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Atomos - El corazón de toda la materia

Enviado por ivan_escalona



  1. ¿De qué modo y de qué está hecho el Mundo?
  2. El átomo
  3. El átomo y el elemento
  4. Dalton encuentra la clave
  5. "Las pequeñas masas" de Avogadro
  6. Las partículas eléctricas
  7. Un nuevo elemento fascinante
  8. El átomo divisible
  9. La energía proveniente del átomo
  10. El átomo vacío
  11. El núcleo y sus satélites
  12. El neutrón rompe el átomo
  13. La bomba nuclear
  14. El maravilloso futuro atómico
  15. El magnetismo
  16. La Tierra es un imán
  17. Algunos experimentos con el magnetismo

¿De qué modo y de qué está hecho el Mundo?

Actualmente se esta retornando o tratando de regresar a los combustibles tradicionales y a decir que se esta consciente del problema ecológico; Después de los malos manejos y los problemas acaecidos con la energía nuclear (Chernobyl, pro ejemplo) y de que no se pudo dominar al 100% este tipo de energía solo nos queda recordar y esperar tecnologías más seguras.

Nos tocó conocer la Era Atómica, un período de la historia que se inició en el año 1945 con las explosiones de las bombas nucleares construidas con fines bélicos. Esas explosiones, las fuerzas más poderosas que el hombre había desencadenado hasta aquella época, eran la respuesta que había intrigado a los hombres de ciencia y a los filósofos durante más de dos mil quinientos años, o sea: "¿De qué modo y de qué está hecho el mundo?"

Los primeros hombres que intentaron hallar la respuesta a dicha pregunta fueron los griegos, quienes se esforzaban por encontrar explicaciones según su lógica a todos los misterios de la naturaleza. Algunos, llegaron a conclusiones extrañas. Aproximadamente en el año 600, antes de la era cristiana, Tales de Mileto, un filósofo griego, aseveró que el agua era la sustancia para los mares y todas las cosas líquidas, otra más sólida, para los objetos duros como las piedras, etc. Poco después, otro pensador griego anunció que la teoría de Tales era descabellada: era evidente porque todos los objetos estaban formados de agua y aire.

Otro hombre sostuvo que la materia primaria o elemento del mundo era el aire, y otro más afirmó que se equivocaban: los objetos estaban integrados por fuego. La situación continuó así, y una teoría sucedía a otra.

Años después, Demócrito dijo -la tierra, el cielo, los océanos, la vegetación y todos los seres vivientes-, está integrado por pequeñísimas partículas, agrupadas compactamente como las abejas en una colmena. Demócrito llamó átomos a esas partículas, palabras griega que significa "indivisible", o sea que no se puede separar. Esta teoría de las partículas, aparentemente absurda, fue atacada nada menos que por Aristóteles, el célebre filósofo, uno de los más grandes pensadores griegos que han existido. Desacreditó en forma tal la teoría de Demócrito, que tuvieron que transcurrir más de dos mil años antes de que los hombres de ciencia volvieran a tomarla en consideración.

Cuando lo hicieron, comprendieron que un solo detalle en la teoría de Demócrito era el que la había hecho apartarse de todas las extrañas teorías que la habían precedido. Hasta cierto punto, por lo menos, Demócrito tenía la razón.

EL ATOMO

Como sabemos, Demócrito confundió los átomos con lo que ahora llamamos moléculas, pero iba por buen camino al afirmar que eran pequeñísimos. Actualmente, sabemos que las moléculas son masas diminutas formadas por átomos. Tanto las moléculas como los átomos son tan pequeños, que es difícil imaginar su tamaño.

Sólo hay unas cuantas especies distintas de átomos -más de cien según la tabla periódica actual-, pero con ellas se pueden obtener muchas clases diferentes de moléculas, así como todas las palabras del idioma español se pueden escribir con sólo veintiocho letras.

Para imaginar el tamaño de un átomo, observemos un grano de azúcar. A unos metros de distancia, dicho trozo de azúcar no se puede apreciar. Sin embargo, contiene millones de moléculas, y cada una de ellas está formada por cuarenta y cinco átomos.

Si existiera un microscopio tan potente, por medio del cual apareciese amplificado un grano de azúcar al tamaño de la Tierra, se podrían ver las moléculas que lo integran, presentando cada una de ellas el tamaño de una casa. Además, se podrían apreciar, del tamaño de una habitación, los cuarenta y cinco átomos que contiene cada molécula de azúcar.

Pero existe algo mucho más pequeño que un átomo. Se llama núcleo, y está situado en el centro de cada átomo; es tan visible como una partícula de polvo en medio de la habitación de nuestro ejemplo anterior, y si esto es difícil de creer, añadiremos que cada núcleo está integrado por partículas aún más diminutas, llamadas protones y neutrones.

Se podría suponer que, cuando un objeto es tan pequeño, no tiene caso tomarlo en consideración, pero eso es erróneo, ya que cuando los protones y los neutrones del interior de un átomo son fusionados o fisionados, es cuando se obtienen cantidades inmensas de energía liberadas por bombas nucleares y de hidrógeno, **** las estaciones generadoras de energía nuclear y todas las demás maravillas de la Era Atómica.

Para todos nosotros, la desintegración del núcleo de un átomo fue uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida. Los átomos son los "ladrillos" de que están hechos todos los objetos que nos rodean, y su desintegración se está convirtiendo en el hecho central de nuestra existencia diaria. En los años venideros, la desintegración y la fusión de los átomos harán funcionar nuestra industrias y proporcionarán la energía de las gigantescas embarcaciones y de las enormes aeronaves. Nos podrán ayudar a curar muchas enfermedades, conservan durante largo tiempo y en buen estado los alimentos, a combatir las plagas de insectos, y otras muchas cosas que serían largas de enumerar.

Pero quizá lo más asombroso es que todas esas maravillas provienen de la desintegración de un objeto que nadie, hasta el día de hoy, ha llegado a ver, un objeto que los hombres de ciencia al principio suponían que existía, por que sin él, no había forma alguna de explicar como la tierra y los objetos que hay en ella llegaron ha ser tal y como son.

EL ATOMO Y EL ELEMENTO

Aproximadamente del año 400 antes de J.C. hasta fines de 1500, en átomo fue olvidado. Aristóteles había creído que toda la materia estaba hecha de cuatro "elementos": fuego, agua, tierra y aire, una teoría que no difería en mucho de las de Tales de Mileto y de otro filósofos. Como Aristóteles era un sabio, la gente aceptaba la teoría de los cuatro elementos y el avance del estudio de la materia quedó estancado durante varios siglos. (La teoría de Aristóteles de los cuatro elementos aún subsisten en el viejo dicho: "Desafía los elementos", palabras que se emplean durante un hombre sale a la calle cuando sopla en viento y cae la lluvia).

Durante todo el período que estuvo dominado por la teoría de Aristóteles de los cuatro elementos no hubo hombres de ciencia tal como los conocemos hoy. Es decir, no hubo químicos que se dedicaran a investigar los secretos de la materia, había, en cambio, alquimistas, personas que buscaban la forma de transformar el plomo, un metal barato y abundante, en oro, para que sus amos se enriquecieran. Aristóteles sugirió que eso podría ser posible, ya que, según él, todos los metales estaban formados de los mismos cuatro elementos.

Finalmente, casi dos mil años después de Aristóteles, un joven matemático Italiano llamado Galileo empezó a analizar todas las teorías antiguas.

Lo más importante de aquello resultó que él, por medio de sus experimentos, ofreció probar que muchas de las teorías científicas de Aristóteles eran erróneas. Su contribución al descubrimiento de la naturaleza del átomo fue lograr persuadir a los hombres de ciencia de su época de que solo aceptaran como validas todas aquellas teorías e ideas que pudieran ser probadas experimentalmente

Lenta y laboriosamente, la química regresó al camino recto del que se había apartado. En el siglo XVII, un francés llamado Pierre Gassendi sugirió que la teoría atómica de Demócrito podría ser cierta. Al pasar el tiempo, más hombres empezaron a estar de acuerdo con él, pero era difícil creer en los átomos, porque todos se topaban con una serie de preguntas desalentadoras: "¿Cómo son los átomos?" "¿Qué aspecto tienen?" "¿Qué los mantiene agrupados?" "¿Existen tantas clases diferentes de átomos como objetos distintos hay en el mundo?""¿Están formadas todas las cosas de la Tierra por una misma clase de átomos, sólo que esto están agrupados en forma distinta?".

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Cincuenta años después de que Gassendi había despertado el interés de todos, Roberto Boyle, un investigador irlandés, aportó nuevas ideas acerca del misterio del átomo. Combinó la teoría de Aristóteles de la existencia de los elementos con los métodos de prueba de los alquimistas, quienes habían intentado infructuosamente obtener oro combinando metales más baratos. Boyle hizo aquellos experimentos, no porque quisiera hacerse rico, sino porque tenía el espíritu de curiosidad de un científico. Gradualmente, empezó a darse cuenta de que, así como existían ciertas substancias que no podían hacerse combinando otras, había muchas que sí tenían dicha propiedad. Por ejemplo, que el bronce se podía obtener fundiendo juntos el zinc y el cobre, que las sales se podían producir combinando los ácidos con los álcalis, que otras substancias se podían separar para obtener substancias más simples, y que lo mismo era cierto respecto del cobre y del mercurio. ¿A qué se debía ese fenómeno? ¿Sería acaso porque había substancias más simples que otras? Boyle llegó a la asombrosa conclusión de que todos los objetos existentes en la naturaleza estaban hechos de un número limitado de substancias simples, y a éstas, les dio el antiguo nombre griego: elementos.

Pero lo que era un elemento, debía ser determinado por experimentos químicos, no por la filosofía, como Tales de Mileto y Aristóteles habían intentado hacerlo. Todas las substancias que no eran elementos, incluyendo el aire y el agua, debían estar integradas por elementos distintos, combinados o mezclados.

Fue una teoría brillante y, además era cierta. La química, después de la época de Boyle, tuvo que enfrentarse con muchos misterios insondables, pero marchaba ya que el camino recto.

ESTOS ELEMENTOS ERAN CONOCIDOS EN LA EPOCA EN QUE VIVIO BOYLE.

Elementos conocidos, Año 100 a. de C.

Elementos agregados,

Hacia 1600

Fósforo descubierto

Por Brendt en 1669

Oro

Plata

Zinc

Estaño

Antimonio

1674: Mayow comprobó que el aire está formado de dos componentes

Plomo

Bismuto

Cobre

Arsénico

Mercurio

Hierro

Carbono

Referencia hecha en 1557 a un

"metal insoluble", el platino

(entonces sin nombre)

1700: Hidrógeno

Azufre

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DALTON ENCUENTRA LA CLAVE

Una vez que Boyle hubo mostrado el camino, hubo una efervescencia de actividad científica en toda Europa. Muchos elementos nuevos surgieron. Cavendish y Priestley descubrieron el hidrógeno y el oxígeno. Lavoisier, de nacionalidad francesa, encontró el nitrógeno, Scheele, un alemán, descubrió el cloro. Al contrario del oro, de la plata, del azufre, del fósforo y de otros elementos identificados por Boyle, todos los cuales eran sólidos, estos nuevos elementos eran gaseosos: algunos incoloros e invisibles, otros, como el cloro, eran de olor irritante y color peculiar.

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También se descubrió que cuando dos de esos gases, el hidrógeno y el oxígeno, se combinaban, se obtenía agua, la cual era un líquido. Y lo que era lo más asombroso, siempre se combinaban exactamente en las mismas proporciones, es decir, que para transformar el hidrógeno en agua, debían combinarse un kilogramo de hidrógeno y ocho kilogramos de oxígeno. Por lo tanto, el agua pura siempre tenía la misma composición: ocho partes (en peso) de oxígeno y una (en peso) de hidrógeno. Este mismo patrón se observó cuando otros elementos se mezclaban para formar, combinaciones o compuestos, como después se les llamó. Cuando el sodio y el cloro se combinaban para formar sal, o el carbón y el oxígeno se unían para formar bióxido de carbono, la proporción en que intervenían cada uno de los elementos era siempre constante, es decir, la misma.

Pero, ¿por qué? ¿Qué fenómeno asombroso ocurría cuando el oxígeno se unía con el hidrógeno? Los químicos podían mezclar otros elementos, digamos, el hidrógeno y el cobre, y no obtenían absolutamente nada. Los descubrimientos se habían sucedido en abundancia y en forma rápida, pero ninguno de ellos tenían sentido. En alguna parte debía estar la clave, una explicación que permitiera reunir todos los pedazos y juntarlos.

Juan Dalton, un profesor inglés, fue quien dio la clave. La explicación era el átomo, la antigua teoría de Demócrito.

Dalton sabía que cuando varios elementos se observaban al microscopio, aparecían en diversas formas cristalinas. Los cristales del oro siempre eran iguales, los del cobre también lo eran, pero los cristales del oro y del cobre eran muy distintos entre sí. Por lo tanto, llegó a la conclusión de que los átomos de estas substancias debían tener las mismas características: todos los átomos del oro tenían parentesco, al igual que los del cobre, pero dos clases distintas de átomos no presentaban similitud entre sí.

Los compuestos, como el agua, debían ser agrupaciones regulares de átomos, pero de distinta clase. El agua sería entonces una combinación de átomos de oxígeno y de hidrógeno. Y, dijo Dalton, la razón de que ocho gramos de oxígeno siempre se combinan con un gramo de hidrógeno, debe ser que ocho gramos de oxígeno deben tener el mismo número de átomos que uno de hidrógeno. Por lo tanto, concluyó Dalton, el agua consta de un número incalculable de átomos dobles: un átomo de hidrógeno combinado con uno de oxígeno, siendo este último ocho veces más pesado que cada uno de los átomos de hidrógeno. Era una idea sencilla y maravillosa. Sin este impulso, dado en la dirección adecuada, la ciencia aún estaría dando traspié en un camino de confusión. Por haber formulado esta teoría, a Dalton se le considera el fundador de la moderna teoría atómica.

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"LAS PEQUEÑAS MASAS" DE AVOGADRO

Había una posibilidad de error en la teoría de Dalton. Él había calculado que los átomos de oxígeno pesaban ocho veces más que los de hidrógeno, y que el agua, los números de las dos clases de átomos eran iguales.

Pero supongamos que el óxido pesa, digamos, treinta y dos veces más que el hidrógeno. Entonces, debería haber cuatro átomos de hidrógeno por cada uno de oxígeno por cada uno de oxígeno para explicar la proporción de ocho a uno. Esto no era imposible: la proporción de uno a uno era, en particular, incierta, debido al hecho de que en determinados casos existían dos elementos que formaban varios compuestos diferentes: la proporción de uno a uno obviamente no podía ser exacta ni aplicable para todos los elementos.

Nadie conocía los verdaderos pesos relativos de los átomos de diversos elementos, y nadie podía decir categóricamente cómo los átomos se agrupaban en los compuestos.

Este problema fue finalmente resuelto en 1811 por Amadeo Avogadro, un gran físico italiano. Muchos años antes, Roberto Boyle había hecho un descubrimiento interesante: supongamos que un gas, como el hidrógeno o el oxígeno, se coloca en una botella. El gas ejercerá una ligera presión contra las paredes del frasco. Ahora bien, si la misma cantidad de gas, mantenida a una temperatura uniforme, se introduce en una botella de la mitad de tamaño que la anterior, se encuentra que el gas ejerce doble presión contra las paredes del recipiente.

A este principio se le dio el nombre de Ley de Boyle. En lenguaje común y corriente, expresa que cualquier cantidad de gas encerrada en un recipiente duplicará su presión si se le comprime a la mitad de su volumen, la triplicará en la tercera parte de su volumen, y así indefinidamente, siempre que la temperatura se mantenga constante en cada caso.

Al aplicar la Ley de Boyle como base de sus experimentos, Avogadro hizo una inspirada conjetura: si dos gases se colocan en unos recipientes del mismo tamaño y se someten a una temperatura uniforme, y se ejerce la misma presión, entonces, debe haber el mismo número de partículas gaseosas en cada frasco. Según esto, para averiguar cuánto pesaba un átomo de oxígeno comparado con uno de hidrógeno, pesó cantidades iguales de oxígeno y de hidrógeno y calculó, por este nuevo método, el peso de cada uno de estos elementos.

