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"Mini manual de falacias argentinas"

Enviado por robertohalvarez



  1. A manera de prólogo
  2. ¡No le va a dar el cuero!
  3. Argentina potencia
  4. Los argentinos somos derechos y humanos
  5. El que apueste al dólar, pierde
  6. Estamos ganando
  7. Con la democracia se come, se cura, se educa...
  8. 30.000
  9. La casa esta en orden
  10. Solamente en este pais
  11. Voy a ser el medico...
  12. Hay que cambiar el modelo
  13. Que sea lo que dios quiera

 

A MANERA DE PRÓLOGO

Al borde del medio siglo de edad un argentino medio puede descubrir que ha vivido tanto en este emocionante país, que probablemente equivalga a más de una vida en algún aburrido paraje europeo. Que esta bendita república es apasionante no es solamente un sentimiento subjetivo. Lo es también el de muchos compatriotas que emigran hoy detrás de un futuro mejor hacia diversos lugares incluidos, aquellos que a la sazón se encuentran inmersos en una escalada de violencia mayúscula.

Este marco temporal le habrá permitido conocer gobiernos de toda laya, a saber:

  • Ilegítimos de acceso, pero legítimos de fines.
  • Legítimos de acceso, pero ineptos de ejercicio.
  • Ilegítimos de acceso, ineptos de ejercicio y carecientes de fines (o más bien, de fines patéticos).
  • Legítimos de acceso, ineptos de ejercicio y fines concebidos luego de abandonar el poder.
  • Legítimos de acceso, improvisados de ejercicio, renuentes a dejar el poder y en eterno retorno.
  • Legítimos de acceso, siesteros de ejercicio y con ruidoso y cacerolesco fin.
  • Improvisados de acceso, imprevisibles y contradictorios de ejercicio y fines aún en elaboración.

La lista puede ser interminable habida cuenta de que el color partidario individual puede adjetivarlos como a cada uno se le antoje.

Ese supuesto argentino medio habrá leído de joven los diarios El Mundo, La Prensa, La Razón (la 5º vespertina que no se regalaba como ahora), La Nación y Clarín. También aquellas colecciones inolvidables como Billiken, Robin Hood y, más tardíamente, Irídium. Demás está decir que la televisión era en blanco y negro y que recién empezaba al mediodía con los Tres Chiflados. Que el cable sólo llevaba electricidad y las computadoras ocupaban toda una habitación sólo para hacer las operaciones más elementales. El "jueguito" era con la pelota y "programa" era salir con una chica. La compañera del domingo era la Spica (en cueros) y la voz de José María Muñoz relataba cómo River salía segundo otra vez. A esta altura hay que rendir un sentido homenaje a Fontanarrosa que en paz descanse (aunque esté vivo ya que está en todo su derecho a descansar) porque escribe de estas cosas mucho mejor que yo.

Hablando de homenajes resulta también un deber intelectual reconocer en los trazos que siguen el sello impreso por "El Manual de zonceras argentinas" de Arturo Jauretche, "La Argentina como sentimiento" de Víctor Massuh y "El atroz encanto de ser argentino" de Marcos Aguinis. Sus pensamientos son de aplicación directa en las líneas de trama sociológica que se intenta describir. Hay otras deudas intelectuales menos directas pero se debería recurrir a la ayuda del FMI porque la lista sería interminable.

¿Por qué Jauretche, Massuh y Aguinis pueden participar, sólo en calidad de testigos de esta especie de asociación ilícita con forma de ensayo? Porque los tres se atrevieron en los ´60, ´80 y ´90 a realizar una crítica descarnada de nuestra manera de vernos y de interpretar la realidad que nos rodea. Dentro de tanta mediocridad en la que se escriben libros y guiones para la coyuntura y para aprovechar las cada vez más efímeras modas y campañas políticas, los autores citados analizaron nuestro comportamiento individual y colectivo, separando la paja del trigo y llamando a las cosas por su nombre. Conviene recordar también que Jauretche invita a sus lectores, mediante la inserción de hojas en blanco al final de la obra de referencia, a continuar con la identificación y explicación de las "zonceras" que han conducido y formado nuestra cultura.

¿Por qué lo de las falacias?. Porque las falacias son según la "Introducción a la lógica" de Irving Copi "razonamientos incorrectos que parecen correctos y son psicológicamente persuasivos". Cuando se los analiza cuidadosamente se descubre el engaño. Si bien no hay ninguna clasificación universalmente aceptada, podemos decir a grandes rasgos que se dividen en formales y en no formales. Las "formales" constituyen una parte medular del estudio de la lógica proposicional, ya que su constitución rígidamente moldeada durante la Edad Media permite un encaminamiento gradual para su comprensión. En cambio las "no formales" son más difíciles de estructurar y mucho más arduo aún de detectar habida cuenta de su diseminación en el lenguaje cotidiano. Ellas apelan a la fuerza, a la ofensa, a las circunstancias, a la ignorancia, a la misericordia, a la demagogia, a la autoridad, al accidente, a la generalización, a los principios, a las causas falsas o a las conclusiones in atinentes. Otras veces a la ambigüedad, al equívoco, al énfasis, a la división (tomar la parte por el todo) o a la composición (tomar el todo por la parte). Como podrá apreciar el lector, desgraciadamente el lenguaje de algunos políticos y algunos periodistas ha hecho uso y abuso de estas herramientas.

Lo que sigue es pues una humilde colaboración que montada sobre el esquema de falacias intenta actualizar los hitos de nuestro eterno problema: no somos como creemos que somos y por eso nos va como nos va.

NI VENCEDORES NI VENCIDOS

Esta curiosa frase fue pronunciada luego de producida la Revolución Libertadora en septiembre de 1955. Curiosa en sí misma y notable por el contexto.

En sí misma, porque recuerda las críticas de Arturo Jauretche con aquello de que "La victoria no da derechos". ¿Es posible una contienda en la que ninguno gane? Más allá de un "tablas" en el ajedrez o un empate en el fútbol por mencionar sólo algunos deportes en los que la ausencia de vencedores no sea novedad, resulta paradójico que en una lucha fratricida a dos bandos y con fusilamientos y bombardeos incluidos, no existan vencedores ni vencidos. Vale recordar que el empate en los deportes es un resultado no querido de dos contendientes que desean ganar. ¿Acaso alguien, persona, grupo o facción, emprende la lucha armada arriesgando su vida para luego al acceder a la victoria exprese una generosidad digna de Gandhi? Si existiera probablemente ni siquiera hubiera emprendido tal guerra y hubiera empleado otros medios como lo hizo el gran pacifista indio.

Entiendo que no hay grupo de poder, y los antiperonistas del ´55 no eran la excepción, que al triunfar no ocupen todos los estamentos gubernamentales desplazando a los opositores. No los hay tampoco, así accedan al poder con o sin legitimidad, que no apliquen su propio programa de gobierno el que, necesariamente es otro, caso contrario no se hubiera producido el golpe o no hubieran ganado por el voto popular de gente que quería un cambio. En todos los casos se apeló a "la herencia recibida" como facilismo para descargar todo el inventario de males, reales o ficticios, que permitieran a la nueva gestión iniciar desde cero, como si recién llegaran a esta tierra en paracaídas sin ser arte o parte de los sucesos anteriores.

Es pues esta una paradoja obviamente irrealizable, una nueva expresión de ingenuos deseos o, simplemente, una maquiavélica maniobra de desinformación. Pruebas al canto, el ex presidente debió huir y se acuñó la frase "el tirano prófugo" por parte de aquellos que ni siquiera querían pronunciar su nombre. Confiscación de bienes, causas judiciales, tribunales de honor y privación del grado y uso del uniforme fueron algunos jalones de un vencido sin vencedores. Su partido estuvo proscrito durante dieciocho años (1955 – 1973) pero al regresar a la arena electoral, como un resorte comprimido que se expande, arrolló a la oposición con una fuerza incontenible un 11 de marzo. Cabe comentar para aquellos lectores jóvenes que el partido vencido fue árbitro en las elecciones de 1958 y 1963, que elevaron a la primera magistratura a Frondizi y a Illia.

Más modernamente, Alfonsín con el Proceso y Menem con Alfonsín demostraron que en democracia también hay vencedores y vencidos.

En definitiva y para no abrumar con detalles, que no es la idea de estas líneas, de la famosa frase no queda nada cuando es crudamente contrastada con los hechos de la realidad.

NO LE VA A DAR EL CUERO

"¡No le va a dar el cuero!" inauguró una serie de bravatas desatinadas en boca de altas jerarquías militares. A ella se sumarán luego otras de Arguindeguy ("Las urnas están bien guardadas") y Menéndez ("Pasarán sobre mi cadáver"), entre las de otros iluminados. Esta que se comenta pertenece al Lanusse presidente, en 1972.

Este general ya había estado detrás del poder con Onganía, y fue el mentor de Levingston en el sillón presidencial cuando decidió relevar a aquél al percibir que pretendía eternizarse en el gobierno. Persuadido Lanusse de la imposibilidad de mantener un gobierno ilegítimo, decidió realizar elecciones. Transcurría la época de las pre candidaturas, se debatía si Perón volvería a ser candidato y Lanusse empezó a poner trabas para que, efectivamente, no pudiese candidatearse. La obligación de residir en el país desde seis meses antes fue una de ellas. Luego inventó el ballotagge criollo, por si la elección se presentaba muy reñida. Finalmente, promocionó a un brigadier para el partido militar, el que filmó avisos televisivos con el cantito "el presidente joven", como atributo diferenciador del mismo Perón, de Balbín y de Allende.

