Página anterior | ![]() Volver al principio del trabajo | Página siguiente ![]() |
8. Caer de nuevo
Narrador:
"No hay quien sea justo, ni siquiera uno sólo. No hay un
sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se
corrompieron. No hay quien obre el bien, no hay siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden
engaños.
Veneno de áspid bajo sus labios; maldición y
amargura rebosa su boca.
Ligeros sus pies para derramar sangre. Ruina y
miseria son sus caminos.
El dolor me acomete, el corazón me
falla. No puedo más.
El camino de la paz no lo conocieron; no hay temor de Dios ante
sus ojos" (Rom 3, 10-18).
"Me duele el quebranto de mí pueblo; estoy abrumado, el
pánico se apodera de mí. ¿Quién
convirtiera mi cabeza en llanto y mis ojos en manantial de
lágrimas?" (Je 18 ss).
Comentarista: No es sólo el cansancio acumulado, la
debilidad producida por la sangre derramada
o el atroz padecimiento que Jesús llevaba en el cuerpo y
en el espíritu; en esta nueva caída, Jesús
es empujado y vuelve a saborear la tierra por
nuestras recaídas, por las veces que nos hemos mantenido
en el pecado a causa de nuestra voluntad adormecida; por nuestra
falta de entusiasmo en el camino, por todas las veces que poco a
poco nuestra decisión se ha ido debilitando y
acabando.
Cristo lleva el peso de nuestra debilidad, de nuestra flaqueza,
de nuestro pecado habitual o consumado.
Cristo sufre esta caída por los desalentados, los tristes,
los apáticos, los perezosos, los desesperados, los que ya
no tienen confianza en la vida, ni en la gente, y se dejan tirar
fácilmente en el camino.
Cristo siente el peso de la cruz oprimiéndolo sobre su
espalda mientras trata de levantarse. Cuántas veces hemos
sido capaces de empujar al hermano y hacerlo caer.
(Pausa para reflexionar)
Hombre:
Jesús: así, caído, quiero ver en ti el
resultado de una zancadilla; quiero ver en ti a todos los que
cayeron, porque alguien disimuladamente les hizo trastabillar, y
todas las razones por las que cayeron:
Odio, envidia, rencor, avaricia, engaño, traición o
cansancio. Porque alguien se quiso vengar de ellos y los
tiró; porque alguien no pudo soportar que fueran mejores,
más afortunados, y los calumnió; porque alguien
metió los celos y la discordia en aquel matrimonio feliz
y los dividió.
Las caídas, Señor, que se han pensado y que han
conseguido con el hermano. Las caídas que te ocasionan los
que piensan y saben y están seguros de lo que
va a suceder. Nuestras caídas por cansancio, por
desaliento, porque ya no queremos luchar. En esta caída
tú sufriste el dolor por los que tienden la trampa y por
los que caen en ella.
Pero tú te levantas para que nosotros aprendamos a
levantarnos de nuestros desalientos y frustraciones, de nuestras
amarguras y de nuestros pecados.
Jesús:
Feliz el hombre que
acepta pacientemente la prueba, porque una vez probado,
recibirá la corona de la vida prometida a los que
permanecen fieles.
Todos:
Te pedimos Señor, que nos quites la presunción de
creernos seguros de que no
vamos a caer. Líbranos de los engaños, de las
zancadillas y de las caídas que nos hunden en el
desaliento. No permitas que nuestro corazón se
endurezca y se desaliente en la caída. Ayúdanos a
ver nuestro pecado ahí bajo el peso de tu cruz aplastando
todo tu cuerpo, y danos fuerza para
levantarnos y buscar ser fieles a tu amor.
Narrador:
Unas mujeres de Jerusalén le seguían
golpeándose el pecho y lloraban por él.
Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: "Hijas de
Jerusalén, no lloren por mí, lloren más bien
por ustedes mismas y por sus hijos, porque días
vendrán en que se dirá: dichosas las
estériles y los vientres que no engendraron y los pechos
que no amamantaron; entonces dirán a los montes:
¡Caigan sobre nosotros! y a las colinas
¡Cúbrannos! Porque si así tratan al
árbol verde ¿qué harán con el
seco?".
Estaban allí al borde del camino, conmovidas llorando.
Jesús, un tanto repuesto gracias a la ayuda del Cirineo,
puede ver el llanto y la expresión de ternura de aquellas
mujeres y por eso llegamos escuchar su voz en el camino de la
cruz. En sus palabras hay algo de consuelo y no poco de
reprensión. Nada ganan con llorar tardíamente. Si
por algo hay que llorar no es por el dolor del perseguido, sino
por el pecado de los perseguidores.
Comentarista: Jesús nos muestra al Padre
rico en misericordia. Es la expresión encarnada de la
misericordia del Padre en su propia persona y,
concretamente, en su amistad,. En la
pasión de Cristo, las mujeres se mostraron valientes y
decididas. Miran a Jesús y lloran, sin disimularlo, a la
vista de todos. Demuestran así que están de parte
de él y que sufren con él. Muestran que han
aprendido de El a sufrir con el que sufre, a llorar con el que
llora.
El enseñó, con el testimonio de su vida, que
el amor va
mucho más allá del afecto sensible hacia la otra
persona,
más allá de la admiración, del deseo de
poseer al otro. Admirar y poseer no son en sí la realidad
amor. Nos
enseñó que el amor
verdadero tiene que ser un don y sólo don. No puede pedir
nada a cambio porque
deja de ser amor; es una entrega apasionada para buscar la
felicidad del otro.
Nos enseñó Jesús que sus discípulos
no aman para ser amados; su modelo de amor
es sin medida porque Dios es amor, un permanente don.
"Cuán desvalido puede ser un hombre que
ama! Al amar, renuncia a su propia fuerza y se
expone a no recibir más en su existencia. Lo característico del amor es una entrega
total, humilde. Sólo puede ser capaz de amar quien se
entrega totalmente, quien sólo busca proteger y defender
al otro, darle vida, garantizarle la experiencia del amor".
