Enviado por latiniando¿Para qué sirve la filosofía?
-Para aprender a vivir, y si es posible antes de que sea demasiado tarde. Séneca criticó a la filosofía entendida como disciplina exclusivamente abstracta al escribir: "¿De qué me sirve saber dividir el campo si no sé compartirlo con mi hermano?"
-Para desconfiar de las apariencias ("No todo lo que reluce es oro" dice en este sentido un refrán popular) Para dudar hasta llegar a verdades que serán provisorias y serán reemplazadas por otras verdades. Esta práctica nos previene contra el fanatismo y nos vuelve más tolerantes. La filosofía sirve así para desarrollar la humildad y reconocer los límites de nuestro conocimiento.
-Para reconocer que en la vida todo está sujeto a cambios y que no hay nada que podamos poseer por completo.
-Para reflexionar en torno a cuestiones de valor (éticas) y para desarrollar las virtudes, que son el edificio de la ética. Por ejemplo, para aprender a ser valientes (que es capacidad de vencer el miedo y de soportar las frustraciones y circunstancias dolorosas), a ser justos, temperantes (y educar nuestro deseo).
-Para crear y clarificar conceptos. Saber, por ejemplo, que la consternación suma el dolor a la sorpresa, y que cuando cede la sorpresa suele ceder también el dolor.
-Para sacar provecho de las circunstancias adversas.
-Para reírse de uno mismo y no dramatizar las cosas en exceso (Los españoles dicen "Tomarse las cosas con filosofía")
-Para acrecentar nuestra capacidad de resolver problemas.
-Para desarrollar nuestra capacidad de organizar ideas y principios. Para encontrar diferencias no evidentes entre diversas perspectivas y elementos comunes entre perspectivas aparentemente opuestas, desarrollando la habilidad de clarificarlos comunicándolos mediante el lenguaje.
-Para reconocer que primero somos sujetos sociales, y tan sólo luego somos individuos. Nuestros problemas reconocen una matriz común. Podemos filosofar juntos y reconocernos en nuestra fragilidad y en nuestra fortaleza.
FUENTE DE LA INTRODUCCIÓN
Boletín de septiembre del 2002 - Asociación Argentina de Filosofía Práctica
Ésa es la cuestión que nos sale al paso ahora. Y nos encontramos con que, en primer lugar, muchos han negado que la filosofía tenga verdadera razón de existir.
Partimos del desarrollo de un tema muy usado, que niega autonomía al conocimiento filosófico.
Primero, se ha dicho (y muchas veces se lo piensa sin decirlo), en los orígenes, la filosofía fue lo que su nombre indica: un amara a la sabiduría, un amor del saber. Por eso al principio forman parte de su reino desde la matemática y la astronomía hasta la política. Después, y especialmente en los tiempos modernos, a medida que el progreso del conocimiento fue dando lugar a las ciencias particulares, cada nueva ciencia particular iba restando una región a la jurisdicción de la filosofía. Y así se puede llegar a concebir una situación en que el conocimiento de la realidad venga a estar repartido totalmente entre las ciencias particulares.
¿Qué vendría a ser entonces la filosofía?, En una situación así, ¿cuál es la suerte de la filosofía?.
En esta coyuntura ha parecido cosa lógica a muchos decir que si la filosofía pretendiera todavía ser algo no podría ser nada mas que una síntesis de los resultados más generales del trabajo científico. De esta manera, el filósofo estaría reducido a la condición a la condición de un "profesor de cosas en general", como diría humorísticamente Carlyle; Seria un especialista en vaguedades.
Tal es el tema de una de las negaciones más banales, pero también más insidiosas, de la autonomía del conocimiento filosófico, o sea de la filosofía misma.
Sin poder extendernos sobre este punto, digamos que asignarle a la filosofía esa función seria tanto como negar su efectiva existencia. Mas valdría declarar que la filosofía debe desaparecer para ser sustituida, en lo que antes fuera su vasto dominio, por las ciencias especiales.
Dice Patón en el Teéteto, 155, d: "Y es propio del filósofo, amigo mío, eso que tú experimentas: estar lleno de admiración; ni otro comienzo tiene el filosofar".
Aristóteles, en Metafísica, Libro I,2 : "Entonces como ahora los hombres fueron movidos a filosofar por la admiración, quedando atónitos al principio ante los problemas más sencillos, y progresando después hasta proponerse poco a poco cuestiones mucho más difíciles, como son las concernientes al sol y la luna, a los astros y al origen del todo. Ahora bien, aquel que ante una dificultad se maravilla, se considera ignorante. (Por eso quien ama el mito es de alguna manera un filosofo, puesto que el mito resulta de un complejo de maravillas). Pero si los hombres filosofaron para salir de la ignorancia, es evidente que quisieron conocer por puro amor del saber, y no para servirse de él para uso alguno. Lo prueba el hecho mismo de que esta especie de conocimiento comenzó a ser buscada luego de haberse atendido, puede decirse que por entero, a las cosas necesarias y útiles a la comodidad y al bienestar de la vida. No hay dudas, pues, que nosotros no lo buscamos para beneficio alguno exterior; antes bien, así como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo y no en otro, asi tambien diremos de ella que solo ella es libre entre las ciencias, porque solo ella tiene el fin en sí misma".
Reparemos en que es este asombro o admiración el hombre supera la actitud natural, en la cual viene a ser como un eslabón de la cadena del acaecer cósmico. En la actitud natural nuestra vida ocurre, es un ocurrir; la vida nos sucede, la vida es sólo vida vivida.
