III. El
"culturalismo", o relativismo postmoderno
Ciencias sociales y "cultura"
Después del marxismo, prolifera en medios académicos
un materialismo atenuado, que denominaré culturalismo. Más que
una teoría es una mentalidad. El origen del culturalismo se debe, por
una parte, al descrédito de la filosofía en el s. XX y, por otra,
en el auge de nuevas ciencias —provenientes, por sierto, de la filosofía—,
que conservan interés humanístico, me refiero a las ciencias sociales.
Para éstas, el ser humano debe ser estudiado como producto del medio
sociocultural; cada sociedad tiene su cultura y conforma sus individuos a su
imagen.
El relativismo postmoderno
Por otro lado, es hoy frecuente la creencia de que sobre cuestiones últimas
no se puede saber nada. La verdad sobre el hombre y el mundo, sobre nuestro
origen y destino, es impenetrable. Aún más: el intento de encontrar
la verdad es pernicioso, propugna sistemas cerrados al diálogo y al consenso
social, a la diversidad de opiniones, de opciones, de culturas, etc. La actitud
post-moderna valora la tolerancia universal y propone para ello la renuncia
al fundamento; tan fundamentalista le parece el materialismo como el creacionismo.
Este culturalismo se diferencia de las filosofías anteriores en que se
esfuerza por saber de todo, pero sin afirmar ni negar nada. Su ideal de persona
culta es alguien con "acceso" a mucha información, pero sin convicciones.
La idea del culturalismo es que hay que conocer todas las ideas, para no comprometerse
con ninguna.
Al desinteresarse de la verdad objetiva, elculturalismo postmoderno refiere
el valor de las cosas a las apreciaciones de una comunidad. Como el escepticismo
de siempre, intenta cancelar el valor de la verdad. Pero eso es imposible; la
verdad es solamente suplantada: no será ya la adecuación de nuestro
pensamiento a la realidad de las cosas, sino la opinión o la sensación
que se tiene dentro de un grupo. Aparecen así "subculturas", propias
de comunidades restringidas, cada una de las cuales tiene "su" verdad (la comunidad
de los universitarios, la de los consumidores, la de los homosexuales, etc.).
Los valores de cada cultura son autónomos: no se pueden poner en relación
ni comparar; cada cultura es un mundo aislado. El intento de enjuiciar los criterios
del indígena, del gitano, etc., por parte de aquellos que no lo son,
es etnocentrismo, una falta de respeto. Aparentemente el culturalismo permitiría
una mayor "comprensión" de culturas ajenas -y de las personas que pertenezcan
a ellas- pero en realidad facilita el desinterés y la incomunicación,
por el hecho de que se excluye a priori que tengamos verdaderos valores en común
o que podamos compartir.
Valoración del culturalismo
En síntesis, el relativismo postmoderno merece una valoración
negativa, debido sobre todo a las siguientes características:
Renuncia a la verdad. El culturalismo y el pensamiento postmoderno, como hemos
visto, renuncian a la verdad en general y en particular a la verdad del fundamento.
Tal renuncia siempre es grave, puesto que culmina o en el relativismo subjetivista
(subjetivismo puro) o en incluso en el nihilismo (nihil = nada). Las consecuencias
son tremendas, porque de ahí procede en buena parte el menosprecio o
desprecio de la existencia humana, de la vida de los no nacidos, de los ancianos
y enfermos terminales, y, en fin, de todas aquellas personas que parecen gravosas
a la comunidad en la que vive. En todo caso, la valoración de esta mentalidad
es la misma que merece el escepticismo. Desenmacararlo no es cosa trivial, sino
cuestión de vida o muerte.
Politeísmo de valores. El culturalismo consagra un "politeísmo
de valores" conducente a la incomunicación y contrario al progreso. Siempre
una u otra cultura ha sido pionera en algo, en la historia, y las demás
han progresado imitándola o haciéndola suya.
Como forma de razonar, hay que reprocharle tres defectos que examinaremos en
seguida:
1º) Incurre en "circulo vicioso"; defecto, pues, de lógica.
2º) Construye una pseudo-cultura, que bien podría llamarse cultura de
la frivolidad;
y 3º) su esterilidad para las relaciones entre individuos y comunidades, ya
que sólo desorienta (es confusionismo).
Examinemos con más detalle cada uno de estos argumentos:
1º) Como las sociedades evolucionan -se dice-, también los juicios de
valor son variables. Ahora bien, esto introduce un relativismo general. En efecto,
si lo que cada cual considera legítimo, y razonable (lo que llamaríamos
lógico y sensato), son sólo creencias de época, nada podemos
afirmar sin aceptar que nuestros juicios valen sólo por ahora, en este
país, etc. Es decir, en un sentido absoluto no valen. La validez de todo
pensamiento, de todo juicio, es provisional, y depende de su aceptación
por los demás. Ahora bien, como la validez de los juicios de los demás
depende también de los demás, la pescadilla se muerde la cola,
estamos en un círculo vicioso del que no hay otro modo de salir que saliéndose
de la teoría. El progreso mismo sería inviable porque sofocaría
la aparición de esos hombres rompedores de juicios anquilosados, de esquemas
"políticamente correctos", que son los que en rigor hacen progresar en
humanidad. Si el valor de nuestro pensamiento depende del pensamiento de los
demás, a su vez a remolque de las modas y estados de opinión,
hemos entrado así en el círculo vicioso donde nada es verdad ni
mentira.
2º) Si la filosofía es parte de una cultura (sus aspectos simbólicos),
no será verdadera ni falsa, no orientará ni será importante.
Lo mismo la moral y la religión. Para el culturalismo, la filosofía,
como producto del medio social, va cambiando con él. Pero eso es una
forma "educada" (digamos, culta) de eludir las preguntas serias, la idea de
transcendencia, la búsqueda del sentido. A partir de ahí, ya se
puede jugar a la intrascendencia. La frivolidad pasará por ser la actitud
lúcida de quienes "están de vuelta"; para quienes la cultura es
simplemente actividad lúdica.
3º) Una "cultura" que nos adoctrina en la intranscendencia -que nos invita a
la frivolidad, a no tomar en cuenta nada que no podamos ver y usar-, esteriliza
la vida intelectual, la bloquea, deja la voluntad como aguja de brújula
sin norte, sin orientación ni propósito sobre el cual edificar
una personalidad. Tal pseudo-cultura debe ser denunciada como fraudulenta. Los
fraudes alimenticios atentan contra la salud del cuerpo, los filosófico-morales
atentan contra el espíritu humano.
Naturaleza y cultura
(La actividad humana)
"El hombre supera infinitamente al hombre"
(Blas Pascal)
I. Lo natural y lo artificial.
El viviente que habla Hay discursos que no dicen nada, y silencios que claman.
A veces se alude así a la importancia de la palabra; no interesa
la charlatanería, sino el significado de lo que se dice.
.....Ya Aristóteles (384-332, a. C.) observó que no es lo
mismo la voz que la palabra (lógos). La mayoría de los animales
tienen voz (maúllan, pían, mugen, etc.), no son mudos; pero
esas voces no significan nada, o muy poco. Sólo el hombre está
dotado de palabra. La palabra es voz articulada, combinación de sonidos
(fonaciones), según un código altamente complicado —más
aún, si pensamos que los diferentes idiomas se traducen entre sí;
esto es, que todos los códigos semánticos y sintácticos
son artificio—. En fin, Aristóteles consideró que podía
definir al ser humano como "el viviente que tiene logos". Esta fórmula
se ha transmitido hasta hoy así: el hombre es animal racional. De
muy antiguo proviene, pues, la convicción de que el habla es el signo
externo del pensamiento. El lenguaje es una característica diferencial
humana; y logos es la palabra griega que significaba, indistintamente, "palabra",
"mente" o "pensamiento".
Seres naturales y seres artificiales No es lo mismo describir cosas que
definirlas.
La descripción expresa lo aparente, lo que se ve, y tal como uno
lo ve. La definición expresa algo interno, lo que es; y no como a
uno le parezca, sino tal como es. Por eso es incomparablemente más
fácil describir que definir. A los seres naturales los podemos describir,
es lo que se suele hacer; sólo los entes artificiales se dejan definir
con menos dificultad.
La definición expresa la esencia, lo que una cosa es. Pero ¿cómo
expresar con exactitud lo que no se comprende, o se conoce sólo a
medias? Lo artificial es definible, porque no tiene otro ser que el que
el artífice humano le ha dado. Las definiciones elementales, en el
inicio de las ciencias, suelen ser convenios (por ejemplo, la definición
de "metro").
Definir al hombre es muy difícil. Aunque sólo atendiéramos
a su condición de ser natural, de viviente. Supongamos que ya comprendemos
su elemento diferencial ("tener logos"), todavía nos falta el genérico.
Hay que definir qué es ser natural y qué es vida.
Los seres naturales, en efecto, son inertes o vivos. Los antiguos suponían
un principio vital (en lat. anima; en gr. psykhé), que explicara
la diferencia entre un cuerpo inanimado y un ser vivo. El primero es pasivo,
incapaz de moverse por sí mismo; el segundo es activo, espontáneo.
Sabemos que ha muerto cuando deja de actuar. Entonces deja de existir, el
cuerpo se disgrega. Otra observación de Aristóteles es esta:
la vida, para los vivientes, es el ser.
Los entes naturales son diferentes de los artificiales.
Los primeros existen por sí, los segundos son obra humana.
Los entes naturales son inertes o vivos.
Materia y forma
Vale la pena ahora prestar atención a la teoría aristotélica
llamada hylemórfica, que explica de modo difícilmente superable
la estructura más profunda (meta-física) de la realidad material.
La teoría hylemórfica mira a las cosas (naturales o artificiales)
como compuestas de materia y forma (en gr. hyle y morphé). Por "materia",
en metafísica, no se entiende lo mismo que en física; se entiende
el principio de la indeterminación, pasividad y sensibilidad de las
cosas; por "forma" se entiende un principio (no una figura, ni un aspecto),
el principio determinante de la materia, del que proviene la actividad y
la inteligibilidad de la cosa. Considerémoslo en un par de ejemplos:
las palabras que proferimos constan de dos elementos, la materia (sonidos,
voces) y la forma (articulación); las palabras que escribimos también
son compuestas de materia (letras) y de forma (orden, combinación).
Lo mismo se podría hallar en las piedras: moléculas y estructuras
cristalinas. Todo lo que hay es, por un lado, algo pasivo e indeterminado;
y, por otro lado, una estructura determinante.
Materia y forma no son "cosas", sino principios de las cosas. Las cosas
se pueden ver y tocar; los principios se alcanzan con el pensamiento. Por
eso, materia y forma no son objetos observables, ni separables por medios
físicos o experimentales. Ahora, si no son observables, ¿cómo
sabemos que son reales? Porque el obrar de las cosas exterioriza su manera
de ser (el obrar se sigue del ser). Ahora, se nota una dualidad de aspectos
en los entes naturales, como la pasividad y la actividad, o como la singularidad
y la idealidad. Si ambos aspectos se dan y se dan juntos, son señal
de una dualidad constitutiva. La materia explica el carácter sensible
de los individuos, su pasividad y, en fin, lo que hay en ellos de oscuro
o ininteligible.
Pero un ser material no es solo materia.
Quien dice "ser material", dice elementos o partes, más una configuración
que reúne las partes, o morfología de ese ser. A esa configuración
interior se la llama forma (morphé).
Que los seres naturales tengan una información intrínseca
es una idea que nos resulta familiar; tenemos ya la idea de código
genético o de programa informático, como estructuras que configuran
una materia (en sí amorfa) y la hacen capaz de actuaciones sorprendentes,
originales. En el lenguaje filosófico, "forma" no significa figura
externa, sino la estructura interna de la materia; no es la materia, sino
la estructura de la materia. Se trata de algo comprensible, inteligible
y, a la vez, un principio de operaciones específicas. Lo mismo que
en el caso de información genética, o en el de programa informático,
la forma de la que hablamos es un código, un programa que configura
y habilita para obrar.
Principio vital y cuerpo organizado Cuando los antiguos observaron que de
los entes naturales los unos eran vivientes, porque ejercían operaciones
vitales y no por el hecho de ser materiales (pues las piedras son materiales
y no viven), refirieron esas actividades vitales a un principio, que denominaban
psykhé, o anima, y era para el cuerpo lo mismo que la forma es para
la materia, esto es, lo mismo que un programa informático es para
un plástico o la información genética para unas moléculas.
"El alma es la forma de un cuerpo natural orgánico que tiene la vida
en potencia" (Aristóteles).
Aristóteles define el alma (yuc», psykhé), como la forma de
un cuerpo orgánico, cuyas operaciones vitales no están siempre
en ejercicio; algunas reposan mientras otras obran. El viviente (zîon,
zóon) es un ser material, informado por un programa muy perfecto
(psykhé), que consta de órganos coordinados.
Elementos de esta definición
· Cuerpo, significa la unidad de materia y forma
· Natural, se dice por contraposición a artificial
· Orgánico, significa que el viviente consta de órganos
Los órganos se sirven entre sí (en gr. Ôrganon, órganon,
instrumento); esta idea destaca al organismo entero —al viviente— como el
fin de todas las operaciones orgánicas.
GRADOS DE VIDA
Además de los órganos, esa definición contiene
esta otra expresión: "vida en potencia". ¿A qué se refiere?
Las potencias vitales, o facultades del alma, no son lo mismo que los órganos;
son principios próximos de operaciones vitales. Es tradicional distinguir
tres niveles:
· Operaciones vegetativas, como la nutrición, el crecimiento y la
reproducción.
· Operaciones sensitivas, como la sensación, la percepción,
imaginación, etc.
· Operaciones intelectivas, como el concepto, el juicio, etc.
Las facultades se corresponden con tres grados de vida: vegetativa, sensitiva
e intelectiva o racional.
Aristóteles observó que los vivientes constan de partes heterogéneas;
no obstante poseen una unidad más poderosa que los minerales o los
artefactos. Su unidad integra partes muy diversificadas, órganos.
No sólo las integra como unidad, sino como dinamismo: la vida está
en la operación (vita in motu). Esas observaciones siguen siendo
válidas hoy.
La forma aparece mucho más claramente en el cuerpo vivo que en el
inerte.
Piénsese en el corazón de un mamífero: late porque
el animal está vivo; y el animal está vivo gracias al latir
del corazón. El obrar del órgano se muestra como medio y el
viviente, el animal, como fin.
Tomado en su conjunto, el organismo posee una unidad dinámica, que
es el vivir mismo. Decimos unidad dinámica, porque no podría
conservarla sin las operaciones vitales. Un reloj sin pila no se deshace,
pero un animal muerto se disgrega; de manera que las partes se mantienen
unidas en virtud de un principio dinámico, activo. Este principio
vital (psykhé) es algo distinto de un simple ensamblaje de piezas.
En suma, vivir es actividad y fin.
· Como actividad, vivir es la operación vital;
· Como fin de la actividad, vivir es el viviente, el ser vivo.
· El principio del que dimanan las operaciones vitales es el alma (psykhé).
Vivientes y artefactos mecánicos A diferencia del vivir, las actividades
del ser artificial son siempre medios. Ningún ser artificial es un
fin en sí; a fortiori, la actividad artificial no es fin en sí
misma.
Los artefactos pueden imitar el carácter orgánico de las actividades
vitales, es decir, el hecho de que unas son el fin de otras, y viceversa.
Especialmente los mecanismos autorregulados que se retroalimentan, adquiriendo
información, los robots o máquinas cibernéticas. Se
trata de mecanismos diseñados para imitar a los seres vivos. Su remoto
inventor, el matemático Norbert Wiener (1894-1964) recibió
el encargo de diseñar un proyectil que nunca errara el blanco. Se
trataba de un encargo del Ministerio de Defensa de los EEUU, para tiempos
de guerra. El profesor Wiener sólo encontró la solución
cuando un colega biólogo le hizo notar que su problema estaba resuelto
en la naturaleza: un león persiguiendo a una gacela es un proyectil
que busca el blanco, modifica su trayectoria.
En todo caso, el ser del artefacto no es natural, sino que responde a un
diseño. El ser del artefacto es, en sí mismo, un medio, porque
existe para aquello para lo que el hombre lo ha concebido y construido;
existe para realizar el propósito de su artífice.
La razón de ser de la máquina está fuera de ella misma,
en el artífice; la razón de ser del viviente está dentro
de él mismo. El fin del viviente es vivir; ser y perseverar en su
ser. No es un medio. Puesto que el ser del viviente es vivir, las operaciones
vitales son medios y fines; algo así como un fin que se posee al
obrar. De ahí que podamos concluir que el obrar vital, en conjunto
–como organismo–, es un fin para sí mismo.
Descripción y definición de la vida Imaginemos un artefacto,
como una silla o un automóvil, abandonado en un lugar deshabitado.
Cuando el hombre deja de ocuparse de los artefactos, como éstos existen
para servir a los propósitos del hombre, ya no sirven; por eso se
van deteriorando, hasta ser reintegrados a la naturaleza de la que el trabajo
los obtuvo. Las casas en las que no se vive se estropean deprisa. La silla
abandonada volvería a ser tierra deprisa; el coche sería desgastado
lentamente por los agentes externos como el sol, el agua, el frío
y el calor, etc.; poco a poco los plásticos se alteran, la pintura
se levanta y se desconcha, los metales se oxidan. Al cabo de unos años
sería una chatarra inservible; al cabo de muchos años habría
sido literalmente tragado por la tierra.
El ser artificial no sólo tiene su razón de ser en la mente
del artífice; también depende de la mano humana, para hacerse
y para durar. No puede existir sin el hombre. Se puede considerar que su
realidad consiste en ser una prolongación o instrumento (órganon)
de las capacidades humanas.
El artefacto existe para el hombre.
Si el hombre no lo usa, ni lo cuida, deja de existir.
A diferencia de los artefactos, los seres vivos se apropian de fuerzas externas,
las asimilan y, en lugar de sucumbir bajo sus golpes, los interiorizan y
hacen de ellos su propia sustancia. La influencia del aire, el agua, los
choques mecánicos, erosiona la roca, deteriora a la máquina.
Los cuerpos inertes son "rígidos", en el sentido de que a una fuerza
proveniente del exterior oponen otra de la misma magnitud (dureza, resistencia),
o se rompen, se van desmoronando. Un ser vivo, por el contrario, como por
ejemplo una planta, presenta unas actividades cuya característica
es recibir esas fuerzas externas haciéndoselas propias, internas.
Alimentarse, crecer, son operaciones vegetativas. La nutrición toma
agentes externos como aire y agua, luz, oxígeno, etc., y los interioriza
hasta convertirlos en sustancia vegetal. En lugar de romperse bajo el empuje
de los agentes externos, la planta los asimila, se alimenta de ellos, vive
de ellos y crece. De modo que la operación vital re-actualiza la
acción que le llega de fuera: no se quiebra, no se diluye, no se
altera; lo que hace es aceptar esa energía que le llega de fuera
y apoderarse de ella, la asimila. La vida de la planta convierte los empujes
externos en empuje interior, a partir de una fuerza central, interior. Esa
es su alma.
Cuentan que un anciano oriental vivía junto a un bosque y recogía
leña para ganarse la vida. El anciano conocía las voces del
bosque; no podía manejar el hacha, pero las nevadas eran sus aliadas.
El manto de nieve se acumulaba sobre las ramas; las vivas y flexibles, cedían
hasta dejar deslizar su carga, y recobraban su posición. Las ramas
secas, acababan con un chasquido y caían rotas. Y dicen que este
anciano inventó el judo, arte de defensa personal consistente en
aprovechar el empuje del atacante para derribarlo.
Esa leyenda recuerda que la acción vital es como un movimiento circular.
En la nutrición y la adaptación al medio, en el crecimiento,
el viviente no se comporta mecánicamente; para él no se trata
de neutralizar por ecuación de fuerzas o romperse. Su comportamiento
no neutraliza ni iguala, sino que asimila y potencia: acoge el empuje, lo
hace suyo y lo eleva.
La asimilación no se basa en el equilibrio, ni en la igualación
de acción y reacción, sino en la apropiación. No contrarresta,
potencia la acción; de modo que hay ahí más dinamismo
que en el modelo de la máquina; dinamismo desde dentro (ab intrinseco),
y el principio dinámico es también el fin de la acción,
como revertiendo sobre sí mismo, circularmente.
Inmanencia, definición de la vida
El ser viviente es más activo, pues, que las piedras u objetos
mecánicos. Los vivientes son en cuanto viven, y viven en cuanto interiorizan
energías físicas. La vida es en todo momento adaptación.
Afirmar que los vivientes tienen que adaptarse al medio, o mueren, es una
obviedad. Pero es curioso.
Por un lado, vivir es tener interioridad: traer energías externas
al interior. Mas, por otro lado, el viviente sale de sí mismo, ocupa
el medio, se instala en él en la forma de hacerse apto. También
modifica el medio: forma parte de él, se exterioriza en él.
Lo curioso está en que a mayor interioridad corresponde mayor apertura.
La interioridad de la planta es poca, su apertura al medio también.
En el animal aparece el conocimiento y, en consecuencia, no sólo
se adapta al medio, sino que lo recorre, lo ocupa, emigra, etc. Todo eso
culmina en el hombre: nuestra interioridad es intimidad; a lo interior de
la intimidad corresponde un exterior sin límite: el universo. Los
animales y plantas no viven en el universo, sino en un "nicho ecológico",
esto es, en un ecosistema cerrado, que se corresponde con su estructura
morfológica y patrones de conducta (anatomía, fisiología,
instintos, etc.).
El biólogo von Uexküll ha llamado la atención sobre esta
correspondencia entre el ser del viviente y su mundo circundante. La planta
que toma agua y sol, para elaborar savia, es ejemplo de asimilación;
el cactus carnoso y espinoso, el blanco oso polar, muestran adaptación
a un medio, exteriorización. Sólo el ser humano vive tan intensamente
que trasciende su mundo circundante, lo crea y es capaz de vivir en el desierto
o en los hielos del polo, bajo el agua o en la estratosfera, en la tierra
o en la luna, etc.
Finalmente, mediante observaciones alcanzamos una definición: vivir
es actividad interiorizadora que permite exteriorizarse por adaptación
y dominio del medio. Esta actividad interiorizadora se llama inmanente (del
lat. manere-in, quedar dentro). Las acciones inmanentes se llaman también
"operaciones".
En suma, la vida es actividad inmanente.
Dividimos la actividad en transitiva e inmanente.
Hemos descrito lo natural y hemos definido la vida.
La actividad y el ser ya no los definimos.
No todo se puede definir.
Definir es hacer manifiesto un concepto complejo o confuso mediante otros
más simples o claros. Pero es imposible ir hasta el infinito: tiene
que haber ideas primeras y evidentes. Tales son, por ejemplo, las ideas
de ser y de acto o acción.
Definimos la vida por la operación.
Vida es "actividad inmanente".
La acción inmanente perfecciona al ser que la ejerce.
Tal acción es fin para sí misma; y su agente es su fin.
Diremos, pues, que "acción" es una idea simple, evidente; una noción
primera y una certeza. Pues bien, "finalidad" es también una noción
elemental. Pues bien, la inmanencia se define por la finalidad. La acción
inmanente es fin en sí misma (como jugar o aprender; pues no jugamos
para otra cosa, sino para jugar, etc.); es decir, su fin es el agente mismo
que la ejerce. De manera que la vida (la acción inmanente) se define
por la finalidad.
La finalidad de todas las acciones vitales es que el viviente viva; y el
vivir no es medio para otra cosa, es fin en sí y para sí.
En conclusión, el vivir es el fin de todas las acciones inmanentes;
y la vida es el fin de sí misma. Por el contrario, el artefacto nunca
es fin, siempre es medio.
II. Vida humana y cultura
El hombre, naturaleza inadaptada Como las plantas y los animales, el
hombre es un viviente; tiene en común con ellos numerosas operaciones
inmanentes, como alimentarse, crecer, reproducirse, la percepción
sensorial, etc. Sin embargo, el ser humano está inadaptado al medio:
un niño abandonado moriría de inanición, o sería
devorado. Los hombres no llegamos acabados al mundo, no somos animales especializados
en nada; somos demasiado débiles y carecemos de armas y abrigos naturales.
Pero hablamos.
La vida humana no es meramente física; ni meramente vegetativa; ni
sólo sensorial. La vida humana incluye todos esos aspectos subordinados
a uno más fuerte: pensar y hablar. La imagen que el hombre se formado
sobre sí mismo, ya desde los tiempos de la antigua Grecia, es la
de un "microcosmos", es decir, un mundo en pequeño, un resumen del
universo entero. Conviene precaverse ante el exagerado espiritualismo, que
mira al mundo con extrañeza, como si se tratara de un accidente contrario
a nuestra naturaleza. Es el tema de nuestra corporeidad. El cuerpo es nuestra
presencia en el mundo, se trata de nuestra naturaleza real. No somos unos
extraños en el mundo, tenemos mucho en común con él;
genéricamente, el hombre es un cuerpo viviente y un animal. ¿Qué
es lo específico? Tener el uso de la palabra, y el uso de las cosas.
Definición de la cultura La mayor parte del pensamiento se plasma
en el lenguaje. Éste es la primera obra externa del pensar; la segunda
es la técnica. El conjunto de las obras externas de la mente son
la cultura.
Si el pensamiento no se exterioriza, no hay obra cultural. Un poeta experimenta
una emoción y forma dentro de sí una frase, un primer verso.
Si en ese momento el poeta muriera, el poema no se escribiría. Habría
habido una experiencia estética tan elevada como se quiera, pero
no una obra cultural: habría faltado allí la obra externa,
el poema que puede hacer pensar y sentir algo parecido a otros hombres.
La cultura no es la vida interior de las personas, sino su plasmación
externa. Un hacha de sílex y un ordenador son obras externas del
pensamiento.
La cultura es la obra externa del pensamiento, tal como las palabras son
el signo externo de las ideas. Sin obra exteriorizada no hay cultura. La
obra externa del pensar es de muchos tipos: estética, técnica,
científica, etc. Se habla entonces de bienes culturales de diversa
índole. Con la ayuda del lenguaje (transmitido en la familia y en
el grupo social) y de los bienes útiles, de la técnica, el
hombre se adapta al mundo, lo configura para sí mismo porque lo trabaja,
lo domina y lo cuida.
Los animales tienen instintos, los seres humanos tenemos cultura: ella nos
proporciona un "mundo humano". Hay muchas formas culturales, según
etapas históricas y pueblos, pero todas entrelazan tres categorías
de realidades: el lenguaje, las instituciones y la técnica.
Por otra parte, el dominio y conservación del mundo humano derivan
de otro aspecto primordial de nuestro ser: el trabajo. El hombre es verdaderamente
homo faber, es decir, trabajador. Trabajar no es una opción (como
si la holganza fuera natural y lícita), sino una condición
natural. El existir humano es activo, se prolonga en las actividades productivas
(lingüísticas, sociales, políticas, técnicas,
etc.). El trabajo es actividad humana; aunque no toda actividad humana sea
laboral. Los animales no trabajan.
El ser humano, pues, no vive adaptado al medio, sino a la cultura; los seres
humanos nos capacitamos para vivir en el mundo gracias a la inculturación,
es decir, a la inserción en una cultura. Esto es la educación
más temprana, la niñez y juventud como formación.
En suma, la cultura configura el mundo humano, diferente del mundo natural
o cosmos.
Tomando como base esta descripción, podemos definir:
La cultura es actividad productiva de bienes para el hombre,
exteriorizados y transmitidos hereditariamente, que son objeto de mejora
e innovación
Consideremos los elementos de nuestra definición:
· La cultura está en los objetos externos. Es objeto, no sujeto[1].
· La cultura objetiva consta de bienes. No puede constar de males. Los bienes
hacen bien al hombre, los males le dañan.
· La cultura consta de bienes artificiales, productos del hombre. (El sol,
por ejemplo, es un bien natural, no producido por el hombre, luego no es
un bien cultural. El hacha y el poema son productos humanos, son bienes
culturales).
· Todos los productos de la técnica son perfectibles, susceptibles
de progreso. Por lo mismo, los conservamos, los recibimos y pasamos en herencia.
· El progreso cultural no tiene fin; los instrumentos se pueden perfeccionar
y multiplicar hasta el infinito. Esto significa que la cultura (la ciencia,
la técnica, la economía, etc.) carece de fin en sí
misma: el fin de la técnica no es técnico, etc.
La esencia humana La definición expresa la esencia, lo que es. Pues
bien, podemos definir al hombre por la capacidad de tener. He aquí
una definición que está en la línea de la que dio Aristóteles
y la continúa: el hombre es el ser que tiene (Leonardo Polo); ser
que tiene o ser capaz de tener. Nótese que en esta definición
no se confunde el ser y el tener; el hombre es el único ser que es
capaz de poseer, de tener, y en diversos sentidos.
Podemos tener de tres maneras: 1ª. Según el cuerpo, así tenemos
la ropa, los instrumentos, la casa, etc., todos los bienes materiales, en
suma. 2ª. Según el espíritu, tenemos ciencia, conocimientos
teóricos o prácticos. 3ª Según la naturaleza, tenemos
hábitos adquiridos a partir de operaciones; los hábitos buenos
o virtudes perfeccionan la naturaleza humana, hasta el punto de constituir
una "segunda naturaleza".
He aquí una notable diferencia entre la cultura objetiva y la cultura
subjetiva o cultivo de sí, del espíritu: la primera es una
"continuatio naturae", una continuación de la naturaleza externa,
la segunda es naturaleza adquirida, incremento o crecimiento de la propia
naturaleza humana.
La noción de "tener" o posesión sirve, pues, para definir
la realidad humana. Los hombres poseemos los bienes culturales, porque los
sabemos construir y utilizar, es decir, tenemos según el cuerpo aquello
que previamente hemos poseído por el saber. Conocer, usar y poseer
instrumentos es, por lo tanto, una característica esencial humana.
Además, la capacidad de advertir el ser instrumental y su valor de
tal es exclusiva del hombre. Cuando el arqueólogo encuentra instrumentos
asegura que sus autores eran humanos. Ver el carácter instrumental
de los medios, implica pensar su orden al fin, captar una relación.
Eso es lo que hace posible la idea de instrumento. (Eso significa, también,
discernir entre lo relativo y lo absoluto, el instrumento y el fin).
El hombre se define por la capacidad de conocer la relación medio-fin,
esto es, por la capacidad de comprender el ser (relativo) del medio. Ahora
bien, la capacidad de hacer progresar la cultura tiene como condición
suya la vida social, la cooperación consciente y, por lo tanto, e
lenguaje porque para colaborar es preciso comunicarse ideas y valoraciones.
Tradición y diversidad cultural Acabamos de ver que la cultura presupone
una vida mental, familiar y social. Es patrimonio, tarea colectiva que atraviesa
las épocas. Toda cultura es una tradición (del lat. traditio,
transmitir algo). Pero eso plantea el problema de qué pasa con ciertas
formas de entender la vida, aquellas que la ven como ruptura con la tradición,
esto es, con los criterios de los padres. Aquí aparece el tema de
las culturas alternativas y de la contra-cultura. Las calles de las grandes
ciudades modernas nos lo presentan visualmente: desfilan ante nuestra vista,
con sus costumbres e indumentarias diversos, el trabajador manual, el ejecutivo,
el "okupa" o el vagabundo, etc. Además, con la actualidad de las
migraciones, la diversidad cultural del mundo ha cobrado un relieve que
antes no tenía, entre nosotros. La facilidad de las comunicaciones
nos acerca también a diversas maneras de entender y organizar la
vida; y así como es un hecho que la cultura occidental ha configurado
el mundo a través de los descubrimientos, la colonización
y, finalmente, la supremacía científica y tecnológica,
también es cierto que se han cometido muchos abusos en la historia
de las colonizaciones. El quinto centenario del descubrimiento de América
se vio fuertemente contestado, por parte de algunos movimientos indigenistas
y en nombre de los Derechos Humanos; se denunciaba la falta de respeto a
las culturas autóctonas. Junto a los hechos que avalan aquella contestación,
es cierto también que, antes de la llegada de los españoles,
en algunas tribus americanas se practicaba la antropofagia ritual, los sacrificios
humanos o ciertas formas de esclavitud, que reinaba una especie de estado
de guerra perpetua entre ellas, etc. Al menos la idea de los Derechos Humanos
(y con ella la razón para insubordinarse ante esos errores y denunciarlos)
la aportaron los españoles.
La cultura y las culturas ("civilizaciones")
Se suele hablar de "etnocentrismo" para destacar el hecho de que las
valoraciones son relativas a la cultura en que cada uno ha sido educado.
Así, considerar que la cultura propia es superior y que, en consecuencia,
tiene derecho a imponerse es etnocentrismo. En realidad, uno valora tal
como lo han educado. Pero no es evidente que la propia educación
sea la mejor. De aquí se suele llegar a la conclusión —tal
vez precipitada— de que todas las culturas son relativas: ninguna sería
mejor ni peor, sino todas diferentes, como diferentes son los individuos.
Y se debe respetar la diversidad.
Desde luego, la cultura no se impone; mas esa crítica se funda en
un equívoco, por la semejanza existente entre las palabras "cultura",
"sabiduría" y "civilización". La sociología y la antropología
cultural denominan civilizaciones a los diferentes tipos de culturas (en
las áreas lingüísticas anglosajonas; en las de influencia
franco-alemana suele suceder justo al revés). Pero la cultura es
el sistema de los medios de la vida humana; ahora bien, la sabiduría
es más: no están en pie de igualdad. Reducir la sabiduría
a una "forma cultural" es pretender explicar lo más por lo menos.
La cultura se define en términos de exterioridad: un conjunto de
bienes que se entrelazan, formando el "sistema de los medios", en el que
vive el hombre según cada sociedad histórica. Vamos a pensar
un sistema de medios diferente y comprobaremos que corresponde a una cultura
diversa, en sentido sociológico. Imaginemos que los mecanismos fueran
de madera, que no hubiera siderurgia ni electricidad, etc. ¿Cómo
sería la cultura? No existiría la industria moderna, ni la
conexión entre ciencia y técnica; tampoco la economía
de grandes producciones y precios baratos. No habría progreso económico
ni tecnológico, por lo que no existirían la publicidad, ni
la radio o la TV, etc. Seguramente tampoco la industria del libro; aún
menos los ordenadores y las fotocopias. Los estudiantes tendrían
que anotar las lecciones oídas de viva voz y encomendarlas a la memoria.
Viviríamos con el ritmo de la luz solar, practicaríamos más
la lectura y la memorización, aunque serían pocos los que
estudiarían, etc. Con este ejemplo se pretende hacer ver que los
bienes culturales, como la ciencia, la técnica, economía,
derecho, educación, política, información, etc., forman
un tejido coherente, un sistema, el sistema de los medios de la vida humana.
Por otra parte, este ejemplo describe un sistema cultural medieval. Aquel
tipo de cultura podría darse igual en la Europa medieval como en
la China o el Japón de principios del s. XIX. Pero las razones para
oponerse al autoritarismo —el respeto, la tolerancia— no son elementos del
sistema de los medios, son convicciones religiosas, morales y filosóficas.
Un europeo del s. XIII tenía que reconocer en cualquier otro hombre
a un hermano, imagen de Dios, dotado de un valor inconmensurable que funda
su derecho incondicionado a ser respetado. Cultura medieval, civilización
occidental. El oriental, en cambio, no se sabe persona, ser dotado de un
valor absoluto, o lo sabe de forma vaga, menos precisa, de modo que no se
reconoce como libre e imagen de Dios; lo mismo le sucede al romano o al
griego de la antigüedad, para ellos el individuo sin la sociedad no
es casi nada. Para éstos, el poder político sí tendría
el derecho (y el deber) de imponer qué deben pensar y creer los individuos.
Aquí ya no estamos en presencia de diferencias culturales, sino más
profundas, son distintas ideas del hombre y de Dios, distintas filosofías
o sabidurías.
El relativismo ¿Es verdad que todas las culturas son relativas? Si entendemos
por "cultura" el sistema de los medios, es clarísimo que sí,
ya que los instrumentos son relativos a la función para la que su
artífice los ha pensado y construido. (Aunque no es indiferente vivir
en la cultura medieval de los pergaminos y los carros de madera o en la
del PC y el automóvil con aire acondicionado). ¿Qué diremos,
pues? ¿Son relativas las filosofías? La sabiduría humana,
es perfectible: el hombre es capaz de mejorar. Su objetivo es el conocimiento
de la verdad sobre la existencia humana (en los ejemplos anteriores, la
verdad sobre los Derechos Humanos, sobre la dignidad humana, sobre Dios,
etc.). Ahora bien, que nuestro acercamiento a la verdad sea gradual, siempre
inconcluso, no significa que no exista la verdad de cada asunto.
Un relativismo puro es inconsistente. ¿Cuál sería su fórmula?
"Todo es relativo". Pero ¿es eso verdad en absoluto, o no? Si es una verdad
absoluta, no todo es relativo; si no es absoluta, a veces no es válida.
Ortega y Gasset decía que el relativismo es una "idea suicida": si
se aplica a sí misma se elimina. Además, para relativizarlo
todo necesito un absoluto. En efecto, lo relativo es término de una
comparación, pero ¿con qué comparo "todo" si declaro que todo
es relativo?
La responsabilidad de la cultura Reflexionar sobre la cultura es adoptar
un punto de vista más elevado que ella.
La cultura, considerada como un todo, incluye diversidad de bienes: ciencias,
tecnología, bellas artes, derecho, literatura, política, etc.
Hemos visto más arriba que cabe agruparlos en tres grandes géneros
o categorías: lenguaje, instituciones y técnica. Pongamos
otro ejemplo: el uso de la radioactividad ¿es "sólo" una cuestión
científica, técnica, política? Parece que no; cada
uno de estos sectores de la cultura responde al "cómo" de algo en
particular, pero ninguno al "por qué", ninguno de ellos desvela la
cuestión del sentido, no aclaran nada sobre los fines de la vida
humana; ni la técnica ni la política conocen el sentido y
razón de ser de las armas, sólo conocen su uso, "cómo
funcionan". Es más fácil saber cómo funciona o cómo
se fabrica el arma, que saber por qué la hacemos, o si debemos hacerla
o no. Aparece aquí la responsabilidad, ante la humanidad actual y
futura. Lo mismo podría decirse con referencia al medio ambiente,
las leyes sobre la familia o la protección legal de la vida del embrión,
del no-nacido, etc. Al final no queda más remedio que reconocer que
no hay ciencia ni técnica alguna que responda de la humanidad, capaz
de responder de la suerte de la familia humana que vive en la Naturaleza
y en sociedad, generación tras generación; sin embargo, somos
responsables del mundo que dejaremos tras de nosotros. Ahora bien, si la
cultura no fuera capaz de crear un mundo hermoso, acogedor y humano, entonces
habría dejado de cumplir su función: servir al hombre, que
llega al mundo inadaptado.
Para las ciencias sociales "cultura" (civilisation) significa no sólo
un sistema de medios o "mundo humano", por contraposición al meramente
físico; suele incluir la dimensión normativa: valores y usos
sociales, tales como recompensas y castigos. Ese sistema de valores y juicios,
cuando es interiorizado por el individuo, lo "humaniza" y convierte en miembro
del grupo social. ¿Qué decir al respecto?
Cualquier cultura está impregnada de alguna concepción religiosa,
ética y filosófica. Hay buenas razones para pensar que ya
era así entre los hombres de Neandertal. Los medios tienen su razón
de ser en el hombre que los construye y utiliza: dependen de él.
Nada más lógico, pues, que reconocer la presencia de valores,
creencias, interpretaciones, etc., en medios como el arte, el derecho, la
economía, y todas las formas de la cultura, especialmente en la opinión
pública y en los medios de comunicación social. De éstos
deriva el poder. Las diferencias de concepción filosófica
motivan conflictos en la actualidad y en el pasado. Por el contrario, la
unidad de concepción de la vida presta "cohesión" a los grupos
y seguridad a sus miembros. Una característica de la sociedad occidental
moderna es la atomización, la débil cohesión, el aislamiento
y multiplicación de los conflictos.
Todo eso es cierto, pero no significa que la sabiduría sea un producto
cultural. Sólo significa que las culturas se modifican si las personas
modifican su comprensión de la propia existencia. Es lógico.
También es lógico añadir que la comprensión
del sentido y realidad de la existencia humana puede ser más o menos
acertada. En suma, la sabiduría y la moralidad penetran en la esfera
de los medios en forma de creencias, opiniones y costumbres. Los individuos
son meramente arrastrados por las opiniones y usos dominantes, o bien los
enjuician críticamente e inician procesos de cambio del sentir común,
en la opinión pública. Estos procesos son lentos, pero se
originan siempre en la interioridad pensante de unos pocos que no se limitan
a seguir la corriente, sino que la crean.
La sabiduría Ya hemos dicho que enjuiciar la cultura es adoptar una
visual más alta. Aparece así la visión filosófica.
La filosofía y la religión pueden tener efectos externos,
pero son accidentales. Lo esencial de estas dimensiones vitales humanas
es interior, y no tiene plasmación externa adecuada. La filosofía
es sabiduría. La sabiduría no es cultura.
Si la sabiduría no es cultura, es porque es más, no porque
sea incultura. Si juzga a la cultura, en conjunto, es lógico que
no sea una de sus partes. La filosofía aspira a hacer al hombre sabio,
es el saber responsable de la cultura y de la vida humana.
El pensamiento juzga de todo. Si juzga, es responsable de todo. Ahora bien,
no es posible juzgar al pensamiento, sino mediante el mismo pensar. La dimensión
intelectual hábil para juzgar de todas las cosas por sus causas más
altas, o "últimas", se llama sabiduría (lat. sapientia, gr.
sophía).
La dimensión sapiencial del pensar es innegable. Aunque sólo
sea porque el encargo de "gobernar", esto es, de formular juicios inteligentes
sobre la cultura (en su conjunto y también sobre alguna de sus partes,
así como sobre las mismas relaciones de las partes entre sí)
no puede recaer sobre ninguna ciencia en particular ni sobre una técnica.
Si el pensamiento juzga todas las cosas, sólo él puede examinarse
y enjuiciarse a sí mismo. Esta función es asumida por la filosofía,
que no es, propiamente hablando, una parte de la cultura.
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[1] Un sujeto cultivado es un ser humano que posee
hábitos buenos que lo mejoran en su ser. Esta es una dimensión
distinta, que estudiaremos más tarde, a saber, el crecimiento humano
y los hábitos.
Ciencia y Filosofía
Conocimiento y grados del saber
"Quien afirma que no se debe filosofar… hace filosofía,
porque es propio del filósofo discutir
qué se debe y qué no se debe hacer en la vida" (Aristóteles)
I. Los grados del saber
La naturaleza instrumental de la cultura
Discurrimos sobre la cultura, luego pensamos en términos superiores.
La cultura no es el grado supremo del saber. El saber tiene grados. Por
eso decimos: el pensamiento juzga de todo. La cultura no agota el pensamiento.
(El poder de pensar no se agota en ninguno de sus resultados). Hay más
poder de pensar que saber; y el saber es también más amplio
que la cultura. ¿Qué es pues "cultura"? ¿Cómo la delimitamos?
Hemos dicho que configura el "mundo humano", que consiste en el orden de
los medios, y que su sentido es servir a la vida humana.
El orden de los medios tiene su origen en la inteligencia; y su sentido
depende del ser personal. Dicho al revés: si el «orden de los medios»
se volviera contra la persona y su dignidad, no sería cultura, sino
barbarie. Luego la cultura no es un valor absoluto; tiene un valor muy alto,
pero subordinado a la inteligencia y la dignidad del ser personal.
Una descripción del orden de los medios advierte en seguida que abraza
tres categorías u órdenes, a saber: 1) el lenguaje, 2) las
instituciones y 3) la técnica. También se pueden describir
como grupos de ciencias: ciencias del lenguaje, ciencias sociales y ciencias
de la naturaleza. Objetivadas en saberes que yacen en libros y otros instrumentos,
las partes de la cultura son bienes. Se trata de bienes públicos,
a los que todos pueden acceder; de modo que los bienes de la cultura obedecen
a la capacidad humana de tener. El hombre, dice Aristóteles, es «el
viviente que tiene logos». Traslademos ahora la atención de los bienes
tenidos al mismo hecho de «tener». También en el tener hay grados:
los bienes técnicos o artefactos los tenemos según el cuerpo.
La ciencia la tenemos según el espíritu. Los hábitos
buenos –las virtudes– las tenemos de forma más honda, son nuestra
naturaleza adquirida.
En suma, la cultura o sistema de los medios incluye el lenguaje, la técnica
y la ciencia. Las ciencias sociales ordenan la convivencia, el trabajo,
la economía, el derecho, la política, etc. Ciencia y técnica
permiten la obtención de nuevos bienes mediante el trabajo. En la
obtención técnica es donde más claramente aparecen
las "novedades", la innovación. Esto dio lugar, en el pensamiento
moderno, a una atención preferente a la noción de progreso.
¿En qué consiste el progreso? No cabe limitarlo a la vertiente técnica
e innovadora; se debe pensar también en la vida familiar y social.
En su vertiente técnica progreso es convertir fines en medios. Para
ello se vale de medios, es decir, de fines ya logrados. Cabe describir el
trabajo como capacidad de construir artefactos valiéndose de medios
artificiales. El trabajo se vale de medios para obtener fines que, en seguida,
pasan a ser medios para nuevos trabajos. Pongamos un ejemplo: la invención
de la imprenta permitió que los libros, que hasta la modernidad eran
fines, pasaran a ser medios para la instrucción. En efecto, en el
mundo antiguo y medieval, los libros eran escasos y muy caros: tenían
carácter de fines, por ellos algunos se desplazaban a lomos de cabalgaduras,
de monasterio a monasterio, de ciudad a ciudad. La imprenta ha cambiado
el mundo humano. En la modernidad, el libro y el periódico son medios,
no fines. Lo mismo sucede con la alimentación; si el alimento suficiente
está asegurado, comer es un medio, los fines son la vida laboral,
social, espiritual, etc. Pero si una ciudad padece estado de guerra, comer
lo justo deja de ser un medio y vuelve a ser un fin; tiene lugar un retroceso.
El progreso convierte fines en medios y posibilita fines nuevos; el retroceso,
al revés, convierte los medios en fines.
Los instrumentos provienen del saber y del trabajo, y los poseemos según
nuestra corporalidad; así, lo que se adapta a la mano es manejable,
etc. Concluyamos: la técnica es fruto de la visión del orden
(ciencia) y del consiguiente saber producir orden (artefactos). El saber
de los medios y los útiles, el saber técnico, es humano: ver
orden presupone el pensar, la capacidad de entender.
La razón y el orden
Preguntamos ahora qué diferencia hay entre sentir y pensar. Podrían
parecer lo mismo, pero no son iguales. Santo Tomás de Aquino (1225-1274),
siguiendo a Aristóteles en su realismo, distingue entre la sensación
y el pensamiento mediante la idea de orden. Conocer es tan propio de los
sentidos como de la inteligencia, pero conocer orden es prerrogativa de
la mente, no de la sensibilidad. Ver orden significa relacionar; y ser capaz
de conocer relaciones es ser capaz de ver lo igual y lo distinto, lo más
y lo menos, lo superior y lo inferior, la causa y el efecto; significa también
conocer el fin, los medios y el modo como se ordenan éstos al fin.
Relacionar es pensar, porque significa poder ordenar algo a un fin; o también,
compararlos entre sí como subordinado y superior.
Tan importante es esta capacidad de percibir el orden que podemos deducir
una clasificación de los saberes a partir de ella. A diferentes actos
de la razón corresponden diferentes hábitos que la perfeccionan:
la ciencia natural, la lógica, la ética y la técnica.
Aristóteles condensó una multitud de reflexiones sobre la
naturaleza del saber en una frase: Es propio del sabio ordenar.
Tomás de Aquino, pensador profundo y seguramente el mejor intérprete
de Aristóteles, la ha comentado de la siguiente manera:
Tomás de Aquino (1225-1274), autor de la mejor síntesis de
la sabiduría griega y cristiana en el siglo XIII.
Fue un profundo expositor de Aristóteles, san Agustín y la
Patrística. "Es propio del sabio ordenar. Y es así porque
la sabiduría es la perfección mayor de la razón, lo
propio de la cual es conocer el orden. Porque, aunque las potencias sensitivas
conozcan algunas cosas en absoluto, conocer el orden de una cosa a otra
es exclusivo del entendimiento o de la razón (…) Ahora bien, el orden
es objeto de la razón de cuatro maneras. Existe un orden que la razón
no construye sino que se limita a considerar y este es el orden de las cosas
naturales. Hay otro orden que la razón introduce, cuando lo considera,
en sus propios actos, como cuando ordena sus conceptos entre sí y
los signos de los conceptos que son las voces significativas. Hay un tercer
orden que la razón introduce, al considerarlo, en las operaciones
de la voluntad. El cuarto, por último, es el orden que la razón
introduce, al considerarlo en las cosas externas de las que ella misma es
causa, como el mueble o la casa" (Tomás de Aquino, Comentario a la
Ética a Nicómaco, Prólogo).
Las virtudes intelectuales: técnica, ciencia y sabiduría
Las virtudes son cualidades adquiridas. No nacemos con ellas, resultan de
los actos (de su repetición y rectificación) y perfeccionan
una facultad. Las virtudes potencian la capacidad de obrar de esa facultad:
nos hacen aptos para obrar con prontitud, facilidad, perfección y
gozo. El nombre latino virtus, deriva de vis (fuerza); las virtudes son
virtualidades, poderes. Son también cualidades, no magnitudes; tampoco
son innatas. Es nativa la disposición para ellas: una piedra, por
más veces que la lancen al aire, no se vuelve leve, ni vuela.
Las virtudes resultan de la acción y revierten sobre la facultad,
potenciándola para obrar mejor.
Se dividen en intelectuales y morales. Nos interesan ahora las virtudes
intelectuales. Todo nuestro conocimiento es adquirido; y el conocimiento
facilita conocer más y mejor. Aristóteles distingue los siguientes
hábitos de la razón: inteligencia de los primeros principios,
ciencia, sabiduría, prudencia y arte o técnica. Su teoría
de los hábitos contiene una concepción del hombre, en la línea
de la acción vital y la capacidad de tener. Consideremos, a la luz
de esta filosofía del hombre, la relación entre la cultura,
las ciencias puras y la sabiduría humana o filosofía.
La técnica –de discurrir, de fabricar, etc.– aplica un saber. Toda
técnica (ars, tékhne) introduce un orden, después de
haberlo considerado y entendido, dice Tomás de Aquino. Por ello,
el orden, tanto en los actos como en los instrumentos, proviene del saber.
Para hacer algo bien, se precisa saber.
Los saberes que guían el obrar son hábitos de la razón
práctica, esto es, del entendimiento que guía la acción.
Los clásicos los agruparon en torno a dos virtudes intelectuales:
técnica (o arte) y prudencia
Los saberes que sólo buscan saber no son productivos, sino contemplativos
del orden. Se fundan en un orden que no hemos creado, pero es comprensible,
causa admiración y deseos de saber. La característica de la
teoría es su desinterés: no pretende modificar, sino saber.
La teoría origina hábitos de la razón especulativa.
Los clásicos les dieron el nombre de inteligencia de los principios,
ciencia y sabiduría.
La función de la sabiduría: establecer prioridades
La cultura, como orden de los medios, incluye la técnica y la
prudencia. De la sabiduría, en cambio, se debe decir que no es cultura,
pues no produce objetos. Tiene una función superior. La función
de la sabiduría en la vida humana es asegurar la prioridad de la
persona sobre las cosas, de la ética sobre la técnica y del
espíritu sobre la materia.
La cultura, pues, no incluye entre sus elementos la religión, ni
la moral, ni la filosofía. Sería erróneo afirmar que
los principios éticos o filosóficos (el bien moral, la dignidad
personal, la libertad, Dios, etc.) son cambiantes según las culturas,
o relativos a cada una de ellas. No son culturalmente relativos, porque
no son productos culturales, ni parte de cultura alguna; son más
bien "medida" de todas ellas, son verdaderamente transculturales.
Sin la existencia de criterios sapienciales y transculturales, no sería
posible leer literatura, ni la idea de los clásicos, tampoco sería
posible la historia, ni ciertas formas de derecho comparado, no cabría
idea alguna de crítica cultural, en especial no cabría criterio
alguno para distinguir el progreso humano. Así, es evidente la existencia
y ejercicio de tales criterios si podemos comprender otras culturas, o cuando
leemos a Homero, o cuando valoramos y enjuiciamos hechos históricos,
como guerras y genocidios, o cuando consideramos la abolición de
la esclavitud como un progreso, y los Derechos Humanos como un criterio
para la historia pasada y futura.
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II. Esbozo histórico de la filosofía
Actitudes humanas y filosofía
Hemos visto que se puede distinguir entre sentir y entender; además,
cabe distinguir entre teoría y praxis, razón especulativa
y razón práctica. Una clasificación sencilla de las
facultades humanas permite distinguir tres planos en el hombre: el sentimiento,
la voluntad y el intelecto. Una distinción muy simple, pero no una
simplificación. Según se dé prioridad a los sentimientos,
a la voluntad o al entendimiento, resultan concepciones muy distintas del
hombre y de la realidad entera. Eso nos puede ayudar a entender por qué
hay en la historia concepciones filosóficas diversas. Nos interesa
comprender esa diversidad, para comprender, con su auxilio y con el de la
misma historia, por qué todas ellas son, sin embargo, filosóficas.
Lo que la filosofía es se manifiesta también en su diversidad
y en su historia.
Tomando como base ese hecho, resumiremos en tres las "concepciones del mundo"
o maneras de entender la sabiduría, correspondientes a tres actitudes
distintas de la razón humana:
1. Actitud teorética. Para ella el filosofar nace de la admiración
y se ordena al conocimiento de la verdad, al ser de las cosas. Concibe la
filosofía como metafísica y, solidariamente, como teoría
del conocimiento y antropología.
2. Actitud práctica. Se interesa por la acción y el bien moral.
Es la de quienes filosofan a partir de la experiencia de la injusticia.
Conciben la filosofía como denuncia ética y regeneración
política. No se interesa por la teoría en sí misma
y propugna una utopía como término del progreso moral.
3. Actitud positivista. Se interesa por la producción de bienes de
consumo e instrumentos. Considera superada la filosofía teorética;
sólo reconoce el valor de la utilidad. Para ella la ciencia es sólo
medio de dominio: saber es poder. Actitud antimetafísica, valora
el progreso técnico y espera de éste todas las soluciones.
La Antigüedad clásica
Narra una antigua tradición que el primero que se llamó
filósofo fue Pitágoras (530, a. C.), sabio matemático
y orador que, al ser preguntado por su oficio y arte, respondió que
era amante de la sabiduría (sophía). Como no entendían
su afirmación, comparó la vida con los Juegos Olímpicos:
la mayoría iban a hacer tratos y negocios, otros para competir y
lograr fama, por fin, una minoría iba allá sólo por
el gozo de ver. El filósofo es del tercer tipo: busca saber, no por
utilidad, sino por el gozo de saber.
Pitágoras vivió en el sur de Italia, a mediados del s. VI
antes de Cristo; siglo y medio más tarde, vivió en Atenas
Platón (427-347, a. C.) que, al observar cómo los hombres
tienen ideales diversos sobre la felicidad, intentó reducirlos a
unos pocos "tipos". Como Pitágoras, describe tres formas de vida:
1ª) según el placer, cuando los hombres se procuran sobre todo bienes
materiales (útiles, dinero, seguridad, bienestar, etc.); 2ª) según
la fama, los hombres se mueven por el prestigio, y por los honores sacrifican
los bienes materiales, como los atletas y soldados; 3ª) según la
razón, buscando por encima de todo la contemplación de la
verdad (theoría); el ideal teorético lleva a algunos a desinteresarse
de la riqueza y del prestigio, a buscar por encima de todo el conocimiento,
la verdad y el bien.
Platón de Atenas discípulo de Sócrates
y maestro de Aristóteles
fundó la Academia (387 a. C.)
con el fin de formar gobernantes sabios
Platón ponía en correlación estos tipos de vida o de
hombres con tres facultades: el entendimiento, la voluntad y el sentimiento.
La cuestión es: ¿cuál tiene prioridad? ¿A cuál de ellas
corresponde gobernar? Las tres posibles respuestas son otras tantas actitudes
ante la realidad. Cada forma de entender la vida es una idea de lo que es
rector en el hombre: la mente, la voluntad o el sentimiento. Son tres maneras
de concebir la felicidad: ser sabio, ser poderoso o ser rico; tres motivaciones
dominantes: conocer la verdad, dominar en el mundo social, o tener placeres
y comodidades.
La Escuela de Atenas
Sócrates, Platón y Aristóteles (ss. IV-IIIº, a.
de C.) afirmaron decididamente la prioridad de la vida según la razón,
el ideal teorético. Según ellos, la admiración origina
el deseo de saber. Aristóteles de Estagira (384-322, a. C.) escribió
que en el ser humano lo natural es el deseo de saber.
La Escuela de Atenas: "Todos los hombres desean, por naturaleza, saber"
(Aristóteles)
Comparemos el deseo natural humano con el deseo natural de los irracionales.
Las bestias están inclinadas a conductas fijas, ciegas, que cada
espécimen repite sin originalidad. Para los animales lo natural es
satisfacer necesidades inmediatas, sensibles, sin hacerse preguntas.
Ahora, aquello que es natural para las bestias, no lo es para el hombre.
El ser humano subordina sus necesidades sensibles a su vida mental, que
puede ser:
Especulativa busca saber sólo para saber (teoría).
Práctica saber para mejorar la personalidad moral (praxis).
Técnica encaminada a producir artefactos (póiesis).
La satisfacción de una necesidad, en los animales, es automática:
no espera. El hombre, por el contrario, posee la capacidad de esperar (su
conocimiento abarca el tiempo), para él es antes pensar que satisfacer
el instinto. Ahora, un ser que espera, que se detiene a pensar, domina su
propio tiempo y no es dominado por el automatismo de los instintos y pulsiones
orgánicas. En el hombre no gobierna el instinto, sino la razón;
no tenemos instintos.
Un ser que piensa no es instintivo, sino racional
El deseo dominante de la bestia es la satisfacción sensible. El deseo
dominante del hombre es saber. Mas como el saber es capaz de todo, el hombre
es un ser abierto a la totalidad del ser. Por la apertura intelectual somos,
en cierto modo, "todas las cosas".
Apertura sin límite y reflexión, he aquí dos características
diferenciales del hombre. El animal está determinado por el medio
en el que vive (adaptación), también por el instinto (conducta
fija). La razón interrumpe el automatismo de la vida instintiva —podemos
detener los procesos—, y crea los artefactos para que el hombre domine el
mundo, que es más que adaptarse a él. Por la razón,
el hombre es homo faber, un ser inadaptado al mundo físico, como
dice el biólogo Arnold Gehlen, que nace "prematuro", pero construye
su mundo, el mundo humano.
"El alma es, en cierta manera, todas las cosas" (Aristóteles)
"El alma intelectiva ha sido dada al hombre en lugar de todas las formas,
para que el hombre sea en cierta manera la totalidad del ser"
(Tomás de Aquino)
La inteligencia se demuestra capaz de sobrepasar los límites; eso
hace del hombre una criatura inquieta, insatisfecha. Si hay una cima sin
escalar, alguien llegará allí tarde o temprano; si hay un
abismo en las profundidades, alguien tiene que bajar. Alguien tiene que
ser el primero en llegar a donde nadie ha llegado. Si hay un "récord"
en atletismo, hay que hacerlo retroceder. Insatisfacción, apertura
y progreso son naturales para el hombre. La naturaleza humana no está
fijada; es naturaleza espiritual, no solamente física.
Aristóteles observó que a causa de esa apertura, los hombres
—"tanto los antiguos como los actuales", escribe— se maravillaron. Movidos
por la admiración hicieron progresos: primero se extrañaron
ante problemas comunes. Luego sintieron admiración al contemplar
los astros —la firmeza del firmamento—. Por fin, la maravilla "sobre el
origen del Todo". Esta es, según Aristóteles, la causa del
filosofar y su tema principal. La de este filósofo es una actitud
teorética y principalmente metafísica.
