Las figuras de Cristina y Lavinia en El luto le sienta a Electra
( Mourning Becames Electra) , de Eugene O`Neil

  1. Introducción
  2. Desarrollo
  3. Conclusión
  4. Bibliografía

Introducción

Electra es, sin duda, la creación monumental de O`Neil y ello no tanto por su extensión como por su tallado ciclópleo y la magnitud de su concepción.

O`Neil, desde luego, ha intentado construir con Electra (1929) una Orestíada moderna. Le ha impulsado a ello, por cierto, tanto su afinidad de

temperamento con los trágicos griegos como su sentido fatalista de la vida, considerada un mecanismo de impecable precisión. Las tragedias que integran

su Electra se corresponden exactamente con las que forman la trilogía de Esquilo: El regreso al hogar es el equivalente de Agamennon, Los acosados lo

es de Las Coéforas y Los poseídos de las Eménides. Por lo demás sus personajes protagónicos se corresponden también con los de la Orestíada; el

general Ezra Mannon es Agamemnon; Cristina, Clitemnestra; Lavinia, Electra; Orin, Orestes; y Brant, Egisto. Ni siquiera falta el clásico coro

ditirámbico de la tragedia ática, representado por un grupo de vecinos del pueblo. Electra ─precedida ya por las Electras de Sófocles, Eurípides, von

Hoffmansthal, y más recientemente la de Giraudoux─ contiene dos fuerzas activas, Cristina y Lavinia, y dos pesos muertos, Orin Mannon y Adán Brant,

que van a la deriva de los acontecimientos.

El objetivo de este trabajo es analizar las figuras de Cristina y Lavinia en la primera parte de la trilogía, teniendo en cuenta los personajes del hipotexto,

Clitemnestra y Electra.

Cristina, como la Abbie de El deseo bajo los olmos, es arrastrada por su pasión más allá de todas las fronteras; maquina, miente, finge, tiene la astucia

de la serpiente y la desesperada audacia de quien defiende los único que le interesa: su dicha personal.

Lavinia, el personaje fundamental de la trilogía y cuya ausencia agobia tanto a los demás como su presencia, entenebrece más aún la atmósfera casi

irrespirable de la casa del Mannon. Protagonista virtual del drama de su estirpe, tiene el mismo contenido trágico del personaje de Esquilo, su calidad

de sino inexorable.

Desarrollo

Los motivos que llevan a Cristina al asesinato de su marido Ezra distan bastante de los de Clitemnestra. Cristina, al igual que su predecesora, carece

de escrúpulos y está al margen de todas las normas éticas.

Cristina:─(…) Fue así como me sentí, despreciable y desvergonzada, durante más de veinte años, al darle mi cuerpo a un hombre que yo… (…) En un

tiempo lo amé… antes de casarnos… ¡Pero increíble que eso parezca ahora!

¡Era hermoso en su uniforme de teniente! ¡Taciturno, misterioso y romántico!

Pero el matrimonio convirtió muy pronto su aire romántico… ¡en algo repulsivo! (…) durante casi todo el tiempo que llevé a Orin en mis entrañas tu

padre estuvo con el ejército en México. Yo lo había olvidado. ¡Y al nacer Orin, me pareció mi hijo, sólo mío, y por eso lo amé! (Con amargura) Lo amé hasta

que se dejó arrastrar a la guerra por tu padre y por ti, pese a mis ruegos de no dejarme sola.

Primera parte. Acto segundo

Cristina no carga con la maldición de los atridas ni tuvo que soportar la muerte de una Ifigenia. Sus causas son el puritanismo de Ezra, la soledad, el

abandono, la falta de amor o por lo menos la ausencia de la demostración del amor. Ella necesita tener a su lado al hombre a quien eligió para compartir su

vida y ante la ausencia de éste a causa de la guerra, motivo fútil para ella, no puede seguir entregada a un hombre ausente ni física ni espiritualmente.

En su alma, antes de decidirse al crimen, se libra una violenta lucha y luego, al comprender que debe optar entre su dicha y la de su marido, se despoja de

todo lo humano, de todos sus terrores y de toda piedad y se convierte en una cariátide de odio. Desde entonces es, como Clitemnestra, una tensa y rígida

voluntad de matar, que no razona, que va en línea recta hacia su fin, con una frialdad espantosa. Lo observamos, por ejemplo, en el siguiente diálogo que

mantiene con su amante Adán Brant:

Cristina:─Si mataran a Ezra, podríamos casarnos y yo te aportaría mi parte de la herencia de los Mannon. Esto sería mera justicia. Esa parte es tuya por

derecho. Es lo que le robó el padre de Ezra al tuyo. (…) ¿Recuerdas que Ezra me escribió quejándose de dolores en el corazón? (…) Dijo que aquello no

era cosa seria. Pero yo divulgué su confidencia. (…) Yo no podría engañarlo durante mucho tiempo. (…) ¡Aunque Ezra callara, yo adivinaría sus

pensamientos y alguna noche, tendida a su lado, me sentiría enloquecer y tendría que matar su silencio gritándole la verdad! (…) Si Ezra muriera

ahora súbitamente, todos lo atribuirían a un síncope cardíaco. (…) Consigue esto en una farmacia del muelle apenas llegues allí. Puedes inventar alguna

fábula… Un perro enfermo, por ejemplo. Apenas lo hayas obtenido, envíamelo por correo. Estaré alerta para que Vinnie no sepa que ha llegado.