Fue durante uno de los tantos discursos pre electorales que lanzó el famoso desafío desde la tribuna que le brindó el Colegio Militar. Y perdió. Y con él, perdimos todos. Perón volvió hacia noviembre de ese año, bajo una lluvia torrencial, protegido por el paraguas de un conspicuo líder sindical. Bendijo la fórmula Cámpora – Solano Lima, que popularmente se conoció como "Cámpora al gobierno, Perón al poder". Y se fue de nuevo.

La crónica periodística marca que en marzo de 1973 finalmente hubo elecciones, abriéndose nuevamente el juego político, y el peronismo arrasó. Que el día de la asunción la Plaza de Mayo y el Congreso fueron una hecatombe de enardecidos manifestantes de todas las ramas del peronismo, de ultra derecha a ultra izquierda, como sólo un grande y difuso movimiento podía cobijar.

Que Perón volvió otra vez en un avión atiborrado de oportunistas, ahora bajo una lluvia de balas, para asumir el gobierno por renuncia de su dentista porque los cincuenta días de Cámpora habían sido mucho menos gloriosos que los cien de Napoleón y las variadas y violentas corrientes internas de un partido que ya no contenía, hicieron eclosión provocando su renuncia. Que habiéndose hecho cargo de la presidencia los conflictos internos fueron sucediéndose entre las diferentes fracciones del peronismo en una lucha por espacios de poder que no reconocía límites. Que tuvo que echar de la Plaza a la "gloriosa JP", eufemismo por Montoneros (a los que llamó estúpidos e imberbes), ya que ahora era "un león herbívoro" y no alentaba más a las "formaciones especiales", que regresaron a la clandestinidad.

Y luego, la muerte del líder, el desgobierno de su viuda, y los decretos de aniquilamiento de la guerrilla que ahora nadie quiere recordar, y finalmente, marchita, comunicado y nuevo golpe.

Le dio el cuero para aceptar el convite. Había que ser muy vivo, y Lanusse no lo era, para desafiar a Perón y ganarle. Pero no le dio el cuero para venir y gobernar un país desbocado por las pasiones y la violencia. El mito se tuvo que hacer cargo de su destino y el Perón verdadero estuvo muy por debajo del Perón leyenda.

ARGENTINA POTENCIA

Es el nuestro un país en eterno proyecto. Siempre mirando hacia el pasado ("la deuda recibida") o hacia un futuro lejano y preñado de grandezas ("somos un país condenado al éxito"). Es un país de presente ausente aunque parezca un juego de palabras. Nuestro origen se remonta al tardío Virreinato del Río de la Plata, aquel nacido de una gobernación lejana, pobre y contrabandista en tiempos de los Augsburgo y que renació con los Borbones sólo por treinta y cuatro años. Ese es el lapso que separa su fundación en 1776 y el grito libertario de 1810. El mismo transcurrido entre Onganía y De la Rúa, para ponerlo en términos manejables para nuestra época. Venimos, de la periferia del Nuevo Mundo, si recordamos que las perlas de la corona eran los virreinatos de Nueva España y del Perú. Luego de dicho esto surge la primera conclusión: desde nuestro origen como nación el poder estaba en otro lado.

Posteriormente, los Estados Unidos se articulaban como país con la conquista (y compra) de su oeste; y Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia se disputaban el mundo en lo que se llamó la etapa del imperialismo. Nosotros en cambio nos desmembramos en luchas fratricidas que recién finalizaron hacia 1870, para recomenzar en 1890 por diferentes causas. Como segunda conclusión, durante el siglo XIX las potencias seguían en otro lado y se dedicaban a otra cosa. Sin pretender dar clases de historia, es bueno señalar que estos países tuvieron sus luchas intestinas y sus guerras exteriores pero, supieron manejarlas en sus alcances, derivaciones y secuelas, sin afectar sus intereses nacionales. Aquí fue una sucesión infinita en la que las consecuencias de una confrontación se convertían en causas de la siguiente, sin solución de continuidad.

Durante el siglo que apenas pasó surgió la actual potencia hegemónica, heredera de Gran Bretaña, la que pasó a un sobrio y próspero segundo plano. Las otras naciones citadas transitaron por las vicisitudes de dos guerras mundiales y sobrevivieron. Lejanas colonias como fuimos nosotros, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, se consolidaron como países con destino. Japón se repuso del genocidio y de una rendición incondicional, y España, que resurgió de una cruenta guerra civil, se modernizó. Corea es una realidad y China se asoma. ¿Y nosotros? Nosotros seguimos con las luchas internas y la puja de sectores, en la que se prefiere que todos pierdan antes de que alguno gane más que los demás. La dirigencia juega a la conspiración facciosa, y ha trasladado la lucha partidaria de comité al nivel de Estado, consagrando las internas abiertas como gran reforma política.

Como conclusión general. A lo largo y a lo ancho de la historia del mundo siempre hubo alguna potencia que ocupaba el centro de la escena. El imperio Meiji, el Carolingio o los Estados Unidos lo fueron y lo son. Y dejarán de serlo a menos que hayamos llegado al tan mentado fin de la Historia. Lo que no siempre se registra es que junto a la potencia principal coexistieron sociedades con excelentes desempeños. ¿No estaban los hititas cerca de los egipcios? ¿No progresó Holanda durante el apogeo de Gran Bretaña en el siglo XIX? Es decir, ser potencia es un sueño infantil cuando se arranca de tan atrás. Años después de esta frase, en los ´90, quisimos pasar del Tercer Mundo al primero. De terapia intensiva a las olimpíadas, sin escalas. Fue una etapa de crecimiento pero no de desarrollo, que es algo más profundo y durable. Argentina Potencia fue del Proceso y no funcionó. La del primer mundo fue de Menem y tampoco anduvo. ¿No será mejor perseguir fines más modestos, pero alcanzables? ¿Por qué aspirar a cóndor, cuando un pato vive bien? El pato que aspira a cóndor ¿no termina siendo un ganso? Sé que estarán pensando muchos que es de mediocres fijarse metas de segundo nivel. Pero habrá también otros que recordarán el viejo refrán que rezaba "lo ideal es enemigo de lo bueno". Pensemos en metas menores que se puedan alcanzar. Luego sigamos con otras y, después de cierto tiempo, veinte o treinta años, nos habremos desarrollado sin darnos cuenta. Lo anterior, períodos de empobrecimiento y de crecimiento alternados sólo trajeron amarguras y desigualdades. Gracias a esos espasmos tuvimos comidas rápidas y teléfonos celulares, pero en pocos kilómetros cuadrados convivían la villa y el country, Africa y Palm Beach. Tuvimos los pálidos reflejos del primer mundo, como sombras en la caverna de Platón.

Propongo que en vez de "Argentina Potencia" acuñemos la frase y nos propongamos como meta: "Argentina Decencia". Tal vez a través de la decencia pública y privada, lleguemos a ser potencia algún día.

LOS ARGENTINOS SOMOS DERECHOS Y HUMANOS

Es lindo verse bien en el espejo. Frecuentemente ponemos nuestro mejor perfil. De la misma manera, cuando decimos que somos derechos y humanos falseamos nuestra imagen. ¿Fuimos derechos y humanos cuando la Primera Junta fusiló a un ex virrey y héroe de las Invasiones Inglesas? ¿Lo fuimos durante las guerras civiles, a punta de lanza y degüello? Estos hechos, que parecen extraídos del pasado lejano y sin actualidad tienen continuidad con la realidad de las cárceles del pueblo, hoy olvidadas, y los centros clandestinos de los ’70. Cuando solo el quince por ciento de la recaudación destinada a paliar la pobreza y el hambre llega a la gente; cuando un legislador gana mensualmente lo que cien jubilados o con una corrupción sofocante no podemos considerarnos derechos y humanos.

No fuimos ni somos derechos y humanos. Hoy están en juego derechos humanos elementales como la alimentación, la educación, la salud y el abrigo. Una vez más la ceguera o la mala intención no permitió ver que se parcializaban políticamente los derechos humanos.

Dice una canción: "...en la subasta se llevaron todo...se repartieron hasta lo imposible...nos han robado hasta la primavera...", y no es una canción de protesta sino de folklore.

Podemos serlo de proponérnoslo, con una educación ciudadana elemental. Ser derecho y humano puede manifestarse respetando los semáforos en rojo, los límites de velocidad y frenando cuando se cruza un peatón. Es la vida del prójimo lo que está en juego.

Podemos serlo pagando los impuestos los contribuyentes y gastando bien los gobernantes. ¿Quién alguna vez no pidió o aceptó evadir el IVA? Gobernantes que piden para los pobres y reparten para los ricos, como modernos Robin Hood pero al revés. ¿Quién no ha escuchado que se venden los famosos planes Trabajar? De esta manera, tendrían remedios los hospitales, tizas las escuelas y nuestros hijos harían, al menos, dos comidas diarias.