El oxígeno pesaba dieciséis veces más que el hidrógeno, y para hacer agua(ocho veces más de oxigeno, en peso, que de hidrógeno), dos átomos de hidrógeno tenían que unirse con un átomo de oxígeno. Los químicos abrevian los nombres de los elementos identificándolos por sus iniciales, el oxígeno se conocen por las letras O y H, respectivamente. Dalton había sugerido que el agua estaba hecha de HO, expresando un átomo de H y uno de O. Ahora, Avogadro había descubierto que la fórmula correcta era H2O. La agrupación de los átomos era más compleja de lo que Dalton había pensado. Y se descubrió mucho después que en ciertos compuestos era aún más compleja. Una molécula de azúcar, por ejemplo, se compone de cuarenta y cinco átomos: doce de carbono (C), veintidós de hidrógeno (H) y once de oxígeno (O). Escrito en forma científica, esto es: C12H22O11. Semejantes racimos de átomos necesitaban nombre, y Avogadro lo acuñó: "moléculas" o "masas pequeñas".

Por fin, los hombres empezaban a descubrir las respuestas a la pregunta: "¿De qué y de qué modo está hecho el mundo?" Toda la materia está formada de elementos y compuestos. Los elementos están constituidos de moléculas y átomos. Los compuestos están formados de clases diferentes de átomos, agrupados en moléculas.

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LAS PARTICULAS ELECTRICAS

En los cincuenta años siguientes a los experimentos de Avogradro, se supo mucho acerca de la química y de la física. Se descubrió que tanto los átomos como las moléculas están en continuo movimiento, efectúan grandes recorridos en los líquidos y en los gases y vibran apenas en los sólidos. Muchos nuevos elementos fueron descubiertos. Cada uno, por supuesto, tenía su propio átomo, y cada cual tenía un peso distinto al de los demás.

Sin embargo, muy poco se hizo durante ese tiempo para explorar más profundamente en la estructura básica y en la función interna del átomo. De pronto, la investigación del átomo empezó a desarrollarse rápidamente. En el año 1900, los hombres de ciencia conocían la fuerza que hacía que los átomos se mantuvieran agrupados en moléculas. Avanzaban ahora dentro de campos más nuevos e interesantes, en forma tan rápida, que los experimentadores apenas se podían mantener al tanto de los conocimientos de los demás.

En el fondo de este avance repentino yacía una fuerza que había sido conocida antes que el propio átomo: la electricidad. Fue Tales de Mileto el que le dio nombre a la electricidad. Tales había observado que, al frotar el ámbar, una substancia resinosa amarilla, se producía una fuerza capaz de atraer pequeñas partículas de tela y de otros materiales hacia el ámbar. Tales llamó electricidad a esa extraña fuerza, palabra que en griego significa fricción, elektron.

Posteriormente, los hombres de ciencia descubrieron que muchos otros objetos podían producir la misma atracción cuando se frotaban unos con otros. Además, averiguaron que aquello que causaba dicha atracción -lo que fuera la electricidad- podía conducirse a lo largo de un alambre.

Descubrieron también otro extraño fenómeno: a veces, en vez de atraerse la una o la otra, las substancias que contenían electricidad se repelían, es decir, se rechazaban. Benjamín Franklin, el que no sólo fue un propulsor de la independencia americana, sino el primer científico famoso de América, llegó a la conclusión de que había dos clases de electricidad.

A una, la llamó "negativa" y a la otra "positiva". Las substancia con cargas de electricidad negativa se rechazaban entre sí, e igual sucedía con dos substancias con cargas positivas. Pero una carga negativa y otra positiva se atraían una a la otra.

Franklin también trató de averiguar qué originaba las fuerzas eléctricas. "Quizá -dijo- la electricidad es una clase de materia y tal vez la materia eléctrica está formada de partículas".

Casi cien años después de la muerte de Franklin, la primera prueba llegó en la forma de un asombroso descubrimiento. Si las terminales positivas y negativas se colocaban en una solución de agua con sal, las burbujas de hidrógeno se desprendían de la terminal negativa y las de oxígeno de la terminal positiva, y después de un rato, el agua desaparecía. La electricidad separaba las moléculas del agua, disociando sus átomos y descomponiendo el agua en los elementos que la constituyen: hidrógeno y oxígeno.

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La corriente eléctrica anulaba, en alguna forma, lo que mantenía unidas las moléculas. Desde los descubrimientos de Dalton, los hombres de ciencia habían estado preguntándose acerca de la fuerza que mantenían unidos los diferentes átomos de una molécula. Ahora, parecía que aquella fuerza era la electricidad. Por vez primera, los investigadores empezaron a pensar que el átomo podía contener cargas eléctricas. Los átomos en sí son neutros: no contienen carga positiva ni negativa. Pero en su interior existen ambas clases de electricidad, claro está que en cantidades iguales.

A fines del siglo XIX, los científicos empezaron a experimentar, haciendo pasar corrientes eléctricas por un tubo de vidrio, del cual había extraído previamente el aire. Obtuvieron resultados curiosos. En primer lugar, un extraño brillo aparecía en uno de los extremos del tubo. Unos rayos de cierta clase brotaban de la punta del alambre (llamado electrodo) situado en un extremo, e iluminaban el vidrio en el otro extremo. Además, pronto fue evidente que aquellos rayos no eran luminosos como los que conocían. Un imán colocado junto al tubo los hacía cambiar de dirección, y los imanes no tienen poder de atracción sobre la luz. Aquéllas debían ser partículas con carga: las mismas partículas de electricidad de que Franklin había hablado hacía más de cien años. Los hombres de ciencia los llamaron "electrones".

Más tarde se descubrió que algunos tubos producían otros rayos que no podían ser desviados por un imán.

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Un día, en 1895, un científico alemán llamado Guillermo Roentgen experimentaba con los rayos de electrones, cuando observó que una pantalla de papel, colocada cerca del tubo, se iluminaba con un brillo fluorescente. Roentgen interpuso la mano entre los rayos y la pantalla. Para su asombro, la sombra de su mano no apareció como la esperaba, sino que se veían los huesos. Unos rayos invisibles atravesaban la carne e iluminaban la pantalla, pero una buena cantidad de ellos eran detenidos por los huesos para producir una sombra clara de la parte ósea de la mano. Roentgen había descubierto los rayos X.

El descubrimiento de Roentgen revolucionó el diagnóstico de las enfermedades del hombre. El mundo de la medicina apreció rápidamente la gran ventaja de poder observar la posición de los huesos y los órganos humanos, sin tener que recurrir a la cirugía.

Además de reproducir una imagen en la pantalla, los rayos Roentger podían imprimir una foto sobre el papel fotográfico.

Poco después del descubrimiento de los rayos X, Enrique Becquerel, un científico francés, hizo otro descubrimiento importante. Becquerel se había interesado por un elemento relativamente poco conocido, llamado uranio, porque poseía ciertas propiedades peculiares, las cuales le hacían pensar que tenían relación con los rayos X de Roentgen.

En aquella época se sabía que, cuando el uranio se agregaba a otras substancias para formar sales de uranio, las sales despedían un leve brillo o fluorescencia, durante unos instantes, al exponerlas a la luz solar. Becquerel descubrió que el uranio, así como todos sus compuestos, despedían rayos, los que, al igual que los rayos X, velaban el papel fotográfico aunque estuviera envuelto. Además ofrecía otro detalle curioso: era un elemento que despedía rayos, sin razón aparente.

Becquerel había descubierto la radiactividad, aunque tuvieron que pasar muchos años antes de que el proceso fuera cabalmente comprendido. Sin embargo, en la época de Becquerel, aquel descubrimiento fue otro paso en la marcha hacia la Era Atómica.

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UN NUEVO ELEMENTO FASCINANTE

Enrique Becquerel hizo otro descubrimiento casi tan importante como el de haber observado los rayos que despedía el uranio. Cuando probó el mineral del que se obtenía el uranio, observó que desprendía una radiación más fuerte que el uranio puro. Ningún elemento, de los que se conocían entonces, emitía tales rayos. Podía, por lo tanto, ser un elemento desconocido que se encontrase entre el mineral de uranio, y uno que ofrecía posibilidades fascinantes. Pero existía una enorme dificultad: ningún análisis químico, efectuado hasta entonces, había revelado la presencia de aquel misterioso elemento.

La búsqueda, una de las más dramáticas en la historia de la ciencia, fue encabezada por una pareja de investigadores: el físico francés Pedro Curie y su esposa María, de nacionalidad polaca. Los dos consiguieron una tonelada del mineral de Becquerel y empezaron a hacer ensayos.

Comprobaron y descartaron muestra tras muestra, extrayéndole sus impurezas, tratando de eliminar todo, excepto la parte del mineral que emitía radiactividad. Trabajaron paciente y laboriosamente, hasta que habían ensayado con casi toda la tonelada del mineral. Poco después, no quedaba sino una pequeña cantidad del elemento llamado bismuto, el cual contenía ciertas impurezas. Las propiedades químicas del bismuto eran bien conocidas: eran las impurezas las que atraían el interés de los esposos Curie.

Una de las impurezas resultó ser un nuevo elemento radiactivo, el cual, tal y como Becquerel lo había predicho, despedía mayor radiación que el uranio. María Curie le dio el nombre de polonio, en honor de su patria. Era un descubrimiento maravilloso, pero sólo aumentaba su curiosidad, pues los residuos del mineral descartado despedían más radiaciones que el propio polonio.

Por fin, casi cuatro años después de iniciarse la búsqueda, los dos científicos encontraron la substancia misteriosa: un elemento tan poderoso que, cuando Becquerel se lo echó en el bolsillo, sufrió una grave quemadura. Debido a sus rayos, los esposos Curie llamaron radio al nuevo elemento. Su larga y minuciosa búsqueda en una tonelada de mineral había producido sólo unos cuantos cristales de la substancia, casi tan pocos como los que se obtienen al sacudir una sola vez un salero.

En los años que siguieron, se encontraron muchas aplicaciones para el radio. Una de sus propiedades físicas era que permanecía más caliente que el medio que lo rodeaba, es decir, que no sólo emitía radiaciones, sino que desprendía calor. Algún día, los hombres de ciencia hallarían la explicación de ese calor misterioso, y su hallazgo conduciría a nuevos y asombrosos descubrimientos.

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EL ATOMO DIVISIBLE

Al usar el radio, con sus potentes rayos, los hombres de ciencia aprendieron muchas cosas que les intrigaban. La más importante se refería a los propios rayos. Los investigadores pusieron un trozo de radio en una caja de plomo en la que había un diminuto agujero. Los rayos no atravesaban el plomo, pero una porción de ellos escapaban continuamente por el agujero. Al igual que los rayos de la electricidad circulando dentro de un tubo en el cual se había hecho el vacío, los rayos del radio se desviaban ante la presencia de un imán, o por lo menos, algunos lo hacían, otros, se desviaban en la dirección opuesta, y otros más avanzaban sin desviarse, como si no existiese el imán.

Las dos clases de rayos que se desviaban recibieron los nombres de las dos primeras letras del alfabeto griego: rayos alfa y rayos beta. A los rayos que no sufrían desviación alguna se les llamó rayos gamma, nombre de la tercera letra griega. Posteriormente las investigaciones demostraron que los rayos negativos, los beta, eran electrones, pero que se desplazaban más velozmente que cualesquiera de los rayos conocidos hasta entonces, y que los rayos gamma, al igual que los rayos X de Roentgen, avanzaban en línea recta sin sufrir alteración alguna por la fuerza magnética.

Los rayos alfa eran algo nuevo y enigmático. Eran comparativamente lentos y no podían penetrar tan profundamente como, por ejemplo, los rayos gamma. Nadie había visto nada que se les pareciera.

Finalmente, unos científicos encabezados por sir Ernest Rutherford, de Nueva Zelanda, y un inglés, Federico Soddy, encontraron de dónde procedían aquellos rayos, y, al lograrlo, identificaron al rayo alfa.

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La radiactividad, el proceso que hace emanar los rayos, no era sino la desintegración de los átomos, dijeron los dos físicos. Esos átomos particulares estaban fuera de equilibrio, o, empleando el término científico, eran inestables, como una torre de naipes que tiene demasiadas cartas en uno de sus lados. Al igual que las torres de naipes, los átomos radiactivos se caían, y las tres clases de partículas se formaban cuando los átomos se desintegraban.

En cuanto a la naturaleza de la partícula alfa, la explicación era sencilla, pero sensacional a la vez. Se había encontrado que esa partícula pesaba cuatro veces más que el átomo de hidrógeno. El helio ionizado - un átomo que se ha convertido en una partícula ionizada- era precisamente lo que la partícula alfa resultó ser. El átomo de radio estaba produciendo un elemento totalmente diferente cada vez que emitía una partícula alfa. Y lo que era más, es que otro elemento -el que nunca antes se había descubierto- quedaba del elemento original. Cuando un átomo de radio se desintegraba, formaba un átomo de helio y un átomo del nuevo elemento, al que se le llamó "radón". El peso atómico del radio era 226, el del helio, 4, y el del radón, 222.

Fue entonces cuando los científicos comprendieron que el átomo lo habían estado llamando con un nombre erróneo durante muchos años. No era, como Demócrito lo había creído, un objeto diminuto que no podía ser dividido en partes más pequeñas. No sólo era posible dividir los átomos de radio, sino que era imposible evitar que ellos mismos se dividieran.

LA ENERGIA PROVENIENTE DEL ATOMO

En esta etapa, un destacado físico llamado Alberto Einstein entró en escena con una teoría que revolucionó la ciencia. Lo que hace que los motores funcionen, los árboles crezcan, los hombres caminen y las bombas estallen era conocido por los científicos como energía. La teoría de Einstein era sencilla: todos los objetos que hay en la Tierra contienen energía, y toda la materia y toda la energía son equivalentes, es decir la materia es energía en estado estable.

Además, Einstein encontró la forma de calcular esa energía. Para determinar cuánta podía haber en un átomo, multiplicó la velocidad de la luz por ella misma, o sea, la elevó al cuadrado, luego, multiplicó el resultado obtenido por la masa del átomo. Cuando expresó su teoría por medio de una fórmula concisa, ésta resultó ser: E=mc2, en la cual, E representa la "energía", m la masa en gramos y c la velocidad de la luz en centímetros por segundo. Al elevar a la segunda potencia la velocidad de la luz, ésta resulta ser aproximadamente de ... 900,000,000,000,000,000,000 cm2/seg2.

Según dicha fórmula, veintiocho gramos de materia convertida en energía, mantendría encendida una bombilla de cien vatios durante un millón de años.

En otras palabras, Einstein mencionaba la energía atómica por vez primera.

Era aparente que una clase de átomo, por lo menos, estaba liberando un poco de su energía. El ligero ascenso de temperatura que había sido apreciado en el radio, significaba que la materia activa estaba en movimiento en el interior de la masa, y que la poca que había escapado en forma de radiación estaba generando calor, el cual es una forma de energía.

Fue en 1905 cuando Einstein dio el primer paso en el camino que llevaría a gobernar la energía atómica. Habían transcurrido 2500 años para que la teoría de Demócrito se desarrollara y llegara a ese punto, y casi un siglo había pasado desde que Dalton empezara a explorarla científicamente.

(Einstein fue el primer científico en comprender que la materia era energía "congelada").

Pero, cuarenta años después de formular Einstein su teoría, la ciencia atómica se ha desarrollado a una velocidad vertiginosa.

Mientras los investigadores se encaminaban hacia el período más dramático de la ciencia atómica, ¿qué era lo que en realidad conocían acerca del átomo? He aquí, nuevamente, los datos con los que tenían que trabajar.

