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Democracia y cultura política a la mexicana

Enviado por Emilio Velazco Gamboa



  1. La base del problema
  2. Plantear el problema
  3. Las causas probables
  4. La formación de un criterio
  5. Diagnóstico y epílogo

Debemos poseer y estar en condiciones de suministrar
las razones de nuestras instituciones,
porque las democracias carecen de viabilidad
si sus ciudadanos no las comprenden.

GIOVANNI SARTORI

INTRODUCCIÓN

La democracia en México, según muestran las apariencias, es una institución tan cotidiana como cualquier persona de nuestra familia o como cualquiera de nuestras actividades diarias. También, parece ser tan común y cercana como cualquiera de nuestras estrellas de cine y televisión.

La vemos todo el tiempo, figurando en la elección de gobernantes, en la designación de premios para determinadas personalidades del arte y el espectáculo, al elegir líderes sindicales o gremiales, al elegir al jefe del grupo de la escuela o al jefe de manzana, o al presidente de la asociación de colonos, etc.

En resumen, puede decirse que la democracia en México es más que una simple forma de gobierno, y que es, ante todo, un estilo de vida. Así, el mexicano, aparentemente, toma sus decisiones de un modo democrático: él y su pareja deciden juntos lo que concierne a su vida familiar; el grupo de amigos decide lo que corresponde a sus planes y acuerdos; en la comunidad donde viven, los vecinos unifican criterios para solucionar los problemas de su localidad... En fin: nada se hace si antes no se goza de consenso.

Visto así, pareciera que el sueño del mexicano, o sea, un país libre, democrático, verdaderamente soberano, es una realidad. ¡Nada más erróneo y alejado de la realidad! El machismo, con todo lo que implica –violencia intra familiar, poligamia, infidelidad, paternidad irresponsable, abandono de hogar, irresponsabilidad laboral, etc.– aún sigue vigente.

A su vez, las elecciones gremiales o constitucionales siguen siendo objeto de duda y cuestionamiento. Igualmente, el fraude es el pan de cada día del mexicano en todas las esferas de la actividad: en el sistema financiero, en las cajas de ahorro, en empresas privadas y en las dependencias de gobierno, en las escuelas, en las mismas asociaciones civiles, etc.

El autoritarismo estatal es el sistema de gobierno más popular y difundido en el país: imposiciones, fraudes electorales, influyentismo, prepotencia, omisión del clamor popular y de las demandas del pueblo... En fin, esa es la realidad del México contemporáneo.

Cabe entonces preguntarse ¿por qué se pregona tanto que México es un país con amplia vocación democrática? ¿Por qué los partidos políticos y los gobernantes se empeñan en pregonar que en México se vive en un Estado democrático de derecho cuando, por otro lado, ladrones, asesinos y defraudadores hacen de las suyas sin que se les aplique un castigo ejemplar?

Porque no se puede hablar de democracia cuando hay procesos electorales viciados y cuando los gobernantes –de cualquier nivel de gobierno– ignoran deliberadamente las demandas y exigencias de los gobernados respecto de cómo se habrán de tomar o ejecutar tales o cuáles decisiones políticas.

Y tampoco se puede hablar de Estado de derecho cuando alguien comete un delito o no cumple con sus funciones y responsabilidades y queda impune, o cuando se le da una sentencia o una condena y al poco tiempo o inmediatamente queda en libertad.

LA BASE DEL PROBLEMA

Más bien, lo que sucede en México es que ni hay democracia plena ni Estado de derecho y los titulares de los poderes públicos, a efecto de no empeorar las cosas confirmando tal situación (lo cual degeneraría en un desorden y anarquía pero de los que ya existen), asumen un papel de simulación, sonriéndole a las cámaras de televisión y diciéndole al país que "todo está bien" (cosa que, por supuesto, nadie cree y genera polémica).

Esto, sin duda, permite que el caos aumente ligeramente todos los días, sin esperanzas de solución. Y, bueno, en lo que democracia se refiere, esa simulación es tan exitosa que, la gente, en su conciente, asume que dicha democracia es una realidad, aunque su subconsciente le marque incisivamente que eso no es más que una falacia.

