Enviado por monno85
Indice
1.
Introducción
2. Reportaje revista
semana
3. Satanás
4. Semana edición 240 VS
Satanás
5. El tiempo, viernes 5 de diciembre
de 1986
6. El tiempo 6 de diciembre de
1986
7.
Entrevistas.
8. Opiniones personales y
conclusiones.
9.
Bibliografía
Después de la masacre de pozzeto se conocen
muchísimos artículos que tratan de dar
explicación a las acciones de
Campo Elías o simplemente artículos que tratan de
narrar los sucesos del 5 de diciembre de 1986, ahora bien desde
antes de desarrollar cualquier clase de investigación del caso de la masacre de
pozzeto, es necesario saber que no se va a poder obtener
una verdad absoluta pues de los muchísimos
artículos que dan información acerca de estos hechos y de
muchísimos medios que nos
hablan acerca de este mismo suceso vemos que entre las mismas
fuentes de
información hay contradicciones y se llega al punto de
no tener información como tal si no que simplemente
tenemos hipótesis acerca de lo que pudo haber
pasado. Este trabajo consta de una recopilación de toda la
información que pudimos obtener acerca del caso, un
estudio de dicha información y puesta en común
acerca de lo que expongan dichos medios
teniendo en cuenta las contradicciones de los mismos medios y las
hipótesis que se
pueden venir divulgando desde la fecha por medio de testigos con
testimonios diferentes, ahora bien después de que tengamos
cada punto claro de cada información que nos manden los
medios, vamos a comparar dicha información estudiada con
el libro
Satanás y así darnos cuenta que entra a ser parte
de la historia real
y que hace parte de la ficción o imaginación de
Mario Mendoza, por ultimo sacaremos conclusiones y puntos de
vista personales.
En este trabajo estamos exponiendo bastante información
simultáneamente que en otras partes posteriores del
trabajo pueden ser utilizadas por esto para que el lector no se
tenga que devolver a los artículos anteriores y recopilar
necesariamente la información, vamos a repetir y a
re-exponer información dada en partes anteriores del
trabajo por consiguiente le rogamos paciencia .
2. Reportaje revista semana
Entrando en materia,
después de observar los artículos del Diario el
Tiempo y el
Articulo de Revista
Semana, nos damos cuenta de que el articulo de la revista semana
es mucho mas global y por consiguiente mas superficial en
comparación con la información que nos brinda el
diario el tiempo; por esta
razón hemos decidido empezar por estudiar el articulo que
brindo la revista semana en su edición 240 (advertencia:
no se sabe que tan verdad puede ser la información
brindada por este articulo pues data según el pie de
pagina de ABRIL 1983, Ahora bien creemos es un error de fecha
pues la información que dan en el articulo es
completamente sólida)
El articulo que brindó la revista semana en donde hablaban
de la masacre de pozzeto se divide en:
Esta es la información que sacamos de la edición 240 de la revista semana, es aquí donde tomamos esta información como información base para el desarrollo de este trabajo.
En este Capitulo Buscamos Hacer un pequeño
resumen de las ideas principales que se encuentran en el ultimo
capitulo del libro el cual también tiene como nombre
Satanás, capitulo en el que se narra toda la historia de lo que hizo
Campo Elías Delgado en su día de masacre por la
zona de Bogotá.
El ultimo Capitulo del libro lo hemos dividido en cinco escenas
que creemos son importantes para el desarrollo de
este trabajo y así podernos dar cuenta que es parte de la
ficción del autor y que es parte de la historia oficial la
que protagonizo el soldado Campo Elías Delgado.
Esta es la historia resumida de lo que paso en el ultimo capitulo de la obra, ahora ya teniendo una información de tipo "medio de comunicación" y otra fuente de información de tipo literario que es la que vamos a estudiar, vamos a ponerlas en común y así mismo a tratar de sacar lo que es ficción y lo que es parte de la historia real de el caso de Campo Elías tan solo teniendo en cuenta la información que hasta ahora tenemos.