Helenismo e "ideal del sabio"
Durante la época helenístico-romana (del siglo IIIº a.
de C., al siglo IVº d. C.), diversas escuelas se plantearon la existencia
humana dando prioridad a la práctica. Destacan los filósofos
estoicos (como Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, emperador), que consideran
sabio al hombre que conoce el arte de vivir feliz, contentándose
con poco y no permitiendo que los acontecimientos externos perturben su
presencia de ánimo. El filósofo adopta igual serenidad ante
la buena o la mala fortuna. La sabiduría sería el arte de
ser feliz y la felicidad consistiría en no sufrir. Por eso, el sabio
buscará la imperturbabilidad de ánimo o "apatía".
Los estoicos descubren el valor de la austeridad y el autodominio; su consejo
era este: «prescinde y soporta» (abstine et sustine!). Quien se vuelca a
buscar satisfacciones y goces externos, fácilmente olvida la vida
interior, que advierte el hecho de vivir como algo feliz y bueno por sí
mismo. En cuanto a la vida exterior, existe una Razón que gobierna
el mundo (Ley natural), el sabio procura conocerla y seguirla, de modo que
es sabio y bueno "seguir la naturaleza", obedecer los dictados de la naturaleza
es obedecer a Dios.
Zenón de Kition (s. IIIº a. C.) fundador de la "Stoa"
El estoicismo fue muy influyente en el mundo antiguo, y sigue resonando
en muchos pensadores modernos. De él proviene la expresión
española: "tomarse las cosas con filosofía". Esta escuela
mostraba una actitud práctica, orientada a la felicidad, entendida
como "contento" de la vida. Había en ella también un matiz
"medicinal": el ser humano padece, sufre a causa de sus errores, necesita
ser curado, liberado de los males de la vida. Hay en esto una actitud próxima
a la que se encuentra en las teosofías orientales, como el Hinduismo
y el Budismo.
Marco Aurelio (121-180, d. C.)
Otras escuelas de la etapa helenístico-romana del fueron el neoplatonismo,
el neo-pitagorismo, el escepticismo y el epicureísmo. A Atenas sucedieron
Roma, Pérgamo y, sobre todo, Alejandría como centros del saber.
La Patrística
La Patrística es un movimiento intelectual cristiano —con precedentes
judíos en Alejandría ya en el siglo Iº antes de Cristo—, contemporáneo
de las escuelas griegas y romanas, durante los siglos II-IV. Su esfuerzo
principal consistió en expresar la fe cristiana con el vocabulario
y los conceptos de la filosofía pagana, también procuró
infundir en la filosofía los ideales aportados por la fe cristiana;
su principal resultado fue la primera gran síntesis de la filosofía
griega y el monoteísmo. Ahora bien, el Cristianismo no es una filosofía
más, como algunos entendieron en aquella época o en la nuestra,
el Cristianismo es la plenitud de la religión revelada, la del Dios
de Abraham, Isaac y Jacob. El Dios de Israel no es una divinidad nacional,
sino el Dios del Universo; esta universalidad y amplitud de la revelación
propició la diversidad filosófica dentro del Cristianismo.
Desde el principio, algunos filósofos cristianos adoptaron como propias
las ideas de Platón, otros las de Aristóteles, o las del estoicismo,
etc., según la actitud de cada pensador.
Se considera a San Agustín de Hipona (354-430) la cima de la Patrística
latina. Aurelio Agustín Fue un pensador apasionado y vital, sensible
a la belleza literaria y a la grandeza intelectual de los clásicos;
tras su conversión al Cristianismo los entiende bajo una luz nueva:
el hombre y el mundo son criaturas, el Creador no es un ser mudable, sino
el Ser eterno, el mismo Ser. Agustín es un filósofo metafísico,
platónico y cristiano.
La Escolástica, en la Edad Media, prolonga la obra teorética
y práctica de las escuelas helenísticas y patrísticas,
las enriquecen con la aportación de filósofos musulmanes y
con el redescubrimiento de Aristóteles.
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La Modernidad
Trasladémonos ahora de la Antigüedad y los siglos de la
Patrística y el medievo hasta la época de la Revolución
francesa. Hallamos nuevamente la actitud teorética y la práctica,
como aproximaciones a la sabiduría. En la primera mitad del siglo
XIX, el desarrollo industrial hizo posible –de manera antes insospechada–
la actitud positivista. Un contemporáneo de Jaime Balmes, el francés
Auguste Comte, dio a la moderna "fe en el progreso" un peculiar matiz tecnocrático.
La Ilustración, llamada "siglo de las Luces" (s. XVIII), había
adoptado una actitud de exaltación del domino del mundo. Dos pensadores
encarnan bien ese talante del siglo de las Luces: Inmanuel Kant (1724-1804)
y Auguste Comte (1798-1857). Ambos se oponen al Cristianismo porque no ven
a la razón como criatura, sino como creadora –de la ciencia y del
progreso–. Por un lado, Kant es un filósofo idealista, movido por
una actitud teorética; mientras que Comte es el padre del positivismo
y propugna la supresión de la filosofía en beneficio de la
ciencia experimental y la técnica modernas.
Kant y la especulación
Kant se puede considerar un claro ejemplo de filósofo especulativo.
Es cierto que el interés primordial de su sistema es ético
—la llamada "autonomía" moral de la razón—, y así lo
vieron los filósofos del Romanticismo. No obstante, una parte de
ese sistema, su teoría del conocimiento, contenida en la Crítica
de la razón pura, es de tanta importancia en el panorama del pensamiento
moderno que frecuentemente se la ha considerado aparte, como la obra de
filosofía especulativa más influyente de la modernidad.
En aquel libro, Kant considera al hombre como repartido entre dos mundos:
el físico y el moral. En el mundo físico, la racionalidad
se plasma en las leyes exactas de la mecánica de Newton. La física
moderna es el modelo que se debe imitar, si queremos responder a la pregunta:
¿qué podemos saber? O bien, ¿cómo es posible la ciencia? En
el mundo moral, por el contrario, la ley básica es la libertad. Puesto
que en éste existen deberes, ha de existir un sujeto libre. Ahora,
Kant entendía la libertad del mismo modo que Jean-Jacques Rousseau
(1712-1778), en El contrato social (1762), a saber, la entendía como
independencia de causas externas. En el mundo físico todo está
regulado por leyes y causas externas; por eso, en el mundo físico
no hay libertad y el hombre no será una naturaleza.
Tal como Kant los veía, el mundo físico y el moral (uno mecánico
y el otro espiritual) son heterogéneos; y debemos considerarlos siempre
separados hasta que sean reunidos por Dios, en la bienaventuranza, que merece
quien actúa de acuerdo con el deber moral, es decir, por puro respeto
del deber. En el mundo físico el hombre bueno resulta fácil
y frecuentemente perjudicado. Kant se da cuenta de que ser bueno no equivale
a ser feliz en este mundo. Por lo tanto, Dios reunirá el mérito
y el bien sensible; esta reunión del bien moral y del bien físico,
al final, será la justicia definitiva.
La actitud teórica de Kant se expresa en su gran sentido de la admiración
y la reverencia; el filósofo prusiano admiraba un doble prodigio:
"Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre
nuevos y crecientes,… el cielo estrellado sobre mí y la ley moral
dentro de mí" (Immanuel Kant)
Fichte y la Acción moral
Kant veía en la admiración el inicio y causa del filosofar.
Su discípulo Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), espíritu
práctico y hombre de acción, pone sin embargo el inicio de
la sabiduría humana en una elección libre, más aún:
gratuita.
Según Fichte, sólo hay dos filosofías: realismo e idealismo.
La primera, afirma que lo real existe en sí, mas eso limita la libertad
humana. El idealismo, por el contrario, afirma el espíritu y no reconoce
ningún "en sí" exterior a la libertad. Esta dualidad —libertad
y cosa "en sí"— equivale en Fichte a la clásica dualidad de
"sujeto cognoscente" y "objeto conocido"; ahora, el sujeto es espíritu,
libertad, capacidad de acción. Frente a esa idea del espíritu,
la pretensión realista de que existen cosas reales, significa acentuar
las limitaciones: las cosas son límites, mientras que la libertad
es potestad sin límite; en fin, la libertad supera a las cosas, el
espíritu es antes que la materia. El espíritu, que es libertad,
"pone" la materia ante sí, para superarla. La superación,
lucha y acción, es el alma del progreso y en ella encuentra la libertad
su exaltación y felicidad.
"La filosofía que uno profesa depende de la clase de hombre que es"
(J. G. Fichte)
Ante el sorprendente planteamiento de Fichte, no queda más remedio
que preguntarse: ¿cómo sabemos que el idealismo es la filosofía
verdadera? Su respuesta es esta: por autoafirmación, se trata de
una elección libre, sin razones. Este es el inicio del filosofar,
según Fichte. La experiencia del poder de elegir, del esfuerzo y
la superación, son, según él, el punto de arranque
de los razonamientos, no ya la admiración ante el orden del universo.
Los teóricos modernos de la Revolución (especialmente J.-J.
Rousseau y K. Marx) son filósofos de la acción, como Fichte.
Si les preguntáramos: ¿cuál es la realidad básica,
el hecho primero e incontestable del que partís? No responderían
que el ser, o la verdad, tampoco la admiración. Dirán que
la realidad primera es voluntad (Rousseau), o praxis, acción o al
menos deseo, en busca de satisfacción (Marx).
Comte y el Progreso técnico
Para Augusto Comte (1798-1857) la realidad humana está gobernada
por el progreso en la forma histórica de la Ley de los tres estados,
según ésta la humanidad es religiosa en su infancia, metafísica
en su juventud y positivista en su madurez.
Comte es el fundador del positivismo; no concibe la filosofía como
una actividad que valga por sí misma, para él el saber sólo
vale por sus resultados útiles y económicos. Son consecuencia
del positivismo el utilitarismo y el pragmatismo, actitudes que valoran
el éxito por encima de todo. En dos frases se condensa la mentalidad
positivista y antimetafísica de A. Comte:
1. Saber para prever, prever para poder. El saber sólo interesa para
anticiparnos, para dominar y explotar la Naturaleza. En otras palabras:
Saber es poder. Y ¿qué pasa con la verdad de las cosas?
2. Todo es relativo, he aquí la única verdad absoluta, dice
Comte, sin asustarse ante la paradoja que su afirmación comporta.
No obstante, ¿una relatividad universal, no postula algún absoluto?
El ser supremo (le Grand Être), según Auguste Comte, es la
humanidad (l’Humanité); el padre del positivismo concibió
el saber como Enciclopedia, sistemática y al servicio de la industria
y el poder político, un la futura "sociedad positivista". La religión
y el ser supremo de la nueva sociedad sería la Humanidad, su ideal
moral el Progreso.
III. Prioridad de la teoría
Prioridad de la inteligencia
Hemos expuesto tres concepciones distintas de la filosofía y
hemos comprobado que se han dado tanto en los tiempos antiguos como en los
modernos. Lo que ahora nos interesa es la cuestión de saber cuál
de ellas es la correcta y, por lo tanto, cuál de las tres facultades
—intelecto, voluntad y sentimiento— tiene prioridad natural y asume el encargo
de ser la guía de las otras. No obstante, no es forzoso pensar en
términos de confrontación.
Tal como lo vieron los griegos, no se trataba de excluir dos formas de vida
para dar lugar a una sola, sino de armonizarlas. Según Platón
y Aristóteles, la manera de unirlas es jerarquizarlas; sólo
si reconocemos la hegemonía del intelecto podemos poner orden. El
orden es cosa del pensamiento.
Resulta, pues, que la cuestión de decidir cuál de las tres
facultades (intelecto, voluntad y sentimiento), o cuál de las tres
actitudes (teórica, práctica y positivista) tiene la legítima
prioridad es ya una importante cuestión filosófica. Es la
cuestión de saber por qué elegimos un carácter, o estilo
de vida, y no otro. Discutiendo este tema con los "positivistas" del siglo
IV a. de C., el joven Aristóteles escribió lo siguiente: Tanto
si se debe filosofar, como si no se debe filosofar, en todo caso, es preciso
filosofar.
En efecto, si la búsqueda humana de la sabiduría tiene objeto,
entonces éste es el más valioso y debemos investigarlo; pero
si no lo tiene, hay explicar por qué, y esa explicación ya
es una filosofía. En cuanto nos pongamos a estudiar nuestra incapacidad
para conocer la razón profunda de las cosas, estaremos filosofando;
por tanto, es cierto: tanto si se debe filosofar, como si no; en todo caso
es preciso filosofar. Desde Aristóteles, el sentido común
y la historia han decidido la cuestión de la primacía a favor
de la teoría. Si hasta para rechazar el primado de la teoría
hace falta filosofar, la actitud teorética tiene la hegemonía;
ella decide qué lugar corresponde a la voluntad y al sentimiento.
El propósito de jerarquizar, supedita los saberes a principios. Hallar
una clave de armonía para el hombre y el universo es referirse a
principios. Algunos filósofos modernos han caracterizado la filosofía
como pensamiento a la luz de los principios, o bien, pensamiento que refiere
todos los temas a los principios primeros.
La admiración: del mito a la teoría
Es un hecho que la filosofía nació como actitud teorética.
Antes habían sido el mito y la adquisición de la técnica,
o artes prácticas, encaminadas al bienestar o la utilidad. La teoría
hizo pasar al mito a un segundo plano. La actitud teorética comienza
en el momento en que se advierte que no todo se somete al imperio del tiempo.
Sin negar la importancia del tiempo, la filosofía descubre algo permanente
en la realidad, y que se corresponde con la intelección.
Esa advertencia es la teoría. Ahora bien la teoría es obra
del (noûs), el elemento intemporal que hay en el hombre; la filosofía
comienza por tanto con la advertencia del espíritu y la apertura
a lo intemporal.
El mito explica el presente por causas que obraron en un pasado remoto.
El mito por excelencia es la interpretación del tiempo que dice:
"No hay futuro. El futuro ya ha pasado". El tiempo del mito es circular,
es la "rueda del tiempo". En el Mito del Eterno Retorno de lo mismo –que
era la concepción dominante antes de la teoría, y todavía
lo es en el extremo Oriente– el futuro está ya dado, porque lo que
pasará es exactamente lo que "ya ha pasado". Aquí no tiene
cabida la libertad: no se puede crear el futuro si ya está dado;
si el futuro consiste en repetir el pasado, no se lo puede evitar ni crear,
está predeterminado.
La actividad teorética, por el contrario, no explica el presente
por el pasado, sino por lo actual. La teoría explica las cosas por
causas y principios que actúan "ahora": lo que hay, lo que está
siendo o existiendo, depende actualmente de principios. Eso es la mirada
(gr. theoreîn) teórica o contemplativa. La visión teórica
–atenta a lo actual no ya al pasado (mito)– descubre oportunidades: es inventiva,
ve la novedad, innova.
El objeto de la admiración ha sido lo contrario de la actitud mítica.
La admiración intelectual es el estado en que el ser humano se siente
cautivado por lo intemporal. Por el contrario, el mitólogo (narrador,
poeta) es el hombre de larga memoria, que recuerda cómo se ha formado
el mundo, a partir del caos, siguiendo las generaciones de los dioses. El
mitólogo vaticina el futuro por el peso del pasado: el futuro no
escapará a su suerte. El pasado vuelve. El mitólogo sabe el
futuro, porque sabe el pasado. Ahora bien, eso se llama superstición.
Quien ha sido educado en la teoría ve que la afirmación de
que el futuro ya está dado (es pasado) conduciría a la inacción,
al fatalismo y a la pasividad.
Ha sido por tanto el primado de la teoría –no el del mito– lo que
ha liberado a la acción humana del fatalismo. La libertad y creatividad
humanas, tan típicas del hombre occidental, se benefician de la prioridad
de la actitud teórica, metafísica. Hay una filosofía
nacida de la maravilla, teórica, en el trasfondo de la confianza
occidental en la libertad, de cara tanto a la acción ética
como al progreso material y técnico. No es una casualidad que la
ciencia, en el sentido moderno de la palabra, haya nacido y prosperado en
Occidente.
Tales y Pitágoras. Mirando a la tierra desde los astros
Si preguntamos: "El teorema de Pitágoras, ¿era verdad antes de Pitágoras?"
La respuesta que todos dan sin pensarlo es "sí". Parece evidente
que la verdad del teorema no depende de Pitágoras, el hombre. Se
diría que Pitágoras no ha "inventado" el teorema, sino que
lo ha "descubierto": se ha topado con él, como Cristóbal Colón
topó con América (porque estaba en medio del camino hacia
las Indias Orientales). Como las constelaciones de las estrellas, así
parece ser la verdad del teorema: intemporal.
Se suele decir que los primeros filósofos se maravillaron al contemplar
el cambio, el constante devenir a que están sometidas todas las cosas
de la tierra. Y es cierto. Pero debiéramos insistir en este detalle:
uno no se admira de algo si no lo encuentra "extraño", esto es, si
no toma distancia. Ahora, para extrañarnos de que las cosas cambien,
de que "las generaciones de los hombres caen, como las hojas del bosque
en otoño" (Homero), es preciso ver como más natural la estabilidad
de lo que no cambia. ¿Cómo se produjo esta transformación
mental? Era una modificación importante, porque el mundo material
no conoce la permanencia de lo intemporal. Al contrario, en el mundo sensible
todo es cambiante, con independencia de la rapidez de las variaciones: de
prisa o lentamente, en el mundo todo cambia. ¿De dónde viene, por
tanto, la extrañeza y la admiración?
La filosofía nació en el corazón de hombres que miraban
las estrellas. El primero fue Tales de Mileto (s. VI a. de C.), autor del
teorema de las paralelas y uno de los "Siete Sabios" de Grecia, viajero,
matemático, astrónomo e ingeniero. Tales comparó la
región inconmensurable del cielo estrellado con la tierra en la que
vivimos. Allá arriba estaban las cosas que "siempre son", según
se creía. Las estrellas eran lo permanente, la tierra lo transitorio.
Los astros eran siempre iguales, no cambiaban, eternos; mientras que en
el mundo de aquí abajo todo era mudable e inconsistente.
Sabemos que Tales fue el primero de los que se maravillaron "ante el origen
del Todo". ¿Por qué? Por causa de una vuelta de campana, de una revolución
mental consistente en invertir la forma de mirar. Tales no parece ser alguien
que mira las estrellas desde la tierra, sino uno que considera la tierra
desde los astros; no mira hacia "lo que siempre es" desde un momento efímero
del tiempo, sino que mira todo lo que cambia, nace, crece y muere, desde
la estabilidad de lo intemporal. Lo que extrañó a Tales de
Mileto no fue que los astros fueran eternos, sino que en la tierra todo
fuese transitorio. No era el cielo, sino la tierra, lo que hacía
falta justificar. Este mundo no se entendía; y entender le pareció
imprescindible.
El hecho de encontrar a las cosas necesitadas de una explicación,
por ser temporales, significa que las comparamos con lo intemporal. ¿Cómo
era posible tal comparación? Quien compara relaciona dos extremos
previamente conocidos. Por lo tanto, la mente conoce tanto lo eterno como
el tiempo; dicho de otro modo: la mente humana (el noûs) tiene tanta
o más afinidad con las estrellas que con la tierra. Por eso juzga
que todo tiene un Principio (arkhé): toda esta diversidad cambiante
está dependiendo, "ahora", de una única realidad que no ha
cambiado ni cambiará nunca. La pregunta oportuna, por eso, era: ¿de
dónde ha salido todo y a dónde se encamina?
La pregunta por el origen primero y el destino último sólo
es posible para alguien que mire al mundo desde las estrellas, esto es,
desde lo intemporal. Desde un principio, la pregunta por la naturaleza (gr.
Physis, lat. Natura) fue más allá de la física o cosmología,
hasta las causas últimas, convirtiéndose así en metafísica.
Quien investiga movido por la admiración filosofa, es decir, ama
una especie de imposible: la sabiduría. Los teoremas, el amor y la
filosofía tienen en común el adverbio "siempre".
Ahora bien, son diversas las realidades que pueden admirar a la mente, de
manera que son diversas las temáticas iniciales de la filosofía.
¿Qué realidades admiraron a los filósofos de ayer, como a
los de hoy? El impresionante espectáculo del cielo astronómico
mueve a admiración. Y también la autoridad de la conciencia,
cuando formula el deber. El mismo hecho de conocer es admirable. Lo es,
porque es todo conocimiento hay finitud e infinitud: todo lo que conocemos
es cosa finita y, por otro lado, el "poder" de conocer no queda saturado
por ningún objeto. Este poder se proyecta sin límite, tiene
un no sé qué de infinito. Y los hombres lo han atribuido a
la divinidad, hasta el punto de afirmar que la sabiduría no es cosa
de los hombres, sino de Dios. Tal fue el caso de Sócrates y Aristóteles,
en la Antigüedad; pero también el de Descartes, Leibniz y Hegel,
en la modernidad.
Sócrates. La admiración de saber que no somos Dios
Una de las formas más sorprendentes en que se ha expresado esta
maravilla del conocer humano fue el dicho de Sócrates: "Sólo
sé que no sé nada".
Parece que Sócrates (470-399 a. C.) quería decir que, por
el hecho de saber que nuestro conocimiento es limitado, lo comparamos con
el saber infinitamente perfecto. ¿Cómo sabemos, si no, que es limitado?
Y es sorprendente que tengamos idea de un saber perfecto, precisamente cuando
reconocemos que nuestro saber es reducido, imperfecto.
¿Cómo tenemos idea del saber perfecto, sin saberlo? Lo cierto es
que ya a los antiguos filósofos del paganismo les parecía
que la sabiduría era propia sólo de Dios. Por lo tanto, al
hombre correspondía no la sabiduría (Sophía), sino
el amor a la sabiduría (Philosophia).
Modestia del nombre. Para designar la actividad nacida de la sorpresa, la
admiración y la conciencia de la propia limitación, hacía
falta una palabra modesta. No sabiduría, sino amor a la sabiduría.
Eso quería decir en griego filosofía.
Era claro que el hombre limita con lo suprarracional, por encima de la razón;
limita también con lo infrarracional, que encuentra al descender
a la materia, a la singularidad con su imprevisibilidad y excepciones.
Recapitulación
Una definición clásica de la filosofía
La actitud teórica es el hilo conductor de la historia del pensamiento.
Las reacciones voluntaristas (praxis) o positivistas (póiesis) y
antimetafísicas se presentan una vez y otra, tal vez como protestas
ante el error o extravagancia de algunas teorías –sutiles pero ajenas
al sentido común, a la vigencia de los primeros principios–, o como
pugna frente al realismo del sentido común. Recapitulemos:
La filosofía nace de la admiración, como teoría.
Se separa del mito, abriendo el futuro, la libertad.
Limitada entre lo suprarracional y lo infrarracional, no reconoce otros
límites que los de la misma razón humana.
Se pregunta por el origen primero y el fin último de todo cuanto
existe.
A diferencia de las ciencias, no sólo se plantea preguntas concretas,
sino que examina qué quiere decir "saber", "inteligencia", "realidad
primordial", etc.
Examina temas como Dios, el espíritu, la libertad, etc., pero no
es religión.
Estas son algunas de las principales ideas que se desprenden de cuanto hemos
expuesto en las páginas anteriores. Cabe notar que todas ellas encajan
bien en la definición "escolar" del saber filosófico:
"La filosofía es la ciencia de todas las cosas, por sus causas últimas,
y adquirida por medio de la luz de la razón".
Universalidad de la filosofía
La misma definición de la filosofía es ya un importante
tema filosófico; en ella se pone en juego qué es lo principal,
lo hegemónico, en el hombre y en la realidad completa. Puesto que
hay diferentes concepciones del hombre y diferentes ideales de vida, la
idea de "filosofía" ha sido también bastante distinta en cada
época, según las escuelas. De ahí que el interés
principal de este capítulo sea tratar de rastrear qué tienen
en común: ¿qué es la filosofía, esa tarea tan humana
y por ello tan diversa?
La definición "escolar" es menos ingenua de lo que pudiera parecer
a primera vista, ya que nos deja abierta la cuestión: nos indica
mejor lo que la filosofía no es, que lo que ella en sí misma
sea. Al cabo, como amor a la sabiduría, se describe por una meta
no concluida, que no cabe dar por supuesta.
Consideremos las cuatro partículas de la definición "escolar":
ciencia: por contraposición a la experiencia y a las opiniones;
de todas las cosas: a diferencia de las ciencias (particulares);
por causas últimas: a diferencia del método científico
experimental o descriptivo, que explica por causas próximas;
adquirida por la luz de la razón: a diferencia de la fe y la teología,
que se fundan en la Revelación, superior a la razón y comprensión
humanas.
Notemos que de ahí se desprende una descripción negativa (por
tanto no hay "definición"), que nos indica lo que "no es" filosofía:
No es un repertorio de opiniones subjetivas, ni alguna experiencia singular.
No es una ciencia particular.
No es ciencia experimental. Ni tampoco la suma de todas ellas.
No es la teología, ni una religión.
Cabría añadir que la filosofía no es algo impersonal
–como el estado de la ciencia o una historia del mundo–; así como
raramente una innovación científica nos cambia la vida, también
sería raro que la filosofía que uno hace suya no comprometiera
su modo de vivir.
Por lo mismo que la sabiduría humana no es un sistema de conceptos
objetivados, bien encajados entre sí y concluso, es extraño
a ella el propósito de darla por concluida, de "cerrar" el sistema.
En referencia a este empeño, que se ha dado en más de una
ocasión, afirma Leonardo Polo: "Toda sabiduría humana es prematura".
Invito al lector a meditar esta afirmación en su sentido más
positivo, como si dijera que la sabiduría humana (la filosofía)
puede coincidir con su proceso de maduración personal.
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IV. Apéndice
Grados del saber. Las ramas de la filosofía
Cuadro esquemático del saber y sus grados
Es propio del sabio ordenar (Aristóteles). En el texto de Santo Tomás
de Aquino, más arriba citado, se expone cómo la razón,
al descubrir o introducir el orden, elabora distintos planos del saber:
I. Orden sobrenatural. Saber sobrenatural (revelación, fe teologal,
sagrada teología)
II. Orden natural. Saber natural (naturaleza, razón, filosofía
y ciencias), que se divide:
A. Orden real o independiente de la razón, que abarca:
1. Orden natural (Filosofía natural o Cosmología, Psicología)
2. Orden ontológico (Metafísica u Ontología)
3. Orden teológico (Teología natural o Teodicea)
A. Orden racional, en los actos de la razón (Filosofía racional
o Lógica).
B. Orden moral, en los actos de la voluntad (Filosofía moral o Ética).
C. Orden técnico, en los actos de la razón que produce artefactos
(Técnica y ciencias aplicadas).
Definiciones
Filosofía (definición escolar clásica). Ciencia,
de todas las cosas, por sus causas últimas, adquirida mediante la
luz de la razón natural.
Se divide en especulativa y práctica, según se ordene a conocer
la verdad de las cosas o a guiar la acción.
Filosofía natural (o Cosmología). Parte de la filosofía
especulativa que tiene como objeto el ser cambiante o móvil. Como
los seres cambiantes son sustancias corpóreas, indaga la estructura
del ser en cuanto sujeto del cambio y sus causas (materia y forma, causa
eficiente y final), así como la esencia de la corporeidad, del espacio
y el tiempo.
Psicología. (Del gr. psykhé; en lat. anima). La Psicología
racional es una parte de la Filosofía natural, en cuanto su objeto
es el ente natural viviente. Considera la vida como un tipo de movimiento;
vivir es movimiento espontáneo o automovimiento. La materia sola
no explica la vida: las piedras son cuerpos y no viven. Se atribuye la vida
al alma, como su principio radical e intrínseco al cuerpo; se la
define como forma sustancial del cuerpo, estructura íntima del cuerpo
viviente. Los hechos psíquicos se diferencian de los hechos físicos;
y se clasifican en: cognoscitivos y apetitivos, sensibles o intelectuales.
Antropología (Antropología trascendental), la filosofía
realista actual asume algunos planteamientos del idealismo moderno, y los
logros de la tendencia personalista, considerando la Psicología racional
clásica en un nivel más alto, equivalente al metafísico,
pues su tema es el ser personal. Se puede admitir que el ser cósmico
y el ser personal son realmente diferentes; ello conlleva la distinción
entre Metafísica y Antropología sin menoscabo del realismo
filosófico (Leonardo Polo).
Metafísica. Es la ciencia especulativa por excelencia; todas las
ciencias filosóficas son tales en la medida en que toman sus principios
de la Metafísica; tiene por objeto el ente en cuanto ente y los principios
supremos del ser y del pensar. El tratado de Aristóteles sigue siendo
su texto fundacional y la referencia obligada. En cuanto se ocupa de los
principios de la razón (especulativa y práctica) es sabiduría:
todas las ciencias se valen de los principios, pero ninguna los investiga.
Si se acepta la distinción de Antropología trascendental y
Metafísica (Polo), entonces se debe decir que la Metafísica
no versa primordialmente sobre un objeto, o que el ser no es "objeto", sino
acto. Sobre el ser como acto primero versa el hábito de los primeros
principios (no-contradicción, causalidad e identidad). Sobre el ser
como acto de ser personal versan el hábito de sabiduría y
la sindéresis. Este planteamiento se presenta como complementario,
no como alternativo, del clásico.
Teoría del conocimiento. Es la Metafísica que investiga la
esencia del conocimiento y, en segundo lugar, la cuestión de la posibilidad
de conocer la verdad, cuál es la naturaleza de ésta y la del
error. En cuanto busca una norma para discernir la verdad del error, se
llama también Crítica o Criteriología, porque su objeto
es el criterio de la certeza.
No se la debe confundir con la Metodología de las ciencias, llamada
también Epistemología, la cual es, si acaso, una parte de
la Lógica.
Ontología. Ciencia del ente en cuanto ente (gr. tò ón,
lo existente; lat. ens). El nombre Ontología (literalmente: "tratado
del ente"), es sinónimo de Metafísica, acuñado en la
modernidad.