(…) Ella no tendrá motivo para sospechar. El corazón de Ezra la inquieta ya. Además, quizá me odie, pero nunca creería que yo… (…)Orin creerá todo lo

que yo quiera hacerle creer. (…) ¿Serías más valiente, a tu entender, dejarme librada a mi marido y permitir que te arrebataran tu barco? (…) ¿No dijiste

que querías matarlo? (…) ¿Le dio él la oportunidad ─de defenderse─ a tu madre? (…) Cuando tu amor se ve puesto a prueba por primera vez… ¿vas a

demostrar que eres un débil cobarde como tu padre?

Primera parte. Acto segundo.

Su erotismo, erotismo de mujer otoñal para quien el hombre deseado es el último refugio, gobierna todo sus actos. Naturalmente, como ya dijimos, en

Clitemnestra gravitan caóticas fuerzas ancestrales, la fatalidad hereditaria, la maldición que pesa sobre la familia de los Átridas y todo eso la convierte en

ciego instrumento del hado. Cristina, en cambio, es gobernada esencialmente por sus razones fisiológicas y éstas, sin anular por completo su libre albedrío,

lo van dominando poco a poco. La repulsión que le inspira su marido Ezra y su amor por Adán se alían para empujarla a la acción. Odia a su hija y siente

repulsión por su marido Ezra y un cariño casi morboso por su hijo como ya hemos expuesto en citas anteriores.

Observemos la descripción que hace O`Neil de Cristina, que confima esta visión erótica y sensual:

(Cristina Mannon es una mujer alta y de aspecto llamativo, de cuarenta años, pero aparenta menos. Su figura es esbelta y voluptuosa y se mueve con una

ondulante gracia animal. Luce un vestido de raso verde, elegantemente cortado y costoso, que destaca el color muy personal de su tupida cabellera

rizada, en parte de un pardo cobrizo, en parte de un oro broncíneo, siendo cada tono distinto y fundiéndose sin embargo ambos. Su rostro es poco común,

gallardo más bien que hermoso. Se tiene de inmediato la extraña impresión de que, en reposo, no es carne viva, sino una pálida máscara que imita

maravillosamente a la vida y en que sólo viven los ojos, hundidos y de un tono violeta oscuro. Sus negras cejas se juntan, en pronunciada línea recta, encima

de la enérgica nariz. Su mandíbula es recia, su boca grande y sensual, el labio inferior grueso y el superior un fino arco, sombreado por una línea de

bozo.)

Primera Parte. Acto primero

No solo la sensualidad está sobresaltada en su retrato. El tema de la máscara,recurrente en la obra, se manifiesta en su apariencia física como en el

escenografía del primer acto. La de la casa gris y puritana disfrazada de blanca casa griega y su rostro "haciendo juego" con la máscara dionisíaca. En primer

lugar conocemos a Cristina y luego aparece Lavinia, fiel reflejo de opuestos ya desde lo físico. Esta antítesis marcada desde lo visual se pronunciará en las

personalidades y luego en las actitudes de los dos actantes.

(Tiene veintitrés años, pero parece mucho mayor. Alta como Cristina, su cuerpo es delgado, liso de pechos y anguloso, su falta de atractivos es

acentuada por su sencillo vestido negro. Sus movimientos se caracterizan por su tiesura, y su porte es rígido, cuadrado, militar. Su voz es seca y monocorde,

y tiene el hábito de lanzar sus palabras en forma restallante, como un oficial que da órdenes. Pero, pese a estas desemejanzas, llama la atención de

inmediato si parecido facial con su madre. Tienen el mismo tono cobrizo en el cabello, idéntica palidez y los ojos de un violeta oscuro, las negras cejas se

juntan en línea recta encima de la nariz, la misma boca sensual, la misma mandíbula recia. Más que nada, llama la atención la misma impresión

extraña de máscara que imita la vida, sugerida por su rostro de reposo. Pero es evidente que Lavinia hace todo lo que puede por subrayar su desemejanza

─más bien que su analogía─ con su madre. Usa el cabello bien ceñido y recogido hacia atrás, como para ocultar su natural tendencia a rizarse, y no

hay un solo toque de femenina seducción en su atavío, de severa sencillez. Su cabeza es del mismo tamaño que la de su madre, pero sobre su delgado

cuerpo parece harto grande y pesada.)

