INMIGRACION Y LITERATURA: EL VIAJE

  1. La partida
  2. Un viaje penoso
  3. En el puerto
  4. Notas

En este trabajo reconstruyo, a partir de textos de escritores y periodistas argentinos, la travesía que hacían los inmigrantes desde sus países de origen, entre 1870 y 1950, hasta el puerto de Buenos Aires. Aunque las condiciones no fueron las mismas a lo largo de tantos años, ni en las diferentes clases sociales; preferí presentarlas juntas en un solo viaje.

El tema del viaje es un tópico reiterado en la literatura universal. El escritor y periodista Rubén Benítez, autor de la novela de inmigración La pradera de los asfódelos, nos dijo en un reportaje: "Ulises es tal vez literariamente el primer emigrante que sueña con el regreso a su entrañable tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe". Al igual que el griego, "el inmigrante europeo también partió y cayó en las mismas redes. El viaje o "nostos" griego, enlaza con la nostalgia, el dolor del regreso".

En las páginas que leímos, encontramos la evocación de la travesía vista, no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.

Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería -afirman algunos escritores-, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar. La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí.

Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: "Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que las trampas arañan".

En El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de que "Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío". A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: "Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al sol".

Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto (1), soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y desde donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las colonias en las que quizás encuentren a algún ser querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas que leímos.

La partida

En El Cardedal, un pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la partida del abuelo de la periodista: "Un día de 1912, cincuenta y siete hombres se fueron para América. Yo tenía cinco años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo".

Otro periodista, esta vez en la calle principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: "un chico de doce años yéndose para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico".

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato evoca la partida desde la tierra de origen: " ‘Addio patre e matre,/ Addio sorelli e fratelli’ Palabras que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba por las costas de Reggio o de Paola, y en el que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos del alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños, a través de los mares y de los años".

También evoca ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema "Madre Patria", imaginando el sentimiento de su tierra: "Tú clamabas por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica partida".

Algún gallego tendría en su mente los versos de Rosalía de Castro, la poeta que escribió: "¡Van a deixala patria!.../ Forzoso, mais supremo sacrificio./ A miseria está negra en torno deles,/ ¡ai!, i adiante está o abismo!...".

A los inmigrantes "de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet en Clarín. El dolor no era poco pero el equipaje que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar un amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba" (2).

Roberto Cossa, en El Sur y después, imagina el sentimiento de quienes van a tentar suerte en otra tierra: "Allá murió la infancia/ una caricia, una canción/ una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul/. Es un vaso de vino, es un trozo de pan".

Aunque el inmigrante se esfuerce por sobreponerse, "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida" dice una nota publicada en el ABC de Madrid, reproducida por La Prensa.

Un viaje penoso

En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los inmigrantes realizaban el viaje hacia América: "El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos".

En su libro Los armenios en Buenos Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa: "Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no se correspondían con las descripciones de los folletos de propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada pasajero tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo así como al control médico".

"El primer recuerdo que me aparece es el viaje", dice la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, novela de María Angélica Scotti que mereció el premio Emecé 1995/6. "En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita", porque "apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme".

Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela "con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)". Sin una madre que lo proteja, solo, viaja a los diez años, el padre del poeta González Carbalho. De su profunda pena dará testimonio el hijo en su lírica.

Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Sergio Pujol lo demuestra en un párrafo de su libro La historia del baile. De la milonga a la disco: "Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco".

A pesar de la tristeza, "La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo". Hacía música el galleguito de González Carbalho: "la armónica en los labios/ hice todo el viaje". En el océano, "cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque", aprendió el italiano del tango "La Violeta", de Nicolás Olivari, la "canzoneta de pago lejano" que cantaba en la taberna.

Alberto Luis Ponzo expresa en "Dibujos de papá": "Seguí durante horas/ la cabeza/ que viajaba desde Italia/ dejando olas y vientos/ navegando en la piel". Ema Wolf afirma que no sólo venían personas en los barcos. Venían también extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia: "Con toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá traído algún inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo tan fastidioso como el Mamucca".

También los aspectos desagradables de la travesía son evocados por Scotti: "Había en ese barco, a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón. (...) Dicen que el aire de mar a unos les provoca náuseas y a otros unas peculiares ansias. Padrazo contaba que a él el viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los trópicos,".