Teología natural (Teodicea). Aristóteles llama a la Metafísica
"filosofía primera", porque versa sobre lo primero (el ser) y sobre
los principios primeros de la inteligencia; la llama también Theología,
tratado del ser primero o del Principio primero.
No se debe confundir con la sagrada Teología, porque los principios
de ésta son los datos de la fe. La Teología natural investiga
la existencia y naturaleza de Dios, primer Principio o Causa suprema, a
partir de la experiencia humana y los principios de la razón. Es
la coronación de la Metafísica. Desde Platón y Aristóteles,
hasta Hegel, la práctica totalidad de los filósofos han considerado
que "teología" era casi sinónimo de "metafísica" y,
por tanto, casi lo mismo que la filosofía.
Lógica. Parte de la filosofía práctica. Se define:
"arte directiva del acto de la razón, por la que el hombre razona
ordenadamente, con facilidad y sin error".
Aquí arte es sinónimo de saber práctico o ciencia práctica.
La Lógica es el arte de pensar bien, esto es, "una ordenación
de la razón, de manera que sus actos lleguen al fin debido". La razón
reflexiona sobre sí misma; por eso, no sólo puede dirigir
los actos de las demás facultades, sino también los suyos
propios.
Cuando la Lógica considera sólo la "forma" o corrección
de los razonamientos o inferencias, se llama Lógica formal; esta
investiga las leyes de la inferencia o deducción infalible de conclusiones
a partir de cualesquiera premisas.
Cuando la Lógica considera la "materia" de los razonamientos, esto
es, los conceptos y juicios en su expresión lingüística,
se llama Lógica material, ésta estudia los signos (semiótica)
y la interpretación del lenguaje (filosofía del lenguaje).
La Epistemología o Metodología de las ciencias tiene por objeto
establecer qué es ciencia y cuáles son los métodos
científicos. Hay diversos tipos de ciencias, también diversos
métodos.
La Retórica estudia el razonamiento persuasivo o probable. Es un
método propio de algunas ciencias sociales, humanas, que se fundamentan
en la observación, mas no describen hechos invariables sino voluntarios.
Ética (Moral). Filosofía práctica que considera el
orden que la razón introduce en los actos de la voluntad. Tal orden
se establece con vistas al fin último de la vida, viene expresado
por la Ley moral natural y se va haciendo hacedero con la adquisición
de buenos hábitos, o virtudes, morales. La Filosofía moral
define y demuestra sus objetos apelando, principalmente, a la causa final,
es decir, al fin al que se ordena la acción. Por eso, el gran tema
de la ética o filosofía moral es el destino humano.
Puesto que el hombre es un ser destinado y capaz de realizar su destino,
la libertad es central en la vida moral. Los temas capitales de la ética
son, pues: 1) la libertad, 2) el bien y los bienes, 3) las virtudes, y 4)
la norma, los deberes.
Sociología, Política, Derecho. Son ciencias subordinadas a
la ética, porque toman de ella sus principios primeros y no pueden
contradecirla. Juntamente con la historia y la economía, constituyen
las ciencias del hombre o sociales. Todas ellas, como la Psicología,
se estudian actualmente como ciencias independientes o particulares; no
obstante, su raigambre filosófica es tan honda que las diversas escuelas
o tendencias responden a la diversidad de filosofías de sus autores.
Más que las ciencias de la Naturaleza y la técnica, las ciencias
sociales se rigen por principios filosóficos y éticos; dicho
de otro modo: las crisis sociales, políticas, jurídicas, etc.,
entrañan siempre componentes sapienciales.
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Notas
(1) Diferencia entre cualidad y cantidad.– La forma en que se relaciona
la cantidad con la acción conlleva desgaste. Si tengo un depósito
lleno de gasolina, o un fajo de billetes, puedo hacer muchos kilómetros
y muchas compras; pero a más kilómetros, menos gasolina; a
más compras menos dinero. En cambio, si conozco un instrumento musical
o una teoría matemática, cuanto más toque mejor sabré,
cuantos más problemas resuelva, mejor comprenderé esa teoría
y la ciencia matemática. Las cantidades se gastan; las cualidades,
si son operativas (virtudes), crecen con el ejercicio.
(2) Kritik der reinen Vernunft, 1ª edición 1781; 2ª edición
1787. La teoría del conocimiento de Kant es un punto culminante de
la filosofía moderna: propone invertir la relación entre el
pensar y el ser; que los objetos dependan de nuestra manera de conocer,
y no a la inversa. Comparó esta inversión con el "giro de
Copérnico". Los filósofos alemanes posteriores (Fichte, Schelling,
Hegel, etc.) iniciaron un proceso de crítica de la modernidad que
caracterizó a la época romántica y a la contemporánea
(siglos XIX y XX). Con Kant se inició una etapa en que el filosofar
se entendió ante todo como Crítica, y como testimonio de una
"crisis" del hombre que no llegó a resolverse en los dos siglos precedentes.
(3) Ante concepciones tan vigorosas como las de Kant y Fichte se hace evidente
la dificultad intrínseca de la filosofía y la prudencia necesaria,
por parte de quienes no son especialistas, a la hora de comprenderlos adecuadamente.
La mayoría de sus asertos son verdaderos, su forma de razonar es
lógica y amplia, magnánima, pero llegan de repente a conclusiones
que contrarían al sentido común: el mundo no tiene otro ser
que su aparecer (dice Kant del cosmos), y ese "ser-aparecer" del mundo lo
crea el espíritu humano (dice Fichte). No hay razón para mirar
con menosprecio a estos pensadores porque se atrevieran a contradecir abiertamente
al sentir común de los mortales; pero tampoco hay razón para
dejarnos arrastrar irreflexivamente por lo atrevido u original de sus afirmaciones.
Los pensadores geniales merecen respeto. Ahora, el respeto que espera el
pensador es el esfuerzo de entenderle. Kant y Fichte intentaban comprender
el espíritu; pero en su exagerado espiritualismo llegaron a difuminar
(o borrar) la diferencia entre el Creador y la criatura. Su idea del espíritu,
olvida que es creado y destinado, por eso se internaron en una especie de
"mística" (no del encuentro con Dios, sino del encuentro de la razón
consigo misma) que se llamó "idealismo filosófico".
Estas filosofías, especialmente el Idealismo absoluto, de Hegel,
han originado una grave crisis en el siglo XX. ¿Qué es el hombre,
sólo materia o sólo espíritu? Es casi imposible responder
bien a preguntas mal planteadas. Todavía hoy se presenta en algunos
círculos académicos como si fuera un éxito, o una "madurez",
lo que en realidad no son sino salidas "de emergencia" hacia el materialismo
(marxismo, positivismo, neopositivismo cientifista) o hacia el "humanismo
ateo" y el nihilismo (Sartre, Heidegger, filosofía neo-hegeliana,
Vattimo y el "pensamiento débil", etc.). La tarea actual del pensamiento
no puede consistir en darlo por "acabado". La era postindustrial, de las
comunicaciones y de la bio-tecnología reclama, más que nunca,
la responsabilidad de la filosofía. El universo físico, la
dignidad humana, el misterio del mal, la historia, nuestro destino último,
Dios, siguen siendo los grandes temas: nuestra tarea será comprender
cómo se armonizan.
(4) Metafísica (lo que está más allá de la física),
fue el nombre que desde antiguo se dio a los libros de la Filosofía
primera o Teología, de Aristóteles.
(5) Todo este capítulo, así como los puntos principales de
este "Curso", está en consonancia con el pensamiento de este filósofo
actual. Para conocerlo mejor, véase: Leonardo POLO, Introducción
a la filosofía, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1995.
Cf. Del mismo autor: Quién es el hombre, Ed. Rialp, Madrid, 1991.
Para obtener una buena visión de conjunto del hombre y su obra recomiendo:
http://ensayo.rom.uga.edu/filosofos/spain/Polo/
(6) Cf. Jesús GARCÍA LÓPEZ, Tomás de Aquino,
Maestro del orden, Madrid, 1985 y 1987; págs. 24-31. Editorial Cincel.
La lógica del discurso
humano
"Una mente toda lógica es como un cuchillo sin mango:
hiere a quien lo empuña" (Rabindranath Tagore).
I. Que es la lógica
Definición
Se define la lógica como el arte directiva de la razón, por
la que ésta procede ordenadamente, con facilidad y sin error. Es,
pues, un saber práctico (arte), y sirve como instrumento para las
demás ciencias. Hay una lógica natural, espontánea,
de la razón humana y una lógica científica.
Lógica natural
La lógica perfecciona el discurso humano. Mas hay diferentes
tipos de discurso. No siempre razonamos sobre asuntos ciertos y necesarios,
a veces discutimos sobre cosas probables, o verosímiles. Pero algunos
filósofos quisieron hacer de la lógica un instrumento de certeza
universal, un método único. ¿Existe una sola lógica
o muchas?
Ante todo, la lógica considera el orden del razonar humano, luego
es una. Entre ser racional y no serlo no hay término medio. Por eso,
no existe una mentalidad prelógica, como pretendió Lucien
Lévy-Bruhl (1857-1939), confundiendo la actividad fantástica
y el raciocinio. La actividad racional –natural para el hombre– posee leyes
y reglas que no es posible incumplir; la mente sigue esas normas, sin conciencia
de ellas.
El sociologismo es una forma de reducir lo superior a lo inferior. Según
Lévy-Bruhl, la mentalidad primitiva, sobrenatural y prelógica,
no usa conceptos ni relaciones lógicas sino representaciones colectivas
y sentimentales, por las que el individuo se identifica con el grupo (tótem).
Sus estudios se basaron en informes llegados a Europa sobre magia y prácticas
supersticiosas en sociedades primitivas. Ahora, la superstición es
una anomalía, pero no sólo en sociedades primitivas sino también
en las avanzadas. En cuanto al mito, no es indicio de irracionalidad. Se
ha dicho que fue la "ciencia" del hombre antiguo, ya que refería
la realidad a causas, valiéndose de narraciones y conceptos abstractos;
al cabo, exponía un "por qué" de las cosas y en eso obedecía
a la lógica espontánea.
La lógica científica
La lógica científica presupone la natural. La razón
reflexiona sobre sus actos, observa la diferencia entre lo correcto y lo
incorrecto, investiga las leyes del discurso y las formula. Si la lógica
natural es espontánea; la reflexiva es arte, esto es, ciencia práctica.
Como ciencia, estudia leyes que guían al razonamiento. Es una ciencia
práctica y normativa: no le interesa cómo piensa uno de hecho,
sino cómo debe pensar, de derecho, para llegar a la verdad. En suma,
la lógica descubre normas y leyes que obligan a la razón,
porque ésta se ordena al conocimiento de la verdad. Las normas éticas
señalan el bien, las lógicas dirigen el discurso a la verdad.
Como toda ciencia, la lógica tiene un objeto material: los actos
de la razón. Su objeto formal es la corrección de esos actos.
En el conocimiento de la verdad hay dos aspectos complementarios e inseparables:
el tema y el método. Llamaremos tema a lo que se conoce, y método
al acto con el que conocemos. Lo que llegamos a conocer como tema se corresponde
con el método. Ahora, los actos de conocer son de diversa perfección
y nivel; por eso, la lógica sólo comprende una parte del método,
a saber, el propio de la razón discursiva. La lógica misma
es controlada por actos de pensar más altos (no discursivos), como
los principios y los hábitos intelectuales. (De ahí que se
subordine a la metafísica y a la teoría del conocimiento).
La lógica abarca los métodos de razonar, esto es, de enlazar
juicios para llegar a conclusiones, y los juicios constan de conceptos.
Por eso, se suele comenzar observando que las propiedades y reglas lógicas
afectan a esos tres: el concepto, el juicio y el raciocinio. Esto proporciona
el criterio para estudiar ordenadamente la lógica formal.
Panlogismo
Mas algunos filósofos pensaron que la razón, siguiendo
un solo método, puede llegar a conocerlo todo; postularon que la
realidad posee una única estructura y que ésta es idéntica
a la lógica natural. La lógica sería única y
lo explicaría todo; se convertiría así en la ciencia
por excelencia. Este error se conoce con el nombre de panlogismo.
La primera sistematización de la lógica la debemos a Aristóteles.
La tradición agrupó sus libros bajo el nombre de Organon,
esto es, instrumento del saber. En los tiempos modernos se sintió
la necesidad de nuevos métodos, para las nuevas ciencias. La cuestión
que se plantea, entonces, es esta: "¿existe una sola lógica o muchas?"
La tentación del método único es fuerte: si la razón
es una –se dice–, el método correcto de pensar será también
sólo uno. Ello sería verdad si la razón discursiva
fuera el acto de conocer (método) más intenso; si no lo es,
no puede ser verdad. Pero el discurso es a la inteligencia, como el arroyo
a la fuente: allí donde el arroyo discurre, el acto de la fuente
está presente. Hay más luz en la inteligencia que en el discurso.
«Santo Tomás de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina
admirable. Según el santo doctor, el discurrir es señal de
poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido
para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles
entienden, mas no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia,
menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que las más limitadas
tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más
alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número
se va reduciendo a medida que las inteligencias criadas se van acercando
al Criador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo
ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su
misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro;
ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu;
ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento
del hombre.
«En efecto; los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia
de las ideas, sino en que están en posesión de algunas capitales,
anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando
y recorre mucho terreno y no sale de la angostura y sinuosidad de los valles;
el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes,
y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente
de los ríos, (...).
«En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él
se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina
todo. Si al común de los hombres no les es posible situarse de golpe
en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de
trabajo, no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo
y alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa,
toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales
a los que se refiere los demás. En situándose en ellos, todo
se presenta sencillo y llano; de otra suerte, no se ven más que detalles
y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil,
ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable;
y, por lo mismo, es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil,
(...)». (Jaime Balmes, El Criterio, cap. XVI, § 7)
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II. Lógica del concepto
El concepto y el término
Concepto es el acto con el que la mente aprende una cosa, sin afirmar
ni negar nada, Así: "guerra", "algo". No dice: "la guerra es cruel"
o "aquí hay algo".
El concepto se llama: simplemente aprensión, porque capta sin juzgar;
concepto, porque la mente lo forma dentro de sí; se llama idea (del
gr. eideo-în, ver), porque es aquello que el intelecto ha visto; y
noción, porque es el acto del noûs, o mente. Más profunda
es la expresión "palabra interior" (verbum cordis, verbum mentis),
denotando que el concepto es formado por la mente, en su interior, y exteriorizado
en la palabra oral o escrita.
Término es la expresión lingüística de un concepto
La lógica estudia el concepto en los términos.
La significación
Es la razón de ser del lenguaje. Pensar y hablar es referirse
a cosas. La ley básica de la teoría del signo (semiótica)
es que las palabras son signos artificiales de los conceptos, y los conceptos
son signos naturales de las cosas.
El signo es un "medio", en el mismo sentido que el aire es el medio de la
audición, o la luz el de la visión. El hecho de que el pensamiento
se valga de signos evidencia que no es inmediato, sino mediato. A la inversa,
los conocimientos o verdades inmediatas son inefables, ninguna palabra ni
discurso los puede agotar.
" Las palabras significan conceptos,
los conceptos son signos de las cosas"
Las palabras "aprehensión", "idea", "concepto" y "noción"
son comunes en la terminología clásica. Algunas veces, concepto
y noción se toman en sentido estricto, como idea universal que se
expresa en la definición. También algunas veces se llama intención
(del lat. tendere-in, tender o apuntar hacia) porque el concepto es el acto
por el que la mente tiende o se refiere al objeto real.
Se distingue primera y segunda intención. El entendimiento capta
qué es "flor" (primera intención); conocido el objeto, la
mente considera en él su universalidad, por ejemplo, (segunda intención).
La segunda intención es un concepto del concepto, un concepto reflejo.
Evidentemente, la lógica científica estudia "segundas intenciones",
forma conceptos de los conceptos.
Toda idea significa alguna cosa, sea existente (los Pirineos), meramente
posibles (montaña de oro), una negación o privación
(ceguera) o un imposible (círculo cuadrado). El objeto es distinto
del acto. Para distinguirlos, se llama concepto objetivo al signo mental
u objeto; y concepto formal (o subjetivo) al acto que lo forma y entiende.
Comprehensión y extensión de un concepto
Toda idea incluye notas. La suma de notas de que consta, es su comprehensión.
El conjunto de individuos a que conviene la idea es su extensión.
Así, por ejemplo, las notas constitutivas del concepto "reloj" son:
"artefacto", "medida" y "tiempo", si definimos el reloj como: artefacto
para medir el tiempo. La extensión, en cambio, es el conjunto de
cosas que cumplen la definición. La de "reloj" incluye relojes de
sol, de arena, mecánicos, electrónicos, de pulsera, de pared,
de campanario, etc. A su vez, cada uno de estos conjuntos incluye un número
de individuos indeterminado.
Regla general: la extensión está en proporción inversa
a la comprehensión, a más compehensión, menos extensión.
Así, la idea pierde extensión cuando más notas la integran:
reloj de pulsera y de tal marca, etc. A la inversa, si pierde notas y la
comprehensión se empobrece, la cantidad de singulares a los que conviene
se hace cada vez mayor; por ejemplo, hay más artefactos para medir,
que relojes.
Nota de una idea es todo lo que se puede decir con verdad del objeto. Ahora
bien, no todas las notas que pertenecen realmente a la cosa son conocidas;
esto explica que nuestro saber siempre pueda incrementarse o progresar.
Por eso, tanto si un ente es natural como si es artificial, su definición
"real" incluye un número de notas que escapa a nuestro saber. Es
otra manera de recordar que nuestro saber, aun siendo real, es limitado.
En referencia a la comprehensión plena, o a la definición
perfecta, se dice que no comprendemos nada, aunque sepamos muchas verdades.
La esencia de las cosas nos es desconocida, escribe Santo Tomás de
Aquino, que no era escéptico.
Equivocidad, univocidad y analogía de los términos
Las ideas son unívocas o análogas; pero las palabras pueden
ser también equívocas. Por tanto, el termino puede ser:
Unívoco, es el que se dice siempre con el mismo sentido: hombre,
caballo.
Equívoco, se dice igual de cosas distintas como: León, nombre
propio, y león, nombre común.
Análogo, se aplica a cosas distintas, iguales en algo; el sentido
es en parte igual y en parte distinto, como cuando se dice un hombre sano
y un alimento sano.
Las ideas trascendentales
Trascendentales son nociones universalísimas cuya extensión
es máxima porque abarcan todo lo que existe, dejando fuera sólo
la nada. Se llaman también análogas, porque no se dicen igual
de todas las cosas. Por ejemplo ser, se atribuye a todo, pero no es igual
el árbol, que el caballo o el hombre; ni es igual lo material que
lo espiritual, lo finito y lo infinito.
Son transcendentales el ser (ente), la verdad, la bondad y la belleza; son
atributos que se dicen de toda cosa, según una escala o gradación
de perfecciones.
Los transcendentales expresan atributos del ente, en cuanto ente, esto es,
que se pueden atribuir (con verdad) a cualquier cosa por el hecho de ser,
como la unidad, la verdad, la bondad, etc.
Se llaman "transcendentales" (del lat. trans-scando, ir más allá
subiendo), porque superan en extensión a todos los universales (géneros
y especies), pero no se deben pensar como separados, externos a los géneros
y especies. Al contrario: todas las ideas son interiores a los transcendentales;
éstos no sólo tienen la mayor extensión, sino también
la mayor comprehensión, y comprenden a todas las realidades determinadas.
Así, por ejemplo, la piedra, el árbol, la estrella, el número
abstracto, la virtud, etc., son conceptos que significan algo real, por
tanto el concepto de ente –el primum cognitum– está incluido dentro
de cada uno de ellos, aunque ninguno agote la riqueza de "ser".
El realismo afirma la primacía del ser tanto en la realidad (primum
ontologicum) como en el conocimiento (primum cognitum).
Los universales
El concepto es universal. El universal es algo uno que se dice de muchos;
de muchos singulares, con un mismo significado. No admite grados. Por ejemplo,
el concepto de "hombre" se dice de todos en el mismo sentido: no es posible
ser más o menos humano, se es o no, en absoluto. No hay término
medio, ni gradación.
La lógica formal trabaja con términos unívocos, eso
limita su aplicación a las ciencias y las matemáticas. El
saber metafísico, en cambio, no tiene por método la lógica
formal, sino la dialéctica (Platón, Hegel) o la analogía
(Aristóteles, Tomás de Aquino).
La lógica formal es un método para saber, no el único;
el intento de reducir los saberes a un solo método (la lógica
formal, la matemática, etc.) reduce el alcance del pensamiento y
constituye el reduccionismo cientifista.
El problema de los universales
Los conceptos son universales, las cosas son singulares; lo universal
es único e ideal, lo singular múltiple y sensible. Ahora,
el hecho de que conceptos universales signifiquen seres singulares forma
parte del misterio del conocimiento. ¿Qué son esos "universales"?
¿Dónde se encuentran, qué realidad tienen? En la historia
se han propuesto tres grandes modelos de respuesta para esas preguntas:
Realismo exagerado, o hiperrealismo. Según Platón, la idea
es idéntica, invariable, eterna e inmaterial. Las cosas sensibles
lo contrario: materiales, temporales, cambiantes y caducas. De donde Platón
concluye que el ser ideal es más real que el ser singular.
Nominalismo. Solo existen entes singulares. Los términos e ideas
universales son "ficciones", artificios lingüísticos para sustituir
en el pensamiento una multitud de singulares por un nombre (lat. nomen).
El intelecto no conoce cosas, sino nombres: no la rosa, sino el nombre de
la rosa: Stat pristina rosa solo nomine; nomina nuda tenemus (G. de Ockham).
Realismo moderado. Es la posición de Aristóteles. La idea
existe en la cosa, como forma de una materia; el pensamiento (noûs)
la abstrae o separa formándola dentro de sí como concepto.
Tomás de Aquino completa esta teoría distinguiendo: universal
in re, post rem y ante rem.
Según Platón, las ideas constituyen un mundo separado y perfecto,
a cuya imitación se hace este mundo sensible; el "mundo de las ideas"
es una región eterna y divina. Según Aristóteles, en
cambio, las ideas sólo son ideales en la mente, en la materia son
formas, esto es, principios reales de las cosas; éstas constan de
materia y forma (hylemorfismo), por la materia son singulares y por la forma
tienen un ser u otro y son inteligibles. Finalmente, Tomás de Aquino
reúne la concepción de Platón y la de Aristóteles
mediante la noción de creación. La idea es distinta según
esté en la mente del Creador (ante rem), en la criatura (in re),
o en la mente humana (post rem).
Las categorías o predicamentos
Aristóteles redujo todas las ideas universales a diez tipos,
denominados categorías (gr. kategoreo, enunciar, afirmar), o predicamentos
(lat. praedico). Elaboró así una lista de los predicados que
cabe atribuir a un sujeto:
1. Sustancia.
2. Cantidad.
3. Cualidad.
4. Relación.5. Acción.
6. Pasión.
7. Dónde. 8. Cuándo.
9. Situación.
10. Hábito.
La lista aristotélica de las categorías recoge no sólo
formas lógicas, es decir, formas humanas de pensar y de hablar, sino
también las formas reales de ser; son los diez "géneros supremos",
esto es, las diez maneras en que se dice el ser en el orden del ente finito.
La complejidad de esa lista se reduce a una distinción básica:
substancia y accidente. El ente será "en sí" (sub-stantia,
sujeto), o "en otro" (accidens, atributo).
El ser fundamental es la sustancia, porque la realidad del accidente consiste
en "ser en" la sustancia; de ahí que el accidente, más que
un ser, es el ser de un ser (ens entis).
Categorías y predicables
Los conceptos pueden hacer referencia:
1. a nuestra manera de entender y hablar (significación lógica).
Predicables.
2. a la manera de ser de las cosas (significación ontológica).
Categorías.
En el primer sentido, se llaman predicables; en el segundo, categorías,
(o "predicamentos").
Los predicables
Los universales, considerados sólo en su dimensión lógica,
se llaman predicables: algo uno que se dice de muchos, pero este "decirse"
es diferente según que el concepto exprese la esencia o no, o según
la exprese de manera completa o incompleta. La clasificación de los
predicables se encuentra en la Introducción al libro Categorías,
de Aristóteles, que escribió el filósofo neoplatónico
Porfirio (233-305). Mediante la articulación de los predicables,
se logra un "árbol" que va de lo más indeterminado (genérico)
a lo más determinado y concreto (singular), se copia así la
estructura de la realidad, en el "espacio lógico".
He aquí el llamado árbol de Porfirio:
Género Supremo: Sustancia
Dif. Genérica: material / inmaterial
Gen. Subalterno: Sustancia Corpórea
Dif. Genérica: animada / inanimada
Gen. Subalterno: Viviente
Dif. Genérica: sensitivo / insensible
Gen. Próximo: Animal
Dif. Específica: racional / irracional
Especie: Hombre / Pedro, Juan, Pablo...etc.
Son cinco los predicables, según Porfirio, a saber: la especie, el
género, la diferencia, el propio y el accidente.
1. Especie es el concepto que se predica de los singulares expresando la
esencia completa. Si decimos de Sócrates que es "hombre", expresamos
la esencia completa de Sócrates. "Esencia" significa aquello por
lo que una realidad es lo que es y, en sentido lógico, lo que responde
a la pregunta: "¿qué es"? (quid est?), de ahí el nombre latino
quidditas. La especie expresa la quidditas o esencia, y sus inferiores son
individuos singulares, diferentes solo numéricamente.
2. Género es el concepto que se predica de muchos singulares, expresando
parte de su esencia, a saber, la parte común a otras especies y,
por eso, indeterminada. Si decimos que Sócrates es "animal" expresamos
una parte de su esencia, común con muchas especies.
3. Diferencia es el concepto que expresa la parte determinante, esto es,
la que no es común a otras especies, sino diferencial; así,
por ejemplo, el hombre es "racional".
4. Propio o propiedad, no expresa la esencia, pero sí algo que emana
de ella o la acompaña siempre. Si decimos de Sócrates que
"ríe" o "habla", le atribuimos propiedades exclusivas de la especie
humana. Las propiedades son los conceptos que suelen usar las ciencias para
definir; por ejemplo, distinguimos los cuerpos por la forma cristalina,
peso, dureza, afinidades químicas, conductivas, etc.
5. Accidente se predica como algo contingente, externo a la esencia. Si
decimos de Sócrates que "está sentado" o "es blanco", le atribuimos
algo cuya presencia o ausencia no hará que Sócrates sea humano,
ni deje de serlo.
Si miramos ahora el árbol de Porfirio, vemos mejor cómo hay
que leerlo:
Las ideas universales unívocas se ordenan según géneros
y especies.
La idea que contiene a otras ideas se llama género, respecto de aquellas.
La idea que contiene solo individuos se llama especie.
La diferencia específica aporta la distinción entre especies
diversas.
Hay un orden jerárquico entre las ideas universales.
El género supremo de los universales es la sustancia material o compuesta.
La escala jerárquica de los universales expresa la jerarquía
de los existentes.
Sustancia.
Sustancia inorgánica.
Sustancia vegetal.
Sustancia animal.
Sustancia inteligente.
Oposición de ideas
Son opuestos los predicados que no pueden estar en el mismo sujeto bajo
el mismo punto de vista, como: cuerpo y espíritu, frío y caliente,
etc. La oposición de ideas sigue ciertas leyes, de manera que, conocida
una, se conoce la otra. Según Aristóteles hay cuatro especies
de oposición:
Contradictorias. Las ideas son opuestas como el ser y su simple negación:
ser-nada; blanco-no-blanco. No hay un punto medio.
Contrarias. Pertenecen al mismo género pero distan hasta el máximo:
blanco-negro; bello-feo. Pueden tener un punto medio: entre avaricia y prodigalidad,
moderada liberalidad.
Privaciones. Se oponen como una perfección y su ausencia, la ceguera
es privación de la vista.
Relativas. Ideas opuestas de modo que una no puede ser sin la otra como
padre e hijo, hombre y mujer, etc.
La definición
Definir es determinar la comprehensión de un concepto (la extensión
depende de la comprensión). La definición es un término
complejo que expresa qué es la cosa. A menudo debemos contentarnos
con definir el nombre; definir el ser es muy difícil, conocemos el
ser real de las cosas con enormes limitaciones. De ahí los tipos
de definición:
1. Definición nominal. No define la cosa, sino la palabra. Puede
ser etimológica o sinonímica; es un primer paso en la aproximación
a las cosas.
2. Definición real perfecta o "esencial": declara la cosa por los
predicados que constituyen su especie, a saber: género próximo
y diferencia específica. Raramente obtenemos definiciones esenciales,
recorremos a definiciones imperfectas.
3. Definición real imperfecta o "descriptiva". Declara la cosa por
notas reales, pero no esenciales. Tiene diversas formas: la definición
propia define la cosa por propiedades que no constituyen la esencia, pero
derivan de ella: "El hombre es capaz de reír". La definición
accidental define una cosa por la colección de accidentes que bastan
para diferenciarla de otras. La definición genética explica
una cosa por la manera propia como se hace: "circunferencia es la figura
que resulta de una revolución de una línea entorno de un punto
inmóvil".
Reglas. La definición esencial no necesita reglas: se determina por
el género próximo y la diferencia específica, o no
hay definición. Las demás se regulan por los siguientes criterios:
1. que la definición no contenga lo definido.
2. que sea más clara que lo definido.
3. que convenga a todo lo definido y sólo a ello.
4. que no sea negativa.
5. que sea breve.
La división
La definición une; la división separa notas, analiza para
llegar a un concepto más claro. División es la distribución
de un todo en sus partes.
En toda división se encuentra: 1) el todo dividido; 2) las partes
o miembros de la división; y 3) el fundamento o criterio que sirve
para dividir.
El todo es divisible. Hay que distinguir el todo lógico y el todo
real. La división real o partición es la distribución
de una cosa compuesta en sus partes; así, un árbol en: tronco,
ramas, raíces.
Si algún miembro se divide otra vez, tenemos una subdivisión,
y una serie ordenada de divisiones y subdivisiones es una clasificación.
Cuando una clasificación es completa se llama sistema.