Cristo nos enseña a mar así, porque su amor es
igual al amor del Padre. El Padre es amor infinito dándose
siempre. Ser cristiano debiera significar que es alguien que se
da siempre, que sabe llevar y conllevar la debilidad del otro;
que comparte con el otro tanto la felicidad como la infelicidad;
que uno es una parte del otro en todo.
Un amor así, es por naturaleza,
misericordioso. Quien ha experimentado la misericordia puede ser
misericordioso. Porque el Padre es misericordioso y siempre nos
ofrece así su amor; Jesús nos dice que la
misericordia es la expresión fundamental del amor del
Padre hacia el hombre. Si
no comprendemos lo que es la misericordia, no hemos entendido la
misión
a la que fue enviado Jesucristo.
Aquellas mujeres vivieron la misericordia. Tal vez su dolor
necesitaba purificarse, pero tenían motivo para
compadecerse; miraron a Jesús que acaba de levantarse por
segunda vez del suelo, lloraron
sin consuelo y lo escucharon. Así le dieron su
compasión, su misericordia y su amor.
"Es enorme el número de hombres que nacen, viven y mueren
sin haber usado ni una vez su alma, sin haber amado". Aprender a
amar cuando, en su dolor supremo, Jesús se compadece de
las mujeres, es el desafío que tenemos quienes deseamos
aceptar al Padre de misericordia como nos lo ofrece Jesús.
(Pausa para reflexionar)
Hombre:
¡Si juntáramos las energías de nuestros
lamentos y las expresáramos en misericordia! ¡Si
mostráramos nuestro amor más con las acciones que
con lágrimas y palabras!
Enséñame, Señor, a llorar, pero en la lucha,
en la entrega por el otro, en la misericordia. Déjame
llorar pero que mis lágrimas
me purifiquen, que purifiquen al mundo y que tengan el poder del amor
para transformar toda tristeza en alegría.
Haz que mis lágrimas se conviertan en responsabilidad y servicio, para
impedir que los hombres tengan que llorar inútilmente.
Perdónanos, Jesús. Perdóname tantas
lágrimas inútiles que he derramado o he hecho
derramar; perdónanos esas lágrimas de amargura, de
ira, de odio, de injuria, esas lágrimas que debí
convertir en alegría. ¡Perdón, Señor,
Perdón!.
Jesús:
Felices los que lloran porque serán consolados. Felices
los que lloran lágrimas de arrepentimiento porque su
pecado se lava en ellas.
Felices los que lloran en sincera comprensión del dolor
ajeno, porque sabrán sobreponerse a las lágrimas
hasta buscar y conseguir el remedio.
Felices quienes, aunque lloren, se mantienen serenos y firmes
frente a los problemas, las
injusticias y la violencia.
Felices porque han sabido encontrar en sus lágrimas
fortaleza y sabiduría, para detener serenamente el odio y
la destrucción con el amor. Felices los que toman sus
dolores como una forma de conseguir la redención.
Todos:
Perdónanos, Señor, por haber causado más
lágrimas que consuelo; por el llanto vertido sin haber
luchado, por el dolor sufrido, por el dolor causado. Por los
lamentos inútiles y sin acciones que
nos comprometan hasta lograr el cambio en
nuestra vida, en nuestro hogar, en
nuestra comunidad
10. Desaliento
Narrador:
"Ha sido tratado como culpable a causa de nuestras
rebeldías, y aplastado por nuestros pecados. Él
soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas
hemos sido sanados. Todos andábamos como ovejas errantes,
cada cual seguía su camino y Yahvéh descargó
sobre Él la culpa de todos nosotros, fue maltratado y
Él se humilló y no dijo nada.
Fue detenido y enjuiciado injustamente sin que nadie se
preocupara por él. Fue arrancado del número de los
vivos y herido de muerte por los
crímenes de su propio pueblo" (Is 53).
Nada dicen los textos de las caídas de Jesús, pero
la tradición más antigua de la Iglesia ha
señalado, que por tres veces conoció el
Señor la dureza del suelo que El
creó con una palabra. Su cabeza golpea sobre el suelo y su
rostro se obscurece más por la sangre y por la tierra. Apenas
se puede levantar. Tiran de él, le obligan a seguir el
camino.
Comentarista: Cayó humillado, bajo el peso de la cruz
aplastante, porque le habían cargado mucho, le
habían exigido mucho, le habían maltratado mucho.
Cayó humillado y vencido, como caen las víctimas
inocentes en las guerras y en
los disturbios; como caen los que se cansan en la lucha; los
inocentes a quienes se culpan de los delitos ajenos;
los que se han esforzado por mantenerse fieles y, después
de luchar y luchar, al fin prueban la caída y la
derrota.
Cayó como aquellos que fueron empujados hasta hundirse en
el lodazal, porque no les amaron, porque no les ayudaron. Se
dejaron arrastrar sin darse cuenta de lo duro que es caer, de lo
que cuesta y avergüenza la humillación de caer.
Cayó como aquel esposo fiel, trabajador, abnegado, que
todo era para su esposa y sus hijos, pero que un día
perdió el control y
cayó.
Cayó como caemos todos, por sorpresa, por ingenuidad, por
imprudencia, por malicia o por desesperación. Cayó
Jesús, porque no pudo más. Cayó por los que
ahora, deprimidos y desalentados, se dejan arrastrar hasta la
desesperación. Cayó por los que perdieron la
confianza en sí mismos y la fe en Dios.
En esta caída Jesús soporta las caídas de
todos los que han preferido estar caídos que de pie, de
los que dejaron de luchar, de los que perdieron la esperanza, de
los que han dejado de amar, de los desesperados ante la
traición, de los que prefieren morir aplastados por el
peso de la cruz y del dolor antes que seguir de pie, en el camino
y en la lucha.
La tercera caída nos sirve para reflexionar en la piedad
de Dios sobre nuestra miseria, sobre nuestro pecado. Él
mira en el pecador un hijo que se ha ido de casa y que ha
caído hasta el fondo, hasta disputarse las bellotas con
los cerdos cuando, andrajoso y hambriento, lo ha gastado todo, lo
ha perdido todo y se alquila para conseguir con qué
vivir.