En esas condiciones, era fácil que se propagaran las enfermedades. Eso es lo que cuenta Syria Poletti en Gente conmigo: "El llegó primero; trabajó duro y construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco. Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante la travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó de regreso a Italia". La narradora sabe bien por qué sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: "Ella había contraído el tracoma por viajar junto a algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien –un médico o un traductor- habría posibilitado el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico".

A las enfermedades a bordo se refiere Claudio Savoia, quien afirma que la "fiebre inmigratoria" de 1907 fue bautizada así por los historiadores porque casi todos los pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre".

Como la italiana que evoca Poletti, aunque por otro motivo, a Italia vuelve también el protagonista del relato "Guido" de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia 4144.

El viaje era insalubre y riesgoso. En el cuento de Luis León "Chacarita, Vísperas de Pésaj", un judío sefaradí que viene desde Esmirna recuerda con pesar esos "cuarenta días en el vapor" que "no fueron menos que cuarenta años en el desierto". Interminable debe haber sido el viaje para la alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó a la adolescente: "Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado".

A Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: "En medio de la noche los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene del camarote vecino o de otro que está más allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener más miedo que él, que quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba con América, duerme, ya pasará".

En el puerto

"Mole de mundo,/ cargado de niñez, hombres y tumbos,/ arribaste", canta Carolina de Grinbaum en "Llegaste". Por fin, se avista la tierra americana.

"Desde el vapor hasta la costa –relata el pionero holandés Diego Zijlstra, en Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí...".

.....Jorge Isaac evoca, en Una ciudad junto al río, el momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra: "Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de equivocarnos". Seguidamente, describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo.

En La rejión del trigo, Estanislao Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: "Mirad al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter, el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer".

La protagonista de Virgen, novela de Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta, aún anciana "podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada".

Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en "Al bajar del barco", donde escribe: "Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes".

En La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista, junto con otros pasajeros: "Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!".

Otro escritor alude a esa práctica: "De aquella antigua inmigración que inspiró al dramaturgo Vaccarezza, a la que desinfectaban con los chorros de fumigadores de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se come con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes –nosotros-, bruscamente sobresaltados", afirma Orlando Barone en La Nación.

Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán croata Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había "un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne".

La ciudad que recibe al inmigrante es aquella que evoca Baldomero Fernández Moreno, en La patria desconocida.: "La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre".

Oscar González, en "La anunciación", brinda otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer italiana, quien "desembarcó asombrada un día cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras".

Décadas después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas especiales nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su hijo: "¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania". Lo narra Abel Posse en El viajero de Agartha, novela que obtuvo el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México.

.....

Así viajaban los inmigrantes hacia la "tierra de promisión". Tristeza, incertidumbre, enfermedades, incomodidades, los acompañaban, pero también la esperanza de que en la Argentina encontrarían paz, libertad y bienestar.

Notas

(1) En marzo de 2001 se abrió en el Palais de Glace la muestra "El tesoro de la memoria", ambientada como un buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación de la misma: "Guillermo D’Aiello, el curador, la presentó como si fuese un barco cuyos ocupantes reciben un ‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el Corriere de la Sera".

(2) Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas por Claudio Savoia para Clarín- recuerdan que "Cuando la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles habían despertado su propia historia".

 

 

 

 

Lic. María González Rouco

mgonzalezrouco[arroba]yahoo.com.ar

 


Comentarios


Trabajos relacionados

  • Arqueología

    Identidad. La construcción del pasado. Interfase. Si nos atenemos estrictamente a la etimología, la arqueología (gr. ar...

  • Antropología

    El debate posmoderno, como modo de pensar. La mundialización-globalización, como contexto. Latinoamérica, como lugar de ...

  • El hotel de inmigrantes

    Monumento Histórico. Un proyecto valioso. Testimonios literarios. Periodismo y otras fuentes. En este trabajo me refier...

Ver mas trabajos de Antropologia

 

Nota al lector: es posible que esta página no contenga todos los componentes del trabajo original (pies de página, avanzadas formulas matemáticas, esquemas o tablas complejas, etc.). Recuerde que para ver el trabajo en su versión original completa, puede descargarlo desde el menú superior.


Todos los documentos disponibles en este sitio expresan los puntos de vista de sus respectivos autores y no de Monografias.com. El objetivo de Monografias.com es poner el conocimiento a disposición de toda su comunidad. Queda bajo la responsabilidad de cada lector el eventual uso que se le de a esta información. Asimismo, es obligatoria la cita del autor del contenido y de Monografias.com como fuentes de información.

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda