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Las peculiaridades de la colonización portuguesa y las reformas del Marqués de Pombal

Enviado por gabybuque



¿Los Brasiles hacia el Brasil?

  1. Introducción historiográfica.
  2. Peculiaridades de la colonización portuguesa en Brasil.
  3. Las reformas pombalinas.
  4. Una reflexión final.

Introducción historiográfica.

Todo historiador tiene un motivo y un objetivo al escribir sobre la historia de algo. Esto es particularmente notorio cuando se trata de la historia de un país, ya sea que quiera demostrar una tesis, o explicarse algún proceso o ya sea porque pretende defender o criticar la actuación de alguien muerto o vivo. Algunos autores plantean que toda historia es una historia del presente, por lo menos en el sentido de que, desde una perspectiva ideológica, metodológica o política, el tiempo en que se investiga y escribe sugiere determinadas preguntas a la historia que se busca en el pasado una contribución para comprender el presente o, de plano, de que el método, las preguntas, los ojos y los recursos con que se mira la historia expresan el presente. Además, provoca respuestas y reacciones.

Resulta que las historias nacionales tienen una carga emocional muy fuerte, tanto en su fase de investigación, como en la de su redacción y más aún en la de su lectura y difusión. Además de exponer hechos, procesos, actores y circunstancias, exigen compromisos, construyen y definen identidades, producen corajes y afectos, dan sentido o frustración, explican, aclaran u ocultan causas y motivos, justifican el presente o lo critican. Son materia e instrumento de debate político.

Los doce autores revisados para realizar este ensayo sobre el Brasil colonial revelan, difícilmente podría ser de otra manera, sus propósitos historiográficos. Pero al mismo tiempo ayudan a que el estudioso pueda construirse críticamente una visión global de la historia brasileña, desde diferentes ángulos y sin dejar que ningún autor convenza de que su verdad es cien por ciento fidedigna. No necesariamente que digan mentiras, sino que reflejan cierto tipo de fuentes, perspectivas e intereses.

Dauril Auden busca explicar a los norteamericanos las diferencias regionales del gigante de América del Sur: Portugal falló para integrar Brasil social, cultural, económica y administrativamente y la fórmula relacional que se impuso ha continuado eludiendo los esfuerzos gubernamentales para integrarlo; las semillas del separatismo fueron sembradas con la fundación cuasifeudal de las capitanías durante los siglos XVI y XVII y alimentadas en los siglos XVII y XVIII de tal manera que produjeron el fruto amargo de las revueltas divisionistas regionales de los siglos XVIII y XIX; ya los escritores ingleses del XVIII y XIX hablaban de los "Brasiles", pues según ellos había varios brasiles no uno. El resultado, según este autor, una frágil unidad interna y las tendencias discordantes de sus regiones.

La historia del Brasil publicada bajo la dirección de Buarque de Holanda y de Campos hace veinticinco años bajo el gobierno del General Ernesto Geisel, justifica la expansión de la colonia americana de Portugal más allá de la línea de Tordesillas, hasta la llama "teórica", y se acoge al "uti posidetis", tesis jurídica de origen francés que postula el derecho de posesión del que ocupe un territorio y desconoce la autoridad papal en esta materia, muy acorde a la doctrina geopolítica que fundamentó el golpe militar de 1964; le sirve para justificar la expansión de la colonia portuguesa independientemente de los tratados internacionales.

Responde esa obra al peculiar régimen militar que Brasil tuvo desde 1964 hasta mediados de los años ochenta; es profundamente nacionalista; destaca la acción de los "patriotas", antecesores de los militares gobernantes, contra las invasiones francesas y holandesas; justifica la expulsión de los jesuitas, a quienes critica con dureza, como parte del proceso de liberación de los indios en los momentos que el régimen enfrentaba a la Iglesia en tanto defensora de los derechos humanos y protectora de los perseguidos por el gobierno militar y deja claro que Pombal no se detuvo aunque fueran más de quinientos los religiosos expulsados, unos fueran apresados, otros fueran exiliados y se arruinaran haciendas; y defiende la tesis de la unidad nacional pues en 1769 "la llegada del primer virrey a Rio al mismo tiempo sanciona una situación existente, pues Rio era ya la capital de las minas y las guerras en el Sur, -las únicas que amenazaban la integridad nacional- y marca el inicio de una fase nueva en la historia del país" : el Brasil unido, poderoso que pretendían los militares sin agentes internos que disputaran el poder del Estado o provocaran peligros revolucionarios.

Boris Fausto, autor de la obra más reciente de historia de Brasil consultada, -apenas fue publicada el año pasado y recurre a una abundante bibliografía- se ubica cuando en el régimen democrático brasileño contemporáneo han transcurrido catorce años.

Destaca la pluralidad étnica del Brasil y el rescate que hace de la resistencia activa de muchos negros a su esclavitud: fugas individuales, o en masa, agresiones contra los señores desde los primeros tiempos y la formación de quilombos.

Subraya también la protección de la iglesia sobre los indios y la presencia de sacerdotes en todos los movimientos de rebeldía a partir de 1789, no sin dejar de anotar que, al igual que en las colonias españolas, defendía la alternativa de la esclavitud negra; las dos situaciones antecedentes de la resistencia eclesiástica y popular a la dictadura militar de la que salió Brasil hace algunos años.

También recupera la Inconfidencia Mineira, rebelión independentista de 1789 conducida por Joaquim José da Silva Xavier, el legendario "Tiradientes", que debe su apodo a que ejerció un tiempo de dentista, y que por contra de su relativa poca y aislada trascendencia política adquirió, después de la instauración de la República, una gran fuerza simbólica como un mito independentista, con su propia historia independiente de la importancia de los hechos reales.

A medida que el lector recorre sus páginas, va descubriendo queel autor quiere que se comprenda el presente brasileño a la luz de sus orígenes y la desmitificación de algunas interpretaciones anteriores; para ello interrelaciona varios procesos y los considera integralmente desde el punto de vista demográfico, social, económico y político y discute diversas interpretaciones; por ejemplo, cuando demuestra que el patriotismo contra los holandeses no lo fue tan total, pues ellos siempre contaron con ayuda de gente de tierra brasileña, o cuando precisa el papel del Marques de Pombal y los resultados de la Inconfidencia Mineira.

