Enviado por MarÃa González RoucoEn este trabajo, me refiero a las causas por las que los inmigrantes llegaron a la Argentina entre 1870 y 1950. En el sitio "Asturias en la emigración", Luciano Méndez Muslera señala algunas, a las que sumo otras, que surgen de la lectura de las obras literarias de argentinos y europeos que cito.
Algunas de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar desde los instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus "Disquisiciones tangueras"- "Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas" (1).
Claro es que cabe atender la respuesta que da a esto José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, en 1998: "Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido" (2).
En el sitio "Asturias en la emigración", Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los "ganchos" o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3). Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente, también fueron causa de emigración.
La política aparece reiteradamente como causa de emigración. Del fascismo y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar "porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por los camisas negras". El anciano narra qué había sucedido: "Sabían que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré a América" (4).
Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en "Agua en la boca". La protagonista se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe: "Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo en el vino encontraba un ruidoso olvido" (5).
En "Desarraigo", cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada con la guerra: "Recordó que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido por la guerra" (6).
Los recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice: "era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini..." (7).
También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: "Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929" (8).
Hubo quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció aquí: "Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años" (9).
Vino de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi. El nieto relata: "El abuelo paterno era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina" (10). Los sirio-libaneses llegaron "dejando atrás los conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza" (11).
El croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: "Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar" (12).
A la vienesa Hedy Crilla, "el creciente antisemitismo de los nazis en el poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la Argentina" (13). "En 1939, como tantos otros judíos perseguidos por las hordas de Hitler, los Hurwitz se despidieron de su casa", en Alemania (14).
Otro tanto sucedía a los Flichmann en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia: Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: "Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele".
Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: "Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos". Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó "en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia", y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada (15).
Para proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el belga Divas se traslada con su hija a Ensenada "a finales de los treinta". La moribunda había dicho: "ma fille doit arriver en Amérique avant que mon cadavre refroidisse" (16). Esta es la historia que relata Gabriel Báñez en Virgen, novela finalista en el Premio Planeta 1997.
María Arcuschín recuerda, en De Ucrania a Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar. Los antepasados ""Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz" (17).
La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moures, quien recuerda ese trance: "En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América" (18).
De Esmirna viene los sefaradíes, aterrorizados por las matanzas de griegos y armenios: "Masaltó sabía que la situación en Izmir no les ofrecería paz por mucho tiempo, que su dolor por la pérdida de Antoinette y toda esa familia armenia, le dolía por las familias armenias deportadas de Izmir, esa herida no cerraría con facilidad" (19). Décadas después llegarían los japoneses (20).
En América, los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza. Lo recuerda María Trepicchio de Danna, a los 101 años: "Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa". La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: "Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle". Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: "la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living" (21).
Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: "Durante los años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park" (22).
.....Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía "se hablaba de lo que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior" (23).
Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: "nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar" (24).
Llorarían asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, quien se define como "la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la Guerra Civil" (25).
En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En "La noche de la cruz de plata", Jorge Torres Zavaleta evoca otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente el hijo que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, "pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado" (26).
"Principalmente los que tenían hijos varones necesitaban huir del largo e interminable servicio militar, que atrapaba a los adolescentes sin liberarlos antes de cinco años" (27), escribe Arcuschín.
Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: "el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas).
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: " El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc". Como en todo reglamento, siempre había excepciones: "el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar". Además, "en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos".
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: "En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva". Y se agrega una nueva alternativa: "También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas". Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: "Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar".
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: "Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo)" (28).
El gallego Francisco Coira llegó a la Argentina en 1925, "como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse..." (29). Por la misma razón vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos(30).
Encontramos en una novela una alusión a esta realidad. En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: "todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!" (31).
Sin embargo, para un personaje de Rubén Benítez, hay un destino peor que el reclutamiento. En La pradera de los asfódelos, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta, escribe a una madre española: "Cuando el muchacho crezca, mándamelo. Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año. Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos". La madre exclama: "No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no vuelve ninguno" (32).
"Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. (...) También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración" (33). En otras regiones de Europa, la situación no era mejor.
Hacia América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento "El tren de medianoche" de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: "En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado" (34).