La misericordia es el camino escogido por Dios ante la realidad
de nuestro pecado. Lo más importante no es lo penoso del
camino de regreso, sino el camino que el Padre recorre para
encontrarnos. Dios con la mirada de su justicia sin
duda nos ve culpables, pero con los ojos de su compasión
nos mira víctimas.
El hombre que prefiere estar caído, aquel que se
dejó arrastrar por el desaliento y la desesperación
es ciertamente culpable; pero antes que culpable es
víctima de aquel mal, origen de todos los males que
arranca de la caída del primer hombre.
Así, ante esa imagen sufriente
de un Jesucristo caído hasta morder la tierra en
el suelo, ante el hombre que cae en ese enorme desaliento y
parece que no encontrará remedio ni paz para su conciencia, Dios
tiene ante todo una mirada de misericordia. (Pausa para
reflexionar)
Hombre:
Caíste, Señor. ¿Cómo encuentras la
tierra que
tú mismo creaste? ¿A qué te sabe el polvo
que mordiste? Tu cuerpo es una medida. Los hombres tenemos que
medir la tierra con nuestro cuerpo, tenemos que conocerla palmo a
palmo, piedra a piedra, hasta descubrir que el camino de la
verdad, el amor y la justicia es
escabroso, aunque también el del mal es pérfido y
traidor. Cuántas veces he caído porque me he
fallado a mí mismo, porque me he sentido solo, porque me
han defraudado los demás. Señor, los hombres hemos
aprendido a caer por desesperación, porque nos sentimos
impotentes para reanudar la
comunicación en la familia y
para reconstruir el amor. Nos dejamos caer por desaliento, por
una desesperación siniestra que nos hace desistir de amar;
y dejar de amar es dejar de vivir. Se nos cuela la
desesperación por todos los rincones del alma, y se nos
llena de tinieblas el corazón Por eso caemos hasta el
abismo de la desesperación y comenzamos a desistir. No
queremos más, no nos importa nada. Queremos desentendernos
de todo, desaparecer, renunciar a la vida, renunciar a existir,
ya que nuestra realidad nos pone como unos fracasados.
Pero yo sé, que Tú has venido precisamente para
mirarnos así y para tomarnos en tus brazos, los brazos que
te ha dado el Padre para que me sostengas, para que me ayudes a
llegar a la cercanía de su amor.
Por mis caídas sin sentido y por las caídas de
todos los que han terminado en la desesperación, por ellos
y por mí, Señor, tú bien lo sabes, por mis
decepciones, por no buscar en ti la fuerza para luchar hasta
conseguir la alegría y encontrar la paz, perdóname,
Señor.
Jesús:
Felices los que ponen su confianza en Dios y dominan la angustia
y la desesperación. Felices los que sacan fuerza de su
nada y vuelven a intentar una y otra vez el diálogo y
la comunicación, hasta que resurja el amor.
Felices porque, cuando ponen en Dios su confianza encuentran paz;
felices porque desbordando bondad y generosidad, viven la
alegría plena y el gozo de la armonía consigo
mismos, con los demás y con Dios.
Todos:
Perdón, Señor. Por esa caída tan terrible y
desalentadora; hemos caído y Tú sabes el abismo al
que hemos llegado. Nos encontramos hoy con caídas de las
que muchos no se levantarán. Enséñanos a
encontrar en ti la fuerza para nuestra debilidad. Ayúdanos
en nuestras desesperaciones; en aquellas que nos asaltan en la
vida de cada día, las que nos vienen por sorpresa y las
que buscamos con toda la malicia y luego nos llevan a la
cerrazón y a la desesperación.
Enséñanos a levantarnos siempre, a luchar
constantemente, a reemprender el camino hasta que encontremos tu
gozo y tu paz en brazos del Padre de misericordia.
Narrador:
Llegados a un lugar llamado Gólgota que significa "lugar
de la calavera", le dieron a beber vino mezclado con hiel. Los
soldados, después de que crucificaron a Jesús,
tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, uno para
cada soldado. La túnica era sin costura, de una pieza,
tejida de arriba abajo, por eso dijeron: "No la rompamos;
echémosla a suerte a ver a quien le toca", Para que se
cumpliera la Escritura: "se
han repartido mis vestidos; han echado a suerte mi
túnica". (Jn. 19, 23ss)
Comentarista: Jesús miró el lugar; la cruz enorme,
y sus brazos, muy distintos de los brazos maternos, se
abrían como esperando abrazarlo y levantarlo a la mirada
de todos. Comprendió que había llegado la hora
señalada por el Padre, la hora que daba sentido a su
venida a este mundo. Estaba aturdido, pero asumía
libremente soportar todo el peso del pecado del mundo, el pecado
de los hombres de todos los tiempos. Lo había cargado
sobre sus hombros de hombre y de Dios, para lanzarlo al mar
infinito de la misericordia del Padre.
Desnudo, Jesús, desnudo y con la vergüenza de ser
ajusticiado! Los verdugos se lanzan de prisa contra Jesús
y le arrancan las vestiduras. Sí, arrancan su vestido
pegado ya a la carne por la sangre coagulada que brota de nuevo
al tiempo que
también se desata el dolor adormecido a su espalda.
Allí esta Jesús, desnudo, a la mirada de todos, por
todos los despojados del mundo por todos los avergonzados y por
todos los cínicos que han perdido la vergüenza y
ostentan su desnudez.
Se desnuda a alguien para curarle, se desnuda para asear, se
desnuda para pecar, se desnuda con las manos y se desnuda con la
imaginación, se desnudan los cuerpos y se desnuda el
corazón, se arrancan los vestidos y se arrancan los
sentimientos, las ilusiones, las esperanzas, la virtud
interior.
Está desnudo Dios y, ante El, estamos desnudos todos los
hombres. Se desnuda a Jesús, siempre que un cuerpo se
profana, siempre que una persona es humillada, escarnecida,
difamada, calumniada.
Jesús soporta el dolor y la vergüenza de todos los
despojados, de aquellos a quienes se ha arrancado la dignidad, la
libertad, la
confianza, el respeto, el
honor; siente la vergüenza de aquellos que sufren la
violencia
sobre sus bienes, sobre
sus convicciones y sobre su propio cuerpo.
En el Calvario se aglomeran todos los sin vestido, los que sufren
el frío, la mugre y la fealdad, la fetidez y los
harapos.