4. Semana edición 240 VS Satanás
Titulamos así para hacer la comparación pertinente y darnos cuenta de que es lo que hace parte de la historia oficial entre el libro Satanás y la información que nos brinda la revista semana y también definir que hace parte de la ficción de Mario Mendoza.
de allí que la obra si tiene muchísima
ficción y que aparte de eso por las contradicciones que se
presentan en los testimonios de los testigos y sobrevivientes nos
damos cuenta que hay preguntas que no se resuelven totalmente y
que este trabajo puede dejar de ser un trabajo que explique la
situación a un trabajo que simplemente estudie los
distintos testimonios y le de la razón a algún
testimonio bajo alguna argumentación como le hemos venido
haciendo hasta ahora.
Nos damos ahora cuenta que ni la prensa en este
momento tenia claridad de el asunto y que por el contrario estaba
totalmente confundida de allí que no nos responsabilizamos
a emitir juicios falsos por mala información o a publicar
en este trabajo información totalmente falsa.
Anexo artículos edición 240 Abril
(1983)fecha error
La masacre
Un hombre canoso y con el pelo muy corto, 1,74 de estatura, ni
muy grueso ni muy delgado, vestido de gris claro, con la camisa
abierta y un maletín negro de ejecutivo en la mano
derecha, salió a las 5:30 pasadas del edificio de la
carrera 7 N° 52-27. El tránsito por la carrera
séptima era intenso, como cualquier otro día de la
semana a esa misma hora.
No había ningún motivo especial para detenerse a
mirar a este hombre. Ni siquiera por el hecho de que antes de
emprender su camino, hubiera parado unos instantes frente al muro
de un solar vecino, sobre el cual estaban colocados varios
carteles anunciando el último montaje del Teatro El local:
Bodas de
sangre.
Minutos después, el hombre dobló la esquina de la
53 y se dirigió hacia el occidente, siempre
caminando.
|
ABRIL 1983 EDICION 240 |
|
Amante de la novela Dr. Jekyll and Mr. Hyde, no bebía ni fumaba. Se jactaba de ser buen tirador de pistola. Después de la ducha se secaba el cuerpo con papel higiénico. Odiaba a los iraníes. No votaba en las elecciones. Usaba el pelo a ras. Había sido combatiente en Vietnam. Era Campo Elías Delgado, el responsable de la mayor matanza de su género en Colombia a quien, en una notable investigación, SEMANA le reconstruyó paso a paso sus dos últimas jornadas. Gracias a este reportaje por primera vez se pudo conectar el crimen de la calle 118 con la matanza de Pozzeto… |
A esa hora la jornada de la mayoría de los
bogotanos estaba terminando. Para Campo Elías Delgado, 52
años, apenas se trataba del intermedio. Era difícil
adivinar que este hombre de paso firme y rápido y de
presencia pulcra y sencilla, acabara de matar esa misma tarde a
su madre y a otras ocho personas. 49.896,93 pesos
Todo había comenzado el día anterior. A eso del
mediodía, Delgado se acercó a la oficina del Banco
de Bogotá donde tenía su cuenta de ahorros
número 4352354, y le informó al empleado de la
ventanilla respectiva que venía a saldar la cuenta. Los
depósitos ascendían a 49.896,93 pesos. Para
redondear la cifra el cajero le entregó en efectivo
49.896.50, pero Delgado exigió de inmediato que le fueran
entregados los 43 centavos restantes. Este fue el detalle que
permitió que para ese cajero, Delgado se hubiera
convertido en el único hombre distinto de los cientos que
había atendido ese mismo día.
En algún momento esa tarde, o en la mañana del
día siguiente, Campo Elías Delgado habría
comprado cerca de 500 proyectiles para un revólver calibre
32 largo. Era claro que tenía en mente algo grande y
grave. Y el primer capítulo de la historia que
habría de protagonizar ese jueves, y que
irónicamente sería el último en descubrirse,
comenzó a eso de las 2 de la tarde en el apartamento 304
de un edificio de la calle 118 No. 40-11.
