamada "normal" (tres veces más alta, sobre todo en los poetas), al igual que las depresiones y la psicosis maníaca. Estas dos últimas combinadas: manía depresiva, despierta, en el sentido biológico, el sistema sensitivo del artista, quien responde con una amplia gama de emociones que parten de disímiles percepciones, hasta cierto punto diferentes al del resto de la humanidad. Es como si percibieran el mundo a través de un caleidoscopio brillante, pero fracturado de la realidad, lo cual explicaría, desde el punto de vista psicofísico, su particular manera de ver y asumir el mundo, tanto interno (sus emociones y sentimientos) como externo (la realidad tal cual es), así como la frecuencia de aparición de pensamientos suicidas en ellos, al sublimar más su mundo espiritual por encima del pragmatismo que lo rodea. Debido a esto, el Arte, a partir de la noción de Genio Creador, colinda con el concepto de Locura, debido a las profundas crisis de tristeza y melancolía que casi siempre conducen a profundos estados depresivos (algunos de estos llevan irremisiblemente al suicidio al no encontrar una salida ante determinado problema mediato o inmediato) y que constituyen parte inherente al proceso de creación.

Esta relación (Arte/Genio Creador/Locura) surge a partir del desarrollo de las teorías del Psicoanálisis, el que propicia una modificación de la idea de la locura porque el artista, como ser especialmente dotado para canalizar y objetivar toda una serie de experiencias sensoriales, tiene también algo de loco, de alucinado. Estas teorizaciones conllevan a que ya a fines del siglo XIX la idea del artista bohemio, estrafalario, extravagante o simplemente loco, es de fácil aceptación, en especial en el París de fin de siglo[9]

Las alteraciones mentales asociadas a la genialidad, generalmente corresponden a depresiones o psicosis maniaco-depresivas. Conviene señalar que las depresiones simples corresponden a diversos grados de estados melancólicos, mientas que la psicosis maniaco-depresiva es una verdadera enfermedad mental con fuertes bases genéticas y cuyos síntomas pueden variar de depresiones a estados hiperactivos, euforias o por último estados de intensa irritación[10]

En el Arte y la Literatura, en sentido general, la historia del suicidio[11]comienza hace alrededor de dos siglos, apenas en el nacimiento del Romanticismo como estilo y no es de extrañar que sea en los predios de la segunda donde alcance gran importancia (el mundo de las letras está plagado de suicidas), máxime teniendo en cuenta que fue precisamente en la literatura donde surgió como movimiento artístico.

Uno de los primeros escritores en cometer suicidio[12]fue el dramaturgo alemán Heinrich von Kleist (Frankfurt, 1777). Kleist, proveniente de una familia de tradición militar, abandona a los 22 años la carrera de armas para iniciarse en el estudio de la filosofía y las matemáticas en Berlín, así conoce las teorías de Kant y renuncia a los privilegios de su clase, iniciando un retorno a la naturaleza inspirado en Rousseau.

Debido al excesivo trabajo que se impuso enfermó y por este motivo regresó a Alemania en un momento en el que el mundo europeo estaba siendo convulsionado por la figura de Napoleón Bonaporte y cae preso bajo la acusación de espionaje. Una vez libre y abrumado por la libertad de su patria, termina gran parte de sus mejores obras (El jarrón roto, El terremoto de Chile, Anfitrión, El príncipe de Homburg. En prisión había escrito Pentesilea, obra donde trata los diferentes estados patológicos que conducen a los protagonistas a su destrucción), pero cuando en el otoño de 1811 el rey de Prusia se alía con Napoleón contra Rusia, abandona la lucha y se suicida el 21 de noviembre de 1811 junto con su amante, Henriette Vogel, a orillas del río Wannsee.

Aproximadamente en la misma época, pero en España, nos encontramos con Mariano José de Larra (1809-1837), eminente periodista del momento, cuyos artículos firmados bajo el seudónimo de "Fígaro" constituyen una sátira costumbrista muy ingeniosa. Larra era un hombre solitario, amargado, pesimista y lleno de frustraciones.

Como fiel reflejo del tiempo que le tocó vivir, Larra fue desafortunado en el amor, hecho que unido a su pesimista visión de la sociedad española del momento, hace que decida poner fin a su vida con un disparo en la sien el 13 de febrero de 1837.