Portugal, como país autónomo, de cara al mar, se embarcó en una especie de gran proyecto nacional de expansión, donde es influenciado por su encuentro con el mundo islámico del Mediterráneo y va construyendo experiencias en las islas Azores, Madeira, de Cabo Verde y Sao Tomé, frente a África, en las propias costas africanas y en las lejanas India y China. Traslada esta experiencia a Brasil que sirve de base para la construcción de esta gran nación.

Se preocupa por explicar el peculiar mestizaje brasileño, el peso diverso (tupis-guaranís y tapuias) y limitado de lo indígena y el aporte de los "cristianos nuevos" (judíos conversos) que inmigraron a Portugal y Brasil cuando fueron perseguidos en España, pero sobre todo la presencia e incidencia determinantes de la raza negra que en su variedad étnica y cultural y en el esclavismo (iniciado desde la década de 1570) penetró toda la sociedad.

Nos narra la expansión de la colonia desde los litorales brasileños del norte y el nordeste hacia el sur y la disputa territorial y comercial con el virreinato del Perú primero y después también con el del Río de la Plata, así como la inserción en las entrañas amazónicas para caracterizar como de diversidad regional la vida económica de la Colonia.

El gobierno se ejercía con un absolutismo sui generis y en plena alianza con la Iglesia católica, a pesar de los conflictos que siempre hubo con ella o algunas de sus corporaciones a causa de sus diferentes fines específicos. Ve, pues, a las diferencias y conflictos entre el Estado y la Iglesia como algo natural.

De un primer interés de la corte que privilegiaba las colonias orientales, Portugal pasó en Brasil de factorías a capitanías y grandes plantaciones. Terminó cayendo en una crisis de subsistencia que puso en cuestión al sistema colonial. Para entonces, la colonia contaba con una gran pujanza económica y contaba con un mercado interno, mientras la corona se había debilitado. Los intentos locales de rebeldía e independencia fueron contenidos, pero no se toleró la ingerencia e intentos de retomar el control directo por parte de Lisboa. El joven regente Dom Pedro, hijo del rey portugués, profiere el llamado grito de Ipiranga, formalizando la independencia de Brasil en septiembre de 1822; el 1° de diciembre sería coronado emperador.

Se da una independencia peculiar, sin guerra, sin intervención popular, un cambio político sin ruptura interna; se prolonga en el Brasil independiente la estructuración social y formación económica heredada de la colonia. En 1808 a Rio habían llegado con el rey entre 10 000 y 15 000 miembros de la corte; a Lisboa, trece años después, sólo regresaron 4000. Sería hasta 1889 que se decretara la abolición de la esclavitud y constituyera la república.

En 1627 "los portugueses andaban arañando el litoral como cangrejos", se quejaba frei Vicente do Salvador, el primer historiador de Brasil. En el momento de la independencia un 74 % se concentraban en torno a los principales puertos exportadores y en el interior de las capitanías costeras de Rio de Janeiro, Bahía, Pernambuco y Paraíba. El gran desarrollo de Sao Paulo y Rio Grande do Sao Pedro, hoy do Sul, sería más bien a partir de la segunda mitad del siglo XIX y sobre todo en el transcurso del siglo XX.

Hernández-Sánchez Barba, nos da su visión desde España, y compara algunos rasgos de la colonización portuguesa con la española. Nos muestra las líneas de expansión de la Colonia como líneas comerciales desde la costa del norte hacia el Río de la Plata (para incidir en el comercio de la plata peruana y Buenos Aires) y hacia el Portugal metropolitano y el mediterráneo con bases en Sao Paulo, Pará y Bahía. Presenta como crueles a los bandeirantes y como muy positiva la labor de los jesuitas con sus aldeias indígenas y misiones y pondera en numerosos renglones el tratado de Madrid de 1750, aunque no se haya cumplido plenamente.

Humphreys, como su austera perspectiva británica, compara a la Colonia do Sacramento con Jamaica y destaca el papel del oro en la expansión intracontinental de la colonización que llevó, de manera reforzada por las reformas de Pombal a quien califica de virtual dictador de Portugal, a la construcción paulatina de la unidad brasileña y al cambio de sus principales actividades económicas hacia el centro de la costa y el sur de la Colonia. esto relacionando más al Brasil con Inglaterra en el siglo XVIII y XIX, tanto por la exportación de oro como de algodón. Ninguna referencia explícita a la hegemonía comercial británica y una particular visión de la formación de las colonias europeas en las Guayanas: "Essequibo, Berbice y Demerara se convirtieron (¿solas y por evolución natural?) a su debido (¿?) tiempo, en la colonia de la Guayana británica".

Lockhart y Schwartz recalcan en su texto las peculiaridades de la colonización lusitana y las reformas pombalinas, el proceso de expansión territorial y demográfico, el desplazamiento de sus centros de equilibrio y la paulatina conversión de Brasil en la clave del imperio portugués. Respecto a los jesuitas ensalzan su labor educativa, colonizadora y defensora de los indios. Su esquema de narración e interpretación le da un papel determinante al desarrollo económico. Su obra parecería que abrevó de la de Fausto, mucho más detallada, si no fuera porque fue publicada cuatro años antes que la del autor brasileño y es una de las referencias del mismo.

Mansuy-Diniz Silva y Mauro, tienen una visión más francesa. La frase del embajador portugués en Paris hacia 1738, Dom Luis da Cunha, "para mantener Portugal, el rey necesita la riqueza de Brasil más que la del mismo Portugal" permea toda su perspectiva: Brasil llegó a ser más poderoso económica y políticamente que Portugal. Este no habría sobrevivido si se hubiera visto reducido sólo a su territorio europeo. Las colonias de la India y las islas del Atlántico Sur, eran débiles territorialmente y el peso de su aporte económico se redujo proporcionalmente. Las colonias africanas servían principalmente para proveer millones de esclavos. Todo ello mientras Inglaterra, Holanda y Francia le disputaban a Portugal sus colonias y España se esforzaba por absorberlo.

La fuerza de Brasil, gracias a la influencia de las ideas de los países más modernos, salvó a Portugal de su desaparición. Junto con otros "estrangeirados, es decir, hombres que habían adquirido gran experiencia en las cortes más avanzadas de Europa", el gran operador de la reconversión de Brasil en el eje del Imperio fue el Marqués de Pombal.