Según el portero Juan Villamizar, allí llegó
Delgado a visitar a Nora Becerra de Rincón, propietaria
del apartamento en el que vivía con su madre y buena amiga
de ésta. La señora Becerra estaba acompañada
de su hija Claudia, de 15 años.
Otro hijo de la familia,
Julio Eduardo, de 11 años, el jueves a las 9 de la noche
regresó a su casa pero no logró entrar porque nadie
le abrió la puerta. Tuvo que dormir esa noche en la
portería y muy temprano en la mañana se
levantó para entrar al apartamento, utilizando las llaves
de seguridad del
edificio. Lo primero que vio fue a su madre recostada sobre el
sillón de la sala amordazada y maniatada, con cuatro
puñaladas en el cuerpo. Luego, en una de las habitaciones,
encontró a su hermana Claudia sobre la cama, atada de pies
y manos y también amordazada. Tenía 22 cuchilladas
en su cuerpo.
Nadie podrá saber nunca cómo fueron los
últimos momentos de la vida de estas dos mujeres que
ingenuamente le habían abierto la puerta, a las 2 de la
tarde, a Campo Elías Delgado. Tampoco se sabrá muy
bien qué hizo éste después. Lo que
está claro es que alrededor de las 4 de la tarde
llegó al apartamento en que vivía con su madre, a
quien le correspondería el siguiente turno de esta
secuencia sangrienta.
Se sabe que a doña Rita de Delgado le tocó el
primer tiro después de una discusión airada. Y que
después de muerta, Campo Elías la envolvió
en papel periódico,
la roció con gasolina y le prendió fuego. Mientras
las llamas invadían la estancia, dejó
tranquilamente el apartamento, bajó las escaleras, y con
el pretexto de llamar a los bomberos, timbró en el
apartamento 301. Las estudiantes Inés Gordi Galat y Nelsy
Patricia Cortés le abrieron la puerta, sin saber que su
destino inmediato sería un tiro en la cabeza.
Después se dirigió al apartamento 302, cuya puerta
ya había sido abierta por la profesora Gloria Isabel
Agudelo León, de 50 años, quien salía en ese
momento para averiguar dónde se habían producido
los disparos. Delgado la mató, era la sexta
víctima.
Luego bajó al primer piso, y en el apartamento 101
tocó el timbre. Matilde Rocío González, de
23 años, y Mercedes Gamboa, de 20, quienes se encontraban
estudiando para un examen final que debían presentar el
viernes en la universidad, corrieron la misma suerte que las
anteriores. Salvo que, al parecer, Delgado les dio un poco
más de tiempo. Todo indica que, con la excusa del incendio
del apartamento del cuarto piso, también les pidió
prestado el teléfono. Matilde alcanzó a
descolgar la bocina, pero antes de marcar el número la
mató. En ese apartamento, Delgado también
hirió de muerte a otra
estudiante, María Claudia Bermúdez Durán,
quien falleció horas después en el Hospital San
José.
Caía la tarde cuando Campo Elías Delgado
dejó por última vez su edificio, al tiempo que la
señora Blanca Agudelo de González, familiar de la
profesora del 302, llegaba. "Era extraño cómo ese
señor se quedó sorprendido unos minutos mirando el
cartel de la obra de García Lorca, ‘Bodas de
sangre’. Se acercó al borde del andén y creo
que se quedó allí como 10 minutos, completamente
quieto", dijo doña Blanca a los periodistas que la
entrevistaron esa misma noche. Luego Delgado le dio la espalda al
afiche y se perdió por la calle 58.