El asombro y la admiración suponen pararse en medio de ese acaecer cósmico de que el hombre es parte; supone que ese acaecer cósmico, que hasta ahora era un juego confuso de medios y de fines vitales, retroceda frente al hombre hasta hacerse un objeto para él; y así el mundo puede hacerse objeto de conocimiento.
Asombrarse o admirarse de todo lo que hay, de que haya algo, es una operación o un incidente que sólo puede ocurrirle a una vida de hombre. Y es igualmente actitud específicamente humana y espiritual la de ser empujado a superar ese asombre y esa admiración en un conocimiento con intención de totalidad – que indague por el sentido de todo.
Tal es la condición general, conocida y experimentada desde antiguo, de todo filosofar.
Sobre este fundamento común, yo creo que cabe distinguir diferentes maneras o modos de entender el punto de partida del filosofar, que aquí, para esta exposición sea hacedera, vamos a reducir a tres.
Pero digamos antes que, cualquiera sea ese comienzo, no creemos que la filosofía pueda tener otro punto de partida que la conciencia, o sea un partir de la conciencia. Ya dijimos que en cuanto saber radical la filosofía comienza con la exigencia de una justificación o fundamentacion absoluta. Y de esa manera rechaza – o esta siempre dispuesta a rechazar – como supuestos las opiniones recibidas, el saber vulgar, el mundo exterior dado en la representación; y así se encuentra con que para empezar a construirse no cuenta con punto de apoyo mas firme que la conciencia. Así la filosofía se realiza constantemente como una vuelta a la pura interioridad, lo que viene a decir que consiste en comenzar de nuevo tomando como punto de partida la conciencia.
Todo filosofar, pues, tiene su punto de partida en la conciencia. Pero se puede partir de la conciencia en varios modos, que son, por lo tanto, los distintos modos de entender y ejecutar el punto de partida del filosofar.
La sensación no puede dar conocimiento, ciencia. En efecto, la sensación es una modificación del espíritu que tiene una causa exterior. Como modificación del espíritu la sensación es siempre verdadera, es decir, es tal sensación y no otra; y como resulta del contacto o choque de partes de un mundo en constante cambio, el mundo de Heráclito, resulta que es cierta en el momento en que se realiza; en el momento en que se realiza representa exactamente un objeto, perop todo relativamente a ese momento.
Pero fijémonos ahora en esto: instalados en una realidad que es devenir, que es tanto como decir cambio, no cabe ponerse enfrente de cualquier aspecto del devenir en un momento dado, y preguntar: ¿qué es esto? Porque al tiempo en que tendría que venir la respuesta, la realidad de que se va a decir algo ya no existe: ha cambiado.
Más aun, es decir, peor aun: si el espíritu no dispone mas que de la sensación, no puede siquiera formular nunca la pregunta ¿Qué es esto?, puesto que sensación no es mas que una modificación producida por el choque con tal aspecto del devenir del mundo, en tal instante necesariamente fugaz, y aquí, cuando preguntamos ¿Qué es esto?, al parecer preguntamos por algo que debe ser permanente, por aquello que la cosa es.
En tales condiciones, se ve claro que no se podría fundar en la sensación un verdadero conocimiento, o como Platón dice, "es falsa la tesis de que la sensación es la ciencia".
Insistamos brevemente sobre esto. La sensación no puede contestar a una cuestión así: ¿Qué es esto? En esta pregunta nosotros preguntamos por el ser de la cosa, por la esencia, por lo que la cosa es. La sensación solo conoce lo que deviene; conoce un aspecto de un instante único del devenir.
"Lo que es", en cambio, la respuesta al ¿qué es esto?, parece que tiene que ser algo que no deviene, lo que en las cosas resiste al cambio, y a pesar del cambio las hace ser lo que son. Eso es el SER, la ESENCIA de las cosas, y la esencia, lo que es, es permanente, lo que siempre hace ser a la cosa que ella es.
En consecuencia, al no dispusiésemos más que de la sensación no podríamos decir lo que son las cosas. Pero nosotros pronunciamos qué son las cosas. Este pronunciamiento no puede acontecer por el trámite de la sensación, conforme lo hemos visto. ¿A favor de qué ocurre, entonces? ¿Quién lo produce en nosotros?
Y este es el punto en que Platón echa mano de la razón, que se llama, en su primera aparición, diánoia.
Dice un comentarista distinguido de Platón; "La doxa (opinión) es el nombre dado a esta actividad que se aísla y se concentra en un trabajo íntimo sobre las cosas. El alma que reflexiona y compara, ensaya darse cuenta de los resultados de esta comparación. Se habla a sí misma, se interroga y se responde, sucesivamente afirmando y negando. Este ir y venir del pensamiento reflexivo, este diálogo interior, es la diánoia. Cuando el ir y venir se detiene, cuando cesa la vacilación entre la afirmación y la negación, esta decisión final es la doxa (es decir, la opinión). Es pronunciar una opinión (lo que la sensación ni puede hacer), un juicio, bien que un juicio interno y silencioso. Es en este pronunciar la opinión, en este juicio íntimo, donde habremos de hallar la verdad" (DIÉS, Autor de Platón.
La verdad solo reside en las "ideas". Consideremos ahora que los comentaristas de Platón de las más diversas tendencias están de acuerdo en reconocer un doble sentido o un doble aspecto de la "idea" platónica. La palabra idea proviene de una raíz que significa ver. Y así como en el ver hay el mirar y al ofrecerse a la mirada algo, por un costado, funciones racionales, conceptos; pero, por su otro costado, son "lo que es", las esencias de las cosas aprehendidas en la contemplación racional; son las "formas" de la verdadera realidad. Es decir, que la "idea" como pensamiento contempla o conoce la "idea" como forma verdadera de las cosas – esas formas para las cuales es ciega la sensación.