Los hombres de ciencia habían descubierto que los sólidos, los líquidos y los gases, o todo, en otras palabras, era un elemento, la substancia más simple, o un compuesto, constituido por dos o más elementos. (O también una mezcla, en la cual dos o más elementos intervenían, pero que se mantenían separados, como la arena y el agua). Los "ladrillos de construcción" de los elementos eran átomos sencillos. Los bloques de los compuestos eran moléculas, constituidos por dos o más átomos mantenidos unidos por cierta atracción eléctrica. Unos elementos eran radiactivos, o sea que sus átomos se encontraban fuera de equilibrio y que despedían partículas alfa con cargas positivas (o átomos de helio), partículas beta con cargas negativas, y rayos gamma (similares a los rayos X) que carecían de cargas eléctricas. Este proceso ponía en libertad energía y si era posible hacer que del átomo emanara energía cuando se deseara, la fuerza resultante sería mucho más potente que cualquier otra conocida hasta entonces.

(Si un gramo de materia se transformara en energía, proporcionaría aproximadamente 1,000,000 de kilovatios durante un día o mantendría encendida una bombilla de 100 vatios durante 40,000 años).

FIGURA PAG. 32 Un átomo está formado principalmente de espacio vacío.

EL ATOMO VACIO

En 1911, sir Ernest Rutherford, el científico neozelandés, que había contribuido a explicar la radiactividad, intentó un experimento.

Rutherford colocó un trozo de radio en una caja de plomo, en la que previamente había hecho un agujero, y dispuso las cosas en forma tal, que un flujo constante de partículas alfa saliera por el agujero. De manera que interceptara dicho flujo, puso una pantalla de vidrio, tratada con substancias químicas fluorescentes, como lo hiciera Roentgen, para que al chocar las partículas contra ella, se iluminara. Entre la caja de plomo y la pantalla, en medio de la trayectoria seguida por las partículas, colocó una lámina de oro extremadamente delgada. No obstante su escaso grosor, éste parecía suficiente para detener las partículas alfa, como una pared detiene un chorro de agua, ya que estaba constituida por centenares de átomos. Pero aquello no dio el resultado que se buscaba: las partículas alfa atravesaron la laminilla, como si los átomos de oro no fueran sino espacio vacío.

Pero no todas las partículas lograron pasar. Rutherford colocó otra pantalla fluorescente en uno de los lados, y en ella aparecieron reflejados unos diminutos corpúsculos luminosos, señal evidente de que unas cuantas partículas rebotaban en los átomos de oro y formaban "chispas" en la pantalla lateral. Otras partículas rebotaban también, pero iban a parar de nuevo a la caja de plomo.

Rutherford contó el número de partículas que atravesaban la pantalla y el número de las que rebotaban, y entonces hizo público el mayor descubrimiento concerniente a la constitución del propio átomo.

"La razón por la que la mayoría de las partículas pasan a través de los átomos de oro -dijo Rutherford-, es que los átomos son casi espacio vacío, pero cada uno contiene un centro diminuto con carga eléctrica positiva. Cuando las partículas alfa, también con cargas positivas, se acercan al centro, son rechazadas, ya que las cargas positivas se rechazan unas a otras. Algunas veces las partículas se desvían de su trayectoria recta y otras, son rechazadas violentamente en la dirección de donde vienen. A juzgar por el número de ocasiones en que una partícula acierta a chocar, el centro debe ser cincuenta mil veces más pequeño que el resto del átomo".

Rutherford llamó a este centro el núcleo del átomo. La ciencia tenía ahora un nuevo objeto que estudiar, uno que era sumamente importante.

FIGURA PAG. 33 (Rutherford disparó rayos alfa sobre una lámpara de oro y encontró que éstos rebotaban en todas direcciones).

FIGURA PAG. 34 Y 35 (En el experimento de Rutherford, la mayoría de las partículas alfa atravesaban la lámina de oro, por que los átomos son espacio casi vacío. Cuando las partículas pasaban cerca de los diminutos núcleos de los átomos de oro, eran rechazadas violentamente.

FIGURA PAG. 36 (Una esfera atada a un cordel gira y tiende a escapar debido a su momento de inercia. Los físicos clásicos creían que ese mismo efecto era el que evitaba que los electrones se precipitaran sobre el núcleo del átomo).

EL NUCLEO Y SUS SATÉLITES

A través de toda la historia del átomo había parecido que cada nuevo descubrimiento conducía a nuevas incógnitas. La primera que despertó el descubrimiento de Rutherford fue en particular desconcertante: si el núcleo, el diminuto corazón del átomo, estaba rodeado de un espacio cincuenta mil veces mayor que él, ¿por qué no todos los átomos existentes en la Tierra se caían, como globos desinflados?.

Otra incógnita que surgió fue igualmente confusa: si el átomo contenía un núcleo con carga eléctrica positiva y un electrón con carga negativa, ¿cómo se mantenían separados?. Las cargas positivas y negativas se atraían unas a otras, y en un espacio tan pequeño como el de un átomo, era asombroso que el electrón y el núcleo no chocasen con gran fuerza.

Los físicos clásicos habían supuesto que un electrón y un núcleo se atraen por sus cargas eléctricas igual que la Tierra y el Sol se atraen por su fuerza de gravedad; que el electrón debía moverse en una órbita alrededor del núcleo en forma idéntica a como nuestro planeta gira en torno del astro solar. La Tierra, suspendida por la fuerza de gravedad, gira alrededor del Sol como una roca sujeta al extremo de un cordel. El momento de inercia del cuerpo que se mueve (ya sea la roca o la Tierra), mantiene al objeto en el espacio. De la misma manera, el momento de inercia del inquieto electrón debía impedir que éste se precipitara hacia el núcleo.

Pero en 1913, Niels Bohr, un científico danés, realizó un descubrimiento trascendental.

"La teoría clásica -dijo- puede ser cierta en determinados campos, pero no necesariamente en el terreno de la física atómica, porque allí las condiciones existentes son totalmente distintas.

"Los electrones en un átomo giran alrededor del núcleo en la misma forma que los planetas en torno del Sol. Cuando el electrón gira, la aceleración le hace liberar energía significa que el electrón también pierde inercia, la cual le es necesaria para mantenerse girando constantemente en torno del núcleo".

Por lo tanto, si la teoría clásica en cierta, el electrón debía chocar. Bohr comprendió aquello y añadió un nuevo concepto: "Un electrón no irradia energía continuamente, sino de manera intermitente, en forma de quanta. Sólo lo hace cuando es estimulado para saltar de su propia órbita a otra mayor. Cuando el electrón regresa automáticamente a su lugar, pierde la energía que había ganado. Por lo tanto, el electrón absorbe y conserva suficiente energía para mantenerse girando alrededor del núcleo.

FIGURA PAG. 37 (Los electrones giran tan rápidamente y en direcciones tan variadas, que el campo eléctrico que forman parece crear un objeto sólido.

POR FIN: DE QUÉ Y DE QUÉ MODO ESTÁ HECHO EL MUNDO

Ahora, los hombres de ciencia empezaban a examinar el increíblemente diminuto núcleo atómico. Imaginemos qué representaba ese esfuerzo: los investigadores intentaban calcular cómo estaba constituida una substancia cuyo tamaño era de 1/12,500,000,000,000 centímetros.

Un siglo antes, un hombre llamado Guillermo Prout había teorizado acerca de la composición de los átomos, pero nadie lo había tomado en cuenta. Había dicho que los átomos de todos los elementos parecían estar formados de átomos de hidrógeno, o, en otras palabras, que el hidrógeno era la unidad fundamental de lo que estaban hechas todas las substancias.

Ahora, los científicos empezaron a notar algo asombroso acerca del hidrógeno: ese elemento tenía el más sencillo de todos los átomos: un núcleo con un solo electrón, girando alrededor del núcleo. Al experimentar con otros átomos, los científicos descubrieron que el núcleo de hidrógeno aparecía por todas partes. ¿Estaban todos los átomos formados parcialmente de núcleos de hidrógeno?

La hipótesis de William Prout había sido cierta. Los experimentos posteriores demostraron que el núcleo de hidrógeno podía ser considerado como la base del núcleo de todos los demás átomos: del oxígeno, del oro, del antimonio, etc. Se le llamó "protón" al núcleo del hidrógeno.

El protón pronto lo averiguaron, era pesado. En el átomo del hidrógeno su peso era prácticamente el del propio átomo. En cuanto al electrón, la otra única parte del átomo del hidrógeno, casi no pesaba nada. E la tabla periódica de los elementos, los científicos anotaron tanto el número como el peso de cada uno de los elementos. El número se refería a la cantidad de protones que había en el núcleo del átomo. El peso era el peso relativo de un átomo del elemento comparado con el de un átomo de oxígeno, si el oxígeno se tomaba como 16.

FIGURA PAG. 38 (Todos los átomos contienen núcleos de hidrógeno, o protones (rojos). Los neutrones se muestran en color (negro).

Actinio

Ac 89

Bromo

Br 35

Cromo

Cr 24

Gadolinio

Gd 64

Lutecio

Lu 71

Oro

Au 79

Radio

Ra 88

Telurio

Te 52

Aluminio

Al 13

Cadmio

Cd 48

Curio

Cm 96

Galio

Ga 31

Magnesio

Mg 12

Osmio

Os 76

Radón

Rn 86

Terbio

Tb 65

Americio

Am 95

Calcio

Ca 20

Disprosio

Dy 96

Germanio

Ge 32

Manganeso

Mg 25

Oxígeno

O 8

Renio

Re75

Titanio

Ti 22

Antimonio

Sb 51

Californio

Cf 98

Einstenio

E 99

Hafnio

Hf 72

Mendelevio

Mv 101

Paladio

Pd 46

Rodio

Rh 45

Torio

Th 90

Argón

A 18

Carbono

C 6

Erbio

Er 68

Helio

He 2

Mercurio

Hg 80

Plata

Ag 47

Rubidio

Rb 37

Tulio

Tm 69

Arsénico

As 33

Cerio

Ce 58

Escandio

Sc 21

Hidrógeno

H 1

Molibdeno

Mo 42

Platino

Pt 78

Rutenio

Ru 44

Tungsteno

W 74

Ástato

At 85

Cesio

Cs 55

Estaño

Sn 50

Hierro

Fe 26

Neodimio

Nd 60

Plomo

Pb 82

Samario

Sm 62

Uranio

U 92

Azufre

S 16

Cinc

Zn 30

Estroncio

Sr 38

Holmio

Ho 67

Neón

Ne 10

Plutonio

Pu 94

Selenio

Se 34

Vanadio

V 23

Bario

Ba 56

Circonio

Zr 40

Europio

Eu 63

Iridio

In 49

Neptuno

Np 93

Polonio

Po 84

Silicio

Si 4

Xonón

Xe 54

Berilio

Be 4

Cloro

Cl 17

Fermio

Fm 100

Iridio

Ir 77

Niobio

Nb 41

Potasio

K 19

Sodio

Na 11

Yodo

I 53

Berkelio

Bk 97

Cobalto

Co 27

Flúor

F 9

Lantano

La 57

Níquel

Ni 28

Praseodimio

Pr 59

Talio

TI 81

Yterbio

Yb 70

Bismuto

Bi 83

Cobre

Cu 29

Fósforo

P 15

Laurencio

Lw 103

Nitrógeno

N 7

Promecio

Pm 61

Tantalio

Ta 73

Ytrio

Y 39

Boro

B 5

Criptón

Kr 36

Francio

Fr 87

Litio

Li 3

Nobelio

No 102

Protactinio

Pa 91

Tecnetio

Tc 43

Los elementos conocidos hasta hoy día, con sus símbolos y números atómicos.

El peso atómico del hidrógeno era 1 y tenía un protón en su núcleo.

Además, el protón estaba cargado positivamente, y esto tenía que ser así, ya que el núcleo de cada átomo era positivo, y el protón era el núcleo del átomo de hidrógeno. Por cada protón, cada átomo tenía un electrón girando alrededor de su núcleo; por lo tanto, el oxígeno, con ocho protones, tenía ocho electrones, y así sucesivamente. Esto mantenía el perfecto equilibrio: un electrón negativo por cada protón positivo, lo cual significaba que el átomo en sí no podía ser ni positivo ni negativo. Los hombres de ciencia habían supuesto que los átomos eran neutros, pero ahora sabían por qué.

Puesto que el átomo era neutro, existía otra posibilidad mencionada por Rutherford: quizá aún había dentro del propio átomo partículas neutras sin descubrir. Una partícula como ésa bien podía escapar fácilmente a todos los métodos de descubrimiento por medio de la electricidad, que la ciencia había inventado para examinar el átomo.

Esa teoría fue confirmada cuando dos físicos alemanes, Bothe y Becker, encontraron pruebas de que en un choque de átomos que ellos habían propiciado, una radiación se producía. Pero después, muchos científicos repetían el experimento y, en 1932, sir James Chadwick, físico inglés, fue capaz de explicarla. Había una partícula neutra en el interior del núcleo. El átomo de oxígeno, por ejemplo, no sólo tenía ocho electrones negativos y ocho protones positivos, sino que además contaba con ocho de las recién descubiertas partículas neutras, a las que los investigadores dieron el nombre de "neutrones".

Con el descubrimiento del neutrón, se podía decir que la ciencia había llegado a la meta de su larga búsqueda. Por fin se tenía la respuesta a la vieja pregunta: "¿De qué y de qué modo está hecho el mundo?" Todo: la madera, la piedra, el oro, el aire, el cuerpo humano, estaba formado de electrones, protones y neutrones, dispuestos en diferentes combinaciones.

Cierta vez se había creído que el más pequeño bloque de construcción era el átomo, y que muchos de ellos existían, una clase para cada elemento y cada uno distinto de los otros: Ahora, los conocedores sabían que el átomo no era la unidad más pequeña. Cada átomo, no importaba cuánto se diferenciase de los otros, estaba formado de electrones, protones y neutrones. Y que si se pudieran comparar los electrones del oro y los electrones del plomo, se encontraría que eran exactamente iguales, como también lo eran sus protones y sus neutrones. La única diferencia entre el oro y el plomo era que existían más electrones, protones y neutrones en el plomo, que en el oro.

De este descubrimiento surgió una suposición fascinante: si los hombres de ciencia pudieran quitar los electrones, protones y neutrones del plomo, y los dispusiesen en cierta forma particular, podrían hacer oro. ¡Lo mismo que los alquimistas habían intentado hacer! Esto, de hecho, ya se ha realizado.

FIGURA PAG. 40 Un átomo de oxigeno tiene 8 protones, 8 neutrones y 8 electrones.

FIGURA PAG. 41 El primer cambio nuclear fue realizado por Ernest Rutherford, en 1919.

EL NEUTRÓN ROMPE EL ÁTOMO

Por supuesto, a los hombres de ciencia de la década de 1920 a 1930 no les interesaba obtener oro del plomo. El proceso era demasiado costoso para que valiera la pena intentarlo. Ahora que ya sabían de qué estaban hechas todas las substancias, querían conocer más a fondo el átomo y sus partes.

Para ello, el neutrón había sido un valioso hallazgo. La mejor forma de adquirir nuevos conocimientos acerca del átomo era bombardearlo con rayos -lo que en esa época se hacía con partículas alfa- Pero las partículas alfa, como hemos visto, rara vez podían penetrar en la parte más interesante del átomo: el núcleo. La partícula alfa, de carga positiva, cada vez que se acercaba a los protones, con carga positiva también, era rechazada y desviada. ¿Por qué no usar el neutrón, la parte del núcleo que no tenía carga alguna?. Podía hacerse llegar hasta el núcleo, y nada lo detendría. Los rayos gamma también son neutros, pero por ser una de las formas de la luz, no tienen la fuerza de una partícula sólida, como lo es el neutrón.

Así, los científicos empezaron a bombardear los átomos con neutrones, y obtuvieron éxito.

En 1938, dos hombres de ciencia alemanes, Otto Hahn y Fritz Strassmann, observaron algo desconcertante mientras bombardeaban los átomos de uranio con neutrones. Los átomos parecían dividirse en dos. En vez de con uranio, los científicos trabajaban con bario y criptón, cuyo peso atómico era el mismo del uranio, pero ahora existían dos átomos en donde sólo había existido uno antes. Un aparato que los dos físicos estaban usando en el experimento indicaba que una cantidad espectacular de energía se había liberado: aproximadamente 200 millones de electronvoltios.