La señora Berta Gómez, quien vivía con las
estudiantes en el apartamento 101 y había logrado salvar
su vida saltando hacia el patio interior, salió velozmente
del edificio y detuvo una patrulla de la Policía, a la que
pidió ayuda. Los agentes, según doña Berta,
al ver que el cuarto piso se estaba incendiando, le respondieron
que este era más bien un caso para los bomberos, y que
ellos se encargarían de llamarlos. Es muy posible que si
esta patrulla hubiera atendido inmediatamente el caso, Delgado
habría podido ser capturado y evitarse el resto de la
tragedia.
Pero ni la patrulla paró ni los dos policías
militares que ocupaban la caseta de vigilancia de la Dirección de Sanidad del Ejército en
la acera de enfrente, reaccionaron. Y a Delgado se le
permitió seguir su camino.

Tiquete sin regreso
Quince minutos después, Campo Elías Delgado
timbró en el número 201 del citófono del
edificio de la carrera 28A N° 51-31. "¿Quién
es?", preguntó una voz de mujer. "Campo Elías",
respondió el visitante. Doña Clemencia de Castro
bajó entonces las escaleras y le abrió la puerta
del edificio al amigo que llevaba un año sin ver.
Inicialmente, Delgado preguntó por don Jesús, el
esposo de doña Clemencia. Ella le dijo que no estaba y lo
invitó a seguir al apartamento.
Entre Delgado y la familia
Castro existía una amistad de
más de cinco años. Se habían conocido a
través de otra familia, vecina
también del sector de Sears, en una noche en que todos se
habían puesto cita para jugar póker, una de las
mayores pasiones de Delgado.
Con el paso del tiempo, Delgado, que era hombre de pocos amigos,
se encariñó con la familia Castro, a tal punto que
se convirtió en un visitante frecuente de esa casa. Como
hablaba muy buen inglés,
hace dos años les ofreció enseñarles el
idioma utilizando como libro de texto la obra
Dr. Jekyll and Mr. Hyde de Robert L. Stevenson.
Como cosa rara, esa noche Delgado llegó con vestido
entero, contrariando su costumbre de ir siempre en mangas de
camisa aun en las noches más frías. Era evidente
que estaba tan excesivamente peluqueado como lo estaba el ex
combatiente de Vietnam que Robert de Niro interpreta en Taxi
Driver antes de desatar su orgía de sangre. Hablaba casi
compulsivamente. Repetía varias veces una misma frase y a
pesar de la insistencia de doña Clemencia no quiso
sentarse. Caminaba de un lado a otro de la pequeña
sala-comedor, adornada con cuadros sobre las paredes grises y
varias macetas con helechos de plástico.
A cada paso sus zapatos golpeaban fuertemente el piso de madera.
"A él le gustaba mucho la Coca-Cola y por eso le
ofrecí una", recuerda doña Clemencia, quien a la
mañana siguiente habría de dar a Caracol las
primeras pistas sobre la
personalidad de Delgado. "Mientras se la tomaba
—relató a SEMANA— hablamos de mis hijos. Al
menor (Andrés, de 12 años) le fue mal este
año en el colegio. Y Campo Elías me insistió
mucho en que no lo regañara porque él iba a
enderezarse".
El interés
de Delgado por el hijo menor de los Castro era usual,
permanentemente le demostraba un cariño especial. Le
regalaba chocolatinas y hablaba mucho con él. Esa misma
noche, Delgado tuvo oportunidad de conversar un rato con el
niño, a quien dio algunos consejos y le acarició la
cabeza .
Doña Clemencia recuerda que mientras esto sucedía,
observó que Delgado tenía el saco cerrado. "Se le
notaba un bulto sobre el costado izquierdo. Yo pensé para
mis adentros: ¿será la pistola? porque él
generalmente andaba armado desde cuando una vez en Nueva York un
asaltante le dio un balazo en el tórax".
Delgado y doña Clemencia continuaron conversando,
él siempre de pie y ella sentada. En realidad, era casi un
monólogo del visitante. "Normalmente él no era tan
hablador pero el jueves en la noche, yo casi no pude
interrumpirlo. Insistió mucho en que nos quería.
