Enviado por walterkoza
Durante las dos últimas décadas del siglo XlX en la sociedad argentina van a producirse dos tipos de acontecimientos altamente trascendentales. Por un lado, el establecimiento definitivo del Estado con la unificación política y jurídica, y con la entrada al mercado mundial. Y por otro, en lo concerniente al aspecto literario, el surgimiento de un grupo de escritores jóvenes, con formación universitaria los cuales habrán de erigirse como los funcionarios estatales de la cultura nacional. La casta literaria se apropiaba de la literatura occidental, sobre todo la europea lo cual "no sólo cambió la relación de la lengua nacional con las extranjeras sino que fundó la traducción como género literario".Esto produciría una escritura fragmentaria y conversada, en todos sus aspectos "aristocrática".
Fue entonces cuando la república se hallaba en su apogeo agroexportador que se hizo latente la necesidad de adoptar una identidad nacional, la cual se fue posicionando frente al propio ímpetu y oponiendo a una inmigración creciente que en forma continua renovaba la conformación poblacional y llegaba a definir una ciudad nueva, impactando en la cuestión fundamental que era el problema de esa identidad.
En este debate va a cobrar o una trascendencia fundamental el aspecto referente a la lengua nacional. Según Estanislao Zevallos; " nuestra lengua madre es contaminada y el pueblo habla un verdadero dialecto formado por elementos universales". De ahí justamente el papel fundamental que va a desempeñar la literatura: "el escritor, el hombre de letras, aparece como guardián de la integridad del lenguaje".
De entre la serie de nuevas producciones literarias la obra de Eugenio Cambaceres habrá de ilustrar estos conflictos socio-lexicales. En su primera novela, "Pot-pourri". Silbidos de un vago" mediante el empleo irónico de diversos idiomas exhibe un panorama urbano constituido por elementos foráneos y autóctonos indiscriminadamente mezclados al igual que un Aleph borgeano o un cambalache.
El presente trabajo pretende indagar acerca de las cuestiones anteriormente mencionadas mediante el análisis de esta novela de Eugenio Cambaceres.
Ya desde el título mismo Pot-pourri presenta un desafío. El término refiere a un cúmulo de elementos, una orgía de objetos indisolublemente ligados. En el prólogo a la edición de editorial Clarín, Claudia Torre escribe:
"Su título: Pot-pourri no sólo remite a una composición formada de fragmentos o temas de obras musicales de un mismo autor sino que es también una palabra francesa que significa olla y se podría asimilar al puchero español. Es además un galicismo que significa miscelánea o mesa revuelta. A pesar de la diversidad, todas las acepciones de la palabra refieren a una misma idea."
Una de las misiones principales de Eugenio Cambaceres es precisamente la defensa del idioma nacional. Era deber de los literatos preservar la pureza de esta lengua. ¿Pero cómo era (o es) ese idioma que la nueva casta de escritores debía defender? Borges determina la existencia de dos influencias recíprocamente antagónicas que habrían atentado contra un habla argentina. Por un lado "la de quienes imaginan que esa habla ya está prefigurada en el arrabalero de loa sainetes"y por otro "los casticistas o españolados que creen en lo cabal del idioma y en la impiedad o inutilidad de su refacción".
En realidad ninguna de las dos vertientes puede aplicarse para definir a este lenguaje. Pues en su conformación es inevitable evadir el papel fundamental que tuvo el componente inmigratorio quien le dio a la ciudad una nueva perspectiva. La identidad de esta llegó a ser una entelequia y por lo tanto los grupos de poder necesitaban ser poseedores de una nueva identidad que paradójicamente no estaba aquí sino en el exterior.
Cambaceres se encargará de caricaturizar estos fenómenos. Expresará todo su desprecio hacia los nuevos sectores trabajadores recurriendo a personajes como el desventurado Taniete -que a pesar de ser un español auténtico de ninguna manera puede hablar mejor el castellano que su patrón, un dandy refinado-, o en forma más directa al ruin Genaro, en la última de sus novelas "En la sangre". Pero por otro lado las clases altas también son objeto de sus burlas. Se lee en sus páginas una ácida crítica a la burguesía en ascenso y a la aristocracia imperante:
"Cambaceres también parodia y critica a la sociedad burguesa porteña de fines de siglo, focalizando su ironía en la figura de las mujeres y del matrimonio como institución. Su mirada crítica se expande a las costumbres políticas de 1870-1880: el cosmopolitismo y el materialismo propios de la Buenos Aires de entonces: una sociedad febril, alocada, europeizada y frenética que preanuncia la crisis que vivirá Argentina unos años más tarde, cuando en 1890, el crack financiero de la Bolsa lleve al país a vivir una de las situaciones más dramáticas de la historia de su vida política y económica."
Así pues, puede verse en el capítulo Vl, en el que semeja el panorama político a una farsa, la siguiente proclama:
"¡Ha! Ustedes los de arriba, los que se mantienen puros en medio de la escandalosa perversión moral que nos invade, reflexionen un momento (...)".
Y en cierta forma esto es inevitable y quizá hasta justificado, puesto que la "inutilidad" de la burguesía, como así también la baja "clase" trabajadora que todo corrompe, llegaron a suponer un atentado al ideal del orden nacional perseguido por esta generación de escritores.
Carnaval y teatro
La novela se presenta conformada por diversos tipos de discursos. Se hallan estructuras típicas del género dramático, el texto argumentativo e informativo, descripciones obsesivas, etcétera. También están intercaladas expresiones de otras lenguas; el latín, el francés, el inglés y el italiano, ya sea para enriquecer culturalmente su prosa o bien como herramienta de burla.
En su teoría acerca de los tipos de discurso en prosa Mijail Bajtin refiere como la literatura fue tomando aspectos de otro fenómeno social como el carnaval y menciona así el término de "literatura carnavalizada". Esta incorporación fue posible gracias a "que el carnaval había elaborado todo un lenguaje de formas simbólicas, concretas y sensibles."
En la novela de Cambaceres su modelo de ciudad bien podría emparentarse con los rituales carnavalescos que describe el crítico ruso. La ciudad es una mezcla de clases, lenguajes e individuos, un collage. Pero lejos de hacer prevalecer "el contacto libre y familiar entre la gente", el autor de "Pot-purri" valiéndose de un humor un tanto ácido se va a dedicar a desenmascarar esa gama de disfrazados que es la sociedad de la época.
Vale aclarar que el mismo narrador y protagonista de la historia no es ajeno a ello y más de una vez el mismo se ve obligado a recurrir a la máscara (léxica, fisonómica) al igual que un caparazón para defenderse del exterior. Así por ejemplo en el capítulo III, donde mantiene una conversación acalorada con una vieja amiga hay un momento de la charla en que este, incómodo ante las declaraciones de la mujer exclama:
"-Todo lo que Ud. Quiera –repliqué en tono rudo y grosero, resuelto a poner fin a aquella escena que se me iba volviendo insoportablemente odiosa, a medida que se disipaba la nube que había ofuscado mi razón, que recobraba poco a poco la posesión de mi yo.
Entre mi papel de viejo ridículo, sin embargo, y el suyo que podría y no quiero, no necesito agregar que me quedo con el mío- dije después."
Entonces esto lleva a una cuestión, determinar si el protagonista y narrador es tan cínico como para denunciar una mascarada de la que no está exento o si en realidad se ve obligado a "enmascararse" para enfrentar a una sociedad artificial y mentirosa en extremo.
Creemos que la segunda acepción es la que se ajusta al pasivo narrador. Disimula todo el tiempo, pero sólo lo hace frente a los demás personajes. Por lo demás se mantiene siempre fiel al lector, juega con la verdad y no miente. Se trata de una persona enormemente desagradable que en ningún momento pretende aparentar otra cosa (y eso no deja de ser una virtud). No es peor que el inocente Juan o la sumisa María con todo ese vocabulario de ellos meloso y por momentos cursi e insípido.
Entonces, la ciudad vive en un carnaval constante, hablando en un idioma carnavalesco y con una sociedad en la que todo está deformado y travestido. Cambaceres lo explica en sus "Dos palabras del autor":
"Decía, pues, que había tenido los bultos por delante, sólo que, operando en carnaval, en que todo cambia y se deforma, probablemente se deformaron también las lentes de mi maquinaria, saliendo los negativos algo alterados de forma y un tanto cargados de sombra."
Y renglones más abajo:
"También, ¿qué más era de esperarse en circunstancias en que todo anda revuelto, cuando las mujeres se hacen hombres, los viejos muchachos, locos los cuerdos y la noche día?"
Por ende la ciudad ha de convertirse en un escenario inmenso:
"¡Qué más la sociedad que un vasto escenario donde se representan sin cesar millones de farsas, a veces sangrientas, grotescas y ridículas casi siempre!".
De él va a servirse el autor para pensar, no sólo la política del estado liberal y su política de la representación sino también sus ficciones. Para Ludmer: "El teatro y la representación (en tanto performance: espectacularización, ficcionalización, simulación y disfraz) no sólo sirven para pensar la política del estado liberal y su política de representación. Sirven también para pensar sus ficciones, porque lo que Cambaceres escribe cuando funda la novela moderna es precisamente el teatro del estado liberal. Representa teatralmente el mundo privado y escribe los primero cuentos de ‘educación y matrimonio’ de 1.880..."
Periodismo, conversación y chismes
El movimiento estético conocido como naturalismo constituyó una doctrina que llegó a imponerse de manera definitiva en la literatura. Con el liderazgo de Emile Zolá, esta tendencia conformaba una concepción "positivista, determinante y experimental". Llega a observarse una clara influencia de este movimiento en las producciones novelísticas de los "escritores liberales y progresistas de nuestro continente". La pretensión del naturalismo era contar la verdad y justamente esta casta de literatos se hallaba en la búsqueda de nuevas formas de interpretación de la realidad con el fin de poseer las herramientas adecuadas para analizar en forma correcta los vicios que aquejaban a la sociedad.
Para constituir un discurso veraz se debe recurrir a un lenguaje claro y preciso, casi periodístico. El romanticismo había quedado arcaico y no permitía expresarse con propiedad. Cambaceres hace saber esto en el capítulo séptimo cuando burlonamente declara unas nulas dotes de poeta:
"Abrí los ojos: un cuadro encantador ofreciose ante mi vista.
¿Se figuran Uds. Por ventura, que voy a meterme a cantor, empuñando cualquier aparato musical para decir, con melódica voz y en poético metro, el imponente panorama de la pampa, las verdes y dilatadas campiñas, el balsámico ambiente de las agrestes flores, los cielos azulados, las frescas y juguetonas brisas, las avecillas hurañas y canoas, los mansos y caprichosos arroyuelos, o "el gallardo flamenco posado en la laguna entre el verde juncal?"
Se equivocan de medio a medio; no he nacido con cholla de poeta ni cosa que valga."
Y ya en una forma extremadamente clara, en el capítulo noveno:
"Fuera las hipérboles, metáforas y figurones"
Al utilizar una prosa desprovista de "adornos" logra un relato que, más allá de verse en él una posición un tanto extremista, llega a conformarse como un texto absolutamente franco y espontáneo. Cambaceres quiere expresar lo que siente y eso es apreciado sin ninguna duda, de allí justamente deriva su valor literario
El mejor recurso que el autor encuentra para contar su verdad es, para el crítico Jorge Panesi, el chisme. "El chisme es la base sobre la que por entero se asienta la resentida moral y la pedagogía de Pot pourri. El chisme aldeano aniquila las farsantes pretensiones de respetabilidad y muestra lo oculto desde la línea indecisa de un margen que se sustrae y se entrega a lo público."
El chisme es un discurso atípico. Por un lado supone la develación de situaciones vergonzosas que la gente de bien prefiere mantener ocultas. Por otro nos despierta una de las pasiones más morbosas que es justamente conocer esos secretos que no nos importan o no nos deberían importar.
Quizá por ello se dé esa relación masoquista entre el narrador y la comadrona (específicamente "su alma gemela") en la escena del baile del capítulo III. Hay en ella un doble juego de fascinación y rechazo que el protagonista no puede evitar. Le desagrada esa mujer que no para de contar miserias humanas pero le desagrada más saber que ella no es otra cosa que un espejo de sí mismo.
En realidad, el chisme es uno de los recursos más adecuados para contar, y además significa pelear con las mismas armas que el "enemigo"; en esta caso, la mujer.
"El chisme es un arma temida y poderosísima, pero la tradición lo liga con el mundo femenino. Esto no escapa a Cambaceres, ubicado en el sitio intermedio del "comadrón", del "correveidile" o de la mujer chismosa. (...) El chismoso está adentro y afuera del orden, y el chisme femenino esparce un excedente inmanejable: la mujer constituye un punto de exceso, de peligro y de fuga, puesto que es en el matrimonio donde se cifran las alianzas reproductivas y económicas. Comadrón y comadrona, hermanados en la novela, promueven el chisme moral y edificante, el chisme pedagógico cuyo objeto son las intimidades secretas de los matrimonios, o la moral sexual del matrimonio. Se chismea para develar la verdad oculta o las impurezas de las alianzas."
Como se mencionó, el autor de "Pot-pourri" se vale del lenguaje para hacer frente al entorno que lo abruma. Utilizándolo con astucia puede ser una herramienta altamente eficaz; el lenguaje emociona, destruye, embellece. El secreto está en saber adaptarlo a las circunstancias. El buen Fabio lo logra a la perfección, dominando magistralmente los tonos y las expresiones puede cumplir, sin complicación alguna, sus propósitos.
Para Panesi los correlatos del chisme son la causerie y el periodismo. El primero le sirve para seducir y en cierta forma hipnotizar a su interlocutor. Se ilustra este aspecto en el capítulo séptimo, en donde sin escrúpulos el personaje cambia abruptamente el tono hostil que había tenido con su republicano compañero de viaje y fingiendo una sincera simpatía logra hacerse con una parte de los alimentos de este, pagando por ello sólo dos horas de conversación en las que el narrador "habló guaso".
El periodismo, en cambio, será otros de sus objetos de crítica ya que lo considera culpable de un atraso provinciano y de difundir noticias de carácter doméstico y barrial:
"Lo que se quiere es estar al corriente de lo que pasa dentro y fuera, dentro de las novedades políticas, sociales, comerciales, etc., tolerándose, cuando mucho y por excepción, el uso moderado de tal o cual discreta plumada de docto comentario, en asuntos de carácter serio que tal admiten dada su índole. Saber, en una palabra, las noticias del día y eso, depuradas de fiambres, disparates y patochadas, como las que con frecuencia nos vemos obligados a soportar en letras de molde."
(Capítulo VII)
En definitiva, Cambaceres se burla de todo y de todos. Pero el atractivo, el verdadero tour-de-force, es que lo hace dentro del mismo terreno en el que se hallan sus víctimas, hablándoles en sus mismos idiomas en los idiomas de la urbe, en los idiomas de la ciudad.
En definitiva se notan dos claras divisiones en el supuesto idioma de la ciudad. Una concerniente al lenguaje "culto" que supuestamente pertenece a una elite de clase alta y otra al "vulgar" que no es más que un reducido grupo de expresiones dialectales y constituye lo máximo que puede dominar el populacho. El problema surge cuando estas dos concepciones de naturaleza, aparentemente antagónica se entremezclan de manera homogénea formando un todo compacto y en sí mismo muy difícil de disgregar. Ricardo Piglia, en su artículo Armando Discépolo y el argentino contaminado, menciona que "La literatura debía preservar y defender la pureza del lenguaje frente a la mezcla, la disgregación y el entrevero producido por los inmigrantes. El estilo literario se convierte en el modelo de la lengua nacional. El que encarna como nadie esa nueva función del escritor como custodio y propietario del lenguaje es Leopoldo Lugones. ‘La posesión del idioma es esencial en la constitución de la patria’, escribe. ‘La uniformidad del idioma expresa la solidaridad espiritual de la nación. Me opongo a la demagógica pretensión que atribuye al uso de la plebe una importancia capital en la formación del idioma. Todo idioma es obra de cultura realizada por los cultos. La corrección del idioma figura siempre entre los deberes de la aristocracia porque es un elemento importante del patrimonio nacional.’"
Pero lo cierto es que esa obra de cultura aun no ha sido cronológicamente llamada a nacer. El idioma sigue siendo tan sólo una utopía. La sociedad no lo conoce. En todo caso lo que la aristocracia puede hacer es simularlo. Lo hablan, pero en forma errónea. Amoldan lenguajes extranjeros a otros contextos lo que produce un continuo desplazamiento de significantes y una deformación de su sentido original. Como pareciera ilustrarlo Cambaceres:
"A las dos de la mañana, el high-life se manda a mudar a su casa en todas partes donde se cuecen habas; pero, según parece, para nuestro high-life es de high-life hacer cosas al revés del high-life."
(Capítulo XIV)
Para Borges hay un "no escrito" idioma de los argentinos que "sigue diciéndonos, el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de nuestra conversada amistad."
De esta habla autóctona quizá haya sido el mismo Cambaceres quien esbozó los primeros renglones. Este intento se traduce en una argentinización de la cultura europea. Para Josefina Ludmer, "Cambaceres no sólo nacionaliza las lenguas extranjeras sino todo lo que toca: argentiniza al dandy (Pot pourri, 1882), argentiniza, otra vez con el dandy, la sexualidad y la enfermedad de fin de siglo..."
Así pues, el idioma de los argentinos queda como una gran incógnita, en donde "el deber de cada uno es dar con su voz". Puede que nuestra lengua aun se halle en proceso de formación y quizá su principio sea justamente esta novela. La obra que purgó un dandy como fruto de horas ociosas y que en un principio tuvo el mero propósito de hacer reír pero que por el contrario, tan sólo consiguió hacer rabiar.
Koza, Walter Adrián
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