De esta manera, la razón es aquí una revelación directa de la verdadera realidad, revelación directa de la verdadera realidad, revelación que él filosofo encuentra, no por los vastos caminos del mundo, es decir, por el camino de la sensación, sino en la recogida intimidad de la conciencia – Platón dice: del alma.
Es así como desde Platón data el gran pathos de la razón; entonces se enciende la gran fe milenaria en la razón como modo privilegiado de ser del hombre, y de la que dependen el acceso a la realidad del mundo y a la dignidad de la vida.
Digamos, pues entonces, en conclusión, que el primer modo de concebir el punto de partida del filosofar lo hace consistir en convertir la atención sobre la conciencia para aislar en ella un recinto de seguridades racionales, verdades necesarias y universales. Pero este punto de partida consiste, además, según se ha visto, en tomar las determinaciones últimas de la realidad misma. Solo en esa razón la ascética voluntad de verdad encontraría el conocimiento, la revelación, de lo real, del ser, de lo que verdaderamente es.
Este punto de partida del filosofar, esta que es la convicción fundamental del racionalismo, ha sido enunciada limpiamente por Spinoza al decir:
"Ordo et connexio idearum idem est ac ordo et connexxio rerum" o sea "que el orden y conexión de las ideas son los mismos que el orden y conexión de las cosas".
Este modo de entender el punto de partida del filosofar ha tenido continuada vigencia histórica. Con alternativas y vicisitudes y con fuertes oposiciones casi puede decirse que ha dominado desde los tiempos de Sócrates hasta Leibniz, y aun mucho tiempo después.
Tomar este punto de partida es también una de las posturas normales, uno de los grandes estilos del filosofar.
El otro modo de partir en la filosofía, el modo que acabamos de atribuir ejemplarmente a Kant, es un punto de partida más avisado y cauteloso. Hecho avisado y cauteloso en la familiaridad con las vicisitudes históricas de la razón considera que la fe del racionalismo en que el orden y conexión de las ideas son idénticos con el orden y conexión de las cosas es también un supuesto, nada más que un supuesto.
Para este punto de vista el punto de partida del filosofar debe estar más abajo y más secreto que allí
Donde lo pone el optimismo racionalista. El punto de partida hay que ponerlo en clavar los ojos en esa conciencia trascendental donde de continuo ocurre, por un misterioso modo, el originarse del mundo, o sea el construirse o hacerse posible la representación de un mundo.
Y el destino de la filosofía se hace consistir en el análisis puntual, completo y sistemático de esa conciencia originaria de la que deriva todo lo demás.
Ahora bien, ¿es cierto que la conciencia trascendental es la conciencia originaria, es decir, tal que no tenga ningún supuesto tras de sí? ¿Es cierto que no hay un modo más radical todavía de entender el punto de partida del filosofar?.
Esto es lo que quisiera sugerir ahora: un modo de concebir el comienzo en la filosofía más originario que los dos considerados hasta aquí.
Para sugerir este difícil asunto me voy a valer de una interpretación del momento inicial de la filosofía de Descartes (o sea, del "pienso, luego existo").
No ya que la filosofía de Descartes sea representativa de este modo de entender el punto de partida del filosofar. Representa mas bien lo contrario. Pero, según, mi interpretación, hay un momento en que Descartes nos brinda una ilustración del modo de filosofar que queremos insinuar. Ilustración que juzgo mas clara y eficaz que la que podría sacar, para los fines de esta exposición, de cualquier representante de este modo de entender el comienzo en la filosofía. porque este modo de ver tiene un altísimo abolengo, aunque pocas veces se ha hecho explicito.
La filosofía no se consideraría ya como un puro saber, sino también como un modo de existir. Sin embargo su aspiración a ser ciencia estricta, la filosofía sería también una sabiduría.
En este caso están también el estudiante o estudioso de filosofía que no es sino eso, y el que mas o menos doctamente profesa una filosofía de moda, desdecir, que la profesa mas bien como curioso de novedades; mas en razón de la novedad que a causa de su verdad, como diría Spinoza: "para no equivocarse sobre quienes son esos conviene saber que tanto en filosofía como en todo lo demás el gusto de la novedad no solo hace revolucionarios; sino también reaccionarios". Ese riguroso esclarecimiento que es preciso para haya filosofía se ha sobreentendido por lo general como la exigencia de un conocimiento riguroso. En consecuencia, la filosofía se concibe como ciencia. Ella tendría que realizarse, en lo posible, como el edificio completo, sistemático y definitivo de los conocimientos sobre el hombre y el mundo.
Este anhelo de la filosofía por constituirse como ciencia estricta, como un conocimiento riguroso de verdades ciertas y verificables, de tiempo tiene como necesidad de ser proclamado de nuevo enfáticamente. La realidad de la filosofía es dura para con ese anhelo y se diría que de tiempo en tiempo él tiene que darse solemnes ánimos para que no decaiga su esperanza.
Contra ese ideal, sin embargo, esta el vasto testimonio de la historia de la filosofía misma, que depone en contra de esa su entrañable aspiración.
La historia de la filosofía no solo no nos muestra el edificio imponente de la verdad filosófica, sino que hace falta "solicitar dulcemente los textos" para ver en ella los probables membra disjecta, las posibles esparcidas partes, reconocibles por todos, de la fábrica soñada.