Habló de un viaje y me aseguró que la única
familia de la que se iba a despedir era de la nuestra. Dijo que
había comprado un tiquete sin regreso. Y
señaló con sus manos que se iba a ir de un extremo
a otro extremo; a la antípoda. Habló de irse a
Estados Unidos
pero luego cambió de idea y comenzó a hablar de la
China". Hacia las 6 y 45, Delgado se despidió de
doña Clemencia lamentando que su esposo no hubiera
estado.
Mientras bajaban las escaleras, él insistió: "Los
quiero mucho". Doña Clemencia le preguntó si les
iba a escribir. A lo cual le respondió: "No se preocupen
que noticias mías van a recibir pronto, muy pronto". Tres
horas después, José Fernández Gómez
se las daría.

La ultima cena
Y las noticias eran grandes y graves. A las 7:15, Campo
Elías Delgado llegó a su restaurante favorito, la
Pizzería Pozzetto, en la carrera 7a. con calle 62.
Saludó a
los meseros que lo conocían, se sentó en una mesa y
pidió media botella de vino y unos espaguetis bolognesa.
Colocó a su lado el maletín negro que había
llevado en las últimas horas. Fue como siempre muy amable
y el único detalle extraño que notaron los meseros
fue que en varias ocasiones se paró al baño.
Pasadas las 8 de la noche terminó la comida y pidió
un primer ‘destornillador’ (vodka con jugo de
naranja). Pidió luego un segundo trago y, como el primero,
lo bebió sin apuros, mientras leía detenidamente
una revista norteamericana. Terminado el segundo trago, Delgado
pidió la cuenta, la canceló, y le dijo al mesero
Ecce Homo Rosas, que le iba
a componer un poema.
Ni el mesero ni ninguna de las 35 personas que se encontraban en
el primer piso del restaurante, tuvieron oportunidad de enterarse
de que afuera, no muy lejos de allí, decenas de agentes de
Policía estaban buscando a Delgado, quien dentro de la
pizzería parecía en ese momento tan inofensivo como
el resto de los clientes.
Pero no sólo los policías estaban enterados de lo
que Delgado había hecho en el edificio donde vivía.
Decenas de periodistas andaban ya tras la noticia y algunas
emisoras de radio
habían dado el flash de que un
sicópata andaba suelto por las calles de Bogotá. La
noticia interrumpió las entrevistas de
camerino de los enviados especiales a Santiago de Chile sobre el
primer regalo de Navidad que
millones de colombianos habían recibido esa noche: el
emocionante triunfo de la Selección
Nacional juvenil de fútbol sobre el poderoso equipo del
Brasil. Todo
esto explicaba la inusual soledad de las calles bogotanas a hora
tan temprana en día de semana.
Hacia los 8:15, Delgado ya había pedido un tercer vodka.
Simultáneamente, a ocho cuadras del restaurante, dos
máquinas del cuerpo de bomberos terminaban
de apagar el incendio de su apartamento y las autoridades
llevaban a cabo el levantamiento de los primeros
cadáveres. Poco después, Delgado pidió la
cuenta de ese último vodka y se sentó en la barra,
después de entregarle la revista y el poema a Ecce Homo.
Pidió un cuarto vodka, el maletín negro siempre al
lado.
Desde la barrera
Unos minutos antes de las 7, Carlos Fernández y su esposa
Patricia, que viven en el apartamento 401 de un edificio ubicado
en frente de la pizzería, oyeron a Pilar Castaño,
en el Noticiero de las Siete, anunciar que un hombre había
matado e incinerado a su madre y asesinado a dos personas
más, en un edificio de la carrera séptima con calle
52. Vieron entonces las primeras imágenes
del incendio del cuarto piso del edificio que habitaba Delgado.
Pero la noticia no había acabado de suceder.