Se me figura que el mexicano es un hombre o una mujer que se levanta por la mañana y se encuentra con que no hay nada para comer. Acto seguido, tiene el estómago con dos o tres vasos de agua, se arregla esmeradamente y se va a trabajar, y cuando alguien le pregunta -o aunque nadie le pregunte- en qué consistió su desayuno, este pregonará a voz de cuello "las delicias de vivir bien" y puede que, exagerando toda descripción, narre con lujo de detalles su "balanceada dieta" de jugo de naranja, cóctel de fruta, huevo con jamón, café con leche y de panecillos... Vaya, de lo que se presume es de lo que se carece.

Lo peor es que el resto de la gente está igual que él –o ella– y así, nunca faltará el tecnócrata o el politiquillo farsante que se atreva a afirmar públicamente que los mexicanos estamos muy bien, y ya sea por pena o por desfachatez, nadie habrá de negarlo igual públicamente, cuando en la realidad, el mexicano no se alimenta bien. Y con la democracia sucede exactamente lo mismo.

PLANTEAR EL PROBLEMA

Como ya se dijo, he ahí el dilema. El mexicano, ya sea por falta de objetividad, por vergüenza o por algún orgullo malentendido, nunca reconoce sus problemas y sus carencias ya que, además, dirá (y la verdad es que así lo dice el mexicano y cualquier latinoamericano) que ése es su problema y no le interesa a nadie más. Total, la ropa sucia se lava en casa, ¿o no?

Y ese es el meollo del asunto: al no plantearse con objetividad el problema, no es posible identificar las causas del mismo, emitir un diagnóstico y darle alternativas de solución, con lo que se vuelve a esa absurda conclusión de que "todo está bien" y el problema sigue creciendo hasta convertirse en un cáncer prácticamente incurable.

"A decir de Javier Patiño Camarena, el planteamiento correcto de un problema equivale al cincuenta por ciento de su solución". Este axioma, originalmente yo lo había tomado como una premisa de investigación académica, pero poco a poco se fue convirtiendo en un principio elemental de vida.

Se repite: el dilema es –aunque salga en verso– la forma de plantear el problema. Quizá simplemente habría que empezar por preguntarse ¿por qué en México la democracia es un mito, una utopía?

En su obra "Teoría de la democracia", el filósofo italiano Giovanni Sartori afirma que "la democracia cayó en una vulgarización y posterior confusión debido a que, entre los años 1950 y 1970, se produjo una profunda transformación en el vocabulario político, pues diferentes autores llegaron a construir sus respectivos conceptos a voluntad, e incluso, manipulando arbitrariamente las palabras".

"Vivimos inequívocamente en una época de democracia confusa", continua diciendo Sartori, "y podemos aceptar que el término democracia comprenda varios significados, pero que pueda significar cualquier cosa, es demasiado".

Hasta ese momento, el Doctor Sartori procedió a aclarar este fenómeno, quedando en que la democracia es, esencialmente, un concepto político a partir del cual surgen sus distintas acepciones en el ámbito social y en el entorno político. Entre ellas, el filósofo italiano distingue la democracia industrial, la democracia económica y la democracia social, por decir algo.

Sin embargo, en México, pese a este esfuerzo desarrollado por Giovanni Sartori –quien ha visitado este país en diversas oportunidades–, por el Instituto Federal Electoral, los partidos políticos –cuyo mérito es sólo teórico, si bien en el terreno práctico esto se encuentra en tela de juicio– y numerosos investigadores de la comunidad académica, la democracia sigue siendo un término nebuloso y confuso. En el peor de los casos, se trata de un término polivalente y mal difundido.

El problema, entonces, radica en que:

  1. Debido a su naturaleza y a la posterior poli significación que se le dio, efectivamente, la democracia se volvió un término nebuloso y confuso.
  2. A causa de lo anterior, la democracia se convierte en un principio, una institución, una forma de gobierno incomprendida, popular a medias, poco a nada aprovechada, no valorada por la gente y, por tanto, una institución, principio o forma de gobierno tergiversado, mal aplicado y con resultados malos y pobres.

Voy a insistir en que la democracia se encuentra así pese a los esfuerzos de algunas autoridades, partidos políticos, sociedad civil organizada y comunidad académica para difundir los conocimientos y métodos de aplicación y ejercicio de la democracia en pro de establecer una cultura política democrática. Y hago esto con la intención de explicar por qué no ha tenido éxito este esfuerzo realizado por tanta y tanta gente.