Santo Oficio de la Memoria es la novela de Mempo Giardinelli que obtuvo en 1993 el Premio Rómulo Gallegos. En ella narra, por boca del hijo mayor, las circunstancias en las que Antonio Domeniconelle y parte de su familia tuvieron que emigrar: "Padre y madre vinieron de Italia porque allá éramos muy pobres. Muy pobres. Más pobres que toda la pobreza que hayas visto"(35). Veinticinco años después llegaron a la Argentina los abuelos abruzzeses de Eduardo Mignogna, per fare l’América.(36).
En un reportaje, Antonio Dal Masetto, se señala cuál fue la razón que lo trajo a América: "Después de la Segunda Guerra Mundial, la subsistencia se puso difícil en Italia y la familia emigró en 1950 a nuestro país" (37). En otro reportaje, se narra que "Narciso Dal Masetto llegó a la Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino italiano a los pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la guerra. Dos años después arribaron su mujer, doña María, y sus hijos, Rita y Antonio César" (38).
Así explica Méndez Muslera uno de los motivos de emigración: "Según aumentaba el movimiento emigrador, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América" (39).
En La patria desconocida, Baldomero Fernández Moreno muestra a su padre como el emigrante a quien se desearía imitar. Afirma que en el español se operó una transformación completa: "de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales". Cuando el próspero emigrante regresa a España junto con su familia, el escritor tenía seis años: "Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes del país. (...) Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran señor" (40).
En Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al americano Sariegos, "el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas" (41). El mensaje era que la riqueza estaba al alcance de cualquiera, salvo que fuera como "Elizabide el vagabundo", protagonista de un cuento de Pío Baroja, que en América "estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia". Cuando volvió, lo recibieron con desdén, y "todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo". No obstante, al hablar de sus viajes, "tuvo suspensos de sus labios a todos" (42).
En Italia también fascinaban los relatos de quienes regresaban de América. Lo narra Edmondo D’Amicis, en La maestrina degli operai. Al ir a dar su clase, la protagonista encuentra que "Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras"(43).
Tentado por la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado, uno de los emigrantes que vuelve a Italia, en Guido, novela de Andrés Rivera, afirma: ""Acá, nada más que mujeres... Soy un indiano que está de visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas" (44).
Otras veces, los emigrantes prósperos no regresan, pero envían cuantiosas sumas para colaborar con el desarrollo de la región que los vio nacer. En las Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y Jesús García Naveira, filántropos que hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en América(45).
Las ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes también son tema literario. Aunque muchos consideraron que habían logrado "hacer la América", otros se sintieron defraudados. Esta frustración es la que evoca Rubén Benítez en La pradera de los asfódelos, novela en la que un español recuerda las promesas y la realidad que le tocó vivir: "Aquí hay trabajo y riqueza para todos. Venid cuanto antes, nos decía. Y a pesar de los ruegos de las madres, nos fuimos. Durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él" (46).
En "La conquista de Buenos Aires", de Enrique Loncán, Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y emprende un viaje del que se arrepentirá amargamente. Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: "más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?" (47).
Salida de los hidalgos segundones
"La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada" (48). No hemos encontrado testimonios al respecto.
Los "ganchos" o agentes de los armadores
"Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (...), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente" (49).
Estanislao Zeballos se refiere a los agentes en La rejión del trigo, obra de 1883. Allí leemos: "La palabra de los agentes y de los contratistas está desacreditada en Europa desde el siglo pasado. No solamente es ineficaz: no es siquiera oida" (50).
En El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca uno de esos engaños. Dice que Resistencia "fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias" (51).
También fueron engañados los judíos que evoca Ricardo Feierstein en La logia del umbral, quienes, al llegar a Santa Fe advirtieron que no tenían herramientas ni dónde guarecerse: "Nada hay donde todo debiera estar: ni carpas, ni elementos de labranza, ni semillas. Ni siquiera un hombre del lugar, en representación del propietario, para entregar esas tierras tan laboriosamente adquiridas a través del cónsul comercial argentino en París, que actuaba en nombre del terrateniente". Unos gauchos les ayudan: "Tiraron unas galletas duras hacia nosotros, les daba lástima. Y los chicos las mordían y no podían romperlas, (...) Bajaron de las carretas, rompieron las galletas contra las ruedas y las mojaron en agua. Así, ablandadas, se convirtieron en el maná argentino que nos salvó de perecer de hambre" (52).