Rodrígues muestra la escasa labor historiográfica en los primeros tiempos de la colonia y el papel de sus primeros historiadores como fuentes originales, más bien crónicas que fruto de un trabajo de investigación.

La historiadora brasileña Lara Lis C. Souza dedica su opúsculo a la generación de 1790 que paulatinamente desata el proceso de autonomización de Brasil. Se dieron una serie de fenómenos, como el traslado de la corte portuguesa a Rio de Janeiro, las amenazas extranjeras, el fraccionamiento del imperio, que revelaron la decadencia del reino, la posible derrota del Rey que obligaron a repensar los vínculos Brasil-Portugal en el marco de un Brasil que se había convertido en una potencia agrícola y ganadera sobre la base del tráfico de esclavos y la proliferación de ingenios azucareros -pasaron de 90 en 1769 a 616 en 1790-.

De Varnhagen, se acoge principalmente a fuentes portuguesas. Su obra escrita a mediados del siglo XIX durante el imperio brasileño, en la parte referente a la segunda mitad del siglo XVIII es un homenaje a la corona portuguesa en manos de Dom José I y un elogio a las grandes dotes de su ministro Pombal. Para este autor, diplomático y miembro de la aristocracia paulista, a pesar de algunos errores de la Corona y de sus agentes, a pesar del despotismo, injusticias, ignorancia y mal gobierno, "el rey Dom José poseía grandes dotes de gloria y virtud, comenzando por el amor a su país" y el conde de Ociras y marques de Pombal era un hábil ministro cuyas virtudes "permiten aún ahora (siglo XIX) disfrutar de los beneficios que nos legó ese gran estadista"; "no es menos verdad que la corte siempre tuvo deseos de caminar en positivo y no dejaba de reprender o castigar a los gobernadores menos observantes de la ley. La propia independencia que concedía a los magistrados, las cámaras, los obispos y las órdenes religiosas y que fueron causa de tantos desórdenes eran, para esas corporaciones y para esos pueblos, verdaderas garantías de libertad, que no hubiera existido en gobiernos propiamente despóticos". No se da ninguna mención , como sí sucede en Fausto, Hernández-Barba, Lockhart y Schwartz, a la prepotencia de sus paisanos paulistas, sucesores de los bandeirantes, y al temor y desconfianza que suscitaban entre los habitantes de otras regiones del centro y el norte brasileño.

El mexicano Zavala en su magna obra El mundo colonial americano en la época colonial dedica varios apartados a Brasil, desde su entorno físico y biológico hasta los jalones fundamentales hacia su independencia. Fiel a su orientación positivista, acude a los archivos oficiales; resalta la copiosa legislación protectora de los indios, similar a la de España y al papel que en ello jugaron los jesuitas, pero no le da mucho peso al trato real, sobre todo de los primeros dueños de ingenios azucareros y de los bandeirantes que iniciaron la marcha hacia el interior.

Es el único autor que comenta con algún detalle las relaciones comerciales con otras colonias portuguesas, particularmente con la India, y profundiza en la proliferación de cultivos distintos al azúcar y el algodón, algunos de ellos provenientes de Asia, que se desarrollaron paulatinamente: batata, mandioca, tabaco –la producción de esta planta también la manejan Fausto, Lockhart y Schwartz-, cacao, vainilla, canela, clavo, zarzaparrilla y resinas aromáticas; el éxito del café brasileño se daría hasta los siglos XIX y XX en que se convertiría en una bebida prácticamente universal y muy aceptada por todas las clases sociales.

Su esquema es clásico: Geografía, diversidad, economía, demografía, sociedad, estado y política, relaciones exteriores, religión y cultura para terminar con un apartado sobre el fin de los imperios coloniales y la formación de una conciencia nacional. El tratamiento que le da a los temas parece como el de bloques independientes y no establece una clara imbricación y continuidad entre ellos.

A tan diversos autores de seis naciones he acudido con un doble propósito: Comprender en su especificidad la colonización de Brasil que, no obstante ello, guarda cierto grado de similitud con la colonización española: origen ibérico de los colonizadores que salían de una larga guerra de reconquista contra los musulmanes, fuerte e integrista religiosidad y alianza con el catolicismo tridentino – parte de él, sobretodo el de los religiosos, estaba influenciado por el utopismo renacentista-, mestizaje con los naturales de las colonias, búsqueda de oro y plata, gobierno paternalista, legalista, autoritario y cuasipatrimonial, catástrofe demográfica para los indígenas. Y comprender al Brasil de hoy con el que me unen experiencias juveniles que me formaron, y la simpatía con los esfuerzos de su gente por construir una vida digna y verdaderamente independiente; por lo demás, su importancia entre las naciones de Latinoamericana es muy destacada.

Para ello es necesario comprender el proceso de conformación de la unidad nacional brasileña, que aunque no buscada directamente, me parece que es el principal resultado –entendio resultado como un proceso contradictorio- de las reformas impulsadas inicialmente por el ministro del rey Dom José I, Sebastiao José de Carvalho e Melo, conde de Orcías y futuro marqués de Pombal (1750-1777), que fueron complementadas por su sucesor Rodrigo de Souza Coutinho y que se discordaron, desde una pluralidad de intereses diversos, con la permanencia del control metropolitano y el postrer mercantilismo que pretendió limitar el flujo comercial directo con Inglaterra.

Peculiaridades de la colonización portuguesa en Brasil.

Brasil es hoy el país de América Latina más extenso, más poblado y con la economía más poderosa. Es la única nación de habla portuguesa y la única en el siglo XIX que logró su independencia sin una cruel guerra. De la América continental es la única que tiene mayoría de población negra y mulata.

El modelo de colonización estuvo determinado por el tipo de tierras, población y cultura que se encontraron los conquistadores. provenían de un reino relativamente pequeño y no tan poderoso como el hispano.

Las tierras brasileñas no se encontraban ocupadas por pueblos agrícolas sedentarios y con organización estatal. Los naturales generalmente eran pacíficos, nómadas o seminómadas y había grandes extensiones de terreno prácticamente deshabitadas tierra adentro. Al principio, se fundaron factorías en los litorales para comerciar con los aborígenes, sobre todo el tintóreo pau-brasil –de donde le viene el nombre al país-, almacenar lo conseguido y venderlo a barcos portugueses que periódicamente los visitaban.