Hahn y Strassmann se quedaron atónitos ante ese resultado y no sabían a qué atribuir lo ocurrido.

Lise Meitner, una física amiga de Hahn, ofreció una explicación respecto a este hecho. Sin saberlo, Hahn y Strassman había partido el núcleo de un átomo de uranio. El neutrón, al hendir el átomo de uranio, lo había partidos en dos. Los dos pedazos de átomo se habían separado violentamente con una enorme fuerza, ya que cada uno de ellos contenía muchos protones con carga eléctrica positiva, los que una vez separados se habían rechazado unos a otros impetuosamente. La violencia separación nuclear había liberado la energía registrada en el sensible aparato utilizado por Hahn y Strassmann.

FIGURA PAG. 42 Cuando un átomo de uranio se desintegra, libera una gran cantidad de energía.

FIGURA PAG. 43 En una reacción en cadena, un átomo que se fisiona deja escapar neutrones, los que, a su vez, fisiona más átomos.

LA BOMBA NUCLEAR

Muy al principio de la Segunda Guerra Mundial, una de las noticias más sensacionales fue la de que los hombres de ciencia de todo el mundo se habían unido para trabajar juntos, compartiendo sus descubrimientos y alegrándose de los éxitos de los demás. Desde el griego Demócrito, italianos, ingleses, franceses, alemanes, americanos, daneses, rusos, neozelandeses y los científicos de otras muchas nacionalidades habían contribuido en gran escala al esfuerzo del hombre por explicar la estructura del universo.

Ahora, la ciencia se había convertido repentinamente en un arma bélica, y las naciones no podían compartir sus armas con el enemigo. Claro está que nadie sabía que se podía obtener una bomba haciendo estallas los átomos, pero si se llegaba a construir, sería un arma que decidiría el resultado de la guerra, y todos los hombres de ciencia lo sabían.

El nuevo sigilo científico ayudó a los Estados Unidos y a la Gran Bretaña. Muchos hombres de ciencia alemanes e italianos se habían refugiado en esos dos países. A principios de 1940, la mayoría de ellos trabajaba al lado de los científicos americanos e ingleses y laboraban día y noche para construir una bomba nuclear.

En el otoño de 1939, Alberto Einstein escribió una carta al presidente Franklin D. Roosevelt, pidiéndole que se reuniera con un grupo de científicos que tenían algo importantísimo que comunicarle. Cuando los hombres de ciencia vieron al presidente, le explicaron las conclusiones de Lise Meitner y por qué eran de importancia trascendental: al desintegrarse el átomo de uranio, además de liberar una gran cantidad de energía, dejó escapar un enorme número de neutrones, los que salieron disparados como proyectiles. Aquello era en verdad asombroso, ya que, si se ponían juntos muchos átomos de uranio y se partía uno, los neutrones que dejara escapar hendirían los otros átomos y los partirían, y a su vez liberarían más neutrones que partirían otros átomos y así sucesivamente. El proceso total, llamado reacción en cadena, ocurría en una fracción de segundo, produciendo una explosión nunca antes vista.

A los hombres de ciencia les desagradaba la idea de convertir el átomo en un arma mortífera, pero sabían que si los Aliados no construían una bomba nuclear, sus enemigos lo harían. El presidente Roosevelt estuvo de acuerdo con ellos, y ordenó que el proyecto se pusiera en marcha inmediatamente.

Aunque era relativamente fácil "hablar" de la bomba nuclear, era otra cosa muy diferente construir una. La tarea principal de desarrollarla le tocó a los Estados Unidos. Era una enorme labor y una jugada formidable. Cinco años tuvieron que transcurrir antes de que el proyecto se realizara, y en él se gastaron más de dos mil millones de dólares. Lo peor de todo era que nadie estaba seguro de que los aliados pudieran contar con una bomba a cambio de todo ese dinero.

El elemento con el que los hombres de ciencia trabajaron fue el uranio 235 -una forma poco común de ese elemento- en cantidad tan enorme como nunca antes se había acumulado en un solo lugar. La obtención del uranio en las cantidades que se necesitaban fue sólo una pequeña parte del problema. Mientras el uranio se comportaba relativamente bien, un nuevo elemento llamado plutonio se podía obtener del uranio y servía mejor al proyecto. Por lo tanto, se construyeron grandes instalaciones para convertir las toneladas del mineral en kilogramos de uranio y luego éste en plutonio.

Una vez que tuvieron reunida la materia prima, los hombres de ciencia tenían que encontrar la forma de extraer la energía que contenía.

Enrique Fermi, el famoso científico italiano y sus colaboradores, emprendieron la tarea. Al igual que Einstein, Fermi vivía en América. En un laboratorio secreto, abajo del estadio de fútbol de la Universidad de Chicago, Fermi acumuló en forma de muro bloques de carbono (el carbono estaba en forma de grafito, la misma substancia que se emplea en los lápices). Fermi necesitaba carbono, porque éste retarda el movimiento de los neutrones, ya que entre más lentamente avancen estos, desintegran mejor a los átomos. Espaciado entre los bloque de carbono había la cantidad necesaria de uranio para desatar una reacción en cadena. (La cantidad era importante: si era pequeña, la reacción no se produciría, es decir, los neutrones se perderían en el espacio en vez de chocar, sin desintegrar nuevos Átomos de uranio).

Introducidas en esta pila de carbono y uranio (llamada pila nuclear) había varias varillas largas hechas de una substancia que atrajera los neutrones. Mientras las varillas estuvieran introducidas en la pila, sólo unos cuantos neutrones podrían chocar con los átomos de uranio para desatar una reacción en cadena. Al extraer lentamente las varillas, Fermi confiaba en poder gobernar el número de neutrones que chocaban con los átomos, y en esa forma regular la cantidad de energía nuclear que se liberaba al estallar los átomos. Para medir la cantidad de energía, Fermi tenía un aparato, que ahora nos es familiar, un contador Geiger, el cual medía la radiactividad produciendo una vibración cada vez que un rayo gamma lo tocaba. El sonido era amplificado y escuchado mediante unos audífonos.

FIGURA PAG. 46 Al chocar las partículas con el tubo del contador Geiger, cierran un circuito eléctrico y producen una vibración que se puede escuchar en unos audífonos.

Una tarde de diciembre de 1942, Fermi y sus colaboradores lenta y cuidadosamente empezaron a sacar las varillas del uranio. Casi sin respirar, escuchaban la reacción del contador Geiger. La vibración se hacía más y más rápida. Los neutrones escapaban de los átomos de uranio chocando contra nuevos átomos y haciendo que más neutrones escapasen. Una reacción en cadena controlada se había logrado finalmente.

FIGURA PAG. 47 Las varillas de Cadmio en una pila regulan la reacción atómica en cadena.

Lo único que faltaba ahora, era hallar la forma de almacenar la cantidad correcta de uranio o de plutonio dentro de una bomba y encontrar cómo hacerla estallar.

Construir una bomba fue labor de otros dos años y medio, y el 16 de julio de 1945, la primera bomba nuclear estalló en el desierto de Nuevo México. Cuando la imponente nube en forma de hongo se disipó, un enorme agujero había sido hecho en la arena.

Tres semanas después, la segunda bomba fue arrojada desde un avión sobre Hiroshima, Japón, estallando con una potencia igual a la de veinte mil toneladas de dinamita. Destruyó la ciudad por completo. Tres días más tarde, el 9 de agosto, una bomba aún más potente fue arrojada sobre la ciudad de Nagasaki. El 14 de octubre, Japón anunció su rendición, y la guerra terminó.

EL MARAVILLOSO FUTURO ATÓMICO

Ya han transcurrido muchos años desde el amanecer de la Era Nuclear. La ciencia ha encontrado cómo construir bombas aún más potentes, pero de mayor importancia que ellas son las aplicaciones pacíficas que se les han hallado al átomo y a su núcleo. La gente de todas partes del mundo confía en que los átomos nunca vuelvan a ser usados para la destrucción. Pero lo que sí es seguro, es que se aplicarán con fines constructivos. De hecho, los átomos ya se han puesto a trabajar para la industria y, hasta el año 1958, habían ahorrado la suma de 500 millones de dólares. En cuatro años, dicha suma representaba el costo original del programa de energía atómica.

La industria no es la única que emplea la energía nuclear. Ésta ha probado su gran importancia en la medicina, en la agricultura, en los transportes, en la minería y en todas y cada una de las demás actividades humanas.

Algunas de sus aplicaciones más espectaculares son bien conocidas. Las estaciones generadoras de energía nuclear abastecen de electricidad a varias ciudades. La radiación atómica se emplea para diagnosticar y descubrir algunas enfermedades y curar otras. Los motores nucleares impulsan a los barcos y, dentro de poco tiempo, harán lo mismo con los aeroplanos. Algún día el átomo podrá proporcionar calor a ciudades enteras, generar fuerza para las naves espaciales, derribar montañas, abrir canales y descubrir nuevos yacimientos de minerales. Quizá aun pueda utilizarse para mejorar las condiciones climáticas de la Tierra.

Pero dentro de cada una de esos grandes proyectos, hay probablemente cientos de aplicaciones menos conocidas de la energía nuclear. El reactor atómico nos permite convertir en radiactivos toda clase de elementos y, en el comercio y en la industria, ha probado ser de gran utilidad en muchas formas asombrosas. He aquí unas cuantas de ellas:

En la industria petrolera, la cual envía constantemente grandes cantidades de petróleo crudo a través de millares de kilómetros de tubería, el átomo ha hecho posible que se haga circular, una después de otra y por la misma tubería, dos clases distintas de petróleo, para luego separarlas en el otro extremo: Se colocan "etiquetas" radiactivas entre los dos envíos, y un contador Geiger es el encargado de "avisar" cuándo termina de pasar la primera clase de petróleo y cuándo empieza a llegar la segunda.

Si los ingenieros de una fábrica desean saber el número de vueltas que da una polea giratoria, colocan un pedazo de material radiactivo sobre su orilla y un contador Geiger se encarga de registrar cada vez que el trozo radiactivo pasa por el mismo lugar.

Para medir la altura de un líquido que está almacenado en un depósito, se envían rayos a la pared del depósito y se coloca un contador en el extremo opuesto. Como los rayos no pueden atravesar los líquidos, el contador registra el nivel cuando los rayos empiezan a pasar por donde no hay líquido.

La radiactividad protege a los trabajadores que laboran cerca de máquinas peligrosas. Un trozo de material radiactivo se coloca en una pulsera en la muñeca del trabajador. Cuando su mano se acerca a un lugar de peligro, la radiación hace sonar la alarma de un aparato instalado en la máquina.

Para medir el grosor del papel, el de la lámina, o el de muchos otros objetos, los fabricantes disparan rayos radiactivos a través de los materiales y cuentan el número de rayos que salen por el otro lado. Cuando pasan demasiados rayos, significa que el material es muy delgado. Si sólo pasan unos cuantos, es que el material es grueso.

Cuando cierto material plástico que se emplea para forrar los conductores eléctricos se somete a la radiación alcanza tal dureza, que resulta ser uno de los mejores aislantes.

Las roturas internas que llega a haber en las piezas metálicas de los aparatos pueden ser descubiertas por medio de la radiación (antiguamente se empleaban rayos X, pero la radiación atómica resultó ser mucho más económica).

La electricidad estática, del tipo que a veces brota al tocar la manija de la portezuela de un automóvil, puede ser muy peligrosa cuando hay substancias explosivas cerca de ella. La energía atómica se puede aplicar para descargar esa electricidad y evitar así que cause daño.

La lista de las aplicaciones industriales del átomo y sus derivados es interminable. Además de lo que hemos mencionado, el átomo se emplea para construir los indicadores de la velocidad de los aeroplanos, para fabricar mejores jabones y lápices labiales, cintas adhesivas más fuertes y vidrio mucho más duros. Se puede usar aun para descubrir la presencia del humo en la atmósfera y para analizar un tronco de árbol y determinar el número de nudosidades internas que contenga.

En la medicina, el átomo no tiene tantas aplicaciones como en la industria, pero quizá su importancia sea mayor. Alivia el dolor, contribuye a la técnica quirúrgica, proporciona ayuda a los médicos para diagnosticar el mal de sus pacientes. He aquí unos cuantos ejemplos del uso de la energía atómica en la medicina.

Para averiguar hasta qué partes del organismo llega un medicamento y si es que lo alivia, se agregan pequeñas dosis de substancias radiactivas a las substancias curativas, las cuales pueden ser rastreadas con un contador. Substancias químicas similares se pueden agregar a la sangre para que los médicos puedan saber qué órganos y partes del cuerpo sufren de circulación defectuosa.

Como Becquerel lo supo por propia experiencia, las substancias radiactivas son a menudo tan potentes, que pueden causar quemaduras. Algunas de éstas llegan a ser graves, pero también pueden ser benéficas, como cuando se emplean para destruir las células cancerosas que no pueden extirparse por medio de la cirugía. Mucha gente que ha padecido cáncer ha vivido más tiempo gracias a ese tratamiento.

Los que padecen de fiebre de heno se beneficiarán con la investigación atómica que efectúan los botánicos. Con el objeto de determinar el trayecto que siguen las esporas de la ambrosía, la cual hace estornudar a los que sufren de dicha fiebre, los científicos primero colocan substancias radiactivas en los lugares donde crece la ambrosía. Luego, rastrean las esporas con un contador Geiger.

Las drogas, los vendajes y otros productos químicos y médicos pueden ser esterilizados al someterlos a la acción de los rayos atómicos, que destruyen las bacterias y los gérmenes portadores de las enfermedades.

Los insectos que atacan los cereales pueden ser combatidos por medio de la radiactividad, ahorrando en esta forma mucho dinero a los agricultores. Los brotes tempraneros de las patatas que les echan a perder pueden ser retardados si se les aplican rayos atómicos.

Para darnos cuenta de lo eficaz que han llegado a ser los fertilizantes (o sea, para saber hasta qué partes de la planta llegan), baste decir que los agrónomos los hacen radiactivos antes de esparcirlos por el suelo. Al crecer la planta, el fertilizante puede ser rastreado con un contador.

Las semillas de las plantas, después de que se les ha sometido a la radiactividad, pueden crecer en forma anómala una vez que se les ha plantado: plantas grandes, torcidas, plantas pequeñas, plantas con muchos frutos, plantas sin ellos; todas ellas se han obtenido en esos experimentos. Algunas variedades pueden resultar mucho mejores que las plantas originales de donde provinieron. Una nueva variedad de cacahuate se obtuvo en esa forma. Por ejemplo, produce más cacahuates por planta, puede resistir más fácilmente las plagas, y tiene una cáscara más dura.

Los hábitos de los insectos devoradores de plantas pueden ser descubiertos haciendo radiactivos a unos cuantos de sus individuos, y luego, siguiéndolos con un contador Geiger para saber adónde van y cómo viven. La información así obtenida puede utilizarse en la elaboración de mejores métodos con que combatirlos.

Y por supuesto, hay muchas aplicaciones de la energía atómica aparte de la industrial, agrícola y médica, que son casi de tanta importancia como el interés que despiertan. Por ejemplo, las bacterias que echan a perder los alimentos pueden ser destruidas mediante la radiación; los productos tratados por este medio pueden conservarse frescos durante muchos meses.

Los topógrafos pueden marcar los límites de un terreno con estacas previamente tratadas con substancias radiactivas, para localizarlas más tarde con un contador Geiger.

La edad de los objetos extraídos por los arqueólogos se puede determinar midiendo la radiactividad de una clase de carbono que contienen. Ese carbono pierde su radiactividad a cierto ritmo, que los científicos conocen, lo cual les permite calcular la edad del objeto en cuestión.

En forma considerable o pequeña, el átomo ayuda a mejorar el medio en que vivimos. Los científicos nunca sabrán hasta dónde los llevará su curiosidad, al tratar de averiguar de qué modo está hecho el mundo. Los investigadores descubrieron un arma terrible, pero también marcaron los derroteros de una vida mejor.