En el Calvario el Cuerpo de Cristo ensangrentado se expuso a
adoración universal. Es el Cuerpo que el Padre quiso que
asumiera para hacerse Pan y Eucaristía, para hacerse
alimento de vida eterna, para dar la misma vida de Dios, como
manjar, en la mesa de los hijos. Es el Cuerpo que se sirve en la
fiesta al regreso del Hijo pródigo, ese hijo que somos
todos nosotros. Es el Pan que prepara el Padre para la fiesta del
Hijo. (Pausa para reflexionar)
Hombre:
Señor, por la vergüenza de tu desnudez,
enséñanos que la única desnudez
legítima y salvadora, es la de quien se despoja de todo
para servir a los demás y para servirte.
Perdónanos, si te desnudamos todavía. Perdona tanta
ropa desperdiciada, mientras muchos no tienen qué
ponerse.
Perdona las muchas cuentas
acumuladas en los bancos con el
salario robado al
trabajador, o las utilidades escamoteadas y sin repartir
justamente. Perdona a los cínicos que se glorían de
desnudarte. Perdona a los que hacen una sociedad
más pobre por su pereza, su irresponsabilidad, su
indiferencia, su codicia o su rapiña.
Perdóname a mí, que no he aprendido tu
lección de humildad y de pobreza, y que
tantas veces he profanado tu cuerpo en mis hermanos, y te he
desnudado y cubierto de vergüenza.
Por todos los desvestidos y por todos los que están
desnudándolos. Por ellos y por mí, y por tu
desnudez y tu vergüenza y por todas nuestras
desvergüenzas. Perdón. Perdón y gracias.
Gracias por ese cuerpo que tú, el Verbo Eterno, asumiste
para ofrecerlo en sacrificio por nosotros y para darlo a todos en
la Eucaristía, como alimento de vida eterna.
Jesús:
No se angustien pensando en qué comerán para
mantener la vida o con qué se cubrirán el cuerpo.
¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el
cuerpo más que el vestido?: Miren las aves del cielo
que no siembran, ni cosechan, ni acumulan en graneros, y el Padre
que está en el cielo las alimenta. ¿No valen
ustedes, acaso, más que ellos? ¿ Y por qué
se preocupan por el vestido? Miren los lirios del campo
cómo van creciendo y no hilan, ni tejen, ni se
fatigan.
Felices los que saben desprenderse de todo, hasta de sí
mismos, para amar y servir al hermano. Felices los que tienen
alma de pobre y saben cuidar al hermano en sus carencias. Felices
los que saben darse en el amor, porque amando son felices y viven
para el servicio.
Felices porque cubren la pobreza del
hermano con su atención, su ternura y su
cariño.
Todos: Perdónanos, Señor, por tu desnudez.
Perdónanos, Cristo, por lo que hoy despojamos a los
demás. Perdónanos haberte despojado de tu vestido.
Ayúdanos a recordar siempre que tenemos que conservar
nuestro cuerpo, puro y limpio. Perdónanos, por los que hoy
apostamos el vestido de nuestros hermanos y los robamos.
Perdónanos todo aquello que debiera darnos vergüenza.
Perdónanos por no haber apreciado suficientemente tu
presencia en nuestro cuerpo y por no haber buscado más
amorosamente el alimento en que tú te nos das como Pan de
Vida Eterna.
Narrador:
Llegados al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí a
El y a los malhechores, a uno a la derecha y a otro a la
izquierda.
Comentarista: La crucifixión fue fruto de un refinamiento
de la crueldad del hombre. Habían buscado cómo dar
muerte
despiadada y había llegado al martirio de la cruz. A causa
de la crueldad, del deterioro físico, psicológico y
moral que
sufría el reo, los judíos veían en esta
muerte una maldición: Maldito el que pende del madero. Sin
embargo, precisamente ese madero ha venido a ser el camino que el
Padre ha querido ofrecernos para que lleguemos al encuentro con
Él, en el amor y la amistad.
Jesús: Así como Moisés levantó la
serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el
Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna.
Cuando sea levantado, entonces sabrán ustedes que Yo
soy.
Comentarista: La cruz, en el misterio pascual, es la
revelación que Jesús hace de la misericordia del
Padre, es decir, del amor que va hasta la raíz misma del
mal, del pecado y la muerte,
para destruirlos.
Necesitamos aprender a amar de esta manera: darnos hasta la
raíz del mal, especialmente aquel que nos viene de la
persona amada. Entonces asumiremos su realidad, para purificarla,
redimirla y santificarla.
Muchas veces tomamos el camino contrario. No hemos aprendido a
hacernos ofrenda de amor para dar vida a quien amamos, como el
Padre nos muestra en
Jesucristo, sino a dar muerte de distintas maneras. Hemos
aprendido bien a dar muerte al cuerpo y al alma. Matamos con las
armas, con las
palabras o con el proceder en la vida. Matamos de golpe, de
frente, o por la espalda, con la rapidez del rayo o envenenando
cada día.
Matamos por odio, por rencor, por descuido, por
irresponsabilidad, por desprecio, por incomprensión, por
indiferencia.
Hay muchos verdugos para clavar hoy a Jesucristo. verdugo-padre,
verdugo-madre, verdugo-hijo. Porque se está matando la paz
y la tranquilidad,, la armonía y la confianza en el hogar.
Se mata en los hijos la felicidad, la seguridad, la
ilusión por la vida y hasta la imagen del amor y
la armonía de familia que
habían aprendido como un tesoro de familia y que
ahora es destrozado por sus propios padres.
Porque se mata lentamente a la esposa, con los gritos, el
desprecio, la incomprensión, la indiferencia, el rencor,
el olvido. Se mata al esposo, con el egoísmo, la
cerrazón, el silencio, la indiferencia, la
indecisión, la desatención, la frialdad, los
cálculos, las exigencias, los caprichos... Cuántos
verdugos hay en los hogares! ¡Y cómo son refinados
en sus suplicios! La profesión que algún día
todos ejercemos es de verdugo. (Pausa para reflexionar)
Hombre:
Cuántas veces, Señor, he sido tu verdugo,
cuántas cruces grandes, cruces pequeñas, con nuevos
suplicios. Todas han sido preparadas para ti. Cuántas
veces he encontrado el camino fácil para hacer sufrir a
los demás; incomodidades, disgustos, presiones morales
¡todo es un suplicio! Hemos clavado en el dolor, con el
hambre, las pasiones, las debilidades y los pecados. He olvidado,
Señor, que lo que hago con uno de los más
pequeños, contigo lo hago. ¡Perdónanos,
Señor!