La verdad es que esta manera de entender la tarea filosófica, que la asimila a una ciencia, entra suponiendo varias cosas. Prescindiendo de otras, ella supone, en primer lugar, aquel tema de la filosofía puede descomponerse en una serie de objetos ya dados y enfrentados al filosofo, a todo hombre que filosofa; objetos dados fuera del que filosofa y demanera igual para todos. En segundo lugar, aquella manera de ver supone en el que filosofa la existencia de un órgano supraindividual y fijo de captación de esos objetos: "logos", "ratio" u otro análogo.
Pero es el caso que, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias, los objetos o los temas de la filosofía no son dados antes del concreto filosofar, sino que se engendran dentro de Él. En las ciencias, una misma organización perceptiva y racional de los hombres es el único y bien fundado supuesto para que haya verdades científicas, es decir, aserciones objetivas verificables de hecho por todos. El tema o los temas de la filosofía, en cambio, "tienen su vez", como diría Baltasar Gracián; tienen un tiempo, su circunstancia vital, en que irrumpen en la historia del que filosofa. Junto con ese cuándo tienen también su cómo, es decir, su matiz individual irreducible, por más que después puedan ordenarse dentro de algunos esquemas universales.
Porque tienen su vez y su cómo, es decir, porque hay que esperar que la vida los encuentre, resulta que ni esos temas, ni las soluciones que el filósofo ensaya a propósito de ellos pueden ser verificados por todos; la verdad filosófica tiene pocas probabilidades de merecer el asentimiento unánime –aunque sea el asentimiento unánime de pocos.
Es así como la historia de la filosofía nos muestra en toda gran filosofía. Algo hay siempre en ella de autobiografía, bien que se trate de un bios, de una vida cuyas dramáticas vicisitudes escaparían al más sagaz de las ayudas de cámara.
Por eso sucede que para entender una proposición de la física o la matemática basta con el puro conocimiento; pero un filosofema por sí mismo es casi una fórmula huera, algo sin valor de credibilidad ni peso sin el itinerario del espíritu que condujo hasta él. A la verdad filosófica no se puede acceder con un puro conocimiento. Suponiendo que sea un conocimiento, la verdad filosófica es en todo caso una verdad vivida. Verdad, pero también vida.
La filosofía es conocimiento, pero también vida.
Sobre este hecho cierto apoyan su confusa y declamatoria exigencia las direcciones intuitivitas y voluntaristas y todas las que se califican a sí mismas de irracionalistas. Ellas han adivinado algo de lo que la filosofía como ciencia ignora supinamente: que la filosofia no consiste tan sólo en el enunciado de axiomas evidentes y verdades demostrables, sino que admite la efusión subjetiva; que la verdad apasionada, y se la puede expresar hasta en exclamaciones.
Pero esas invitaciones al sentimiento y a la acción o quieren hacer del sentimiento y de la acción sustitutos del conocimiento racional, y en ese caso mantienen el anhelo de la filosofía como ciencia de objetos, cambiando sólo el método (es decir, sustituyendo la razón por una dudosa intuición irracional), o son invitaciones a perdernos en el sentimiento y la acción, es decir, a realizar una vida estética o un puro activismo. Pero entonces sentimiento y acción son nada más que vida vivida, desnuda de todo valor filosófico, de todo valor de conocimiento; vida que sólo a través de las gafas de algún moderno sofista puede hacerse valer como "vita philosophica".
Tal parece ser la alternativa dejada en heredad a la filosofía desde la muerte de Hegel: gritar enfáticamente, sin mayores consecuencias, su pretensión de ciencia estricta, o vagar detrás de todas las formas del diletantismo irracionalista.
Pero no hay, en realidad, tal alternativa. La filosofía supone la concreta vida humana; parte de esa rica experiencia vital donde hemos dicho que los temas de la filosofía tienen su vez. Sin embargo, aunque supone esa base, la filosofía afirma su autonomía en cuanto se constituye como esclarecimiento riguroso, como interpretación sistemática y racional de esa experiencia. En cuanto es eso la filosofía es un conocimiento. Pero construido a lo largo de un laborioso itinerario de la vida humana, ese conocimiento, esa ciencia, sólo se integra o perfecciona en una vida, como saber vivido; sólo se verifica en sabiduría.
Por eso en la historia de la filosofía auténtica culmina en una ética. No solo en una ética como teoría de lo moral, sino en una prueba de la vida.
Supongamos un instante (a título de mera hipótesis ilustrativa) que una interpretación racional del ser de la vida humana conduzca a una filosofia de su radical insuficiencia; una filosofia que nos muestre al hombre tendiendo por todas sus potencias a trascender de si mismo. Supongamos que la elaboración racional de esa radical insuficiencia le imponga a la filosofia como exigencia científica la afirmación de una trascendencia, de un ser trascendente.
En la filosofia hay siempre comprometida la plenitud de la vida; en la filosofia hay siempre un tua res agitur. Surgida de la vida, la filosofia solo se acaba y cumple en una vida –cosa ésta que no ocurre a ninguna ciencia.
La filosofia quiere y ha querido siempre ser una ciencia, un conocimiento; pero un conocimiento vivido y militante; sabiduría individual y solo asi, sin embargo, de veras universal. Por eso, adoptadas todas las precauciones para no ser mal entendido, yo diria (un poco en símbolos, porque a veces el símbolo es la precision y exactitud mas alta) que la filosofia no es ciencia sino mas bien Caballeria de la "Orden del Conocimiento Esencial".
Pero hay algo en la filosofia que resistira siempre el intento de reducirla a ciencia, y es que, si bien la filosofía es conocimiento, en el conocimiento filosofico sólo se conoce lo que de algun modo tambien se hace, con un modo interior de hacer. El conocimiento filosofico es tambien realización del cognoscente (subjetividad finita siempre individual) y no, comoen el ideal de la ciencia un objeto espectacular para un desinteresado y anónimo "yo pienso".