PARTE II

EL MAGNETISMO

¿QUÉ ES EL MAGNETISMO?

Cerca de las costas del mar Egeo, en lo que hoy es Turquía, los antiguos griegos hicieron un descubrimiento sorprendente: encontraron una piedra metálica, negruzca, que no se parecía a las otras piedras, pues por alguna razón misteriosa tenía el poder de alcanzar a los objetos de hierro y hacer que se le reunieran. Como la piedra fue encontrada en Magnesia, en el antiguo país de Lidia, recibió el nombre de magnes; se trataba del mineral de hierro al que llamamos magnetita o piedra imán, que si puede alcanzar otros objetos y hacerlos que se unan a ella.

Se llama magnetismo a la propiedad que tiene esta piedra de atraer las cosas o rechazarlas. Nos inclinamos a creer que el hierro es la única materia magnética, porque la magnetita lo es en alto grado, y otros minerales no lo son en forma apreciable; pero no es así realmente, el níquel y el cobalto son muy magnéticos, y muchos otros elementos, incluso los gases, lo son, pero en muy pequeña medida.

Algunas personas creen que las piedras magnéticas son simples objetos curiosos y raros, y que los imanes son juguetes; pero aun cuando es divertido jugar con los imanes, están lejos de ser juguetes nada más, y los hay de varias formas.

Todo el mundo está familiarizado con las formas más comunes de los imanes: el imán en forma de barra y el imán en forma de herradura. El imán en forma de herradura es simplemente una barra imantada doblada en U, para que sus dos extremos, o polos, pueden cercanos y concentren su energía.

Un imán de barra, o cualquier trozo de hierro, o de una aleación (una liga de varios metales), magnetizados, exhibe su fuerza magnética en líneas que en realidad son curvas, como se muestra gráficamente en la fotografía de la página siguiente. Estas líneas están más juntas en los dos extremos del imán, que es donde se concentra su fuerza. Las líneas no son únicamente planas, como aparecen en la fotografía, sino que rodean al imán por todos lados. Cualquier materia atraída por el imán seguirá estas líneas al dirigirse hacia él. Las líneas se llaman líneas de fuerza magnéticas, e indican la dirección en la que viaja la fuerza magnética, y no la potencia de la fuerza en un punto determinado. El espacio que abarcan estas líneas recibe el nombre de campo magnético.

La naturaleza del magnetismo es misteriosa. Los chinos la conocían desde hace más de mil años, como los griegos y otros pueblos antiguos que estaban familiarizados con los metales.

Sin embargo, creían que el magnetismo era producido por dos espíritus que vivían en la piedra magnética, uno de los cuales poseía una fuerza de atracción y el otro una fuerza repelente.

En los últimos años se ha aprendido mucho acerca del magnetismo, pero estamos muy lejos de saberlo todo al respecto. Para entender lo que significa que un cuerpo sea magnético, tenemos que considerar cómo está constituida la materia.

Hoy día, son pocas las personas que no han oído hablar de los átomos. Llamamos era atómica a la época en la que vivimos, no porque sea la Era en la que se descubrieron los átomos, sino porque es la época durante la cual el hombre ha aprendido lo suficiente acerca de los átomos como para dar un uso práctico a la energía que encierran.

FIGURA PAG. 9 Los elementos, tales como el oro, el carbono y el cobre, están constituidos de átomos iguales. La magnetita está compuesta de dos elementos: hierro y oxígeno.

Durante muchos siglos se consideró que el átomo era la partícula más pequeña en que podía dividirse un elemento. Hace dos mil años, Lucrecio, el poeta latino, dio una descripción muy clara de lo que hoy llamamos la teoría atómica. Sin embargo, la demostración de esa teoría estaba reservada para un matemático y químico inglés, John Dalton, quien la hizo a principios del siglo XIX.

Un elemento es cualquier sustancia que no se puede descomponer en sustancias diferentes, excepto por desintegración nuclear. Hay más de cien elementos, los que, como el hierro, el oro y el carbono, son ellos mismos y nada más. Un elemento, ya se trate de un sólido como el cobre, o de un gas como el hidrógeno o el oxígeno, es simplemente la reunión de los átomos de la misma clase que llevan el mismo nombre de ese elemento.

A menudo, los átomos de una elemento se combinan con los átomos de otro para hacer una partícula un poco mayor que el átomo, a la que se llama molécula de la magnetita, la piedra magnética de la antigua Lidia, está constituida de tres átomos de hierro y cuatro de oxígeno. Cada átomo de hierro es un imán. Se puede imaginar que una molécula es un animalito con cabeza y cola; la cabeza de cada uno atrae la cola de los demás y rechaza las otras cabezas. Esta atracción tiene el efecto de alinear las moléculas de la magnetita como un banco de peces que nadarán todos en la misma dirección.

Sin embargo, un trozo de magnetita es un cuerpo en sí mismo, y tiene cabeza y cola propias. Las moléculas están acomodadas en tal forma que, aun cuando realmente existen espacios entre ellas, a simple vista parecen formar un trozo sólido de metal bastante pesado. Este trozo de metal es un imán y su cabeza y su cola se llaman polos, siendo una el polo positivo y la otra el polo negativo.

Mucho antes de que supieran que los imanes grandes eran conjuntos de imanes diminutos, todos los cuales se comportaban en la misma forma, los hombres estaban fascinados con la fuerza que ejercía el imán, lo que les sugería que en la piedra había alguna forma de vida o algún espíritu. Luego descubrieron que se le podía dar esta fuerza a un pedazo de hierro, si se le frotaba con una piedra magnética.

Los griegos estaban enterados de que la piedra imán podía atraer el hierro. Tales de Mileto, quien vivió desde el año 640 a. de C. Hasta el 546 a de C., creía que este poder se debía a un alma, en el diálogo Ion, escrito por Platón, Sócrates dice que la piedra "no sólo atrae los anillos de hierro, sino que también les imparte una fuerza similar para atraer otros anillos, y algunas veces puedes ver una cantidad de pedazos de hierro y de anillos suspendidos uno del otro, hasta formar una cadena bastante larga".

El romano Lucrecio Caro escribió, durante el primer siglo de nuestra era: "...el hierro puede ser atraído por esa piedra, a la que los griegos llaman magneto por su patronímico, ya que tiene su origen dentro del territorio hereditario de los magnetos." También escribió: "Algunas veces, además, el hierro se aparta de esta piedra, ya que está acostumbrado a apartarse de ella y a seguirla, sucesivamente."

Figura pág. 10 La magnetita es un mineral negro, duro y pesado, en relación con su tamaño, sus cristales tienen normalmente la forma de octaedros, es decir, tienen ocho caras.

Figura pág. 11 Siempre que se suspende un pedazo de hierro imanado, se alinea con el campo magnético de la Tierra.

Al pasar el tiempo, los hombres también comprobaron que una barra de hierro magnetizada, cuando se le suspende por el centro, apunta aproximadamente a los polos norte y sur de la Tierra. Al principio no entendían que la propia Tierra es un imán gigantesco, y que la barrita de hierro magnetizada simplemente estaba tratando de alinearse con el campo magnético de la Tierra.

Los hombres de los tiempos clásicos no sabían que el imán tenía esta propiedad. La primera mención precisa de la polaridad se encuentra en un diccionario del año 121, en el siglo XI, un chino fabricante de instrumentos, Shen Kua, menciona el uso de la aguja magnética para orientarse, después del año 1100, otro chino, Chu Yu, relata que la brújula la usaban los navegantes.

La gente que vivió hace mucho tiempo carecía de una parte importante del conocimiento necesario para explicar el magnetismo, esta parte era el conocimiento de la electricidad, que ahora sabemos que es inseparable del magnetismo. Aun los griegos y los romanos, que tuvieron el talento suficiente para comprender lo de los átomos, ignoraban que el átomo de cada uno de los elementos existentes no es una simple partícula de materia sin partes móviles en su interior. El átomo, diminuto como es, es semejante a un universo en miniatura, con un centro o núcleo, y pequeñas partículas con cargas eléctricas, o electrones, que giran alrededor del núcleo. El átomo de cada elemento tiene un número diferente de electrones que giran alrededor del centro, por ejemplo, el hidrógeno, que es el primero elemento, tiene uno, el uranio, que es el nonagésimo segundo elemento, tiene noventa y dos.

LO QUE PODEMOS HACER CON EL MAGNETISMO

En la actualidad, nuestra civilización depende casi por completo de la electricidad. Aun cuando hay formas de electricidad que existen independientes del imán (una de ellas es, por supuesto, el rayo), formas que pueden producirse sin necesidad de imanes (como en las pilas secas e hidroeléctricas), no podría suministrarse la electricidad de la manera y la cantidad en la que es usada hoy día, si no existiera el magnetismo.

La comprensión total del magnetismo puede no alcanzarse durante algún tiempo, pero sabemos cómo se comportan los imanes y la corriente eléctrica, y aun desconociendo el por qué se comportan de esa manera, podemos hacer varias cosas sorprendentes con ellos. Muchos de nosotros nos sorprenderíamos al saber cuántas de esas cosas asombrosas damos por supuestas.

Por ejemplo, si vive usted en una ciudad, en una casa o en un departamento, muchos de los aparatos que utiliza y de las comodidades de que disfruta dependen de imanes para su funcionamiento: los timbres de las puertas y de los ascensores usan imanes, el teléfono es un aparato magnético que produce sonidos por la vibración de un diafragma,

Figura Pág. 13 En el interior de un receptor telefónico, el imán permanente ejerce una atracción constante en el borde de un delgado diafragma metálico. El electroimán regula la atracción según los impulsos eléctricos que recibe y que pasan por el alambre enrollado en las bobinas, impulsos que ya han sufrido los efectos de las ondas sonoras. Esto hace que el diafragma se mueva hacia adentro y hacia fuera, y emita ondas sonoras que son las mismas que se vertieron, al hablar, en el teléfono. Así, los impulsos eléctricos que representan palabras se convierten en ondas de sonido.

El movimiento de este disco está determinado por un imán cuya fuerza varía con los cambios de modulación de la voz, la corriente eléctrica que le proporciona luz y fuerza normalmente se produce por una dínamo o generador, que carecería de potencia si no tuviera imanes, la energía que llega a estos aparatos y a los de televisión, a los de radio y a muchos otros, se mide con un instrumento que es accionado por un imán.

Si el refrigerador que conserva los alimentos es eléctrico, funciona gracias a un motor cuyo corazón son unos electroimanes, el fonógrafo que permite disfrutar de la música, probablemente lo hace con la ayuda de imanes, los dictáfonos y los magnetófonos usan una cinta magnética que, aunque parezca raro, no está hecha de metal, sino de material plástico revestido con polvo de óxido de hierro magnético, las puertas de la alacena de la cocina se conservan cerradas merced a pestillos magnéticos, el calentador de petróleo, que mantiene las habitaciones a una temperatura elevada, y el aparato acondicionador del aire, que conserva frescos los recintos, son accionados, todos, por motores electromagnéticos.

En la calle, los imanes se encuentran en todas partes. Esa fuerza extraña que el hombre primitivo creía que era un espíritu, está presente en los taxímetros, en los autobuses, en los trenes subterráneos, en los camiones y aun en los interruptores que accionan los semáforos de tránsito. El motor eléctrico está dondequiera, y allí donde hay un motor eléctrico está un imán ejerciendo su fuerza en el eje y haciéndolo girar. Un avión moderno usa más de cien motores eléctricos.

En el campo también es necesario el electroimán, que es una barra o una tira de metal adecuado, que se vuelve magnética cuando pasa por ella una corriente eléctrica. Tan pronto como se interrumpe la corriente, cesa el magnetismo.

Figura Pág. 17 Potentes imanes industriales se usan para levantar pesados trozos de hierro y de acero.

La maquinaria que se emplea para segar las mieses depende parcialmente del imán, como depende la maquinaria que hace y repara los caminos, extraemos agua con imanes por medio de motores que usan imanes, calentamos agua con electricidad que ha sido generada con imanes.

Tanto en el campo como en la ciudad, sería imposible disponer de transportes y de comunicaciones sin los imanes. Enviamos telegramas gracias al magnetismo y la electricidad.

Figura Pág. 16 Los imanes son tan necesarios en la vida suburbana y rural, como lo son en la vida de la ciudad. Los motores de los tractores, que se emplean en las granjas, usan electroimanes. El agua se calienta en calentadores de agua, cuyo funcionamiento depende de electroimanes, y las bombas de agua se valen también de estos aparatos para funcionar.

En la industria, el imán es el ayudante silencioso del hombre. Levanta grandes cantidades de chatarra de hierro y acero para las fundiciones, extrae pedazos de metal de los ojos de los obreros sin lesionarlos, localiza metales bajo tierra y en el mar, y si se usa para ello, saca a la superficie lo que ha localizado.

Figura Pág. 18 William Gilbert, un médico inglés, dijo que la Tierra era un imán gigantesco.

Sin embargo, hace sólo ciento cuarenta años que un científico danés, Hans Oersted, se asustó y asustó al mundo al descubrir que la electricidad y el magnetismo eran parientes cercanos. Son infinitas las posibilidades que abrió ese sencillo descubrimiento.

Fue hasta fines del siglo XVI cuando empezó a estudiarse con rigor científico el tema del magnetismo. En el año 1600, William Gilbert, de Manchester, Inglaterra, publicó un libro acerca del magnetismo titulado De magnete, que puso a pensar a la gente acerca de esa fuerza misteriosa. Gilbert, que era médico de la corte de la reina Isabel, afirmó que la Tierra era un imán y que su magnetismo superficial provenía probablemente de las materias magnetizadas que estaban en su interior, escribió acerca de la declinación y de la inclinación magnéticas, y también apuntó que el hierro magnetizado perdía su poder de atracción cuando se le calentaba al rojo vivo, pero que lo volvía a adquirir cuando se enfriaba.

Gilbert estaba convencido del valor de los métodos y los experimentos científicos, al respecto, afirmó: "En el descubrimiento de los secretos y en la investigación de las causas ocultas de las cosas, son los experimentos fidedignos los que proporcionan las pruebas claras, y no las suposiciones probables y las opiniones de profesores y filósofos vulgares". Sin embargo todavía creía que el magnetismo era algo como un alma o un espíritu dentro del metal magnetizado.

Faltaba algo en el mundo de Wiliam Gilbert, sin lo cual le era imposible señalar el camino a los hombres que le sucederían, este faltante era el conocimiento de la electricidad misma.

Setenta y cinco años después de la publicación del libro sobre magnetismo, de Gilbert, Robert Boyle, un científico aficionado irlandés, de cuarenta y ocho años de edad, publicó el primer libro acerca de la electricidad. En este libro examinaba el hecho singular que ocurre cuando se frota un pedazo de ámbar con un pañuelo de seda, el ámbar se comportará con algunos objetos ligeros, no metálicos, tales como el tejido vegetal o los pedazos de papel, en forma muy similar a como se comporta un imán frente a trozos de hierro.

Pasaron otros setenta y cinco años antes de que sucediera algo que señalara que la atracción que ejercía el ámbar, cuando se le frota sobre los pedazos de papel, era la misma fuerza que causaba que el rayo brincara de la nube a la tierra y de la tierra a la nube. En 1752, Benjamín Franklin lo demostró al obtener una chispa de una nube cargada de electricidad. El famoso experimento de Franklin, con una cometa, una cuerda, una llave y la descarga de un rayo, hizo posible que los hombres se dieran cuenta de que el rayo era lo mismo que una chispa eléctrica.

Al mismo tiempo, un francés de nombre d´Alibard llegó a la misma conclusión que Franklin es decir, que el rayo era simplemente una forma exagerada de la chispa producida por el frotamiento del ámbar con un pañuelo de seda. Pero, ¿cuál era la relación de la electricidad con el magnetismo?