Posteriormente, se entregaron grandes territorios a importantes señores portugueses, se crearon capitanías semifeudales para que promovieran la inmigración, las gobernaran e hicieran producir mediante inversión privada en grandes plantaciones, engenhos, exportadoras contando con el apoyo de la corona para una acumulación originaria expoliadora y esclavista. Pocas tuvieron éxito perdurable, a lo largo de dos siglos pasaron todas a poder de la Corona. Muchos senhores do engenho a título individual dejaron de serlo, pero la institución engenho subsistió y trasciende hasta nuestros días -en Brasil no hubo una reforma agraria como la de principios del siglo XX en México- , y se refleja en la gran propiedad agrícola brasileña y explica el Movimiento de los Sin Tierra de nuestros días.

Nueva España y el Perú, se constituyeron sobre sociedades agrícolas desarrolladas y con fuerte componente urbano. Su centro político y económico estaba a muchos kilómetros de la costa.

La catástrofe demográfica que significó la colonización para los indios, que difícilmente podían ser sometidos a un régimen señorial como el establecido en las colonias hispanas o a la esclavitud, suscitó el temprano inicio de la importación de esclavos de África. Las colonias portuguesas en ese continente, primero de la costa de Mina, Guinea y el Golfo de Benin, y después de Angola y el Congo, de las que carecía España, fueron las proveedoras. El mestizaje de portugueses, indios y negros, con sus variantes sudanesas y bantúes yorubas, fue mucho mayor que en las colonias españolas; a estas acudieron más mujeres y familias ibéricas que al Brasil.

El sincretismo religioso y cultural fecundó la mezcla de costumbres africanas, lenguas, ritos, religiones, música, baile y otras costumbres, con las portuguesas, modificadas por el entorno americano e indígena –así se volviera decadente y disminuido- y enriquecidas por algunas costumbres, como la hamaca, y productos importados de las colonias asiáticas. De ahí deriva la familiaridad, mezcla e identificación del trato de los brasileños con sus santos y dioses.

Los conquistadores portugueses y españoles estaban ilusionados por los mitos de El Dorado y buscaban oro, plata y piedras preciosas. Nueva España y Perú resultaron ricos en metales durante toda la colonia. En Brasil no fueron descubiertos sino hasta finales del siglo XVII y su extracción voluminosa sólo duró alrededor de sesenta años. Esto ocasionó que en las colonias hispanas se formara con relativa prontitud un mercado interno a partir de la explotación minera y la ciudad de México. El mercado interno brasileño se empezó a fortalecer tardíamente hasta el siglo XVIII. La dominante económica en el gigante suramericano fue la plantación azucarera de exportación para insertarse en el sistema mercantil europeo. La actividad económica fundamental para los españoles en sus colonias americanas fue la minería y el traslado de metales preciosos a la metrópoli durante trescientos años.

De hecho, la paulatina expansión brasileña hacia el sur, que según el tratado de Tordecillas pertenecían a la corona española, y la azarosa vida de la Colonia do Sacramento –establecida en 1678 y entregada finalmente a los españoles en 1763- y Laguna en la Isla Santa Catarina –fundada en 1684-, en la desembocadura del río de la Plata (que, como Argentina, a la plata debe su nombre), estuvo motivada principalmente por la participación en el comercio argentífero y el flujo mercantil que generaba entre América del Sur y Europa. La expansión hacia el sur se sostuvo con recurrentes conflictos, guerras y tratados internacionales incumplidos; de hecho, los conflictos fronterizos por el sur sólo fueron concluyendo con la creación de Uruguay en 1828 y la guerra con el Paraguay (1864-1870) y su posterior ocupación por los brasileños durante seis años que culminó con un tratado de límites que fijo la faja fronteriza vigente hasta hoy entre esos países y Argentina.

La expansión hacia el oriente amazónico fue profunda aunque mucho más lenta. Los bandeirantes llegaron a alcanzar las minas del Perú y las cercanías de Bogotá. Hacia el norte no se dio, salvo en la medida que se aseguraron los márgenes del río Amazonas y la posesión de su único brazo navegable, el estuario del Pará, que garantizaba la posesión de toda la cuenca amazónica.

Por el contrario, la colonización española, después de su asentamiento en el Caribe, se extendió a la conquista de dominios indígenas hegemónicos, el azteca y el inca, y a partir de ellos expandieron su dominio. Los bandeirantes portugueses, aventureros que buscaban oro, esclavos y extender su presencia hacia zonas no pobladas por colonos no se pueden comparar con los pobladores-conquistadores españoles, como afirma Hernández Sánchez Barba, pero sí, quizá, con los primeros aventureros hispanos que exploraron y se desparramaron por el norte chichimeca de la Nueva España y la Florida.

Esta situación, la configuración política de Capitanías independientes entre sí y que sostuvo una relación privilegiada de estas con la metrópoli – "era más fácil mandar recados a Lisboa que entre las capitanías"-, junto con las cambiantes formas de gobierno impulsadas desde Lisboa, dificultaron un gobierno colonial unitario. Los gobernadores generales y los virreyes que intermitentemente fueron nombrados por Lisboa nunca tuvieron ni la representatividad ni el poder que tuvieron los virreyes españoles. Ni siquiera el virrey brasileño más poderoso, el marques de Lavradio. En el siglo XVIII perdió el virrey su limitado poder sobre la administración interna de las capitanías generales, sus titulares trataban directamente con la Corona.

España desde el principio de la colonización estableció dos Consejos separados, el de Castilla y el de Indias; Portugal sólo tuvo uno para el gobierno de la metrópoli y sus colonias. El esquema era muy distante del español ejercido a través del virreinato y la Real Audiencia y correspondía a una concepción de las colonias como prolongación de la metrópoli entre los portugueses y las colonias hispanas como reinos distintos del español.

El estado portugués no se ajustaba tampoco a una idea de maquinaria burocrática transpuesta a la Colonia, idea más propia del concepto español del poder. En las regiones que eran el núcleo fundamental de la economía de exportación estaba más presente., en las otras no. Hasta mediados del siglo XVIII la acción de las autoridades sólo era eficaz en la sede del gobierno general y de las capitanías. En otras regiones predominaba la influencia de las ordenes religiosas. Fue sólo hasta el siglo XVIII, con la descubrimiento del oro que el estado intentó mayores controles. Pero, hay que decirlo, como reporta Alden, en las poco y mal definidas funciones de los diferentes gobernantes no había lugar para la fórmula novo hispana de "acátese pero no se cumpla"; cualquier duda sobre las ordenes recibidas de la corona era consultada a Lisboa.