Por eso, aunque la filosofia aliente la exigencia de un saber de validez universal, los filosofos no se preocupan demasiado de la universalidad, y se conforman de buena gana con la validez. Y si las reflexiones anteriores fueran justas, esta en la misma naturaleza de la filosofia el que las cosas ocurran de esa manera.
La misma idea de una filosofia universalmente válida (ideal que se nutre en el postulado, que nada autoriza seriamente a conmover, de la esencial identidad del hombre), no podria concebirse de otro modo que como el canevas sobre el que cada vida filosofica construye su original acceso a la verdad.
Solo un superficial "historicismo", mirando en el contenido de los "sistemas", extrae de la diversidad de ellos la negación de una verdad filosofica (para lo cual previamente ha erigido, a sabiendas o no, a la matemática y la ciencia natural exacta en dechados del conocimiento; sin preocuparse, naturalmente, de averiguar que pasa con la filosofia).
Pero una consideración mas profunda justamente en la "historicidad" de la filosofia vera el signo de la verdad que le es propia. Y las distintas filosofias, en su curso temporal, se nos apareceran como confidencias conceptuales que se corrigen mutuamente al infinito, como confidencias conceptuales en torno a una verdad inmanente a todas ellas, en cuanto se fundan en una experiencia de vida.
Porque la vedad filosofica, mas que adeaquiatio rei et intellectus, es adoaequatio intellectus et vitae: de una vida, empero, que no es vida inmediata ni conciencia solipsista, sino subjetividad finita constitutivamente abierta a la trascendencia.
"Si no esperas lo inesperado, no lo encontrarás"
(Heráclito de Éfeso)
"Fracaso no significa que estemos derrotados:
Significa que hemos perdido solo una batalla.
Fracaso no significa que no hemos logrado nada,
Significa que hemos aprendido algo.
No significa que hemos sufrido el descrédito:
significa que estuvimos dispuestos a ensayar.
No significa falta de capacidad.
Significa que debemos hacer las cosas de una manera
diferente.
Fracaso no significa que somos inferiores,
significa que no somos perfectos.
No significa que hemos perdido nuestra vida:
significa que tenemos buenas razones para empezar de
nuevo.
No significa que debemos echarnos atrás.
Significa que debemos luchar con mayor ahínco.
Fracaso no significa que jamás lograremos nuestras metas:
Significa que tardaremos un poco mas en alcanzarlas.
Fracaso no significa que Dios nos ha abandonado.
SIGNIFICA QUE DIOS TIENE UNA IDEA MEJOR!"
I. La inspiración filosófica
La filosofía en la calle
En muchas ciudades de nuestro país hay alguna vía pública
que lleva el nombre de "Balmes". El filósofo de Vic, Jaime Balmes
(1810-1848) es un "clásico" moderno, su pensamiento posee actualidad.
Es interesante observar que, por lo general, a esas calles o plazas no se
les ha modificado el nombre a pesar de los cambios de régimen político
que se han sucedido. Nunca ha parecido necesario marginar a Balmes; es patrimonio
común. Existe también una filosofía clásica,
una philosophia perennis, patrimonio de todas las generaciones que a la
vez es un saber maduro y una búsqueda abierta.
La moda goza de una actualidad efímera.
Los clásicos no suelen estar de moda.
Pero son actuales siempre.
Hay cuestiones que interesan al hombre de todos los tiempos.
Muchos pasan por esa calle: desconocen quién fue Balmes y no se lo
preguntan. También es posible que ignoren qué es la filosofía,
qué es un clásico o qué un régimen político.
Realidades invisibles, como el aire y la luz; vivimos en medio de ellas
y no nos damos cuenta.
La admiración, origen del filosofar
A veces desconocemos lo que tenemos cerca. Normalmente ignoramos lo
más próximo: estamos acostumbrados, no nos causa extrañeza,
ni admiración; he ahí por qué no nos hacemos preguntas.
Maravillarse es advertir que no entendemos. La maravilla nos hace ver en
lo ordinario algo insólito. Los filósofos de la antigua Grecia
dijeron que la investigación y la filosofía nacieron de la
admiración.
Hoy en día se suele aceptar que la humanidad posee un alto nivel
de conocimiento científico, y eso la hace poderosa. Es cierto, pero
no sabemos si el edificio del saber humano es seguro. ¿Su prestigio no se
desplomaría si el hombre sólo lo hubiera soñado, si
fuera mera invención de nuestro deseo de seguridad?
El valor de la filosofía
¿Para qué sirve la filosofía? Se puede responder: "no
sirve para nada". Pero aun aceptando semejante respuesta, no cabe admitir
que no sea valiosa.
No es lo mismo ser útil que valer. Servir para otra cosa es un tipo
de valor, el valor de utilidad, propio de los medios. Todos los medios -o
útiles- son valiosos, aunque no todos los valores son medios. Los
medios son buenos para otra cosa, los fines son buenos en sí mismos.
Hay preguntas que se plantea el hombre de todo tiempo. Una de ellas tiene
que ver con la diferencia entre los saberes "técnicos" y los saberes
"liberales" (desinteresados), esto es, la diferencia entre dominio del mundo
y libertad interior, técnica y ética, cosas y personas, en
una palabra: el mundo y el hombre. Éstos son temas clásicos,
que cobran especial interés en la actualidad.