Todos:
Perdónanos, Jesús, por todos los sufrimientos
inútiles que sembramos a diario en nuestra familia.
Perdónanos todas las cruces que te hemos preparado, todos
los clavos con que te hemos herido y taladrado. Perdónanos
las cruces inútiles en que clavamos a diario a aquellos
que hacemos sufrir, despiadadamente.
Narrador:
Un largo silencio se había hecho pesado mientras
Jesús, clavado y puesto en alto en el madero, veía
a la multitud y escuchaba sus voces maldicientes. Los grandes
discursos, las
sabias enseñanzas, las conversaciones íntimas, las
revelaciones simbólicas y proféticas, compartidas
desde el corazón durante el camino al "huerto de los
olivos", habían quedado atrás. Unas cuantas
palabras habían salido de su boca en caminar al Calvario.
Luego, todo fue silencio ante las injurias, los gritos y las
burlas.
La muerte se
acercaba. Jesús comprendió que no podía
perder esta hora final en la que tantas cosas importantes le
faltaban por hacer y decir. Tendría que ahorrar palabras
porque ya casi no le quedaba aliento; pero era necesario dejar su
testamento. Así quería dejar, al final, desde la
cruz, un nuevo testimonio imperecedero de su entrega y de su
amor.
Los sumos sacerdotes, los escribas y fariseos, los que le
habían condenado, todos fueron al suplicio. Le injuriaban,
le escupían, se burlaban de Él, le empujaban,
gritaban, reían, aplaudían. Sabían
divertirse a costa de la víctima en el culmen del
suplicio. Y en medio de aquel barullo Jesús
exclamó:
Jesús: "Padre, perdónalos porque no saben lo que
hacen".
Comentarista: La medida del amor, está en el
perdón. El Padre ama infinitamente y por eso perdona
infinitamente. Jesús perdona a sus verdugos, a quienes le
han humillado y le han entregado a la muerte; y no sólo
perdona, sino justifica: No saben lo que hacen. Se dirige al
Padre abriendo su corazón pidiendo el perdón para
sus hermanos.
Era el momento de su gran congruencia de vida, precisamente en
este cruel momento final. El había dicho: "Nadie tiene
mayor amor que quien da la vida por su amigo". Había
señalado también el camino para seguirle: "Amen a
sus enemigos y rueguen por los que los persiguen" "Hagan el bien
a los que los odian". "Perdonen y serán perdonados".
Enseñó a perdonar y, llegada su hora, en el momento
de más humillación y dolor, perdonó.
Crucificar a Cristo, crucificar al hermano, es la ruptura y la
profanación del vínculo de fraternidad, es el
pecado que clama ante el Padre. Pero Dios sigue siendo el Padre
que siempre nos ama, aún en el momento del máximo
pecado de la humanidad: la crucifixión de su Hijo. Sin
embargo, en ese momento supremo de amor, de la entrega del Hijo
amado para nuestra reconciliación, es cuando Cristo nos
perdona. El Padre Dios nos mira con amor y nos perdona
también. Todo en la vida de Cristo es un misterio de
amor.
¿Hay aquí alguien que no haya perdonado que no haya
podido o querido perdonar? ¿Quién puede ser mejor
que Jesucristo, como para sentirse en la altura y en una
perfección tal que ni siquiera piense en perdonar?. Si
tanto has sido perdonado, ¿por qué no perdonas
tú? (Pausa para reflexionar)
Hombre:
Señor, enséñanos que el amor es más
grande y más limpio cuando sabe perdonar. Ayúdanos
a abrirnos al perdón, para que nuestro amor sea un
auténtico reflejo de tu amor. Enséñanos,
Señor, a perdonar; porque muchas veces los que nos
injurian, los que nos hacen mal, no saben lo que hacen.
Todos:
Enséñanos, Jesús, a perdonar.
Enséñanos a pedir perdón
Narrador:
Sobre la cruz estaba un letrero que decía: Jesús
Nazareno Rey de los Judíos. Estaban crucificados con
Él dos ladrones;
uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban le
insultaban: "Tú que destruyes el templo y lo levantas en
tres días, baja de tu cruz y creeremos en ti". Los
sacerdotes y jefes se burlaban de El y decían:
"Salvó a otros y a sí mismo no se puede salvar. Que
baje de la cruz y creeremos en Él".
Uno de los malhechores crucificados con él,
insultándolo también, le dijo: "¿Así
que tú eres el Cristo? Entonces sálvate tú y
sálvanos a nosotros".
Pero el otro crucificado le respondió diciéndole:
"¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo
suplicio, temes a Dios?. Nosotros lo tenemos merecido, por eso
pagamos nuestros crímenes, pero Él
¿qué mal ha hecho?" Y volviéndose a
Jesús le dijo: "Jesús, Señor,
acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino".
Jesús volvió la cabeza y la mirada bondadosa para
premiarlo.
Jesús: Te digo en verdad, que hoy mismo estarás
conmigo en el Paraíso.
Comentador: El dolor de Jesús, su destrucción, su
cuerpo llagado, su rostro malherido, su oración, su paz,
se hicieron mensaje de salvación para aquel ladrón
que hemos llamado Dimas. A la orilla de la vida, al borde de la
muerte aquel hombre había comprendido lo incomprensible
del amor y del perdón, al ver a aquel reo que muere junto
a él. Una luz le llena el
corazón y la mente. Se reconoce culpable de sus
crímenes, merecedor de aquel suplicio. Ante la inocencia
evidente de Jesús que perdona, su fe surge y descubre al
prometido por los profetas, al salvador de Israel. Tal vez
leyó el
letrero colocado sobre la cabeza de su compañero de
martirio "Jesús Nazareno, Rey de los judíos"; por
eso le pide sólo que le recuerde en su Reino. "Un
moribundo ve a Jesús moribundo y le pide la vida; un
crucificado ve a Jesús crucificado y le habla de su Reino.