LAS CAUSAS PROBABLES

Una parte de responsabilidad en esta incomprensión e ignorancia se le debe al propio ciudadano, porque el mexicano no lee, y cuando lo hace, lee pasquines (entendidos éstos como publicaciones con temas vanos y de mala calidad) y los lee mal, tanto en forma como en fondo.

El filósofo mexicano Joaquín Antonio Peñalosa, en su obra "Vida, pasión y muerte del mexicano" da los siguientes puntos desde su peculiar pero objetivo enfoque; puntos que me parecen muy adecuados dado el tema puesto en la mesa de análisis:

  1. "Gracias a los infinitos medios con que hoy cuenta la pedagogía, resulta bastante sencillo hacer que un analfabeta lea. Lo que no se ha logrado todavía es que lea un alfabetizado. Unos no leen porque no saben, y otros, aunque sepan no leen. En conclusión, nadie lee".

    Y con esto, Joaquín Antonio Peñalosa dijo todo sobre procesos electorales. Lo malo es que, veintitantos años después, las cosas no han cambiado mucho.

  2. "Si se trata del periódico", consigna Peñalosa, "el mexicano promedio no lee, sino que lo hojea. Unos prefieren la página deportiva; otros, la de sociales; otros más, el aviso clasificado; la mayoría, por morbo, la sección policíaca. En cambio, la página editorial está más desierta que casillas en día de votación".

    No obstante, he de aclarar que esos monitos a los que se hacía referencia algunas líneas atrás, son revistillas con temas morbosos y ordinarios, y es mejor no dar nombres.

    Porque aunque fueran monitos, como lo eran en la época de Peñalosa o antes, se leía a "Los Supermachos", a Rius y a "La familia Burrón" entre otros. Quizá era cultura popular, mero folklore, pero con un profundo mensaje social, no como las barbaridades de ahora, o bien, como las banalidades que suelen leer los niños y los adolescentes.

    Hoy, precisamente porque el mensaje social pone a trabajar la mente, el mexicano promedio prefiere otro tipo de "lecturas" –llamémosles así–, tal vez menos profundas pero más entretenidas.

  3. En general –y la experiencia personal me ha permitido verlo de manera directa–, el mexicano, cuando lee, lee baratijas. Peñalosa dice que la gente prefiere "monitos", pues "la mucha imagen t el poco texto hacen llevadera la pesada carga de la lectura".
  4. Como es lógico suponer, los libros no los lee prácticamente nadie, salvo alguna que otra selecta y extraña minoría. Además, los precios de algunas obras son tan altas que resultan prohibitivas, y que, cual inigualable pretexto, el mexicano opta por no pensar en comprarlos. Es más, ni siquiera piensa en pedirlos a préstamo en alguna biblioteca pública.

Si a esto se le añaden las imprudencias –por no decirles por su nombre a las tonterías y ocurrencias– de algunos gobernantes acerca de gravar los libros y las revistas, pues la buena lectura, o al menos la simple lectura, encuentran más obstáculos cada vez, mismos que se vuelven prácticamente insalvables.

En resumen, el mexicano –y yo pienso que en general el latinoamericano– no lee o lee poco y malo. Por ende, no opina y mucho menos escribe y, eventualmente, no piensa ni se norma un criterio fundado en la objetividad del análisis.

LA FORMACIÓN DE UN CRITERIO

El mexicano, generalmente, aprende escuchando. Esto se puede explicar así:

  1. Así, si se dice que llovió estiércol y cualquier tipo lo repite, él lo da por confirmado, no importa que el repetidor en cuestión no sea alguien más o menos públicamente conocido o confiable y fidedigno. Así de fácil.

  2. El mexicano, y el latinoamericano en general –insisto–, dada su pereza y desapego por la lectura, prefiere oír disertar a otros individuos para, con base en sus particulares opiniones, normarse un criterio y fundar una nueva opinión. El primer problema aquí es que sólo "oye" y nunca intenta constatar los hechos con base en otras fuentes informativas.