Con un lenguaje propio de su época, J. Balmes formuló agudamente
algunas de estas cuestiones en un libro publicado en 1846:
«Todo lo que concentra al hombre, llamándole a elevada contemplación
en el santuario de su alma, contribuye a engrandecerle, porque le despega
de los objetos materiales, le recuerda su alto origen y le anuncia su inmenso
destino. En un siglo de metálico y de goces, en que todo parece encaminarse
a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en cuanto pueden
servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven esas grandes cuestiones,
en que el entendimiento divaga con amplísima libertad por espacios
sin fin.
«Sólo la inteligencia se examina a sí propia. La piedra cae
sin conocer su caída; el rayo calcina y pulveriza, ignorando su fuerza;
la flor nada sabe de su encantadora hermosura; el bruto animal sigue sus
instintos, sin preguntarse la razón de ellos; sólo el hombre,
esa frágil organización que aparece un momento sobre la tierra
para deshacerse luego en polvo, abriga un espíritu que, después
de abarcar el mundo, ansía por comprenderse, encerrándose
en sí propio, allí dentro, como en un santuario donde él
mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor. Quién soy,
qué hago, qué pienso, por qué pienso, cómo pienso,
qué son esos fenómenos que experimento en mí, por qué
estoy sujeto a ellos, cuál es su causa, cuál el orden de su
producción, cuáles sus relaciones: he aquí lo que se
pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas, es
verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de nosotros
algo superior a esa materia inerte, sólo capaz de recibir movimiento
y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad íntima,
espontánea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la imagen
de la actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un solo acto
de su voluntad». (J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1, §
4).
La cuestión del saber
Según el filósofo de Vic, es preciso filosofar, porque
junto a la ciencia natural y el progreso técnico, ha habido escaso
mejoramiento en humanidad; además, advertimos gran diferencia entre
la fuerza física y la conciencia, entre lo externo y lo interior,
la materia y el espíritu, entre el mundo y el Creador.
La sola enumeración de esos temas, persuade a muchos de la dificultad
de la filosofía. Estos asuntos -se dice- son importantes, pero no
están al alcance de todo el mundo, son cosa de especialistas. Eso
es una dificultad; tal vez la mayor para quien se acerca por primera vez
a estas materias.
Además, se nos plantea la disputa sobre el saber filosófico.
Las razones a favor y en contra insinuadas por Balmes, vienen a ser estas:
-En contra: Después de veinticinco siglos la filosofía sigue
sin alcanzar utilidades claras. Continúa haciéndose las mismas
preguntas. ¡Queda lejos la Edad Media!, estamos en el siglo XXI, época
de continuas sorpresas, de siempre nuevos progresos tecnológicos.
La filosofía no progresa, no es científica. ¿Por qué
ocuparnos de ella?
-A favor: precisamente por eso, la necesitamos. Ciencia y técnica
tenemos, pero nos falta meditar sobre la grandeza del hombre, su origen
y su destino. Más allá del rendimiento y la utilidad, hemos
de poder discurrir sin límites. El progreso material necesita del
progreso espiritual. Ahora bien, "en este siglo de metálico y de
goces" -de dinero y placeres-, en que "las fuerzas del espíritu"
-la ciencia, el saber- se desarrollan sólo al servicio de la técnica
y del mercado, se detecta un vacío de espíritu. Más
que nunca se requiere el saber desinteresado, la contemplación desde
las altas cumbres. Pensemos en fin, ¿qué nos mueve al saber? ¿Nos
interesa sólo por la utilidad, o también porque ilumina el
sentido de la existencia? ¿Qué ciencia, qué técnica
podría hacer esto último?
Filosofías "preconcebidas"
La misma ciencia y el progreso material replantean la necesidad del
filosofar, es decir, de ir en busca del último por qué que
nos dé alguna razón de todo cuanto existe. No es inasequible,
ni es preciso ni conveniente partir de cero, aunque algunos filósofos
lo hayan pretendido; aunque no sean conscientes de ello, todos llegan a
la filosofía con gran número de conocimientos previos. Por
lo demás, todos tenemos una idea -quizá confusa- de lo que
significa una concepción filosófica de la realidad; y, de
hecho, conocemos más de una.
Vamos a considerar tres de esas visiones (cosmovisiones) que se advierten
y distinguen fácilmente en la actualidad:
La primera concibe la filosofía como sabiduría. Sostiene el
primado del espíritu sobre la materia, y la libertad como señorío
del hombre sobre las cosas. Es creacionista, ve el mundo como la obra de
un Artífice inteligente, y al hombre como imagen de Dios.
La segunda es el materialismo "científico", actualmente divulgado
y al alcance de todos. Se lo encuentra en los medios de comunicación.
Contiene una concepción claramente cerrada a la trascendencia. A
menudo concede prioridad a la moda (lo que se lleva) y al éxito (más
o menos previsible a corto plazo).
La tercera, es la concepción postmoderna. Sostiene que buscar el
último porqué es un "pensamiento duro", intolerante. Según
tal cosmovisión, la filosofía expresa sólo la mentalidad
vigente en un grupo social y una época. Ni la inteligencia ni la
materia pueden dar cuenta del origen absoluto; en consecuencia, nada puede
hacerlo.
Una descripción de la primera idea la hemos encontrado ya en el texto
de Balmes. Consideraremos ahora, brevemente, las otras dos, para plantearnos
la pregunta sobre la verdad de esas filosofías preconcebidas. Como
hemos sugerido, todos nos encontramos en alguna de las tres y tal vez no
lo sepamos.
II. El materialismo común
La lógica del materialismo divulgado.