Quizá sea lo asentado en los tres párrafos anteriores sobre las diferencias de los estados español y portugués, y no el papel principal que desempeñaba el rey en la economía y la carencia de una "burguesía nacional", lo que debería haber llevado a Mauro, respaldando a Albert Silbert, a declarar que Portugal no había experimentado el sistema feudal. En todo caso, Mauro no define lo que entiende por sistema feudal y olvida que el mayor propietario y financiador de expediciones tanto en Inglaterra y España como en Francia y Portugal era la corona, y que la burguesía nacional, si bien generada en el seno del feudalismo, es signo de capitalismo. Para su interpretación, prescinde del desarrollo mercantil portugués, al que por cierto contribuyeron mucho los "cristianos nuevos", junto con los genoveses e ingleses instalados en Lisboa.

Durante la unión de los reinos de Portugal y España (1580-1640) la legislación se hizo más homogénea y se trasplantaron formas propias de gobierno español, pero fue en este período cuando el Brasil estuvo más en peligro de ser dominado por los holandeses a través de su Compañía de las Indias Occidentales que capturó durante algunos años de la primera mitad del XVII Salvador do Sa, Piet Heyn, Recife y prácticamente todo el nordeste brasileño hasta Maranhao, incluyendo Pernambuco. La lucha contra ellos fue propia de los brasileños, no de portugueses ni de españoles; quizá sea este el antecedente más importante de la creación de la conciencia nacional brasileña. A él se le pueden adicionar la lucha contra el ataque francés a Rio de Janeiro en 1710, las rebeliones das Emboadas en Rios dos Mortes (1708-1709), la Guerra dos Mascates en Recife (1710-1711), las de Minas Gerais (1720 y 1789), y otras conspiraciones y rebeliones que se dieron en el cambio entre el siglo XVIII y el XIX, como la pernambucana que se extendió por todo el nordeste en 1817.

A pesar de las revueltas, marcadas por su localismo contra ciertas medidas centralistas del gobierno, los colonos portugueses siempre se sintieron más portugueses, que los criollos en América hispana. Ni siquiera en los momentos de mayor centralización del gobierno metropolitano los brasileños fueron tan menospreciados como lo fueron los criollos americanos en Nueva España y los virreinatos suramericanos. La conciencia nacional de los criollos en las colonias españolas se desarrolló paulatinamente y se aceleró con las reformas borbónicas y la ruptura del "pacto colonial" hasta que produjo la ruptura bélica y la independencia; la brasileña se vio dificultada por la existencia de las capitanías, la paulatina expansión del dominio colonial y la estrecha relación de sus elites con Portugal, su cultura y su educación.

Boris Fausto, sin comprometerse explícitamente, dedica un capítulo a este tema llegando a proponer que no se puede dar un respuesta rígida a la pregunta sobre el surgimiento de la conciencia nacional. Ciertamente, ella tiene que ver con la diferenciación de intereses entre la metrópoli y la colonia y la identificación en Portugal de la fuente de los problemas de Brasil, lo que claramente se sentiría por los exportadores brasileños constreñidos por los comerciantes portuguesses y cuando la corona, de vuelta en Portugal en 1821-1822, pretendió reasumir un control desde la lejanía y restringir la libertad comercial entre Inglaterra y Brasil. Pero habría que considerar también dos factores: por un lado, los sectores brasileños que pasaron a tener intereses distintos a los de la metrópoli eran muy diversos, grandes propietarios rurales, artesanos y soldados mal pagados, bachilleres y letrados, con ideologías muy diferentes, pues aunque algunos se inspiraban en "ideas francesas" repudiaban el fin de la esclavitud que otros pretendían desde Brasil o desde Lisboa; por otro, las diferencias regionales en Brasil aún eran enormes y la conciencia nacional pasaba primero por la regional; los rebeldes del período se afirmaban como mineros, bahianos, pernambucanos e, incluso en algunos caos, como pobres tanto o más que como brasileños.

Los principales misioneros en Brasil fueron los jesuitas, que llegaron en 1549 con el primer gobernador general, Tomé de Souza con el objetivo de catequizar indios y disciplinar el escaso y de mala fama clero que había en la colonia; ésto les dio cierta hegemonía sobre los demás religiosos que llegaron, franciscanos, dominicos, capuchinos y mercedarios. Fundaron en 1554 el Colegio de Sao Paulo, origen de la enorme ciudad actual que le debe su nombre; adquirieron un poder gigantesco al grado de que fueron acusados de formar un estado dentro del estado; se opusieron al Tratado de Madrid (1750) y a entregar sus aldeas-reducciones indígenas paraguayas –entre pueblos utópicos y productivas entidades económicas-; sus haciendas ganaderas poseían más de cien mil cabezas vacunas y sus plantaciones los convirtieron en el mayor propietario institucional de esclavos negros; su influencia ideológica y moral era muy trascendente pues también dominaban en la educación y guía espiritual, popular y elitista; su poderío económico, político e ideológico duró hasta que los expulsó Dom José I el imperio portugués en 1759, ocho años antes que lo hiciera el rey español Carlos III.

En Nueva España los primeros misioneros fueron también franciscanos y después adquirieron un gran presencia otras ordenes religiosas, entre las que destacaron mas los agustinos y los dominicos; los jesuitas destacarían hasta el siglo XVIII. El patronato real portugués siempre fue ejercido, sobre todo en lo que toca al nombramiento de obispos y parece que fue más firme que el español.

El mercantilismo portugués fue menos estricto y consistente que el de la corona española y más bien tardío. Portugal comerciaba con América desde varios puertos y en diferentes momentos estableció acuerdos comerciales con Hamburgo, Holanda e Inglaterra. De hecho el intento más fuerte de ejercerlo fue durante el primer período de las reformas pombalinas, cuando ya se iniciaba en el mundo el liberalismo mercantil.