    La otra parte de responsabilidad de que el mexicano sea como es, se la debemos al gobierno, a los políticos y a los partidos, especialmente, a aquellos que han tenido que ver con la labor de dirigir a la nación. No todos, claro, hay excepciones, pero sí a una buena parte. ¿Por qué?

    1. Vaya, no se intenta justificar a nadie, pero primero es comer y después ser. Esta es una razón válida por la cual tantos niños y jóvenes no siguen cursando estudios de nivel técnico o medio, y ya no se diga superior. Y si a eso se le añade la flojera y apatía ancestral del mexicano promedio, pues...

    2. Porque, en primer lugar, el gobierno –y hablo del PRI, que ha dirigido durante décadas este país– nos ha tenido sumidos en una situación económica que hace más urgente ponerse a trabajar que estudiar.

      Con tal argumento, mexicanos y mexicanas se reprodujeron alegre y desaforadamente hasta convertir a este país en una de las naciones con mayor sobrepoblación del planeta.

      Como dijo un sociólogo de cuyo nombre no quiero acordarme, el problema es que sobran 60 millones de mexicanos...

      Y claro, hay que tener los hijos que Dios mande, según la Iglesia y los moralistas. El problema es que ni unos ni otros dan cheques para mantener a tanto chilpayate ni dan alternativas de solución para darles acomodo en el sector productivo.

      Ahora, efectivamente, Dios provee, pero una cosa es que provea y otra que tenga que tolerar imprudencias y excesos, y peor todavía, que tenga que arreglar los desperfectos derivados de éstas.

    3. Porque, por una parte, ciertos sectores de la Iglesia Católica Mexicana y muchos moralistas, dejaron que este país creciera vertiginosamente y sin control, alegando que los métodos anticonceptivos y la planificación familiar eran algo que iba en contra de Dios.
    4. Volviendo al asunto del gobierno, no hay inversión en México. Por lo tanto, no hay fuentes de empleo. Luego entonces, ¿quién va a emplear a tanto profesionista, a tanto seudo profesionista y, sobre todo, a tantos individuos que no tienen dominio de alguna labor técnica, industrial o comercial específica?
  3. Además, al mexicano le gusta escuchar temas vanos y triviales, porque si se trata de algún tema académico, inmediatamente se ahuyenta. El mexicano sólo come, vive y sueña fútbol, telenovelas, caricaturas, etc.

Pero todo ello se debe a que la inversión se ahuyenta de México con tanta violencia política e inseguridad pública. Esto se lo debe el pueblo mexicano a los Echeverría (de aquí en adelante se va a hablar del presidente de la República en turno y sus secuaces), que lo hizo tercermundista; a los López Portillo, que nos hizo tontos con su farsa de la nacionalización de la banca y sus lágrimas de cocodrilo; a los De la Madrid, por su falta de hombría e incapacidad para gobernar bien; a los Salinas, por imponernos sus ideas económicas absurdas, disparatadas y surrealistas para consumar fraudes que hoy nos tienen sumidos en la miseria.

Incluso a Zedillo, que aun cuando fue honrado –al menos desde la óptica de este analista–, continuó con la necedad de defender un modelo económico fracasado, pero sobre todo, a tanto y tanto borrego que permitió que esto sucediera, y a tanto apático que no le importó que esto sucediera, para después estarse quejando de lo que no fue capaz de hacer por sí mismo.

No estoy tirando la piedra porque no estoy exento de culpa, pero hay gente que –por simple cuestión cronológica– tuvo más responsabilidad en haber dejado que todo ello sucediera en este país. Además, hay que decir las cosas como son.

DIAGNÓSTICO Y EPÍLOGO

Volviendo al tema sometido a este debate, se puede diagnosticar que:

  1. No hay una comprensión y mucho menos una correcta aplicación de la democracia, porque en México no existe una cultura política ni una base que permita educar y formar al mexicano para comprenderla, valorarla y ejercerla correctamente.
  2. No hay y no puede formarse una cultura política porque no existe una cultura general previa. Evidentemente, si la gente no le, no conoce la historia de México, la Constitución, ni sus derechos; no puede aprender ni comprender lo que es la política, la democracia y sus derechos y deberes cívicos.
  3. La democracia, al no haber una cultura política y, además, al ser polivalente y no estar bien definida, no es comprendida ni apreciada por la gente en su justa dimensión.
  4. Ha habido épocas en que el PRI –y también otros partidos– han usado el concepto de democracia para legalizar sus acciones y sus intereses, incluso consumando algunos fraudes en procesos electorales aparentemente limpios. Y dije legalizar y no legitimar, porque la gente ya no se cree las mentiras que se le cuentan al respecto, de modo que acepta pero no asimila las acciones fraudulentas o impositivas disfrazadas de legalidad.
  5. Por otro lado, los partidos opositores del PRI –y otros que antes eran sus opositores y que curiosamente hoy son sus aliados–, algunas asociaciones civiles, organismos empresariales y hasta instituciones religiosas, han usado a la democracia como un ariete para golpear a los titulares del Estado. Y no es que aquí pretenda o quiera convertirme en apologista de ellos, pero es justo ser objetivo en el análisis y en la crítica.

Si bien, los gobernantes generalmente dirigen mal los destinos de la nación, haciéndose acreedores a la reprobación y reclamación pública por parte del pueblo y los cuerpos intermedios, aunque a veces no hagan mal algunas cosas, de todos modos reciben los golpes con este ariete.

Aquí, al hacer mal uso del vocablo democracia –y de todo lo que ella implica–, los cuerpos intermedios, esencialmente, agravan la confusión existente en torno de ella.

Así, se puede concluir lo siguiente:

  1. El pueblo mexicano no comprende a la democracia, por tanto no recurre a ella como es debido y cae en la incredulidad y la apatía.
  2. El gobierno y los cuerpos intermedios hacen mal uso del concepto de democracia, fomentando la situación antes descrita.
  3. Por otro lado, la cultura política es la herramienta que el Estado tiene a la mano para difundir y fomentar la democracia no sólo como forma de gobierno sino como un efectivo estilo de vida.

La cultura política democrática ha sido definida y estudiada por diversos autores, y especialmente a iniciativa del Instituto Federal Electoral, pero, empezando por muchos actores políticos que ni siquiera se han preocupado por leer las obras donde se aborda ésta, no la comprenden –al igual que numerosos líderes sociales y organismos civiles–, de modo que el público –que en su mayoría no lee ni se informa– en la mayoría de los casos ni siquiera sabe que existe.

Conviene, entonces, reflexionar algunas cosas, tales como las siguientes:

  • ¿Cómo se forma la cultura política democrática?
  • ¿En qué consiste?
  • ¿Para qué sirve?
  • ¿Cómo se usa o aplica?
  • ¿Cuáles son sus perspectivas y los resultados previsibles de su instauración y difusión en el México contemporáneo?

Hay bastante camino avanzado, pues los principales preocupados por difundir la cultura política democrática son el Instituto Federal Electoral y la comunidad académica, pero falta bastante por hacer. Quizá esta forma de decir las cosas a muchos les parezca cruda, pero en el México contemporáneo hace falta llamarle a las cosas por su nombre, sin maquillajes ni simulaciones, precisamente para terminar con tantos errores y demagogias.

Como dije al inicio de este análisis, el planteamiento correcto de un problema equivale al cincuenta por ciento de su solución. Aquí sólo se ha planteado el problema, pero al saber cuál es la enfermedad se puede empezar el tratamiento de la misma. Lo importante es que el enfermo ahora sabe cuál es el nombre de su enfermedad: Lo único que se puede hacer es desearle éxito en la aplicación del remedio.

Velazco Gamboa, Emilio (Junio de 1998). Fundamentos políticos de la reelección legislativa en el México contemporáneo. Revista Asamblea N° 9 Segunda Época Vol. 1. México: Asamblea Legislativa del Distrito Federal, p. 12.

Sartori, Giovanni (1997). Teoría de la democracia Tomo 1. México: Alianza Editorial, p. 11.

Ibidem p. 25.

Peñalosa, Joaquín Antonio (1979). Vida, pasión y muerte del mexicano. México: Jus, p. 103.

Ibidem p. 104.

Ibidem p. 106.

 

EMILIO VELAZCO GAMBOA

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad del Desarrollo del Estado de Puebla (UNIDES). Tiene los Diplomados en Derecho Electoral y en Derecho Constitucional, por la Universidad Cuauhtémoc. Actualmente es consultor académico e investigador independiente.


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