Hacia las 9:15 los Fernández escucharon un primer disparo
y luego cinco más, uno detrás de otro. "No
escuché ningún grito —relata Fernández
a SEMANA—, sólo pensé en esconderme con mi
niña de dos semanas, lejos de la ventana. Es lo mismo que
hago siempre que hay tiros por aquí cerca. Esperé
tres o cuatro minutos, tal vez más, había un gran
silencio y Patricia se acercó a la ventana. Yo la
seguí y alcancé a ver cómo llegaban los
primeros policías. Como tenía mi cámara a la
mano, tomé algunas fotos, mientras
los policías rodeaban el lugar. Creo que escuché
algunos tiros más adentro de la pizzería. Los
agentes se acercaron a las ventanas, rompieron los vidrios y
rasgaron las cortinas, mientras disparaban para cubrirse unos a
otros. Recuerdo que vi a don Bruno, el dueño del
restaurante, cuando salió por la puerta gritando:
‘No me destrocen más esto, que ya me ha costado como
un millón de pesos’. En esos momentos, se produjo un
nutrido tiroteo y me parece que de adentro se oyeron más
disparos. Desde el costado izquierdo, donde venden las pastas, un
policía rasgó la cortina y vi cómo vaciaba
el cargador de su arma hacia un blanco muy definido. Era la
primera vez que uno de los agentes disparaba repetidamente hacia
un lugar específico, pues los demás habían
estado disparando un poco a la loca. Hubo algunos tiros
más y los agentes comenzaron a entrar gateando. Don Bruno
intentó seguirlos, y rápidamente lo sacaron,
mientras le gritaban. Vi entonces a un muchacho que corría
de un lado a otro gritando: ‘¡Mataron a nuestra
madrecita! ¡Mataron a nuestra madrecita!’. Luego vi
cómo se acercaba a uno de los carros parqueados frente al
restaurante y le daba golpes en el techo".
Lejos estaban los Fernández de imaginar las sangrientas
escenas y los minutos de espanto que se habían vivido en
el interior del restaurante; una masacre sin precedentes en los
últimos 20 años de historia. Después vino la
confusión, el caos. Patrullas de Policía
tenían aislado el sector y procuraban poner orden, para
que los médicos legistas pudieran adelantar las
diligencias de levantamiento de los cadáveres y los
heridos fueran conducidos a los centros hospitalarios. Comenzaron
entonces las distintas versiones de los hechos. Aquí y
allá, los medios de
comunicación entrevistaban gente y recogían
testimonios a veces contradictorios. Sin embargo, apareció
lo que podría considerarse un testigo de excepción:
el cardiólogo Pedro José Sarmiento, a quien el azar
de tres disparos fallidos le había salvado la vida.
Sarmiento se hallaba comiendo con un colega suyo, el
médico boliviano Andrés Montaño Figueroa. La
orden que les habían tomado no alcanzó a llegar a
la cocina. De espaldas al resto de la gente que se hallaba en el
restaurante, oyó un totazo que pensó que era una
bomba. Cuando escuchó varias detonaciones más,
seguidas, supo que se trataba de disparos. No alcanzó a
voltearse, cuando oyó una voz que gritaba: "Esto es un
asalto. ¡Todo el mundo al suelo! Entréguenme el
efectivo, no quiero joyas. El efectivo. ¡Bótense al
suelo!". Era lo mismo que escuchaba, pero dándole la cara
a Delgado, Myriam Ortiz de Parrado, de 45 años, madre de
cuatro hijos. Ella no puede olvidar que decía: "Nadie me
debe ver la cara. Ustedes no me han visto nunca".
Los comensales obedecieron las órdenes y comenzaron a
sacar sus pertenencias. Sarmiento, quien se había tirado
al suelo y yacía boca arriba, pensó que no
habría problema, que una vez que la gente entregara su
dinero los
atracadores se irían. Sin embargo, esto estaba lejos de
ser así. La posición de Sarmiento le
permitió ver la forma como procedió Delgado: "Ese
tipo le pedía plata a la gente y cuando se agachaba a
recogerla le disparaba y la mataba. El tipo llegó al lado
de Montaño. No sé si le dio o no dinero. Entonces
oí disparos, Montaño quedó ahí.