La división más rigurosa es la dicotomía, porque se
basa en la contradicción, que no admite término medio.
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III. Lógica del juicio o proposición
El juicio y la proposición. La verdad
El juicio es la afirmación de la conveniencia o discordancia
entre dos conceptos. Es un acto del intelecto que une o separa. Los elementos
constitutivos del juicio son tres: sujeto (S), predicado (P), y cópula,
afirmativa o negativa, expresada por el verbo ser (es, no es). Aunque el
juicio consta de elementos, el acto de juzgar es simple, indivisible.
Como el concepto no existe sin juicio, nos podemos preguntar si en toda
concepción no hay ¾ al menos sobreentendidos¾ un juicio de existencia
o inexistencia. A su vez, la existencia admite diversos sentidos. Si digo
"quimera" expreso algo que existe, como nombre, en la fantasía. Una
cosa puede existir como realidad natural o artificial, como a idea o forma
mental y, en fin, sólo de nombre.
La expresión lingüística del juicio se llama proposición.
La lógica estudia proposiciones, no juicios; el juicio es un acto
interno, la proposición su expresión externa.
La principal propiedad del juicio es la verdad (o falsedad). Un juicio es
verdadero cuando une en el pensamiento lo que está unido en la realidad
de las cosas, o cuando separa en el pensamiento aquel sujeto y predicado
que están separados en la realidad. Por eso, definimos la verdad
lógica como adecuación del intelecto y la cosa (Sto. Tomás
de Aquino).
Clasificación de los juicios y proposiciones
La forma del juicio es la cópula, la materia el sujeto (S) y
el predicado (P). Las preposiciones (S y P enlazados por la cópula)
se diferencian:
por la cualidad: afirmativas y negativas; absolutas y modales.
por la cantidad: singulares, particulares y universales.
por la unidad: simple (categóricas) y complejas (hipotéticas).
Afirmativas o negativas, según que la cúpula sea "es" o "no
es".
En las afirmativas el predicado (P) se toma en parte de su extensión,
y en las negativas en toda; (excepto en definiciones y proposiciones singulares).
La cualidad determina la extensión del predicado; esto da lugar a
dos leyes: en una proposición afirmativa el predicado es particular;
y, en una negativa, el predicado es universal. Explicación: la proposición
afirmativa introduce el S dentro de la extensión de P. "Este hombre
es blanco" no significa que él solo sea todo lo blanco, sino que
es un miembro del conjunto de los blancos. Al contrario, la proposición
negativa excluye al S de la extensión de P, nada de S está
dentro de la extensión de P, ésta se considera toda entera.
Singulares, universales, particulares, según que el sujeto (S) sea
un individuo, todos los de un género, o una parte de estos: "Cesar
venció a Pompeyo"; "todos los círculos son redondos"; "algunas
hipótesis son probables".
Modales: además de afirmar o negar enuncian el modo como el predicado
(P) conviene (o no) al sujeto (S). El modo afecta a la cópula. Hay
cuatro modos: posible y necesario (contingente y imposible). Posible: S
"puede ser" P. Contingente: la cópula declara posible "no ser". Imposible:
la cópula declara que P "no puede" ser.
Proposición categórica es aquella que atribuye simplemente
un predicado a un sujeto; es simple. La proposición hipotética
enlaza preposiciones categóricas (por tanto, es compuesta). Las proposiciones
hipotéticas pueden ser: condicionales, copulativas o disyuntivas:
· Condicional, afirma bajo condición: "Si llueve, el suelo se moja".
Consta de dos partes, un antecedente que pone la condición y un consecuente
o condicionado. La proposición condicional afirma o niega el nexo
entre condición y condicionado. Solamente son válidas dos
conclusiones: Si la condición A es verdad, lo es también el
condicionado B. Si B no lo es, tampoco A. Pero no se puede concluir que
si A no es, tampoco B, excepto en la condición sine qua non.
· Disyuntiva une enunciados con la particular "o", y no pueden ser a la
vez verdaderas ni falsas. De hecho afirman dos cosas: que los miembros no
pueden ser verdad a la vez y que al menos uno es verdad: "suyo o no suyo".
Los miembros han de ser opuestos y la división entre los miembros
debe ser completa: "o es rico o es infeliz" es falsa, porque no hay oposición
ni disyunción completa ("o el pobre es feliz").
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IV. Lógica del raciocinio o silogismo
El raciocinio
El raciocinio es la operación mediante la que el intelecto, de
dos o más juicios conocidos como verdaderos, conoce la verdad de
otro juicio. El raciocinio o discurso es un movimiento: va de lo desconocido
a lo conocido, o de lo implícito a lo explícito. Aristóteles
usa el nombre "silogismo" en un sentido tan amplio que abarca toda clase
de razonamientos. Lo define así: "silogismo es un discurso (logos)
en que, por el hecho de poner unos datos, resulta necesariamente uno distinto
de los puestos anteriormente, por el hecho de haber sido puestos" (Primeros
Analíticos I, 1, 24b).
Las proposiciones de que se parte se llaman antecedente o premisas. La proposición
que deriva de ellas es el consecuente o la conclusión. Esta es la
materia del razonamiento o silogismo.
El silogismo no consiste en el hecho de establecer –o "poner"– las premisas
y la conclusión; sino en vincularlas. La forma del razonamiento es
el vínculo, la dependencia necesaria del consecuente respecto al
antecedente. Este vínculo se denomina consecuencia.
No se debe confundir el consecuente, que es materia del razonamiento, con
la consecuencia, que es la forma, el mismo razonamiento. Sólo si
hay consecuencia hay silogismo.
La lógica formal tiene por objetivo la consecuencia (o "inferencia",
lat. illatio), su finalidad es formular reglas que garanticen la exactitud
de la consecuencia, incluso prescindiendo de la verdad o falsedad del antecedente
i del consecuente. La consecuencia puede ser correcta (= "verdad formal"),
aunque no sea verdad el consecuente. La lógica material se ocupa
de la verdad de las proposiciones, la formal sólo considera la corrección
de las consecuencias o indiferencias.
Leyes de la argumentación
Si la consecuencia no es correcta, no hay razonamiento, sino una serie
de proposiciones. El consecuente puede ser verdadero, aunque la consecuencia
sea incorrecta, en sentido "material"; de hecho, no es consecuente si no
deriva necesariamente del antecedente. Si una proposición es verdadera,
pero no deriva ni depende de las premisas, es verdad por su materia (ratione
materiae), pero no en virtud de la forma (vi formae), porque no hay forma.
Las leyes que regulan la argumentación suponen que hay consecuencia
correcta. Son estas:
Si el antecedente es verdadero, el consecuente es verdadero.
Si el consecuente es falso, el antecedente es falso.
Si el antecedente es falso, el consecuente puede ser falso o verdadero.
Si el consecuente es verdadero, el antecedente puede ser verdadero o falso.
Las cuatro leyes se reducen a la 1ª y a la 3ª, su fórmula tradicional
dice: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. De
una verdad solo se sigue verdad; de lo falso se sigue cualquier cosa.
Estas leyes tienen rango de principios de la lógica. Son evidentes,
no susceptibles de demostración. Lo más que cabe hacer es
comentarlas, para subrayar su evidencia. ¿Por qué de lo verdadero
sólo se sigue lo verdadero? Podríamos decir también
que el consecuente estaba contenido en el antecedente. La consecuencia explicita
lo que estaba implícito. Aristóteles presenta la regla como
aplicación del principio de no-contradicción. Si, por hipótesis,
el antecedente es verdad, el consecuente es verdad y la consecuencia es
correcta (A ® B). Si B es falso, entonces A es y no es (verdad).
¿Pero por qué de lo falso puede seguirse lo verdadero? En virtud
de esa ley, cabría esperar que de lo falso sólo se siguiera
falsedad. Es imposible que lo falso genere lo verdadero. De todos modos,
un antecedente falso puede comportar un consecuente verdadero, de hecho,
aunque no por la razón dada. El ejemplo que pone Aristóteles
es un silogismo; el antecedente consta de dos proposiciones falsas; la consecuencia
es correcta, porque el silogismo está bien construido. La conclusión
resulta verdadera: "Toda piedra es animal. Ahora bien, todo hombre es piedra.
Por lo tanto, todo hombre es animal".
La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Pero su verdad
no proviene de ellas. Por el hecho de derivar las premisas, un consecuente
verdadero resulta por accidente de un antecedente falso. La posibilidad
de tales "accidentes" sólo es un escándalo lógico si
se olvida que la lógica formal no es autosuficiente.
Las argumentaciones: inducción y deducción
Las dos formas principales de la argumentación son la deducción
y la deducción. Aristóteles distingue silogismo e inducción
como dos caminos (métodos) diferentes en la búsqueda de la
verdad: "todo aquello que nosotros aprendemos procede o bien del silogismo,
o de la inducción" (Prim. Anal., II, 23). "Sólo aprendemos
por inducción o por demostración". Silogismo es sinónimo
de deducción; se divide en silogismo categórico y silogismo
hipotético, según que la premisa mayor sea una proposición
categórica o hipotética.
Para definir estos dos movimientos de la razón discursiva no basta
con decir que van en sentido inverso. Tampoco es exacto que la deducción
descienda de lo general a lo particular, mientras la inducción ascendería
de lo particular a lo universal. La inducción no es tanto el tránsito
de lo particular (o especial) a lo general, cuanto el paso de lo sensible
a lo inteligible (universal); el rango de este universal, en el árbol
de Porfirio, es indiferente. A su vez, la deducción suele ir de lo
general a lo especial, pero no es su oficio. De 14 modos de silogismo válidos
sólo 4 tienen una conclusión tan universal como las premisas.
La inducción pasa de lo sensible a lo inteligible (aunque después
pueda transitar también de lo menos a lo más universal); la
deducción se mueve esencialmente en el nivel de lo inteligible (aunque
descienda a lo singular). La lógica presupone dos hechos psicológicos:
1) los sentidos perciben objetos singulares, 2) el intelecto piensa mediante
conceptos universales.
La diferencia esencial entre inducción
y deducción es que la primera parte de los singulares, mientras que
la deducción procede a partir de universales. El consecuente, en
cambio, es en ambos casos un universal.
La inducción plantea el problema de saber si debe fundarse en una
enumeración completa de los datos, o si basta con una enumeración
incompleta. En todo caso, no son dos tipos de inducción.
La teoría del silogismo
Considerada uno de los principales méritos de Aristóteles,
que inventó las leyes del silogismo y las formuló con perfección.
Esta aportación ha marcado el camino para la mentalidad occidental,
siempre deseosa de rigor lógico (tanto como de profundidad o claridad).
Valoraciones
El sistema del silogismo es admirado por su exactitud. Los medievales
lo integraron en el sistema educativo, como instrumento para formar en el
rigor argumentativo.
En el Renacimiento empieza a ser cuestionada su validez. Las teorías
experimentales insisten en la prioridad de la intuición (observación,
inducción), sin ella no obtenemos noticias. A su lado, la argumentación
deductiva parece estéril. Es el pensamiento de Francis Bacon (1561-1626),
que se propuso redactar un Novum Organum, una lógica inductiva.
También R. Descartes (1596-1650) negó el valor del silogismo:
"Me di cuenta que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos
y la mayor parte de las demás instrucciones servían más
para explicar a otro las cosas que ya se saben, o incluso, como en el caso
del arte de Lulio, para hablar sin sentido de las que se ignoran, que para
aprenderlas" (Discurso del método, II).
El pensamiento racionalista valora sobre todo la verdad formal, por eso
considera la teoría del silogismo sencillamente perfecta. Leibniz
la contempla como la primera forma lograda de discurso infalible: "Sostengo
que la invención de la forma silogística es una de las más
esplendorosas del espíritu humano y más dignas de estima.
Es una especie de matemática universal cuya importancia no está
suficientemente conocida, e incluso podemos decir que incluye un arte de
infalibilidad, a condición de saber y poderla usar. En algunas ocasiones,
yo mismo he experimentado, al disputar incluso por escrito con personas
de buena fe, que únicamente nos hemos entendido cuando hemos argumentado
correctamente desembrollando un caos de razonamientos". (Leibniz, Nouveaux
Essais, IV, 17, 4)
Como Lulio, Leibniz anhela un Arte universal de diálogo que permita
alcanzar acuerdos siempre; y formula así su deseo: que teólogos
y filósofos dejen de discutir, ante las dificultades, y se digan:
Sedeamus et calculemus! ("Sentémonos y calculemos"). Gottfried W.
Leibniz (1646-1716) halló la conexión entre el silogismo y
el cálculo mediante diagramas que representan sólo la extensión
de los términos propuestos, asimilados así a magnitudes.
I. Kant no oculta su admiración hacia el mecanismo lógico
de Aristóteles, la lógica nació adulta de
su cabeza, como Afrodita del pensamiento de
Zeus.
J. Balmes ha sintetizado estas valoraciones diversas: el silogismo es útil
para educar en la exactitud, es estéril para aportar novedades: "Es
un error imaginarse que los grandes pensamientos filosóficos son
hijos del discurso; este, bien utilizado, sirve algo para enseñar;
pero poco para inventar. Casi todo lo que el mundo admira de más
feliz, de grande y sorprendente se debe a la inspiración, a esa luz
instantánea que brilla de repente en el entendimiento del hombre,
sin que él mismo sepa de dónde le viene" (El Criterio, cap.
16 § I. Cf. capítulo 15)
El silogismo categórico
Es una argumentación en la que, de un antecedente que compara
dos términos con un tercero, se deduce necesariamente un consecuente
que une o separa los dos primeros términos.
En lugar de unir se podría decir identificar, ya que las proposiciones
siguen el esquema S es P. No se trata de una identificación total
(como en la definición esencial), sino parcial.
Los dos términos comparados se llaman extremos; el que sirve de comparación
medio, se llama así porque aproxima los extremos entre sí.
Los términos son la materia remota del silogismo. La materia próxima
son las proposiciones: premisas y conclusión. Las premisas unen los
extremos a través del medio; hay, pues, dos premisas; y la conclusión
une los extremos, luego nunca contiene el medio.
Como en una proposición suele tener mayor extensión el predicado
que el sujeto, se llama término mayor (T) al predicado de la conclusión
y término menor (t) a su sujeto. El medio término medio (M)
suele tener una extensión intermedia entre la extensión de
los extremos. En cuanto a las premisas, se llama mayor a la que contiene
el término mayor, y menor la que contiene el término menor.
La mayor siempre antecede a la menor.
Esquema del silogismo:
M ⊂ T
t ⊂ M
_______
t ⊂ T
Se lee: M es T; pero t es M; luego t es T. Aristóteles lo formula
con proposiciones condicionales: Si A se predica de todo B, i B de todo
C, necesariamente A se predica de todo C. Igualmente, si A no se afirma
de nada de B, y B es afirmado de todo C, se deduce que A no pertenece a
nada de C (Primeros Analíticos, I, 4). Les escuelas medievales limitaron
al artefacto silogístico a la fórmula categórica.
Silogismo y álgebra de clases
El silogismo categórico se puede interpretar en la línea
de extensión de los términos o la de su comprensión.
En extensión, significa que t se incluye en la extensión de
T, porque está dentro de la extensión de M, el cual se incluye
dentro de la extensión de T; es decir: t - M - T
Pero interpretando según la comprehensión, significa que T
forma parte de la comprensión de t, porque es parte de la comprensión
de M, la cual a su vez forma parte de la riqueza comprehensiva de t.
En perspectiva extensional, tenemos una concatenación de conceptos:
A contiene a B, B contiene a C, etc. Esta interpretación presenta
la ventaja de posibilitar la representación gráfica del razonamiento
(diagramas de Euler-Venn). Aunque una lógica atenta exclusivamente
a la extensión corre el riesgo de degenerar en un automatismo. Aristóteles
subraya preferentemente la extensión, por eso se le ha considerado
padre de la "lógica de clases".
En perspectiva comprehensiva, leeríamos el silogismo como una casada
de identidades, a la manera de las ecuaciones: A es B, B es C, etc. Es una
visión más profunda, porque la comprehensión funda
la extensión del concepto. El peligro de esta lectura es identificar
los términos. Sólo son iguales en parte. En todo caso, no
es legítimo contraponer comprehensión y extensión.
Principios del silogismo
Todo pensamiento coherente se regula por el principio de contradicción:
"es imposible que lo mismo [predicado] pertenezca y no pertenezca a lo mismo
[sujeto] simultáneamente y bajo el mismo aspecto" (Metaf., IV, 3).
Es principio supremo de la lógica y en metafísica, del pensar
y del ser real. Pero es negativo, no funda positivamente ningún discurso.
Establece una imposibilidad: prohibe la contradicción porque anula
el pensamiento. El principio que funda positivamente el razonamiento se
llama principium identitatis et discrepantiae:
"Dos cosas idénticas a una tercera son idénticas entre sí".
"Dos cosas, una de las cuales es idéntica a una tercera y la otra
difiere de esta tercera, son diferentes entre sí".
Aristóteles formuló la teoría del silogismo desde el
punto de vista extensivo; así, el principium identitatis et discrepantiae,
o principio de identidad y diferencia, se convierte en el de dictum de omni
et mullo, es decir: lo que se dice del todo se dice de la parte; lo que
no se dice del todo, no se dice de ninguna de sus partes (quidquid dictur
de omni, dictur de singulis; quidquid dicitur de nullo, negatur de singulis).
Con estos principios, estamos ante la definición de la universalidad
en extensión. El predicado que se dice universalmente de un objeto,
se afirma de cada parte del sujeto; y el que se niega universalmente de
un sujeto, se niega de cada una de sus partes.
"Decir que un término está contenido en la totalidad de otro,
o decir que un término es atribuido a otro término tomado
universalmente, es afirmar lo mismo. Y decimos que un término es
afirmado universalmente, cuando no es posible encontrar en el sujeto una
parte que no esté contenida en el otro término. Para la expresión
‘no ser atribuido a ninguno’ la explicación es idéntica".
(Aristóteles, Primeros Analíticos, I, 1).
Silogismos (categóricos) incompletos y compuestos
Entimema: es el silogismo abreviado, una premisa de la cual se sobreentiende:
"Estudio, por lo tanto aprobaré". (Es famosísimo el entimema
de Descartes: "pienso, luego existo". El silogismo completo es: "Todo aquel
quien piensa existe; y yo pienso; por lo tanto existo").
Epiquerema: es el silogismo en que la mayor o la menor se acompañan
de explicación o prueba: "Quien sabe, aprueba (mayor); y yo sé,
porque estudio (menor), por lo tanto aprobaré".
Polisilogismo: cadena de silogismos tal que la conclusión de uno
es premisa del siguiente: "Quien es prudente es temperante; quien es temperante
es constante, luego el prudente es constante;// pero el constante es equilibrado,
luego el prudente es equilibrado;// el equilibrado no está triste,
luego el prudente no está triste;// y quien no está triste
es feliz, luego el prudente es feliz" (Séneca).
Sorites: es un polisilogismo en que se suprimen las conclusiones intermedias,
hasta que el sujeto de la primera proposición se une con el predicado
de la última: "Sócrates es hombre// El hombre es compuesto//
Lo compuesto es divisible// Lo divisible es mortal// Sócrates es
mortal". Un ejemplo de sorites con eficacia retórica: "Quien autoriza
las empresas violentas ataca la justicia; quien ataca la justicia rompe
el lazo que une a los ciudadanos; quien rompe el lazo que une los ciudadanos
hace nacer divisiones en el Estado; quien crea divisiones en el Estado lo
expone a un peligro evidente; luego, quien autoriza empresas violentas expone
al Estado a un peligro evidente". (Bossuet).
Dilema: ("silogismo cornudo"). Propone una disyunción completa y
deduce la misma conclusión de los dos miembros. Ejemplo: "El cristianismo
se ha propagado con milagros o sin milagros. Si con milagros, es verdadero,
porque el milagro es el sello de Dios. Si sin milagros, este es el mayor
de los milagros. Luego, en ambos casos, es verdadero" (S. Agustín
e Hipona).
El silogismo hipotético
El silogismo hipotético tiene como premisa mayor una proposición
hipotética (compuesta de dos o más categóricas), la
menor afirma o niega uno de los miembros de la mayor. Formas del silogismo
hipotético: conjuntivo, disyuntivo y condicional. El silogismo condicional
es el principal, porque todos los demás se pueden reducir a él.
Silogismo conjuntivo es aquel cuya la premisa mayor es una copulativa de
este tipo: S no es P y R.
Regla: de la afirmación de un predicado en la menor, se concluye
la negación del otro (modus ponendo-tollens); pero a la inversa no
(tollendo-ponens).
Silogismo disyuntivo. La premisa mayor es hipotética disyuntiva:
S es P o R.
Regla: de la afirmación de un predicado en la menor se concluye la
afirmación del otro, y al revés.
Silogismo condicional. Su premisa mayor es hipotética condicional
(Si Q es R, entonces S es P). La menor afirma o niega uno de los miembros;
y la conclusión afirma (o niega) el otro.
Reglas: las reglas del silogismo hipotético-condicional son las mismas
de la argumentación en general: ex vero non sequitur nisi verum,
ex absurdo sequitur quodlibet. Existen, por eso, dos modos válidos:
modus ponens y modus tollens.
La argumentación científica y la demostración
Argumentación es el discurso de la mente que infiere una verdad,
mediante silogismo. Si las premisas y las consecuencias están fuera
de duda, en la conclusión hay certeza. La argumentación cierta
es la demostración por excelencia.
Además de la lógica formal, Aristóteles consideró
la Dialéctica y la Retórica, como lógicas de lo probable
y de lo verosímil; cuando la conclusión es sólo probable,
la argumentación es probable, no demostrativa; la argumentación
persuasiva tampoco es demostración, sino retórica.
La demostración extrae el conocimiento
de la verdad de la conclusión del conocimiento de la verdad de las
premisas. Mas no se puede proceder al infinito demostrando, luego deben
existir premisas indemostrables. Estas reciben el nombre de principios.
Según Aristóteles, principio es aquello por lo que una cosa
es, se hace, o es conocida. Si una cosa proviene realmente de otra, el principio
es real, si procede lógicamente el principio es lógico. Los
principios deben gozar de evidencia y ser primitivos, es decir, indefinibles,
tales son los axiomas. Las tesis que se toman como principios, mas no gozan
de evidencia son: hipótesis y postulados.
La hipótesis es una suposición, a partir de la cual se razona,
susceptible de llegar a ser demostrada. Los postulados, no son susceptibles
de llegar a ser demostrados, pero se adoptan por su verosimilitud, utilidad
y coherencia con el resto de la argumentación.
La demostración directa hace ver la verdad de una proposición
de manera inmediata.
La demostración indirecta por reducción al absurdo, probando
que la contraria es falsa siempre (imposible).
La demostración a priori de una cosa ontológicamente anterior
demuestra algo posterior.
La demostración a posteriori, a la inversa, procede desde lo anterior
para nuestra experiencia.
El argumento de analogía. Se usa este argumento para derivar de alguna
cosa lo que ha derivado de otra parecida, o lo que hemos negado de una diferente.
Se fundamenta en el principio: las cosas parecidas tienen causas parecidas,
y las diferentes, causas distintas. Solamente proporciona probabilidad.
Es un argumento parecido a la inducción, pero más débil.
Su uso es frecuente: a) en la vida común, cuando juzgamos sobre otros
según nuestros pensamientos, deseos, aficiones, etc., b) poetas y
oradores proponen analogías como a argumentos, c) en las ciencias,
la analogía proporciona hipótesis interesantes; en ella se
basa, por ejemplo, la experimentación de fármacos en animales.
La hipótesis. Admite una proposición probable para explicar
un hecho. Sólo proporciona probabilidad, pero cuando consta que el
hecho no se puede explicar de ninguna otra manera, da una verdad cierta
(una tesis). Cuando la hipótesis no está suficientemente fundada
se llama conjetura. Una hipótesis debe ser razonable; en ciencia
natural es más probable la hipótesis más sencilla y
que explica más cosas.
Falacias. Cuando se razona mal para engañar, los discursos son falacias
o sofismas. Si se hace sin intención de engañar, se llama
paralogismo. Las principales son 1) Ambigüedad de las palabras, cuando
se toman sin fijar su sentido. 2) Falacia de inducción y analogía,
si se hacen afirmaciones universales sin suficiente análisis de los
hechos, o se extiende la analogía más allá de lo debido.
Un ejemplo: "los pueblos se parecen a los organismos, luego pasan por una
infancia, madurez y senectud". 3) Declarar imposible lo incomprensible:
por ejemplo, la creación o el misterio. 4) Ignorancia del asunto
(«ignorantia elenchi»), cuando se habla sin conocer el estado de la cuestión
o a partir de un error. 5) Petición de principio, cuando se supone
demostrado lo que se debe demostrar. 6) opinión pública, tomar
por cierta alguna cosa sólo porque muchos lo dicen.
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V. Verdad y certeza.
(Lógica material)
Verdad formal y verdad "material" del juicio
La lógica es arte y ciencia. Por una parte, es connatural a la razón
humana, por otra parte supone una reflexión sobre las relaciones
entre los pensamientos y sus propiedades. El objeto de la lógica
es la verdad; por eso es instrumento (Organon) del saber.
La verdad es la propiedad del juicio. Tiene dos aspectos (complementarios):
verdad formal y verdad material. La primera es una adecuación de
la razón consigo misma, a saber, la observación de las leyes
o reglas basadas en el principio de contradicción y otros axiomas.
Pero con la verdad formal (o corrección lógica) no hay suficiente,
sólo garantiza la coincidencia de la razón consigo misma (coherencia).
La lógica tiene que interesarse también en la adecuación
del pensamiento con las cosas, es decir, en la "verdad material" de los
juicios.
Filosofía del lenguaje y criteriología
Los términos no son verdaderos ni falsos, por ejemplo "agua potable"
expresa una idea, pero no afirma ni niega, ahí la mente no se compromete
con la realidad. En cambio, si decimos: "Esta agua es potable", nos comprometemos
con la realidad, se trata de un juicio: un acto simple e interior, de adhesión
a la realidad.
La semiótica considera el valor significativo del lenguaje: las palabras
significan conceptos y juicios; los conceptos y juicios significan cosas.
Pero ¿cómo?; y ¿estamos seguros de ello? ¿Podemos tener la seguridad
de saber y significar verdades? La cuestión de la certeza es la denominada
cuestión crítica (un examen al que la razón se somete
a sí misma).
El criterio de certeza
La lógica formal garantiza la verdad, si razonamos correctamente
a partir de verdades (premisas buenas). Si partimos de errores, sólo
garantiza la corrección, no la verdad (material). Por lo tanto, la
certeza es una cuestión que afecta a las verdades inmediatas.
La verdad inmediata es captada o "vista" por la inteligencia con un acto
simple y natural; por eso es indemostrable. La seguridad de la verdad inmediata
se llama certeza.
Hay verdades inmediatas de diferentes tipos, porque el ser humano capta
la realidad de forma sensorial e intelectual, teórica, práctica,
estética, etc. Son verdades inmediatas (naturales, indemostrable
y primeras), los juicios garantizados por el testimonio de los sentidos,
los primeros principios del razonamiento teórico, del razonamiento
práctico, ciertas valoraciones (éticas, estéticas)
admitidas por todos. Existe, por eso, un sentido común universal,
subyacente a diversas formas culturales y épocas. Gracias a él,
nos es posible entender a los personajes de Homero, de la Biblia, de Calderón
o de Shakespeare. Si no existiese ese sentido común de la humanidad,
sería imposible el diálogo y el intercambio entre culturas
tan diversas como el extremo Oriente y Europa, la prehistoria y el hombre
actual. Si los idiomas se pueden traducir entre sí, es evidente que
hay un fondo común mental de la humanidad, que opera en orden del
conocimiento (teórico, moral y estético) como el "genoma"
en el orden biológico.
Sabemos que el relativismo i el escepticismo niegan ese factor común
de humanidad a la razón y sus actos. Se llama "racionalismo", en
cambio, a la actitud filosófica que rehusa la adhesión a cualquier
juicio que la razón no comprenda.
Estados de la mente ante la verdad
En referencia a la realidad, o verdad de las cosas, la mente puede encontrarse
en los siguiente estados (subjetivos): ignorancia, duda, opinión
y certeza.
La ignorancia es negra noche; para quien ignora la verdad no existe en modo
alguno.
La duda es una paralización del juicio; quien está inseguro,
no juzga por miedo a errar.
La opinión es un juicio subjetivo; quien opina, juzga pero sabiendo
que puede errar.
La certeza es el juicio seguro y objetivo; aleja el miedo al error.
La certeza no es absolutamente incompatible con el error, ya que justamente
sólo podemos estar en el error con certeza. De lo contrario, si perdemos
la seguridad, el juicio ha dejado de serlo, ya que no estamos en el error.
En el error se está con seguridad; si no, no hay error, sino duda
u opinión.
Como podemos estar ciertos y a la vez errar, se distingue entre certeza
subjetiva y certeza objetiva. La certeza objetiva es el juicio en que la
íntima adhesión y seguridad (subjetiva) y la realidad externa
(objetividad) son lo mismo.
La certeza objetiva se llama también principio primero y «criterio
de certeza».
Los principios (primeros) son naturales, inderivables y activos en todo
conocimiento; por tanto, no pueden ser ignorados: quien los ignorase no
sabría nada (ignoraría todo). No pueden ser derivados (demostrados),
pues el conocimiento derivado (verdades mediatas, conclusiones, etc.) depende
del actual ejercicio, de la vigencia de los primeros principios. Por eso
se les llaman también axiomas (palabra griega que significa valor,
excelencia).
Voluntarismo y emotivismo
Hasta aquí el realismo. Pero, ¿qué dice el escéptico?
¿Qué piensa el racionalista?
No admiten la certeza natural. No admiten que la verdad es algo primero.
Dudan, pues, de todo, con una duda universal. Ahora, la duda universal es
voluntaria; pues no se trata de dudar en presencia de una dificultad, sino
de dudar de todo, de dudar por sistema.
El escepticismo (y el relativismo) toman la duda como situación insuperable.
El racionalismo lo toma como punto de partida.