Primera parte. Acto primero.

Como Electra, Lavina es la moira griega, la justicia eterna que supervisa la acción de todas las tragedias áticas. Por eso, acentuando los rasgos que pudo y

debió tener la hija de Agamennon, O`Neil hizo a Lavinia delgada, sombría, angulosa, casi asexuada. Su único amor es el odio, su único sexo, la venganza.

Todo está subordinado en ella al imperativo de la expiación, de la retribución sangrienta. Como Electra no logra conciliar el sueño mientras se halla impune

el asesinato de su padre, la rondan y acosan los espectros insatisfechos de sus antepasados los Mannon. Podríamos decir un Hamlet femenino. Sólo que el

héroe de Shakespeare es lacerado por la duda, en tanto que Lavinia sabe adónde va y no vacila ni por un momento. Está tendida como un arco en

procura de su propósito. Todo lo que es feminidad, está en ella latente, oculto, agazapado. Y la prueba es que, obtenida la venganza la sexualidad reprimida

en Lavinia desborda caudalosamente, impúdicamente, ante la mirada incestuosa y frenética de su propio hermano. Virtualmente, Lavinia encarna la

maldición que pesa sobre la casa de los Mannon, la ciega fatalidad, el sino: y es su presencia, que desencadena sucesivamente nuevos crímenes y muertos

en busca de la venganza. Lavinia lleva el desasosiego a las almas de Cristina, Brant y Orin con su sola presencia, porque es un deber enhiesto, un destino

vivo y actuante, una fatalidad que se ejecuta a si misma. Y sin embargo, al mismo tiempo, en la pétrea dureza de Electra, hay algo de la encantadora y

suave dulzura de Antígona cuando se trata de su padre. Sorprenden en sus labios algunas de las pocas frases que tiene oportunidad de cambiar con Ezra

Mannon cuando éste vuelve. ¿Amor filial solamente? Por momentos parece que va a aflorar algo más: la sombra de una pasión incestuosa.

Cristina:─(Contemplándolo) No tienes buen aspecto. Pero eso se debe, probablemente, a que estás cansado. Te conviene irte a la cama pronto, Ezra.

Mannon:─(Se detiene frente a ella y la mira en los ojos. Luego dice con voz que procura parezca corriente.) Sí, me hace falta … pronto.

Lavinia:─ (Que ha estado observándolo celosamente, lo agarra del brazo y dice, con infantil volubilidad.) ¡No! ¡Todavía no! ¡Te lo ruego, papá! ¡Acabas

de llegar! ¡Apenas si hemos conversado! (A su madre, con tono desafiante)

¿Cómo puedes decir que está cansado? Tiene mejor aspecto que nunca.

(Luego, a su padre, con mirada vengativa a Cristina.) Tenemos tanto que

decirte… Todo lo relativo al capitán Brant. (Si ha esperado ver vacilar y acobardarse a su madre, Lavinia sufre ahora una decepción. Cristina está

preparada y permanece inmóvil bajo la mirada escudriñadora y recelosa que le dirige Mannon.)

Primera parte. Acto tercero.

Conclusión

En todo este panorama de sentimientos turbios, inclinaciones inconfesadas e inconfesables, interferencias afectivas y desviaciones, no hay un solo rayo de

luz; la lobreguez, que reina en la morada de los Mannon, brota en primer término de las almas. Tanto Cristina como Lavinia son víctimas del

puritanismo pero las dos toman caminos opuestos. Así como encontramos parecidos físicos entre ellas, encontramos también el odio que las emparienta

con la muerte. ¿Puede el odio unir a dos personas y en consecuencia generar amor, como en el caso de Cristina y Brant? ¿Acaso no es odio lo que lleva a

Lavinia a perseguir, hostigar a su madre, descubrirla y amenazarla? ¿Qué ha provocado estos odios a cada una de ellas? Muerte, muerte y más muerte.

Finalmente, la muerte con la que finaliza la primera parte de la trilogía sólo será el comienzo de una tragedia en la que Seth es el único confesor porque,

después de haber vivido tantos años en ese círculo de condenados, se ha convertido en un trasto más del mobiliario, ha aprendido a callar y a

compartir los secretos y el silencio de los Mannon, a leer en las máscaras de sus rostros duros y sufrientes y a adivinarlo todo a media palabra.

Bibliografía

Autores varios: Diccionario Sopena de Literatura. Barcelona. Sopena, 1995

Bowra, C.M.: Historia de la literatura griega. México. Fondo de Cultura

Económica, 1996

Vélez Ricardos, J: El teatro de O`Neil. México. Nuevo Siglo, 1998.

 

 

 

Trabajo realizado por:

Prof. Daniel Varela Bulla

Verdades30[arroba]hotmail.com

 

 

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