Antes de que transcurriera otro siglo, la electricidad llegó a ser tan familiar a los científicos que fue el tema de innumerables experimentos. En el año 1819, Hans Christian Oersted, quien también era filósofo, descubrió que una corriente eléctrica que pasa por un alambre paralelo a la aguja de una brújula, puede hacer desviar la aguja hasta ponerla en ángulo recto con el alambre conductor. Este fenómeno probaba que la corriente eléctrica, o sus efectos al menos, no estaba limitada en su totalidad al alambre conductor, parecía como si la corriente estuviera rodeada por algo que pudiera alcanzar y causar efectos en los conductores cercanos, este algo es lo que se llama un campo de fuerza, y era el campo de fuerza que rodeaba al alambre conductor de la corriente eléctrica, el que hacía que el alambre cargado actuara como si fuera un imán.

Hemos vistos que los primeros imanes conocidos eran pedazos de mineral de hierro, mismos que hoy día se conocen como imanes naturales, o piedras imán, que en francés antiguo, en italiano y, por supuesto, en español, significa piedra dura. Pero en inglés, la piedra imán se denomina lodestone, término formado de dos palabras que significan "piedra" y "camino", por lo que en ese idioma, la piedra que usada como brújula, señalaba a los marineros el camino que debían recorrer. Sin embargo, como ya se dijo, también hay imanes artificiales, el hierro endurecido común o el acero, pueden ser imanados si se les golpea, siempre en la misma dirección, con un imán, recientemente se descubrió que si se imana una aleación de aluminio, níquel y cobalto, se obtiene un imán de dureza y duración extraordinarias.

La íntima relación existente entre el magnetismo y la electricidad, descubierta por Hans Christian Oersted, fue el principio de una nueva rama del conocimiento científico: el electromagnetismo, que condujo al descubrimiento de que podía crearse un imán, si se envolvía una barra de hierro con alambre aislado y se hacía pasar una corriente eléctrica a través del alambre, el primero que lo demostró, al año siguiente al descubrimiento de Oersted, fue un francés de nombre Dominique Francois Arago. El primer electroimán, en forma de herradura, fue construido por el inglés, William Sturgeon, el año 1824.

Con el descubrimiento del electromagnetismo y la adquisición de la capacidad para aplicarlo, los científicos empezaron a buscar la manera de convertir en fuerza la relación entre el magnetismo y la electricidad. Si la electricidad podía producir magnetismo, se desprendía claramente que el magnetismo debía ser capaz de producir electricidad. Pero, ¿cómo?

Entre los años 1830 a 1860, los científicos encontraron el cómo, y de ello lograron construir el motor eléctrico, en el que se usa un electroimán para girar un eje forrado con alambres conductores de electricidad. Tomas Davenport, un herrero de Nueva Inglaterra, E.U.A., patentó el primer motor eléctrico en 1837, se dice que usó el vestido de bodas de su esposa, hecho de seda, para aislar los alambres que empleó al hacer los electroimanes para su motor.

En 1831, Michael Faraday, uno de los hombres más notables en todo el campo científico, tuvo buen éxito en su intento de hacer que un imán produjera electricidad. Es de advertir que el imán que usó fue la propia Tierra. Para alcanzar este resultado hizo que una barra de hierro maleable, en la que enrolló alambre aislado, diera vueltas sobre sí misma, y así interrumpió las líneas de fuerza del campo magnético de la Tierra, interrupción que tuvo el efecto de generar una corriente eléctrica en el alambre. Cuando se sustituyó el campo magnético de la Tierra, un tanto difícil de manejar, por un electroimán, o una dínamo, se había encontrado una inapreciable aplicación del magnetismo.

Figura Pág. 20 Oersted colocó una aguja imantada paralela a un alambre que conducía corriente eléctrica, proveniente de una batería, la aguja se desvió hasta formar ángulo recto con el alambre. Cuando invirtió la dirección de la corriente, la aguja giró en la dirección opuesta. Así descubrió Oersted que la electricidad y el magnetismo están íntimamente relacionados.

Figura Pág. 21 Un electroimán se forma al pasar corriente eléctrica por un alambre que está enrollado en una barra de hierro.

Figura Pág. 22 El aparato es un generador cuando una flecha gira dentro del campo magnético, la corriente eléctrica se genera en las bobinas. El aparato es un motor cuando la corriente eléctrica se suministra a las bobinas y la flecha gira dentro del campo magnético.

El año 1844, Samuel F. B. Morse envió por primera vez un mensaje por medio de un telégrafo eléctrico. Morse inventó su telégrafo con la ayuda de los conocimientos científicos de Joseph Henry, un paisano suyo quien había descubierto que empleando unos alambres se podía hacer funcionar un electroimán colocado a gran distancia. Pero fue Morse quien usó este conocimiento con buenos resultados, para producir sonidos como de golpes secos, largos y cortos, comparables a puntos y rayas para lograr este objetivo se valió de una barra móvil montada en una espiga, la que suspendió sobre un electroimán, que estaba unido por alambres a un interruptor, el cual, al cerrarse enviaba una corriente eléctrica que magnetizaba al electroimán, que entonces atraía la barra hacia abajo, produciendo un sonido seco. Al abrir el interruptor, el electroimán perdía su magnetismo y la barra volvía a su posición original mediante un resorte colocado al efecto, con lo que volvía a su posición original mediante un resorte colocado al efecto, con lo que volvía a producirse el ruido. Un sonido breve, o sea un punto, se producía al oprimir y retirar la presión rápidamente del interruptor, un sonido largo, o raya, se lograba al mantener la presión sobre el interruptor.

En una ocasión, Morse afirmó: "Como la esencia de mi invento consiste en el uso de la fuerza motriz de la corriente eléctrica o galvánica, a la que llamo « electromagnetismo » cualquiera que sea la forma en que haya sido generada, para marcar o imprimir caracteres inteligibles, signos o letras a cualquier distancia, resulta una nueva aplicación de esa fuerza, de la que denuncio jurídicamente ser el primer inventor o descubridor".

Esta demanda concreta de Morse no fue resuelta favorablemente por la Suprema Corte de los Estados Unidos, la que sentenció que una ley de la naturaleza no podía ser patentada por individuo alguno, sin embargo, el telégrafo de Morse colocó los cimientos para el establecimiento del moderno sistema telegráfico con que contamos hoy día.

Figura Pág. 23 Samuel F.B. Morse (1791-1872), fue pintor e inventor, de hecho, en 1832 era profesor de pintura y escultura en la universidad de la ciudad de Nueva York. En 1837, abandonó las bellas artes y se dedicó por completo a encontrar aplicaciones para la electricidad. Además de ser conocido por la invención del telégrafo, también concibió la famosa clave telegráfica que lleva su nombre.

LA TIERRA ES UN IMÁN

Aun cuando nuestro planeta está formado por todos los elementos químicos, en combinaciones y proporciones diferentes, y aun cuando la corteza de la Tierra está constituida en su mayor parte por granito, la Tierra se comporta magnéticamente en forma muy parecida a como lo haría si fuera una esfera sólida de metal.

Al ser una esfera que gira continuamente sobre sí misma como si fuera un enorme y fantástico trompo, nuestro planeta tiene lo que se llama un eje. El eje terrestre es una línea imaginaria trazada a través de su centro, como si se atravesara una naranja con una aguja de tejer. Si con un movimiento de torsión se hace girar la aguja, la naranja girará también. Podemos imaginar que la línea trazada a través del centro de la Tierra, la aguja de tejer sobre la cual gira el planeta, sale a través de la corteza terrestre en dos puntos: uno superior y otro inferior, el superior es el polo norte y el inferior el polo sur.

Figura Pág. 24 El eje de la Tierra pasa por el polo norte geográfico y el polo sur geográfico, en la posición aproximada que muestra la aguja de tejer que atraviesa la naranja.

Figura Pág. 25 La línea de puntos que pasa a través del imán de barra se alinea con el polo norte magnético, y con el polo sur magnético, los que no son los mismos que los polos geográficos norte y sur, respectivamente.

Sabemos que un imán tiene polos en los que se concentra su fuerza magnética, pero los polos magnéticos terrestres no son los mismos que los geográficos. En realidad, la Tierra es como la naranja del ejemplo en la que alguien hubiera introducido un imán de barra, sin tratar de alinearlo exactamente con el eje sobre el que gira la esfera, este imán está colocado en el interior de la naranja en tal posición que forma ángulo con el eje que une el polo norte geográfico con el polo sur geográfico. Aunque no llega hasta la superficie de la naranja, un polo del imán ejerce su fuerza sobre la superficie, fuerza que está concentrada en un punto llamado polo norte magnético. En nuestro planeta, este segundo polo norte está a alguna distancia del polo norte geográfico, lugar, este último, al que llegó el almirante Peary en el año de 1909.

Lo mismo pasa en el sur del planeta. El efecto del campo magnético de la Tierra se hace sentir en el polo sur magnético, que está tan distante del polo alcanzado por Roald Amundsen en 1911, cuanto dista el polo norte magnético del polo norte. Es muy importante la existencia de estos dos polos suplementarios.

¿Cómo puede ser que la Tierra, que no está constituida por completo de meta, y cuyo interior sabemos que es líquido y caliente, pueda comportarse como si fuera una masa sólida de metal imanado o magnetizado?. Para tratar de contestar esta pregunta, tenemos que volver los ojos a lo que William Gilbert ignoraba cuando trataba, hace trescientos años, de explicar el magnetismo de la Tierra, esto es, al comportamiento de las corrientes eléctricas. Ahora sabemos que las corrientes eléctricas pueden producir magnetismo, incluso en los gases y los líquidos.

Es necesario suponer que hay corrientes eléctricas en el metal fundido del núcleo terrestre. Ignoramos cómo fueron generadas, pero, como todas las corrientes eléctricas, están rodeadas por un campo magnético.

El movimiento de rotación de la Tierra es el causante de que la superficie del globo actúe como la parte externa de una dínamo, es decir, transforma el movimiento mecánico de la rotación en corrientes eléctricas que se suman a las corrientes del núcleo terrestre. De esta manera, la Tierra mantiene su calidad de imán, con las líneas de fuerza sobre la superficie, reunidas en los polos magnéticos, tal como todos los imanes tienen líneas de fuerza más concentradas en los polos.

Figura Pág. 26 Al girar la Tierra se forman corrientes eléctricas que refuerzan las que existen en su interior. Por tanto, la Tierra sigue siendo un imán con sus líneas de fuerza.

Figura Pág. 27 Después de pasar tres años en el Ártico, Amundsen llegó a Nome, Alaska, en agosto de 1906.

 LA BUSQUEDA DE LO QUE ES EL MAGNETISMO

Durante el siglo XIX, los hombres de ciencia aprendieron más acerca del magnetismo y de sus aplicaciones en beneficio de la humanidad, pero no tenían idea, o apenas si vislumbraban, la relación verdadera entre el magnetismo y la electricidad, cosa que no se podía esperar que supieran, sin saber más acerca de la Tierra, considerada como un imán. Así fue que los científicos empezaron a reunir todos los datos que pudieron, relacionados con el imán que tenían bajo los pies y con su enorme y complicado campo de fuerza.

A principios del siglo XX, los hombres sabían aproximadamente en qué lugares debían estar los polos magnéticos, norte y sur, los matemáticos podían informarles dónde estaba el verdadero polo norte, pero la aguja de la brújula señalaba en otra dirección. De modo que se consideró prudente estudiar los efectos del magnetismo en algunas relaciones de la Tierra en las que todavía no se le habían hecho observaciones, una de éstas era la región en la que poco más o menos estaba el polo norte magnético.

A principios del verano de 1903, Roald Amundsen, el gran explorador noruego, emprendió un viaje en una pequeña balandra de motor llamada Gjoa, para tratar de encontrar una vía marítima entre el Océano Atlántico y el Pacífico e, incidentalmente, para realizar una serie de observaciones cerca de la posición que ocupaba en esas fechas el polo norte magnético. Aun cuando los polos magnéticos se mueven y cambian de posición, durante el mes de septiembre de ese mismo año, Amundsen localizó el polo en el lado occidental de la península de Boothia, en el norte del Canadá, a unos trescientos veinte kilómetros al sur del polo norte verdadero.

Figura Pág. 28 El Carnegie, completamente aparejado, se hace a la vela para cumplir su misión de medir el campo magnético de la Tierra. Para que las lecturas de los instrumentos magnéticos resultaran tan exactas como fuera posible, el airoso barco de madera con velas de lona llevaba muy poco metal, excepto la clavazón indispensable para mantener unido el maderaje.

Amundsen levantó un campamento a unos ciento cuarenta kilómetros del polo magnético, y allí pasó el invierno, durante el cual hizo regularmente lecturas de sus instrumentos. Éste fue el inicio de la moderna observación magnética, que alcanzó su culminación durante el Año Geofísico Internacional, que comprendió una parte de 1957 y otra de 1958.

Durante los últimos cincuenta años se han realizado observaciones del magnetismo en miles de puntos en cada una de las regiones de la Tierra. En los primeros años de este siglo, la Institución Carnegie armó un barco que no era magnético, hecho de madera con clavazón y abrazaderas de bronce y de cobre, sólo se usó una muy pequeña cantidad de hierro. El hermoso velero llevaba instrumentos para medir la dirección y la intensidad de las líneas de fuerza del campo magnético terrestre. El Carnegie, como fue bautizado, navegó durante muchos años recogiendo datos de la fuerza magnética de la Tierra, finalmente, fue destruido por un incendio y abandonado en los Mares del Sur. A partir de entonces su trabajo ha sido realizado por otros barcos.

Expediciones de observación tan recorrido las selvas de África y América del Sur, para hacer en tierra lo que el velero Carnegie hizo en el mar durante sus años de labor científica.

Como resultado de todo este trabajo de exploración, hoy disponemos de una imagen casi perfecta de la fuerza magnética del imán más grande que conocemos. Sin embargo, hasta hace muy poco tiempo sólo teníamos una vaga idea de qué es lo que le proporciona el magnetismo a la Tierra, que, a su vez, es la causa de la fuerza magnética que los griegos encontraron en las piedras de Lidia.

Durante los años 1957 y 1958 se unieron las naciones del mundo en una empresa científica de muchísima importancia, que fue el llamado Año Geofísico Internacional, durante el que se mantuvieron estaciones de observación en todas partes de la Tierra, particularmente en el Continente Antártico. Gran parte del trabajo de estas estaciones fue dedicado al estudio del magnetismo.

Los resultados de todas estas observaciones han producido un gran cambio en nuestras ideas acerca del magnetismo terrestre.

Figura Pág. 30 Si desde un edificio se arrojan, en el mismo momento, tres pelotas de pesos diferentes, llegarán al suelo en el mismo instante. La razón de que así ocurra es que la gravedad atrae a todos los cuerpos con la misma velocidad.

LA GRAVEDAD Y EL MAGNETISMO

Se podría disculpar a una persona no observadora, si dijera: ¡Vaya, por supuesto que la Tierra es un imán!. Si sostengo este trozo de hierro y lo suelto, la fuerza de gravedad lo alcanzará y lo atraerá. Esto es cierto, pero la Tierra también atraerá a un pedazo de madera o a una pluma. La fuerza que hace que las cosas caigan no es el magnetismo, aunque en varios aspectos se parece a la atracción de un imán, es una fuerza a la que llamamos gravedad y que es la resultante de la masa de la Tierra y de la masa del objeto atraído, y no de la magnetización o imanación de sus moléculas. Si se sube a lo alto de una torre y desde allí se arrojan unas piedras, éstas caerán en dirección al centro exacto de la Tierra, no importa qué tan alto se les arroje. La fuerza del magnetismo terrestre difiere bastante de la fuerza de la gravedad.

Hemos visto que hace mucho tiempo los hombres de ciencia sabían que al suspender por el centro una tira de hierro magnetizado, sin que nada le impidiera girar, apuntaría más o menos a los extremos norte y sur del eje terrestre. También hace mucho tiempo,

Figura Pág. 31 Una aguja imanada que flota sobre el agua, en una paja o en una astilla de madera, es una brújula primitiva. tanto que nadie sabe exactamente cuánto, el hombre empleó el conocimiento que tenía de este hecho para fabricar un instrumento, al que en la actualidad llamamos brújula, que les mostraba la dirección en la que viajaban.