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La figura de Edgar Allan Poe (1809-1849), poeta, cuentista y crítico estadounidense, resulta muy polémica y si bien no murió por propia mano, se conoce que a lo largo de su vida sí manifestó tendencias suicidas, tendencias que se acentuaron al morir su esposa en 1847. A partir de ese año se agravó su consumo de alcohol y drogas hasta el punto de que éste fue, para muchos, la causa más probable de su muerte, aunque en realidad nunca se supo con exactitud por qué y cómo murió.

En las últimas décadas del siglo XIX nacen varios escritores que también estarían predestinados a la autoaniquilación. Este es el caso de Emilio Salgari (1863-1911), hombre intrépido que vivió grandes aventuras y murió ya anciano, cuando opta por el suicidio al contraer un grave aneurisma, como el remedio perfecto ante la enfermedad; el de Virginia Woolf (1882 y 1941)[13], -genial escritora que padeció de trastorno bipolar y que cometió suicidio ante el miedo a la locura-; el de la poetisa norteamericana Sylvia Plath (1932-1963), quien, al igual que la Woolf, se suicidó por el miedo a la locura (durante toda su vida presentó síntomas de depresión aguda) que hizo patente en su novela autobiográfica La campana de cristal, donde trabaja su caída hacia la pérdida de la razón.

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Ernest Miller Hemingway (1899-1962) constituye otro ejemplo en el cual el estado maníaco depresivo condujo al suicidio. Este narrador estadounidense cuya obra está considerada como un clásico en la literatura del siglo XX, ya hacia el final de una vida aventurera, cansado y enfermo (había estado ingresado en la Clínica Mayo por causa de una depresión producida por fármacos y a consecuencia de la cual es tratado con electroshocks), se suicidó exactamente igual a como lo habría hecho alguno de sus personajes: disparándose con una escopeta de caza el domingo 2 de junio de 1962. Hemingway está considerado por muchos como uno de los escasos autores míticos de la literatura contemporánea.

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Muy distinta fue la muerte de Yukio Mishima (1925-1970), novelista japonés que escribió El camino del samurai, texto que constituye una apasionada defensa de la necesidad de restaurar los valores de la cultura prebélica y militarista de los nobles guerreros de la época feudal nipona. El 25 de noviembre de 1970, Mishima, junto a uno de sus seguidores realizó un seppuku público tras un intento fracasado de incitar al ejército a realizar un golpe de Estado. Su muerte causó una profunda conmoción en todo el mundo.

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Algo similar ocurrió con Yasunari Kawabata (1899-1972), quien siguió el ejemplo de su compatriota y amigo Yukio Mishima. El 16 de abril de 1972, enfermo y deprimido, se suicidó mediante gas en un pequeño apartamento a orillas del mar. Kawabata, quien había sido definido por Mishima como un "viajero perpetuo", obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1968 por su "pericia narrativa". Capaz de expresar la idiosincrasia japonesa con enorme sensibilidad, fue, por sobre todas las cosas, un refinado transmisor de atmósferas y emociones que plasmó con una inigualable riqueza lírica.

Las poetisas argentinas, Alfonsina Storni (1892-1938) y Alejandra Pizarnik (1936-1972), así como el escritor cubano Reinado Arenas, constituyen los ejemplos perfectos para cerrar esta lista de nombres de la literatura que decidieron poner fin a sus vidas. Los tres vivieron profundas crisis existenciales a lo largo de sus vidas que los marcó irremisiblemente y que los condujeron primero a la depresión y luego al suicidio.

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Alfonsina Storni fue una poetisa y escritora perteneciente al modernismo. Sus composiciones son reflejo de la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida (fue diagnosticada con cáncer de mama), mostrando el proceso de espera que pondría punto final a su vida, expresándolo mediante el dolor, el miedo y otros sentimientos. Aunque existen versiones un tanto románticas que dicen que se internó lentamente en el mar, la verdad es que se suicidó en el Mar del Plata, arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres.

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Alejandra Pizarnik (o Flora Pozharnik, que fue su verdadero nombre), destacada representante del surrealismo poético, fue una mujer atormentada y depresiva, que temía a la locura y a la vejez y que decidió acabar con su vida ingiriendo cincuenta píldoras de Seconal sódico. Al morir estaba profundamente desencantada de la poesía y por ello escribió en uno de sus últimos trabajos: "dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie".

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El caso de Reinaldo Arenas (1943-1990), novelista, dramaturgo y poeta cubano, es un tanto diferente. Arenas provenía de una familia campesina y pobre cubana. Por su condición de homosexual y por su actitud contestaria fue considerado por las instituciones revolucionarias una lastra social, razón por la cual emigra hacia los Estados Unidos durante los llamados "sucesos del Mariel".

Enfermo de SIDA y en un estado ya crítico, Arenas cometió suicidio a través de una sobredosis de barbitúricos en su apartamento en New York el 7 de diciembre de 1990. Tenía 47 años.

El mundo de la plástica no es muy diferente al de la poesía (y al de la literatura en general) en lo que respecta a las tendencias suicidas[14]Si bien el suicidio no es tan frecuente como en éstas (La mayor frecuencia de anormalidades mentales se encontró entre los poetas, que a su vez tenían también una mayor frecuencia de hospitalización debido a estos trastornos)[15], sí han sido varios los pintores que han padecido profundas crisis depresivas, conduciéndolos en ocasiones, a profundas depresiones, al hospital psiquiátrico o incluso a atentar contra su vida, consiguiéndolo en algunos casos.

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Uno de los pintores que parece estar marcado por un sino trágico es el noruego Edvard Munch[16](1863-1944). La vida de Munch parece estar marcada por la desdicha desde el principio. Su madre padecía de tuberculosis incluso desde antes de casarse, enfermedad que la llevó a la tumba cuando él sólo tenía cinco años de edad. Su fallecimiento lo marcó profundamente (fue testigo de su muerte), quedando traumatizado por el resto de su existencia, tanto es así que después de la muerte de su padre escribió en su diario "vivo con la muerte". Sin embargo y a pesar de toda una vida marcada por un sinnúmero de enfermedades, desgracias, dolor y tendencias suicidas, logró vivir hasta cerca de los ochenta años y murió en paz, rodeado por su familia. El grito; Edvard Munch

Monografias.com Vincent Vang Gogh (1853-1890) es uno de los pintores postimpresionistas más importantes del mundo y cuya vida tampoco estuvo exenta de penalidades, aunque en su caso, se exacerbaron por los problemas mentales que padecía. Como Virginia Woolf, sufría trastorno bipolar, enfermedad que desencadenó en una conducta violenta y depresiva (como el famoso incidente cuando se cortó una oreja, porque Gauguin había decidido irse de Arlés) y debido a la cual terminó pegándose un tiro en el pecho en la noche del 27 de julio de 1890.

Vang Gogh murió lenta y agónicamente en brazos de su hermano.

Apenas tenía 37 años de edad.

El compañero de vivienda de Vang Gogh durante dos meses del año 1888, en la ciudad de Arlés, el también pintor Paul Gauguin (1848-1903), también intentó suicidarse casi al final de su vida. Gauguin enfermó y sus capacidades motrices se vieron afectadas, perdiendo movilidad en las piernas y sufriendo de fuertes fiebres. Sin poder soportar más su deterioro físico decide morir envenado con arsénico para luego ser devorado por las hormigas, mas, no puede lograr su objetivo debido a los fuertes vómitos que lo invaden, para finalmente morir a causa de su enfermedad en 1903.

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El pintor expresionista alemán, creador del grupo Die Brücke (El Puente), Ernst Ludwig Kirchner (1880–1938) es otro de los pintores que vivió y padeció de crisis depresivas que finalmente lo condujeron a la muerte. Su participación en la Primera Guerra Mundial dejó en él cicatrices mentales que lo atormentaron el resto de su vida. En su autorretrato como soldado "Selbstbildnis als Soldat" se pintó a sí mismo con una mano mutilada vistiendo el uniforme que utilizó mientras estaba en servicio y por ello no puede seguir pintando al modelo que aparece en el primer plano. Esta pintura constituye un autorretrato psicológico: Kirchner se siente mutilado y esto lo persiguió en los años venideros. Cuando su arte es considerado (y condenado) como arte degenerado por los nazis, ya en la Segunda Guerra Mundial, su frágil equilibrio emocional se resiente y termina suicidándose en Frauenkirch, cerca de Davos, en el año1938.