La estadísticas y la realidad, que no siempre son lo mismo, indican que no somos derechos y humanos con quince millones de pobres, prostitución infantil, delincuentes sueltos y vecinos honestos tras las rejas de sus propias casas. El desarrollo humano verdadero no pasa por los shoppings, pasa por la satisfacción de las necesidades esenciales primero, y la promesa de un futuro mejor, después. Decía Hegel que sólo se pueden tener pensamientos abstractos si están satisfechas las necesidades básicas.

Esta consigna del Proceso está emparentada con otra de la democracia que se repite machaconamente para que se fije como una verdad: "los argentinos son solidarios". Gente que da mal los vueltos, pasa monedas falsas o dona "generosamente" polenta o fideos para los inundados, no puede ser tachada de solidaria. ¿Es posible que un pingüino lleno de petróleo despierte más compasión que un chico descalzo? Ser solidario no es dar lo que sobra sino compartir lo que se tiene, sea objetos, dinero o tiempo. Podríamos serlo con algún trabajo comunitario, o con una limosna mayor a la de aquellas monedas que nos molestan en los bolsillos.

Sé perfectamente que hay cientos de ciudadanos anónimos que son verdaderamente solidarios al emprender obras de caridad dignas de la Madre Teresa, pero quiero llamar la atención sobre los otros, verdaderos fariseos sociales que se compadecen de palabra pero cierran su corazón. Para progresar esos cientos tienen que ser miles.

No hay que llamarse a error. Hay que buscar la santidad, cualquiera sea la religión que se profese ya que Jehová, Dios y Alá son primos; pero como mínimo busquemos ser seres humanos decentes y preocupados por nuestros semejantes. Pensemos en el otro al obrar o al omitir. Considerar que hay prójimos puede ser un buen comienzo para llegar a ser como ya creemos que somos.

EL QUE APUESTE AL DÓLAR, PIERDE

La profecía de Adolfo Sigaut no solo no se cumplió sino que también hizo recordar al desafío dolarístico de Perón treinta años antes. La Argentina de hoy es un país dolarizado de igual manera que antes nuestros abuelos depositaban su confianza en el oro.

Cuando en la década del ´30 se abandonó el patrón oro y se creó el Banco Central se inauguró la inflación y se enterró la moneda en un mismo acto. El 1991 con la ley de convertibilidad se hizo lo contrario, es decir, se volvió a un esquema de respaldo monetario fuerte y el Banco Central redujo sus funciones a las de simple supervisión de las entidades financieras. Fue un mal defensor de la moneda y también un mal supervisor de las instituciones financieras.

Tanto con el oro antes como con el dólar después la gente siempre buscó una fuente de valor constante y ajena a los manejos de la dirigencia vernácula. Cabe recordar que la moneda cumple con las funciones, entre otras, de unidad de cuenta y común denominador de las transacciones (desterró a la sal y al trueque), y de acumulador de valor (es impensable depositar una vaca a interés). Para ambos casos la gente necesita una moneda estable que se convierta luego en un verdadero símbolo nacional, a la altura del escudo o de la bandera.

Cuando en estos nefastos días se habla de recuperar la política monetaria se enmascara la idea de emitir descontroladamente para tapar con papeles pintados los baches de un presupuesto con más gastos que ingresos. La cosa es tan clara que parece mentira que no nos avivemos de una vez por todas. Va de vuelta y en blanco y negro. Cuando hubo respaldo fuerte, en oro o en dólares, no hubo inflación. Cuando hubo independencia monetaria fuimos líderes mundiales en inflación, riesgo país y deuda externa.

La gente común, la famosa doña Rosa de Bernardo, compra dólares pesito a pesito porque su sentido común le indica que los gringos se visten ridículo y mascan chicle pero administran su país mucho mejor que nuestros doctores que hablan tan lindo, a este.

Miles de personas son capaces de pasar noches en vela y de hacer largas colas para conseguir cambiar sus pesos por la verde divisa. Es una ley de la economía que la gente se deshace y hace circular con mayor velocidad la mala moneda. La pésima administración nacional y provincial no ha hecho más que empeorar la cosa emitiendo bonos de todos los colores y nombres, en el plano local y en el internacional. Entre los lujos que nos dimos está también el de haber emitido dólares. Ese milagro se produjo al proliferar las colocaciones a plazo fijo y a tasas siderales en dicha moneda, sin un respaldo de riqueza, industrialización o exportaciones. Ese instrumento se llama moneda notarial o actuarial y todos los economistas lo saben. Esa situación sumada a la depresión provocó lo que un juez llamó a fines de 2001 el robo más grande de la historia: "el corralito".

Resulta harto evidente que hemos hecho las cosas tan mal que, así como tenemos los gobiernos que nos merecemos, de facto o de jure, tenemos la economía que nos merecemos. Todos nuestros records, dignos del Libro Guiness, han sido negativos y han servido para hacernos sobresalir ante el mundo como un país de adolescentes que sin la debida tutela paterna nos entregamos a los excesos más increíbles. Ahora estamos aconsejados por una dirigencia política populista al son de que "un poquito de inflación no hace mal", se olvidó que nos condujo a dos hiper. Con la ayuda de mucho empleo público improductivo y gran cantidad de ñoquis un Estado que se achicaba en funciones y responsabilidades crecía como carga pública, aumentando irresponsablemente la deuda externa. Finalmente tuvieron que ser las calificadoras de riesgo internacionales las que nos hicieron tomar conciencia de una realidad que la ceguera y el egoísmo de nuestros gobernantes no dejaba ver. La gente no es zonza. No lo es a tal punto que un ciudadano anónimo levantaba días pasados un cartel durante una manifestación, en el que rezaba: "no nos presten más plata".

Con este panorama, para el argentino medio el que apueste al dólar, gana.

ESTAMOS GANANDO

Justo cuando escribo estas líneas se están por cumplir veinte años de la invasión argentina a las Malvinas.

Mucho se ha escrito sobre el tema, libros, crónicas, testimonios, reportajes; y hay una cantidad de bibliografía editada que me releva de relatar hechos concretos. Con el afán de cimentar la democracia una coalición de fuerzas e intereses hizo especial hincapié en los errores cometidos por el gobierno militar en este tema. Ese gobierno podía haber cometido yerros varios en una multiplicidad de aspectos, pero uno de los peores fue justamente en su área específica. Un militar no tiene por qué saber de economía, si sabe mejor, pero ineludiblemente no puede ignorar de estrategia y de táctica. Años en funciones ajenas a las propias, al frente de gremios o canales de televisión habían hecho estragos entre las filas de los oficiales más veteranos.

Se ha discutido hasta el cansancio si las causas del conflicto fueron internas, propias de un gobierno que se caía y prefirió huir hacia delante; o por el contrario fueron unos patriotas que decidieron tomar el toro por las astas antes de que se cumpliera el siglo y medio de ocupación.

Pasadas ya dos décadas aún las pasiones siguen encendidas. Una pléyade de harapientos ex combatientes conscriptos pide limosna en los trenes, en tanto los que pertenecen a las FFAA luchan en el anonimato contra el exilio interno y externo.

En todo este fárrago nuestros jóvenes se debaten en el dilema de ¿cómo apoyar la reivindicación de la gesta sin por ello apoyar a quienes la llevaron a cabo? La política antimilitar emprendida con tesón convirtió a los militares, por derecho o por la fuerza, en socios de plomo. En estos mismos jóvenes provocó desolación y desconsuelo el desengaño producido por la mendaz campaña comunicacional del Proceso. El "estamos ganando" repetido hasta el mismísimo día final ocultó la miseria de una derrota anunciada. El "estamos ganando" provocó el apoyo de una ciudadanía criada bajo el lema de "las Malvinas son argentinas". Luego vino la desilusión y las esperanzas defraudadas.

A un 13 de junio alentado por el "estamos ganando" siguió un 14 de junio con soldados con cabezas gachas y parvas de fusiles a su lado, custodiados por orgullosos soldados británicos salidos de las películas de acción de los domingos a la tarde. Un general con el uniforme sucio y la cara marcada por el cansancio, el británico, le extendía su mano a otro de uniforme impecable y pelo engominado, el argentino. No fue el saludo de un soldado a otro. Fue el patético contraste entre militares de verdad y militares de desfile. Entre militares dedicados a la defensa de su nación y militares entregados a la política interna. Entre militares profesionales y militares amateurs. Esa imagen se fijó en las retinas de la gente que luego se enteró que los chocolates y las cartas que enviaba a sus soldados jamás llegaban.

Pero, como cualquier generalización, esta también esconde los casos individuales de heroísmo y sacrificio. Aquellos de gran valor bajo el fuego enemigo. Los barcos que se hundieron antes de rendir el pabellón. Los aviones que enfrentaron medios sofisticados provocando un daño sorprendente y desproporcionado. Los soldados que en el frío y la oscuridad defendieron cada centímetro y cada piedra frente a tropas mejor entrenadas y equipadas. Pocas situaciones provocan sentimientos tan encontrados como sucede con la guerra de Malvinas.