La población colonial brasileña vivía en su gran mayoría en el campo, , en torno a la gran familia patriarcal importada de la metrópoli, en los alrededores de "la casa grande" de los senhores do engenho. Ciudades muy pobladas, como México y Lima, no fueron conocidas en Brasil sino hasta las postrimerías coloniales, sobretodo en el caso de Minas Gerais por el auge del oro y Rio (capital desde 1763) con la llegada de la familia real. Si bien en las dos américas ibéricas hubo latifundios, en la española nunca fueron tan grandes como en Brasil. El tamaño de las plantaciones era impresionante; en 1772 había una que era dos veces mayor que la superficie del Líbano.

El período colonial tardío en la América española se extiende desde 1760 con las reformas borbónicas impulsadas por Gálvez, mientras que en el Brasil este podría referirse más bien a la primera parte del siglo XVIII con el auge provocado por la explotación aurífera y el desarrollo meteórico de Minas Gerais y otras zonas, así como la gran producción de diamantes en Cerro Frio, Bahía, Mato Grosso y Goiás que ascendió a 615 kgs. y deprimió su precio internacional. Ello había provocado surgimiento de Rio de Janeiro como opción de hegemonía económica y política.

Las reformas administrativas de Pombal no coincidieron con un auge económico, como sucedió con las borbónicas en Nueva España, sino con una decrecimiento por la disminución de la producción de metales preciosos y la caída del precio internacional del azúcar. El auge azucarero que benefició a Brasil se dio en la última década del XVIII después de la rebelión haitiana. La expansión ganadera de tipo gaucha hacia los ricos pastizales en Rio Grande do San Pedro y el Sertao, así como la producción de trigo fueron también propias del siglo XVIII y para abastecer sobre todo el mercado interno que generó el auge minero.

El proceso de independencia también fue muy diferente del de las colonias hispanas. Por un lado, las rebeliones de las aristocracias regionales fracasaron; por otro, la revolución liberal de 1820 en busca de un "Contrato Social" manifestó las tendencias republicanas. Pero la ilustración y el pensamiento liberal si bien eran conocidos y se implementaban en el campo económico, en el campo ideológico y político no habían enraizado suficientemente y se entremezclaban con los intereses de los senhores do engenho, los grandes comerciantes y los traficantes de esclavos; la formación de letrados brasileños era escasa; la primera logia masónica, semillero liberal, fue fundada hasta 1738 y la masonería no se desarrolló tanto como en las colonias españolas; recordemos que el Brasil colonial, aunque tuvo seminarios y clubes literarios, nunca gozó de una universidad y que sólo sus élites podían ir a la metrópoli a estudiar en Coimbra, a las afueras de París en Montpellier o a alguna universidad española.

Todas estas circunstancias ayudan a explicar que el desprendimiento de Brasil de la corona portuguesa fuera relativamente suave, al modo de la mitosis celular. La abanderó el príncipe regente, no se alteró significativamente la estructura de clases en el Brasil independiente y durante 77 años perduró la monarquía del Imperio brasileño.

Las reformas pombalinas.

En 1750 Portugal estaba en crisis. Asediado por su vecina España, dependía comercialmente de Inglaterra y se veía obligado a una alianza política y militar ella dominaba. Requería incrementar los ingresos de la corona e insertarse en un mundo que se modernizaba rápidamente; se mantenía la metrópoli como un país agrícola y pescador con muy escasa industria. No sacaba todo el provecho posible de sus colonias. Brasil, por su parte, se revelaba cada vez más como un mundo de riquezas inmensas. Las reformas que habrían de implementarse serían, nos dice Fausto Boris, "una peculiar mixtura de lo viejo y lo nuevo, explicable por las características de Portugal. Ella combinaba el absolutismo ilustrado con la tentativa de una aplicación consecuente de las doctrinas mercantilistas".

En estas circunstancias Dom Sabastiao José Carvalho e Melo, mejor conocido como Pombal, "un déspota ilustrado, propio de un siglo en que el absolutismo es adornado por el siglo de las luces", es nombrado ministro de asuntos exteriores y más tarde ministro del interior y presidente del Erario Regio y, de hecho, primer ministro del reino de Portugal, por el rey Dom José I. Gobierna (1750-1977), junto con otros personajes notables, con un autoritarismo exacerbado, pero procura racionalizar y a veces – lo que es más contradictorio- humanizar la administración, define la Historia geral da civilizacao brasileira de 1977 -pareciera que habla de los militares gobernantes que en esos años ejercieron una tímida liberalización política, en tanto se pretendían autoritarios pero humanos-.

En la historiografía brasileña se discute frecuentemente sobre la calidad de este ministro, sobre su perfil dictatorial y contradictorio que aprovechó el carácter del rey, abúlico y desinteresado en el gobierno, según unos, mientras que, para otros, fue el realista artífice de la modernidad portuguesa y brasileña que en un mundo adverso defendió el reino y sentó las bases de la unidad brasileña; para otros más, fue el opresor del Brasil, en tanto para algunos, identificados con la aristocracia de la tierra y la nobleza que se quedó en el Brasil independiente, era su antecesor más distinguido.

Al mismo tiempo que declaraba que "las colonias fueron establecidas con el preciso objeto de ser útiles para la metrópoli a la que pertenecían quería instaurar una especie de nacionalismo liberal, incentivar el progreso y también la felicidad de los pueblos subyugados". Llegó al grado de abolir no sólo cualquier diferencia jurídica entre portugueses, colonos e indios sino también de estimular los matrimonios mixtos cuyos hijos fueron reputados como naturales del reino.

A la unidad sobre las diferencias étnicas, Pombal añade también cierta coherencia en el gobierno portugués sobre Brasil. Acelera el retorno de las capitanías pendientes a control de la corona, y aunque no le da todo el poder, envía al virrey Lavrodio con el que se coordina en la modernización del gobierno y la búsqueda del progreso y cierta unidad colonial más allá de las facultades expresas en leyes y ordenanzas.

El objetivo general era regenerar a Portugal y redefinir su relación con Inglaterra que dominaba su comercio, pero cuya alianza le había permitido sobrevivir a los intentos españoles por apoderarse del propio reino metropolitano, y de los franceses y holandeses que asediaban sus litorales.

Las medidas estuvieron inspiradas en las técnicas comerciales, fiscales y, cuando fue posible, industriales que Inglaterra había desarrollado. Pombal las había aprendido cuando fue embajador de Portugal en su corte, pero las aplicó con una fuerte dosis de mercantilismo en un período en que se desarrollaba la primera revolución industrial en la isla británica y los ingleses iban imponiendo al mundo el libre comercio. Sin embargo, su mercantilismo fue un tanto flexible; presionado Portugal por la alianza con Inglaterra, se vio en la necesidad de abolir el sistema de flotas entre 1765 y 1766 y permitir el comercio directo de la colonia con los mercaderes británicos.

Las medidas reformistas se ajustaban bastante a la tendencia general del regalismo y el despotismo ilustrado vigentes en la mayoría de las cortes europeas. El ministro portugués destaca en este marco por la energía con que las realizó.

Se sometió a la Iglesia mermando el poder de la Inquisición. A los mercedarios se les quitaron sus aldeias indígenas en el norte, pero los jesuitas fueron despojados de aldeias, haciendas, propiedades, colegios y todo tipo de bienes y expulsados de todo el reino. Se aprovechó la medida para desarrollar una profunda reforma educativa que abarcó desde la escuela elemental hasta la Universidad de Coimbra; esta reforma estuvo muy influenciada por los padres oratorianos de San Felipe Neri.

Además el marques y ministro impuso varias reformas que alteraron las relaciones y peso de los diferentes grupos y estamentos sociales. Disminuyó los derechos y prerrogativas de la nobleza y persiguió a todos los inconformes; fundó en 1766 el Real Colegio de Nobles de Lisboa para infundir en los aristócratas los principios del regalismo. Combatió la discriminación contra los cristianos nuevos, abolió el esclavismo indígena y fomentó el trabajo libre y artesano en la metrópoli, cuando en Inglaterra y Francia ya habían cambiado su política esclavista y tendían a limitarla o extinguirla .

"Toda la política de Pombal, nos dice Mansuy-Diniz Silva, se basaba en dos preocupaciones principales: aumentar los ingresos de la corona fomentando el comercio, especialmente con Brasil y, a toda costa, reducir el déficit de la balanza global de comercio, y, a partir de aquí reducir la dependencia económica de Portugal respecto a Inglaterra".

Para fomentar el comercio recurrió a la creación de compañías comerciales con protección de la corona y realizó reformas fiscales para aligerar las tasas de exportación y reducir las cargas de los fletes. Se controlaron los embarques, se revivió durante unos años el sistema de flotas, se concentró el capital y se reforzaron los monopolios. Se creó la Junta do Comercio en 1755, que fue reorganizada en 1788 elevándose a la categoría de tribunal real y ampliando sus facultades a la agricultura, la industria y la navegación manejando una política proteccionista de sustitución de importaciones para fomento de la industria portuguesa.

Abolió las capitanías privadas que quedaban en Brasil y aunque el rango mayor de la colonia pasó de gobernador general a virrey, poco hizo para centralizar totalmente el ejercicio de gobierno. Los poderes del Consejo Ultramarino se vieron reducidos y el gobierno se apoyó en enérgicos ministros; casi todos los gobernadores nombrados en su período fueron nobles y militares de alta graduación acostumbrados a la obediencia y mando.

Sin embargo, las reformas, al contrario de cómo sucedió en los vierreinatos españoles, en su conjunto no representaron un ataque a la elite colonial pues involucró en ellas a los propios brasileños. No se les despojó de su principal fuente de riqueza, el trabajo esclavo. Al contrario, al cancelarse en la metrópoli los mercaderes de esclavos concentraron su labor en la colonia.

Ciertamente, por un lado, se temió la formación de una elite colonial letrada, no se permitió la introducción de la imprenta ni la creación de ninguna universidad, aunque se promovió, ya sin los jesuitas, una educación pública. Y, por otro, se limitó el desarrollo textil brasileño a paños para esclavos y telas para el encostalamiento de los productos agrícolas, pero se desarrollaron amplios programas de desarrollo en el nordeste brasileño y, con resultados ambivalentes, se introdujo el cultivo de algodón y arroz en la región de Maranhao; los cultivos tradicionales de azúcar y tabaco se extendieron a las capitanías del centro y del sur. La introducción de cultivos como el de seda, cáñamo, y cochinilla no fue exitosa. Otros cultivos de menor cuantía como el iñigo y el arroz produjeron un relativo excedente .

En materia fiscal se desarrollaron numerosas iniciativas, como la reorganización de del Conseho do Fazenda y la creación del Erario Regio, pero no resultaron muy eficaces, a pesar de la introducción de la contabilidad por partida doble para poner. La recaudación fiscal no creció mucho en las colonias pues el contrabando y la evasión no disminuyeron, incluso fueron el motivo de varias de las rebeliones regionales.

En cuanto a la estructura de gobierno de la colonia, Pombal trasladó la capital de Bahía a Rio de Janeiro en 1763, reorganizó las capitanías, suprimiendo unas y creando otras y paulatinamente integrándolas al Estado do Brasil; disminuyó las prerrogativas de las Camaras (cabildos) municipales.

Perfeccionó la administración de la justicia, creó un nuevo Alto Tribunal en Rio de Janeiro, análogo al existente en Bahía, en 1751; se instituyeron juntas de justicia en varias capitanías; se codificaron las leyes en 39 volúmenes y se abandonó el derecho romano a favor del derecho natural e internacional; a los magistrados seculares ya no se les permitió basar sus decisiones en la legislación canónica; extendió el sistema de milicias y disminuyó el numero de exenciones y privilegios a las que se podía recurrir para evitar el servicio militar; creó regimientos coloniales y se llevaron más tropas regulares desde Portugal; aunque frágiles, hizo arreglos de límites con los españoles para asegurar su frontera sur y el reconocimiento de su expansión amazónica y oriental. Todo ello tendió a unificar a la colonia, aunque manteniendo relaciones directas de la corona con las capitanías. Sus arreglos redundaron en que la extensión de Brasil llegara a ser un poco mayor ( 8.7 millones de kilómetros cuadrados) que el conjunto de todas las colonias españolas en América del Sur (8.5 millones de kilómetros cuadrados).

Quizá la más relevante peculiaridad portuguesa de las reformas y modernización económica, administrativa y política de fines del siglo XVIII sea que se hicieron en un marco de una depresión económica a causa del declive de la producción de oro y de los bajos precios de sus productos agrícolas, principalmente el del azúcar en un contexto de grandes gastos de la Corona para reconstruir Lisboa destruida por el terremoto de 1755, sostener las guerras contra España y mantener el control sobre la gran extensión que iba del sur de Sao Paulo al Río de la Plata.