Sus ojos no perciben sino cruces, pero la fe que le ha nacido
como una luz esplendorosa,
le permite ver un trono" (Bossuet).
Jesús ,mira el interior de aquel hombre y le responde con
una promesa y una gran misericordia. Da la última
esperanza a un hombre y le promete que compartirá su
gloria. Él, que anduvo con publicanos y pecadores
llamándolos a la conversión, Él, que
perdonó a la samaritana y a aquella adúltera, ahora
vuelve a probar su amor misericordioso, al aceptar la
profesión de fe, el cambio de corazón, la humildad
y valentía de aquel hombre que le pide un favor cuando
todo mundo se burla de su poder y de
haberse llamado "Hijo de Dios". La voz sale de lo más
profundo del corazón de Cristo. Está canonizando a
un hombre: "Hoy estarás conmigo en el paraíso.
(Pausa para reflexionar)
Hombre:
Jesús, tus palabras se hacen promesa y esperanza. Cuando
nos sintamos infelices, haz Señor que veamos cómo
nuestra vida tiene una última meta. Cuando en lo profundo
de nuestro interior el sufrimiento resquebraje el alma, cuando
nuestra maldad nos llene de vergüenza, haz Señor, que
confiemos en tu palabra y que, con fe, te descubramos aún
en medio de la miseria. Que sepamos que el amor del Padre es
más grande que nuestro pecado y que su misericordia es
capaz de purificarnos y de compartirnos su gloria
Perdóname Señor, el no haber sabido llegar a ti con
una esperanza firme, y una fe inquebrantable confiado en tu
misericordia.
Todos:
Perdónanos, Señor, si no hemos tenido fe para
descubrirte aún en medio de lo más negro de
nuestras amarguras. Perdónanos si no hemos confiado
suficientemente en tu misericordia.
Narrador:
Junto a la cruz de Jesús, estaban varias mujeres;
María, su madre, estaba de pié, estaba otra
María, esposa de Cleofás, y María Magdalena,
y uno de sus discípulos llamado Juan. Viéndolos,
Jesús dijo a su Madre:
Jesús:
Mujer, ahí
tienes a tu hijo.
Narrador:
Luego dijo a Juan:
Jesús:
Ahí tienes a tu Madre.
Comentador: Era un testamento de amor firmado con sangre, como si
les dijera: cuídalo como a tu hijo; ámala, porque
es tu Madre. Cristo confía a su Madre a su
discípulo más querido. Lo da todo. Incluso lo que
más ha amado. (Pausa para reflexionar)
Hombre: Gracias, Señor, por la madre que nos diste a
todos. Gracias, Madre, por el Hijo que nos diste para salvarnos.
Feliz tú que has creído, porque todo lo que se te
ha dicho de parte de Dios se cumplirá.
Todos: Acéptanos, Señora, como a hijos.
Recíbenos en tu regazo de Madre.
Narrador:
Poco a poco extrañas tinieblas fueron cubriendo el Monte
Calvario; una sensación extraña de temor y silencio
sobrecogía a todos. Jesús mismo debió
sentirse solo y de pronto gritó.
Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?
Comentador:
Jesús se siente abandonado por el Padre Celestial con el
que es una sola cosa.
Para unirse a nosotros también en la forma de soledad y de
abandono, penetra hasta lo más profundo de la tristeza del
hombre.
Desde entonces Dios ha querido compartir el dolor más
cruel del mundo que es la soledad.. Desde entonces no estamos
solos en nuestro dolor, pues el Padre comparte todo el dolor del
mundo en ese dolor de su Hijo Jesucristo, de su hijo el hombre
que somos todos nosotros. Así, en la cruz, Jesús el
Hijo amado, tomó partido: El partido de quien está
solo y abandonado. Su experiencia es experiencia de Dios que
penetra hasta lo más profundo de la tristeza del hombre.
La muerte de Jesús no es ciertamente su muerte
trágica, sino la incomprensión de que se vio
rodeado: desde antes de la cruz, los apóstoles no
comprendieron bien quien era El, así dieron muerte al Hijo
de Dios; sus mismos enemigos que le llevaron a la muerte, tampoco
supieron por qué lo perseguían; y sus mejores
amigos se quedaron dormidos a la hora de su agonía y
huyeron cuando más necesitaba la prueba de amistad. Hoy,
veinte siglos después los que nos decimos creyentes, no
procedemos con coherencia, cuando huimos de la reflexión y
el silencio que nos pide el encuentro con Cristo, y nos
refugiamos en una playa o en un centro de diversión.
Desde aquellos hechos, estamos seguros de que solamente en la
soledad se acrecienta el alma, que sólo en ella se puede
oír la voz de Dios y sentir cercana su presencia. (Pausa
para reflexionar)
Hombre:
Yo también muchas veces me he quedado solo, por eso
entiendo que tu grito es mi grito en las horas de angustia y
desesperación. Apenas me atrevo a repetir tus palabras:
Son tuyas, inmensamente tuyas; te han servido para expresar tu
enorme soledad. Yo también me he sentido abandonado,
deprimido, decepcionado.
Déjame, Señor, aprender tus caminos cuando me
aplaste la noche del silencio en mi soledad interior.
Todos:
Por la angustia de tu soledad, Jesús,
enséñanos a confiar siempre en nuestro Padre Dios.
Cuando estemos solos, tiéndenos tu mano, Señor
Narrador:
Se acercaba la hora sexta, habían pasado largos minutos de
silencio, se oía hasta el viento, cuando Jesús
habló nuevamente con voz entrecortada.
Jesús:
Tengo sed.
Narrador:
Un soldado corrió a empapar de vinagre la esponja con que
limpiaba sus manos de sangre. La puso en una caña y se la
acercó a los labios. Jesús probó el vinagre
y no bebió.
Hombre:
Nos pedías ayuda, en la cruz de todos los sedientos.
Enséñanos que podemos y debemos ayudarte al menos
con un sorbo de agua.