Se ha divulgado también la idea de "los chicos de la guerra" en alusión a los soldados conscriptos enviados a luchar. En este razonamiento subyacen varias ideas superpuestas. Que eran muy jóvenes, que fueron obligados a ir, que volvieron en el anonimato, que se murieron de hambre y frío, etc. A decir verdad, algunas cosas son ciertas, pero otras no y se cae nuevamente en la falacia de juzgar el todo por la parte. Veamos. Eran muy jóvenes. Jóvenes ma non tropo. A esa edad muchos de sus padres se habían casado. A esa edad se podía y se puede beber alcohol, manejar autos y ¡votar!. En Medio Oriente van a la guerra sin chistar. Sí, fueron obligados a ir. Fueron obligados a cumplir con una ley, la del servicio militar obligatorio. Desde cuando está mal cumplir con una ley. ¿Alguien pensó que los militares en actividad también debieron obediencia a alguna ley o reglamento a los que son tan afectos? ¿Qué hubiera pasado si alguno no quería ir al frente? Lo fusilaban. Sí, todos volvieron por la puerta de atrás, los chicos y los grandes; los jóvenes y los viejos; los reclutas y los generales. Y para todos estuvo mal. Sí, todos fueron mal equipados. Y también estuvo mal. La diferencia que se ha hecho entre unos y otros solo sirve para ahondar la brecha entre civiles (los conscriptos bajo bandera) y los militares de carrera, para que alguien gane a río revuelto. Tal vez ese fuera el fin de ayer y tal vez también lo sea el de hoy, en que la democracia temblequea. Se ha difundido una imagen de superiores cobardes viviendo cómodamente en la retaguardia, contrapuesta a la de sacrificados conscriptos semidesnudos y hambrientos luchando en el frente. Como en otros casos en que falta aún un riguroso y científico análisis histórico, en este la verdad transita por otros caminos. Baste como muestra que si se estudian las bajas sufridas del lado argentino se verá que la cantidad de oficiales y suboficiales muertos y heridos era inusualmente alta comparada con la de soldados hasta que el fortuito hundimiento del Belgrano puso los números en los valores normales.

Sobre la base de esa imagen distorsionada es que la legislación nacional, provincial y municipal se dedicó solamente a proteger a los soldados conscriptos dejando de lado a los demás, creando así ciudadanos de primera y de segunda cuando, frente al fuego del enemigo británico, estaban en un pie de igualdad.

Un país digno y orgulloso los hubiera tratado a todos como héroes. En cambio nosotros los consideramos víctimas y mártires. Otros países tuvieron soldados que perdieron guerras. ¿O los norteamericanos y franceses ganaron en Vietnam? ¿Los soviéticos triunfaron en Afganistán? ¿Cuántas veces se rindieron los italianos? La verdad es que conozco muy pocas o ninguna sociedad tan antropofágica como la nuestra. En un país decente, un presidente que eludió ir a una guerra cuando tenía veinte años, lo esconde porque es una mancha imperdonable, igual de obstruir una investigación judicial o hacer el amor con una pasante en un despacho ovalado.

¿La guerra fue un error? ¿Quién lo sabe? Sin duda alguna fue la gota que derramó el vaso y causa directa para que el gobierno militar, que agonizaba, pereciera definitivamente y de que los kelpers dejaran de serlo. En las islas debiera haber un monumento a Galtieri (y en Buenos Aires uno de la Tatcher, madre de nuestra democracia), como promotor del ingreso de los isleños a la comunidad británica. Sin duda también revalidamos la patente de impredecibles. ¿Cómo fue que pasamos de aliados con Estados Unidos en Nicaragua a enemigos en Malvinas? Una política exterior no solo errática sino más bien histérica lo pudo conseguir. Es prudente señalar que ella no es patrimonio exclusivo de los militares. ¿No fueron los radicales en los ´80 los que firmaron los contratos pesqueros con los países de la órbita soviética? ¿No le hicieron también préstamos a Cuba para luego votar en contra en la ONU? ¿No fueron los peronistas los que en los ´70 trajeron a Dorticos y Allende, y en los ´90 mandaron buques a la Guerra del Golfo?

No cabe la menor duda que en política exterior hemos sido incoherentes, sin rumbo y sin intereses nacionales claros. Luego, tal vez el camino para que las Malvinas vuelvan a ser argentinas y los recalcitrantes isleños presten su apoyo de una vez sea el siguiente:

  1. Profesemos nuestra fe democrática con la alternancia civilizada entre partidos que propendan a la creación de riqueza, unos, y a su distribución, los otros.
  2. Adhiramos a la economía de mercado sin tener por ello un Estado ausente en aquellas áreas que le son de competencia indelegable.
  3. Tengamos verdadero respeto por los DDHH de toda la sociedad, castigando el delito en todas sus formas y protegiendo a los débiles y a los desamparados.
  4. Tengamos una libertad de prensa irrestricta con verdadera independencia de los otros factores de poder.
  5. Apoyemos la salud, la educación, y la seguridad para que se produzca en la población un genuino desarrollo humano.
  6. Tengamos una justicia autónoma que castigue, y rápido, al culpable y absuelva al inocente sin importar su origen o posición.

Si logramos todo esto, los testarudos kelpers nos van a rogar anexarse a la Argentina.

CON LA DEMOCRACIA SE COME, SE CURA, SE EDUCA...

Pocas Veces en la historia argentina, y sólo recuerdo dos antecedentes, un gobierno fue culpable de tantas cosas. Como el bote que se hunde y sirve para declarar más pérdidas de las reales, el denominado Proceso Militar cargó con más culpas de las verdaderas. Ya antes había sucedido con Rosas y Perón. Es entonces totalmente válido lo dicho con la falacia "Ni vencedores ni vencidos", ya que la historia es escrita por los triunfadores. Así sucedió, así sucede y sucederá hasta el fin de la raza humana.

En este contexto fue que Alfonsín pronunció la célebre frase que encabeza estos párrafos: "Con la democracia se come, con la democracia se cura, con la democracia se educa, etc...", finalizando con las estrofas del preámbulo magistralmente escenificado como un ritual pagano. Es verdad que había que recrear la democracia en un país castigado por el autoritarismo, cuyo origen no necesariamente era militar. El enano fascista está detrás de muchos argentinos. Si no es así, ¿cómo es posible que muchos políticos se indignen cuando los escrachan, "a ellos"? El escrache, concebido por el virus autoritario, data de antiguo y tiene sus raíces recientes en el Ku Klux Klan norteamericano y en el nazismo antijudío del siglo pasado. Importado a estas tierras fue prolíficamente utilizado contra militares y policías sospechados o acusados de ilícitos durante el período ´76-´83, con la anuencia de políticos y medios de comunicación. Cual bumerang, empezó a ser usado por la clase media contra la dirigencia política, que empezó a considerarlo autoritario pero cuando era contra otros lo juzgaron de medio de expresión legítimo.

Volvamos a la democracia. Había que hacerla resurgir y para ello era absolutamente necesario borrar de una vez y para siempre de la escena política a los militares. Pero, había dos formas diametralmente opuestas en sus modos y efectos. Una, la utilizada, se basó en visiones parciales e interpretaciones constitucionales politizadas. Se permitió todo porque, ahora sí que el fin justificaba los medios. Como sostuvo hace pocos días la Corte Suprema en una sentencia sobre temas de economía "En estos casos es posible el ejercicio del poder del Estado en forma más enérgica que la admisible en períodos de sosiego y normalidad, pues acontecimientos extraordinarios justifican remedios extraordinarios". La otra, tal vez más difícil de elaborar y con logros recién en el mediano plazo era hacer que los militares dejaran de ser necesarios como actores o árbitros en política. Voy a poner un ejemplo burdo pero sumamente gráfico. Un señor, poseedor de un perro desea tener su casa segura con costos menores y mayor independencia. La solución racional y por lo tanto humana hubiera sido comprar una alarma y regalar al perro. Nunca matar al perro. Y menos matar al perro y tampoco comprar la alarma. ¡Ah, el perro le había mordido varias veces la mano al dueño! Habría que analizar si la mano fue a las fauces o las fauces a la mano.

Cabe recordar que ¡gracias al cielo! La sociedad está entendiendo que los militares llegaban auspiciados por algún sector económico que había tenido pérdidas que se iban tornando insoportables. Creaban el incendio y luego llamaban a los bomberos. La sociedad sensibilizada los recibía con agrado, al principio, pero luego de cierto tiempo llegaba el hartazgo. Nadie quiere que el bombero se quede a vivir en casa con uno. Tal vez ese haya sido un acierto de la Revolución Libertadora.

Eliminados los militares como partícipes de la cosa pública siguieron prestando igualmente una gran servicio a la democracia participativa alfonsinista. Cada tanto, y al menor estornudo de un teniente coronel, se agitaba el fantasma de un golpe. La mano de obra desocupada fue otro mito para ocultar cómo la delincuencia común recuperaba el espacio perdido al amparo de la debacle del antiguo orden. Aparecía la famosa tesis de "nosotros" (los políticos) o "ellos" (los militares). Todos elegían obviamente e incluso los mismos militares seguir con la democracia, sin importar su calidad cada vez más baja. El otro gran servicio fue meter preso a algún ex represor, siempre con una gran cobertura mediática, cada vez que resultaba conveniente pasar a segundo plano algún problema de la gestión pública. Esto ahora se hace también con ex funcionarios del gobierno anterior que deben cumplir con las condiciones de ser de segunda o tercera línea o, en su defecto, extrapartidarios sumados al gobierno. Los nombres saltan solitos.

Luego de casi veinte años la gente se ha cansado y se ha desencantado de los políticos. Han comprobado que con esta democracia comen y se educan unos pocos. Estos son los ñoquis, los funcionarios perpetuos para los que siempre hay un puestito, los empresarios prebendarios, los clientes del gobierno, los punteros barriales, los sindicalistas pseudo opositores, los medios cómplices, etc. Hoy la mitad del país está sin clases y hay quince millones de pobres en un territorio bendecido por la naturaleza.

La autodefensa corporativa de los políticos los lleva a decir ahora: "de la crisis se sale con más democracia, no con menos". Error. La cantidad de democracia que tenemos es más que suficiente. El problema es su deficiente calidad. Salta a la vista, hasta para el observador más ingenuo, que el camino que se sigue: ausencia de liderazgo, protección de intereses sectoriales, perpetuación de funcionarios ineptos, divorcio entre las necesidades y derechos del pueblo y las leyes y decretos que se emiten, marca claramente el fracaso de los políticos profesionales que nos gobiernan desde hace años y pone en peligro la democracia que tanto dolor costó conseguir. Es necesaria una democracia eficiente en la consecución de sus fines y transparente en la utilización de sus medios. Hace más de un lustro que la gente común pide cambios en la manera de hacer política pero han hecho oídos sordos pensando que se podía continuar. Hoy mismo esperan que un indio del FMI firme un cheque en blanco, mientras la reforma política está bien guardada, como las urnas para cierto general. Las reformas políticas se proponen siempre a futuro en tanto que las confiscaciones salariales o de ahorros se producen en tiempo presente. Mientras hubo financiamiento interno y externo funcionó pero al cerrarse la válvula del respirador artificial con el que vivíamos, la crisis apareció en toda su extensa y cruel magnitud. La culpa es del modelo, sin dudas. ¡Pero del modelo político, no del económico! ¿Cómo se sale de esto? No es motivo de este trabajo, pero tampoco es cuestión soslayar aunque sea de dar una mínima idea general.

Primero deberían reconocer todos los sectores su responsabilidad durante los últimos cien años. La famosa autocrítica que unos pocos hicieron. No hay sector, organización o persona libre de alguna carga, ya sea por comisión u omisión.

En segunda instancia, habría que decidir hacia dónde queremos ir, y luego estar dispuestos a afrontar las consecuencias. Es infantil pretender lo mejor de cada sistema. No se puede vivir permanentemente alabando las bondades y criticando los defectos de cada uno de ellos porque conduce al inmovilismo y la parálisis. El alto nivel de vida norteamericano convive con una enorme penetración de la droga, y el de Suecia con la tasa mundial más alta en suicidios, y los logros médicos de Cuba, con la dictadura y la pobreza. Seamos adultos de una vez por todas y elijamos el camino que nos parezca mejor. Los países más avanzados, el G-7 y otros, poseen sistemas bipartidistas o casi; en el que unos presentan cierta inclinación hacia las políticas distributivas y los otros hacia las generadoras de riqueza. Son matices y sutilezas que conforman a los electores sin cambiar el rumbo general. No se acusan entre sí de zurditos o de fachos. Dos guerras mundiales con millones de muertos no pasaron en vano para ellos. Y si queremos un ejemplo latinoamericano porque pensamos que esto es para los anglosajones solamente, miremos a nuestros vecinos trasandinos.

Finalmente, trabajemos honestamente y respetemos la ley. Los países que lideran el mundo tienen a la ley como un bien supremo a la que están subordinados todos. Dos presidentes norteamericanos pusieron sus administraciones en peligro por infringir la ley, uno de los cuales debió renunciar. En cuanto al trabajo honesto, creo que no requiere mayores explicaciones. Dicen jocosamente que la Argentina crece de día si se deja de robar de noche.

LA CASA ESTA EN ORDEN

Fue, en definitiva un movimiento hacia adentro de su propia fuerza, el de Rico. En vez de sacar los tanques a la calle como en tantas ocasiones anteriores, se auto acuarteló. Esto constituyó en sí misma una novedad. Pero, también hubo otra tan llamativa como esta. El movimiento estaba encabezado por un teniente coronel, partiendo horizontalmente en dos al ejército, otrora dividido en líneas internas verticalistas.

Durante ese otoño de 1987 el desfile de militares de baja graduación, y por ello de responsabilidades muy acotadas, había tensado hasta el límite la frágil relación entre civiles y militares. Entiéndase por civiles a funcionarios radicales que lideraban un gobierno golpeado por dos planes económicos fracasados. Entiéndase por civiles a políticos de izquierda y organizaciones de derechos humanos que buscaban que prevaleciera su parcial visión de la historia reciente. Y, entiéndase por militares, a jóvenes oficiales que cumplieron órdenes y una cúpula en la conducción de las FF.AA. que durante los sangrientos setenta había conseguido no comprometerse. En esta extraña puja, absolutamente única en Latinoamérica, el pueblo estaba otra vez como espectador, anonadado entre la incredulidad de unos y el cinismo de otros. Resulta difícil de creer que ante la magnitud de los crímenes que se imputaban, la ciudadanía estuviera en la más completa ignorancia. ¿Panza llena, corazón contento?

Aquellos que percibieron en este asunto un nuevo "tejerazo" estaban viendo otra película. Al desfile de militares por los estrados judiciales se contrapuso otro de ex detenidos liberados que lo hacían por los canales de televisión, en revistas, diarios o directamente publicaban su libro. Muchos de ellos eran también funcionarios o legisladores. Una visión menos fugaz de la situación habría permitido concluir que si eran tantos y tan conspicuos los liberados, ni evadidos ni fugados, el sistema aplicado no había sido tan cruel. Cuando se enfríen las pasiones, y la clase política tiene en esto una gran responsabilidad, habrá que analizar nuevamente todo este período.

Durante esa Semana Santa la democracia jamás estuvo en peligro. Los militares se habían retirado a los cuarteles debido a los rotundos fracasos obtenidos en política y economía, ciencias que eran ajenas a su competencia, y en la guerra; su verdadera razón de existir. Los militares sublevados sólo querían justicia. Una justicia que no estuviera constituida por comisiones especiales ni con legislación retroactiva. Retroactividad de las leyes que se rechaza si es para suprimir las jubilaciones de privilegio. Una justicia que juzgara a los "dos demonios" de Alfonsín. Una justicia que castigara de acuerdo con las responsabilidades de cada sujeto. El resto de los militares, que no los apoyaron ni los combatieron, querían un lugar bajo el sol de la República, situación que les fue y es, aún vedada.

Una monumental campaña mediática con periodistas llorando en cámaras puso en juego valores que no lo estaban y por ello la solución adoptada por la dirigencia, como un parche mal pegado, no contribuyó a la paz social. Resulta una pieza maestra de vodevil verificar como existe una treintena de legisladores que votaron la ley de liberación de terroristas en 1973, las famosas de obediencia debida y punto final ese año, y recientemente abolieron estas últimas. La coherencia, de luto, y el oportunismo, de fiesta.

La obcecación no les permitió ver que no se estaba en el camino correcto y a "Semana Santa" le siguió "Monte Caseros" y a este, "Villa Martelli"; formando un extraño calendario castrense de cada vez más confusas reivindicaciones.

El gobierno siguió sin acertar con medidas económicas eficientes, se empezaron a paralizar los servicios públicos, el establishment le restó apoyo, los precios se fueron a las nubes y la Iglesia esperó con paciencia oriental el inevitable derrumbe de un gobierno que solo supo acumular enemigos.

Las elecciones de ese año dieron la pista de lo que vendría. Ellas demostraron que la gente quería democracia y bienestar económico, juntos. Se hizo así evidente que la casa no estaba en orden.

30.000

Duro el tema si los hay. Si empezó aquí la lectura del trabajo (cosa muy probable) le ruego que comience desde el principio porque probablemente se forje una idea errónea sobre el autor.

Por las dudas de que deje de lado la sugerencia, hago una declaración de parte que no creí necesaria en el prefacio. El autor adhiere a la democracia y a la libertad económica, que son absolutamente correspondientes aunque algunos lo nieguen. Las prefiere a cualquier otro sistema. Adhiere a los derechos humanos y al imperio de la ley, sin restricciones ni condicionamientos. En este marco, lo que digo y sostengo va a doler lo mismo, pero me voy a sentir más tranquilo.

No fueron treinta mil, cifra aparentemente surgida de un discurso de Videla. No fueron 20.000, ni 10.000 ni siquiera los 8.700 que aparecen en el "Nunca Más" de la CONADEP. Basta revisar uno por uno en los anexos del libro para verificar la fragilidad de algunos de los casos citados allí. Mucho menos los cincuenta mil que ahora reivindica un Serrat que no termina de condenar a la ETA.

¿Pero, cuántos fueron? La primera pregunta debería ser: ¿qué necesita esclarecer la sociedad? No hablo de los partidos ni de los políticos. Hablo de la sociedad, lisa, llana. Nadie se lo preguntó. Alfonsín la interpretó, cual pitonisa, como tantas otras veces y puso sus intereses por delante de los de la gente. ¿Cuáles eran los intereses en juego? Cimentar una democracia incipiente luego de siete años de dictadura y cincuenta años de inestabilidad política. Sin duda había que sacar a los militares de la arena política pero no, tal vez, al precio de falsear la historia. El filósofo Julián Marías, que no en vano es un intelectual, lo advirtió al toque en un artículo publicado en 1983.

Si se falsifica la historia el triunfo se vuelve pírrico pues se pierde más de lo que se gana, considerando un marco de tiempo mayor al de una breve presidencia inconclusa. Tergiversar el pasado impide ver con claridad el presente y concebir el futuro. Si no sabemos de dónde venimos, no sabremos a dónde ir. Y, como decía Séneca, "cuando el navegante no sabe adonde ir, todos los vientos son malos".

Por otro lado, ocultar el pasado verdadero ¿no constituye una monstruosa supresión de identidad? Expertos y conspicuos historiadores extranjeros, a contrapelo de opinadores locales, han investigado sobre el efectivo real de los grupos armados autodenominados Montoneros y ERP, los mayoritarios, y han llegado a la conclusión que no superaron los veinte mil en todas las jerarquías y funciones. Por otro lado, los ingentes esfuerzos de una seguidilla de titulares de la Secretaría de Derechos Humanos no se plasmaron en nuevas denuncias que permitieran ampliar las originales, legitimadas a través de una comisión especial. Esta Secretaría ha llegado a la conclusión de que hay más desaparecidos pero que no lo puede comprobar. Poco científico.

¿Todos los desaparecidos continúan desaparecidos? No. Muchos han sido declarados judicialmente muertos a fin de destrabar sucesiones y ¡cobrar pensiones! Hechos que no impiden que sus deudos sigan reclamándolos en todas las manifestaciones, con los pañuelos blancos como símbolo.

¿Fue un genocidio? Técnicamente no, ya que no hubo de por medio cuestiones religiosas o raciales. Pero esto de ninguna manera legitima las acciones de la cruenta respuesta estatal.

¿Eran víctimas inocentes? En su mayoría no, pero la naturaleza y esencia del conflicto permitió que hubiera errores, y por qué no, delitos comunes por parte de las fuerzas del gobierno. A pesar de lo que se cuenta ahora respecto de lo que fue aquella época hay que recordar que siguió habiendo espectáculos públicos masivos, la gente entraba y salía del país cuando quería y las universidades y el Partido Comunista Argentino siguieron funcionando. Es decir, el ciudadano común que trabajaba, estudiaba, viajaba o se divertía, no vio coartados sus derechos civiles ni sociales. Sí, por supuesto, sus derechos políticos.

Conviene resaltar también, ya que han pasado más de veinte años y cuesta entenderlo, que no había aún legislación internacional humanitaria para los conflictos intraestatales. Los Protocolos Aclaratorios de la Convención de Ginebra datan de 1978, y aún así habría que analizar detenidamente si se pueden aplicar al caso argentino. El paradigma represivo en boga no era muy distinto al que permitió la liberalidad con que se manejó la Legión Extranjera francesa en Argelia.

Note el lector que no he mencionado palabras como delincuentes, subversivos, víctimas, terrorismo de estado o fuerzas legales. Los he omitido adrede para disminuir el nivel de subjetividad.

¿Se cometieron excesos? Tal vez. La respuesta certera se podría dar si establecemos de qué tipo de lucha hablamos. Si era un conflicto de nivel policial, hubo excesos. Si no había conflicto y eran inocentes obreros y estudiantes, tampoco hubo excesos, hubo crímenes atroces. Si fue una guerra civil atenuada, no fue peor que la española o la yugoslava. ¿Cómo la describiríamos hoy a la luz del recrudecimiento del conflicto en oriente medio? De paso, ¿por qué no hay una condena unánime, nacional o internacional, a los países que efectúan una aplicación sistemática de la tortura a sus prisioneros? ¿Cómo llaman los norteamericanos a la matanza de inocentes? Daños colaterales. Y encima hacen una película.

¿Las fuerzas gubernamentales fueron éticas? Rotundamente no. Si estaban seguros de sus fines debieron utilizar medios abiertos para oponerse. Jamás debieron igualarse a sus contendientes, realizando una extraña parábola en la que se borraron las diferencias entre las "cárceles del pueblo" y los "centros clandestinos de detención". Ya decía Gramsci que el escuadrismo no se puede combatir con el escuadrismo. Por otro lado, las acciones tampoco debieron servir para ocultar hechos de delincuencia común.

¿Por qué hay tantos sobrevivientes si los mecanismos usados eran aberrantes y crueles? ¿Por qué quedaron vivos la mayoría de los líderes de esas agrupaciones? El lector deberá buscar la respuesta por sí mismo.

No hay voluntad por conocer la verdad y los prejuicios predominan. En las entrevistas periodísticas a los que fueron liberados no les hacen preguntas que permitan ahondar en el asunto. No preguntan ¿a qué te dedicabas? ¿por qué te apresaron? ¿por qué te soltaron? ¿por qué no te mataron? Solamente se limitan a exponer los sentimientos de la víctima y su visión del cautiverio. Inflama sentimientos pero no ilumina la razón del espectador. Con ejemplos como estos o con la presunta aparición de los cuerpos de los hijos de una conspicua madre de Plaza de Mayo, da la sensación de que lo que pretenden algunos es que este tema, que divide a la sociedad, no termine nunca de cicatrizar.

Cité precedentemente que hace pocos meses la Corte Suprema publicó en una acordada sobre un tema económico que sentenciaba: "acontecimientos extraordinarios justifican remedios extraordinarios". ¿Sirve para todos los casos? ¿Significa que el fin justifica los medios? Si así piensan los jueces de la democracia no se pretenderá que los militares piensen como monaguillos. En ambos casos si no es posible encontrar el bien común ¿no es mejor buscar el mal menor?

El camino emprendido por Alfonsín, con una investigación parcial de los hechos con culpables "a priori", no podía arribar jamás a la paz social declamada. Los argentinos merecemos una indagación profunda y completa de nuestra historia reciente, y ella no puede arrancar desde 1976 como si recién se creara el mundo, y por lo menos debiera remontarse a 1945. Sin una historia verdadera y madura en la que toda la sociedad y todos sus sectores asuman sus responsabilidades los desaparecidos no serán 30.000, seremos treinta y seis millones.

SOLAMENTE EN ESTE PAIS

"En ningún lugar del mundo" es la otra forma de expresar esta falacia. Científicamente su refutación es tan simple como burda su manufactura. La única manera, y sólo la única, es que lo que se quiere demostrar haya sido verificado en todos, absolutamente en todos, los demás países de la tierra.

Mucho más mesurado es decir "en muchos países" o "en los países de tal tipo", etc. Esta falacia es sumamente utilizada por los políticos y muy especialmente por un ex presidente. Un viejo amigo siempre me decía "cuando quieras engañar a alguien, apelá a "la irrefutabilidad de lo indemostrable". Como anillo al dedo.

¿Quién va a desafiar a alguien que combina esta forma de argumentar apoyado además en la autoridad emanada del alto cargo que ostentó? Este recurso ha sido profusamente utilizado para apoyar el statu quo en la reforma política o para hacer prevalecer ciertos sectores sobre otros en una economía dirigida.

Como se imaginará el lector, con casi doscientos países como existen en el mundo, debe haber en todos los campos al menos dos opiniones o prácticas diferentes. Sea en economía con el mercado, en política con la democracia, en derechos humanos con las libertades o en ecología con la contaminación.

Hay vivos en nuestra clase dirigente que apoyados en esto de buscar ejemplos foráneos arman animales mitológicos. Cierta vez en 1994 en una discusión un estudiante muy politizado sostenía que había que cambiar la constitución para reducir el poder presidencial, acortando el mandato a cuatro años como en Estados Unidos y poner un sistema parlamentario como en Francia. Sin esmerarse mucho otro le contestó que el poder del presidente podía aumentar si se prolongaba el mandato a siete años como en Francia y se mantenía el sistema presidencialista como en Estados Unidos. Como conclusión, tomando pedacitos de cada lugar puede armarse un edén o un infierno. No es posible; y mucho menos un signo de madurez; estar buscando en el exterior ejemplos o bien de aplicación directa para realidades distintas o, un conjunto de instrumentos que unidos sin orden fatalmente van a desafinar.

Pensar que el pasto del vecino es más verde que el nuestro o mejor, que la mujer del vecino es más sensual que la propia, no es más que una miopía o un complejo de inferioridad. Tampoco el otro extremo, que tenemos las mejores carnes y las mejores mujeres del mundo. Las dos formas de pensar son infantiles o en el mejor de los casos, adolescentes. Todos los seres humanos tenemos virtudes y defectos. ¿Por qué no habría de pasar lo mismo con los países? El petróleo iraquí puede ser muy bueno a pesar de que Saddam sea un pelandrún. Francia es el país que más pruebas atómicas ha realizado durante la Guerra Fría, a pesar de la ecología y de sus gobiernos socialistas; pero París es hermosa. Alemania le vendió productos para la guerra química al régimen de Bagdad, pero al mismo tiempo recuperó a la ex Alemania Oriental sin llevarle problemas económicos al resto de Europa. Israel ha sido líder en derechos humanos en el nivel mundial, excepto si se trata de la Cisjordania y de los palestinos.

En fin, la lista es grande, tanto como países se quieran tomar de ejemplo. Del mismo modo, nosotros también tenemos virtudes superlativas y defectos horrorosos. No debemos ser prepotentes por las primeras ni auto denigrarnos por los segundos. Mejor, trabajemos para superarnos en ambos sentidos.

VOY A SER EL MEDICO...

El poder de los medios de comunicación es de tal magnitud que puede fabricar presidentes. Usted está pensando en De la Rúa y yo también, pero esta fue la conclusión a la que llegó Vance Packard, famoso gurú norteamericano de los ´50, en referencia a Eisenhower. Una vez más, no inventamos ni siquiera el dulce de leche.

Cincuenta años separaron al Chupete de Ike, pero la política es la misma. Los que cambian son los hombres. Los medios en la política son más viejos que las "Vidas Paralelas" de Plutarco, cosa que sólo los ignorantes, frecuentemente candidatos y funcionarios, desconocen.

En esa campaña del ´99 se gastaron decenas de millones de pesodólares, pese a la siempre incumplida promesa de achicar los gastos de la política y de transparentar los fondos de campaña. La propaganda fue sofocante y abrumadora. Meses plagados de afiches, spots y slogans. En castellano: carteles, avisos y consignas. Cualquier acto público se constituía en tribuna propicia para la causa. Sonrisas y abrazos. ¿Sonrisas de qué si la crisis económica y social golpeaba desde hacía años? ¿Abrazos entre quienes se dispararían con munición gruesa a la menor desavenencia?

Abundaron, como siempre, las declaraciones de principios y de fines. Entre ellas las del triunfador, que da origen a estos párrafos. Lo que faltó, falta y faltará, si la clase política no mejora, es el cómo. Sabemos qué es lo que queremos, el problema estriba en los medios para conseguirlo. Es allí donde se dividen las aguas. El huevo y la gallina de la generación y distribución de la riqueza vuelven a aparecer. Ninguno leyó correctamente a Marx. Tampoco a Weber ni a tantos otros. ¿Habrán leído solamente el Patoruzú? Nuestra clase dirigente tiene el corazón en la izquierda y el estómago en la derecha. Idealiza a Cuba pero emigra a España. Insulta al Fondo y a Estados Unidos, pero veranea en Miami.

Por otra parte no es posible dar el salto de la municipalidad a la Nación o del comité a la presidencia, así como así. No se puede pasar de habilitar pizzerías y tapar baches, a discutir la coparticipación federal o la paz en Medio Oriente. No fue un problema atribuible a De la Rúa. También le pasa a Duhalde. Le pasó a Alfonsín y al Menem de los primeros años. La actividad política también requiere preparación y aprendizaje, cosa que los partidos en su forma tradicional no hacen. No basta la ambición. Con la ambición se llega, pero con la idoneidad se permanece y con la grandeza se pasa a la Historia.

Pero hoy, como todo da igual como en Cambalache, cualquiera tiene un busto o una calle. ¿Qué servicios a la Nación hacen que Balbín tenga una avenida? Se ve claramente que Carlos Pellegrini, que fue presidente, no hizo méritos suficientes y sólo ligó una calle. Si esto se pondera así propongo que Alfonsín, que no terminó su mandato, tenga una calle cortada. En este orden a Menem le corresponden una avenida y una calle por sus dos mandatos, a De la Rúa, una calle sin salida y a Duhalde, una rotonda.

Volvamos al tema central. La mano derecha de un candidato no es un filósofo ni un reputado especialista en ciencias políticas. ¡Es un asesor de imagen¡ Si contrata una consultora casi se garantiza la presidencia. Si esta es internacional, norteamericana o brasileña, el triunfo está asegurado. Para eso hay plata. Los docentes que esperen, que una campaña cada dos años es mucho más importante que educar a las futuras generaciones de argentinos.

Este es el contexto que rodea a la falacia de un candidato que promete pero no cumple. La agenda política y la agenda de la sociedad hace rato que van por caminos divergentes. Esto quedó en evidencia en el mensaje de las urnas de octubre de 2001, mensaje que se empeñaron en ignorar o malinterpretar. Ningún político acusó recibo sobre que el nivel de abstención, votos en blanco, impugnados o anulados superaba las marcas históricas por goleada. El reparto de puestos y de los fondos electorales, como botín de guerra, era la prioridad. La distribución de zapatillas firmadas también... ¿El fabricante habrá cobrado en patacones?

Salta a la vista que necesitamos menos marketing (perdón, mercadeo) mediático y más debates serios. No esos como los que dejaron una silla vacía allá por 1989. Menos ingeniería política y mejor gestión. Menos préstamos internacionales y más inversiones internacionales. Se lo dijo Frondizi a Kennedy en Punta del Este en 1962. Sentir que es un soplo la vida y cuarenta años no es nada.

No queremos ya un presidente que sea el maestro o el médico. Queremos un presidente que administre bien. Su nombre lo indica claramente: primer mandatario.

HAY QUE CAMBIAR EL MODELO

Entre las frases más gastadas de los últimos años está, sin lugar a dudas, aquella que dice "hay que cambiar el modelo". El uso de la palabra modelo, tiene hoy dos significados opuestos aunque desde el punto de vista semántico no haya diferencias.

Uno, la identifica con aquellas señoritas con más huesos que carne, como diría Serrat y generalmente con más epidermis al aire que elegancia genuina. La cultura cholula, banal y fútil que nos ha extraviado las endiosó en el pequeño Olimpo televisivo, plagado de divinidades paganas de segunda. Frases hechas, muy pocas ideas, muchas prótesis, risa fácil y alegría artificial llenan su mundo de fantasía. El otro significado, el de aquella cosa para imitar debido a un cúmulo de virtudes, quedó en el altillo donde se guardan los objetos en desuso, obsoletos e inútiles.

Pero esta palabra, y ella como otras tantas cosas, fue tomada por los políticos y entró de lleno en la vorágine verborrágica que desnaturaliza y quita la esencia de todo. Ellos, especialistas en frases ambiguas y sin contenido, llenas de sujetos tácitos, eufemismos y metáforas, la pusieron como eje de cualquier discusión. Mediante un doble discurso permanente quedó casi al tope seguida en los talones por su competidora "globalización", el otro mito del fin de siglo.

"Hay que cambiar el modelo" repiqueteó como un martinete en radio, televisión y diarios, hasta que la misma sociedad la asimiló sin análisis. A modo de una consigna a repetir como un mantra hasta adormecer los sentidos fuimos conducidos a una elecciones en las que, obnubilados votamos lo mismo que rechazábamos. Caído ese nuevo gobierno sobrevino otro que a primera vista pareciera haberlo cambiado. Veremos que no es así, porque lo primero es establecer ¿de qué modelo hablamos?

Hay un modelo ético. No ha cambiado. Somos los mismos charlatanes, gesticuladores, grandilocuentes, vivos y chantas de siempre.

Hay un modelo social que ha sufrido varias mutaciones. La sociedad entera cambió, para mejor, en estos años. La tolerancia se transformó en un valor, dejando de discriminar al diferente; y la mujer obtuvo un protagonismo decidido quitándole espacio a los que la relegaban a un mezquino segundo plano. Pero si bien, por un lado, siguen existiendo los mismos sectores, ellos han cambiado en su importancia y ponderación social; y se han modificado sus relaciones. Está la Iglesia, acosada por las religiones menores y las sectas que le hace perder feligreses. Y luchando contra la pobreza con cada vez menores recursos. Están los militares, pagando pecados cometidos por integrantes que ya no están y subsistiendo con uno de los presupuestos más bajos del mundo. Está el sindicalismo, combativo o no según convenga, y con gremios que han perdido poder (metalúrgicos) y ganado poder (docentes). Está el periodismo, erigido en juez en una sociedad harta de inseguridad, impunidad e injusticia. No quiero cansar con más ejemplos.

El modelo tradicional basado en una economía agropecuaria y semi industrial orientada a la producción de bienes y apoyado por la Iglesia y las FF.AA. falleció en los ’70. Fue suplantado por un cóctel, explosivo, compuesto por partidos políticos, organizaciones de derechos humanos y periodismo, sustentados por una economía orientada a la importación, la especulación financiera y la adquisición de deuda, con un crecimiento llamativos de las actividades terciariarias (servicios). Hay, entonces, un modelo económico que ha cambiado, y mucho. Complementando lo ya insinuado, al pleno empleo con hiperinflación alfonsinista le siguió el hiperdesempleo con deflación del menemismo.

Fueron, luego, los antimenemistas de todos los partidos (peronismo incluido) los que se aglutinaron para llamar "modelo" a la economía de los ’90. Economía también fundada en la apertura económica con el exterior, sin salvaguardas; privatizaciones sin controles; convertibilidad con déficit y emisión de bonos sin respaldo.

Una de las tragedias que lamentaremos por muchos años está constituida por el tríptico apertura económica, actividad privada y estabilidad monetaria que convirtió en potencias a Canadá, Australia y España, y aquí dejamos que fracasara.

Como el lector entenderá, la Argentina cambió y mucho en los últimos treinta años. Pero desde la restauración de la democracia ¿qué modelo no se modificó? El modelo político. Fue la Ley Sáenz Peña, la del voto universal, secreto y obligatorio; la que le permitió a los radicales dejar de golpear la puerta de los cuarteles y consagrarse legítimamente en las urnas. Fue el gobierno de Perón el que le dio acceso al sufragio a la otra mitad del país: las mujeres. De allí en adelante no hubo ninguna otra modernización del sistema político, pese a varias reformas constitucionales.

Se podrá pensar que de 1955 en adelante poco y nada hubo de gobiernos civiles. Es verdad. Pero también habrá de reconocerse que como con cada revolución militar había sectores civiles que se beneficiaban, no era necesario cambiar nada si había alguien que a su paso volvía el juego a su punto de partida y se hacía cargo del inventario.

Es notorio que sobrevive una democracia de partidos más que de la gente. Su ámbito sigue siendo la unidad básica o el comité, en vez de la calle. Las cúpulas y los punteros son los que elaboran los acuerdos, importando la opinión de los afiliados sólo a la hora de acreditar su personería o cuando es tiempo de elecciones internas. Es la dirigencia partidaria la que interpreta el sentir de los ciudadanos y, frecuentemente, se arroga el conocimiento de lo que ellos desean. Vivimos en una democracia semidirecta al votar, el hombre común, por aquellos que fueron elegidos previamente por un grupo reducido de afiliados o dirigentes, acuñándose en vocablo "ingeniería política".

Desde 1983 se acabaron los golpes y el país gozó (¿gozó?) del período genuinamente democrático más prolongado de su historia. Resultado: enriquecimiento ilícito, prebendas, nepotismo, clientelismo y corrupción por parte de los partidos; desilusión, frustración y empobrecimiento por parte de la sociedad.

Recientemente un intelectual peronista (si esta combinación existe) sostuvo que los políticos son analfabetos. Creo que no es así ya que hasta para malversar hay que tener algún grado de instrucción. Pero en lo que sí creo es en que no leen ni estudian historia. La historia no genera leyes, pero explica procesos. La historia no se repite, pero ayuda a interpretar causas y consecuencias del devenir de una sociedad y permite que los verdaderos estadistas no tropiecen dos veces con la misma piedra. Pero está a la vista que no leen más que las encuestas y no estudian más que el presupuesto anual, para beneficiarse. Si estudiaran, por ejemplo, la génesis de las revoluciones se darían cuenta que las más importantes de la Humanidad han sido la Inglesa, la Francesa y la Rusa. La primera comenzó por una crisis de autoridad entre el rey y el parlamento, auspiciada por las clases altas terratenientes. La segunda, empezó con una revolución impositiva de la clase media (burguesía) ya que sus derechos políticos no estaban a la altura de sus obligaciones fiscales. La última, estuvo motivada por grandes desigualdades sociales y fue liderada por las clases bajas (el proletariado). Ellas se cobraron la vida de dos reyes y un zar. En los tres casos siguió un período de guerra civil. A las tres les sobrevino luego una dictadura. Ni siquiera advierten que en estas pampas a la anarquía de 1820 le siguió la dictadura de Rosas. Nuestro líderes políticos, la mayoría abogados, han conseguido en estos años sumar las causas de tres revoluciones y no tienen ni idea del peligro en que han sumido al país. No auguro ni guerra civil ni dictadura pero no tengo la menor duda de que han hecho todo lo posible para sembrar sus causas.

Pero hoy, luego de una seguidilla acelerada de presidentes transitorios se aprecia que la clase política no quiere cambiar el modelo, "su" modelo, aunque el país se hunda como el Titanic y ellos sean la orquesta.

QUE SEA LO QUE DIOS QUIERA

Como en un tren fuera de control en el que las estaciones pasan vertiginosamente, la historia se aceleró en la Argentina pos delarruista. Los presidentes y sus alter ego se fueron sucediendo de manera tal que el hombre de la calle no terminaba de conocer a uno y ya había sido suplantado por uno nuevo. ¿Nuevo? No ¡qué va! Los mismos de siempre, aunque algunos se disfrazaron de nueva generación. Con el mismo frenesí la verborrea política perdió el equilibrio y la vergüenza.

Un sonriente puntano proclamó a voz en cuello, ovacionado por una Asamblea de pie, que la Argentina no pagaría su deuda externa. El argentino colectivo aplastaba al argentino individuo. Cientos de legisladores emocionados y con los ojos brillantes mostraban a las cámaras y al mundo que se sacaban un pesado lastre de encima. Bien habida o mal habida, la obligación fue contraída. Bien gastada o despilfarrada, la plata entró al país. Es bueno recordar que así como ahora nadie eligió a un De la Rúa que ganó con el sesenta por ciento de los votos, ningún legislador aplaudió aquella mañana de diciembre.

Poco duró la alegría de ese hiperquinético presidente, per sé y por contraste con su predecesor, y fue prontamente descartado por sus propios pares. Nuevos cabildeos y con otra asamblea se parió un presidente cuya debilidad era su fortaleza. En efecto, puesto por la propia corporación política a dirigir la Nación, fue designado para realizar los menores cambios posibles en el sistema político, lograr la enésima dádiva externa y para ejercer un liderazgo lo suficientemente fuerte como para llegar al 2003 pero suficientemente opaco como para que ni se le ocurriera quedarse un solo minuto más.

Frases como "el que depositó dólares, recibirá dólares", "el que compró dólares a 2,50 va a perder plata", "el 9 de julio festejaremos el fin de la recesión", "los combustibles no aumentarán". "si no fuera presidente sería piquetero" y "que sea lo que Dios quiera" formaron oraciones de un rosario verbal desquiciado y contradictorio. Vamos por partes.

Meses escuchando que había que cambiar el modelo (Álvarez); que un poquito de inflación no hacía mal (Alfonsín); que había que devaluar (Moyano) para aumentar la competitividad y que había que recuperar la independencia monetaria confluyeron en una decisión histórica: devaluar y pesificar.

Así se favorecieron los empresarios locales deudores del estado, a costa de miles de ahorristas que vieron desaparecer sus sueños y su futuro. Así se beneficiaron los productores de bienes primarios que aumentaron sus precios a nivel internacional porque ahora el trigo, aparte de un cereal, era un commodity. Las primeras consecuencias de esta cadena de desaciertos son manifestaciones en los bancos, ahorristas peleándose con los empleados bancarios, jubilados atrincherados para obtener sus dineros, góndolas de supermercados vacías y más miseria en las calles en una lucha de pobres contra pobres.

El poquito de inflación pasó el ciento por ciento, el dólar trepó a 3,50 y la independencia monetaria sirvió para que circulara una veintena de cuasi monedas con menos respaldo que los billetes del El Estanciero.

Algunos sostienen que no hay "Plan B" y otros que ni siquiera hay un plan. Pero lo real es que el decreto que se firma hoy con escasa predisposición dura menos que una voluta de humo en el viento. No hay seguridad física ni jurídica. Se legisla contra las cuerdas, tarde y mal, sin el menor convencimiento.

Se golpea la puerta de los acreedores, luego de festejar la insolvencia y la rebeldía. Se dejaron de lado aspectos fundamentales en las relaciones internacionales y las humanas. Primero, los países se gobiernan por intereses y no por principios, aunque suene maquiavélico, y se negocia en un pie de igualdad. La fuerza de México para tratar con Estados Unidos reside un su vecindad. La de Brasil en su enormidad. La de Venezuela, en su petróleo. La de Turquía, en su dominio de un estrecho estratégico. La de Rusia, en un arsenal nuclear apenas controlado. ¿La nuestra? Ni siquiera en nuestro pobre y vergonzante voto anticastrista.

Y en segunda instancia, entre personas y países se negocia en un marco de valores compartidos. Esto implica que alguien hará algo por nosotros si hay comprensión mutua. Si uno se reconoce en el otro. Si hay inseguridad jurídica generalizada y se pretende remover a toda la Corte Suprema de Justicia, no se puede tratar con quienes consideran a la justicia y a su Corte pilares del sistema. ¿Saben nuestros legisladores que en la Corte americana hay jueces que están desde la década del ’50? ¿Se puede tratar con quienes consideran al ahorro y a la propiedad privada como ejes de su economía, habiendo confiscado los depósitos a plazo fijo y puesto en un corralón las cuentas a la vista? Ciertamente que no. ¿Usted iría a comer a la casa de un caníbal? Tal vez jugaría al fútbol con él, pero seguramente sentiría aprehensión al sentarse a su mesa.

Al "que sea lo que Dios quiera" de Duhalde, vergonzosa muestra de impotencia e ineptitud, debemos contraponer el "No basta pedirle a Dios" de ese inteligente y fino humorista fallecido, Aldo Cammarota.

Queda poco hilo en el carretel y los políticos, sordos y ciegos a los reclamos ciudadanos, absorben toda la custodia policial que le niegan a los ciudadanos. No estamos en la lona, estamos tratando de subirnos a ella. Nos fuimos del mundo. La paciencia de los de afuera y de los de adentro se acaba. Tal como sucedió en el mal explicado proceso político de mayo de 1810, la soberanía debe volver al pueblo. El rey no está ausente, la que está ausente es la cordura.

 

Roberto Alvarez


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