En su forma primitiva, la brújula consistía probablemente en una aguja imanada montada sobre un pedazo de madera o una pajilla, que flotaban en una vasija con agua. Salvo en forma muy general, no puede haber sido exacta. Por cierto, no fue hasta el siglo XIX cuando se perfeccionó la brújula moderna.

Algunas personas aseguran que fueron los chinos los primeros que usaron la brújula hace ya muchos siglos, pero en la actualidad también hay gente que cree que la brújula pudo haber sido usada por vez primera en la navegación del Mediterráneo, probablemente por los árabes. Tal vez, como algunos otros inventos, la brújula apareció en varios lugares sin relación alguna entre ellos.

La fuerza magnética terrestre actúa sobre la aguja de la brújula en varias formas. La punta de la aguja marcada "norte" no señala siempre hacia el polo norte magnético, como lo cree mucha gente. Es verdad que si se avanza hacia el norte siguiendo el que señala la brújula, se llegaría, eventualmente, a la región en la que está situado el polo norte magnético, pero se habría seguido una ruta serpenteante.

Esto se debe a que la fuerza del magnetismo interior de la Tierra no actúa por igual sobre todas las partes de la superficie terrestre. Si desde el polo norte magnético se dibujaran unas líneas que llegaran hasta el polo sur magnético, y si estas líneas se trazaran siempre paralelas a lo que marca la aguja de la brújula, se obtendrían unas huellas parecidas a las que dejaría el vagabundeo de un caracol, como se ve en el mapa. Tendríamos una serie de líneas onduladas, casi paralelas, y en cualquier punto de cualesquiera de estas líneas, la aguja de la brújula apuntaría exactamente a lo largo de la línea hacia el norte y el sur, sin importar cuánto se desviara la línea en ese punto, del verdadero norte y del verdadero sur.

Figura Pág. 32 Una brújula de bolsillo moderna, como la que se ilustra a la izquierda, tiene marcados dieciséis puntos principales. Son de gran ayuda para cualquier persona que se pierde, la que, si cuenta con una brújula, sólo necesita saber la dirección en la que ha de viajar.

Figura Pág. 33 Se llama declinación magnética a la variación de la brújula con respecto al verdadero norte. El mapa muestra la declinación magnética en el continente americano durante el año 1955.

Como todas las líneas terminan en los polos magnéticos, resulta obvio que el seguirlas en una u otra dirección, llevaría, con el tiempo, al polo magnético, norte o sur según el caso, pero con mucha frecuencia se hubiera avanzado en dirección distinta al verdadero norte y al verdadero sur.

Si nuevamente se imagina a la Tierra como una naranja con un imán de barra fijo en su interior, y se le ponen encima las limaduras de hierro contenidas en una taza, esas limaduras se adherirán a la naranja formando líneas muy parecidas a las de la fotografía del imán de barra y sus líneas de fuerza. La aguja de la brújula es simplemente una limadura de hierro que trata de alimentarse constantemente con las líneas de fuerza magnéticas terrestres.

Por tanto, puede comprenderse fácilmente que el magnetismo difiere bastante de la otra gran fuerza de la Tierra, la gravedad, que atrae las cosas directamente hacia el centro de la masa de la Tierra.

EL USO DE LA BRÚJULA

Muchos pueblos, como el chino, el árabe, el etrusco, el italiano, ha sido señalados como los inventores de la brújula. La primera persona que mencionó la brújula en Europa, fue Alexander Neckam, en el siglo XII, quien escribió acerca de una aguja que se usaba a bordo de los barcos y que señalaba a los marineros la ruta que debían seguir.

Poco o nada se sabía acerca de las peculiaridades de las líneas de fuerza magnéticas terrestres la primera vez que se usó la brújula en la navegación. Eventualmente se descubrió, primero, que en la mayoría de los lugares de la Tierra la aguja de la brújula no apuntaba hacia el verdadero norte, después, se comprobó que el ángulo formado por la dirección de la aguja y el norte verdadero no sólo era diferente en cada uno de los puntos de la superficie de la Tierra, sino que aun en el mismo sitio variaba de año a año y de hora a hora.

En vez de que este hecho desconcertante hiciera que el hombre prescindiera de la brújula por inexacta y falaz, hizo que los científicos buscaran la manera de predecir los cambios que ocurrían en las lecturas de la brújula, y en esta tarea alcanzaron, indudablemente, un buen éxito notable.

Ahora hay tablas que indican a los navegantes exactamente cuál es la variación o declinación de la brújula. La variación o declinación es el número de grados de diferencia entre el norte de la brújula y el norte verdadero, en cualquier sitio de la superficie terrestre, en cualquier año y en cualquier tiempo del día o de la noche.

Hay otra variación de la manecilla de la brújula, que también tiene una gran importancia, se trata de una variación hacia arriba y hacia abajo, y es llamada inclinación.

Si la aguja de la brújula estuviera sujeta en tal forma que pudiera oscilar hacia arriba y hacia abajo, en vez de hacerlo lateralmente, se inclinaría en un ángulo diferente en todos los lugares de la Tierra. Teóricamente, en el polo sur magnético, el extremo de la aguja que señala el norte debería apuntar verticalmente hacia abajo, en el ecuador magnético, equidistante de los polos magnéticos sur y norte, no debería sufrir inclinación alguna.

Lo que sabemos acerca de la manecilla de la brújula o aguja magnética capacita a los científicos para trazar una especie de mapa magnético.

Figura Pág. 34 Una aguja de inclinación del siglo XVI. La aguja seguía la dirección de las líneas de fuerza de la Tierra, y medía la inclinación magnética. La base era de madera y el resto estaba hecho de bronce, excepto el eje de hierro del indicador y el cordel rematado por un casquillo de plomo.

Figura Pág. 35 En la timonera de este barco, la brújula magnética está situada en la bitácora, a la derecha del timón, a la izquierda está un repetidor de la brújula giroscópica maestra.

LAS MANCHAS SOLARES Y EL MAGNETISMO

Se sabe que el campo magnético terrestre, o sea, la región en la que se siente la fuerza de imanación de la Tierra, a menudo sufre perturbaciones. Roald Amundsen, el explorador noruego que llegó al Polo Sur en 1911, vio pruebas de este fenómeno durante los años de 1903 y 1904, en los instrumentos registradores que había colocado en Boothia, en la región septentrional de Canadá, para seguir la dirección y medir la intensidad de las líneas de fuerza magnética.

Algunas veces, la gráfica que representaba el registro de la dirección de la aguja de la brújula era una línea sin variaciones alrededor del cilindro registrador, que completaba un giro cada veinticuatro horas, sin embargo, otras veces la aguja vibraba y saltaba en tal forma que grandes trechos de la línea sobre el papel parecían el perfil de una cadena de montañas terminadas en picos agudos.

También se sabe que, durante determinadas épocas, algunas porciones del disco solar se oscurecen con manchas. La aparición de estas manchas siempre se consideró ligada con las tormentas solares o a una gran perturbación del campo magnético de la Tierra. En el Sol se producen otros cambios que están asociados con las manchas y que tienen un efecto perturbador sobre nuestro planeta, generalmente se habla de ellas como de explosiones solares, y son erupciones enormes de llamas, que se alzan miles y aun cientos de miles de kilómetros sobre la superficie del Sol.

Durante los periodos de intensa descarga eléctrica del Sol, ocurren fenómenos raros en el campo magnético de la Tierra, no es sólo que las brújulas se vuelven locas, sino que las comunicaciones radiofónicas y de televisión sufren interferencias y, a menudo, llegan a quedar completamente paralizadas; las líneas de transmisión de fuerza eléctrica, ya sea que estén sobre la superficie o en el subsuelo, actúan como si estuvieran sobrecargadas y ponen a funcionar los aparatos instalados para evitar que, por una sobrecarga eléctrica u otra causa similar, se quemen las propias líneas de transmisión. La tormenta electromagnética, que no va acompañada por viento, nieve ni lluvia, tiene un efecto devastador, porque el Sol es un generador de electricidad y la Tierra es un imán gigantesco.

Figura Pág. 36 Las explosiones solares alcanzan su intensidad máxima en unos cuantos minutos, pero, en ocasiones, puede vérselas durante una hora o más tiempo. Dos días después de la erupción, partículas cargadas de electricidad llegan a la Tierra y puede esperarse que ocurran auroras astrales y boreales, y perturbaciones geomagnéticas.

Las empresas que se dedican a explotar las comunicaciones por radio, teléfono, telégrafo y cable, están naturalmente muy interesados en estas tormentas magnéticas; deben saber cuándo es probable que sus servicios sean violentamente interrumpidos. Una de estas grandes empresas mantiene una red de estaciones de observación y emite regularmente boletines en los que predice las condiciones magnéticas del tiempo, en la misma forma que la oficina meteorológica predice las condiciones climáticas de la atmósfera.

La última tormenta magnética más fuerte ocurrió en el mes de febrero de 1958; es probable que dentro de poco tiempo ocurra algo parecido, ya que se ha descubierto que las manchas y las explosiones solares se presentan con máxima violencia en intervalos regulares de, aproximadamente, once años de duración. Antes de que empezara la tormenta de febrero de 1958, un observador situado en Nuevo México estaba contemplando el Sol con un instrumento especial que cubre el disco llameante y permite que el observador vea únicamente lo que ocurre en el borde del Sol; este observador vio que se alzaban repentinamente una serie de franjas sobre la cara oscurecida del Sol, que semejaban una serie de relámpagos desprendiéndose de una explosión atómica.

Figura Pág.37 Corrientes de partículas cargadas de electricidad penetran en la atmósfera de la Tierra y causan efectos sobre la vida en este planeta.

Ciertamente, se trataba de una explosión atómica, mucho mayor que cualesquiera de las que el hombre puede producir. El observador había estado en busca de algo parecido, ya que era el momento de que se presentara una erupción solar, pero no había esperado una tan violenta, sin embargo, sabía lo que iba a pasar: una nube inmensa, miles de veces mayor que la Tierra, de partículas cargadas de electricidad estaban a punto de iniciar un viaje hacia nuestro planeta, el que quedaría sumergido completamente en esa nube.

El observador notificó inmediatamente lo ocurrido al Centro de Datos del Año Geofísico Internacional, que funcionaba en Colorado, y al que debían informarse todas las muestras de actividad desusada del Sol. El Centro emitió unos boletines en los que comunicaba, al resto del mundo, de la explosión.

La nube de partículas cargadas de electricidad producida por un estallido tal recorre casi mil seiscientos kilómetros por segundo; por lo que resultaba evidente que un día después nuestro planeta iba a sufrir un bombardeo invisible, que iba a interrumpir todos los medios de comunicación.

Esos fueron sus efectos; Europa y América quedaron incomunicadas; los periódicos no podían obtener noticias; los aviones no podían obtener señales de ayuda desde tierra; la aguja de las brújulas se salieron de alineación. Si la hora en que la tormenta magnética alcanzó su intensidad máxima no hubiera sido un poco después de media noche, sus efectos pudieron haber sido más graves.

Para las primeras horas de la mañana ya había pasado la gran nube de fuerza eléctrica, dejando tras de sí a nuestro planeta, que regresaba lentamente a su funcionamiento normal. En el cielo, al norte y al sur, había un dosel de una radiación extraña, que a veces era un arco de fuego de un rojo y azul resplandecientes, y a veces una cinta ondulada de un color azul verdoso, que señalaba, tal vez, los límites exteriores del perturbado campo magnético de la Tierra.

Figura Pág. 38 Un coronógrafo y una cámara para fotografiar las explosiones solares. El coronógrafo es un telescopio especial que permite al observador ver la corona solar, o atmósfera externa del Sol.

Figura Pág. 39 En esta fotografía de la cara del Sol, las manchas solares se muestran como marcas negras.

LA AURORA ASTRAL Y BOREAL

La aparición de luces de colores en el cielo nocturno no es algo nuevo, como todos lo sabemos. En la antigüedad, se creía que este fenómeno era una indicación celeste de futuros acontecimientos de importancia, tales como la muerte de los reyes, la peste, la guerra o la rebelión. Sólo ha sido en años relativamente recientes que se le ha asociado con el campo magnético de la Tierra.

Aurora es una palabra latina que ha pasado a nuestro idioma con la significación de amanecer, y proviene de otra palabra, también del latín, aura, que significa resplandor; se le añaden los adjetivos austral o boreal según que el fenómeno se presente en el hemisferio sur o norte de nuestro planeta, y consiste en la iluminación de una parte del cielo nocturno, que no proviene del Sol, de las estrellas o de la Luna; donde se ven más comúnmente es en las regiones situadas en un círculo, alrededor de las partes más septentrionales o meridionales de la Tierra, respectivamente. Sin embargo, a menudo se alcanzan a ver en lugares más cercanos al ecuador, durante los periodos de explosiones solares o de tormentas magnéticas.

Las auroras pueden consistir en un resplandor; pueden ser un arco; pueden ser una formación de puntos luminosos brillantes, ondulantes y trémulos; puede ser una banda de color brillante que parece tremolar y ondear en el viento nocturno; puede presentarse como un círculo colocado en el cenit, del que descienden gallardetes hacia el horizonte.

Figura Pág. 40 Para estudiar los sonidos que produce en la radio, y las reflexiones de onda de esta aurora boreal en forma de "cortina", se usa una antena.

Nadie sabe todo lo que se refiere a la naturaleza de las auroras, pero parecen existir pocas dudas en cuanto a su relación con la capa de espacio situada más allá de la atmósfera, a una distancia de 110 a 970 kilómetros de altitud, la que contiene partículas de aire extraordinariamente pequeñas que son portadoras de cargas eléctricas; estas partículas se llaman iones, y se da el nombre de ionosfera a la capa del espacio en la que se encuentran. Se sabe que cuando esta capa sufre perturbaciones por las corrientes eléctricas provenientes del Sol o por rayos cósmicos de origen desconocido, la manifestación de la aurora, austral o boreal, es mayor y se extiende más.

Figura Pág. 41 El círculo de colores muestra la región en la que las auroras boreales se ven con más frecuencia; el círculo punteado marca la frontera meridional de la zona en la que ocurren estos meteoros.

INFORMES SOBRE EL MAGNETISMO DESDE EL ESPACIO EXTERIOR

No hay duda de que hay alguna relación entre las violentas tormentas que ocurren en la superficie del Sol, que producen las manchas y las explosiones solares, y las variaciones en el campo magnético de la Tierra.

Muchos científicos dedicados al estudio del magnetismo han estado convencidos de que las corrientes eléctricas, en la forma de partículas cargadas de electricidad, brotan continuamente del Sol, haya o no tormentas y explosiones solares a la vista. Se ha supuesto que estas corrientes, junto con las líneas de fuerza del campo magnético de la Tierra, tienen un efecto enorme sobre el espacio que nos rodea.

El Año Geofísico Internacional y el lanzamiento de cohetes al espacio, han confirmado lo acertado de esta suposición. Los cohetes disparados desde los Estados Unidos y la Unión de las Repúblicas Soviéticas, que llevan instrumentos complicados y muy sensibles para medir la fuerza eléctrica y magnética, han enviado datos asombrosos.

Figura Pág. 42 Un cohete norteamericano abandona su plataforma de lanzamiento en medio de una gran nube de humo y llamas.

En el lapso comprendido entre 1958 y 1962, se creyó que la Tierra estaba rodeada por dos grandes cinturones de partículas electrizadas, se suponía que el anillo interior, naturalmente el más pequeño de los dos, estaba a miles de kilómetros de la Tierra; en tanto que el mayor se encontraba muchos miles de kilómetros más hacia el exterior; se creía que cada uno de estos cinturones tenían una forma muy parecida a la de la corteza vacía de una calabaza a la que se le hubieran practicado dos agujeros, uno en la parte superior y otro en la inferior.