Enséñanos que no es suficiente llevar en el alma el
deseo de ayudar a los necesitados, sino que hemos de ayudarles
con todas nuestras posibilidades. Enséñanos que
estar cerca de Dios es estar cerca de los hermanos.
Todos: Enséñanos a mirarte en los sedientos.
Enséñanos a dar agua de
nuestros bienes, de
nuestras alegrías, de nuestro afecto y de nuestra vida, a
quienes sedientos de amor y de ternura, de conocimientos y de
valoración, van junto a nosotros pidiéndonos ayuda,
escucha, comprensión...
Narrador:
Claramente se veía el fin. No podía más.
Apenas se oía su voz jadeante. Ya no quedaba nada de
El.
Jesús:
Todo está cumplido.
Comentarista: Todo, desde el nacer de una Virgen hasta el
realizar la redención en una cruz, todo lo ha cumplido
Jesucristo. Ha perdonado, ha entregado como don a su Madre, ha
dado la esperanza a los hombres. Ahora ha llegado el fin.
Hombre:
Jesús, yo quiero cumplir mi tarea y llegar al final como
tú.
Quiero terminar diciendo: Todo lo he cumplido.
Todos: Señor, enséñanos a descubrir el
camino que trazaste para nuestra vida. Enséñanos a
cumplir tus planes de amor y de servicio. Enséñanos
a concluir nuestra vida con la seguridad de que
hemos cumplido tu voluntad.
Narrador:
Hacia las tres de la tarde, Jesús levantó de nuevo
la voz.
Jesús:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Narrador:
Y dando un grito, expiró.
-Todos en silencio recordamos la muerte del señor-
Comentarista: Desde entonces, allí donde se da un
perdón, donde se da una esperanza a los hombres, donde
alguien se da a sí mismo para hacer feliz a otro, donde
alguno se siente totalmente abandonado, donde alguien se
confía a la misericordia de los amigos, donde un hombre
soporta la soledad de su destino y, finalmente, allí donde
alguien se aventura a entregar su vida para lograr el amor,
allí está presente Cristo. Esa es la manera de
morir: Jesús se entrega en manos del Padre, para
enseñarnos cuál es la manera de ir definitivamente
a El. En el momento supremo de su muerte en la cruz, Jesús
culmina su vida de confianza filial y le entrega su
espíritu.
Hombre:
Cuando todo estuvo consumado, cuando tú lo decidiste,
inclinaste la cabeza y entregaste al Padre tu espíritu en
la
plegaria desgarradora de tu último grito.
Y quedaste muerto entre nuestros muertos; entre nuestros muertos
que te confesaron y entre los que te negaron; entre los que
hoy te confiesan con los labios y tienen el alma muerta, entre
los que te niegan desde la cruz con el alma herida.
Por todos ellos y por mí, por todos, Jesús muerto,
¡Perdón!
Todos:
¡Perdónanos, Jesús,
Perdónanos!
Narrador:
Había caído la tarde, y como era víspera de
sábado, tenían que bajarle de la cruz, pues los
judíos no querían que quedaran ahí los
cuerpos para el día siguiente. José, un miembro del
Consejo Supremo, natural de Arimatea, era un hombre justo.
Conocía a Jesús, escuchó sus palabras,
creyó en El. No estuvo de acuerdo en que se le condenara;
pero tampoco pudo evitarlo. Caifás, el Sumo Sacerdote,
ganó la propuesta: "Es necesario que muera un hombre para
que el pueblo se salve".
Al mirar al Maestro, muerto ya, tuvo la valentía de pedir
a Pilato el cuerpo de Jesús. Pilato dudó que
hubiera muerto tan pronto y ordenó que se quebraran las
piernas a los reos para que se desangraran colgados.
El verdugo lo hizo; quebró las piernas de los dos
ladrones, pero Jesús ya estaba muerto. Y no le quebraron
las piernas, sino que le abrieron el costado de una lanzada y al
instante salió sangre y agua.
Desde ese momento el centurión confesó:
"Verdaderamente este es el Hijo de Dios".
José tomó el cuerpo y lo llevó al
sepulcro.
Nicodemo era otro miembro del Consejo, conoció a
Jesús. Con cautela fue analizando su doctrina, lo que
oía de su predicación. Le escuchó varias
veces y de lejos. La primera vez que lo visitó fue una
noche. Tenía miedo de que lo reconocieran. La
conversación fue muy precisa. Le dijo que el que no renace
no puede entrar en el Reino de Dios. Re-nacer volver a nacer.
Iniciar una nueva vida por el bautismo, en el agua y en
el Espíritu.
Pero cómo conseguir este renacer, este nacer de nuevo,
este nacer cada día haciendo presente su
espíritu.
Pensamientos y recuerdos se aglomeraban en sus mentes mientras lo
bajaban de la cruz , mientras le ungían con la mirra
perfumada que llevaron para embalsamarle.
Perfumaron los lienzos con que lo cubrieron, lo pusieron en
brazos de su madre para que le hiciera la última caricia y
le diera el beso postrero. Luego lo llevaron un sepulcro
nuevo.
Comentador:
Fueron los amigos ocultos de la vida, los escasos amigos de la
última hora. José y Nicodemo, son el tributo de la
amistad junto a la cruz de Jesús en el Calvario.
Ellos fueron testigos también de aquel dolor de
María, que recibe al Hijo muerto, lo estrecha en su regazo
como cuando era niño, mientras en su corazón
seguían las lágrimas y los recuerdos.
¿Quién no ha sido testigo del dolor de una Madre
junto al hijo muerto? (Pausa para reflexionar)
Hombre:
Reconócelo, Madre te lo hemos traído.
Lo hemos descolgado del madero. Se ha dormido, Madre, y no
sabemos qué hacer con El. Recíbelo en tus brazos.
Tú eres la única que sabes cómo se despierta
a Dios, porque lo despertaste de niño. Despiértalo
Madre como cuando era niño.
Despiértalo Madre, y perdónanos que lo hayamos
dormido en su dolor y en su sangre.
Perdónanos Jesús, Perdónanos Madre por todos
los dolores de las madres que lloran a sus hijos muertos; porque
seguimos matando con la injusticia, con la inmoralidad, con el
vicio, y con la miseria.