El padre del racionalismo, R. Descartes (1596-1650), partió de la
voluntad de dudar de todo, por ver si así llegarían a una
primera certeza. Concluyó que de una cosa no podía dudar (mientras
pensaba en dudar de todo): «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum). Esta
sería la primera verdad, sobre la que edificaría de nuevo
el sistema del saber.
La verdad inmediata, según Descartes, no es el ser extramental, sino
la razón misma. Yo soy, existo, esto es real, porque pienso. Luego
para Descartes la primera verdad no es el ser, sino el pensar. Esta inversión
iba a tener consecuencias de largo alcance. Veamos tres de ellas:
La verdad deriva de una posición voluntaria (quiero dudar de todo,
antes de saber).
La primera verdad es una adecuación de la razón consigo misma.
Por lo tanto (si lo real no es externo), lo que supere a la razón
no puede ser.
Cuando lo externo a la razón es imposible, la razón es la
medida suprema de la realidad. Lo que la razón no pueda entender
no será real.
La adhesión del realismo al ser extramental es, para el racionalista,
una creencia, algo irracional. Para el racionalismo, todo aquello que parece,
si se puede dudar de que es, es creencia. Y las creencias son irracionales.
Así, para el racionalista, son (creencias) irracionales, los primeros
principios.
De manera similar, el escepticismo declara meras creencias, sentimentales
o voluntarias, a los axiomas y principios de todos los órdenes. (Según
el escéptico D. Hume, los juicios prácticos, como «hay que
obrar el bien y evitar el mal», son sentimientos a los que se llega por
la influencia de otros. Qué sea «bueno» o «malo» no será más
que un sentimiento de agrado o repugnancia, influido por la educación).
Fe natural y fe sobrenatural
Siguiendo a Descartes, la idea de lo que es la «fe» o «creencia» cambia
mucho, dado que se limita la certeza a lo que la razón puede comprender.
Por otro lado, lo externo a la razón es sensación o sentimiento,
de modo que creer tiene un escaso valor: equivaldría a «no saber».
Ahora bien, dado que la razón es limitada, ¿no quedará como
isla solitaria en medio de un océano de sentimientos irracionales
y subjetivos?
Una paradójica consecuencia del racionalismo es esta: la fe no vale
casi nada, pero lo es casi todo.
Pero la lógica de Descartes es «única», según él
la razón es una, luego el método válido debe ser único.
Esta tesis hace tiempo que está en crisis; hoy no se suele aceptar
que sea lógico pensar del mismo modo las personas y los brutos, los
seres vivos y las piedras, la criaturas y el Creador. Por tanto, ¿no se
deberá revisar también aquella idea de «fe» o «creencia»?
Procedamos describiendo hechos que cualquiera puede observar. Para empezar,
la fe es un juicio, no una emoción. En efecto, se llama fe al acto
de juzgar que es verdad algo que no sabemos por nosotros mismos. Por otra
parte, la fe tiene por base algo interpersonal: cuando creemos, creemos
a alguien. No creemos en algo, sino en alguien; es la palabra del otro lo
que inspira suficiente confianza como para juzgar con certeza.
Ahora, la pregunta importante es esta: ¿es la fe, o creencia, un criterio
de certeza razonable y sólido?, ¿se la puede equiparar en algún
caso con la misma evidencia?
Nótese que esa pregunta equivale a cuestionar el valor de la confianza.
Lo hemos visto antes: el escéptico y el racionalista desconfían
por sistema; desconfían de los propios sentidos, de la palabra del
otro, etc. Como desconfían, rehusan la autoridad científica
o intelectual. Sólo la razón –la propia–, debería ser
creída. Lo contrario atentaría contra la razón humana.
Ahora bien, la razón no es autosuficiente, ni absoluta: no es auto-fundante.
Si la razón humana fuera absoluta y se fundara en sí misma,
no existirían misterios sino situaciones provisionales de ignorancia
parcial. El proceso de la ciencia tendería a disipar toda incertidumbre
y a desvanecer la fe. No haría falta creer en nada, bastaría
con mirar y saber. La inexistencia del misterio –por autosuficiencia de
la razón– es un mito de los siglos pasados, vinculado con la mitificación
del progreso tecnológico, etc.
En realidad la razón es limitada, y lo sabe. De hecho, creemos en
los otros; hasta el racionalista cree en Descartes, y cree en el principio
de no contradicción, etc.
Sistemas idealistas
El postulado de Descartes se podría formular así: «Lo
que no puedo comprender, no puede ser».
Si se pone ese postulado racionalista, se declara la realidad coextensiva
con la razón. Esta posición se conoce con el nombre de «idealismo»
en filosofía. Según ella, las ideas son las cosas y las cosas
son ideas, supuesto que el "contenido de la razón" son ideas. ¿Hasta
dónde se puede llegar con el idealismo filosófico? La respuesta
a esta pregunta depende de lo que uno entienda que es la propia razón:
1. Si interpretamos que la razón es individual, como el propio cuerpo,
entonces la tesis idealista –no existe otra realidad que la ideal–, significa:
no existe otra realidad que la que nosotros vemos y de la manera como la
vemos. Idealismo psicológico (G. Berkeley)
2. Si interpretamos que la razón es una "función lógica",
que interviene en todos, pero no es nadie personalmente, no existirá
más realidad "conocida" que aquella que la Razón configura;
ahora bien, es posible que exista una realidad "incognoscible", más
allá de la actividad racional. Idealismo lógico o "transcendental"
(I. Kant).
3. El idealismo absoluto resulta ser, entonces, el punto inevitable de llegada:
«Lo real es racional, lo racional es real», escribe Hegel, el principal
filosofo idealista de los tiempos modernos.
Para el idealismo absoluto, no existe nada fuera de la razón. Por
tanto, no existe nada incognoscible ni irracional. Ahora bien, la razón
es solo una, la divina. La realidad del mundo y la del hombre se ven absorbidas
por la realidad única de Dios. El idealismo absoluto propende al
panteísmo.
El idealismo absoluto es la filosofía de Alemania, en el siglo del
Romanticismo, el XIX, prolonga el idealismo lógico de Kant en el
sentido de eliminar la idea de una "cosa" extramental (origen de las sensaciones,
pero incomprensible), lo cual sólo seria un límite para la
razón: lo que la razón no comprende, ni ha puesto, ni puede
suprimir.
Los pensadores del idealismo absoluto, o romántico, son: Fichte,
Schelling y Hegel.
Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), afirma que la razón es el Principio
y es acción. «En el principio era la acción...», escribe,
parafraseando el Evangelio de san Juan. La acción es plena libertad;
esta libertad "pone" un yo. El yo (sujeto) pone un no-yo (objeto), para
superar su propio límite. El yo va creciendo, hasta el Yo absoluto,
superando la resistencia de la naturaleza material (no-yo). Esta marcha
de la razón, denominada dialéctica, es el proceso de aparición
de Dios en la historia.
Friedrich W. J. Schelling (1775-1854), cree, como Fichte, que se debe afirmar
que la razón empieza desde ella misma (que no depende de ninguna
"cosa" extramental), que es absoluta; pero este inicio absoluto no es subjetivo
(el yo) ni objetivo (la naturaleza), sino un Todo indiferenciado, que se
manifiesta, primero como a Naturaleza y, luego, como Espíritu que
se esfuerza por retornar a la plena consciencia se Sí mismo. El proceso,
como en Fichte, es dialéctico y coincide con la idea de libertad
y progreso. Schelling es panteísta, pero su panteísmo es evolucionista.
La idea que Darwin popularizaría años después, se encuentra
ya en este filosofo alemán.
Georg W. F. Hegel (1770-1831), representa la cima del idealismo y el racionalismo
modernos. El «Sistema» de todas las ideas verdaderas es, según él,
idéntico al orden natural del mundo y de la historia. El orden y
la conexión entre las ideas es, también en él, como
en Fichte y Schelling, la lógica o razonamiento dialéctico.
La dialéctica es libertad, y progresa a más; al final, el
resultado es Dios y su eterna contemplación.
El sistema de Hegel consta de tres "momentos" dialécticos: la Idea
en Sí (Lógica), la Idea fuera de Sí (Naturaleza) y
la Idea que retorna al Sí (Espíritu). La historia humana no
es sino la realización progresiva del Espíritu. Este proceso
es evolutivo, y la evolución lleva necesariamente a una creciente
manifestación del espíritu como libertad. Desde los animales
prehistóricos, pasando por el hombre de las cavernas, hasta la cultura
cristiana moderna, toda la historia se encamina a la plena consciencia de
la Razón (Espíritu). Según Hegel, la humanidad es la
"revelación" del Espíritu, y su etapa final está en
Europa y el pueblo alemán, en la cultura moderna.
Nihilismo y materialismo
Si el «Sistema» de Hegel era verdad, con el se había acabado
la historia. Pero si no era verdad, entonces la filosofía moderna
había llegado a un callejón sin salida.
Eliminada la fe en la palabra del otro (y en la de Dios), en beneficio de
la razón emancipada, y eliminada la realidad extramental, sólo
quedaba que la razón fuera toda la realidad, la producción
misma (interna, evolutiva) de la realidad. Pero ahora la razón se
veía confundida, derrotada. ¿Qué era la realidad?
La realidad es irracional. Es el deseo (insatisfecho hasta el infinito)
o la materia.
El irracionalismo del deseo es la tesis de A. Schopenhauer i de F. Nietzsche.
El irracionalismo materialista es el de K. Marx.
Marx sigue siendo un discípulo de Hegel. Para él también,
el mundo es evolución y actividad dialéctica. Pero la acción
no es racional, ni espíritu; la acción (praxis) es sensorial.
El sistema de Marx es el materialismo dialéctico, en atención
a la cuestión sobre la Naturaleza, o materialismo histórico,
si atendemos a la humanidad. La historia es progreso dialéctico,
basado en la negación, o lucha de clases.
Positivismo y pragmatismo
La crisis del «Sistema» de Hegel ha sido la gran crisis moderna. Con
ella, el pensamiento occidental perdió la fe en la razón.
Pero, como ya antes había perdido la fe en la palabra y la persona,
quedó a merced de un último criterio de verdad: hechos y resultados,
en la palabra, la eficacia.
Detengámonos en estos conceptos, ya que impregnan la mentalidad más
corriente hoy. La diferencia entre positivismo, pragmatismo y utilitarismo
es, a veces, inapreciable.
Para Auguste Comte (1798-1857), lo "positivo" de la "filosofía positiva"
significa hechos, sensibles y comprobables, prácticos. Todo el que
no sea sensible o comprobable sensorialmente será, no ya falso, sino
irrelevante, insignificante como los mitos primitivos.
El nombre utilitarismo (inglés: Utilitarianism) proviene del esfuerzo
de adaptar la ética del éxito de Comte, que tenia un matiz
político autoritario y colectivista, a la mentalidad democrática
británica. Este esfuerzo fue la obra de Jeremy Bentham y John Stuart
Mill.
Karl Marx (1818-1883) también se ha expresado de forma similar:
"La cuestión de saber si el pensamiento humano puede desembocar en
una verdad objetiva no es ninguna cuestión teórica sino una
cuestión práctica. Es en la practica donde el hombre tiene
que probar la verdad, es decir, la realidad, el poder de su pensamiento.
La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada
de la práctica, es puramente escolástica". (K. Marx, Tesis
sobre Feuerbach, II).
Para Marx no interesa el saber por el saber, sino saber para actuar, para
transformar: "Los filósofos no han hecho más que interpretar
el mundo de diferentes maneras; pero lo que importa es transformarlo" (K.
Marx, Tesis sobre Feuerbach, XI).
La filosofía norteamericana del siglo XX es también pragmatista.
El nombre inglés (Pragmatism), deriva del griego pragma, o praxis,
que significa: acción, hechos, asunto, negocio, cosa importante,
etc.
Charles S. Peirce (1839-1914) fundó la corriente pragmatista con
su articulo: "Como hacer claras nuestras ideas" (1878). Peirce es un lógico,
su teoría es semántica: el significado de las palabras depende
de una actividad práctica:
"Quien buscara en un texto de Química la definición de "litio"
se encontraría con que se trataba de un elemento cuyo peso atómico
es próximo a 7. Pero si el autor tiene una mente más lógica,
se dirá que si buscáis entre los minerales vítreos,
translúcidos, grises o blancos, durísimos, brillantes e insolubles
uno que dé una coloración carmesí a una llama no luminosa,
este mineral, triturado con cal de whiterita y luego fundido, puede ser
disuelto en parte con ácido clorhídrico; y si esta solución
uno la evapora, la podría convertir luego en un cloruro que, obtenido
en estado sólido, después de fundido y electrolizado con media
docena de potentes baterías, produciría un glóbulo
de metal argénteo que desprendería cloro. La peculiaridad
de esta definición reside en el hecho de decir qué cosa denota
la palabra litio, prescribiendo lo que hay que hacer para obtener un conocimiento
perceptivo del objeto de esta palabra".
William James (1842-1910) fue el divulgador del pragmatismo, "un nuevo nombre
para algunas formas antiguas de pensar" (Pragmatism: a new name for some
old ways of thinking, New York, 1907), que se pueden resumir así:
"Discutir si una afirmación es o no verdadera, solamente tiene sentido
si podemos dirimir la cuestión mediante algún procedimiento,
y todo procedimiento consiste siempre en una o diversas acciones".
James se interesa por las realidades psíquicas y espirituales. ¿Qué
significa «es verdad que existe Dios»? Significa que creer en él
es beneficioso para el pensamiento y la vida afectiva: "Hace falta que Dios
exista para justificar la paz del corazón y la confianza del alma
religiosa" (The Will to Believe, New York, 1897).
John Dewey (1859-1952) reunió todas estas ideas lógico-psicológicas
en una teoría de la educación. Denominó su teoría
instrumentalismo; según Dewey hay que buscar fines objetivamente
buenos, para la convivencia democrática; ahora, la bondad de los
fines se tiene de probar con la práctica. Conocer es hacer; saber
es un instrumento para modificar las cosas; la inteligencia es el instrumento
para resolver problemas.
"Una mente toda lógica es como un cuchillo sin mango:
hiere a quien lo empuña" (Rabindranath Tagore).
I. Que es la lógica
Definición
Se define la lógica como el arte directiva de la razón,
por la que ésta procede ordenadamente, con facilidad y sin error.
Es, pues, un saber práctico (arte), y sirve como instrumento para
las demás ciencias. Hay una lógica natural, espontánea,
de la razón humana y una lógica científica.
Lógica natural
La lógica perfecciona el discurso humano. Mas hay diferentes
tipos de discurso. No siempre razonamos sobre asuntos ciertos y necesarios,
a veces discutimos sobre cosas probables, o verosímiles. Pero algunos
filósofos quisieron hacer de la lógica un instrumento de certeza
universal, un método único. ¿Existe una sola lógica
o muchas?
Ante todo, la lógica considera el orden del razonar humano, luego
es una. Entre ser racional y no serlo no hay término medio. Por eso,
no existe una mentalidad prelógica, como pretendió Lucien
Lévy-Bruhl (1857-1939), confundiendo la actividad fantástica
y el raciocinio. La actividad racional –natural para el hombre– posee leyes
y reglas que no es posible incumplir; la mente sigue esas normas, sin conciencia
de ellas.
El sociologismo es una forma de reducir lo superior a lo inferior. Según
Lévy-Bruhl, la mentalidad primitiva, sobrenatural y prelógica,
no usa conceptos ni relaciones lógicas sino representaciones colectivas
y sentimentales, por las que el individuo se identifica con el grupo (tótem).
Sus estudios se basaron en informes llegados a Europa sobre magia y prácticas
supersticiosas en sociedades primitivas. Ahora, la superstición es
una anomalía, pero no sólo en sociedades primitivas sino también
en las avanzadas. En cuanto al mito, no es indicio de irracionalidad. Se
ha dicho que fue la "ciencia" del hombre antiguo, ya que refería
la realidad a causas, valiéndose de narraciones y conceptos abstractos;
al cabo, exponía un "por qué" de las cosas y en eso obedecía
a la lógica espontánea.
La lógica científica
La lógica científica presupone la natural. La razón
reflexiona sobre sus actos, observa la diferencia entre lo correcto y lo
incorrecto, investiga las leyes del discurso y las formula. Si la lógica
natural es espontánea; la reflexiva es arte, esto es, ciencia práctica.
Como ciencia, estudia leyes que guían al razonamiento. Es una ciencia
práctica y normativa: no le interesa cómo piensa uno de hecho,
sino cómo debe pensar, de derecho, para llegar a la verdad. En suma,
la lógica descubre normas y leyes que obligan a la razón,
porque ésta se ordena al conocimiento de la verdad. Las normas éticas
señalan el bien, las lógicas dirigen el discurso a la verdad.
Como toda ciencia, la lógica tiene un objeto material: los actos
de la razón. Su objeto formal es la corrección de esos actos.
En el conocimiento de la verdad hay dos aspectos complementarios e inseparables:
el tema y el método. Llamaremos tema a lo que se conoce, y método
al acto con el que conocemos. Lo que llegamos a conocer como tema se corresponde
con el método. Ahora, los actos de conocer son de diversa perfección
y nivel; por eso, la lógica sólo comprende una parte del método,
a saber, el propio de la razón discursiva. La lógica misma
es controlada por actos de pensar más altos (no discursivos), como
los principios y los hábitos intelectuales. (De ahí que se
subordine a la metafísica y a la teoría del conocimiento).
La lógica abarca los métodos de razonar, esto es, de enlazar
juicios para llegar a conclusiones, y los juicios constan de conceptos.
Por eso, se suele comenzar observando que las propiedades y reglas lógicas
afectan a esos tres: el concepto, el juicio y el raciocinio. Esto proporciona
el criterio para estudiar ordenadamente la lógica formal.
Panlogismo
La primera sistematización de la lógica la debemos a Aristóteles.
La tradición agrupó sus libros bajo el nombre de Organon,
esto es, instrumento del saber. En los tiempos modernos se sintió
la necesidad de nuevos métodos, para las nuevas ciencias. La cuestión
que se plantea, entonces, es esta: "¿existe una sola lógica o muchas?"
La tentación del método único es fuerte: si la razón
es una –se dice–, el método correcto de pensar será también
sólo uno. Ello sería verdad si la razón discursiva
fuera el acto de conocer (método) más intenso; si no lo es,
no puede ser verdad. Pero el discurso es a la inteligencia, como el arroyo
a la fuente: allí donde el arroyo discurre, el acto de la fuente
está presente. Hay más luz en la inteligencia que en el discurso.
«Santo Tomás de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina
admirable. Según el santo doctor, el discurrir es señal de
poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido
para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles
entienden, mas no discurren. Cuanto más elevada es una inteligencia,
menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que las más limitadas
tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más
alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número
se va reduciendo a medida que las inteligencias criadas se van acercando
al Criador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo
ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su
misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro;
ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu;
ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento
del hombre.
«En efecto; los genios superiores no se distinguen por la mucha abundancia
de las ideas, sino en que están en posesión de algunas capitales,
anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se fatiga revoloteando
y recorre mucho terreno y no sale de la angostura y sinuosidad de los valles;
el águila remonta su majestuoso vuelo, posa en la cumbre de los Alpes,
y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente
de los ríos, (...).
«En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él
se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina
todo. Si al común de los hombres no les es posible situarse de golpe
en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de
trabajo, no dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo
y alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa,
toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales
a los que se refiere los demás. En situándose en ellos, todo
se presenta sencillo y llano; de otra suerte, no se ven más que detalles
y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil,
ha menester que se le muestren los objetos tan simplificados como sea dable;
y, por lo mismo, es de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil,
(...)». (Jaime Balmes, El Criterio, cap. XVI, § 7)
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II. Lógica del concepto
El concepto y el término
Concepto es el acto con el que la mente aprende una cosa, sin afirmar
ni negar nada, Así: "guerra", "algo". No dice: "la guerra es cruel"
o "aquí hay algo".
El concepto se llama: simplemente aprensión, porque capta sin juzgar;
concepto, porque la mente lo forma dentro de sí; se llama idea (del
gr. eideo-în, ver), porque es aquello que el intelecto ha visto; y
noción, porque es el acto del noûs, o mente. Más profunda
es la expresión "palabra interior" (verbum cordis, verbum mentis),
denotando que el concepto es formado por la mente, en su interior, y exteriorizado
en la palabra oral o escrita.
Término es la expresión lingüística de un concepto
La lógica estudia el concepto en los términos.
La significación
Es la razón de ser del lenguaje. Pensar y hablar es referirse
a cosas. La ley básica de la teoría del signo (semiótica)
es que las palabras son signos artificiales de los conceptos, y los conceptos
son signos naturales de las cosas.
El signo es un "medio", en el mismo sentido que el aire es el medio de la
audición, o la luz el de la visión. El hecho de que el pensamiento
se valga de signos evidencia que no es inmediato, sino mediato. A la inversa,
los conocimientos o verdades inmediatas son inefables, ninguna palabra ni
discurso los puede agotar.
" Las palabras significan conceptos,
los conceptos son signos de las cosas"
Las palabras "aprehensión", "idea", "concepto" y "noción"
son comunes en la terminología clásica. Algunas veces, concepto
y noción se toman en sentido estricto, como idea universal que se
expresa en la definición. También algunas veces se llama intención
(del lat. tendere-in, tender o apuntar hacia) porque el concepto es el acto
por el que la mente tiende o se refiere al objeto real.
Se distingue primera y segunda intención. El entendimiento capta
qué es "flor" (primera intención); conocido el objeto, la
mente considera en él su universalidad, por ejemplo, (segunda intención).
La segunda intención es un concepto del concepto, un concepto reflejo.
Evidentemente, la lógica científica estudia "segundas intenciones",
forma conceptos de los conceptos.
Toda idea significa alguna cosa, sea existente (los Pirineos), meramente
posibles (montaña de oro), una negación o privación
(ceguera) o un imposible (círculo cuadrado). El objeto es distinto
del acto. Para distinguirlos, se llama concepto objetivo al signo mental
u objeto; y concepto formal (o subjetivo) al acto que lo forma y entiende.
Comprehensión y extensión de un concepto
Toda idea incluye notas. La suma de notas de que consta, es su comprehensión.
El conjunto de individuos a que conviene la idea es su extensión.
Así, por ejemplo, las notas constitutivas del concepto "reloj" son:
"artefacto", "medida" y "tiempo", si definimos el reloj como: artefacto
para medir el tiempo. La extensión, en cambio, es el conjunto de
cosas que cumplen la definición. La de "reloj" incluye relojes de
sol, de arena, mecánicos, electrónicos, de pulsera, de pared,
de campanario, etc. A su vez, cada uno de estos conjuntos incluye un número
de individuos indeterminado.
Regla general: la extensión está en proporción inversa
a la comprehensión, a más comprehensión, menos extensión.
Así, la idea pierde extensión cuando más notas la integran:
reloj de pulsera y de tal marca, etc. A la inversa, si pierde notas y la
comprehensión se empobrece, la cantidad de singulares a los que conviene
se hace cada vez mayor; por ejemplo, hay más artefactos para medir,
que relojes.
Nota de una idea es todo lo que se puede decir con verdad del objeto. Ahora
bien, no todas las notas que pertenecen realmente a la cosa son conocidas;
esto explica que nuestro saber siempre pueda incrementarse o progresar.
Por eso, tanto si un ente es natural como si es artificial, su definición
"real" incluye un número de notas que escapa a nuestro saber. Es
otra manera de recordar que nuestro saber, aun siendo real, es limitado.
En referencia a la comprehensión plena, o a la definición
perfecta, se dice que no comprendemos nada, aunque sepamos muchas verdades.
La esencia de las cosas nos es desconocida, escribe Santo Tomás de
Aquino, que no era escéptico.
Equivocidad, univocidad y analogía de los términos
Las ideas son unívocas o análogas; pero las palabras pueden
ser también equívocas. Por tanto, el termino puede ser:
Unívoco, es el que se dice siempre con el mismo sentido: hombre,
caballo.
Equívoco, se dice igual de cosas distintas como: León, nombre
propio, y león, nombre común.
Análogo, se aplica a cosas distintas, iguales en algo; el sentido
es en parte igual y en parte distinto, como cuando se dice un hombre sano
y un alimento sano.
Las ideas trascendentales
Trascendentales son nociones universalísimas cuya extensión
es máxima porque abarcan todo lo que existe, dejando fuera sólo
la nada. Se llaman también análogas, porque no se dicen igual
de todas las cosas. Por ejemplo ser, se atribuye a todo, pero no es igual
el árbol, que el caballo o el hombre; ni es igual lo material que
lo espiritual, lo finito y lo infinito.
Son transcendentales el ser (ente), la verdad, la bondad y la belleza; son
atributos que se dicen de toda cosa, según una escala o gradación
de perfecciones.
Los transcendentales expresan atributos del ente, en cuanto ente, esto es,
que se pueden atribuir (con verdad) a cualquier cosa por el hecho de ser,
como la unidad, la verdad, la bondad, etc.
Se llaman "transcendentales" (del lat. trans-scando, ir más allá
subiendo), porque superan en extensión a todos los universales (géneros
y especies), pero no se deben pensar como separados, externos a los géneros
y especies. Al contrario: todas las ideas son interiores a los transcendentales;
éstos no sólo tienen la mayor extensión, sino también
la mayor comprehensión, y comprenden a todas las realidades determinadas.
Así, por ejemplo, la piedra, el árbol, la estrella, el número
abstracto, la virtud, etc., son conceptos que significan algo real, por
tanto el concepto de ente –el primum cognitum– está incluido dentro
de cada uno de ellos, aunque ninguno agote la riqueza de "ser".
El realismo afirma la primacía del ser tanto en la realidad (primum
ontologicum) como en el conocimiento (primum cognitum).
Los universales
El concepto es universal. El universal es algo uno que se dice de muchos;
de muchos singulares, con un mismo significado. No admite grados. Por ejemplo,
el concepto de "hombre" se dice de todos en el mismo sentido: no es posible
ser más o menos humano, se es o no, en absoluto. No hay término
medio, ni gradación.
La lógica formal trabaja con términos unívocos, eso
limita su aplicación a las ciencias y las matemáticas. El
saber metafísico, en cambio, no tiene por método la lógica
formal, sino la dialéctica (Platón, Hegel) o la analogía
(Aristóteles, Tomás de Aquino).
La lógica formal es un método para saber, no el único;
el intento de reducir los saberes a un solo método (la lógica
formal, la matemática, etc.) reduce el alcance del pensamiento y
constituye el reduccionismo cientifista.
El problema de los universales
Los conceptos son universales, las cosas son singulares; lo universal
es único e ideal, lo singular múltiple y sensible. Ahora,
el hecho de que conceptos universales signifiquen seres singulares forma
parte del misterio del conocimiento. ¿Qué son esos "universales"?
¿Dónde se encuentran, qué realidad tienen? En la historia
se han propuesto tres grandes modelos de respuesta para esas preguntas:
Realismo exagerado, o hiperrealismo. Según Platón, la idea
es idéntica, invariable, eterna e inmaterial. Las cosas sensibles
lo contrario: materiales, temporales, cambiantes y caducas. De donde Platón
concluye que el ser ideal es más real que el ser singular.
Nominalismo. Solo existen entes singulares. Los términos e ideas
universales son "ficciones", artificios lingüísticos para sustituir
en el pensamiento una multitud de singulares por un nombre (lat. nomen).
El intelecto no conoce cosas, sino nombres: no la rosa, sino el nombre de
la rosa: Stat pristina rosa solo nomine; nomina nuda tenemus (G. de Ockham).
Realismo moderado. Es la posición de Aristóteles. La idea
existe en la cosa, como forma de una materia; el pensamiento (noûs)
la abstrae o separa formándola dentro de sí como concepto.
Tomás de Aquino completa esta teoría distinguiendo: universal
in re, post rem y ante rem.
Según Platón, las ideas constituyen un mundo separado y perfecto,
a cuya imitación se hace este mundo sensible; el "mundo de las ideas"
es una región eterna y divina. Según Aristóteles, en
cambio, las ideas sólo son ideales en la mente, en la materia son
formas, esto es, principios reales de las cosas; éstas constan de
materia y forma (hylemorfismo), por la materia son singulares y por la forma
tienen un ser u otro y son inteligibles. Finalmente, Tomás de Aquino
reúne la concepción de Platón y la de Aristóteles
mediante la noción de creación. La idea es distinta según
esté en la mente del Creador (ante rem), en la criatura (in re),
o en la mente humana (post rem).
Las categorías o predicamentos
Aristóteles redujo todas las ideas universales a diez tipos,
denominados categorías (gr. kategoreo, enunciar, afirmar), o predicamentos
(lat. praedico). Elaboró así una lista de los predicados que
cabe atribuir a un sujeto:
1. Sustancia.
2. Cantidad.
3. Cualidad.
4. Relación. 5. Acción.
6. Pasión.
7. Dónde. 8. Cuándo.
9. Situación.
10. Hábito.
La lista aristotélica de las categorías recoge no sólo
formas lógicas, es decir, formas humanas de pensar y de hablar, sino
también las formas reales de ser; son los diez "géneros supremos",
esto es, las diez maneras en que se dice el ser en el orden del ente finito.
La complejidad de esa lista se reduce a una distinción básica:
substancia y accidente. El ente será "en sí" (sub-stantia,
sujeto), o "en otro" (accidens, atributo).
El ser fundamental es la sustancia, porque la realidad del accidente consiste
en "ser en" la sustancia; de ahí que el accidente, más que
un ser, es el ser de un ser (ens entis).
Categorías y predicables
Los conceptos pueden hacer referencia:
1. a nuestra manera de entender y hablar (significación lógica).
Predicables.
2. a la manera de ser de las cosas (significación ontológica).
Categorías.
En el primer sentido, se llaman predicables; en el segundo, categorías,
(o "predicamentos").
Los predicables
Los universales, considerados sólo en su dimensión lógica,
se llaman predicables: algo uno que se dice de muchos, pero este "decirse"
es diferente según que el concepto exprese la esencia o no, o según
la exprese de manera completa o incompleta. La clasificación de los
predicables se encuentra en la Introducción al libro Categorías,
de Aristóteles, que escribió el filósofo neoplatónico
Porfirio (233-305). Mediante la articulación de los predicables,
se logra un "árbol" que va de lo más indeterminado (genérico)
a lo más determinado y concreto (singular), se copia así la
estructura de la realidad, en el "espacio lógico".