Gabriel Báñez evoca otra clase de engaños. La Zwi Migdal era una organización de trata de blancas que tenía en Ensenada el centro de sus operaciones. Casi todas las pupilas "venían de Varsovia, engañadas por un correo que les prometía casamiento y fortuna en la nueva tierra y con el cual refrendaban un contrato que avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto pisaban puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica del contrato: la prostitución o el remate" (53).
Pero también hubo otros motivos que llevaron a quienes emigraron a tomar una decisión tan difícil.
La censura social impulsa allende el mar. En 1886 –escribe Claudio Savoia-, "zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patria por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural" (54). De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: "Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración" (55).
La justicia por mano propia es otro de los motivos para dejar el país. En De aquí hasta el alba, novela de Eugenio Juan Zappietro, el cirujano belga Hubert Leroy debe huir de Francia pues durante una operación dio muerte intencionalmente a un ministro asesino: "Cuando Francia descubrió el crimen, Hubert Leroy estaba ya en América" (56).
En 1892, Jimmy –"nacido James Radburne"- llegó a la Patagonia, "huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías argentina y chilena". Se dirigió a esa región pensándola "como garantía de anonimato para pasados difíciles" (57).
Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar.
(10) en La Nación
(11) En Clarín
(12) Anzorreguy, Chuny: El ángel del Capitán. Biografía del Capitán Croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
(13) Saavedra, Guillermo: "Vida en escena", en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
(14) Savoia, Claudio: "El equipaje de los sueños", en Clarín Viva, 14 de enero de 2000.
(15) Flichmann, Rosalía de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
(16) Báñez, Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.
(17) Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar. 1986.
(18) Moures S/F: "Esa magnífica legión de viejos", en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
(19) León, Luis: "Historias de Izmir. Los finiricos", en SEFARaires, N° 3, Julio de 2002.
(20) en La Nación Revista
(21) Muzi, Carolina: "El siglo que yo vi", en Clarín Viva,
(22) Castro, Manuel: "Manuel Dopazo", en Viajero Celta, Buenos Aires, Año I N° ), Julio de 1996.
(23) Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(24) Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
(25) Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
(26) Torres Zavaleta, Jorge: El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
(27) Arcuschín, María: op.cit.
(28) Méndez Muslera, Luciano: op.cit.
(29) Ceratto, Virginia: "Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo", en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
(30) Ceratto, Virginia: op.cit.
(31) Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta.
(32) Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.
(33) Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
(34) Fornaciari, Dora: "Reportajes periodísticos a Syria Poletti", en Taller de imaginería.
(35) Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral,
(36) Mignogna, Eduardo: "Destinos cruzados de un libro y una vida", en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
(37) Roca, Agustina: op. cit.
(38) Gaffoglio, Loreley: ""¿Cómo me explico y me cuento?", en La Nación, Buenos Aires, 9 de septiembre de 2001.
(39) Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
(40) Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos Aires,
(41) Alas, Leopoldo: Su único hijo. Barcelona, Bruguera,
(42) Baroja, Pío: Cuentos. Alianza Editorial
(43) D’Amicis, Edmondo: . La maestrita de los obreros. Buenos Aires, Anaconda.
(44) Rivera, Andrés: Guido.
(45) Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Buenos Aires, Ameghino, 1997.
(46) Benítez, Rubén: op. cit.
(47) Loncán, Enrique: "La conquista de Buenos Aires", en Cuentos y esquicios. Buenos Aires,
(48) Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
(49) Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
(50) Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.
(51) Gusberti, Martina: op. cit.
(52) Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Milá, 2001.
(53) Báñez, Gabriel: op. cit.
(54) Savoia, Claudio: op. cit.
(55) Muleiro, Vicente: "El mirador", en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
(56) Zappietro, Eugenio Juan: De aquí hasta el alba.
(57) Cristoff, María Sonia: "Inglés en fuga", en La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
Trabajo enviado por
Lic. María González Rouco
Lic. en Letras UNBA, Periodista Profesional Matriculada
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