Cuando se me acercó fui a darle seis mil pesos que
llevaba. Me eché un poco hacia atrás y él me
disparó. Pensé que era mi fin y él
siguió a matar a los otros. Me toqué el ojo derecho
por donde me había disparado. Lo sentí,
empecé a marearme". Era la segunda vez que se salvaba.
Segundos antes, dos balas habían pasado rozándolo
apenas. Pero Delgado siguió cobrando sus víctimas,
hasta cuando un policía destrozó uno de los
ventanales de la fachada y disparó. Era el fin. Delgado
cayó entonces.
Es aquí donde surge la duda de si Delgado se
suicidó, o si fue la Policía quien le dio de
baja
Una niña, Johana Cubillos Garzón, estaba
allí esa noche negra: no sólo vio morir a su
hermanita de 11 años sino que asegura que vio cómo
Delgado se suicidaba. "Yo vi todo, yo era la única que lo
estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en
efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas al
tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando.
De pronto se paró junto a mí, me miró y
pensé que me iba a matar, pero no lo hizo, pensé
que dispararía pero no lo hizo, no se por qué no me
mató, pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo
miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer
nada. Hasta que llegó la Policía y rompió un
vidrio, entonces
vi cómo el loco se disparó y
cayó".
Que entre el diablo y escoja
Eran cerca de las 9:30 de la noche. En medio de sillas y mesas en
desorden, vasos y platos rotos, yacían sin vida los
cuerpos de cinco mujeres y nueve hombres. Quince personas
más se quejaban de sus heridas. Cuando las autoridades
hicieron su entrada pensaron, por el número de muertos
"que nos íbamos a encontrar con pozos de sangre. Pero no
fue así. Descubrimos que la mayor parte de las
víctimas había muerto de dos disparos en la
cabeza". Para la Policía esto revelaba la certera
puntería de un hombre entrenado. Delgado, dicen algunos de
quienes lo conocieron, se preciaba de ser el mejor frente a un
polígono.
Sobre las escenas de horror comenzaron las diligencias para
identificar a las víctimas, diligencias que sólo
terminarían a las 2 de la mañana. Los heridos
fueron trasladados a los hospitales de San José, San
Ignacio, San Pedro y Militar, y horas más tarde seis de
ellos morirían. Se elevaba a 20 la cifra de los muertos en
el restaurante y a 28 el total de la trágica jornada.
Dos mujeres de apellido Infante, las únicas habitantes de
la casa que sobre la séptima limita con el restaurante,
sintieron personalmente cómo se ramificaba y
extendía como mancha de aceite la tragedia. Un frasco de
calmantes, litros de agua
aromática y un teléfono que siempre pusieron a
disposición de los familiares de las víctimas,
fueron los servicios que
hasta el final de la noche prestaron, aún temblando, estas
dos samaritanas.
Como en cualquier sitio público, aquella noche en Pozzetto
se habían mezclado personas de diferentes profesiones,
orígenes y edades. Con la mención de los nombres de
las víctimas que la radio
transmitía en directo desde el sitio, el país se
fue enterando de quiénes habían encontrado esa
noche su cita con la muerte
7. Comentario; Ahora bien escogimos el documento de la revista Semana como documento base para nuestro trabajo, por que lo tomamos como documento que mira esta noticia desde un punto global y al parecer como La revista Semana no es un diario si no que es una publicación que sale cada semana, asumimos que esta edición tomo la noticia global que estuvieron publicando toda la semana entonces puede tener un porcentaje mayor de verdad dentro de su información.
Segunda Parte
Ahora como todos sabemos la
masacre fue el día Jueves 4 de diciembre de 1986
(desmintiendo varias publicaciones que dan en internet y que no tienen la
fecha correcta). Vamos a tomar la publicación del diario
del tiempo el día siguiente después de la
masacre.
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