He aquí el llamado árbol de Porfirio:
Género Supremo: Sustancia
Dif. Genérica: material / inmaterial
Gen. Subalterno: Sustancia Corpórea
Dif. Genérica: animada / inanimada
Gen. Subalterno: Viviente
Dif. Genérica: sensitivo / insensible
Gen. Próximo: Animal
Dif. Específica: racional / irracional
Especie: Hombre / Pedro, Juan, Pablo...etc.
Son cinco los predicables, según Porfirio, a saber: la especie, el
género, la diferencia, el propio y el accidente.
1. Especie es el concepto que se predica de los singulares expresando la
esencia completa. Si decimos de Sócrates que es "hombre", expresamos
la esencia completa de Sócrates. "Esencia" significa aquello por
lo que una realidad es lo que es y, en sentido lógico, lo que responde
a la pregunta: "¿qué es"? (quid est?), de ahí el nombre latino
quidditas. La especie expresa la quidditas o esencia, y sus inferiores son
individuos singulares, diferentes solo numéricamente.
2. Género es el concepto que se predica de muchos singulares, expresando
parte de su esencia, a saber, la parte común a otras especies y,
por eso, indeterminada. Si decimos que Sócrates es "animal" expresamos
una parte de su esencia, común con muchas especies.
3. Diferencia es el concepto que expresa la parte determinante, esto es,
la que no es común a otras especies, sino diferencial; así,
por ejemplo, el hombre es "racional".
4. Propio o propiedad, no expresa la esencia, pero sí algo que emana
de ella o la acompaña siempre. Si decimos de Sócrates que
"ríe" o "habla", le atribuimos propiedades exclusivas de la especie
humana. Las propiedades son los conceptos que suelen usar las ciencias para
definir; por ejemplo, distinguimos los cuerpos por la forma cristalina,
peso, dureza, afinidades químicas, conductivas, etc.
5. Accidente se predica como algo contingente, externo a la esencia. Si
decimos de Sócrates que "está sentado" o "es blanco", le atribuimos
algo cuya presencia o ausencia no hará que Sócrates sea humano,
ni deje de serlo.
Si miramos ahora el árbol de Porfirio, vemos mejor cómo hay
que leerlo:
Las ideas universales unívocas se ordenan según géneros
y especies.
La idea que contiene a otras ideas se llama género, respecto de aquellas.
La idea que contiene solo individuos se llama especie.
La diferencia específica aporta la distinción entre especies
diversas.
Hay un orden jerárquico entre las ideas universales.
El género supremo de los universales es la sustancia material o compuesta.
La escala jerárquica de los universales expresa la jerarquía
de los existentes.
Sustancia.
Sustancia inorgánica.
Sustancia vegetal.
Sustancia animal.
Sustancia inteligente.
Oposición de ideas
Son opuestos los predicados que no pueden estar en el mismo sujeto bajo
el mismo punto de vista, como: cuerpo y espíritu, frío y caliente,
etc. La oposición de ideas sigue ciertas leyes, de manera que, conocida
una, se conoce la otra. Según Aristóteles hay cuatro especies
de oposición:
Contradictorias. Las ideas son opuestas como el ser y su simple negación:
ser-nada; blanco-no-blanco. No hay un punto medio.
Contrarias. Pertenecen al mismo género pero distan hasta el máximo:
blanco-negro; bello-feo. Pueden tener un punto medio: entre avaricia y prodigalidad,
moderada liberalidad.
Privaciones. Se oponen como una perfección y su ausencia, la ceguera
es privación de la vista.
Relativas. Ideas opuestas de modo que una no puede ser sin la otra como
padre e hijo, hombre y mujer, etc.
La definición
Definir es determinar la comprehensión de un concepto (la extensión
depende de la comprensión). La definición es un término
complejo que expresa qué es la cosa. A menudo debemos contentarnos
con definir el nombre; definir el ser es muy difícil, conocemos el
ser real de las cosas con enormes limitaciones. De ahí los tipos
de definición:
1. Definición nominal. No define la cosa, sino la palabra. Puede
ser etimológica o sinonímica; es un primer paso en la aproximación
a las cosas.
2. Definición real perfecta o "esencial": declara la cosa por los
predicados que constituyen su especie, a saber: género próximo
y diferencia específica. Raramente obtenemos definiciones esenciales,
recorremos a definiciones imperfectas.
3. Definición real imperfecta o "descriptiva". Declara la cosa por
notas reales, pero no esenciales. Tiene diversas formas: la definición
propia define la cosa por propiedades que no constituyen la esencia, pero
derivan de ella: "El hombre es capaz de reír". La definición
accidental define una cosa por la colección de accidentes que bastan
para diferenciarla de otras. La definición genética explica
una cosa por la manera propia como se hace: "circunferencia es la figura
que resulta de una revolución de una línea entorno de un punto
inmóvil".
Reglas. La definición esencial no necesita reglas: se determina por
el género próximo y la diferencia específica, o no
hay definición. Las demás se regulan por los siguientes criterios:
1. que la definición no contenga lo definido.
2. que sea más clara que lo definido.
3. que convenga a todo lo definido y sólo a ello.
4. que no sea negativa.
5. que sea breve.
La división
La definición une; la división separa notas, analiza para
llegar a un concepto más claro. División es la distribución
de un todo en sus partes.
En toda división se encuentra: 1) el todo dividido; 2) las partes
o miembros de la división; y 3) el fundamento o criterio que sirve
para dividir.
El todo es divisible. Hay que distinguir el todo lógico y el todo
real. La división real o partición es la distribución
de una cosa compuesta en sus partes; así, un árbol en: tronco,
ramas, raíces.
Si algún miembro se divide otra vez, tenemos una subdivisión,
y una serie ordenada de divisiones y subdivisiones es una clasificación.
Cuando una clasificación es completa se llama sistema.
La división más rigurosa es la dicotomía, porque se
basa en la contradicción, que no admite término medio.
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III. Lógica del juicio o proposición
El juicio y la proposición. La verdad
El juicio es la afirmación de la conveniencia o discordancia
entre dos conceptos. Es un acto del intelecto que une o separa. Los elementos
constitutivos del juicio son tres: sujeto (S), predicado (P), y cópula,
afirmativa o negativa, expresada por el verbo ser (es, no es). Aunque el
juicio consta de elementos, el acto de juzgar es simple, indivisible.
Como el concepto no existe sin juicio, nos podemos preguntar si en toda
concepción no hay ¾ al menos sobreentendidos¾ un juicio de existencia
o inexistencia. A su vez, la existencia admite diversos sentidos. Si digo
"quimera" expreso algo que existe, como nombre, en la fantasía. Una
cosa puede existir como realidad natural o artificial, como a idea o forma
mental y, en fin, sólo de nombre.
La expresión lingüística del juicio se llama proposición.
La lógica estudia proposiciones, no juicios; el juicio es
un acto interno, la proposición su expresión externa.
La principal propiedad del juicio es la verdad (o falsedad). Un juicio es
verdadero cuando une en el pensamiento lo que está unido en la realidad
de las cosas, o cuando separa en el pensamiento aquel sujeto y predicado
que están separados en la realidad. Por eso, definimos la verdad
lógica como adecuación del intelecto y la cosa (Sto. Tomás
de Aquino).
Clasificación de los juicios y proposiciones
La forma del juicio es la cópula, la materia el sujeto (S) y
el predicado (P). Las preposiciones (S y P enlazados por la cópula)
se diferencian:
por la cualidad: afirmativas y negativas; absolutas y modales.
por la cantidad: singulares, particulares y universales.
por la unidad: simple (categóricas) y complejas (hipotéticas).
Afirmativas o negativas, según que la cúpula sea "es" o "no
es".
En las afirmativas el predicado (P) se toma en parte de su extensión,
y en las negativas en toda; (excepto en definiciones y proposiciones singulares).
La cualidad determina la extensión del predicado; esto da lugar a
dos leyes: en una proposición afirmativa el predicado es particular;
y, en una negativa, el predicado es universal. Explicación: la proposición
afirmativa introduce el S dentro de la extensión de P. "Este hombre
es blanco" no significa que él solo sea todo lo blanco, sino que
es un miembro del conjunto de los blancos. Al contrario, la proposición
negativa excluye al S de la extensión de P, nada de S está
dentro de la extensión de P, ésta se considera toda entera.
Singulares, universales, particulares, según que el sujeto (S) sea
un individuo, todos los de un género, o una parte de estos: "Cesar
venció a Pompeyo"; "todos los círculos son redondos"; "algunas
hipótesis son probables".
Modales: además de afirmar o negar enuncian el modo como el predicado
(P) conviene (o no) al sujeto (S). El modo afecta a la cópula. Hay
cuatro modos: posible y necesario (contingente y imposible). Posible: S
"puede ser" P. Contingente: la cópula declara posible "no ser". Imposible:
la cópula declara que P "no puede" ser.
Proposición categórica es aquella que atribuye simplemente
un predicado a un sujeto; es simple. La proposición hipotética
enlaza preposiciones categóricas (por tanto, es compuesta). Las proposiciones
hipotéticas pueden ser: condicionales, copulativas o disyuntivas:
· Condicional, afirma bajo condición: "Si llueve, el suelo se moja".
Consta de dos partes, un antecedente que pone la condición y un consecuente
o condicionado. La proposición condicional afirma o niega el nexo
entre condición y condicionado. Solamente son válidas dos
conclusiones: Si la condición A es verdad, lo es también el
condicionado B. Si B no lo es, tampoco A. Pero no se puede concluir que
si A no es, tampoco B, excepto en la condición sine qua non.
· Disyuntiva une enunciados con la particular "o", y no pueden ser a la
vez verdaderas ni falsas. De hecho afirman dos cosas: que los miembros no
pueden ser verdad a la vez y que al menos uno es verdad: "suyo o no suyo".
Los miembros han de ser opuestos y la división entre los miembros
debe ser completa: "o es rico o es infeliz" es falsa, porque no hay oposición
ni disyunción completa ("o el pobre es feliz").
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IV. Lógica del raciocinio o silogismo
El raciocinio
El raciocinio es la operación mediante la que el intelecto, de
dos o más juicios conocidos como verdaderos, conoce la verdad de
otro juicio. El raciocinio o discurso es un movimiento: va de lo desconocido
a lo conocido, o de lo implícito a lo explícito. Aristóteles
usa el nombre "silogismo" en un sentido tan amplio que abarca toda clase
de razonamientos. Lo define así: "silogismo es un discurso (logos)
en que, por el hecho de poner unos datos, resulta necesariamente uno distinto
de los puestos anteriormente, por el hecho de haber sido puestos" (Primeros
Analíticos I, 1, 24b).
Las proposiciones de que se parte se llaman antecedente o premisas. La proposición
que deriva de ellas es el consecuente o la conclusión. Esta es la
materia del razonamiento o silogismo.
El silogismo no consiste en el hecho de establecer –o "poner"– las premisas
y la conclusión; sino en vincularlas. La forma del razonamiento es
el vínculo, la dependencia necesaria del consecuente respecto al
antecedente. Este vínculo se denomina consecuencia.
No se debe confundir el consecuente, que es materia del razonamiento, con
la consecuencia, que es la forma, el mismo razonamiento. Sólo si
hay consecuencia hay silogismo.
La lógica formal tiene por objetivo la consecuencia (o "inferencia",
lat. illatio), su finalidad es formular reglas que garanticen la exactitud
de la consecuencia, incluso prescindiendo de la verdad o falsedad del antecedente
i del consecuente. La consecuencia puede ser correcta (= "verdad formal"),
aunque no sea verdad el consecuente. La lógica material se ocupa
de la verdad de las proposiciones, la formal sólo considera la corrección
de las consecuencias o indiferencias.
Leyes de la argumentación
Si la consecuencia no es correcta, no hay razonamiento, sino una serie
de proposiciones. El consecuente puede ser verdadero, aunque la consecuencia
sea incorrecta, en sentido "material"; de hecho, no es consecuente si no
deriva necesariamente del antecedente. Si una proposición es verdadera,
pero no deriva ni depende de las premisas, es verdad por su materia (ratione
materiae), pero no en virtud de la forma (vi formae), porque no hay forma.
Las leyes que regulan la argumentación suponen que hay consecuencia
correcta. Son estas:
Si el antecedente es verdadero, el consecuente es verdadero.
Si el consecuente es falso, el antecedente es falso.
Si el antecedente es falso, el consecuente puede ser falso o verdadero.
Si el consecuente es verdadero, el antecedente puede ser verdadero o falso.
Las cuatro leyes se reducen a la 1ª y a la 3ª, su fórmula tradicional
dice: ex vero non sequitur nisi verum, ex absurdo sequitur quodlibet. De
una verdad solo se sigue verdad; de lo falso se sigue cualquier cosa.
Estas leyes tienen rango de principios de la lógica. Son evidentes,
no susceptibles de demostración. Lo más que cabe hacer es
comentarlas, para subrayar su evidencia. ¿Por qué de lo verdadero
sólo se sigue lo verdadero? Podríamos decir también
que el consecuente estaba contenido en el antecedente. La consecuencia explicita
lo que estaba implícito. Aristóteles presenta la regla como
aplicación del principio de no-contradicción. Si, por hipótesis,
el antecedente es verdad, el consecuente es verdad y la consecuencia es
correcta (A ® B). Si B es falso, entonces A es y no es (verdad).
¿Pero por qué de lo falso puede seguirse lo verdadero? En virtud
de esa ley, cabría esperar que de lo falso sólo se siguiera
falsedad. Es imposible que lo falso genere lo verdadero. De todos modos,
un antecedente falso puede comportar un consecuente verdadero, de hecho,
aunque no por la razón dada. El ejemplo que pone Aristóteles
es un silogismo; el antecedente consta de dos proposiciones falsas; la
consecuencia es correcta, porque el silogismo está bien construido.
La conclusión resulta verdadera: "Toda piedra es animal. Ahora bien,
todo hombre es piedra. Por lo tanto, todo hombre es animal".
La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Pero su
verdad no proviene de ellas. Por el hecho de derivar las premisas, un consecuente
verdadero resulta por accidente de un antecedente falso. La posibilidad
de tales "accidentes" sólo es un escándalo lógico si
se olvida que la lógica formal no es autosuficiente.
Las argumentaciones: inducción y deducción
Las dos formas principales de la argumentación son la deducción
y la deducción. Aristóteles distingue silogismo e inducción
como dos caminos (métodos) diferentes en la búsqueda de la
verdad: "todo aquello que nosotros aprendemos procede o bien del silogismo,
o de la inducción" (Prim. Anal., II, 23). "Sólo aprendemos
por inducción o por demostración". Silogismo es sinónimo
de deducción; se divide en silogismo categórico y silogismo
hipotético, según que la premisa mayor sea una proposición
categórica o hipotética.
Para definir estos dos movimientos de la razón discursiva no basta
con decir que van en sentido inverso. Tampoco es exacto que la deducción
descienda de lo general a lo particular, mientras la inducción ascendería
de lo particular a lo universal. La inducción no es tanto el tránsito
de lo particular (o especial) a lo general, cuanto el paso de lo sensible
a lo inteligible (universal); el rango de este universal, en el árbol
de Porfirio, es indiferente. A su vez, la deducción suele ir de lo
general a lo especial, pero no es su oficio. De 14 modos de silogismo válidos
sólo 4 tienen una conclusión tan universal como las premisas.
La inducción pasa de lo sensible a lo inteligible (aunque después
pueda transitar también de lo menos a lo más universal); la
deducción se mueve esencialmente en el nivel de lo inteligible (aunque
descienda a lo singular). La lógica presupone dos hechos psicológicos:
1) los sentidos perciben objetos singulares, 2) el intelecto piensa mediante
conceptos universales.
La diferencia esencial entre inducción y deducción es que
la primera parte de los singulares, mientras que la deducción procede
a partir de universales. El consecuente, en cambio, es en ambos casos un
universal.
La inducción plantea el problema de saber si debe fundarse en una
enumeración completa de los datos, o si basta con una enumeración
incompleta. En todo caso, no son dos tipos de inducción.
La teoría del silogismo
Considerada uno de los principales méritos de Aristóteles,
que inventó las leyes del silogismo y las formuló con perfección.
Esta aportación ha marcado el camino para la mentalidad occidental,
siempre deseosa de rigor lógico (tanto como de profundidad o claridad).
Valoraciones
El sistema del silogismo es admirado por su exactitud. Los medievales
lo integraron en el sistema educativo, como instrumento para formar en el
rigor argumentativo.
En el Renacimiento empieza a ser cuestionada su validez. Las teorías
experimentales insisten en la prioridad de la intuición (observación,
inducción), sin ella no obtenemos noticias. A su lado, la argumentación
deductiva parece estéril. Es el pensamiento de Francis Bacon (1561-1626),
que se propuso redactar un Novum Organum, una lógica inductiva.
También R. Descartes (1596-1650) negó el valor del silogismo:
"Me di cuenta que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos
y la mayor parte de las demás instrucciones servían más
para explicar a otro las cosas que ya se saben, o incluso, como en el caso
del arte de Lulio, para hablar sin sentido de las que se ignoran, que para
aprenderlas" (Discurso del método, II).
El pensamiento racionalista valora sobre todo la verdad formal, por eso
considera la teoría del silogismo sencillamente perfecta. Leibniz
la contempla como la primera forma lograda de discurso infalible: "Sostengo
que la invención de la forma silogística es una de las más
esplendorosas del espíritu humano y más dignas de estima.
Es una especie de matemática universal cuya importancia no está
suficientemente conocida, e incluso podemos decir que incluye un arte de
infalibilidad, a condición de saber y poderla usar. En algunas ocasiones,
yo mismo he experimentado, al disputar incluso por escrito con personas
de buena fe, que únicamente nos hemos entendido cuando hemos argumentado
correctamente desembrollando un caos de razonamientos". (Leibniz, Nouveaux
Essais, IV, 17, 4)
Como Lulio, Leibniz anhela un Arte universal de diálogo que permita
alcanzar acuerdos siempre; y formula así su deseo: que teólogos
y filósofos dejen de discutir, ante las dificultades, y se digan:
Sedeamus et calculemus! ("Sentémonos y calculemos"). Gottfried W.
Leibniz (1646-1716) halló la conexión entre el silogismo y
el cálculo mediante diagramas que representan sólo la extensión
de los términos propuestos, asimilados así a magnitudes.
I. Kant no oculta su admiración hacia el mecanismo lógico
de Aristóteles, la lógica nació adulta de su cabeza,
como Afrodita del pensamiento de Zeus.
J. Balmes ha sintetizado estas valoraciones diversas: el silogismo es útil
para educar en la exactitud, es estéril para aportar novedades: "Es
un error imaginarse que los grandes pensamientos filosóficos son
hijos del discurso; este, bien utilizado, sirve algo para enseñar;
pero poco para inventar. Casi todo lo que el mundo admira de más
feliz, de grande y sorprendente se debe a la inspiración, a esa luz
instantánea que brilla de repente en el entendimiento del hombre,
sin que él mismo sepa de dónde le viene" (El Criterio, cap.
16 § I. Cf. capítulo 15)
El silogismo categórico
Es una argumentación en la que, de un antecedente que compara
dos términos con un tercero, se deduce necesariamente un consecuente
que une o separa los dos primeros términos.
En lugar de unir se podría decir identificar, ya que las proposiciones
siguen el esquema S es P. No se trata de una identificación total
(como en la definición esencial), sino parcial.
Los dos términos comparados se llaman extremos; el que sirve de comparación
medio, se llama así porque aproxima los extremos entre sí.
Los términos son la materia remota del silogismo. La materia próxima
son las proposiciones: premisas y conclusión. Las premisas unen los
extremos a través del medio; hay, pues, dos premisas; y la conclusión
une los extremos, luego nunca contiene el medio.
Como en una proposición suele tener mayor extensión el predicado
que el sujeto, se llama término mayor (T) al predicado de la conclusión
y término menor (t) a su sujeto. El medio término medio (M)
suele tener una extensión intermedia entre la extensión de
los extremos. En cuanto a las premisas, se llama mayor a la que contiene
el término mayor, y menor la que contiene el término menor.
La mayor siempre antecede a la menor.
Esquema del silogismo:
M ⊂ T
t ⊂ M
_______
t ⊂ T
Se lee: M es T; pero t es M; luego t es T. Aristóteles lo formula
con proposiciones condicionales: Si A se predica de todo B, i B de todo
C, necesariamente A se predica de todo C. Igualmente, si A no se afirma
de nada de B, y B es afirmado de todo C, se deduce que A no pertenece a
nada de C (Primeros Analíticos, I, 4). Les escuelas medievales limitaron
al artefacto silogístico a la fórmula categórica.
Silogismo y álgebra de clases
El silogismo categórico se puede interpretar en la línea
de extensión de los términos o la de su comprensión.
En extensión, significa que t se incluye en la extensión de
T, porque está dentro de la extensión de M, el cual se incluye
dentro de la extensión de T; es decir: t - M - T
Pero interpretando según la comprehensión, significa que T
forma parte de la comprensión de t, porque es parte de la comprensión
de M, la cual a su vez forma parte de la riqueza comprehensiva de t.
En perspectiva extensional, tenemos una concatenación de conceptos:
A contiene a B, B contiene a C, etc. Esta interpretación presenta
la ventaja de posibilitar la representación gráfica del razonamiento
(diagramas de Euler-Venn). Aunque una lógica atenta exclusivamente
a la extensión corre el riesgo de degenerar en un automatismo. Aristóteles
subraya preferentemente la extensión, por eso se le ha considerado
padre de la "lógica de clases".
En perspectiva comprehensiva, leeríamos el silogismo como una casada
de identidades, a la manera de las ecuaciones: A es B, B es C, etc. Es una
visión más profunda, porque la comprehensión funda
la extensión del concepto. El peligro de esta lectura es identificar
los términos. Sólo son iguales en parte. En todo caso, no
es legítimo contraponer comprehensión y extensión.
Principios del silogismo
Todo pensamiento coherente se regula por el principio de contradicción:
"es imposible que lo mismo [predicado] pertenezca y no pertenezca a lo mismo
[sujeto] simultáneamente y bajo el mismo aspecto" (Metaf., IV, 3).
Es principio supremo de la lógica y en metafísica, del pensar
y del ser real. Pero es negativo, no funda positivamente ningún discurso.
Establece una imposibilidad: prohibe la contradicción porque anula
el pensamiento. El principio que funda positivamente el razonamiento se
llama principium identitatis et discrepantiae:
"Dos cosas idénticas a una tercera son idénticas entre sí".
"Dos cosas, una de las cuales es idéntica a una tercera y la otra
difiere de esta tercera, son diferentes entre sí".
Aristóteles formuló la teoría del silogismo desde el
punto de vista extensivo; así, el principium identitatis et discrepantiae,
o principio de identidad y diferencia, se convierte en el de dictum de omni
et mullo, es decir: lo que se dice del todo se dice de la parte; lo que
no se dice del todo, no se dice de ninguna de sus partes (quidquid dictur
de omni, dictur de singulis; quidquid dicitur de nullo, negatur de singulis).
Con estos principios, estamos ante la definición de la universalidad
en extensión. El predicado que se dice universalmente de un objeto,
se afirma de cada parte del sujeto; y el que se niega universalmente de
un sujeto, se niega de cada una de sus partes.
"Decir que un término está contenido en la totalidad de otro,
o decir que un término es atribuido a otro término tomado
universalmente, es afirmar lo mismo. Y decimos que un término es
afirmado universalmente, cuando no es posible encontrar en el sujeto una
parte que no esté contenida en el otro término. Para la expresión
‘no ser atribuido a ninguno’ la explicación es idéntica".
(Aristóteles, Primeros Analíticos, I, 1).
Silogismos (categóricos) incompletos y compuestos
Entimema: es el silogismo abreviado, una premisa de la cual se sobreentiende:
"Estudio, por lo tanto aprobaré". (Es famosísimo el entimema
de Descartes: "pienso, luego existo". El silogismo completo es: "Todo aquel
quien piensa existe; y yo pienso; por lo tanto existo").
Epiquerema: es el silogismo en que la mayor o la menor se acompañan
de explicación o prueba: "Quien sabe, aprueba (mayor); y yo sé,
porque estudio (menor), por lo tanto aprobaré".
Polisilogismo: cadena de silogismos tal que la conclusión de uno
es premisa del siguiente: "Quien es prudente es temperante; quien es temperante
es constante, luego el prudente es constante;// pero el constante es equilibrado,
luego el prudente es equilibrado;// el equilibrado no está triste,
luego el prudente no está triste;// y quien no está triste
es feliz, luego el prudente es feliz" (Séneca).
Sorites: es un polisilogismo en que se suprimen las conclusiones intermedias,
hasta que el sujeto de la primera proposición se une con el predicado
de la última: "Sócrates es hombre// El hombre es compuesto//
Lo compuesto es divisible// Lo divisible es mortal// Sócrates es
mortal". Un ejemplo de sorites con eficacia retórica: "Quien autoriza
las empresas violentas ataca la justicia; quien ataca la justicia rompe
el lazo que une a los ciudadanos; quien rompe el lazo que une los ciudadanos
hace nacer divisiones en el Estado; quien crea divisiones en el Estado lo
expone a un peligro evidente; luego, quien autoriza empresas violentas expone
al Estado a un peligro evidente". (Bossuet).
Dilema: ("silogismo cornudo"). Propone una disyunción completa y
deduce la misma conclusión de los dos miembros. Ejemplo: "El cristianismo
se ha propagado con milagros o sin milagros. Si con milagros, es verdadero,
porque el milagro es el sello de Dios. Si sin milagros, este es el mayor
de los milagros. Luego, en ambos casos, es verdadero" (S. Agustín
de Hipona).
El silogismo hipotético
El silogismo hipotético tiene como premisa mayor una proposición
hipotética (compuesta de dos o más categóricas), la
menor afirma o niega uno de los miembros de la mayor. Formas del silogismo
hipotético: conjuntivo, disyuntivo y condicional. El silogismo condicional
es el principal, porque todos los demás se pueden reducir a él.
Silogismo conjuntivo es aquel cuya la premisa mayor es una copulativa de
este tipo: S no es P y R.
Regla: de la afirmación de un predicado en la menor, se concluye
la negación del otro (modus ponendo-tollens); pero a la inversa no
(tollendo-ponens).
Silogismo disyuntivo. La premisa mayor es hipotética disyuntiva:
S es P o R.
Regla: de la afirmación de un predicado en la menor se concluye la
afirmación del otro, y al revés.
Silogismo condicional. Su premisa mayor es hipotética condicional
(Si Q es R, entonces S es P). La menor afirma o niega uno de los miembros;
y la conclusión afirma (o niega) el otro.
Reglas: las reglas del silogismo hipotético-condicional son las mismas
de la argumentación en general: ex vero non sequitur nisi verum,
ex absurdo sequitur quodlibet. Existen, por eso, dos modos válidos:
modus ponens y modus tollens.
La argumentación científica y la demostración
Argumentación es el discurso de la mente que infiere una verdad,
mediante silogismo. Si las premisas y las consecuencias están fuera
de duda, en la conclusión hay certeza. La argumentación cierta
es la demostración por excelencia.
Además de la lógica formal, Aristóteles consideró
la Dialéctica y la Retórica, como lógicas de lo probable
y de lo verosímil; cuando la conclusión es sólo probable,
la argumentación es probable, no demostrativa; la argumentación
persuasiva tampoco es demostración, sino retórica.
La demostración extrae el conocimiento de la verdad de la conclusión
del conocimiento de la verdad de las premisas. Mas no se puede proceder
al infinito demostrando, luego deben existir premisas indemostrables. Estas
reciben el nombre de principios. Según Aristóteles, principio
es aquello por lo que una cosa es, se hace, o es conocida. Si una cosa proviene
realmente de otra, el principio es real, si procede lógicamente el
principio es lógico. Los principios deben gozar de evidencia y ser
primitivos, es decir, indefinibles, tales son los axiomas. Las tesis que
se toman como principios, mas no gozan de evidencia son: hipótesis
y postulados.
La hipótesis es una suposición, a partir de la cual
se razona, susceptible de llegar a ser demostrada. Los postulados, no son
susceptibles de llegar a ser demostrados, pero se adoptan por su verosimilitud,
utilidad y coherencia con el resto de la argumentación.
La demostración directa hace ver la verdad de una proposición
de manera inmediata.
La demostración indirecta por reducción al absurdo, probando
que la contraria es falsa siempre (imposible).
La demostración a priori de una cosa ontológicamente anterior
demuestra algo posterior.
La demostración a posteriori, a la inversa, procede desde lo anterior
para nuestra experiencia.
El argumento de analogía. Se usa este argumento para derivar de alguna
cosa lo que ha derivado de otra parecida, o lo que hemos negado de una diferente.
Se fundamenta en el principio: las cosas parecidas tienen causas parecidas,
y las diferentes, causas distintas. Solamente proporciona probabilidad.
Es un argumento parecido a la inducción, pero más débil.
Su uso es frecuente: a) en la vida común, cuando juzgamos sobre otros
según nuestros pensamientos, deseos, aficiones, etc., b) poetas y
oradores proponen analogías como a argumentos, c) en las ciencias,
la analogía proporciona hipótesis interesantes; en ella se
basa, por ejemplo, la experimentación de fármacos en animales.
La hipótesis. Admite una proposición probable para explicar
un hecho. Sólo proporciona probabilidad, pero cuando consta que el
hecho no se puede explicar de ninguna otra manera, da una verdad cierta
(una tesis). Cuando la hipótesis no está suficientemente fundada
se llama conjetura. Una hipótesis debe ser razonable; en ciencia
natural es más probable la hipótesis más sencilla y
que explica más cosas.
Falacias. Cuando se razona mal para engañar, los discursos son falacias
o sofismas. Si se hace sin intención de engañar, se llama
paralogismo. Las principales son 1) Ambigüedad de las palabras, cuando
se toman sin fijar su sentido. 2) Falacia de inducción y analogía,
si se hacen afirmaciones universales sin suficiente análisis de los
hechos, o se extiende la analogía más allá de lo debido.