Hay una imagen del hombre (y del mundo) muy divulgada por los medios
de comunicación que simplifica de tal modo las cuestiones, que ofrece
la impresión de que en la actualidad se sabe el "porqué" de
todo. Esa imagen resulta de reducir siempre lo superior a lo inferior; es
decir, explica siempre lo más perfecto por lo menos perfecto. En
el fondo cree que lo más perfecto es siempre lo más complejo;
en consecuencia, pretende explicar lo superior como una agregación
de elementos (lo inferior). Por ejemplo, la excelencia humana sobre los
demás seres, estribaría en la magnitud del cerebro, o en la
complejidad de conexiones neurológicas. En definitiva, la perfección
sería cuestión de cantidad; el hombre sería un ser
superior por la sencilla razón de ser más complicado.
El materialismo "explica" lo superior por lo inferior; presenta las realidades
más perfectas como agregados de cosas menos perfectas.
Ahora bien, ¿es evidente que perfección (de ser) sea lo mismo que
magnitud (de partes), o complejidad (conexión de porciones)? Lo sería
si sólo pudieran existir seres materiales. Pero, si hay seres inmateriales,
entonces ha de haber una jerarquía de perfección en el ser,
inversa a la de la complejidad. En efecto, el ser espiritual carece de cuerpo,
no tiene partes; sin embargo es superior al ser material. Espiritual y material
se comparan como lo superior a lo inferior; la escala que va de las piedras
a Dios (pasando por el hombre), no es un tránsito de lo más
simple a lo más complejo, sino de lo complejo a lo más simple.
Dios es la pura simplicidad, la suprema sencillez.
Ciencias y método analítico
Denominamos "análisis" a la descomposición de un todo
en sus partes.
El análisis se acaba en los elementos.
Se llama "elemento" al resultado último del análisis;
es indescomponible, simple y evidente.
La sugestión de que lo superior se explica por lo inferior (es decir,
que todo se explica por la materia y sus estructuras) se basa en operaciones
mentales muy sencillas: separar y reunir, descomponer y recomponer: análisis
y síntesis. El matemático usa el análisis para ir de
lo oscuro a lo claro, de lo complicado a lo sencillo.
Se suele indentificar "analizar" con "pensar" (o "profundizar"), cuando
el análisis sólo es una entre las operaciones mentales: la
que descompone un todo en sus partes, hasta llegar a las ínfimas.
Cuando no se puede seguir descomponiendo, hemos encontrado un elemento.
Los elementos son básicos: se entienden por sí mismos y a
partir de ellos se entienden las otras cosas. Con otras palabras: lo elemental
es evidente, se entiende y causa saber. La ciencia se funda en elementos.
Las ciencias de la Naturaleza progresan integrando (articulando) sistemas
complejos, a partir de elementos simples.
Si la realidad constara sólo de materia y combinación, entonces
análisis y síntesis serían los únicos procedimientos;
y los elementos físicos las únicas verdades primeras.
Representación gráfica de la estructura del átomo
Limitación del análisis
Si la realidad sólo fuera un agregado material de partes, el análisis
sería la única forma correcta de pensar. La matemática
sería algo más que una buena lógica, sería el
único método lógico.
Pero si la realidad no consta sólo de elementos materiales, además
de las ciencias matemáticas y las físicas, ha de haber otras
formas del saber, más métodos además del analítico
(simbolismo, analogía, etc.). Ahora bien, hay ideas que se resisten
al análisis y resultan incomprensibles si se cuenta sólo con
métodos físico matemáticos; por ejemplo: infinito o
persona, son nociones que no toleran el análisis y sin embargo no
son pensamientos vanos.
Por poner un ejemplo de intuición inmediata: ¿el análisis
es capaz de captar la vida de la vaca? En la carnicería encontramos
piezas de vaca, esto es, vaca "analizada". Pero la vida de la vaca no es
una de las piezas descuartizadas ni la mera reunión (síntesis)
de las piezas: por más perfecta que fuera la reunión de las
piezas no resultaría la vida de la vaca, porque ésta es más,
es superior a la reunión de las partes. Lo mismo sucede con el ser
personal. Si la persona fuera una reunión de elementos materiales,
si el ser personal resultara de una cierta síntesis de piezas impersonales,
la persona no sería más que un agregado impersonal. Como la
interioridad es inasequible al método analítico, se corre
el riesgo de declararla ilusoria, lo cual sería obviamente un disparate.
Lo correcto es reconocer la limitación del método analítico,
y que no es el único, ni el más apto para las realidades de
superior categoría.
Estas reflexiones son suficientes para advertir que la ciencia analítica
sirve por cierto al conocimiento de un sector de la realidad, pero no puede
ofrecer todo el saber posible. La naturaleza física es una gran parte
del ser, pero seguramente -lo estamos vislumbrando- no es la totalidad del
ser. Y ¿no es obvio que de la confusión de la parte con el todo se
derivarán necesariamente enormes dislates? Quien declara que una
parte es todo, mutila la realidad, hace una reducción inadmisible.
Del caos al superhombre..., pasando por el chimpancé
El materialismo reduce lo superior a lo inferior, porque explica sólo
en base a síntesis de elementos. El materialismo vulgar, pretende
explicar el espíritu por funciones lógicas; los procesos lógicos,
por el cerebro; el cerebro por el sistema nervioso; los nervios y sus procesos,
serán bioquímica y, al final, todo será la versión
biológica de lo que vemos en el circuito impreso de la calculadora
o el transistor cuando los abrimos; a su vez, un circuito se reducirá
a algo tan sencillo como la instalación eléctrica de una habitación.