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La muerte de la artista cubana de la plástica, Belkis Ayón Manso (1967-1999), constituye otro de esos casos incomprensibles. Ella, junto con Abel Barroso y Sandra Ramos, habían propuesto un "regreso al oficio" dentro del panorama de la plástica cubana, allá por los primeros años de la década de los noventa del pasado siglo. A través de sus respectivas obras y sobre todo con el proyecto La huella múltiple, elevaron nuevamente al grabado a la categoría de arte, otorgándole así dimensión universal. En el caso particular de Belkis este "regreso al oficio" se produjo a través de la técnica de la colografía (de la que llegó a ser una verdadera maestra) y con la que incursionaría en la cosmogonía Abakuá[17]alrededor de la cual giraría toda su poética. El personaje de Sikán, presente en la mayoría de sus obras constituyó de esta manera una especie de proyección de sí misma, quien, al decir de la artista, bajaba y subía de peso al mismo tiempo que ella.

Belkis Ayón decidió poner fin a su vida cuando estaba en la cúspide de su carrera, y era reconocida tanto en el panorama plástico nacional como en el internacional. Solo tenía 32 años de edad.

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El novelista, ensayista y dramaturgo francés, Albert Camus Francia, (1913-1960), considerado uno de los escritores más importantes después de 1945, elaboró en su texto El mito de Sisifo, una teoría sobre el hombre y el sentido de la vida, acercándose así al problema del suicidio.

"El Sujeto nace y es proyectado hacia la muerte, esa es la única opción viable que se le presenta, todas sus esperanzas y sueños y planes a futuro no son validos, porque no son seguros, lo único constante es la muerte, ese es el numen, la clave de estar y de ser. No hay más verdad, no hay más propósito"[18].

Entonces, ¿cuál es el propósito de la vida? Para Camus, esta respuesta es muy simple: Se nace para morir.

La obra de Camus refleja la filosofía del absurdo unida a la sensación de alienación y desencanto que padece el hombre moderno junto a los valores positivos de la dignidad humana. Debido a esto, la muerte constituye para él la culminación del entendimiento del absurdo, o sea, el hombre solo puede ser realmente dichoso cuando sea capaz de comprender su propia finitud. Esta teoría suya terminó siendo instituida como el fundamento del arte moderno, el que ha resultado ser, por mucho, el más audestructivo, el más violento y extremo de todos los tiempos, en aras del cual se han efectuado enormes sacrificios de carne y sangre.

El ejemplo más claro de este proceso es Dadá, movimiento cultural que tiene la particularidad de cuestionarse todo el marco conceptual del arte y la literatura anteriores a la Primera Guerra Mundial y como tal no surgió como reacción a un estilo que le antecedió. Dadá es más una actitud que un estilo que propone la revisión de las tradiciones y convenciones artísticas existentes hasta entonces desde un planteamiento negativo y altamente destructivo.

El fin de los dadaístas era la agitación destructiva contra todo y no simplemente contra el establishment y la burguesía que conformaba su público, sino también contra el arte, y hasta contra Dadá mismo[19]Por tanto, para el dadaísta puro considerar el suicidio era inevitable, algo así como la obra de arte culminante.

Los crudos excesos de Dadá, así como y su fuerte rechazo hacia todos los valores estuvieron motivados por la profunda quiebra moral generalizada que siguió a la Primera Guerra Mundial, y tuvo un precursor en la figura de Jacques Vaché (1896-1919), quien ejerciera una notable influencia en André Breton, (1896-1966), escritor francés fundador del surrealismo.

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Vaché fue una personalidad literaria francesa cuyo espíritu rebelde lo impulsó a actos notablemente absurdos y transgresores que constituyeron al final su gran obra de arte, contribuyendo así a la creación de su leyenda. Su vida y su muerte fueron su gran arte personal, de ahí la notable influencia que tuvo en sus seguidores, muchos de los cuales pertenecieron a Dadá.

Desde el frente había escrito "Me opongo a que me maten en la guerra. Moriré cuando yo quiera, y entonces moriré con alguien más. Morirse solo es aburrido; preferiría morir con alguno de mis mejores amigos", y esto fue exactamente lo que hizo. En 1919 suministró una sobredosis de opio a dos de sus mejores amigos que ignoraban completamente lo que él pretendía hacer, tomando una él también. Así llegó al final de su vida con solo veintitrés años, convertido en asesino y suicida al propio tiempo, su último gran acto artístico travestido en broma macabra.