Sin embargo, en enero de 1962 se descubrió que la Tierra está rodeada por una faja de radiación, la que se prolonga desde la Tierra hasta una distancia de 65,000 kilómetros, y a la que se conoce con el nombre de magnetosfera.

Figura Pág. 43

Las partículas electrizadas, que probablemente llegan del Sol, son retenidas dentro de los límites de esta banda descomunal, en donde permanecen en suspensión, girando en remolinos por la fuerza del campo magnético terrestre. En otras palabras, las partículas electrizadas son atrapadas en el interior del anillo de la magnetosfera y son sujetas a un movimiento de espiral de norte a sur y de sur a norte.

Figura Pág. 44 El experimento de Birkeland con una esfera magnetizada, llamada terrela, mostró unos cinturones magnéticos sumilares a los de las auroras.

La razón por la que el cinturón tiene la forma descrita, es que las partículas de las que está formado tienen la tendencia a girar en espirales en torno a las líneas de fuerza magnéticas terrestres, lanzándose al espacio desde el polo norte magnético para alcanzar el polo sur magnético.

Este gran cinturón, que está alineado con el campo magnético de la Tierra, deja dos espacios abiertos sobre el norte y el sur de nuestro planeta. Ahora se cree que es posible que las partículas electrizadas que se escapan por la parte superior y la inferior del anillo, penetren la región más alta de la atmósfera y ahí choquen con partículas de aire, lo que hace que las partículas del aire brillen suavemente, produciendo las interesantes auroras.

Aun cuando este cinturón de partículas electrizadas, ahí atrapadas, que rodea la Tierra a una distancia de muchos miles de kilómetros, sólo fue reconocido recientemente, se predijo su existencia desde hace más de cincuenta años; un año después de que se vio a Roald Amundsen estudiar el magnetismo cerca del polo norte magnético; Kristian Birkeland, un físico noruego, empezó una serie de experimentos cautivantes, para tratar de descubrir el secreto de las auroras boreales, Birkeland usó una pequeña esfera magnetizada, a la que llamó terrela, o sea "tierra pequeña", contra la que dirigió una corriente de rayos catódicos, los que representaban las partículas de gas electrizadas, que fluyen hacia la Tierra desde el Sol, y descubrió que los rayos que se aproximaban a la pequeña "tierra", cuando ésta estaba magnetizada, parecían reunirse en una banda brillante sobre cada uno de los polos.

Kristian Birkeland, que fue profesor de la universidad de Oslo, también ayudó a establecer observatorios de magnetismo en las regiones árticas, y escribió acerca de los datos por ellos obtenidos.

Carl Stormer, que había trabajado con Birkeland en un intento por determinar qué forma tenía la ruta por la que viajaban las partículas electrizadas desde el Sol hasta la Tierra, condujo los experimentos aún más lejos, y al hacerlo predijo la existencia de grandes cinturones sobre la Tierra; sin embargo, no pudo mostrar cómo se introducían en ellos las partículas electrizadas.

H. Alfvén, un científico sueco, predijo que se encontrarían cinturones de esta clase, en los que se comprobaría que habían atrapado partículas electrizadas.

Pero fue James Van Allen, de la Universidad de Iowa, E.U.A., a quien le tocaría anunciar en el mes de marzo de 1958, que había descubierto la existencia de tales cinturones; descubrimiento que fue constatado posteriormente por el vuelo del "sputnik" soviético, puesto en órbita en agosto del mismo año. En enero de 1962, el satélite estadounidense, el "Explorer XII", que había sido lanzado el 15 de agosto de 1961, para investigar, entre otras cosas, algunas porciones del campo magnético de la Tierra, encontró que sólo había un cinturón.

Figura Pág. 45 El Explorer XII, un satélite norteamericano, ha enviado mucha información científica valiosa a la Tierra.

Si el hombre ha de viajar al espacio exterior en proyectiles cohete, ha de hacerlo usando una órbita polar; de lo contrario, lo matarían los potentes y mortíferos rayos causados por el bombardeo a su nave espacial por las partículas eléctricas, furiosamente activas, atrapadas en la amplia banda que rodea la parte central de nuestro planeta.

El descubrimiento de la magnetosfera añadió una nueva capa a las que se sabía que rodean la Tierra, de las que ya se conocían cuatro: la troposfera, la estratosfera, la ionosfera y la mesosfera.

El descubrimiento de este cinturón eléctrico es un gran logro científico, ya que si no nos dice qué es exactamente el magnetismo ni por qué tiene una relación tan íntima con la electricidad, sí nos proporciona una base sobre la cual trabajar, base tan importante como los descubrimientos que fructificaron en nuestro primer conocimiento de la electricidad y el magnetismo.

Figura Pág. 46 La troposfera es nuestra zona climática. La estratosfera está formada por aire enrarecido. En la ionosfera vemos las auroras. La mesosfera está bajo la recientemente descubierta magnetosfera. En la magnetosfera es donde quedan atrapadas las partículas en el campo magnético de la Tierra.

ALGUNOS EXPERIMENTOS CON EL MAGNETISMO

Ya no podemos regresar a un estado de ignorancia acerca de la fuerza oculta en aquella piedra encontrada en Magnesia y que les pareció tan misteriosa a los griegos. Aun antes de iniciar los experimentos, la mayoría de nosotros ya conoce muchas de las respuestas que hemos de obtener; sin embargo, la ejecución de un experimento puede ser la forma de alcanzar una mejor comprensión de algo que creíamos ya haber entendido.

Los experimentos con el magnetismo no son complicados y no resultan caros; todo lo que necesita la persona que va a realizarlos es lo siguiente:

Uno o dos imanes de barra, hechos de una aleación de aluminio, níquel y cobalto, de dos y medio a cinco centímetros de longitud

Una brújula

Un poco de hilo

Seis o más bolas de acero, del tamaño de las balas que se utilizan para cazar venados

Unos cuantos broches metálicos

Unos tubos de vidrio o de plástico, de 5 cm a 8 cm de longitud, y del diámetro suficiente para que puedan deslizarse los imanes en su interior.

Una cuchara de limadura de hierro

Un pedazo de níquel

Un pedazo de latón

Un pedazo de cobre

Un pedazo de aluminio

Alambre delgado, aislado, con una extensión de 3.70 m a 4.60 m

Una pila seca; es preferible una de las llamadas pilas "de arranque" de tres celdas

Una hoja de cristal para ventanas (o de plástico transparente), con dimensiones mínimas de 5 cm X 23 cm

Unas cuantas tiras delgadas de madera, del espesor de los imanes y con una longitud de 18 a 20 cm cada una.

NOTA: En algunos comercios se pueden comprar juegos completos para hacer experimentos con el magnetismo; por ejemplo, en los establecimientos que venden artículos científicos, en las jugueterías y en algunas librerías.

  1. Un imán y sus líneas de fuerza.

Si se pone un imán de barra en una mesa y se coloca encima de él una hoja de cristal cuyos bordes descansen en dos tiras de madera, y se ponen las limaduras en un salero, o en un frasco en cuya tapa se hayan hecho uno o dos agujeros, y se le sacude suavemente sobre el cristal desde una altura de unos quince centímetros, para que las limaduras caigan poco a poco y suavemente sobre el vidrio, se verá que las limaduras se acomodan formando líneas claras y muy regulares, que se curvan a partir de cada polo del imán y forman semicírculos por ambos lados del mismo; todos los extremos de estas líneas se reúnen en cada polo. Estas líneas curvas, que serían invisibles si no nos las mostraran las limaduras de hierro, son las líneas de fuerza del imán. Las limaduras de hierro quedan unidas como si fueran hilos, ya que cada limadura individual se ha convertido en un imán cuyo polo norte se adhiere al polo sur de la limadura siguiente. Se podrá observar que en cada uno de los extremos del imán las limaduras se mantienen erectas en el aire y no quedan en posición horizontal, lo cual se debe a que las líneas de fuerza en cada extremo del imán están más concentradas y son más fuertes; son más débiles y están más dispersas entre los dos polos. Si se levanta el cristal y se le retira del imán, se verá que estas limaduras erectas caen a una posición horizontal siempre que se haga el experimento.

Imagine usted que el imán y que la hoja de cristal fueran mucho mayores que el tamaño de la habitación, y todavía estuvieran cubiertos por limaduras de hierro; entonces se podría observar que si se pasa una brújula pequeña a lo largo de la curva de uno de los semicírculos, la aguja siempre se alinearía como si fuese una simple limadura de hierro.

Lo que permite a los hombres navegar miles de kilómetros por mares desconocidos, que no figuran en los mapas, aun cuando no sean visibles el Sol y las estrellas, es el comportamiento de la aguja de la brújula al seguir las líneas de fuerza de ese gran imán que es la Tierra.

Figura Pág. 49 Los polos opuestos de los imanes se atraen entre sí, en tanto que los polos iguales se repelen.

2. La atracción y la repulsión

Ya hemos visto que no se puede decir simplemente que un imán sea algo que atrae los objetos.

Si se toman dos imanes de barra, hechos de una aleación de aluminio, níquel y cobalto, ambos de la misma longitud, y se aproximan sus polos opuestos, siguiendo su eje longitudinal, se descubrirá que tienen una tendencia muy fuerte a saltar el uno hacia el otro, con tal fuerza que es difícil mantenerlos separados.

Sin embargo, si se les separa y se hace girar uno de ellos hasta que sus extremos queden en posición inversa a la que tenían, se descubrirá que tratan de apartarse el uno del otro, y que es tan difícil mantenerlos unidos como antes lo era conservarlos apartados.

Esto se debe a que, en el primer caso, el polo norte de uno de los imanes estaba próximo al polo sur del otro, y los polos opuestos se atraen. Cuando se invirtió la posición de uno de los imanes, resultó que los polos iguales se repelen con la misma fuerza con la que se atraían los opuestos.

Figura Pág. 50 El imán puede levantar al sujetapapeles, debido a que el hierro es magnético.

Ahora bien, si se toman los dos imanes y se les junta longitudinalmente por los costados, se observará que, si se les ha colocado de modo que el polo norte de uno esté contiguo al polo sur del otro, se adherirán íntimamente el uno al otro para formar entre ambos un solo imán.

3 La calidad de magnético y de lo no magnético.

Si se pone sobre una hoja de papel un pedazo pequeño de cobre (tal como una clavija de cobre o un pedazo corto de alambre de cobre que no esté forrado), un pedazo de acero (como un broche sujetapapeles), un pedazo de latón, un pedazo de níquel y un pedazo de aluminio, y se acerca un imán al papel, se descubrirá que sólo el sujetapapeles se mueve para adherirse al imán, ya que el hierro posee la calidad que llamamos magnética, en tanto que el cobre, el latón y el aluminio no la tienen en forma apreciable. La disposición de las moléculas en las materias no magnéticas es tal que no puede ser cambiada fácilmente para que sus polos norte apunten todos en la misma dirección.

El sujetapapeles de hierro, que es magnético, pero que no es un imán en sí, se magnetiza cuando penetra en el campo de fuerza de un imán, y se convierte en un imán, en tanto que permanezca dentro de los límites del campo de fuerza del imán.

Hagamos un sencillo experimento: si se deja que un sujetapapeles se adhiera a un extremo de un imán, se descubrirá que recoge otros sujetapapeles; sin embargo, si se le aleja del imán se encontrará que ha perdido su fuerza magnética y que no levanta cosa alguna.

4. La fuerza de un campo magnético

Si con un imán de barra se levanta una pequeña bola de acero, como las que se usan en los cojinetes, y con ésta adherida a la punta del imán se toca otra bola de acero, ésta se adherirá también. Se descubrirá que se puede formar una cadena de bolas de acero, cuyo número dependerá de la fuerza del imán y del tamaño de las bolas. Cada bola se magnetiza; es decir las moléculas se alinean en forma que se toquen sus polos norte y sur. Cuando la longitud de la cadena de bolas llega a ser tan grande que la bola inferior está en el límite externo del campo de fuerza del imán, la fuerza magnética no será suficiente para agregar más bolas a la cadena. En la misma forma, se puede ver, en el primer experimento descrito, que las limaduras de hierro esparcidas sobre la hora de cristal, encima del imán de barra, se acomodan en líneas curvas o se mantienen erectas únicamente en una distancia determinada alrededor del imán, distancia que señala los límites del campo de fuerza del imán.

5. La brújula.

Si con un pedazo de alambre de cobre se hace un gancho doble y se suspende de él un imán de barra, de manera que forme una especie de asa como la que se muestra en el dibujo, y si se anuda al centro del asa un pedazo de hilo como de unos treinta centímetros de longitud y se le cuelga en un sitio apropiado donde no sufra demasiadas perturbaciones por las corrientes de aire, y si se espera a que el imán deje de girar y luego se observa en qué dirección apunta, y tomando una brújula y sin acercarla tanto al imán como para que la aguja se desvíe, se notará lo siguiente:

Si el imán no está demasiado aproximando a un radiador o a otro gran objeto de acero o de hierro, el imán suspendido estará apuntando en la misma dirección que la aguja de la brújula; de hecho, el imán suspendido es una brújula que está sufriendo los efectos del mayor de todos los imanes: la Tierra, y, para gran ventaja de los marineros y topógrafos, está obligado a alinearse precisamente con las líneas de esa fuerza.

Figura Pág. 51 y 52

Sin embargo, al hablar de norte y de sur, se debe recordar que es realmente el polo sur del imán (o de la manecilla de la brújula) el que apunta en la dirección del polo norte magnético de la Tierra, ya que el verdadero polo norte del imán llamado Tierra repelería al verdadero polo norte de la aguja de la brújula; pero al polo sur del imán o de la aguja de la brújula lo llamamos norte, porque es un polo que siempre busca el norte de la Tierra, lo que explica por qué las brújulas fueron inventadas antes de que comprendiéramos el magnetismo.

6. La electricidad y el magnetismo

Si se toma un trozo de tubo de plástico o de vidrio, cuyo diámetro interno sea un poco mayor que el grueso de un imán de barra hecho de aleación de aluminio, níquel y cobalto, y si se le enrolla apretadamente alambre aislado hasta formar dos vueltas a su alrededor, si en cada extremo del alambre se dejan unos veinte o veinticinco centímetros sin enrollar (para hacer que este carrete de alambre se mantenga firme y para evitar que se desenrolle puede envolvérsele con cinta transparente) y se sujeta uno de los extremos sueltos del alambre a una de las terminales de la pila eléctrica, y luego se introduce en el tubo un imán de barra de modo que la mitad fuera; ahora, con el otro extremo del alambre se toca la otra terminal de la pila. El imán saldrá disparado fuera del tubo o será absorbido completamente dentro de éste, según el polo del imán que haya estado en un principio dentro del tubo. No se dejen los dos extremos del carrete de alambre conectados a la pila un solo momento, porque se generaría rápidamente calor en el alambre y se descargaría la pila.

Cuando se pasa una corriente por el carrete de alambre, se convierte en un imán, con los polos sur y norte propios; a un alambre así enrollado en carrete y que recibe una corriente eléctrica se le llama solenoide. Si al introducir el imán, el polo norte del carrete recibe el polo sur del imán, absorberá al imán dentro del tubo; si sucede a la inversa, entonces el imán saldrá disparado del tubo.

También se descubrirá que si una barra de hierro o de acero comunes, sin magnetizar, se introduce en el carrete y se hace pasar una corriente eléctrica, la barra se magnetizará o imanará.

BIBLIOGRAFÍA:

DEPPERT W. / K. Stoll. "Aplicaciones de Neumática" Ed. Marcombo. España, Barcelona. P.p. 56, 57, 85, 86, 88, 89.

 

DEPPERT W. / K. Stoll. "Dispositivo Neumáticos" Ed. Marcombo Boixareu. España, Barcelona. Pag: 8

Gordon J. Van Wylen – Richard E. Sonntag. "Fundamentos de Termodinámica" Editorial: Limusa, México, D. F. P: 345-346.

GUILLÉN SALVADOR, Antonio. "Introducción a la Neumática" Editorial: Marcombo, Boixerau editores, Barcelona-México 1988, p: 41 - 77

 

 

 

 

IVÁN ESCALONA MORENO

 


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