Según la imagen divulgada por los medios, el hombre es un poderoso
ordenador, resultado de la evolución de los vivientes superiores;
estos procederían de los vivientes inferiores por evolución;
y a su vez éstos de la materia inorgánica. En fin, lo único
que sería necesario desde la eternidad serían partículas,
espacio, y fuerzas que mezclaran las partículas durante largos períodos
de tiempo, hasta que, por azar, resultara una combinación superior
estable, tendente a perpetuarse y multiplicarse.
Materialismo y creacionismo
Así el materialismo explica la vida como un mero producto de
la materia inerte; la inteligencia como un producto de la vida orgánica;
la espiritualidad, la vida científica, moral y religiosa, en suma,
como invenciones del hombre. En este sentido, el materialismo es como la
inversión (el negativo de la fotografía) de la imagen creacionista
del mundo.
Según el creacionismo, Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza,
con una dimensión material y otra dimensión personal y espiritual.
Al cosmos físico lo creó para el hombre. El mundo no existe
en un sentido absoluto (no se justifica en sí mismo, no es para sí
mismo), sino que existe para el hombre, para que éste lo conozca
y domine mediante el trabajo manual e intelectual. La razón de ser
del mundo es el hombre: permitir la vida específicamente humana (en
el mundo) que culmina en el conocimiento y el amor a Dios (trascendente
al mundo). Para el creacionismo el mundo invita a elevar la mente del hombre
a su artífice, Dios. El mundo y el hombre deben considerarse ordenados
a Dios.
El materialismo, por el contrario, sostiene que Dios no es más que
una "idea", un producto mental del hombre. No entiende a Dios como creador
del hombre sino al hombre como creador de Dios; y, en fin, el mundo (o mejor,
el caos y el azar) es el productor del hombre. Para al materialismo, el
espíritu es producto de circuitos neuronales; y las neuronas, producto
de la materia.
Tópicos del materialismo
En ocasiones el esquema del materialismo divulgado se presenta como
resultado de la ciencia ("materialismo científico"), para el cual
sólo existe la Naturaleza (átomos, espacio vacío, fuerzas);
la Naturaleza produce por evolución al hombre; el hombre produce
la sociedad, el lenguaje, la cultura. En fin, la ciencia, el arte, la filosofía
y la religión son los niveles superiores de la cultura. Todo sería
un proceso que integra elementos, a partir de materia inerte, se alza hasta
la vida, después llega el hombre y, por fin, el pensamiento consciente.
En el materialismo divulgado, cada uno de nosotros sería un producto
de su cultura y las culturas productos sociales e históricos. En
semejante planteamiento, las explicaciones son triviales, superfluas. La
vida no tiene misterio, las ciencias lo explican todo..., y no hay más.
Pero la vida nos impone sospechar que hay más, y si en efecto hay
más, entonces habrá que reconocer que hay mucho más...
Tras las palabras
En las síntesis cada vez más elevadas que se presentan
en la naturaleza, en el materialismo divulgado, el tránsito de lo
inferior a lo superior, en el fondo, se justifica siempre de la misma manera:
"por evolución, de los mamíferos superiores surgió
el hombre", etc. Ahora bien, ¿qué quiere decir, exactamente, "por
evolución"? Con exactitud, no se sabe. Es una incógnita. Subrayemos
esto: ¡La explicación reposa sobre una incógnita! Dadas unas
modificaciones lentas (o súbitas), pequeñas (o grandes), sobrevenidas
por azar, es decir, sin causa o por causa desconocida... entonces alguna
novedad entra en escena. Todas las novedades entran así en escena,
por causas desconocidas. ¡Valiente explicación!
Ciertamente, la biología contempla fenómenos en los que parece
ya insensato negar la evolución de la vida, desde formas simples
a formas cada vez más complejas. Ahora bien, lo que los mismos biólogos
no tienen claro es cómo se explica el hecho. Hay incluso biólogos
de primera categoría y ajenos al creacionismo que reconocen que la
evolución observada odebece a leyes predeterminadas y desconocidas.
Con otras palabras, es claro que hay tránsitos de lo inferior a lo
superior; lo confuso es "cómo explicarlo". En definitiva: ¿cuál
es el origen de esas leyes que hacen posible la evolución en un sentido
determinado? Hoy por hoy la biología no lo sabe. y muchos se inclinan
a pensar que la explicación no está sólo en el pasado
(en una causa material), sino también ¡en el futuro!, es decir en
algo así como lo que los clásicos llamaron causa final.
Es claro también que el materialismo no es científico en modo
alguno. El científico y premio Nobel John Eccles lo ha calificado
incluso de "superstición".
En consecuencia, al comenzar a discurrir sobre el sentido de la existencia
del mundo y del hombre, lejos de asumir acríricamente explicaciones
pseudo-científicas, nos proponemos partir de que no sabemos qué
significan las palabras invocadas anteriormente. Partimos de que hay mundo
y hay personas, entre las que nos contamos. Partimos también de que
no es evidente que la Naturaleza sea sólo materia, espacio y fuerzas;
ni es evidente que el hombre sea un robot, ni que la "inteligencia artificial"
sea "inteligencia "vital". Probablemente no sepamos aún qué
significa "materia", qué "espacio", qué el "número",
qué el "hombre", etc.
En el punto de partida del filosofar, no pretendemos estar en posesión
de ninguna certeza indiscutible. Por tanto, lo primero que tendremos que
hacer será buscar definiciones: de-finir, delimitar el perfil de
las cosas, averiguar qué las distingue y qué las asemeja a
las demás. Esta tarea nos remite a la lógica, como orden de
los conceptos, o "arte de pensar" correctamente.
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