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Algo similar ocurrió con Arthur Cravan (1887-1918). Cravan fue un poeta y crítico de arte que murió apenas un año antes que Vaché. De personalidad bohemia llevó una vida azarosa que lo llevó a cometer actos absurdos y en ocasiones un tanto sangrientos que le garantizaron para siempre un lugar en la mitología dadaísta. En 1918 Cravan desapareció en el golfo de México mientras navegaba en un pequeño velero. ¿Suicidio o accidente? Aún no se sabe, pero lo único cierto es que bien puede haber sido su último acto antes de desaparecer por completo de la escena, pues toda su vida transpiró una cierta ansia suicida.

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Para Jacques Rigaut (1899-1929), poeta surrealista nacido en París, la vida no era más que el periodo de preparación para el acto supremo de suicidarse, porque "el suicidio es una vocación", según sus propias palabras expresadas en la Agencia General del Suicidio, su obra más importante, en la que está implícita su propio fin. El 5 de noviembre de 1929 mientras se desintoxicaba en una clínica especializada tomó la decisión de suicidarse y se autoasesinó, no sin antes preparar cuidadosamente su última aparición en escena: se vistió cuidadosamente y se rodeó de almohadones para evitar que el impacto del disparo le hiciera perder la postura que quería que el mundo viera y solo entonces se disparó una bala directo en el corazón. Su muerte constituyó para muchos amigos y críticos el fin verdadero de la época dadaísta[20]aunque ésta había realmente expirado cinco años antes, cuando Breton rompió con Tristan Tzara (1896-1963, poeta francés de origen rumano) y fundó el surrealismo como movimiento rival.

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Como otros tantos poetas dadaístas y surrealistas, el poeta francés René Crevel (1900-1935) teorizó con el suicidio. Crevel fue uno de los pocos artistas homosexuales del momento en asumir abiertamente su sexualidad, aunque desde una postura discreta. Enfermo de tuberculosis desde muy joven y completamente agotado y decepcionado del surrealismo, se suicidó un domingo, en la noche del 17 al 18 de junio de 1935, de la misma manera en la que había descrito el suicidio ideal once años antes: "Una tetera en la cocina, con la ventana bien cerrada, abro la llave del gas; me olvido de encender la cerilla. La reputación a salvo y tiempo de decir el confiteor..."

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Pierre Drieu La Rochelle (1893–1945) fue un escritor francés que se sintió fuertemente atraído por las lecturas de Nietzche en sus inicios y quizás esta sea la causa de que se uniera al fascismo en los años de la Segunda Guerra Mundial, apoyando al gobierno de Vichy. Luego de un intento de suicidio el 11 de agosto de 1944, pone fin a su vida el 15 de marzo de 1945 al conocer que existía una orden de arresto contra él, una vez fue liberada Francia por los aliados. Su obra toda estuvo dominada por la idea de la decadencia y la desesperación.

El mundo de la música también ha dado a la historia varios suicidas famosos, aunque la mayoría de ellos vivió y trabajó durante el siglo XX. Sin embargo esto no implica que no hayan existido antes de este período, aunque apenas se tienen datos sobre ello.

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Se sabe que el compositor Robert Schumann (1810-1856) intentó suicidarse arrojándose al río Rin en una ocasión. Sus últimos años de vida estuvieron marcados por el agravamiento de la inestabilidad nerviosa que lo había acompañado desde su juventud[21]producto a la cual fue internado en una casa de salud en Endenich, donde permaneció recluido hasta su muerte.

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Durante muchísimo tiempo se ha creído que tres días después del estreno de la Sinfonía Nº 6 "Patética", el gran compositor ruso Piotr Ilitch Tchaikovsky (1840-1893) intentó suicidarse bebiendo adrede un vaso de agua sin hervir en un momento en que el cólera azotaba las calles de San Petersburgo, muriendo el día 6 de noviembre víctima de la enfermedad. Sin embargo, otras teorías han ganado terreno en la actualidad.

Desde 1978 la investigación de la musicóloga Aleksandra Orlova sustenta otra hipótesis sobre su muerte, hipótesis que avala por completo la teoría del suicidio, pero con arsénico.

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