En la Nueva España las reformas similares fueron en medio de un período de auge. Esto repercutió en que la reorganización fiscal nunca produjo incrementos tan sustanciales en el ingreso de las arcas reales como los que se dieron en España. Lo que sí fue muy exitoso fue que el déficit comercial del imperio portugués con Inglaterra se redujo a lo largo de 25 años de política pombalina en un 70 por ciento, habiendo aumentado las exportaciones a la Isla británica por encima de 34 % y disminuido las importaciones en aproximadamente el 44 por 100.

La muerte de Dom José I y el ascenso al trono de Donha Maria I hizo que Pombal renunciara. El nuevo gobierno, sin embargo, heredó la mayoría de los altos funcionarios del gobierno anterior y no hizo cambios demasiado radicales, continuó en sentido general con la promoción del progreso y las políticas modernas pero liberalizó un tanto la política concediendo amnistías a perseguidos y exiliados políticos y se deshicieron las grandes compañías monopolistas.

El entorno mundial empezó a modificarse y repercutió benéficamente para Brasil. La guerra de independencia norteamericana le abrió un mercado nuevo a sus productos; la rebelión esclava, la independencia y la destrucción de la industria azucarera de Haití eliminó un poderoso competidor; la guerra europea le otorgó más amplios márgenes de maniobra. La balanza comercial con Inglaterra se volvería superavitaria.

"A fines del siglo XVIII, cuando ya se había roto la unión de Inglaterra y Francia con varias de sus colonias americanas, surgió la cuestión de la dependencia de Brasil respecto a Portugal". Hubo algunos movimientos en ese sentido, pero la idea del sucesor de Pombal, Dom Rodrigo de Souza Coutinho sobre "el inviolable y sacrosanto principio de unidad, base de la monarquía, que debe mantenerse celosamente de forma que los portugueses, donde quiera que hayan nacido, puedan considerarse a sí mismo únicamente como portugueses" siguió vigente.

En 1807, ante la invasión francesa a Portugal se revaloraría el viejo sueño de Dom Luis da Cunha que en 1738 ideaba que el rey de Portugal estableciera su corte en Brasil; el 28 de noviembre, bajo la protección de una escuadra inglesa, la familia real y parte de la corte iniciaría su traslado a Brasil a donde llegaría en los primeros días de 1808. La presencia del príncipe regente Dom Joao VI, rey de Portugal y Brasil en 1816, y la corte construiría un gobierno unitario en el subcontinente colonial.

El 7 de septiembre de 1822 el príncipe regente Dom Pedro I, hijo de Dom Joao VI, rompería el ya débil cordón umbilical que lo mantenía unido a la metrópoli y convertiría a Brasil en un imperio independiente.

Una reflexión final.

¿Es correcto hablar de varios Brasiles durante la colonia y de un Brasil después de ella? ¿Se puede hablar de una unidad nacional en la Nueva España que, convertida en México, aun en los principios del siglo XXI cuenta con una diversidad regional y conflictos por la integración de su pluralidad étnica y cultural? ¿Puede ser reconocida una unidad impuesta por la Corona española en una Sudamérica que en el siglo XIX ya se componía de tres virreinatos y que finamente formó 9 países independientes, de uno de los cuales, Colombia, fue desprendida la centroamericana Panamá?

¿No será que la unidad nacional, nunca fue en América tan unidad sino la imposición de un solo poder conquistador-colonizador sobre una diversidad de pueblos y naciones? Recordemos que sólo en lo que era Nueva España había más de trescientos pueblos con lenguas distintas ¿O que la unidad nacional en realidad es una unidad no absoluta, sino varias unidades en la diversidad?

¿En el caso de Brasil se pueden aplicar criterios de análisis derivados de la conquista-colonización de un reino o de la concepción de estado de tinte liberal y unitario derivado del siglo XIX? ¿La respuesta inadecuada a estos problemas no provocó el surgimiento de nuevas naciones independientes en la Europa central y oriental después del fin de la guerra fría y el derrumbe del campo socialista?

El problema nacional sigue siendo en los inicios del tercer milenio un problema nodal en la conformación del escenario mundial y regional. Las fronteras son un resultado histórico social, impuesto por la fuerza sobre la base de ciertas continuidades culturales y e intereses políticos y económicos. Nunca algo definitivo y eterno. Son obra de los hombres, y como ellos pueden ser cambiantes.

Yo respondería a la pregunta que da título a este ensayo diciendo que la diversidad brasileña, la de sus etnias, culturas, regiones y economías, la configuración semifraccionada de su gobierno colonial, las revueltas regionales y la diversidad de las ideologías e intereses de sus pobladores lo que muestran es la rica y propia pluralidad de su base colonial y metropolitana. Ella ayudaría a comprender no tanto la falta de unidad y cohesión de las regiones brasileñas sino la constitución de Brasil como estado federal.

Las reformas de Dom Sebastiao José de Carvalho e Melo, conde de Orcías y finalmente marqués de Pombal, con todo y sus contradicciones, modernizarían los reinos de Portugal y de Brasil. Ayudarían a unificar y consolidar a Brasil y le darían un perfil que desarrollaría ya como independiente en el siglo XIX. Sin duda fue autoritario su gobierno, en un contexto de creación de los estados nacionales europeos y del desarrollo del regalismo absolutista, propio del final del Ancién Régime, eso no era raro. Su mercantilismo no fue muy rígido ni sujeto a ningún dogmatismo. Pero no nos engañemos, era portugués y aristócrata, le interesaba por sobre todo el bienestar de Portugal, no el de Brasil. Las necesidades de Portugal, las condiciones de las relaciones y conflictos internacionales, el atraso industrial lusitano y la gran extensión de la colonia suramericana condicionarían sus reformas. Fortaleció a Portugal logrando que subsistiera entre las grandes potencias de la época, Inglaterra, Francia y España y fortaleció a Brasil, preparándolo para el siglo XIX y, aun a su pesar, si hubiera vivido para verlo, ayudó a sentar las bases que permitirían su vida independiente.

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Gabriel Mario Santos Villarreal


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