Un ejemplo: "los pueblos se parecen a los organismos, luego pasan por una
infancia, madurez y senectud". 3) Declarar imposible lo incomprensible:
por ejemplo, la creación o el misterio. 4) Ignorancia del asunto
(«ignorantia elenchi»), cuando se habla sin conocer el estado de la cuestión
o a partir de un error. 5) Petición de principio, cuando se supone
demostrado lo que se debe demostrar. 6) opinión pública, tomar
por cierta alguna cosa sólo porque muchos lo dicen.
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V. Verdad y certeza.
(Lógica material)
Verdad formal y verdad "material" del juicio
La lógica es arte y ciencia. Por una parte, es connatural a la razón
humana, por otra parte supone una reflexión sobre las relaciones
entre los pensamientos y sus propiedades. El objeto de la lógica
es la verdad; por eso es instrumento (Organon) del saber.
La verdad es la propiedad del juicio. Tiene dos aspectos (complementarios):
verdad formal y verdad material. La primera es una adecuación de
la razón consigo misma, a saber, la observación de las leyes
o reglas basadas en el principio de contradicción y otros axiomas.
Pero con la verdad formal (o corrección lógica) no hay suficiente,
sólo garantiza la coincidencia de la razón consigo misma (coherencia).
La lógica tiene que interesarse también en la adecuación
del pensamiento con las cosas, es decir, en la "verdad material" de los
juicios.
Filosofía del lenguaje y criteriología
Los términos no son verdaderos ni falsos, por ejemplo "agua potable"
expresa una idea, pero no afirma ni niega, ahí la mente no se compromete
con la realidad. En cambio, si decimos: "Esta agua es potable", nos comprometemos
con la realidad, se trata de un juicio: un acto simple e interior, de adhesión
a la realidad.
La semiótica considera el valor significativo del lenguaje: las palabras
significan conceptos y juicios; los conceptos y juicios significan cosas.
Pero ¿cómo?; y ¿estamos seguros de ello? ¿Podemos tener la seguridad
de saber y significar verdades? La cuestión de la certeza es la denominada
cuestión crítica (un examen al que la razón se somete
a sí misma).
El criterio de certeza
La lógica formal garantiza la verdad, si razonamos correctamente
a partir de verdades (premisas buenas). Si partimos de errores, sólo
garantiza la corrección, no la verdad (material). Por lo tanto, la
certeza es una cuestión que afecta a las verdades inmediatas.
La verdad inmediata es captada o "vista" por la inteligencia con un acto
simple y natural; por eso es indemostrable. La seguridad de la verdad inmediata
se llama certeza.
Hay verdades inmediatas de diferentes tipos, porque el ser humano capta
la realidad de forma sensorial e intelectual, teórica, práctica,
estética, etc. Son verdades inmediatas (naturales, indemostrable
y primeras), los juicios garantizados por el testimonio de los sentidos,
los primeros principios del razonamiento teórico, del razonamiento
práctico, ciertas valoraciones (éticas, estéticas)
admitidas por todos. Existe, por eso, un sentido común universal,
subyacente a diversas formas culturales y épocas. Gracias a él,
nos es posible entender a los personajes de Homero, de la Biblia, de Calderón
o de Shakespeare. Si no existiese ese sentido común de la humanidad,
sería imposible el diálogo y el intercambio entre culturas
tan diversas como el extremo Oriente y Europa, la prehistoria y el hombre
actual. Si los idiomas se pueden traducir entre sí, es evidente que
hay un fondo común mental de la humanidad, que opera en orden del
conocimiento (teórico, moral y estético) como el "genoma"
en el orden biológico.
Sabemos que el relativismo i el escepticismo niegan ese factor común
de humanidad a la razón y sus actos. Se llama "racionalismo", en
cambio, a la actitud filosófica que rehusa la adhesión a cualquier
juicio que la razón no comprenda.
Estados de la mente ante la verdad
En referencia a la realidad, o verdad de las cosas, la mente puede encontrarse
en los siguiente estados (subjetivos): ignorancia, duda, opinión
y certeza.
La ignorancia es negra noche; para quien ignora la verdad no existe en modo
alguno.
La duda es una paralización del juicio; quien está inseguro,
no juzga por miedo a errar.
La opinión es un juicio subjetivo; quien opina, juzga pero sabiendo
que puede errar.
La certeza es el juicio seguro y objetivo; aleja el miedo al error.
La certeza no es absolutamente incompatible con el error, ya que justamente
sólo podemos estar en el error con certeza. De lo contrario, si perdemos
la seguridad, el juicio ha dejado de serlo, ya que no estamos en el error.
En el error se está con seguridad; si no, no hay error, sino duda
u opinión.
Como podemos estar ciertos y a la vez errar, se distingue entre certeza
subjetiva y certeza objetiva. La certeza objetiva es el juicio en que la
íntima adhesión y seguridad (subjetiva) y la realidad externa
(objetividad) son lo mismo.
La certeza objetiva se llama también principio primero y «criterio
de certeza».
Los principios (primeros) son naturales, inderivables y activos en todo
conocimiento; por tanto, no pueden ser ignorados: quien los ignorase no
sabría nada (ignoraría todo). No pueden ser derivados (demostrados),
pues el conocimiento derivado (verdades mediatas, conclusiones, etc.) depende
del actual ejercicio, de la vigencia de los primeros principios. Por eso
se les llaman también axiomas (palabra griega que significa valor,
excelencia).
Voluntarismo y emotivismo
Hasta aquí el realismo. Pero, ¿qué dice el escéptico?
¿Qué piensa el racionalista?
No admiten la certeza natural. No admiten que la verdad es algo primero.
Dudan, pues, de todo, con una duda universal. Ahora, la duda universal es
voluntaria; pues no se trata de dudar en presencia de una dificultad, sino
de dudar de todo, de dudar por sistema.
El escepticismo (y el relativismo) toman la duda como situación insuperable.
El racionalismo lo toma como punto de partida.
El padre del racionalismo, R. Descartes (1596-1650), partió de la
voluntad de dudar de todo, por ver si así llegarían a una
primera certeza. Concluyó que de una cosa no podía dudar (mientras
pensaba en dudar de todo): «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum). Esta
sería la primera verdad, sobre la que edificaría de nuevo
el sistema del saber.
La verdad inmediata, según Descartes, no es el ser extramental, sino
la razón misma. Yo soy, existo, esto es real, porque pienso. Luego
para Descartes la primera verdad no es el ser, sino el pensar. Esta inversión
iba a tener consecuencias de largo alcance. Veamos tres de ellas:
La verdad deriva de una posición voluntaria (quiero dudar de todo,
antes de saber).
La primera verdad es una adecuación de la razón consigo misma.
Por lo tanto (si lo real no es externo), lo que supere a la razón
no puede ser.
Cuando lo externo a la razón es imposible, la razón es la
medida suprema de la realidad. Lo que la razón no pueda entender
no será real.
La adhesión del realismo al ser extramental es, para el racionalista,
una creencia, algo irracional. Para el racionalismo, todo aquello que parece,
si se puede dudar de que es, es creencia. Y las creencias son irracionales.
Así, para el racionalista, son (creencias) irracionales, los primeros
principios.
De manera similar, el escepticismo declara meras creencias, sentimentales
o voluntarias, a los axiomas y principios de todos los órdenes. (Según
el escéptico D. Hume, los juicios prácticos, como «hay que
obrar el bien y evitar el mal», son sentimientos a los que se llega por
la influencia de otros. Qué sea «bueno» o «malo» no será más
que un sentimiento de agrado o repugnancia, influido por la educación).
Fe natural y fe sobrenatural
Siguiendo a Descartes, la idea de lo que es la «fe» o «creencia» cambia
mucho, dado que se limita la certeza a lo que la razón puede comprender.
Por otro lado, lo externo a la razón es sensación o sentimiento,
de modo que creer tiene un escaso valor: equivaldría a «no saber».
Ahora bien, dado que la razón es limitada, ¿no quedará como
isla solitaria en medio de un océano de sentimientos irracionales
y subjetivos?
Una paradójica consecuencia del racionalismo es esta: la fe no vale
casi nada, pero lo es casi todo.
Pero la lógica de Descartes es «única», según él
la razón es una, luego el método válido debe ser único.
Esta tesis hace tiempo que está en crisis; hoy no se suele aceptar
que sea lógico pensar del mismo modo las personas y los brutos, los
seres vivos y las piedras, la criaturas y el Creador. Por tanto, ¿no se
deberá revisar también aquella idea de «fe» o «creencia»?
Procedamos describiendo hechos que cualquiera puede observar. Para empezar,
la fe es un juicio, no una emoción. En efecto, se llama fe al acto
de juzgar que es verdad algo que no sabemos por nosotros mismos. Por otra
parte, la fe tiene por base algo interpersonal: cuando creemos, creemos
a alguien. No creemos en algo, sino en alguien; es la palabra del otro lo
que inspira suficiente confianza como para juzgar con certeza.
Ahora, la pregunta importante es esta: ¿es la fe, o creencia, un criterio
de certeza razonable y sólido?, ¿se la puede equiparar en algún
caso con la misma evidencia?
Nótese que esa pregunta equivale a cuestionar el valor de la confianza.
Lo hemos visto antes: el escéptico y el racionalista desconfían
por sistema; desconfían de los propios sentidos, de la palabra del
otro, etc. Como desconfían, rehusan la autoridad científica
o intelectual. Sólo la razón –la propia–, debería ser
creída. Lo contrario atentaría contra la razón humana.
Ahora bien, la razón no es autosuficiente, ni absoluta: no es auto-fundante.
Si la razón humana fuera absoluta y se fundara en sí misma,
no existirían misterios sino situaciones provisionales de ignorancia
parcial. El proceso de la ciencia tendería a disipar toda incertidumbre
y a desvanecer la fe. No haría falta creer en nada, bastaría
con mirar y saber. La inexistencia del misterio –por autosuficiencia de
la razón– es un mito de los siglos pasados, vinculado con la mitificación
del progreso tecnológico, etc.
En realidad la razón es limitada, y lo sabe. De hecho, creemos en
los otros; hasta el racionalista cree en Descartes, y cree en el principio
de no contradicción, etc.
Sistemas idealistas
El postulado de Descartes se podría formular así: «Lo
que no puedo comprender, no puede ser».
Si se pone ese postulado racionalista, se declara la realidad coextensiva
con la razón. Esta posición se conoce con el nombre de «idealismo»
en filosofía. Según ella, las ideas son las cosas y las cosas
son ideas, supuesto que el "contenido de la razón" son ideas. ¿Hasta
dónde se puede llegar con el idealismo filosófico? La respuesta
a esta pregunta depende de lo que uno entienda que es la propia razón:
1. Si interpretamos que la razón es individual, como el propio cuerpo,
entonces la tesis idealista –no existe otra realidad que la ideal–, significa:
no existe otra realidad que la que nosotros vemos y de la manera como la
vemos. Idealismo psicológico (G. Berkeley)
2. Si interpretamos que la razón es una "función lógica",
que interviene en todos, pero no es nadie personalmente, no existirá
más realidad "conocida" que aquella que la Razón configura;
ahora bien, es posible que exista una realidad "incognoscible", más
allá de la actividad racional. Idealismo lógico o "transcendental"
(I. Kant).
3. El idealismo absoluto resulta ser, entonces, el punto inevitable de llegada:
«Lo real es racional, lo racional es real», escribe Hegel, el principal
filosofo idealista de los tiempos modernos.
Para el idealismo absoluto, no existe nada fuera de la razón.
Por tanto, no existe nada incognoscible ni irracional. Ahora bien, la razón
es solo una, la divina. La realidad del mundo y la del hombre se ven absorbidas
por la realidad única de Dios. El idealismo absoluto propende al
panteísmo.
El idealismo absoluto es la filosofía de Alemania, en el siglo del
Romanticismo, el XIX, prolonga el idealismo lógico de Kant en el
sentido de eliminar la idea de una "cosa" extramental (origen de las sensaciones,
pero incomprensible), lo cual sólo seria un límite para la
razón: lo que la razón no comprende, ni ha puesto, ni puede
suprimir.
Los pensadores del idealismo absoluto, o romántico, son: Fichte,
Schelling y Hegel.
Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), afirma que la razón es el
Principio y es acción. «En el principio era la acción...»,
escribe, parafraseando el Evangelio de san Juan. La acción es plena
libertad; esta libertad "pone" un yo. El yo (sujeto) pone un no-yo (objeto),
para superar su propio límite. El yo va creciendo, hasta el Yo absoluto,
superando la resistencia de la naturaleza material (no-yo). Esta marcha
de la razón, denominada dialéctica, es el proceso de aparición
de Dios en la historia.
Friedrich W. J. Schelling (1775-1854), cree, como Fichte, que se debe afirmar
que la razón empieza desde ella misma (que no depende de ninguna
"cosa" extramental), que es absoluta; pero este inicio absoluto no es subjetivo
(el yo) ni objetivo (la naturaleza), sino un Todo indiferenciado, que se
manifiesta, primero como a Naturaleza y, luego, como Espíritu que
se esfuerza por retornar a la plena consciencia se Sí mismo. El proceso,
como en Fichte, es dialéctico y coincide con la idea de libertad
y progreso. Schelling es panteísta, pero su panteísmo es evolucionista.
La idea que Darwin popularizaría años después, se encuentra
ya en este filosofo alemán.
Georg W. F. Hegel (1770-1831), representa la cima del idealismo y el racionalismo
modernos. El «Sistema» de todas las ideas verdaderas es, según él,
idéntico al orden natural del mundo y de la historia. El orden y
la conexión entre las ideas es, también en él, como
en Fichte y Schelling, la lógica o razonamiento dialéctico.
La dialéctica es libertad, y progresa a más; al final, el
resultado es Dios y su eterna contemplación.
El sistema de Hegel consta de tres "momentos" dialécticos: la Idea
en Sí (Lógica), la Idea fuera de Sí (Naturaleza) y
la Idea que retorna al Sí (Espíritu). La historia humana no
es sino la realización progresiva del Espíritu. Este proceso
es evolutivo, y la evolución lleva necesariamente a una creciente
manifestación del espíritu como libertad. Desde los animales
prehistóricos, pasando por el hombre de las cavernas, hasta la cultura
cristiana moderna, toda la historia se encamina a la plena consciencia de
la Razón (Espíritu). Según Hegel, la humanidad es la
"revelación" del Espíritu, y su etapa final está en
Europa y el pueblo alemán, en la cultura moderna.
Nihilismo y materialismo
Si el «Sistema» de Hegel era verdad, con el se había acabado
la historia. Pero si no era verdad, entonces la filosofía moderna
había llegado a un callejón sin salida.
Eliminada la fe en la palabra del otro (y en la de Dios), en beneficio de
la razón emancipada, y eliminada la realidad extramental, sólo
quedaba que la razón fuera toda la realidad, la producción
misma (interna, evolutiva) de la realidad. Pero ahora la razón se
veía confundida, derrotada. ¿Qué era la realidad?
La realidad es irracional. Es el deseo (insatisfecho hasta el infinito)
o la materia.
El irracionalismo del deseo es la tesis de A. Schopenhauer i de F. Nietzsche.
El irracionalismo materialista es el de K. Marx.
Marx sigue siendo un discípulo de Hegel. Para él también,
el mundo es evolución y actividad dialéctica. Pero la acción
no es racional, ni espíritu; la acción (praxis) es sensorial.
El sistema de Marx es el materialismo dialéctico, en atención
a la cuestión sobre la Naturaleza, o materialismo histórico,
si atendemos a la humanidad. La historia es progreso dialéctico,
basado en la negación, o lucha de clases.
Positivismo y pragmatismo
La crisis del «Sistema» de Hegel ha sido la gran crisis moderna. Con
ella, el pensamiento occidental perdió la fe en la razón.
Pero, como ya antes había perdido la fe en la palabra y la persona,
quedó a merced de un último criterio de verdad: hechos y resultados,
en la palabra, la eficacia.
Detengámonos en estos conceptos, ya que impregnan la mentalidad más
corriente hoy. La diferencia entre positivismo, pragmatismo y utilitarismo
es, a veces, inapreciable.
Para Auguste Comte (1798-1857), lo "positivo" de la "filosofía positiva"
significa hechos, sensibles y comprobables, prácticos. Todo el que
no sea sensible o comprobable sensorialmente será, no ya falso, sino
irrelevante, insignificante como los mitos primitivos.
El nombre utilitarismo (inglés: Utilitarianism) proviene del esfuerzo
de adaptar la ética del éxito de Comte, que tenia un matiz
político autoritario y colectivista, a la mentalidad democrática
británica. Este esfuerzo fue la obra de Jeremy Bentham y John Stuart
Mill.
Karl Marx (1818-1883) también se ha expresado de forma similar:
"La cuestión de saber si el pensamiento humano puede desembocar en
una verdad objetiva no es ninguna cuestión teórica sino una
cuestión práctica. Es en la practica donde el hombre tiene
que probar la verdad, es decir, la realidad, el poder de su pensamiento.
La discusión sobre la realidad o irrealidad del pensamiento, aislada
de la práctica, es puramente escolástica". (K. Marx, Tesis
sobre Feuerbach, II).
Para Marx no interesa el saber por el saber, sino saber para actuar, para
transformar: "Los filósofos no han hecho más que interpretar
el mundo de diferentes maneras; pero lo que importa es transformarlo" (K.
Marx, Tesis sobre Feuerbach, XI).
La filosofía norteamericana del siglo XX es también pragmatista.
El nombre inglés (Pragmatism), deriva del griego pragma, o praxis,
que significa: acción, hechos, asunto, negocio, cosa importante,
etc.
Charles S. Peirce (1839-1914) fundó la corriente pragmatista con
su articulo: "Como hacer claras nuestras ideas" (1878). Peirce es un lógico,
su teoría es semántica: el significado de las palabras depende
de una actividad práctica:
"Quien buscara en un texto de Química la definición de "litio"
se encontraría con que se trataba de un elemento cuyo peso atómico
es próximo a 7. Pero si el autor tiene una mente más lógica,
se dirá que si buscáis entre los minerales vítreos,
translúcidos, grises o blancos, durísimos, brillantes e insolubles
uno que dé una coloración carmesí a una llama no luminosa,
este mineral, triturado con cal de whiterita y luego fundido, puede ser
disuelto en parte con ácido clorhídrico; y si esta solución
uno la evapora, la podría convertir luego en un cloruro que, obtenido
en estado sólido, después de fundido y electrolizado con media
docena de potentes baterías, produciría un glóbulo
de metal argénteo que desprendería cloro. La peculiaridad
de esta definición reside en el hecho de decir qué cosa denota
la palabra litio, prescribiendo lo que hay que hacer para obtener un conocimiento
perceptivo del objeto de esta palabra".
William James (1842-1910) fue el divulgador del pragmatismo, "un nuevo nombre
para algunas formas antiguas de pensar" (Pragmatism: a new name for some
old ways of thinking, New York, 1907), que se pueden resumir así:
"Discutir si una afirmación es o no verdadera, solamente tiene sentido
si podemos dirimir la cuestión mediante algún procedimiento,
y todo procedimiento consiste siempre en una o diversas acciones".
James se interesa por las realidades psíquicas y espirituales. ¿Qué
significa «es verdad que existe Dios»? Significa que creer en él
es beneficioso para el pensamiento y la vida afectiva: "Hace falta que Dios
exista para justificar la paz del corazón y la confianza del alma
religiosa" (The Will to Believe, New York, 1897).
John Dewey (1859-1952) reunió todas estas ideas lógico-psicológicas
en una teoría de la educación. Denominó su teoría
instrumentalismo; según Dewey hay que buscar fines objetivamente
buenos, para la convivencia democrática; ahora, la bondad de los
fines se tiene de probar con la práctica. Conocer es hacer; saber
es un instrumento para modificar las cosas; la inteligencia es el instrumento
para resolver problemas.
"LA PAZ UNA CAMINO HACIA EL SER INTEGRAL"
QUE LA PAZ PREVALEZCA EN LA TIERRA"
LEMA PARA LA PAZ: "SIN VISIÓN, LOS PUEBLOS PERECEN"
Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la Paz.
En método no violento es eficaz porque desarma a los adversarios.
Pone al descubierto su defensa espiritual, debilita su moral al tiempo que intranquiliza sus conciencias.
Martín Luther King (hijo), en su carta desde la cárcel incluso un anécdota para ilustrar las recompensas de la perseverancia en la tradición no violenta. Escribió acerca de una anciana negra de 72 años que todos los días andaba a pie un largo trecho durante un boicoteo de autobuses. Estaba cansada y físicamente debilitada, y alguien le preguntó porque se empeñaba en apoyar la propuesta no violenta. Su respuesta siempre podrá ser guardada como un tesoro: "Mis pies están cansados pero mi alma está en reposo".
La paz no es un estado natural ni paradisíaco, ni una forma de convivencia por mutuo acuerdo. La Paz es algo que no conocemos; solo podemos sentirla, desearla y buscarla. La Paz es solo un ideal. Es infinitamente compleja, inestable y frágil - un leve soplo la destruye. La Paz verdadera es más difícil e insólita que cualquier otro logro intelectual - incluso para dos personas que vivan juntas y se necesiten mutuamente.
La Paz es el bien que los hombres pueden desear en esta vida.
Al fin de cuenta, ¿qué es la Paz, sino la sensación de afrontar lo que la vida le pone a uno por delante dilatando la propia perspectiva para aceptar lo bueno y rechazar lo malo?.
Contemplar el mundo desde arriba quizá signifique aquietar el espíritu y ver a través de las cosas la paz interior.
Si trabaja conforme a la ley de nuestra alma - es decir, la no violencia, que en su forma din mica, significa sufrir concientemente - , un único individuo puede desafiar al poderío de un imperio injusto para salvaguardar su honor, su religión y su alma, y poner las bases sobre la que se derrumbará o se regenerará ese imperio.
La aparente tranquilidad que produce a veces la tiranía, no es Paz, es la quietud de los sepulcros; porque la Paz es hija de la libertad, que es la vida, el progreso, el agente divino del perfeccionamiento.
La Paz no es una temporada; es una forma de vida.
Para conseguir la Paz interior hay que renunciar al puesto de Gerente General del Universo.
Si usted se une a la naturaleza y a lo en ella hay de simple, de pequeño, a lo que casi nadie presta atención, a lo que de golpe se convierte en infinitamente grande, a lo inconmensurable; si usted extiende su amor a todo aquello que existe; si modestamente trata usted de ganar la confianza de aquello que parece miserable; entonces, todo le parecerá más fácil, le parecerá más armonioso y, por así decir, más conciliador. Su entendimiento posiblemente quedará rezagado, sorprendido; pero su más profunda conciencia se levantará y sabrá.
Subo a la Colina del Sur arrancar helechos sin ver a un hombre y el corazón me quema por la subida, pero si al regresar veo a un hombre, tranquilo, apacible, sereno, quieto en su sitio ya no me disgusta el camino.
Todo hombre puede edificar, en lo más hondo de su pensamiento, un abrigo que desafíe los más pesados proyectiles, y las palabras más sabiamente envenenadas. ¿Qué puede temer un alma que se halla consigo misma?.
¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar?.
Vivir la fraternidad y la armonía entre los seres humanos son los ideales de paz que más se predican, en contraposición al desastre, la guerra y a todo género de conflictos. Pero la paz no comienza desde fuera, sino desde dentro. No depende de las decisiones de altos funcionarios sino de lo que llevamos en el interior.
La paz es un valor que suele perderse fácilmente de vista. Cuando una nación entra en conflicto con otra y tenemos que vivir sus consecuencias o cuando en la familia los problemas o pleitos comienzan a surgir comenzamos a apreciar el valor que tiene la paz.
La paz puede verse a nivel internacional o a nivel personal, pero en cualquier perspectiva debemos entender que no surge como producto de un "no meterse con nadie", con un dejar hacer a los demás para que me dejen "vivir en paz". La calma y tranquilidad tampoco se da, necesariamente, como producto de convivir con personas afines.
Las dificultades entre los seres humanos suele ser algo común. Quien no sabe vivir en paz generalmente lo identificamos como una persona conflictiva porque:
- Es imposible llegar a un acuerdo, aunque sea pequeño y de poca
importancia.
- Tiene una marcada tendencia a buscar en las palabras y actitudes un doble
propósito, normalmente negativo.
- Se siente aludido y agredido ante cualquier circunstancia, y más
si esta en contra de sus intereses.
- Busca por todos los medios "salirse con la suya" aunque este equivocado.
- En el trabajo o los negocios crea dificultades inexistentes.
- Discute con facilidad.
Vivimos en una época en la que se habla mucho de armonía y paz interior. Sin embargo pocos mencionan que una de las mejores formas de alcanzar estos ideales es mediante el espíritu de servicio hacia los demás. La paz es el fruto de saber escuchar, de entender las necesidades ajenas antes de las propias.
Mucho de la paz que podamos vivir con los demás radica en nuestra forma de expresarnos. En algunos momentos tenemos el impulso de hacer notar los errores de nuestros interlocutores sin saber todo lo que tienen que decir, provocando discusiones y resentimientos. Expresar nuestro punto de vista en el momento oportuno, facilita la comunicación y aumenta las posibilidades de superar las dificultades, pues ambas partes se sienten escuchadas.
Del mismo modo ocurre cuando se hace necesaria la corrección de una actitud: el disgusto nos mueve a reprender en el momento sin medir las palabras que utilizamos. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido por la excesiva dureza que tuvimos con nuestros subalternos, hijos o compañeros? La pérdida de la paz interior consecuente, se debe a la intolerancia e incomprensión que mostramos, generando una imagen negativa y tal vez altanera de nuestra persona. Por eso es importante pensar con serenidad antes de tomar cartas en el asunto.
Una de las grandes fuentes de la paz, o de la guerra, está en la familia. Los esposos deben ser conscientes que al crear el vínculo conyugal, se comienza a dar la fusión de distintas costumbres y formas de pensar. El arte de convivir, olvidarse del afán de dominio y buscar el justo medio entre las diferencias, trae la armonía como consecuencia. En otras palabras: es necesario aprender a conversar y obtener propósitos de mejora concretos que beneficien a todos en la familia.
En cuanto a la paz familiar, no olvidemos que todas las actitudes de los
padres se reflejan en los hijos, por eso es importante:
- No discutir o quejarse de los demás delante de ellos;
- Saber sonreír aún en las dificultades;
- Evitar que todos sufran las consecuencias de nuestro mal humor;
- Enseñar a disculpar;
- Crear las condiciones para hacer agradables todos los momentos de convivencia.
De igual manera, en las relaciones de amistad debe procurarse la buena convivencia. En una reunión de amigos que ven un partido de fútbol es fácil ver discusiones que comienzan sobre la decisión que tuvo el árbitro en alguna jugada. En pocos minutos puede crecer la molestia, la palabrería descuidada y al cabo de pocos minutos: fin de la reunión. A veces la paz es así de frágil.
Como en todos los valores, se requiere la iniciativa personal para lograr vivirlos. La paz interior surge como un producto del conocimiento propio: aprender a dominar nuestro egoísmo y el deseo de tener siempre la razón; saber escuchar y comprender las debilidades propias y ajenas. Pero sobre todo: pensar en los demás siempre. Cuando esto ocurre conciliamos la paz con nosotros mismos y con nuestros semejantes.
ILUSTRACIONES DE DIVERSOS AUTORES
"La paz es para el mundo lo que la levadura para la masa". Talmud (siglos IV-V)
"Para hacer la Paz se necesitan por lo menos dos; más para hacer la guerra basta uno solo". Neville Chamberlain (1869-1940), político inglés.
"No hay camino para la Paz; la Paz es el camino". Mahatma Gandhi, (1869-1948), líder pacifísta indú.
Por tanto en la búsqueda de la Paz, a la que todos los habitantes del Universo estamos llamados a construir una Civilización del amor, donde "La Paz prevalezca en la tierra", cada uno de nosotros somos la semilla para anunciar y denunciar aquello que nos impide ser plenamente felices, si todos estamos en Paz exterior e interior, seremos hombres y mujeres auténticamente Felices, y lucharemos a diario para que la Paz sea un camino hacia el Ser Integral, dejándonos guiar por el Divino Maestro, el Dios del Amor y de la Paz...
ILUSTRACIONES DE DIVERSOS AUTORES SOBRE LA FELICIDAD
LA FELICIDAD
*La felicidad no consiste en adquirir y gozar,
sino en no desear nada, pues consiste en ser libre.
Epicteto
*Solamente puedes tener paz si tú la proporcionas.
María von Ebner
*La mayoría de los hombres emplean la mitad de su vida
en hacer miserable la otra.
Jean de La bruyère
*Una de las ventajas de no ser feliz es que
se puede desear la felicidad.
Miguel de Unamuno
*En la vida, lo más triste, no es ser del todo desgraciado,
es que nos falte muy poco para ser felices
y no podamos conseguirlo.
Jacinto Benavente
*Son tantos los mortales que no pueden digerir la felicidad.
La felicidad no es cosa fácilmente digerible;
es, más bien, muy indigesta.
Miguel de Unamuno
*Todo el mundo desea ser feliz,
pero no que lo sea todo el mundo.
Jaume Perich
*Cuando uno dice que sabe lo que es
la felicidad,
se puede suponer que la ha perdido.
Anónimo
*En la adversidad una persona es salvada
por la esperanza.
Menander.
*La raza humana tiene un arma
verdaderamente eficaz: la risa.
Mark Twain
*El humor se tiene o no se tiene,
y es la manera de ver las cosas con
claridad.
Antonio Mingote
"QUE LA PAZ PREVALEZCA EN LA TIERRA"
LEMA PARA LA PAZ: "SIN VISIÓN, LOS PUEBLOS PERECEN"
"2001-2010": "DÉCADA INTERNACIONAL POR UNA CULTURA DE LA PAZ Y DE LA NO VIOLENCIA POR LOS NIÑOS DEL MUNDO"
Lic. José Luis Dell'Ordine
dellordine1[arroba]arnet.com.ar
animador unesco
mensajero del manifiesto 2000 de unesco
colaborador de la sociedad de plegaria por la paz mundial
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PÁGINA DE LA ONG "PENSAMIENTOS NUEVOS":
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