Perdónanos por nuestros niños
que caminan, muerta la inocencia, mugrosos y con hambre.
Perdónanos, por los grandes que se matan con injurias,
traiciones, presiones, sangre y guerra.
Todos:
Perdónanos, Jesús, por el dolor de tu madre.
Perdónanos, María, por todas esas lágrimas
que la injusticia arranca y que han vertido en el mundo todas las
madres.
Perdónanos Jesús y perdónanos
Madre.
Narrador:
Había un huerto cerca del Calvario y en el huerto un
sepulcro nuevo donde nadie había sido sepultado.
En una sábana envolvieron a Jesús, después
de perfumarlo, y lo pusieron en el sepulcro, que estaba cavado en
una roca; Entonces las mujeres que habían venido de
Galilea con Jesús y habían seguido a José y
a Nicodemo, se fijaron cómo ponían el cuerpo y
ayudaron a colocarlo.
Apresuradamente cerraron el sepulcro con una enorme piedra. Y
volvieron todos con el corazón deshecho, con la tristeza
inmensa, con cansancio y con miedo.
Había muerto Jesús. Muchos esperaban que El
sería el Salvador, el Redentor, el que habría de
conducir a la victoria, a la felicidad, a la paz. Lo enterraron
presurosos y decepcionados, recordando los milagros y
añorando sus palabras; luego, volvieron a la Ciudad.
Comentarista: Decepción y prisa. Prisa por terminar, por
quitar de enfrente todo lo que puede apretar la conciencia. De
prisa se quita todo rastro de sacrificio, porque molesta en el
alma. De prisa, eludimos la conversación sobre el tema que
no nos conviene, de prisa, ocultamos lo que nos humilla, de
prisa, quitamos de enfrente al que nos pide ayuda.
¡De prisa pasamos por la vida regateando el amor y muriendo
en el egoísmo! De prisa y decepcionados. Decepcionados
porque las cosas no salieron como queríamos. Porque la
vida nos trata mal, porque pedimos a Dios y no nos oye, porque
nos fallaron los amigos, el trabajo,
los curas. De prisa y decepcionados, se pone punto final a muchos
trabajos apostólicos, a muchos esfuerzos cívicos, a
muchas iniciativas sociales, a muchos hogares esperanzados.
¿Cuántos vamos por la vida decepcionados? (Pausa
para reflexionar)
Narrador:
Sólo María, la Madre, sufriendo sin medida, callada
y dolorosa, volvía a la ciudad con gran esperanza:
Resucitará!.
Hombre:
Señor, déjame reconocer los sepulcros que yo he
cavado para aquéllos que voy sepultando en vida, a los que
he traicionado, vendido y encarcelado. Déjame ver a
tiempo el
sepulcro que abro a la amistad que se rompe, al noviazgo que se
mancha, al amor conyugal que se destruye, a la familia que
se desune y a la patria que se oprime.
Perdónanos si estamos ya decepcionados y no tenemos otra
cosa que amargarnos, porque no esperamos ni queremos ya
luchar.
Perdona nuestro cansancio y desaliento.
Perdónanos y ven Señor a iluminar nuestras
tinieblas. Con tu luz y con tu amor alumbra nuestras
desesperanzas.
Todos:
Ven, Señor Jesús, a llenarnos de
esperanza.
Yo soy Jesús, Hijo de Dios, hijo de
María.
El hijo del carpintero.
El hijo del Hombre.
Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas,
soy el camino, la verdad y la vida.
Yo soy el buen pastor y doy mi vida por mis ovejas.
Yo soy, la puerta, el que entra por mí está a
salvo.
Yo soy el pan del cielo.
El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en
El, por eso tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el
último día.
Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en
mí, no perecerá; aunque muera, vivirá.
Yo soy el principio y el fin, el primero y el último, el
que es, el que era, el que será.
Yo soy el que vive, estuve muerto, pero resucité, y ahora
estoy vivo por los siglos de los siglos. (Pausa para
reflexionar)
Compromiso De Fe
Todos:Jesús, puesto que nos has enseñado que Dios
es nuestro Padre, queremos vivir como sus hijos, haciendo cada
día su
voluntad de amarnos y ayudarnos como hermanos, usando los bienes
de la tierra para provecho de todos.
Queremos ser tus amigos, tus hermanos y seguir tu ejemplo en
nuestra vida. Queremos servirte en todos los necesitados
y oprimidos, ya que al nacer de la Virgen María, quisiste
vivir como nosotros, en nosotros, y ponerte a nuestro alcance, en
el
cuerpo y las necesidades de todos ellos.
Porque aceptaste morir en la cruz por amor nuestro y fuiste
condenado, injustamente, como un hereje agitador y subversivo,
queremos luchar contra el pecado, el egoísmo, las
injusticias, la mentira y la falsedad, y hasta queremos perdonar
a nuestros enemigos.
Queremos colaborar para reconstruir un mundo a tu servicio, ya
que al resucitar, nos haces libres y capaces de tener parte en tu
resurrección.
Queremos hacer caso al Espíritu Santo que tú nos
participas, que nos anima a dedicarnos al verdadero amor, que nos
da los sacramentos y nos une en comunidad al
Papa, a nuestro Obispo, a los Sacerdotes y a todos los
cristianos, para que podamos entender y vivir las Escrituras.
Porque en tu resurrección, el Dios que resucita a los
muertos te ha recibido en su regazo creador de Padre,
haciéndote renacer, así, como Señor de la
vida, nosotros queremos ser contigo defensores de la vida.
Porque nos has participado tu vida, estamos unidos al mismo Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por esta unión con la
Trinidad, viviendo unidos en el trabajo, la
oración y la vida, por el parentesco, el matrimonio, la
familia, el compañerismo y la amistad, podremos alcanzar
la felicidad perfecta al llegar a la casa del cielo y resucitar
también nosotros. AMEN.
Viernes Santo. Templo del Calvario. Toluca.
Autor:
Página anterior | ![]() Volver al principio del trabajo | Página siguiente ![]() |
Trabajos relacionados
Ver mas trabajos de Religion |
|
Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.
Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.
Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com
|
|